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~El viaje hacia Kakariko~

Telma había insistido en que comiera algo antes de salir, y la tabernera se presentó ante él con un humeante plato de estofado de carne, y un poco de pan y queso. Link no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que probó la primera cucharada. Estaba delicioso.
— Invita la casa, chiquitín —le dijo ella con un travieso guiño, poniéndole sobre la mesa una enorme jarra de cerveza.

— Siento habernos retrasado por mi culpa —dijo Link, tragando primero el trozo de pan que tenía en la boca para no parecer un maleducado.

— No te disculpes, muchacho, no ha sido culpa tuya. ¿A que ya te encuentras mejor? Seguro que lo único que necesitabas era una de mis deliciosas recetas —le dijo ella con una sonrisa.

La partida estuvo lista al atardecer. El camino más seguro y rápido era al este, pero el puente estaba roto y era imposible pasar. Ahora, el único camino posible era al sur, atravesando el Puente de Hylia y la pradera… y por desgracia, estaba plagado de esos monstruos que habían espantado a la guardia real de su cometido.

Con el estómago lleno a Link se le hizo mucho más fácil emprender el camino; el incidente de la ciudadela ya no era sino un recuerdo lejano. Llegar a Kakariko iba a llevarles aproximadamente un par de días; mientras el cielo se teñía de naranja sobre ellos, Link rezó a las diosas por el niño Zora, para que aguantara todo el camino.
Midna aprovechó que estaban a una distancia prudente del carromato para hablar con el joven héroe sin ser vista.

— ¿Estás bien? —preguntó simplemente, en un susurro. Link supo que se refería a su extraño desmayo en la ciudadela.

— Sí. Solo fue el cansancio, ya me siento mucho mejor. Oye, ¿tú… notaste algo raro?

— No. De repente te desplomaste. ¿Qué estabas buscando cerca de la fuente?

Link desvió la mirada.

— Nada… me había parecido escuchar algo. Luego simplemente desperté en la consulta del doctor. No recuerdo nada.

A Link no le gustaba mentir, pero no quiso decirle nada a Midna acerca de su reflejo, de aquellos ojos rojos, ni de la voz que le había hablado y que había tomado por la del Usurpador. Su mente era un torbellino, pero esperaba que Midna no hubiera notado por su extraño comportamiento que le ocultaba algo. Aquella aventura ya estaba siendo lo bastante peligrosa como para preocuparla por un simple sueño o visión.

Por suerte no hubo tiempo para más preguntas: ya habían alcanzado el Gran Puente de Hylia, y la criatura que había secuestrado a los niños y a Ilia semanas atrás les cerraba el paso montado en un jabalí monstruoso. Animado por Telma, Link no se lo pensó dos veces y se lanzó al galope; tampoco era la primera vez que se enfrentaba a ese ser.

— ¡Es un cobarde, fíjate, se protege con dos escudos como si fuera una armadura! —farfulló Midna desde su sombra —¡Apunta a su…!

De repente, otra voz, una que venía de dentro de su cabeza, apagó la de su compañera de viaje.

iOh, vamos, Link… No me digas que no deseas destrozarlo… Te quitó a tus amigos… y a ella…

El mundo pareció oscilar por un instante, como si se torciera y volviera a su forma normal. Link cerró los ojos con fuerza; si se desmayaba, no tendría ninguna oportunidad.

Pronto, el galope de los caballos volvió a sus oídos, junto con el fresco roce del aire en su rostro. Link apuntó… y la flecha le rozó el ojo izquierdo a la criatura, desequilibrándole; la criatura pasó a su lado con tal ímpetu que Link tuvo que aferrarse a las riendas para no caerse. Aquella extraña voz le acometió de nuevo, con tanta fuerza que por un instante la vista se le nubló.

Oh, ¿sólo vas a herirle…? Qué patético… ¿No recuerdas al pequeño Iván? Colgado de su lanza, como un vulgar trofeo… ¿Vas a dejar que trate así a esos pobres niños?...

No… le respondió otra voz dentro de su cabeza, su propia voz. Link hizo girarse a Epona, dispuesto a lanzarse contra la criatura si esta volvía a atacar.

Mátalo, Link. Acaba con él.

