Capítulo II
- ¡Pero yo vine para pasar tiempo con mi hermanita bebe!
Helga enterró sus dedos entre sus cabellos, conteniendo la exasperación. Ese era el único argumento que tenía Olga. Y ese único, infantil y egoísta argumento, además de volverla loca, hacía que su padre no aceptara. Miriam había encontrado la idea como algo positivo para el desarrollo y madurez de su hija menor, sin contar que Gretel era buena convenciendo a la gente, después de todo había practicado toda su vida para tener un don de vendedora, le gustaba engatusar a la gente cuando no se dedicaba a asustarla.
- Olga… -rogó, pero ya estaba notando como su hermana estaba a punto de llorar. Si eso ocurría, habrían perdido todo.
- Va a estar realmente cerca de ti, Olga. Yo nunca intentaría competir por la atención de Helga. –esa era Gretel, sus facciones suavizadas y sus grandes ojos azulados parecían imitar un animal indefenso, si se le miraba fijamente se podía notar un destello esmeralda en ellos, muy ligero- Y apelo a tu amor por ella, Olga. Esto le hará bien. Como la buena hermana que eres, estoy segura que tú solo quieres lo mejor para tu hermanita bebe, todo el bien del mundo para ella.
- ¿Bien? –Big Bob enmarcó una ceja, el hombre podía sentir que llegaba a la letra pequeña de un contrato.
Él podía ser muchas cosas, pero cuando se trataba de negocios no se podía negar su capacidad aprender de los errores y mejorar constantemente la oferta para sacarle el mejor beneficio a los negocios.
- Por supuesto. –Gretel abrió los ojos, con inocencia- Helga necesita que le enderecen el carácter y agradezca lo que tiene. Me sorprende lo altanera que puede ser contigo, tío. La principal regla que me dio mi padre fue respetar su autoridad como si fuese la palabra del Dios más poderoso del universo. –se cruzó de brazos, negando ligeramente- Realmente, Helga se ha acostumbrado a la gran vida aquí, pensando que es normal todo lo que tiene, que no le debe nada a nadie, cuando todo lo que tiene lo conseguiste con tu sacrificio, tío Bob.
Helga tuvo que contener las ganas que tenía de maldecir y gritar ¿Gran vida? Antes de que Miriam asistiera a las reuniones de la AA, no había comida en la nevera y a veces solo encontraba cereal para las tres comidas del día ¿Gran vida? Era una suerte que no hubiese aprendido a cazar ardillas en el parque para sobrevivir… Big Bob era un completo desastre para comunicar sus emociones y estaba educado de una manera anticuada, poco culta y francamente grosera que solo servía para apuntar y ganar ¿De que gran vida estaba hablando la alemana? La cereza del pastel era Olga y sus remordimientos por los malos tratos que le dio en el pasado y que solo por eso ahora intentaba compensárselos tratándola bien.
Pero todo era parte del plan. Eso tenía que recordarlo. Ella no podía soltar argumentos en ese momento porque Gretel le había advertido que lo más importante es que se mantuviese callada cuando fuese el momento de convencerlos, cuando creyesen que iban a ganar y mostraban sus debilidades. Solo en ese momento la alemana hablaría y Helga tendría que callarse.
A pesar de que en ese momento quería gritar.
- Los triunfadores venimos desde abajo. Y tienes que admitir, tío, que yo lo soy. Todo eso se lo debo a mi padre. Mi amor a las tradiciones familiares, al trabajo y entrega de mis mayores, se lo debo a mi educación. Una que Helga debe aprender. –declaró Gretel.
Cínica, mentirosa. La menor de los Pataki quiso soltar una carcajada por todas esas exageradas verdades y tremendas mentiras. Pero no lo hizo, porque era divertido ver la cara de engatusamiento total que tenía su familia.
- Aprendiendo desde trabajos agotadores con salarios mínimo. Así lo hacen los triunfadores. Escalamos, ahorramos y agradecemos las recompensas.
¿De qué rayos estaba hablando Gretel? Ella venía de una familia que tenía una casa de verano en Grecia, una familia excesivamente bien acomodada, herencias, tíos consentidores y un entorno en donde no debía levantar ni un dedo.
- Cuando Helga viva conmigo va a tener que pagar su parte del alquiler, por supuesto. Va a estudiar y a trabajar, tendrá responsabilidades dentro de la casa. Le voy a enseñar a ahorrar y administrar su dinero. La volveré la triunfadora que sé que es, porque es una Pataki. Solo hay que pulirla. Y me sentiría honrada que esa tarea me la dieran a mí, sería mi agradecimiento por los maravillosos momentos que he pasado con ustedes desde que llegué. –Big Bob se rascó el mentón, pensativo.
- ¿Y en qué va a trabajar?
- En una librería. –el hombre pareció perder el interés en el asunto, Gretel sonrió, como si hubiese atraído un venado lo suficientemente cerca para lanzar una flecha y matarlo- Helga debe aprender a atender a los clientes. En general: A tratar con las personas.
- Tienes razón, con su actitud actual solo los espantaría y no podemos permitirnos eso en la empresa. –lanzó una mirada a Olga.
Todos observaban a Olga.
- Creo que… que… -parecía contener las lágrimas pero sonreía, extendió sus manos hacia Helga, como si deseara abrazarla pero solo el aire se colaba entre sus dedos- si es lo mejor para mi hermanita bebe. Yo los apoyaré.
Bob se levantó, a la par que Gretel y estrecharon sus manos.
- Entonces tenemos un trato, jovencita.
Y la flecha atravesó la garganta del venado.
- Perfecto. Me encanta hacer negocios contigo, tío. Entonces, que los cargadores empaquen las cosas de Helga. –las dos adolescentes se observaron- Bueno, se nos hace tarde para estudiar, nos tenemos que ir. –las chicas casi corrieron, como si temieran que las atraparan en el engaño.
En dos saltos de escalón, estaban fuera. Helga miró hacia atrás, como siempre, su opinión no había sido necesaria. No le habían preguntado nada, ni siquiera se habían dado el lujo de saber si era eso lo que quería.
- Acabo de ser testigo de cómo me regalaban. Literalmente, un regalo que cierra los futuros negocios de Big Bob… contigo –masculló, golpeando el suelo con cada pisada que daba. No estaba molesta, aunque si fastidiada.
- Oh, no seas tan dramática, odalisca. Ahora estás bajo mis nobles manos y te enseñaré como ser una mujer de verdad –había una sonrisa ególatra en sus labios.
- ¿Quién murió y te volvió la esposa del sultán? –Helga le lanzó un golpe directo al hombro. Ambas se miraron, midiendo si estaban listas para iniciar un pequeño juego callejero antes de ingresar a la preparatoria.
- ¿Sabes lo que me gusta de ti, Helga? Eres culta, sabes seguir chistes complicados y no te quedas como el populacho sin saber si te están insultando o halagando. –Gretel se lanzó sobre ella, pero solo rodeó con uno de sus brazos los hombros de la chica, tenía especial cuidado de no arruinar la ropa o el peinado de su prima- Me sorprende que nadie en tu casa opinara de tu actual atuendo. Hasta el más despistado se daría cuenta que ya no eres una desgarbada completa. Y debo admitir que hice un trabajo muy bueno contigo.
- Su atención estaba sobre Olga, no suelen darse cuenta de las cosas a su alrededor cuando ella está cerca. –por un momento la mirada azulada se nubló, pero luego sonrió burlona, cambiando ligeramente de tema- Además, seriamente no me importa, temía que hicieras algo realmente de mi desagrado con mi forma de vestir. Aunque por supuesto, no te lo hubiese permitido.
- Hey… después de los empujones, gritos y patadas que me dabas en los cambiadores cuando te llevé a más de seis tiendas a comprar, entendí que habría que darte por tu lado. –masculló la alemana- Además, me alegra que por fin te decidieras por salir de tus capas de protección y ser… tú misma. –le lanzó una mirada- Esto no es un cambio de estilo. Simplemente, es quien eres y por fin lo muestras. Yo hubiese escogido algo que resaltara tus atributos y mostrara más piel…
- Ni hablar. –sentenció Helga- Tú lo dijiste, esto es para ser yo. Y yo no voy por ahí… bamboleándome.
Aun recordaba los atuendos que le día anterior su prima le había hecho ver, prendas cortas, ajustadas y hasta transparentes. Todo tipo de ropa que gritaba un orgullo a ser femenina, delicada, preciosa. Y eso no era ella. Bien, había aceptado ser femenina. Demonios, había acordado que lo que haría sería eso, ser fuerte, ágil, superior al resto, pero orgullosa de lo que era: Femenina. Lo había decidido y parte de ello porque Arnold le había dado la seguridad de que podía ser ella misma sin ocultarse en prendas holgadas y desgastadas. Si el plan era ser ella misma, no tenía que ocultar la esencia de lo que era: Una chica.
