La nave X-wing recorría el oscuro infinito. La adrenalina corría por sus venas, bombeada por el corazón que latía furiosamente en su pecho. Había algo que quería hacer, algo que tenía que hacer. Ella había estado por seis días en la nave, pero Rey sentía que podía estar por seis días más si era necesario alcanzar su destino. Afortunadamente ya no era necesario pues estaba próxima a arribar.

Quizás estaba siendo temeraria, tal vez su resolución era imprudente. Y, aun así, tenía que verlo.

El X-wing abandonó el hiperespacio y frente a su visión apareció un planeta.

Nirauan -o al menos ese era el nombre que escuchaba en sus sueños. Ella se permitió guiarse por su sentido en la Fuerza para hallarlo, como si una radiobaliza estuviese pulsando en su interior pilotándola a su destino.

Era el segundo de un sistema de tres planetas que orbitaban una estrella roja. El sistema se hallaba en las Regiones Desconocidas. Rey alargó sus sentidos en la Fuerza. No percibió ningún hormigueo particular en su sentido del peligro. Por lo menos, todavía no.

En la distancia, el planeta había parecido oscuro, áspero y desolado. De cerca, decidió Rey, no parecía mucho mejor.

Cierto, había vegetación, de todo desde árboles achaparrados con hojas anchas en forma de abanico, hasta plantas rastreras que era imposible ver claramente a la velocidad que ella estaba sobrevolando. Pero la variedad usual de colores, que era la norma de los mundos que ella había visitado, parecía de algún modo haberse saltado a Nirauan. Todo ahí daba la impresión de estar coloreado en tonos marrones o grises, con salpicaduras ocasionales de rojo oscuro o violeta profundo para romper la monotonía. Posiblemente era una adaptación natural a la débil luz roja del sol del sistema.

Ella buscaba, con frenética insistencia, la edificación que se le había presentado en sueños, una fortaleza en lo alto de una meseta, apenas al margen de un precipicio. Se introdujo por un desfiladero lo suficientemente ancho para que su nave pudiese maniobrar. Luego de un largo tramo, surgió a una llanura con una estrecha laguna y al final una meseta, una fortaleza imponente sobre esta. No se había percatado que estaba conteniendo la respiración hasta que la divisó.

La vegetación en esa área era más espesa y variada. Bajó la velocidad al divisar un claro en el cual podía descender. Al detener el X-wing y apagar sus motores, abrió el dosel de la nave. Se aseguró de tener su sable de luz e hizo una pausa, mirando fijamente al arma, sintiendo el frío metal contra su piel. Había sido una vez el sable de luz de Anakin Skywalker, para luego ser de Luke Skywalker y ahora era suyo, aunque el mismo Luke le explicó que muy pronto tendría que hacer su propio sable.

Rememoró su conversación con su maestro a urgencia de Ben... un dialogo muy esclarecedor...

Skywalker. Todavía se le dificultaba creer que era parte de ese gran linaje.

Saltó fuera de la nave y le ordenó al droide astromecánico a cuidarla en lo que regresaba. La vegetación parecida a pasto bajo sus pies era baja y de hojas anchas, con una tendencia a aferrarse a sus botas, pero por otra parte no impedía sus movimientos. Procuró escuchar algo mientras caminaba, sólo captando el susurro de la vegetación y el suave silbido de la brisa a través de los arbustos cercanos pero ningún sonido de animales o aves en absoluto.

Pero él estaba allí. Lo sentía. Inició el ascenso por la escarpada pared de la meseta, por un sendero estrecho. Opinó, con sarcasmo, que ella era un magneto para ese tipo de caminos. Mientras más avanzaba, era mayor su percepción de la presencia masculina, su signatura siniestra en la Fuerza. No era precisamente una sensación que le gustase. Le era imposible distinguir que pensaba, las fuertes barreras alrededor de la figura masculina no le permitían lograrlo, pero podía sentir como su melodía en la Fuerza se unía a la de él, creando una cadencia que retumbó dentro de ella.

