Puedo ponerme cursi y decir que tus labios me saben igual que los labios que beso en mis sueños, puedo ponerme triste y decir que me basta con ser tu enemigo, tu todo, tu esclavo tu fiebre tu dueño y si quieres también puedo ser tu estación y tu tren, tu mal y tu bien, tu pan y tu vino, tu pecado tu Dios tu asesino.

O tal vez esa sombra, que se tumba a tu lado en la alfombra, a la orilla de la chimenea, a esperar que suba la marea,

Joaquín Sabina "A la orilla de la Chimenea"

CAPÍTULO 3: Si te he odiado, no me acuerdo.

Harry reconocía la mano de Draco en cada uno de los pequeños detalles que componían la casa. No por nada Malfoy siempre tuvo buen gusto y por ello aquellos colores verdes que por tantos años lució se convirtieron para él, en algo que sin duda era un referente de la exquisitez; del buen gusto. De hecho todo lo que esas aristocráticas manos tocaban no podía ser menos que sublime, eso sí; siempre a sus ojos.

La más clara muestra de ello era aquella majestuosa decoración que en sí constituía la habitación en la que ahora se encontraba, su temporal hogar; su habitación. Los tonos eran suaves, armoniosos y el decorado siempre en consonancia con los muebles; de un marrón oscuro pero sin llegar a dar a aquella estancia una apariencia demasiado rígida, algo que conseguía la más que abundante luz que invadía aquella estancia sin reservas. De hecho nada parecía estar en discordancia con aquel decorado, con aquella exquisitez, con aquel innegable buen gusto. Pero cuando sus ojos recorrieron cada mueble, cada cuadro, cada alfombra, cada libro, y cuando finalmente su vista quedó presa de aquel espejo no mágico, supo, en ese preciso instante, que las palabras Potter y Malfoy nunca quedarían encerradas en aquel marco de la exquisitez, por el mero hecho de que lo que en sí representaba a él, todo lo relacionado con Harry Potter, nunca sería sinónimo de buen gusto y ante todo se recordó que 'Malfoy siempre tuvo buen gusto'.

Draco lo miraba, estudiando sus reacciones, apoyado en el quicio de la puerta. A pesar de todos los cambios seguía, afortunadamente, deslumbrándose con la belleza de las pequeñas cosas. Notaba cierta elegancia escondida muchos años bajo la pesada capa de héroe, que la libertad y la experiencia habían sacado a flote. No en vano pertenecía a una familia de rancio abolengo mágico. Y a pesar de sus tíos, los Gryffindor o los Weasley, Harry Potter mantenía una descuidada elegancia de las que no se aprenden. O se nace o no hay hechizo que la logre.

-¿Deslumbrado por el buen gusto?

Harry sonrió sin poder ocultar una cierto toque de diversión y viró enfrentando aquella furtiva mirada que había seguido todos y cada uno de sus movimientos.

-¿Debería? - Su pregunta tuvo un tono que en otra época, en otro lugar, hubiera sido más un desafío y a pesar de que sus ojos mostraban quizás un reto, Harry volvió a virar con la rapidez de una snitch, explorando aquel nuevo territorio, sumergiéndose en aquellos olores tantos años añorados.

Draco lo miró sorprendido, pues claro que debería. Hasta donde él recordaba Harry no destacó en el colegio por ser el árbitro de la elegancia y el buen gusto. La ropa muggle que llevaba; aquellas odiosas camisas de cuadros, su falta de relación con un peine, aquel modo arbitrario de llevar la corbata ... a pesar de su innegable atractivo, reconocido únicamente en presencia de sí mismo, a pesar de la innata desenvoltura obviamente heredada de su familia mágica. Algo había cambiado en él. Y por primera vez desde que apareció en la puerta de su casa, sintió curiosidad por conocer los tres años en los que el niñoquesefue había desaparecido.