La criatura todavía estaba aturdida por el anterior ataque y el jabalí zigzageaba, gruñendo, acercándose ambos cada vez más…

Mátalo…

Link pudo ver claramente su objetivo antes de que su campo de visión se tiñese de rojo sangre. Disparó. El tiro fue certero. Cegado, el monstruo perdió el equilibrio y él y su montura cayeron del puente con un grito que resonó en el vacío.

Al otro lado del puente, Link perdió el equilibrio y cayó de la grupa de Epona, a la oscuridad. Tardó un instante en darse cuenta de la presencia de Telma a su lado; el sonido de su voz disipó el zumbido de sus oídos.

— Link, ¿te encuentras bien? ¿Estás herido?

— No, estoy bien…

Se incorporó y miró a gatas por el borde del puente, pero solo consiguió ver el agua anaranjada y centelleante a la luz del atardecer. No había ni rastro del monstruo. Confió en que aquella sería la última vez que sus caminos se cruzasen.

Un latigazo de dolor le atravesó las sienes cuando Telma le ayudó a ponerse de pie. Creyó que el destello que vio fugazmente por el rabillo del ojo era producto de la extraña migraña, pero resultó ser una llave. Telma sonrió mientras la cogía.

— Se le ha debido de caer cuando le derribaste. Seguro que abre el portón que da a Kakariko. Hemos tenido suerte, ¿eh?

Telma le dio la llave para que la guardara y volvió a ponerse a las riendas del caballo que tiraba del carromato; Ilia estaba asomada por la ventana. Con el estómago encogido, Link se acercó a ella antes de volver a montarse en Epona.

— Gracias, señor Link. Sois muy valiente. Tenemos mucha suerte de habernos cruzado en su camino —le dijo ella.

Link se sonrojó al pensar cuánto le hubiera gustado escuchar aquello de boca de la Ilia de siempre. Le había preguntado su nombre antes de partir y Link tenía alguna esperanza de que escucharlo despertara su memoria, pero no había visto ningún reconocimiento en sus verdes ojos. Y tampoco lo veía ahora.

La noche cayó sobre ellos, tendiendo un manto de tenso silencio sobre el desfiladero. La pradera de Hyrule que llevaba hacia Eldin ya estaba muy cerca. Sin embargo, todo estaba tranquilo… Demasiado tranquilo.

De repente, una lluvia de flechas cayó sobre ellos sin aviso, encabritando a Epona. Decenas de Bulbins les estaban esperando a ambos lados del camino.

— ¡Es una emboscada! ¡Tened cuidado! —le gritó a las chicas.

Link se adelantó al galope, derribando por el camino a varias de aquellas criaturas, que caían como moscas desde las rocas más altas. Destellos rojos silbaban a su alrededor; las flechas estaban prendidas. Si alguna de ellas alcanzaba el carromato… Pronto, oyó los gritos aterrorizados de las dos mujeres. La parte de arriba del carromato estaba en llamas. El caballo, aterrorizado, perdió el control.

— ¡NO!...

El carromato se internó en la pradera, desbocado, dejando un denso humo negro tras su paso. Link se aferró a las riendas de su yegua, yendo todo lo rápido que su fiel montura le permitía. A su alrededor, de entre las sombras, surgían más y más Bulblins montados en jabalís monstruosos.

Link…

La súbita aparición de aquella voz le cortó la respiración. Una extraña onda, como una palpitación, vibró dentro de su cabeza, mezclándose con el repiqueteo de los cascos de los caballos.

¿Les vas a dejar morir? Eres patético…

La voz se transformó en una risa burlona y maligna. Link sacudió la cabeza, intentando ignorarlo. Ahora no había tiempo para extrañas alucinaciones. Intentando controlar a Epona, cada vez más nerviosa con la marea creciente de Bulblins y los relinchos aterrorizados del otro caballo, Link metió la mano libre en su alforja en busca del bumerán mágico que había encontrado en el templo del bosque. Aquello bastaría para apagar las llamas, tenía que bastar…

Van a morir todos. Y va a ser tu culpa, Link…

— ¡No…! ¡No pienso dejar que pase!