Entonces, cambió bruscamente, quebrándose en notas disonantes. Ahora tronante y cacofónica. Rey pudo sentir la oscuridad en la Fuerza, podía oír el terrible ritmo que lo hacía tangible en sus sentidos. Estaba lleno de ira y vibraba con rabia apenas controlada.

Al emerger a la cima, lo divisó al final del sendero. Alto, imponente, la suave brisa levantando su oscura melena y sus oscuros ojos destellando con furia. ¡Oh, gran Fuerza! Debía estar loca, porque su corazón comenzó a latir desaforadamente... su tosca belleza la cautivaba y la llamaba. Una extraña imprudencia la empujaba a continuar y avanzar... era eso o el simple hecho de ansiar estar en los brazos del hombre que ella amaba.

Ren la miraba, aun dudando de sus sentidos. Pero estaba allí de pie, cremosa piel, mirada parda aguda y cabello suave brillando con un tono rojizo bajo la luz del sol moribundo. La mujer era hermosa y letal. Agitaba sus sentidos como nunca antes nada lo había hecho. Pero hoy había algo extra que estimulaba sus sentidos... y aun no deducía que podría ser, era elusivo e impreciso.

-No debiste venir.

Rey se tensó y se detuvo, percibiendo la agresividad en su grueso timbre de voz.

-Lo sé. Pero tenía que verte.

Él ladeó su rostro, arqueando una ceja en un gesto sardónico, -¿Para qué?

Ella pasó saliva con dificultad, -Ben, yo...

-No me llames así. Has perdido ese privilegio.

Ella cerró sus ojos y respiró pausadamente para volverlos a abrir. Muy dentro de sí, ella reconocía que era responsable de su actitud terca. Desde que lo expulsó de su habitación en aquel último encuentro, ella había erigido murallas alrededor de su persona, cortando todo contacto con él. Había ignorado todo llamado de parte de él, cada súplica, ruego... No... no podía culparlo si estaba furioso con ella.

Intentó aproximarse a él cuando sintió cierta alteración en su talante a través de la Fuerza que la alertó.

-Eres imprudente al bajar tus defensas. – ni tan siquiera terminaba de pronunciar esa amenaza cuando el encendió su sable de luz.

Ella hizo lo propio con el suyo. Se dispuso a recibir su ataque ofensivo cuando lo vio avanzar hacia ella con ferocidad. El primer choque de sables se manifestó con el estallido de dos energías sólidas.

Rey apretó sus dientes, colocando la parte delantera de sus pies en el suelo, pero fue una inútil maniobra. Él la empujaba sin misericordia, obligándola a retroceder, la tierra levantándose detrás de ella. No peleaba con ese mismo Kylo de la base Starkiller. Este Kylo no estaba debilitado por la herida de la ballesta de Chewie ni tampoco él luchaba contra sentimientos conflictivos. Y por primera vez en mucho tiempo, Rey temió por su vida y más cuando no era solo suya...

-La Fuerza está contigo. – dijo él con frialdad, -pero todavía no eres una Jedi.

Quiso ignorar esas palabras, intentando mantener la distancia necesaria para manejar su sable, pero la helada seguridad masculina menoscabó con su confianza. Ella bloqueó sus ataques, con el mango en una posición y luego de otra, pero Kylo nunca se detuvo, ni amainó sus violentos ataques. No le permitía tregua alguna.

La condujo al borde del precipicio de la meseta como un ariete, empujándola solo a unos metros, luego un paso y por último a la orilla.

Rey obstruía los movimientos descendientes del sable rojo con el suyo, los cuales se transformaban cada vez más violento y sucesivos. Por un momento, ambos estaban en un punto muerto, empujando uno en contra de otro y gruñendo con el esfuerzo. Solamente se escuchaba el ruido de sus esfuerzos y el zumbido de los sables.