Y aun así le había costado encontrar un estilo que le hiciera sentir cómoda y… bonita. Bien, tal vez no bonita, pero si femenina.
Acababan de llegar a la preparatoria, Gretel pareció reconocer a alguien a la distancia y sonrió. Pero antes de avanzar, miró dubitativamente a Helga.
- ¿Sabes lo que debes hacer, verdad? No voy a estar pegada sobre ti revisando que hagas todo bien. Tú tienes mi apoyo, pero no voy a estar ahí para protegerte cuando eres capaz de hacerlo por ti sola.
- Lo sé. Te lo dije. No tengo nada que perder ya. Y cuando no tienes nada que perder, obtienes el valor suficiente para conquistar el mundo –ambas asintieron y la alemana salió corriendo. Helga respiró un par de veces antes de ingresar y dirigirse al edificio donde estaban los laboratorios.
Los freshmen, mejor conocidos como los novatos o de primer año, tenían las primeras semanas de clases juntos, después de eso los horarios cambiaban de persona en persona. Aquellos que eran mejores en alguna materia subían al siguiente nivel de la misma, también se abrían las clases extracurriculares y los talleres, que se iban acoplando a los horarios. Por lo que era normal que después de un tiempo, ya no se vieran tan seguido entre sí los estudiantes que habían comenzado juntos. El sistema servía para motivar a la educación y relacionarse más entre diversos estudiantes. También, de esa manera, le daban oportunidad a los alumnos que reprobaban una materia, de seguir con las otras y repetir el nivel de aquella en la que habían fallado, sin atrasarse en el resto.
Por eso, Helga tenía menos de un mes para crear, por lo menos, lazos lo suficientemente fuertes con Arnold para que la distancia no les afectara cuando sus horarios cambiaran. Y a la par, si las cosas iban mal, solo tendría que resistir un mes antes de que ya no se tuvieran que ver con regularidad. El ir a vivir en la misma casa con él, estaba resultando ser una bendición y una maldición, todo dependía de los resultados finales.
La mayoría de novatos se caracterizaban por el nerviosismo de la primera semana, solían ser cumplidos y llegaban antes para no atrasarse hasta encontrar donde quedaban sus clases. Gretel decía que eran como manadas de débiles herbívoros, fáciles de localizar. Como todos, Arnold aprovechaba el tiempo para conversar con Gerald y explicarle todo lo que había sucedido el día anterior. En más de una ocasión se encontraron siendo interrumpidos, la mayoría de sus compañeros estaban realmente sorprendidos por todo lo ocurrido.
- Lo que no entiendo es porque ese sujeto te atacó –preguntó Iggy, el resto asintió- ¿Le hiciste algo?
- No. Salía del coliseo y él ya estaba ahí, gritó mi nombre y cuando lo miré se lanzó sobre mí. –se masajeó el entrecejo, frustrado- Ni siquiera lo conozco.
- Bueno, mientras tú estabas en la enfermería, me dediqué a recolectar información. –sonrió Rhonda- James Hillme es de último año, tiene dieciocho años y está obsesionado con Ruth McDougal, no soporta que nadie la toque.
- ¿Ruth? Pero si no la veo desde la primaria. –Arnold suspiró- Y solo me gustó un tiempo. Si esa es su motivación, imagino que está a la caza de muchos chicos. Algo infantil en realidad ¿No creen?
- Viejo ¿No me dijiste que escoltaste a Ruth a su casa hace dos semanas? –preguntó Gerald- La encontraste borracha ¿No?
- Verdad… -todo el grupo le miró expectantes, al parecer les debía una explicación, Arnold suspiró profundamente- Hace dos semanas regresaba a mi casa en la noche, pasé junto a un carro y antes de que me alejara demasiado, Ruth salió de este. Ella estaba considerablemente ebria y no podía caminar, solo insultaba a la persona que estaba dentro del auto mientras este arrancaba y se iba. Ruth se puso a llorar y yo me acerqué, le pregunté si estaba bien. Si les soy sincero, no le entendí por lo ebria que estaba, pero si deduje que me pedía que le acompañara a su casa. La lleve, la deje fuera de su edificio y volví a casa. Ni siquiera la toqué, estaba muy alterada. No puede ser que por eso el sujeto quiera matarme.
- Pues es la única explicación que tengo para que intentara matarte. Hay que admitir que por suerte Helga estuvo ahí. –Rhonda concluyó.
El resto se observó en silencio, un par de personas, bajaron la vista, como si recordaran en los malos términos que el grupo en general había quedado con Helga años atrás.
- Miren, oficialmente le debemos una a Helga. Además, ustedes mismo lo dijeron, ella no solo defendió a Arnold, sino a todos nosotros. –Gerald sonaba igualmente sorprendido que el resto pero luchaba por ser justo- Creo que hay que darle una oportunidad y todos sabemos que eso también opina Arnold –y quisieran o no, el voto del chico tenía peso.
- Pero viste lo que le hizo a esa chica llamada Chloe hace tres años y lo aterrada que estaba la pobre, Helga casi la mata. Hasta el día de hoy la chica no quiere contarle a nadie lo que ocurrió, como si Pataki la hubiese amenazado y fuese tan grande el susto que eso le ganase. –recordó Sid, con un escalofrío.
- Creo que la peor parte es que al parecer la atacó por ser negra ¿No? –Rhonda evitó la mirada de Gerald al decir eso, sabiendo que el tema era algo incómodo para él- Y como todos recordarán, después de eso, en el casillero de Helga aparecieron grafitis de esos terroríficos símbolos nazi.
- Bueno… -Gerald miraba hacia el techo, un poco incómodo- No tiene mucho sentido. Si fuese racista… Ya me hubiese molestado a mí antes ¿No? Digo, verdaderamente molestarme, atacarme. Y Phoebe es su mejor amiga, ella es mitad japonesa. No tiene… mucho sentido. –los miró- Ahora que lo pienso… No tiene sentido.
Pero el rumor se había regado en esa época, hasta habían llegado a decir que Phoebe no asistía con ellos al mismo plantel porque Helga había intentado matarla. Los rumores habían crecido demasiado rápido y se habían extralimitado de maneras incalculables. Tampoco ayudaba que Helga no rebatiera nada de todo lo que se decía, no se defendiera y se pusiera visiblemente incómoda con el tema. Después, de alguna manera, se llegó a saber que Helga viajaba a Alemania en las vacaciones, lo cual no ayudó con los rumores. La gente tomaba algo tan estúpido como eso para seguir con sus descabelladas ideas que no tenían sentido. Ahora, después de todo lo ocurrido, el grupo comenzaba a dudar pesadamente de algunas cosas.
Tal vez habían crecido. O el tiempo había sanado las heridas y primeras impresiones. Como fuese, los chicos que una vez habían sido toda una pandilla, se miraron entre sí, sintiendo el peso de los débiles argumentos caer.
- Creo que se lo debemos, chicos. No podemos hacer nada por el pasado. Pero les propongo que aunque sea le den una tregua. Si, sabemos que ella no quiere hablar del tema. Entonces nosotros no hablemos del tema. Olvidémoslo. –Arnold intentó seguir argumentando, pensando que él siempre había dudado del asunto.
Pero Gerald había reaccionado terriblemente mal a todo eso y había necesitado su apoyo, posteriormente toda la clase pareció crear una barrera entre Helga y ellos. Luego fue ella la que puso la barrera, por mucho que se intentó hablar con ella no decía nada y enviaba a todos a volar. Esta era la primera vez que Helga volvía a relacionarse con ellos, como una heroína que volvía del exilio. Cuando salió de sus cavilaciones, pudo notar que todos observaban atrás de él, sin prestarle atención.
- Oh-por-Dios ¿Esa es Helga Pataki? –preguntó Rhonda en voz alta.
Arnold regresó a ver y se quedó de piedra. El resto de sus compañeros lucía sorprendido, de la misma manera que actuarían al ver un peinado ridículo o a alguien llegando en motocicleta. Pero Arnold sintió emociones encontradas, muchas del pasado y otras que habían despertado el día anterior. Todas ellas reaccionando, madurando y magnificándose, como si se estuviesen burlando de él, diciéndole que si, que esa era ella, la chica del sostén rosado, la versión adolescente de la niña que le dio su primer beso.