Mientras Draco cavilaba, Harry recorría la habitación acariciando la seda de las sabanas, abriendo los cajones, hasta que se quedó mirando a su anfitrión. Tenía que reconocer que Draco, para bien o para mal, era de esas personas que llenan espacios, huecos que uno nunca pensó que existían, pero que reconocías en cuanto salías de la habitación. Se acercó a él despacio, quedándose peligrosamente cerca, sobrepasando las normas no escritas de hasta donde puedes llegar con alguien tan insultantemente atractivo.

Descubrió algo que ya sabía, Draco olía realmente bien, aquel aroma, uno que pretendía encontrar en otros, alterando sus sentidos, erizándole la piel, se acercó un poco más y susurró:

-Vuelve — Y sus palabras tuvieron el efecto contrario al de un veela.

Draco salió de su ensoñación con un leve pestañeo, esbozó un principio de sonrisa y se dio la vuelta dirigiéndose a la puerta

-Acomódate Potter, yo me voy a duchar — dijo — Si necesitas algo...

-Lo sé - contestó Harry, recordando aquellas palabras dichas hacía quizás tan solo unos instantes - Dejo de ser yo y llamo a un elfo - esto último sonó más como un gruñido.

Y eso fue lo que provocó una gran sonrisa en Draco, una que Harry no vio.

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Harry se dejó llevar por la curiosidad después de unos segundos sentado en la cama, intentando normalizar la respiración y controlar la poca magia que le quedaba. Tenía que encontrar alguna "salida" a su problema en breves. Desconocía que le podría pasar porque en tres años nunca había permitido que su magia llegase al mínimo. Como siempre Malfoy descolocaba su mundo.

Sin embargo, en aquel instante su magia no era tan importante como la puerta insultantemente abierta de la habitación del mismísimo Draco Malfoy. Despacio asomó la cabeza y contempló estupefacto que no había grandes cortinones verdes, ni sabanas de raso, ni cama con dosel. Una gran alfombra granate ocupaba todo el suelo, un gran espejo iluminaba la estancia y el resto de las paredes eran armarios.

Dejó de mirar y se sentó en el suelo del pasillo apoyando la cabeza en la pared. ¿Cómo podía ser? Desde su posición volvió a asomar la cabeza regresando con rapidez a su posición original.

Y de pronto sonrió.

-Será cabrón... — susurró.

Aquella no era su habitación, era el maldito vestidor del maldito Draco Malfoy. Podría salvar la vida de Harry Potter, alejarse de los mortífagos y convertirse en una persona más o menos decente, pero el gran Draco no tendría un armario como el de los simples mortales que se ponían la primera cosa que encontraban combinando cualquier color con el que fuese. No señor, el señorito tenía que montar en su casa un vestidor del tamaño de Hyde Park.

Respiró más profundamente y atravesó el vestidor agradeciendo que la gran alfombra atenuase el ruido. Se arrodilló recostándose en el marco de la puerta y como el pecador que se postra ante un Dios cualquiera, eligió adorar el cuerpo de alabastro.

Descubrió que contemplando como el agua acariciaba su cuerpo se podían pasar las horas, los días, toda una vida si se descuidaba, aunque doliese, porque el "gran salvador del mundo mágico" se iba pareciendo cada vez más a una erección con patas. La magia abandonaba su cuerpo.

Draco, ajeno a todo lo que sufría su inesperado invitado, se abandonaba en el momento de la ducha con las manos apoyadas en la pared y la cabeza agachada, dejando que el agua limpiase todo mientras inconscientemente abría las piernas.

Por más que se aferrase al marco de la puerta Harry estaba a nada de dejar de mandar en sí mismo, no podía entrar y tampoco quería marcharse, se sentía como un ladrón. Pensándolo bien era a eso a lo que se dedicaba; a robar, no obstante, los mismos escrúpulos que había dejado tirados en algún lugar entre Londres y Paris en lo que fue el viaje más largo de su vida habían resucitado al mismo tiempo que sus ansias por Draco Malfoy.