Link intentó concentrarse; su campo de visión se teñía de rojo con cada nueva oleada de sangre golpeando violentamente en sus sienes. Respiró profundamente y lanzó el bumerán mágico hacia el carromato, extinguiendo las llamas. No dejó que el enorme alivio que sintió le distrajera lo más mínimo y evitó que uno de los monstruos volviera a incendiarlo con una certera flecha entre los ojos. Perdiendo a su jinete, el jabalí se desbocó y chocó contra un árbol, dejando al otro fuera de combate. El resto se batió en retirada. Link supo que aquello no era buena señal; probablemente prepararían otro ataque en breve, aunque, sin su jefe, tardarían en organizarse de nuevo.

Aprovechando el momento de calma, Telma había detenido el carromato para evaluar daños y asegurarse de que Ilia y el niño estaban bien. Link también se detuvo. La voz había desaparecido, dejándole solo un ligero dolor de cabeza y un zumbido lejano en los oídos. Se sintió mareado y se apoyó un instante en Epona antes de correr hacia sus compañeras de viaje.

— ¿Estáis bien las dos? —jadeó— ¿Y el niño?

Telma fruncía el ceño, intentando colocar un trozo de tela ennegrecida que se desprendía
a jirones.

— Estamos bien. Solo nos hemos llevado un buen susto — se giró hacia Link y miró el bumerán que sobresalía de la alforja— Eres una caja de sorpresas, muchacho. Dime, ¿todas tus armas son tan efectivas como esa?

La mujer rió ante la expresión desconcertada de Link.

— Todavía nos queda algo de camino y no creo que el pobre niño resista un viaje tan largo sin descansar —dijo Telma—. Deberíamos quedarnos aquí para reponer fuerzas. Saldremos al amanecer. Tendremos que hacer guardia, por si nos atacan por sorpresa. Si vigilamos, no nos cogerán desprevenidos.

Encontraron un claro que parecía tranquilo y decidieron pasar allí la noche, montando un improvisado campamento, aunque prefirieron no encender un fuego para no atraer a los enemigos. Temiendo que el ajetreo hubiera sido demasiado para él, Link se acercó al carromato para ver cómo se encontraba el príncipe. Parecía no haber empeorado, pero que siguiera igual tampoco era buena señal. Volvió a rezar para que no le ocurriera nada malo durante el resto del camino.

Ilia tenía la cabeza del príncipe descansando en su regazo, mientras refrescaba su frente con un paño húmedo. Telma estaba sentada a su lado.

— Después de todo, es un zora. Seguro que el agua fresca le ayudará — le dijo la tabernera, como intentando animarla.

Link pareció recordar algo de repente; rebuscó un momento en sus alforjas y sacó su cantimplora, tendiéndosela a la muchacha.

— Toma. Es agua de la Fuente del Espíritu de nuestro pueblo… quiero decir, de Ordon. Tiene… propiedades curativas.

Link se sentía tan torpe como si hablara con ella por primera vez, pese a conocerla desde que era apenas una niña que aprendía a andar. Ilia alargó la mano para coger la cantimplora.

— Gracias, señor Link.

Telma carraspeó.

— Creo que volveré a mi sitio… No creo que al niño le venga bien tener a tanta gente aquí dentro —le guiñó un ojo a Link con complicidad antes de desaparecer por la parte delantera del carromato.

— ¿Se encuentra bien, señor Link? Parece preocupado —le preguntó la muchacha, devolviéndole la cantimplora.

Link sacudió la cabeza, quitándole importancia.

— No es nada.

Ella se sentó a su lado, encogiendo las rodillas.

— ¿Estáis seguro?

Pero era ella, era Ilia, y supo que en alguna parte tras aquellos vacíos ojos verdes seguía siendo su Ilia.

— No estoy seguro de si puedo hacer esto —sintió un escalofrío al recordar las palabras que acosaban sus pensamientos: van a morir por tu culpa…—. Hay muchas cosas que dependen de mí. Tengo miedo de fracasar, o de que alguien acabe sufriendo por mi culpa.
Ilia le sonrió.

— Sé como se siente, señor Link. Yo… no recuerdo quién soy ni cómo llegué hasta la ciudadela… Pero siento que debo ayudar a este niño. Simplemente sé que tengo que hacerlo, como si se esperara eso de mí. Y por eso no tengo miedo.