Helga se acercaba al grupo con las manos en sus bolsillos y la mirada perdida, prestando más atención a la música que salía de sus audífonos que a su alrededor. La chica tenía el cabello recogido en una coleta alta atada a su listón rosa pero en el centro tenía una calavera color plata, su cabello caía lustrosamente hacia atrás, su cerquillo cubría su frente, justo sobre sus cejas. Ambas bien perfiladas, en un fino arco que seguía la forma de sus ojos, eran cejas pobladas, pero no excesivamente, mantenía una expresión severa pero adulta. Sus párpados estaban delineados de negro y llevaba rimen en las pestañas, dejándolas más largas y gruesas. Sin más maquillaje hasta los labios, los cuales tenían un brillo rosa oscuro. La chica llevaba un top negro, de tirantes con un escote ovalado, sobre este una chaqueta deportiva negra, sin mangas y con capucha, Helga lucía una falda negra entablonada hasta la mitad del muslo, con un cinturón rosado, sus piernas estaban cubiertas de medias ralladas, negras con rosado que llegaban un par de centímetros bajo la falda, sus pies estaban cubiertos por botines de cordones negros, sin tacón, deportivos. En las muñecas tenía pulseras de cuero, sencillas y una gargantilla rosada rodeaba su cuello, como una fina tira pero en el centro tenía una hebilla negra. Al llegar a la puerta del laboratorio donde sus compañeros estaban, la chica levantó la vista y se encontró observada por todos, enmarcó una ceja, analizando la situación. La predominancia del negro la hacía lucir con la piel de porcelana y sus ojos azulados destacaban con fuerza.
Todos parecían tan sorprendidos que no se percataron que el profesor había llegado y estaba adentro del laboratorio esperándolos.
- Tomen una foto, les va a durar más. –masculló, quitándose los audífonos. Una vez más intentó avanzar, pero todos bloqueaban su paso- O se mueven o los muevo.
- Interesante tu estilo, Helga –Rhonda se hizo a un lado para dejar pasar a la chica, esta avanzó un par de pasos y se giró, caminando de espaldas.
- ¿Sabes lo curioso entre nosotras dos, Rhonda? Considerando que fui una modelo, la gente pensaría que se más moda que tú –sonrió cínica, para su sorpresa no solo el grupo se estaba riendo, sino Rhonda.
- No te emociones, Helga, que te unieras al lado oscuro de la moda, no significa que sepas más que yo –ambas se sentaron, una junto a la otra, pero en dos diferentes mesas de laboratorio.
La rubia soltó una carcajada burlona, inclinando su rostro al compañero de mesa de Rhonda, Curly, quien tenía un suave sonrojo en el rostro.
- ¿Star Wars? ¿En serio, Rhonda? Parece que salir tanto con el geek de tu novio te está afectando. –el salón soltó una sonora carcajada y Rhonda se sonrojó por el desliz- Pero seré buena contigo, princesa Leia. Esto no es moda, es una declaración de guerra hacia James. Si vuelve a intentar algo estúpido, disfrutaré los chismes posteriores: Una chica en faldita le rompió los dientes al apestoso James –Helga movía sus manos hacia el techo, abriéndolas, como si leyera el título de una película de estreno.
Un fuerte carraspeo detuvo la conversación, todos observaron hacia el frente, el profesor de laboratorio de biología los observaba con el ceño fruncido. Las dos chicas agacharon la cabeza en manera de disculpa.
- Bueno, veo que los puestos que escogieron los están distrayendo. Así que reorganizaré todo a mi forma –todos ahogaron un quejido y comenzaron a protestar, pero la mirada del profesor se volvió más severa- ¿Quién les está preguntando? Las mesas de laboratorio son para dos personas. Así que seré justo a la hora de ubicarlos, pues será según sus calificaciones con las que se graduaron de la educación media. Pero como dije, seré justo, pondré al mejor en biología con el que tuvo la peor nota, al segundo mejor con el segundo peor y así. Quienes se preocupan por si sus calificaciones van a empeorar, ya les digo: descuiden. Yo divido la tarea de laboratorio en la mitad y califico el desempeño realizado en dicha tarea. Mi calificación es justa. Pero aquellas parejas que se esfuercen, tendrán puntos extras y podrían exonerarse para el examen final. El plan es que se ayuden mutuamente, se esfuercen por aprender. Si lo hacen, tendrán una recompensa. –varios alumnos se enderezaron, interesados. Hasta Helga, que estaba leyendo un libro, dejó su lectura, exonerarse de un examen era muy tentador- Oh… eso llamó su atención ¿No? Bien, comencemos la distribución.
Helga no destacaba excesivamente en biología, pero tampoco era mala alumna, no le extrañó terminar justamente en la mesa del centro del salón. Mientras el resto se cambiaba de asiento, retomó su lectura, aunque estaba repasando su llegada. Si hacía memoria, desde hace tres años que no mantenía una conversación así de ligera con alguien de su clase. Bien, parecía que el aislamiento había servido para que no se comportara tan infantilmente malcriada pero aun así siguiese siendo ella misma. Y su prima había tenido razón, el cerebro humano era fácil de engañar, con un simple cambio de imagen había logrado que se reiniciaran los cerebros de sus compañeros. Mucho mejor que un borrón y cuenta nueva. Le gustaba lo que llevaba puesto, no era la primera vez que usaba falda, por supuesto, desde niña había usado atuendos que en otras niñas hubiesen lucido extremadamente femeninos, como el vestido rosa de años atrás. La diferencia ahora es que en lugar de usar una camiseta blanca abajo como en ese tiempo, ahora estaba descubierta. En la educación media había usado ropa holgada, blusas de manga larga o suéteres cómodos, ahora todo era de su talla sin estar ajustado a su cuerpo. Maquillarse tampoco había sido terrible, delinearse y el rímel era fáciles para alguien que sabía pintar con pulso quirúrgico, como ella. Además, sus expresiones lucían más fuertes.
Sintió una mano tocando su hombro, por lo que regresó a ver, defensiva y descubrió a Arnold sonriéndole. Helga cerró rápidamente su libro, mirándole con reserva, mientras cruzaba sus piernas.
- Vamos a ser compañeros –le explicó el rubio, sentándose a su lado.
La chica se tapó el rostro con ambas manos, controlando el ataque de pánico que se armó en su pecho. Al notar que era fijamente observada, reaccionó y aparentó relajarse, pero sin salir de su escondite. Ese gesto se lo había pegado Phoebe y debía quitárselo de inmediato, se recordó.
- Bella y Edward… Nora y Patch –susurraba una y otra vez. Sin saber si soltarse a reír o salir corriendo por la casualidad tan fantasiosa. Y lo peor, de novelas que había leído por compromiso y que no le habían gustado.
- ¿Eh? –el chico se acercó un poco para oír mejor, por culpa de las manos de la chica no entendía las palabras que había dicho- ¿Helga?
La chica separó el rostro.
Nada que perder, debía recordarse que no había nada que perder.
Ella lanzó una mirada hacia el profesor, que estaba sacando materiales. Bien, sus ojos se clavaron en Arnold y le tomó del mentón, acercándolo. El chico se paralizó repentinamente, pero no pudo evitar ser atraído a la rubia dado que le tomó por sorpresa. Ella deslizó su pulgar por el labio inferior del chico, dándole un escalofrío. Arnold ni siquiera podía hablar, sentía la garganta seca. Helga lo manipulaba con excesiva tranquilidad y repentinamente parecía que ya no le molestaba el contacto humano.
Él no sabía si debía estar contento por ese descubrimiento.
- Separa un poco los labios, cabeza de balón. –susurró.
No supo porque, pero lo hizo, simplemente la fuerte mirada de Helga parecía darle órdenes. Pudo sentir como el pulgar femenino seguía su recorrido, muy lentamente y luego lo alejó, logrando que casi se cayera del banco.
- Pues no, no tienes colmillos y sé que no brillas cuando te da el sol. –él seguía sin entender, pero no pudo hacer nada más, una vez más estaba siendo acorralado por el contacto femenino.
Helga había deslizado su mano por toda su espalda y vuelto a subir, en el siguiente recorrido perfiló con sus dedos y los trazó por sus omóplatos hasta bajar a su columna y llegar hasta el inicio de su pantalón. Los escalofríos que sintió le erizaron la piel y ni siquiera pudo respirar. Sus manos se cerraron sobre la mesa de laboratorio, lo más curioso fue descubrirse revisando que el profesor no estuviese mirándolos.
¿Acaso él quería que Helga continuara? ¿Era por eso que lo hacía?
Aunque imparcialmente, el contacto de la chica era realmente agradable, más que eso, le producía escalofríos. Pero tan repentinamente como llegó, ella lo dejó.