Su anfitrión se estaba enjabonando, con la dejadez que da el saberse solo, acariciaba su cuerpo y al llegar a los genitales, Harry contuvo su aliento y descubrió que estaba a punto de correrse sin tocarse, cosa que solo le había sucedido una vez. Draco se acariciaba entre las piernas mientras echaba la cabeza hacia atrás, Harry ahogó un gemido y salió corriendo a la puerta de salida, en la misma salita donde habían hablado hacia nada encontró con que dejarle una escueta nota:

Draco, salgo un momento, muchas gracias por todo

HJP

Y escapó a la calle que se le antojaba acogedora.

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-Demasiada gente — susurró trémulamente mientras observaba la larga cola que se amontonaba para entrar en aquel local de moda.

A pesar de ello no tuvo más opción que unirse a ese mar de gente mientras su cuerpo se estremecía ligeramente y pequeños coletazos de magia parecían despedirse de su último dueño. Pero en realidad, aquel malestar que inundaba cada fibra de su ser, no era más que el justo castigo a su inconsciencia. Él sabía que sus reservas mágicas estaban bajo mínimos, que su resistencia nunca se había enfrentado a una prueba tan dura como esa, pero al fin y al cabo ése era él, una persona capaz de olvidarse de la necesidad de respirar cuando aquél rubio de rasgos aristocráticos entraba dentro de su campo visual.

Y cómo no, las consecuencias no tardaron en llegar. Así que ahí se encontraba, en aquella discoteca de moda que le había recomendado un relaciones públicas del local. Esperando su turno para entrar, mientras aquellos porteros que más bien parecían gorilas, decían quién a su parecer debía entrar y quién no. Era absurda la idea de tener que esperar cuando los dueños de aquella discoteca debían de estar más que felices porque su local estuviera tan concurrido a esas horas de la noche, pero al parecer preferían la opción de que estuviera ligeramente concurrido con las personas adecuadas a que estuviera abarrotado.

No pasarían más de cinco minutos entre que llegó a las puertas de la discoteca y entró, pero a él esos minutos le parecieron eternos. Su cuerpo estaba agotado, frío y agitado. La necesidad de buscar una fuente de magia era casi tan insoportable como las miles de agujas que parecían estar clavándose en sus costados. Pero a pesar de todo no tuvo más opción que dejarse caer en el primer sofá destartalado y solo, que encontró. Estiró ligeramente las piernas mientras recuperaba un poco de energía y su cuerpo asimilaba la escasa magia que entre ligeros roces de manos había conseguido arrebatar a sus compañeros de fila. Pero no era suficiente. Sólo la necesaria hasta que encontrara a alguien que gustosamente le cediera una buena porción de su magia, por el módico precio de su cuerpo. Un justo pago.

A malas penas consiguió quitarse la chaqueta que casi olvida que llevaba y con un suspiro de derrota, cansancio y necesidad, dejaba caer su cabeza hacia atrás, haciendo que el juego de luces de aquel local jugara con su rostro, dándole aquella apariencia incitadora, sugestiva, que con los años inconcientemente había conseguido hacer suya. Su cuerpo quedó laxo, casi ofrecido a la música, a las luces, al público o a un Dios pagano. Pero ante todo quedó rendido a aquella necesidad que le había hecho ser durante varios años prisionero de su propio cuerpo; su verdugo.

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-La misma gente de siempre — el chico rió ante aquella queja que había sido dicha casi a gritos para poder hacerse oír.

-¿Esperabas otra cosa? — cuestionó, pero el otro se encogió de hombros con una sonrisa que claramente quería decir - ¿Qué?

-No sé — comentó, no sin cierto aburrimiento — sólo quería algo nuevo, ya sabes, algo que simplemente no encajara con este local.

