III
Incipiente
El bullicio era asfixiante.
Aún no podía acostumbrarse al ritmo acelerado del puerto, se le antojaba cargante en demasía. Aunque, debía admitir, tenía su encanto. Indómito y atrayente, justo como el mar. En nada podía comparar a la agradable quietud de la hacienda pero aun así, al estar entre su gente -su verdadera gente- podía ser su valía y su fuerza, un pueblo que fue capaz de levantarse después de haber sido mutilado y mancillado..., por la mano de su propio padre. Al verle así como era, nunca se hubiera imaginado todo lo que su ejército y él mismo habían hecho a su madre y a su pueblo. Su madre... Por mucho que Antonio dijera cuánto la amaba, le era ilógico, rayano incluso en lo imposible, poder creer aquella verdad. Sin embargo..., no, no quería ahondar en el pasado.
Caminaba, llenándose la vista de colores y aromas, muchas personas le sonreían al pasar; sin embargo no todos eran agradables con ella, algunos se mostraban hoscos, en su mayoría eran indígenas, lo cuál decepcionaba a la chica. De no ir acompañada no se hubiera sentido tan segura.
—Te noto inquieta—señaló la voz detrás de ella—. Acaso te sientes desorientada.
—Un poco, sí—admitió—. Pero, ¿cómo te sentirías tú, José?
—Supongo que igual que tú, aunque sólo espero que no sea por las personas que te rodean.
María se volvió para ver el rostro de su acompañante, sus rasgos eran tan característicos de su familia. "Rasgos de mestizo… Cómo los míos"
—Sabes que odio que te muestres tan distante conmigo—reprendió—. Ven acompáñame.
—Aún eres la misma niña mimada—sopesó—. ¿De qué sirve tener todos esos años encima?
— ¡Oye! Ya, calla y ven.
Mascullando, el anciano capitán se acercó a la colonia, ella pasó el brazo por el suyo y recuperó un poco de la confianza que tenía en la antigua hacienda. Siguieron caminando. Paseándose por entre los puestos de frutas, vasijas y demás artículos. Al pasar frente a un puesto de flores, una anciana llamó al soldado profiriendo palabras en su lengua materna y le entregó un ramo de claveles, después señaló a la joven. El hombre se volvió a acercar y sonrió a María al entregarle el presente.
— ¿Qué te dijo?—preguntó ella curiosa.
—Dijo que tenía suerte al tener una hija tan bella, y que para apremiarme me ha entregado estas flores para hacértelas llegar.
— ¿Diste las gracias? —cuestionó.
—Siempre, mi señora.
—Tu abuelo te enseñó bien—apremió.
—Y a él el suyo.
La chica sonrió al recordar al anciano caballero que solía jugar con ella los días en que su padre no estaba, aquel que le había enseñado por vez primera cómo manejar una espada -su padre se molestó en cuanto se dio cuenta, pero no los detuvo, y cuando el tiempo al fin reclamó su lugar, fue Antonio quien prosiguió las clases.
Una lágrima se paseó solitaria por su mejilla, la limpió enseguida.
— ¿Se encuentra bien? Acaso la escoltaré de regreso—anunció.
—No, mi abnegado capitán—indicó.
— ¿Recordaba algún suceso en particular? El pasado puede ser llegar a ser una fiera muy peligrosa si no se le sabe domar.
—No tienes por qué decírmelo; hace años que el abuelo de tu madre me había dicho algo parecido—rememoró— y antes, el padre de éste.
Él permaneció en silencio, escrutándola con la mirada; buscando en sus ojos el pesar que la acongojaba, sin embargo nada encontró. En la marea ocre la pupila danzaba tremulante.
—La agonía se refleja en su semblante—exteriorizó—. Tal vez sea viejo, un poco amargado diría yo, pero aún puedo escuchar aquello que le aqueja a mi damita. —Al no ver una contestación, tomó las flores y las entregó a la dama de compañía de la chica—. Regresa a casa y colocalas en un jarrón para que no se sequen, yo cuidaré de tu señora.
—Sí, señor Alborán—respondió la chica de rizado cabello negro, a la vez que sonreía al capitán.
Cuando la muchacha se hubo alejado, el anciano suspiró.