- Tampoco siento cicatrices de alas arrancadas –susurró, como si analizara un espécimen y no a su compañero de laboratorio.
- ¿Disculpa? –preguntó Arnold, aclarándose la garganta un par de veces para poder hablar con claridad.
- No colmillos. No cicatrices en la espalda. Eso ¿Qué es tan complicado de entender, cabeza de balón? –antes que lograse explicarle a Helga todo lo complicado e incoherente que era todo eso, el profesor llegó a su mesa.
- Saquen su microscopio de debajo de la mesa. La señorita aquí presente se encargará de tomar la muestra usando los correctos lentes. –le entregó las placas y otros instrumentos- Y el joven acalorado dibujará lo que ve en el microscopio con las diferentes vistas.
- ¿Muestra de qué? –preguntó Helga, guardando su libro.
El profesor depositó sobre la mesa algo muy parecido a fideos gruesos.
- Tripas de oveja –anunció, pasando a la siguiente mesa. Helga sintió nauseas, no solo por el aroma, sino por el recuerdo de cierta francesa que interpretó.
- ¿Estas bien, Helga? –la rubia le tomó del brazo de un tirón, logrando que el chico perdiera parcialmente el equilibrio y se apoyara peligrosamente sobre Helga, su mano se cerró en la rodilla de la chica.
Arnold tenía la cabeza gacha, sus ojos podían ver ligeramente el escote de ella. Por un momento, antes de entrar en pánico, se encontró admirando como la respiración de Helga hacía que sus senos se ocultaran y luego se presionaran contra el borde del top, casi como si se fuesen a escapar. El perfume de la chica le alcanzó peligrosamente y se percató que no era como el perfume de ninguna otra chica que hubiese conocido. Era un aroma mucho más oscuro, similar a las noches de lluvia en la selva tropical. Esa idea activó su recuerdo de San Lorenzo y como se había declarado a Helga cuando eran niños, cuando creía saber que la chica sentía algo por él y aun así esta le rechazó.
- Listo –sus pensamientos se cortaron y fue empujado lejos de ella otra vez, aunque el perfume que usaba se quedó con él. Al principio no entendió lo que ocurría hasta que notó que los ojos de Helga estaban clavados en su antebrazo, él también se miró, notando la letra púrpura sobre su piel- Cuando salgamos de aquí tu tarea es investigar la trama de esos dos libros, zopenco. Culturizarte un poco te hará bien, para variar –él torció su rostro, descifrando las palabras, el primero decía "Twilight" y el segundo "Hush Hush".
- Pero ¿Qué…? –Helga levantó su mano para taparle la boca, lo observaba con seriedad mientras señalaba las tripas de oveja que estaban sobre la mesa- Ah… perdón –bien, no le dejaría interrumpirla.
Por lo menos era dedicada en su tarea. Mientras ella se disponía a cortar delicadamente las tripas, lo suficientemente justo para sacar una muestra, Arnold la observó y tuvo que admitir que de cierta forma, en retrospectiva, esta Helga frente a él era exactamente como debía lucir si se pensaba en aquella niña de años atrás. Una mujer terriblemente intimidante con su sola presencia y curiosamente femenina de maneras que no se esperarían de su personalidad. Porque con su forma de ser, la gente esperaría que el rosado fuese el color que más odiase pero en lugar de eso, siempre había estado con ella, al igual que el lazo que tenía en su cabeza. En ese peinado, muy sutilmente, se parecía a la niña con la que soñó en una ocasión, la versión diferente de Helga, Hilda. Claro, solo en el peinado. Aunque tenía que admitir que él sabía otra cosa, la chica junto a él podía ser muy artística y buena, con un increíble valor y nobleza.
- Arnoldo… seré clara en algo. Y hablaré despacio para que tu cabecita pueda entenderlo ¿Si? –Helga ladeó el rostro para mirarlo fijamente- El producto se gasta si lo miras demasiado. Y a menos que vayas a comprarlo, deja de devaluar mi imagen ¿Entendido? –le señaló el microscopio- Ahora, haz tu parte.
El chico se quedó confundido por un momento, descifrando lo que le había dicho Helga hasta que lo comprendió y un fuerte sonrojo inundó sus mejillas, paralizándolo. La risa de la rubia no se hizo esperar, ahogada y cruel.
- Dios… sí que eres ingenuo para tardarte tanto en comprender. Todo un mundo de posibilidades para molestarte se ha alzado ante mí ¡Mejor que en los viejos tiempos! –clamó, sacando su libro de la maleta, regresando a su lectura.
El resto de la clase trascurrió tranquilamente y acorde pasaban las horas, Arnold pudo regresar a su zona segura y pacífica, donde la peligrosa cercanía de Helga parecía perturbarle solo a él como si fuese un niño notando que por primera vez las chicas eran suaves y olían bien.
- ¿Te vas directo a casa, hermano? –el rubio tuvo que agitar el rostro, miró a Gerald que estaba detenido fuera de la preparatoria. Por un momento le costó recordar que se habían acabado las clases y había estado caminando- ¿O quieres ir a entrenar un poco de básquet? En unas semanas serán las pruebas para el equipo ¿Recuerdas? Aunque pareces un zombi.
- Me voy directo, mi madre preparará una cena especial para darle la bienvenida a Gretel.
- Realmente tu madre está emocionada con la idea ¿No? Aunque tienes suerte, la chica tiene su encanto mientras esta callada y sin atacar a la gente.
- Mi madre está emocionada porque es prima de Helga. –ambos asintieron, entendiendo la razón.
Helga no solo había mostrado ser valiente en el viaje a San Lorenzo, sino que había arriesgado su vida incontables veces para salvar a Arnold, para reunirlo con sus padres y se había ganado el respeto de la Gente de los Ojos Verdes, casi venerándola como una noble guerrera. No era de extrañarse que toda la familia de Arnold le tuviese un especial agradecimiento.
- Y no tengo suerte. Primero, porque de cerca Gretel no es precisamente encantadora y aun si lo fuera, no es de mi interés. Y por segundo lugar, ella es impredecible.
- Bueno, es de familia. Lo impredecible, quiero decir ¿O tú predijiste como apareció Helga? Más aún ¿Crees que alguien hubiese adivinado cómo repentinamente parecía habernos perdonado a todos? Ella hasta se quedó charlando con Lorenzo sobre un documental de política que al parecer pasó por la televisión –Gerald arrugó el entrecejo, extrañado.
- Helga es impredecible en buen sentido. Gretel… siempre que está cerca me da la impresión de… que es peligrosa –intentó explicarse.
- Las chicas peligrosas son atractivas –apuntó su amigo.
- No ese tipo de peligrosa. Me refiero… -Arnold miró a un lado y otro, nervioso, recordando la terrible sensación de incomodidad que le daba cuando la alemana estaba cerca- A que… es… cruelmente peligrosa. Malvada, tal vez. Hay un… brillo en su mirada… ¿Cómo decirlo? –suspiró frustrado- Ella luce como alguien con la moral algo… dudosa. –pudo notar como su amigo le observaba sin entender- Como que para ella, está igual de bien el buscar ayuda para alguien que le importa o detener un auto, secuestrarlo y luego matar al conductor porque no cooperaba, solo para llegar a la ayuda más rápido. –sintió escalofríos ante la idea, pero por la forma en que su amigo le miró, era obvio que no le creía- Bien, olvídalo. Mejor pasemos a otro punto. –le sonrió, bromista- Porque según tus palabras, concluyes que Helga es atractiva también ¿No? Ella es peligrosa.
Gerald fue agarrado en curva con ese último argumento inesperado y se atragantó con su propia saliva, negando con fuerza. Arnold soltó una carcajada, realmente divertido.
- ¡Hermano! ¿Puedes callarte? Una cosa es que me oigan opinando que una chica es atractiva. Eso no es pecado. Otra que alguien crea que pienso que Helga es atractiva
- ¿Por qué? –enmarcó la ceja.
- Porque si alguien le dice a Phoebe eso, mis intentos de conquistarla se irán lejos. Helga es su mejor amiga y Phoebe es muy noble. Desde que está en ese colegio prestigioso casi nunca la veo… A este paso va a fijarse en algún cerebrito. –se quejó dramáticamente.
- Por lo que me dijiste, ella se ve con Helga cuando tiene tiempo ¿Has pensado que si logras llevarte bien con Helga podrías reunirte con Phoebe al mismo tiempo? –consultó Arnold, mirándole con suspicacia.
Gerald abrió los ojos con sorpresa, como si acabaran de explicarle el sentido de la vida.