Su compañero negó con la cabeza mientras reía suavemente — No tienes remedio, qué esperabas¿una exclusiva? — y rió aún más fuerte cuando su compañero sacaba la cámara de fotos que tenía ligeramente encogida y guardada en uno de sus bolsillos. — Creo que el trabajar para El Quisquilloso no ha hecho sino volverte más excéntrico.

-Pero no dudaras de que soy un excéntrico adorable¿verdad? — cuestionó risueño mientras volvía a guardar su cámara encogida en uno de los bolsillos de su pantalón.

-Y tú no olvidaras que no me gustan lo hombres¿cierto? — el otro negó contundentemente mientras recorrida la sala de baile con sus ojos —. En realidad no hay nada novedoso — prosiguió -, quizás no sean los mismo rostros, pero la esencia es la misma. Gente bebiendo, bailando y divirtiéndose, como era de esperar — concluyó, mientras aún deslizaba sus ojos alrededor del local.

-¿Divirtiéndose? — Repitió el otro con un bufido — Jeremy, creo que deberías replantearte el significado de esa palabra. El que haya una panda de gente en celo restregándose en una pista, revolcándose en un sillón o bebiendo como posesos apoyados en una barra no hace la situación divertida. En realidad no es más que una necesidad. Son tan… - continuó haciendo una mueca entre asco y desagrado - …simples.

-Sí, se me olvidaba — adujo mirando a su compañero, el cual había centrado su atención en el ambiente; recorriendo rostros, juzgando comportamientos, ironizando situaciones —, no son él. Pero dime Colin¿quién lo es?. Te recuerdo que murió.

-¡No! — Gritó indignado — Él está vivo.

-¿Cómo lo sabes? — Cuestionó — Acaso alguien lo vio después de la última batalla. Alguien supo algo de él; qué fue de él, qué fue de su vida. Nadie y sabes por qué…

-¡Calla! — Exigió — Él sobrevivió.

-¿Cómo lo sabes¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Él no puede morir. No así.

-¿Por qué? — volvió a cuestionar, mientras aquella conversación tantas veces repetida volvía a cobrar la misma intensidad de siempre.

-Porque es el niño-que-vivió.

-Colin… - dijo esta vez con suavidad, susurrando su nombre con el mismo aprecio que podría haber tenido de haber sido su hermano — No es único, nadie lo es. Es sólo uno más. Lo era — aclaró.

-No puedo… - y la frase quedó inconclusa, porque nunca lo admitiría. Nunca podría decir esas palabras, aquellas que le harían reconocer ante sí que el héroe del mundo mágico había muerto. No, nunca las diría, porque para él siempre existiría la posibilidad de volverlo a ver; con vida. Al fin y al cabo la esperanza es lo último que se pierde.

Jeremy se fue, mezclándose con esa marabunta de gente que se revolvía al compás de la estridente música. Pero en realidad era algo que siempre ocurría y a lo que estaba acostumbrado. Conoció a Jeremy al poco de salir de Hogwarts, cuando se apuntó a la Escuela Superior de Periodismo. Ambos sentían aquella adoración por ese mundo, ambos se habían sentido atraídos de un modo u otro por el periodismo. Pero mientras a él siempre le había gustado el tipo de periodismo al que apuntaba El Quisquilloso, a Jeremy le había atraído más el periodismo de investigación. Y a pesar de sus opiniones contradictorias, su amistad había seguido afianzándose con el paso de los años.

Y ahí estaban, la pareja sin par, Jeremy un hombre con los pies en la tierra y él un soñador, un idealista. Pero así había sido siempre, recordó mientras rescataba su cámara del bolsillo de su pantalón, haciéndola regresar a su tamaño con un ligero golpe de varita. Así que el hecho de que conservara la misma cámara de fotos que tenía en sus años en Hogwarts, no era más que una muestra de sus sentimentalismos y su más que reticente actitud de deshacerse de todo aquello que lo recordara a él. Al fin y al cabo los escasos recuerdos que consiguió robarle, aquellas fotos hechas de in fraganti, eran su mayor tesoro.