—Nunca se es tarde, José—señaló María.
—Ve en mí al hombre que era—sopesó—, y de él ya nada queda. Ella es demasiado joven... Pero, dejemos de hablar de mí. Caminemos.
Continuaron en silencio hasta dejar atrás la miríada. Pronto frente a ellos se encontró la más variopinta colección de naves, fragatas, bergantines, en ocasiones con la bandera de la flota española o de numerosos lugares que desconocía, y en medio de éstas se apiñaban infinidad de barcazas y botes de pescadores.
—No me lo puedes ocultar, querida, algo te preocupa. Sabes que puedes confiar en mí, ciegamente. Nadie podrá hacer que estos labios rompan el silencio, a menos que tú lo desees.
— ¿Nadie?—soltó abruptamente, volviendo el rostro y obligando al hombre a detenerse—. ¿Incluso mi padre?
—Sí, incluso él—respondió—. Entonces se trata de eso.
Ella asintió.
—Tú lo has visto en batalla, dime...
—Así que la guerra a echado broto en vuestra casa—interrumpió.
—Desde que España llegó, lo único que ha querido es irse...
—Lo has llamado "España"—inquirió.
—Ha estado intranquilo—prosiguió, fingiendo no haberle escuchado. Pero con la llegada de ese hombre, ahora está más inquieto aún. Me preocupa—manifestó.
—Yo estaría igual, si fuera él—admitió—. Imagínelo: su padre, bravo cuál es, lucha casi hasta la muerte por protegerla a usted, a sus hermanos y a todo aquello que ama. Tenemos a ese tal "Inglaterra", luchando por conveniencia, no digo que la guerra no se hubiera iniciado por la avaricia de su padre- pero aún así, los enemigos eran demasiado como para enfrentarse a ellos; su padre luchó, pero, ah, todos los grandes hombres tienen sus límites. Ahora bien, ¿cómo se sentiría usted si la misma persona que lo derrotó anduviera por su casa así como así, con la amenaza siempre latente de destrozarlo todo? Qué la Paz de Utrechist—replicó molesto—: política sin sentido. Esos ingleses lo único que causan son...
Una botella proveniente del barco frente a ellos se estrelló justo al lado de María. Si el capitán no hubiera tenido buenos reflejos era seguro que golpeaba en la cabeza a la joven. Cuando volvieron la vista descubrieron que el objeto había dejado un enorme agujero en la ventana de dónde suponían se encontraba el camarote.
—Justo lo que te decía.
— ¡Capitán!—saltó un joven soldado doblando la esquina de la calle y apurando el paso hacía ellos—. Disturbios en la Golden Hint. De nuevo.
—No me diga, Velázquez. ¡Qué haríamos sin su sentido de la deducción!—exclamó sardónico—. Regrese a sus labores, soldado. Mi señora, es mejor que se aparte. ¡CAPITÁN KIRKLAND!
En el acto se asomó la cabeza de un joven por la cubierta, pero éste no tenía ni pinta de estar al mando. Daba la impresión de ser un muchacho de unos diecinueve años, alto y cabello castaño muy oscuro, pero lo que llamó la atención de María fue la tez del joven, negra como la pez.
—Oh, my dear captain!—exclamó—, what kind of the Lord has bring you here?
—Negro zalamero, ¡hablame en español!
—But, capitán, tú saber que amigo no habla bien spanish. And I don't want to look like a fool in front a beautiful lady—expresó dirigiéndose a María, ésta sonrió.
El capitán bufó.
— ¿Dónde está Kirkland?
— ¿Capitán? Wel-bien, he... él estar atendiendo some business with your boss. Argg, sorry but I can't leave my beautiful language.
— ¡Que me hables en español!
—Bloody captain. Bien, capitán. Yo trato lo mejor—sinceró.
—Ahora bien, ¿qué pasó aquí?—El chico enarcó la ceja—. La botella.
—Oh, botella... Pues, sólo divertirnos un poco, nada mal, Jon became a little crazy and...
—Lo haces de nuevo—intervino María riendo.
—Milady, tener humor. I like that,what's your name, my darling?—preguntó, añadiendo—: I'm glad you can understand me.