Los ojos azules de Link se perdieron en los suyos, que aunque no le reconocían, le dieron confianza. Tenía que ayudar a sus amigos y a Midna; sus destinos se habían encontrado porque tenía que ocurrir así. Sintió que el peso que sentía en el corazón se volvía más ligero a medida que sintió aflorar el valor dentro de él.

Salió del carromato, respirando el aire fresco de la pradera. Sólo se escuchaba el ulular de un búho. Todo estaba muy tranquilo. Los monstruos todavía no iban a atacar, si es que pensaban hacerlo. Se arrebujó en una manta, sentado en una roca, con la espada y el arco muy cerca; había acordado con Telma que le tocaba a él hacer la guardia primero. Ilia, por su parte, parecía dispuesta a pasar la noche en vela para cuidar del niño Zora. Link sabía que no podrían impedírselo: había perdido la memoria, pero seguía siendo tan tenaz como siempre.

— Qué tierno ha sido ese momento de confidencias.
Link se sobresaltó, pero pronto se dio cuenta de que era Midna. Durante un rato se había olvidado completamente de que su compañera de viaje podía oírlo.

— No pensarás rendirte ahora, ¿verdad?

Link parecía ofendido.

— No voy a abandonar, Midna. Lo sabes.

— Bien, eso es lo que quería oír.

Midna no dijo nada más. Link no pudo evitar recordar la voz. ¿Seria la de Zant? Estaba seguro. Seguramente solo quería asustarle, desconcentrarle para que fallara; aunque no entendía por qué a veces con sus palabras parecía querer ayudarle…

— Midna, tú… ¿Tú puedes oírlo?

— ¿Oír qué?

Link entrecerró los ojos, pensativo. Era imposible que Zant estuviese hablándoles y Midna no lo hubiese comentado, ni siquiera notado. De repente se sintió estúpido y decidió callarse.

— Nada… No es nada. Deben ser imaginaciones mías. Olvídalo.

Midna le dio con un dedo, burlona, tirándole el gorro hacia atrás.

— Héroe, creo que estás perdiendo la cabeza... Será mejor que duermas un poco. Mira, te haré un favor, yo hago la guardia por ti y te despertaré si pasa algo. Ya me devolverás el favor — se desperezó¬ —Me basta con que no te distraigas mucho más de la cuenta antes de ir a ese templo bajo el lago…

Reemprendieron la marcha un poco antes de que el sol asomara por el horizonte. Aparte de Midna desde su sombra, Telma también había relevado a Link las últimas horas; pero éste no fue capaz de dormir, y los breves instantes que logró cerrar los ojos estuvieron llenos de extrañas imágenes; corría por un bosque oscuro, hacia un atardecer rojo como la sangre. También oía voces, y aunque no podía recordar con detalle lo que decían, le habían dejado una sensación fría y opresiva en la boca del estómago.

Llegaron a la Garganta de Kakariko casi al atardecer, e inmediatamente los Bulblins se lanzaron sobre ellos. Les habían estado esperando. Link le gritó a Telma que se alejase con el carromato, pero había monstruos por todas partes. Epona galopaba mientras Link intentaba derribar a los que iban montados en pares. Una flecha errante le rozó justo por debajo de la cota de malla, donde quedaba el codo al descubierto. Ignorando el dolor, lanzó una lluvia de flechas sobre algunos de ellos, derribándoles; heridos o sin montura, el resto huyó. De pronto, una explosión que no supo de dónde vino encabritó al caballo que tiraba del carromato, que Telma intentó controlar sin éxito. Sobre una explanada, Link vio un destello rojo.

— ¡Telma! ¡Vais hacia una trampa!...

Horrorizado, no tuvo tiempo de reaccionar; el jabalí del único Bulbin que seguía montado
y a salvo emprendió el galope desde la explanada, y el jinete lanzó una flecha certera.

La muchacha chilló cuando la parte trasera del carromato se prendió en llamas mientras se alejaba oscilando.

— ¡Ilia! ¡NO!...

El bumerán volvió a hacer su trabajo, apagando el fuego, aunque quedó un denso humo que le tapó la visión un instante. Vio que Ilia tosía, pero parecía estar bien; no dejaba de sostener al niño entre sus brazos, protegiéndole, mientras Telma se arrodillaba junto a ella. Viéndose amenazado de nuevo por el único enemigo que quedaba, Link contraatacó con la espada, acertándole justo debajo del pecho. La criatura cayó con un golpe sordo.