- Lamento decir esto pero… Tienes razón. Aunque me duela decirlo, Helga nos salvó el trasero, no es una mala chica y es mejor amiga de Phoebe por alguna razón. Si quiero demostrarle que voy en serio con ella, debo llevarme bien con su problemática mejor amiga. Y de paso que podría ver de cerca si la prima de Helga es peligrosa o es que tú inocente mentecita no entiende cuando una chica se está insinuando deliberadamente porque quiere sexo contigo, galán. –bromeó.
- ¡Ella no quiere sexo conmigo! –gritó.
Pero en ese momento Arnold sintió un cuerpo lanzarse sobre el suyo desde atrás, tuvo que equilibrarse para no caer. Aun así por lo que apenas y podía sentir en su espalda, sospechaba que era una chica, aunque solo por su delgado cuerpo ¿Tal vez una niña? ¡Tal vez la hermanita de Gerald! Eso explicaría la carencia de curvas. Los brazos de la extraña, posible niña-casi-puberta, estaban rodeándole el cuello y los dedos se clavaron en sus hombros. La imagen podría haberle puesto nervioso por el atrevimiento de una chica en acercarse tanto a él en un contacto tan íntimo, pero las alarmas que se dispararon en su interior fueron otras, completamente diferente.
El deseo de luchar por soltarse, escabullirse rápidamente y escudar sus órganos vitales lo sacudieron. Algo le dijo que esa era la sensación que tenía una presa cuando aun no veía a su predador pero sabía que estaba ahí, listo para quitarle la vida abriéndole la piel en un ataque mortal. Solo por eso supo quién era. Solo una persona le había puesto tan asustado.
- En eso tienes razón. Yo no quiero acostarme contigo. –escuchó a su oído. Gerald comenzó a reírse con fuerza.
Gretel se bajó de Arnold, demostrando que era más baja que el chico a pesar de los tacones que usaba. Ella agarró el rostro del pelinegro por el mentón y sonrió de lado, pero por la cara que puso Gerald, fue obvio que sus instintos de sobrevivencia también funcionaban bien y que la remota idea de que la alemana fuese atractiva se esfumaron rápidamente al tenerla cerca.
- Todos ustedes son demasiado adorables, débiles, predecibles y cobardes como para despertar mi interés, lucen ridículamente vírgenes. –comentó, parecía acentuar más su fuerte acento al decir esto último.
Curiosamente, había sido esa palabra, esa simple palabra con "v" que les había dolido más que todos los otros insultos.
Gerald simplemente confirmó lo que había sentido cuando ella lo tocó. Arnold tenía razón. Tal vez de lejos Gretel pareciera una chica atractiva, con esos atuendos ajustados que se marcaban excesivamente a su delgado cuerpo. Aun y con su figura carente de curvas, le podían dar un aire erótico. Pero cuando se la tenía de cerca, se notaba que no era atractiva. Si, tal vez tuviese un rostro lindo, pero se arruinaba por sus depredadores ojos que parecían analizar los puntos débiles de las personas a su alrededor. La alemana lucía como una bomba a punto de explotar, deseosa de llevarse a todo lo que había a su alrededor en un gran final. El actuar de la chica parecía el de un animal, la forma en que se deslizaba entre la multitud daba el aire de un depredador al constante asecho. Y por supuesto, eso podía dar la incorrecta idea de que ella tenía un andar atractivo, pero cuando se la tenía cerca, era obvio que su expresión estaba muy lejos de pensar en chicos y cosas de adolescentes, ella… trasmitía prepotencia y soberbia. Tal vez esa era la mirada de una abeja reina. La manera en que hablaba, con palabras jugosas y pervertidas, se mezclaban con burlas e insultos, como si un adolescente se le estuviese declarando y ella fuese una mujer hecha y derecha que se mofase de su insolencia. Arnold y Gerald pudieron constatar que su agarre, la forma en que tomaba el mentón de alguien y acariciaba con su uña, no era un acto seductor, ella buscaba raspar, herir, dejar en claro que hasta sus más simples actos podían abrirle la piel a alguien.
Cuando Gretel por fin lo soltó, Gerald temblaba.
- De cierta manera, me alegra oír eso. Algo me dice que cuando tú quieres algo, lo obtienes sin importar la opinión del resto. –comentó Arnold, buscando suavizar las cosas, la alemana tenía una manera de hablar como si el mundo le perteneciera y eso podía ser bueno ¿No? Por lo menos no lo había explotado. Tal vez no fuese tan mala - ¿Vas a casa?
- Vamos –señaló hacia atrás. Helga estaba a un par de pasos golpeando con el puño la palma abierta de un chico. Los dos se miraban detenidamente, mientras hablaban, con soltura y confianza- Solo espero que termine su conversación.
Helga estaba junto a un chico realmente alto, de la altura de Gerald y este medía casi los dos metros. En realidad, tal vez fuese más alto que Gerald por unos centímetros si es que se paraban uno junto al otro. El sujeto era pelirrojo, con el cabello corto y despeinado cayéndole por la frente y atrás, en el cuello como pequeños plumones caóticos. Él tenía algunas pecas sobre su rostro bronceado, un cuello firme, hombros fornidos, sus brazos considerablemente musculosos y su torso era ancho, visiblemente atlético, vestía con unos jeans gastados, zapatos deportivos y una playera blanca que dejaba ver sus brazos. A pesar de su detallado exterior, el chico estaba muy lejos de lucir tosco u hostil. Las facciones que demostraba mientras hablaba eran relajadas y tranquilas, en su rostro tenía una sonrisa amplia y se reía con naturalidad, todo su cuerpo lucía desestresado. Varias personas pasaban a su alrededor despidiéndose de él con amabilidad, compañerismo y hasta de la manera más amistosa. El simple mirarlo inducía empatía y una sensación agradable.
- Él es Will, el capitán del equipo de beisbol y mi mejor amigo. Por lo que no me extraña que se lleve bien con Helga, están hablando de ese aburrido deporte –explicó Gretel, soltando un teatral bostezo.
- ¿Por qué Pataki le golpea la mano? –preguntó Gerald, extrañado.
- Ella le está demostrando su fuerza, para lanzar y batear, eso es importante –explicó Arnold, mirando la escena con extrañeza y no era para menos, hasta hace poco Helga no hablaba con nadie, ahora parecía socializar a su manera, pero lo que realmente le sorprendía es que estuviese tocando a la gente, la chica se había mostrado toda su vida demasiado arisca para eso.
- ¡Desgarbada! ¡Deja a mi Hänsel, maldita bruja! –los dos novatos la observaron extrañados, mientras los aludidos se acercaban. Gretel señaló al pelirrojo- Hänsel –se señaló- Gretel… ¿No se entiende? ¿Está encendido el micrófono? –giró los ojos- Bueno, no importa.
- Celosa –susurró Helga, con mirada burlona, Gretel le lanzó un puñetazo pero fue capturada por una gran mano pecosa, Will dirigió la mano de la chica hacia su boca, mirándola a los ojos, le dio una mordida en los nudillos y la soltó.
- Animal…
- Si, yo también te amo. Pero es incómodo verte golpear a otra chica, deja que me acostumbre. –el chico observó a Helga- ¿Mañana en el receso nos vemos en el campo? Quiero ver como bateas, Pataki.
- Cien dólares si le rompes la nariz… a mi prima, obvio. –propuso la alemana, mientras giraba a Arnold y lo empujaba lejos- ¡Nos vemos, Will! ¡Te escribiré en la noche! ¡Y más te vale no haber intercambiado números con Helga! ¡Te juro que te castro!
- Territorial. –susurró la otra rubia, sacudiendo su celular en frente del rostro de la alemana- Ya intercambiamos datos, así que muérete. –como respuesta, Gretel le dio un puñetazo en el costado de la cadera, haciendo que trastabille contra Arnold, quien la sostuvo un segundo de la cintura, antes de recibir una mirada tan molesta de Helga, que retiró la mano como si tocara fuego.
- Eso fue… curioso –susurró Gerald, alcanzándolos.
- ¿La mordida en los nudillos? Los he visto hacer cosas más raras hoy ¿La territorialidad de Gretel? Eso no es curioso, es brutal –comentó Helga, esquivando otro golpe de su prima.
- No… verte interactuando tan tranquilamente con un desconocido –dijo Gerald, Arnold se sorprendió, entonces no había sido el único en darse cuenta de eso.
- ¿Qué insinúas plumero francés? –gruñó la chica.
Gerald respiró hondo y levantó las manos, de manera pacífica.
- Una de las cosas que te hace ser tú es que no te gusta que te toquen. –se explicó- Y no intercambias datos con nadie.