—María—se presentó—. Un gusto.
—I'm Connor, but poder llamarme "my endless love".
—Eh—hesitó ella—, no lo creo. Connor, es un lindo nombre.
—If you don't try, you lose anyway—versó.
—And if you try, and don't work, then you're a bloody loser.
María giró rápidamente, al verle el corazón se le encogió como el papel. Él mantenía la mirada fija en ella, sin embargo al percatarse de cómo ésta le miraba, apartó la vista hacia el chico.
—Oh, for God's mercy... Tener piedad de mí.
— ¡Al fin!—exclamó el capitán—. Espero que usted pueda responderme por las faltas de sus hombres, y ojalá tenga claro que son muchas.
—Por supuesto—aseguró—, que no quepa la menor duda: mis hombres responderán por sus propias faltas.
—Siento tener que decirle esto, pero debido a la innumerable cantidad de disturbios ocurridos en los últimos días me veo en la necesidad de realizar una revisión a su navío.
—Adelante—indicó.
El capitán asintió y el muchacho le tendió una escala colgante, que se desenroscó tomando la forma curvada del barco; el hombre, sintiéndose recobrar sus fuerzas, tomó impulso como bien lo hubiera hecho cuando muchacho y comenzó a subir con el equilibrio de un marinero experimentado. Por su parte, Arthur viendo una oportunidad de oro se acercó a la chica.
—¿No es bello el día, miss?
—En efecto—respondió a secas—, es un día maravilloso.
—Vaya que lo hace bien—indicó refiriéndose al capitán, volviéndose para ver al aludido desaparecer en la cubierta del barco.
—Como si fuera un niño de nuevo—sonrió María.
—Debes ser más discreta, querida—manifestó él—. Te ves demasiado joven para -con toda la naturalidad del mundo- afirmar cómo es que era ese hombre cuando infante.
— ¿Y si jamás me he visto en la necesidad de hacerlo? ¿Cómo he de proceder?
Inglaterra calló. Sabía que el español era celoso, pero no alcanzaba a dimensionar cuánto; en lugar de emitir alguna palabra al respecto, se limitó a sonreír.
— ¿Le he dejado sin palabras?—cuestionó ufana la muchacha.
"Orgullosa, como de niña." Sonrió de nuevo, pero esta vez ella le acompañó, acaso recordando la misma memoria.
—Admito, mi dama, que usted posee un estilo único y maravilloso al bailar. Pero me temo que aún no es de mi conocimiento su nombre, ¿planea dejarme con la incertidumbre?
"Mientes tan bien, querido pirata"
— ¿Lo planeo, capitán?—inquirió, hesitando un momento al ver la expresión de duda del hombre frente suyo; segura estaba de que él no esperaba dicho título. Realizó una reverencia parsimoniosa—: María Victoria Fernández Carriedo.
—Sir Arthur Kirkland, madame—presentó, respondiendo la reverencia con una propia—. Un placer. Ahora que nos hallamos en total confianza, querida, ¿me permitirá expresar la opinión de éste, su humilde servidor?
—Prosiga, señor Kirkland
—Se lo ruego, llámeme Arthur.
—Prosiga... Arthur—apremió.
—Debo manifestar, en ese caso—comenzó—, que su padre es en demasía despreciable al intentar realizar un alago a su persona; ha quedado por demás limitado al describirla. Si me deja expresarlo, es usted mucho más hermosa de lo que describió.
—Me alaga usted acaso para recibir los favores de mi padre en su causa—señaló.
—Oh, no, claro que no; es total y absolutamente una verdad lo que he dicho. Además, además mi causa ya ha recibido los -digamos así si usted lo prefiere-"favores" de su padre.
La joven apretó visiblemente la mandíbula y el rubio receló el no haber dicho las palabras correctas.
—Disculpe, Arthur, pero ya que nos hallamos en confianza, usted bien lo dice, he de declarar que su labor me parece ¡el acto más cobarde, vil y malévolo que he visto jamás!
El inglés se quedó perplejo al ver la manifestación de emociones que la chica expresó, sobretodo al alcanzar aquellas palabras que seguramente eran de "las innombrables" para ella y su queridísimo padre.