Así que mientras su inestimable amigo Jeremy hacía aquello que el consideraba bailar, él se dedicó a inmortalizar rostros, momentos, buscando en cualquier caso aquel rostro que tenía tan grabado en su memoria.

Diez, veinte, treinta minutos quizás había trascurrido desde que consiguió entrar a aquel lugar de moda y desde que comenzó a realizar aquello que más lo entretenía; inmortalizar todo aquello que creyera digno de dicho hecho. Pero la paciencia siempre tiene su recompensa y a pesar de que él en ese momento no lo supo, cuando vio entrar a aquel chico tambaleándose, dejándose caer en aquel destartalado sillón, no pudo evitar ir a ver si le ocurría algo, si le podía ayudar. Así que con un ligero resoplido, pensando que quizás el motivo de su precario estado era la embriaguez, se encaminó hacia él. No porque su primer pensamiento fuera ayudar, sino porque en realidad no tenía nada mejor que hacer.

No tardó en llegar porque la distancia que los separaba era más bien escasa. Pero la casi inexistente luz, acompañada del rápido relampagueo de las luces, no contribuía a ver con claridad.

Había soñado mil veces con ese momento. El momento en que lo vería en la lejanía, con aquel atractivo rostro, su inconfundible sonrisa y ese brillo en sus ojos que él sería capaz de apreciar incluso a una distancia indecente. Había ensayado mil veces las palabras que saldrían de sus labios, había soñado con ellas, las había vivido tan intensamente que a veces la realidad y la ficción habían estado separadas con un fino hilo de seda. Se dijo una infinidad de veces que lo reconocería entre mil rostros, que aquel alborotado cabello sería para él un complemento más de lo que en sí era Harry Potter. Que nada le impediría al verlo decir te esperaba, porque en realidad eso era lo que había estado haciendo todos esos años.

Y no tardó en estar a aquella distancia prudencial, casi a escasos centímetros de él. Aquella distancia que decidiría cuánta verdad habían escondido sus palabras, cuánta realidad o cuánta fantasía.

La música no le dejó oír con claridad la rápida respiración de la persona a la que se había acercado para ayudar. El juego de luces no le dejó verlo con la suficiente nitidez, incluso el barullo a su alrededor, sumado con la estridente música, no le dejaba pensar con la rapidez habitual. Y por eso y sobre todo porque él era Colin Creevey no pudo evitar decir cuando estuvo a la suficiente distancia para ser oído.

-Te esperaba — porque ante todo él siempre fue el mayor admirador de Harry Potter.

Pero la única contestación que recibió fue un suave quejido, mientras la cabeza de Harry se movía ligeramente, esparciendo por aquel destartalado reposa cabezas la maraña que en sí constituía su cabello.

Sus ojos permanecieron cerrados, no dando muestra de reconocimiento, ni siquiera de haber oído su voz ronca cargada de emoción. Y cuando el dio un paso en pros, aproximándose, pudo apreciar con mayor claridad su sonrojada piel y aquel sudor que recorría su rostro perdiéndose por el cuello de su camisa, empapándola y dejándole una menor porción a su más que estimulada imaginación.

-Harry… - susurró cerca de su rostro, mientras éste abría imperceptiblemente sus ojos, dejando a malas penas visible una ranura por donde apreciar aquel tono verde que tantas veces había imaginado — Harry… ¿estás bien? — consiguió preguntar con cierto temor, mientras pasaba una mano por detrás de su cuello para alzarlo ligeramente y así poder hacer una valoración de su estado. — Harry… - volvió a decir mientras posaba su otra mano en la caliente mejilla.

-Ayúdame — consiguió decir Harry con dificultad, mientras la voz le salía rasposa e irreconocible incluso para el mismo.