Link se bajó de Epona y fue muy despacio hacia el Bulblin, jadeante, agarrándose el brazo herido con la mano libre. El monstruo yacía en el suelo; el joven estaba seguro de que la herida era mortal, pero todavía movía una mano, intentando incorporarse. Link fue hacia él, asiendo la espada con tanta fuerza que los dedos le dolían.

Todavía no está muerto, Link… Tiene que pagar por lo que ha hecho…

Link cerró los ojos con fuerza, llevándose la mano libre a la cabeza en un intento por apagar aquella voz. La mano que asía la espada temblaba incontroladamente, su respiración era un áspero jadeo.

Ha estado a punto de matarla, a tu queridísima Ilia… ¿Te la imaginas, consumida por las llamas, sin poder escapar…?

¡CÁLLATE!...

El brazo le ardía, el pulso le martilleaba enloquecido en las sienes. Todo se tiñó de rojo. Lanzando un grito lleno de rabia, Link se abalanzó sobre el monstruo, clavándole la espada justo en el corazón. La sangre oscura manó a borbotones y el Bulblin no se movió más.

Volvió a clavarle la hoja, una vez más. Algo destelló en sus ojos y Link retrocedió, jadeante, todavía con la sangre goteando de la afilada hoja, la suya propia manando levemente de la herida de su codo. Telma se acercó corriendo.

— ¿Estás bien? ¿Te ha herido? Oh sí, sí que te ha herido… Estás sangrando…

— No es nada, solo es un rasguño —jadeó el muchacho con un leve gesto de dolor.
Link estaba aturdido. No era ni mucho menos el primer monstruo que mataba, pero nunca había sentido esa rabia, corriendo por sus venas como fuego, destruyendo toda piedad a su paso. Todavía con la respiración alterada, limpió la sangre de la espada con un trozo de tela, sintiendo un escalofrío al notar el calor que emanaba. Luego se apresuró a abrir el portón que quedaba en el camino.

Cuando entraron en el pueblo ya había anochecido. Por suerte, el accidentado viaje tuvo un final feliz. El niño Zora estaba a salvo, y de manos de su madre, cuyo espíritu se le había aparecido, Link había obtenido mucho más que la gratificación de haberle ayudado. Sin que nadie lo viera, guardó las preciadas ropas color zafiro de los Zora entre sus pertenencias. Al día siguiente emprendería con ellas su viaje de vuelta al lago Hylia, dispuesto a visitar el templo oculto en el fondo del lago.

Encontró a Telma dentro del templo, mirando embobada a Leonardo mientras éste rezaba junto a la estatua del espíritu Eldin.

— Leonardo dice que está preocupado por los Zora del lago —le susurró la tabernera—. Cree que algún peligro les acecha. Es tan inteligente… ¿Qué vas a hacer?

— Al amanecer partiré hacia sus tierras —le dijo Link—. De paso les comunicaré que el niño está bien.

Por supuesto, no iba a decirle nada acerca de su otra misión, aunque no creía que la tabernera le estuviese oyendo; sus melosos ojos no se apartaban de Leonardo.
Más tarde, todos estaban sentados en la mesa del hotel, disfrutando de una cena tardía que Telma les había preparado con lo que encontró en la cocina. Los niños no querían moverse del lado del príncipe, así que la tabernera les llevó algo de comida. Ilia aceptó comer algo, pero continuamente miraba hacia el piso de arriba, deseando volver al lado de la cama donde el pequeño dormía profundamente.

A Link el brazo ya apenas le dolía. Leonardo le había vendado la herida después de atender al niño Zora, pero la ropa estaba rasgada y manchada de sangre. Link no tenía más ropa que la que llevaba; simplemente, como por arte de magia, había aparecido con ella cuando el Espíritu de Farone le devolvió a su forma humana tras haber sido transformado en Bestia. Eran los ropajes que había llevado el héroe siglos atrás.

— Deja que se lo arregle, señor Link —le dijo Ilia con una sonrisa—. Es lo menos que puedo hacer, por habernos ayudado a llegar hasta aquí. La lavaré y coseré.