El pie posterior de ella comenzó a resbalar mientras luchaba para ganar terreno. La orilla de la meseta estaba agrietada y tenía fisuras. La piedra lisa y brillante comenzó a deshacerse. Gimió internamente, atemorizada. Su muerte estaba próxima. No lo dudaba. Pero con esa inmediata realización llegó la tranquila admisión de su inminente fin, opinando que quizás ese era su destino y tal vez era lo mejor para ella y su...

La tierra cedió bajo ella y cerró sus ojos, la paz cerniéndose sobre ella.

Kylo asió su brazo justo cuando fue a perderse al vacío, el sable azul cayendo y chocando contra la pared escarpada de la roca, perdiéndose en el vacío. Él se inclinó hacia atrás, colocando todo su peso en sus talones, los nudillos blancos por la tensión de sostener el cuerpo femenino.

-Dame tu otra mano

Ella lo miró, confundida.

-Raelene, dame tu otra mano.

Advirtió la desesperación en su voz e hizo lo que le ordenó. Tiró de ella y ambos cayeron hacia atrás, el de espaldas al suelo y ella sobre él. Tanto ella como él respiraban agitadamente e intentaban apaciguar sus alteradas sensaciones... o al menos él lo hacía pues ella únicamente estaba turbada y confundida. ¿Qué en el Sith había acabado de suceder?

Él se incorporó con ella en sus brazos y sentado con ella sobre sus piernas, sujetó el rostro femenino por la barbilla, esos oscuros ojos vagando por su cara.

-¿Estás bien?

La voz gruesa había adquirido un timbre más bajo de lo habitual, revelando su grado de angustia.

-Si. – respondió ella, -Pero mi sable...

-No te preocupes, lo buscaré más tarde.

El beso fue inusitado. Su boca descendió con fuerza sobre la de ella. Tomó posesión absoluta. Ella abrió la boca para protestar y él se aprovechó de inmediato. Su lengua se deslizó en su interior para acoplarse con la de ella.

El beso se tornó demasiado arrollador y desenfrenado. Que la gran Fuerza la ayudase, pero a ella le agradó... y mucho. Sus manos encontraron su camino alrededor del cuello masculino y se aferró a él mientras él gentilmente continuaba atacando sus sentidos con el acto.

Ella no pudo permanecer pasiva durante mucho tiempo, sin embargo. Ella comenzó a devolverle el beso, su lengua frotando contra la de él. El beso se volvió lujurioso. El calor abrasador entre ambos era igual de estimulante que la mezcla de sus esencias.

Él parecía no ser capaz de tener suficiente de ella. Podía sentir sus senos presionando contra su pecho a través de la fina tela de su ropa y lo enloqueció. Había transcurrido tanto tiempo sin sentirla, al negarle acceso a la signatura femenina través de la Fuerza. El perdió su cordura y sano juicio cuando ella tronchó su vínculo con él. El dolor lo enajenó, experimentado como si le hubiesen amputado un miembro de su ser y la herida permaneció abierta, el suplicio acrecentando al transcurrir los días.

Temió que pronto moriría por la tortura... hasta que la sintió arribar, su presencia nuevamente llenándolo. Pero el júbilo no alcanzó a apaciguar su rabia, la que había crecido desmedidamente durante el martirio infligido por ella.

Pero ella debió saber más que eso, ser más sensata. Nunca debía jugarse con los sentimientos de un Jedi oscuro. Y quiso arremeter del mismo modo contra ella, producirle el mismo castigo y tormento... y por poco la perdía, permitiéndose arrastrar por sus desbocadas emociones.

El gimió, acongojado, consciente de lo que apenas cometía unos minutos atrás. Si ella hubiese caído al vacío, él no hubiese dudado en arrojarse detrás de ella. La atrajo aún más cerca hacia él, una de sus manos sujetando la nuca femenina, los largos dedos enredándose en los suaves cabellos e inclinó la cabeza femenina hacia un lado para su lengua poder hacer una penetración más profunda. Su boca se sesgaba sobre la de ella una y otra vez, sacudido por el deseo. El sabor femenino era tan exquisito, dulce y los pequeños gemidos que ella hacía en la parte posterior de la garganta destruía su dominio sobre su control.