Y aunque esa jamás fue la palabra que Colin esperó oír del Salvador del Mundo Mágico, sí fue la que oía en sus más locas fantasías. En aquellas en las que él se convertía en héroe por un día. Pero mientras en sus sueños siempre supo qué hacer, en ese momento el nerviosismo y el miedo lo invadieron, dejándolo estático y con un lastimero — ¿Cómo? — que salió de sus labios.

-Sácame de aquí — le pidió, esta vez forzándose a abrir más sus ojos para poder centrarse en la persona que podría suministrarle magia aquel día. Sin perder en ningún momento el contacto con aquellas manos que mantenían su rostro sujeto.

-¿A dónde? — volvió a cuestionar, mientras su cuerpo ya se había puesto en movimiento y ayudaba a Harry a levantarse, apoyándolo en su cuerpo.

-A tu casa — dijo sin rodeos, pero sin querer decir aún a tu cama.

Pero la reacción que tuvo Colin fue la misma que si esas últimas palabras hubieran sido pronunciadas. Su cuerpo se tensó de una anticipación que su mente se negaba a aceptar y el cuerpo de Harry fue apretado con más fuerza contra el suyo. Dejando que la mejilla de éste quedará apoyada en su hombro y casi enterrada en su cuello. Mientras pequeños coletazos de magia lograban que aquellos ojos volvieran a recobrar parte de su brillo y que sus manos se aferraran a aquel cuerpo que tan desinteresadamente se ofrecía a ayudarle.

El tiempo nunca fue medido, pero Harry agradeció la prisa que su salvador se dio en sacarlo de aquel horrible lugar que no hacía más que agravar su precario estado. Ahora estaban en la fría calle; en la intemperie, mientras la débil niebla conseguía que sus cuerpos quedaran ligeramente escondidos de los curiosos ojos.

Su abrigo fue puesto en sus hombros con especial cuidado, mientras aquellas manos hacían lo posible para que su cuerpo conservara el equilibrio y aún más importante; el continuo contacto. Y aunque Harry nunca se cuestionó si tanto cuidado era por preocupación o por interés, igualmente lo agradeció.

-¿Puedes aparecerte? — oyó que le susurraba una voz ronca en su oído, mientras aquellas manos lo pegaban a cada instante más a su cuerpo.

-No — Contestó, mientras su voz dejaba en el olvido aquel matiz rasposo que antes lo había acompañado.

-Está bien — respondió, tragando con dificultad al sentir esos labios rozando su cuello. — Si te sujetas bien, yo… creo… que podré aparecerme contigo.

-¿Tú… crees? — preguntó ligeramente alarmado, pensando en las consecuencias del 'poder' o el 'creer'.

-Estoy nervioso — confesó — no puedo concentrarme.

Harry rió suavemente sabiendo el porqué de ese nerviosismo y esa falta de concentración, y aunque hubiera preferido que su salvador pudiera concentrarse más, también agradeció el hecho de que el alimento de esa noche ya estuviera más que asegurado. Habiendo caído en sus redes con una rapidez que hasta el mismo cuestionaba.

-Sólo tienes que concentrarte. Recuerda las tres 'd': destino, determinación, deliberación. Sólo tienes que imaginar el sitio donde quieres ir; tu casa.

-Es fácil de decir — susurró, mientras acariciaba aquella espalda que se le hacia tan tentadora — quizá, si nos sentáramos un rato.

-¡No! — No quiso ser tan brusco, pero su cuerpo no atendía razones. Su mente tampoco.

-Pero…

-Escucha… - y por primera vez separó su rostro lo suficiente para confrontar la mirada de su salvador, encontrándose con aquellos ojos marrones que siempre lo habían adorado. Reconociéndolo por primera vez aquella noche y siendo aún más consciente del desmesurado nerviosismo de éste - …Colin.

-Sí…

-Dime¿qué es lo que más deseas en este momento? — el más que evidente rubor lo delató.- Te lo puedo dar — atajó.