— ¡Já!—rió despectivo—. ¿Acaso cree usted que es sólo mi trabajo?, ¿quién cree que dio su aprobación para "el acto más cobarde, vil y malévolo" en el Tratado? Su adorado padre no está exento de culpa, mi señora.
—No viene al caso—repuso.
—De hecho, sí—alegó él.
Ella inspiró hondo, hinchando su pecho tanto cómo pudo -cosa extraordinaria debido al corsé que llevaba- y cerró los ojos resuelta a no seguir discutiendo.
—Señor Kirkland, no quise ofenderlo—dijo contrita—; ruego me disculpe.
Arthur abrió y cerró la boca repetidas veces, sentía un atisbo de culpa.
—Mar...
— ¡Listo!—exclamó el capitán triunfante bajando la escalinata, con el chico de piel morena siguiéndole los pasos—. No hay nada fuera de lo normal, Kirkland. Estás a salvo..., por ahora.
—Me alegro, capitán—respondió con falso alivio.
El en apariencia mayor se acercó a ellos, con la mirada siempre fija en María, ésta sonrisa en boca; y ni rastro de la exasperación mostrada hacía unos momentos antes. El soldado por su parte tendió el brazo y ella lo tomó indulgente.
—Hemos de retirarnos, niña mía. O el señor Fernández se molestará con nosotros. Muchacho. Kirkland—despidió desdeñoso—. Buen día.
—Envié mis saludos a su padre, señorita, por favor.
María no contestó con palabras si no con un asentimiento. Cuando se hubieron alejado lo suficiente sólo entonces Arthur dejó escapar un bufido.
—Damn it!
—No te soporta el padre mucho menos la hija. —Inglaterra lo fulminó con la mirada—. Con toda su venia, mi capitán.
—Alguien le ha estado lavando el cerebro a la muchacha. Por lo visto... tendremos que visitar al spaniard.
…
Caminaba a tientas. Sólo sentía los insistentes jalones y empujones de pequeñas manitas apremiándola a seguir adelante. Sus guías apenas y realizaban su labor correctamente. Tropezón tras tropezón, María intentaba no caer.
— ¿Ya puedo abrirlos?—preguntaba constantemente.
Sin embargo, sólo obtenía un "no" como respuesta. Resignada seguía caminando, y a los pocos minutos, iniciaba de nuevo. Cada que refunfuñaba los niños morían de risa.
—José... van a decirme a dónde me llevan, ¿cierto?
—No lo creo, mi señora—respondió afable el capitán—. Al menor tenga el alivio que aún estoy aquí para protegerla.
—Sí, qué alivio.
De improviso, su nariz se vio taponada por un olor agrio y desagradable, y sintió que su estómago iba a volcar todo su contenido, que no era mucho puesto que se había perdido la merienda y la comida, agradecer debía al excesivo tiempo empleado en el regreso a la hacienda; nada más verlo, recomendaría a su padre conseguir un lugar más cerca del puerto, además agregaba el hecho de que el capitán contribuía con sus incesantes "revisiones de emergencia" en el camino.
Por fin se detuvieron. Escuchó un relinchar demasiado cercano. Sin pensarlo se despojó de la venda que cubría sus ojos. Una enorme sonrisa se aposentó en su boca. Ahí estaba su padre sonriente sin comparación, y a su lado un caballo, tan negro como la brea; sus crines rizadas y espesas caían en cascadas tan oscuras y a la vez tan brillantes, como si hierro fundido fuera.
Presurosa, se encaminó hacia su padre y lo abrazó.
—Supongo que te ha gustado tu regalo. —Ella asintió, enajenada—. En cuanto lo vi supe que era para ti. Me había costado mantenerlo escondido; cualquiera diría que es un palafrén por lo bien que se ha portado.
— ¿No es un palafrén?—cuestionó sorprendida, su padre jamás en la vida le había permitido cabalgar alguno que no fuera un sumiso, bien domado y antes probado corcel.
—No, no lo es—indicó—. Es un Pura Sangre.
María soltó a su padre y se dirigió hacia el caballo vacilante, con una mano al pecho y la otra hacia delante algo contraída. Ella giró hacia Antonio y éste asintió dándole a entender que era seguro. Con más confianza ahora, se acercó lentamente. Al sentir el toque de la chica el caballo estremeció un poco, y ella no tardó en alejarla.