- No me gusta intercambiar datos con todo el grupo de ignorantes que tengo por compañeros –respondió rápido, sin admitir que en realidad tenía pocos contactos en su celular, la mayoría eran europeos- Además, no me gusta el tacto suave. No me gusta que me traten como si fuese débil. Pero la mayoría de personas, asume que, porque soy chica, deben tratarme delicadamente. Y eso es desde que comenzamos la educación media, porque de niños, me traban como un chico más. Además, la zanahoria de allá no se queja por un par de golpes a diferencia de… la mayoría de personas. Él me agrada.
- A Helga le gusta que la traten de manera brusca. –bromeó Gretel- Nada delicado, todo a lo salvaje. –contuvo un quejido cuando la aludida le dio un golpe en el hombro- Oh… perdón, olvidé que estaba con tus compañeros vírgenes…
- Comienzo a sentir eso como un insulto –susurró Gerald hacia Arnold y este se encogió de hombros, admitiendo que pensaban igual.
- En todo caso, no les digo vírgenes porque no anden de libertinos por ahí. –aclaró la alemana- Me parece adorable ver chicos lindos que no andan desesperados por probar que son hombres. A mi me da igual dónde y cuándo la gente decide perder su virginidad. Lo digo porque son tímidos, contenidos, nerviosos y puritanos de mente y cuerpo.
- Tampoco seas tan exagerada –increíblemente ese había sido Arnold, mirándola de manera retadora.
- ¿Se masturban?
Una pregunta. Dos palabras. Un golpe final. Helga se paralizó, completamente sonrojada aunque la pregunta no era para ella. Los dos chicos comenzaron a toser, completamente incómodos, plantados en su lugar- ¿Lo ven? Apuesto a que hasta sienten culpa después de hacerlo, cuando es algo completamente natural. Por eso los llamo vírgenes. Y eso que se espera que los chicos lo hagan ¿Tienen idea de cómo se ponen las chicas cuando lo pregunto? Y todas lo hacen.
- Yo… yo mejor me voy… suerte con la cena –Gerald salió corriendo como alma que lleva el diablo, mientras Arnold se sentía atrapado.
- ¿No es ese un tema personal? –preguntó, visiblemente nervioso.
- Si, pero no debería serlo. Yo amo mi cuerpo por igual, desde el cabello hasta mis pies, si no me avergüenza admitir que me gusta masajearme las piernas para relajarme ¿Por qué debe avergonzarme admitir que me gusta masajear mis senos también? Es la sociedad la que te dice que no deberías excitarte cuando, en realidad, es biológicamente natural. Es la sociedad la que te dice que te avergüences por fantasear con una amiga, cuando es normal, es una hembra de tu misma especie después de todo. La sociedad te niega ser sexual para venderte sexo a través del cine, propagadas, productos, series y demás. Mientras estés respetando la libertad de otros al ejercer la tuya ¿Qué hay de malo? –la chica tenía los brazos cruzados, visiblemente molesta. Y Arnold no sabía que decir, repentinamente él debía contestar una pregunta que debería ser lanzada a quien decidió que era bueno vivir en una sociedad así.
- No hay nada de malo, pero tampoco es culpa de Arnoldo. Sus abuelos le hicieron creer hasta los trece años que los bebes venían con la cigüeña. En la clase de sexualidad casi se infarta al saber la realidad. –el chico se sonrojó visiblemente y Helga soltó una carcajada- Cúlpalo de ingenuidad, no de puritanismo.
- Esta bien… En todo caso, te he dado algo en que pensar, enfermero.
Helga sonrió con notoria diversión, mientras se quitaba la chaqueta que cubría su torso, visiblemente acalorada. Arnold le lanzó una mirada y notó el logo rosado sobre el top negro que caía hasta sobre su cinturón. Justo sobre su pecho, en letras afiladas y rosadas, decía "Princess Killer"
- Princesa Asesina. –leyó en voz alta, Helga se cruzó de brazos, justo bajo su pecho, ocultando el logo pero enmarcando sus senos.
- ¿Qué? ¿Algún problema, Arnoldo?
- No… en realidad… -habían llegado. Una vez más ni siquiera había sentido la caminata. Subió los escalones, buscando como explicarse mientras buscaba la llave para abrir la puerta- En realidad… creo que te describe, Helga –comentó, sonriendo de costado.
En ese momento Arnold abrió la puerta, por suerte, dándole la espalda a Helga y ella lo agradecía, porque estaba visiblemente sonrojada y apenas podía ocultar la sonrisa en sus labios. Rápidamente sacudió su rostro y volvió a su indiferente actitud.
Los tres entraron a la casa, evitando la manada de animales que salió por la puerta. Sin darse cuenta, avanzaron hasta la cocina, donde los abuelos de Arnold estaban reunidos, cantando entre los dos una canción de años atrás.
- Hola abuelos.
- Hombre pequeño, veo que escoltas a las chicas otra vez –saludó Phill, mientras hacía un gesto hacia las dos rubias.
- Bienvenidas a casa, Helena y Casandra ¿Cómo está la guerra? –consultó la anciana, lanzando unas papas cortadas a la sartén.
- Nos hemos reagrupado temporalmente. –contestó Gretel, para luego mirar al abuelo- Le quería mencionar algo sobre mis horarios, por si eso implica algún inconveniente. Yo trabajo todas las tardes y el fin de semana jornada completa. Pero siempre estoy de vuelta a la hora de la cena. Así que le encargo a la pequeña. –sacudió el cabello de Helga, quien agarró su mano rápidamente y le fulminó con la mirada, sabiendo que no podía hacer nada en frente de los adultos.
- Eres libre de ir y venir siempre y cuando no perturbes al resto de personas. –le aclaró el anciano- Aunque parece mucho trabajo para una sola estudiante.
- ¿Bromea? Es un juego de niños. –la alemana sonrió- Bueno ¡Me voy! –le entregó su mochila a su prima y salió corriendo.
- Parece una vida muy ajetreada –admitió Arnold, mirando a Helga, sin saber bien si lo correcto sería subir directo a su habitación o esperar a la chica para acompañarla en el recorrido.
- Ya la viste, para ella trabajar es el sinónimo de Parque de Diversiones. Ama trabajar. Claro, no necesita el dinero, pero hay gente adicta a cosas raras.
- Oh… es verdad. Tengo algo para ti. –el anciano guio a los chicos hacia la sala, donde había una caja que decía "Diarios"- Los de la mudanza se dejaron esta caja aquí ¿Es de tu prima o tuya?
Helga se movió ágilmente, levantando uno de los costados de la tapa de cartón para ver su interior. Rosa. Libros rosados. Un temblor le recorrió.
- Yo… los llevaré –susurró, intentando cargar la caja.
- ¿Qué? No… deja que Arnold lo haga, se ve pesada.
- ¡No! –casi chilló, alarmada- No… Es… algo delicado.
- Lo haré con gusto. –aseguró Arnold, tomando la caja- Realmente pesa.
- Puedo cargarla yo… -susurró, acercándose a él para quitársela de las manos.
- Descuida. Estoy bien y me sentiría mejor si me permitieras ayudarte. –comenzó a subir las gradas.
- Ey… chica –Helga se detuvo en su carrera, mirando al abuelo de Arnold, este le lanzó un llavero con seis llaves- Son las llaves de la puerta principal, su nuevo cuarto y para entrar a la terraza. Todas tienen doble copia para tu prima y para ti.
- Oh… gracias –susurró pero rápidamente emprendió su carrera atrás del chico- ¡Ey! –gritó en el rellano- ¿Puedes esperar, idiota? Me pones los pelos de punta caminando tan rápido con algo tan importante. –susurró, esperando que ningún adulto los oyera.
- Lo siento, Helga. –se encogió de hombros, esperándola para recorrer el camino juntos- ¿Y qué es tan importante? No suena como si fuese delicado o frágil.
La chica le fulminó con la mirada mientras abría la puerta del pequeño departamento, dejándolo pasar. En su interior, su corazón se precipitó con fuerza al notar que estaban solos.
- Veo que ya se instaló tu prima –comentó el chico, dejando la caja en el suelo.
El comedor había desparecido, en su lugar el mesón tenía sillas dispuestas a un lado para usarlo a la hora de comer, en el espacio que debía ser usado como una sala, había una bolsa de boxeo colgando del techo, el suelo en esa área estaba cubierto de colchonetas azuladas, como si fuesen a practicar lucha libre ahí. En el espacio entre las dos puertas de los dormitorios, había un librero abarrotado con cajas de CD, libros alargados de ilustraciones y novelas de bolsillo.