-¿Él qué?

-Lo que deseas. Pero tienes que ayudarme, tienes que concentrarte.

-¿Qué deseo? — Interrogó mientras sus ojos se centraban en aquellos labios que parecían incitar con cada palabra - ¿En qué te puedo ayudar?

-A mí — susurró cerca de sus labios, mientras sus respiraciones se mezclaban — Esto — le aclaró, mientras sus labios acortaban distancias y su lengua recorría los otros labios, que aún tímidos permanecían cerrados, dejando que la lengua de Harry jugará durante un corto espacio de tiempo, el suficiente para que la suya se uniera a un juego prohibido — Todo — concluyó, mientras sus caderas se ondulaban ligeramente creando la fricción deseada — sólo, concéntrate. ¿Dónde deseas estar en este momento Colin? — volvió a cuestionar, mientras sus caderas se volvían a balancear tentativamente.

No necesito más aliciente que el que su cuerpo le proporcionaba. La mente de Colin ya no podía pensar más que en aquel lugar que Harry, incitadoramente, había sembrado en su mente. Su casa; su habitación; su cama.

Y ahí estaban. En un abrir y cerrar de ojos una habitación más que desordenaba apareció ante los ojos de Harry.

La respiración de Colin se volvió más pesada cuando cerró los ojos con fuerza e intentó separarse del cuerpo de un más que reticente Harry. Y a pesar de que éste nunca contestó a la más que cuestionable pregunta ¿En qué te puedo ayudar?, el hecho de que su magia se hubiera resentido en algo tan sencillo como una aparición y que sorprendentemente las fuerzas de Harry fueran aumentando en detrimento de las suyas propias, era algo que un más que respetable periodista de la sensacionalista revista El Quisquilloso, no podía despreciar.

No recordaba si su debilidad mágica había comenzado en aquel callejón cercano a la discoteca. En aquel lugar donde dio comienzo aquella conversación que no había hecho más que hacer volar su imaginación a alturas inimaginables. Pero el cambio de un estado a otro había sido más que evidente cuando su cuerpo había desplegado la magia necesaria para aquella aparición y esta había sido absorbida con la misma rapidez con que Potter siempre divisó la snitch. Pero a pesar de todo quedó la suficiente para ese viaje que apenas duro décimas de segundo.

No, la cuestión ¿En qué te puedo ayudar?, cada vez quedaba más clara y a la vez más lejana. Los motivos quedaban fuera de su alcance.

Pudo sentir esos labios recorriendo su cuello y su conciencia lo amenazó con abandonarlo, mientras aquel Dios de ébano estuviera para tentarlo. Pero logró empujarlo, sin violencia, pero con la suficiente fuerza para que éste cayera con laxitud en la cama que tenía a su espalda, la misma en la que se había concentrado instantes antes.

-Harry… - su voz salió con claridad, pero su atención fue centrada en un primer momento en sus manos. Buscando quizás una explicación que nunca encontraría allí, pero dejando patente a Harry el cariz de sus pensamientos.

Harry no esperó las preguntas, un ¿qué me pasa¿qué te pasa?, era algo que aún no podía afrontar. Por eso contraatacó con lo único que podía atacar, con lo único que podía ofrecer y un —Te necesito. Soy tuyo. Tómame. — salió de sus labios con fluidez, mientras dejaba su cuerpo recostado. Sus piernas ligeramente abiertas y una invitación en sus ojos que era difícil de confundir. Mostrándose ante todo como lo que no era; sumiso.

Pero la trampa fue hecha y aceptada, porque ante todo Colin nunca dejaría que aquél con quien había soñado desde su infancia sufriera, al menos no si él podía evitarlo.

Se recostó con suavidad, con reverencia, dejando que sus cuerpos entraran poco a poco en contacto, mientras sus manos comenzaban a acariciar su pequeña recompensa. Deleitándose con cada pequeño gemido, con cada pequeña ondulación de caderas y con aquella sensualidad.