—Tranquila, mi niña—apremió su padre tomando su mano y acercándola lentamente—. No temas, está bien. Ellos siempre hacen eso, ¿recuerdas? No te hará daño mientras yo esté aquí.
Ella cerró los ojos mientras su padre la acercaba de nuevo. Sintió el suave tacto del pelo del caballo, sin embargo, esta vez el animal se mantuvo en calma; su respiración entrecortada contagiaba a Victoria. Al su padre ver lo tranquila que estaba, se alejó suavemente.
— ¿Cómo le llamarás a nuestro amigo?
— ¿Amigo? Ah—hesitó, para después sonreír—Hiperión.
El caballo resopló.
—Por lo que veo, haz dado en el clavo. Le gusta.
—Hermosa criatura.
Ambos, padre e hija, volvieron la mirada hacia dónde provenía la voz. Por la mirada fija de Antonio y su gesto de hastío era más que evidente que no le quería ahí; por otra parte, su hija nada más verle, había vuelto la vista de nuevo hacia el caballo.
—Señor Kirkland—dijo ella—, no esperaba verle otra vez.
—Yo tampoco, milady; pero aquí estamos.
—María Victoria—interrumpió su padre—, ve a prepararte, por favor. Debemos ayudar a Hiperión a aclimatarse, ¿no crees?
La muchacha sonrió inocente y echó a correr.
—José—llamó Antonio, el aludido respondió de inmediato—, ¿podría traer a Palomo?
El capitán asintió y el español con un ademán ordenó a los demás retirarse.
— ¿Buscabas algo?—espetó al inglés cuando estuvieron solos.
—Oh, nada en particular—respondió él afable, arrastrando las palabras, esperando le resultaran más que insoportables al hombre frente suyo—. Es sólo que tu ¿hacienda? Yes, that's the word. Me parece acogedora en verdad y cómo tu invitado me he tomado la libertad de venir a admirar tu terreno. Pareciera que la selva entera está detrás de tu casa y estaría encantado de que me permitieras pasear libremente, si no te molesta claro—añadió sonriendo con sorna.
—Adelante, no hay problema—indicó Antonio suprimiendo sus impulsos—. Pero me temo que no podré mostrártela personalmente puesto que nos preparábamos para un paseo mi hija y yo. Solos.
—No debes preocuparte, me las arreglaré.
Silencio entre ambos.
— ¿Otra cosa?—inquirió el español.
—Sólo, un pequeño consejo, tú sabes de padre a padre.
—Con María no te metes.
—Ah, claro, ¿entonces tú sí puedes meterte con Alfred?—cuestionó Inglaterra.
—Son negocios, nada más.
—Eran—señaló.
— ¿A qué viene todo esto? Dilo de una vez.
—Bien, si así lo quieres: no me parece conveniente vendarle los ojos a tu hija de ese modo.
—Lo que haga o deje de hacer con mi colonia no te incumbe, pirata.
—Oh, nos ponemos rudos, ¿ah?—burló—. No te enfades, yo sólo lo digo porque, ¿qué pasará el día que ya no te tenga a su lado?
— ¿Es eso una amenaza, Arthur?
— ¿Yo? Jamás con esa intención.., te equivocas al pensarlo, pues no, no es una amenaza—sonrió—. Sabes, se nota que María es una buena chica y, bueno, mi Alfred lo es también, deberíamos presentarlos un día, ¿no te parece?
España permaneció impasible ante la propuesta.
— ¿Terminaste?
—La vena de tu cuello parece que va a explotar—manifestó—. Supongo que sí. Ahora...
— ¡Padre, ya estoy lista!—exclamó María corriendo por el camino adoquinado que conducía desde la casa hasta las caballerizas.