Helga caminó a la puerta de la derecha y lanzó su mochila ahí, el bolso de su prima lo dejó junto al librero. La curiosidad empujó a Arnold a avanzar hacia donde estaba la chica y notó cojines en forma de corazón sobre la cama, una alfombra felpuda rosa en todo el suelo y más libreros, además de una computadora y el armario. La chica avanzó hasta sentarse sobre la cama y se quitó los botines, quedándose en medias.
- ¿Puedo preguntar qué haces en mi habitación, cabeza de balón? No recuerdo haberte invitado a entrar –acusó, cruzándose de brazos, presionando su agarre para contener el corazón que se quería salir de su pecho.
- No sabía que te gustara leer tanto –admitió el chico, sin percatarse que seguía dentro de los dominios de la chica.
- Bueno, hay muchas cosas que no sabes de mí. Eso no te da permiso a merodear en mi cuarto –le lanzó un cojín en la cabeza para que dejara de revisar entre sus libros- ¿Qué tal si haces algo de provecho y traes la caja acá?
Aturdido, el chico se dispuso a realizar la orden de la joven, dejó la caja a los pies de Helga, quedando arrodillado frente a ella. La rubia apoyó sus pies sobre la caja aún cerrada y Arnold levantó la mirada para observar sus ojos pero en lugar de eso su atención se perdió en las piernas frente a él, desde esa perspectiva podía notar lo bien torneadas que estaban. Helga siempre había tenido una saludable figura, pero estando tan cerca pudo admirar como había evolucionado para convertirse en una preciosa chica. Tal vez no era una belleza clásica. En realidad, estaba muy lejos de los estándares de lo que hacía atractiva a una mujer. Aun así, a su única manera, él la encontró preciosa, como si clasificara a una peligrosa joya que pudiese sobrevivir altas temperaturas y la fuerza del mundo. Algo caliente se atascó en la boca de su estómago cuando la idea se asentó en su cabeza. Una parte de él, algo ególatra, se preguntó si ella se había arreglado para él ¿Era posible? Aún podía sentir las poéticas palabras que una vez ella usó para confesarse años atrás. Helga siempre se llenaba de detalles, no hacía las cosas de manera simple cuando se proponía impresionar.
- ¿Qué estas mirando? –la voz de la chica le hizo reaccionar.
La mirada azulada estaba fija en él, sin vergüenza, sin furia, sin nerviosismo. En el pasado, siempre que la miraba podía sentir como ocultaba algo. Ahora, parecía tan libre que le ponía nervioso ¿Dónde estaba esa confirmación constante, ese misterio en ella, que le daba tanto sentido a la actitud errática de la chica? Mejor dicho ¿Dónde estaba esa curiosa conducta errática que él creyó por fin comprender en Industrias Futuro?
- Nada. Solo recordaba. –admitió, una vez más intentó levantarse, sin distraerse con ella.
- Yo también. –antes de que Arnold se incorporara, ella apoyó su pie sobre el pecho de él y lo empujó para que se sentara, soltando una carcajada.
- ¿El cómo me maltratabas cuando éramos niños? –consultó el chico, enmarcando una ceja desde el suelo. Le había dolido el caer así.
- Lo que ocurrió en Industrias Futuro –ella se deslizó desde la cama hasta caer en el suelo, frente a él, solo la caja los separaba. Helga soltó una carcajada de burla al notar como él se sonrojaba de inmediato- Oh ¡No! ¡No! No la declaración de amor, zopenco ególatra. Ya no somos niños, Arnoldo. Me refería a cuando bajamos de ahí usando esa cuerda. Como agentes secretos. Eso fue divertido.
Un poco más relajado, el chico se rio ante el recuerdo.
- Realmente eso fue muy arriesgado. Me sorprende que no nos cayéramos –admitió.
- Yo sabía que todo saldría bien, estaba agarrada fuerte.
- ¿Agarrada fuerte? ¡Estabas abrazando con tus piernas mi cintura! Te pudiste caer.–la chica abrió los ojos con sorpresa y enmarcó una ceja, mientras empujaba lentamente la caja a un lado. Le observó con determinación y con los labios apretados. Estaba molesta- Oh… ¿Helga?
- Acaso… -susurró, lentamente- ¿Insinúas que yo, Helga G. Pataki, tengo piernas débiles? Acaso… Cabeza de balón ¿Estás dudando de mi fuerza? ¿Debo recordarte quién salvó tu trasero ayer?
- ¡Deja de hacer eso! –le reclamó, visiblemente fastidiado.
- ¿El qué?
- Retorcer mis palabras. Solo digo que fue algo temerario de tu parte.
- Bueno. Yo de ti no diría nada –le advirtió.
- ¿Por qué?
- Porque precisamente ahora estás siendo extremadamente temerario al meterte en mi habitación y comenzar a irritarme. Aquí nadie te va a salvar –apoyó su pie en el vientre bajo de él y lo empujó hasta que cayera recostado en el suelo.
Un pie. Un pie le estaba venciendo dos veces en menos de un minuto.
Hasta hace unos días, se hubiese quedado paralizado en su lugar temiendo que cualquier movimiento provocara a la chica. Hasta hace unos días, hubiese jurado que cuando Helga levantaba puños, amenazaba o empujaba, iba con intenciones de verdadera pelea. Pero desde ayer había visto a Helga desde un punto de vista diferente, como si la única forma en que ella podía interactuar con la gente era con contactos bruscos. Y si iba a verla más seguido dentro de su propia casa, era mejor demostrarle que él no se sentía intimidado. Arnold la agarró del tobillo y la jaló en su dirección, desequilibrándola. Helga cayó recostada boca arriba en la alfombra, con sus piernas a los costados del chico y sus caderas sobre las de él en una posición completamente extraña y nada erótica. Y aun así, no pudo controlar la carcajada que escapó de sus labios.
- ¡El buen samaritano acaba de devolverme el ataque! Oh… no… se va acabar el mundo –se burló.
Como respuesta, Arnold atrapó el pie derecho entre sus manos y presionó sus pulgares justo en la curva interna de su empeine. El acto había sido tan inesperado que la chica soltó un suspiro profundo que calló con sus manos sobre su boca. Joder….
- Y yo no puedo creer que Helga Pataki pueda hacer ruidos tan femeninos –contratacó.
Ella lograba eso sobre él, le ponía al límite de su cordura, le fastidiaba, lo exasperaba, le forzaba a levantar la voz, a recriminar, a frustrarse y a atacar. Y al mismo tiempo lo volvía más osado, seguro y territorial.
- Te sorprendería los femeninos ruidos que puedo hacer, cabeza de balón –la chica recuperó terreno sentándose sobre él, con las piernas separadas y extendidas a lo largo de los costados del torso masculino- Ahora ¿Podrías soltar mi pie antes de que comience a pensar que eres un fetichista? –pidió, mirando como él la sostenía.
Pero Arnold no reaccionó, simplemente parecía pasmado en su lugar, con los ojos fijos en las piernas de ella. Helga arqueó la ceja, extrañada y poco a poco notó como el chico se iba sonrojando, sin apartar la vista.
La mirada de Arnold siempre había sido tangible, como hierro caliente cada vez que la miraba. Así que, cuando comenzó a sentir un hormigueo entre las piernas, pudo saber dónde estaba mirando el chico realmente. O para ser justa con él, que estaba exponiendo ella ante los ojos de Arnold. El calor subió por su cuerpo hasta su rostro y quiso gritar, taparse, chillar, patearlo. Algo en ella quiso salir corriendo lejos y avergonzarse de por vida. Y por supuesto que estaba avergonzada. Pero se repitió esa frase que le había empujado constantemente a hacer todo aquello que ella había fantaseado que tendría el valor de lograr.
Ese era su último intento. No tenía nada que perder.
- ¿Estás mirando mi ropa interior, verdad? –los dedos femeninos agarraron los bordes de su falda, casi como si estuviese a punto de levantársela, pero solo se quedaron ahí- ¿Podrías dejar de penetrarme con tu mirada, por favor? Pervertido.
El chico parpadeó un par de veces y se demoró en conectar su mente con sus movimientos, lentamente subió su atención al rostro de una impasible chica. Él sentía calor, curiosidad, vergüenza y un flujo acalorado de sangre por todo su ser. Y Helga le observaba con el mismo apetito sexual que le tendría a una papa, estaba completamente tranquila y hasta divertida.
- Lo siento… yo… -intentó incorporarse pero al menor movimiento logró desequilibrarla a ella y esta cerró más fuerte sus piernas a los costados de él, presionándose contra él.
- Es como un traje de baño, Arnoldo. No te compliques tanto. Aunque si tienes curiosidad, podría regalarte una de mis bragas –el chico se alarmó por ese comentario.