Lo beso despacio, saboreándolo, mientras sus exigentes manos desabrochan con rapidez la camisa, deshaciéndose de esta, del abrigo, de los pantalones y de cuanta prenda estorbara el roce de sus cuerpos.

Pero Harry ya no era sumiso. Sus manos recorrían el otro cuerpo con la misma voracidad que el suyo era recorrido. Sus labios demandaban más urgencia, mientras la magia de Colin comenzaba a alborotarse y a mezclarse con la suya, siendo absorbida casi en el acto.

Y ante todo nada fue como Colin imaginaba. Su cuerpo, antes en una posición dominante, no tardó en verse de espaldas a la cama, con un más que recuperado Harry encima suyo. Besándolo, preparándolo y después… penetrándolo.

Gritó. Sobre todo porque no se lo esperaba. Pero su espalda se arqueó y sus piernas se enredaron en esas estrechas caderas que lo exigían todo de él. Y al compás de aquellas caderas que se movían en una danza hipnotizante sus ojos se fueron cerrando. Sus piernas comenzaron a caer laxas a los lados y sus manos a penas pudieron seguir agarrando aquel rebelde cabello.

Y después… todo acabó.

Harry salió de él con cuidado. Le dio un tierno beso, le susurró un suave — gracias — y comenzó a buscar su ropa, con la misma energía con la que Colin había comenzado el día. Con la energía que sólo la magia era capaz de proporcionar; su magia.

Pero aún cuando la inconsciencia lo reclamaba, él no estaba dispuesto a claudicar. Y agarrándose a las finas hebras de la lucidez consiguió hablar, decir aquello que sabía que de no decir jamás se lo podría perdonar.

-Harry… - es curioso lo que un simple susurro puede conseguir. El rostro de Harry quedó clavado en el suyo, mientras la más clara muestra de culpabilidad lo inundaba y un lo siento era imperceptiblemente pronunciado por el moreno. Pero él no quería eso. Ni un 'lo siento', ni un 'perdóname', ni si quiera un 'no lo volveré a hacer más' .

Harry — volvió a comenzar, con más valor y determinación. Mientras el aludido se arrodillaba a su lado y posaba la palma de su mano en aquella mejilla que instantes antes había besado hasta la locura — yo puedo…

-¿Ayudarme? — Colin cabeceó afirmativamente y Harry rió suavemente mientras negaba. — Nadie puede.

-Yo sí — quiso gritar, pero a malas penas salió un susurro.

Pero Harry volvió a negar mientras acariciaba su oscuro cabello rubio, deseando que fuera más claro, más suave, más brillante — Colin… no puedo permitir… — y por primera vez desde hacía mucho tiempo se permitió tomar una varita para algo más que lo imprescindible, rozando con ella la mejilla de su salvador, al menos el de esa noche - … que recuerdes nada de lo ocurrido. ¿Lo entiendes verdad? Nadie deba saber…

-¡No!- y esta vez su grito fue más contundente, mientras la amenaza de un oblidiate colgaba sobre su cabeza — Yo… soy tuyo — consiguió decir — para cuando me necesites.

Harry volvió a negar, pero él no se rindió — a mi no me tendrás que seducir porque hace tiempo que lo hiciste. No tendrás que rogarme porque siempre estaré dispuesto. Sólo quiero ser tuyo.

-¿Mío? — cuestionó, deseando que fuesen otros labios los que pronunciasen aquellas palabras.

-Tuyo.

-¿A cambio de qué?

-Siempre te he adorado — rió — ¿debe existir algún motivo más?.

-Está bien — pronunció, mientras sus labios daban un beso de buenas noches — duerme mi Colin.

Y ese mi fue el detonador que debía ser pulsado para que por fin Colin cayera en los brazos de Morfeo.

Continuará