Arthur sintió súbitamente la garganta seca. La chica llevaba calzas oscuras y una camisa ajustada al talle y holgada en las mangas igual a su padre. Nada fuera de lo común. Para un chico. El hecho de que España dejara que su hija se vistiera de esa forma, le hacía pensar todo tipo de cosas con respecto al español. ¿Dónde estaba el decoro en estos días?, ¿qué las señoritas podían usar ropas de varón cómodamente sin que se les dijera nada? ¿Qué seguía?, ¿muchachos con vestido? Aunque, esas prendas no le quedaban nada mal... Resaltaban su figura de una manera sugerente, Había dejado su cabello suelto, lo que hacía decrecer un poco el aspecto varonil. En general, se veía encantadora.
—Perfecto, mi pequeña. Ah, mira que aquí viene José.—dijo su padre, y dirigiéndose al inglés añadió—: Eres libre de hacer lo que te plazca, siempre y cuando no arriesgue la integridad de mi hogar.
—Esté tranquilo—aseguró—. Espero tengan un magnífico paseo.
Antonio subió ágil a su caballo tordo oscuro; mientras, María lo hizo rápido, pero con un poco de desconfianza; una vez que estuvo sobre el animal, sintió que no tenía por qué temer. Acarició las crines del colosal animal y sujetó las riendas con firmeza.
—Espero tenga un buen día, señor Kirkland—señaló afable.
—Thank you, darling. Espero usted también.
—Te apuesto a que te ganaré, María—terció su padre—. Veamos si Hiperión hace honor a su nombre.
—Por supuesto que lo hará—afirmó ella confiada.
Sin pensarlo azuzó al caballo, éste corcoveo, pero se asió a él rauda. España sintió que el corazón se le iba, pero al ver cómo su hija tomaba la delantera -sana y salva- incentivó a su corcel a hacer lo mismo. El viento llevaba hacia atrás el cabello negro de la chica, revolviéndolo cada vez que ella giraba al animal para juguetear con su padre. Al ver esa escena el inglés no pudo evitar suspirar.
—Deliciosa, simplemente deliciosa.
Gracias por leer. No olviden comentar.
Dos meses después...
Sí, lo sé, no tengo excusa :( Lo siento, en verdad, lo siento, prometo que no volverá a suceder... Bueno, sólo hasta que la escuela me absorba de nuevo :( Pero está vez, no me ganará; tenía que aclimatarme primero, ya no me agarrará desprevenida. Creo que ya me salí del tema jeje, Lo siento, en verdad espero que me den una oportunidad de redimirme, otra vez.
Ahora sí, el fic. No saquen conclusiones a destiempo jeje, cuando uso la palabra deliciosa, no quiero que piensen que cómo para comérsela(?) No, criaturas de la creación, no. Sólo quería aclarar eso para que no piensen mal del caballeroso Inglaterra, que él es inocente. Já, claro.
Wuuu, comentarios:
Tamat: Oh, muchas gracias :D Créeme cuando te digo que todos tenemos conflictos y/o sentimientos encontrados con el cejón.
LadyLoba: La guerra cambia... sobretodo a Toño jaja, pequeños, pequeñísimos, minúsculos clichés de papá-celoso en este capitulo. O.o No sé por qué, pero me imaginé que lo buscarías... Yo también quiero verlo *hon hon* Pero no será en este, lo siento :/
Shald120: Inglés, pirata, sexy, ¡las cejas!, ¡inglés! ¡pirata! este hombre tiene de todo *-*
Flannya: O.o *cae al suelo de la risa* Anglocejón... Me mataste con esa XD Jajaja, a todas nos preocupa que vaya a pasar algo, ¿o no?
Wind und Serebro: ¿Qué mejor instancia que un baile? ;)
...
¡Aleluya! Al fin pude publicar :') Me sentía como un bicho raro pensando sólo en aprobar mis clases y único que quería era escribir del anglocejón (lo siento, Flannya tenía que hacerlo), Mis manos estaban impacientes, hablando de eso... Aprovecho este medio para hacerle propaganda a un fic que he publicado (producto de mi desbordamiento imaginativo post-exámenes), se llama El rugido del León, protagonizada por el guapísimo Ludwig. Desde hace mucho tiempo quería escribir algo de él, pero no me llegaba nada, y luego ¡bum! Espero y le echen un vistazo, se los agradecería mucho :D
Bien, sin más por el momento, me despido. Hasta el próximo capítulo, sí esto se pone interesante. Ciao!