— Seguro que encontraremos algo que te puedas poner mientras tanto, Link, y luego lo devolveremos —intervino Telma; estaba sentado al lado de Leonardo, quien parecía muy incómodo—. No creo que nadie lo eche en falta… el pueblo está totalmente vacío.

Link sintió una extraña tristeza. No era la primera vez que Ilia le arreglaba la ropa. Más de una vez, cuando eran niños, ella le regañaba por subirse a los árboles y rasgarse la ropa con las ramas, y luego, con una dulce sonrisa, se ofrecía a arreglársela… Por supuesto, ahora, ella no lo recordaba.

— Gracias —le dijo con una sonrisa.

En un armario del hotel encontraron una camisola larga que era de su talla. Tras un rápido baño para librarse del polvo y las manchas de sangre, Link se la puso y volvió a la habitación. Los niños ya dormían profundamente, repartidos en las camas sobrantes; hasta Ilia se había quedado dormida junto al niño Zora, cuyo sueño parecía tranquilo. Sobre el regazo de la chica se encontraban sus ropajes verdes a medio arreglar.

Con una leve sonrisa, Link echó una manta por encima a su compañera y se acostó en la única cama libre, mirando al techo. La voz de Midna le hizo dar un sobresalto.

— Hiciste lo que tenías que hacer, Link —le susurró con voz monótona, algo severa. EL joven parpadeó, confuso; la criatura del Crepúsculo casi nunca le llamaba por su nombre—. Esos monstruos no estaban pidiéndote piedad. Fuiste muy valiente ayudando a ese niño.

Link se estremeció al recordar la furia que le dominó, esa voz alentándole, y cómo el mundo se había teñido de rojo. Ya estaba prácticamente muerto; no sabía por qué se había ensañado tanto con aquella criatura. Aquel sentimiento le asustaba y no pudo evitar recordar la visión que había tenido en Lanayru, donde había asesinado sin piedad a la misma persona que ahora dormía en una silla a apenas un metro de él…

— Buenas noches, Midna —dijo, intentando sonreír. La Twili le sonrió a su vez desde las sombras.

Link dejó escapar un profundo suspiro. Estaba tan agotado que no tardó en dormirse, arropado por el suave sonido de la respiración de los niños.

Corría; corría sin detenerse, sin mirar atrás. Las ramas de los árboles le arañaban el rostro, le tiraban del pelo, se enredaban en su ropa. Oía los gritos, suplicantes y desgarradores, cada vez más cerca… Ahora sonaban lejos de nuevo, como si por mucho que corriese hacia ellos, se alejasen más y más. Dando un alarido de frustración, siguió adelante, sin parar, ignorando el ardiente dolor en su pecho que le provocaba la falta de aliento. Reconoció el sendero que llevaba hasta su pueblo y fue todavía más deprisa, hasta que le dolieron las piernas, ya estaba cerca... La fuente del espíritu estaba seca, las plantas marchitas, muertas; el cielo se estaba tiñendo de rojo… Un grito desgarrador hendió el aire...

Link se incorporó de golpe en la cama, sofocando un grito que enseguida se convirtió en una respiración ahogada y jadeante. Su mano se aferró de forma automática a la camisa, justo donde el corazón le golpeaba contra el pecho con una violencia que le espantó. El cuerpo entero le temblaba.

Aturdido, dejó escapar un gemido y se llevó las manos a la cara, empapada en un sudor frío. Sus ojos, muy abiertos, echaron un rápido vistazo a su alrededor; pronto se dio cuenta de donde estaba, pero todo seguía en silencio. Por suerte, nadie se había despertado. Todavía tiritando, se echó de lado sobre la cama, con la mirada fija en la oscuridad. El dolor de su brazo le hizo proferir un quejido. Llegó a pensar que la herida se le había infectado y aquellas pesadillas eran a causa de la fiebre, pero no notaba su piel más cálida de lo normal; aun así, tenía el cuerpo aterido por extraños escalofríos.
Sumido en un sueño intranquilo y febril, no descansó mucho más el resto de la noche.

Cuando volvió a abrir los ojos, una leve luz entraba por entre las tablillas que protegían la ventana.

Había llegado la hora de partir.