Sin darse cuenta, completamente apenado, se sentó, empujándola a ella hacia tras, botándola una vez más al suelo, pero esta vez con las piernas separadas y la falda completamente levantada. Ella comenzó a reír con fuerza, abrazada a su vientre, mientras él se tapaba los ojos, susurrando una larga frase que contenía miles de disculpas. Helga comenzó a ahogarse, de tanto reír. En su vida había puesto tan nervioso a Arnold, la risa que salía de sus labios era de una dicha profunda ¿Y qué si tenía la falda levantada? Por años había sido otro chico del grupo, sin ser registrada, la cálida sensación de seguridad que sentía dentro de ella, el repentino descubrimiento de poseer un atractivo físico era suficiente para ponerla contenta, pero era superior su dicha al saber que este atractivo podía alterar a Arnold. No era algo que se debiese a la ropa. Simplemente era por ella. Y eso era lo que más le emocionaba.
- ¡Por Dios, zopenco! ¡Cálmate!
La chica se sentó con agilidad, alisando su falda y se puso en posición de loto.
- Realmente lo lamento, Helga. No es de caballeros y yo… Realmente lo siento. Me siento completamente apenado. Entenderé si quieres burlarte, golpearme o lo que tú desees –el chico seguía hablando de manera desesperada.
- Bien, cabeza de balón. Si quieres ser castigado para sentirte mejor, que así sea. –el chico bajó sus manos lentamente, dudoso- Pero no voy a golpearte ni burlarme –advirtió.
- ¿Entonces…?
- Voy a humillarte. –la mirada esmeralda se sorprendió- Ojo por ojo. Tú viste mi ropa interior. Ahora yo veré la tuya. Quítate los pantalones. –Helga se deslizó hasta usar su cama como espaldar, aun sentada en el suelo. El chico le observaba sorprendido y ella movió su mano, apurándolo- Anda, no tengo todo el tiempo del mundo. Quítate los pantalones.
- ¿Qué? –rogó haber entendido mal, no podía ser que le estuviese diciendo eso.
- Quítate-los-pantalones. –dijo despacio, intentando parecer seria pero sus labios estaban conteniendo con todas sus fuerzas una sonrisa amplia- ¿O acaso todas esas disculpas eran falsas? Oh Dios mío… Arnoldo… eres un pervertido… lo hiciste a propósito… No puedo creerlo… querías ver mi ropa interior –logró poner un rostro inocente por apenas unos segundos- ¡A cuantas chicas de nuestra clase habrás engañado con tu cara de inocentón para hacer lo mismo! –dramatizó, con una sonrisa perversa en sus labios.
El rubio sabía lo que eso significaba, por supuesto. Esa mirada, ese tono de voz, no habían cambiado en el pasar de los años. Peor, se habían hecho más poderosas y peligrosas. No auguraba nada bueno si no obedecía.
- Bien… es justo a fin de cuentas.
- ¿Puedo tomar fotos? –picó la chica y él le fulminó con la mirada- Que delicado… Solo un "No" bastaba…
- Por favor, Helga… solo cállate… -pidió, levantándose del todo.
Ella se quedó quieta en su lujosa posición. El rubio respiró hondo y cerró los ojos, frente a ella.
La respiración de la joven se comenzó a acelerar, no podía retirar la mirada del chico que contenía los ojos cerrados. Las manos de Arnold subieron su playera un poco dejando a la vista ligeramente su vientre y el inicio de su pantalón. Helga llevó su puño contra sus labios y se mordió uno de sus nudillos, conteniendo un pequeño grito. Las manos del chico atraparon el botón del pantalón y lo soltaron, bajando luego el cierre, deslizó sus pulgares hacia los costados de sus caderas, tomando otro aliento de valor. La imagen frente a ella le cortó la respiración, tenerle parado en frente de si, en su habitación, era una cosa de por si increíble, pero el cuadro en general le hacía temblar. Arnold con los ojos cerrados no se daba cuenta, no podía apreciar como repentinamente los papeles estaban invertidos y él estaba dominándola, teniéndola literalmente a sus pies. Helga tuvo que admitir que su prima tenía razón, había algo latente sobre el chico, un pulso demasiado sutil pero que se acrecentaba, con completa naturalidad había dominado el terreno y acorralado a Helga en su propio juego sin siquiera darse cuenta.
El chico enganchó entre sus pulgares los bordes de su pantalón y comenzó a bajar la prenda, descubriendo un bóxer azul corto y pegado al cuerpo. La chica contuvo un "Jo…der" entre sus labios, notando que eso era demasiado, iba a hiperventilarse, a desmayarse, a morirse, a revivir y a lanzarse sobre él.
Todo en ese orden.
En un salto estaba parada, frente a él, tan cerca que el chico lo notó y abrió los ojos para encontrarse con un rostro completamente rojo y una agitación poco normal en ella. El aliento cálido de Helga chocó contra su rostro, la sintió tan cerca que supo de inmediato que tenía la temperatura alta, era como una manta eléctrica que estaba a punto de envolverlo.
- ¿Helg…? –y lo calló, la chica puso su mano sobre la boca masculina y se presionó contra él para que no se moviera.
Arnold no supo que fue peor, el desconocimiento de la actual situación o tener las manos ocupadas sosteniendo su pantalón, porque una parte de él solo quería agarrarla de la cintura y presionarla un poco más. Era algo demasiado instintivo para ponerle lógica. Una voz en su interior se rio de él, porque todo había sido más fácil en el pasado, cuando eran niños y estaban en la selva, dándole un casto beso antes que ella pareciera desmayarse entre sus brazos. Algo le decía que si en ese momento la tomase de la cintura y la besase para tenerla cerca, ella no se desmayaría.
Muy posiblemente lo golpearía.
- ¡Fuera! –gritó ella, girándolo y empujándolo con toda su fuerza en dirección a la salida, el chico casi tropezó un par de veces porque debía sostener su pantalón e intentar frenar la carrera como pudiese.
Pero Helga era más fuerte, más ágil y tenía más convicción en sus acciones que él. Antes de que el chico se diera cuenta fue pateado fuera del departamento y con el azote de la puerta atrás de él.
Al otro lado, la rubia se apoyó contra la misma y se deslizó al suelo de su departamento, sintiendo las piernas temblar y un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo. En sus labios se pintó una sonrisa y un deseo de gritar de emoción y saltar por todo el departamento.
- ¿Arnold? –escuchó la voz de Stella al otro lado de la puerta, la chica apoyó su oído contra la madera para oír.
- ¿Mamá? –el chico sonaba tan asustado y desesperado que Helga se lo podía imaginar, con los pantalones agarrados por sus manos, completamente rojo y desorientado.
- ¿Puedo preguntar por qué Helga acaba de sacarte a patadas de su departamento y tú con las vergüenzas al aire?
La chica tuvo que taparse la boca para no comenzar a reír con fuerza, mientras alcanzaba a oír una patética explicación de Arnold que se trababa a cada segundo. Helga se deslizó hacia un costado, quedando recostada en el suelo, mientras nivelaba su respiración.
- Oh… el amor adolescente –susurró, realmente no tenía punto de comparación con sus inocentes sueños de la infancia ni con sus nobles metas románticas. Apretó los dientes con fuerza para contener el grito de júbilo en su pecho. Definitivamente se tendría que amarrar a la cama para no ir esa noche a amarrarlo a él.
Oh… era verdad, aun no le decía a Arnold que desde ese día viviría ahí.
Continuará…
¡Saludos Manada! ¿Cómo ha estado mi manada favorita de todos los tiempos? Para aquellos que no lo sepan, esta tendencia de llamar a la gente significativa para mí como parte de mi manada. Esta ha sido una semana loca, pero magnífica. Hoy terminé de escribir una historia para un concurso que no sé si se haga o no. Realmente es un one-shot y de "Hey Arnold!". Así que con todo, lo subiré y me encantará saber su opinión.
Para aquellos que están preocupados con "Cacería". Les explicaré: Voy a hacer una re-edición de todo, pero de "Cacería" no voy a borrar los capítulos y volverlos a subir. El día en que suba el nuevo capítulo les avisaré que ya todos los capítulos anteriores han sido re-editados. Así, quienes quieran re-leerlos podrán hacerlo y quienes no, podrán seguir junto a mí con la historia.
¡Muchas gracias por el apoyo! Me alegra saber que disfrutan encontrarse otra vez con esta historia. Y es realmente divertido ver que tanto ustedes como yo viven la experiencia de "¡Oh! No recordaba esto" que es tan divertido.
Una noche iluminada para ustedes.
¡Nos leemos!
Nocturna4