No quería detenerse. Esa realización lo sacudió de regreso a la realidad y Ren detuvo el beso abruptamente. Conseguir que ella hiciese lo mismo le tomó un poco mas de tiempo.

Él estaba sin aliento.

Ella no respiraba, al menos eso sentía ella.

-Tú. Yo. Cama. Ahora. – demandó él con urgencia, la elocuencia evadiéndolo completamente.

Se irguió con ella en sus brazos. Caminaba de regreso a su fortaleza, la cual se levantaba contrastando contra el cielo azul-verde pálido, sus pasos apremiantes guiados por el acuciante anhelo de poseerla nuevamente, hundirse completamente dentro de ella. Apretó los dientes cuando imágenes libidinosas de ambos juntos en su cama se adueñaron de sus pensamientos, solo logrando despertar más su lujuria.

La escuchó aspirar con violencia y rápidamente advirtió que había proyectado sus pensamientos. Dirigió su mirada a ese rostro adorado, un leve rubor cruzaba el puente de su nariz haciendo resaltar sus pecas, la boca entre abierta resoplaba suave pero aceleradamente y esa mirada parda resplandecía con un apetito carnal nada disimulado. No le importó que ella pensara que estaba comportándose como un idiota que no podía domar sus deseos lascivos y apresuró aun mas sus pasos, casi corriendo con ella.

Entró a la fortaleza y todas sus intenciones de seducirla gentilmente, todas esas conversaciones que había formulado en su cabeza para convencerla que lo mejor era estar casados, absolutamente todo fue enviado al Sith. Él estaba más allá de importarle, la impaciencia agudizaba su desesperación.

La boca masculina era caliente y demandante al cernirse sobre la femenina, al tiempo que permitía que ella se deslizara a lo largo de su cuerpo. Luego, mirándola fijamente, la arrastró consigo, colocándola contra la pared. Él tomó sus manos para sujetarlas ferozmente y tiró de sus brazos por encima de su cabeza, inmovilizándola. Volvió a besarla con una pasión intensa y espontánea, la otra mano asiendo su vestido para desgarrarlo con violencia. Le fastidiaba sentir algún obstáculo entre esa deliciosa piel y él.

Se echó hacia atrás y se esforzó para contenerse un instante. Los tormentosos y oscuros ojos de Ren buscaron su mirada parda. Su pelo oscuro había caído sobre la frente. Tenía el rostro encendido por el rubor y sus sensuales labios estaban apretados en una línea determinada. Quería calmarla, negar la terrible, dolorosa necesidad, pero estaba más allá de él.

Rey sintió su corazón brincar en el pecho. Se veía peligroso, amenazante, pero, ¡gran Fuerza! lo deseaba con cada gramo de su ser y en esos momentos se le antojaba como la presencia más diabólicamente placentera, su masculinidad atrayendo su femineidad. Se veía más allá que apuesto, él era una hermosa visión. Y ella ansiaba sentirlo, anhelaba sus caricias y que la poseyera con su salvaje pasión. No entendía como pudo mantenerse alejada de él por tanto tiempo. Era incomprensible cuando su alma tenia sed de fundirse a la de él, claridad y oscuridad fusionándose para crear una única melodía en la Fuerza. Solo de ellos dos.

Ella sonrió, una dulce y diminuta sonrisa y ese fue todo el permiso que él necesito para continuar con su ataque sensual. Los labios masculinos descendieron sobre los de ella. Ella gimió profundamente mientras devoraba los suyos. No negaba que estaba más que emocionada ante su total pérdida de control, sintiéndose poderosa. Ella también despertaba los anhelos y deseos masculinos que se manifestaban a través del vínculo que ambos compartían en la Fuerza.

Continuó descendiendo sus labios por el cuerpo femenino. Ella era suya. No existía modo alguno de argumentarlo y él estaba determinado a demostrárselo. Estaban casados, ella era su esposa y si era posible, la embarazaría para consolidar su vinculo con ella.

Admitía que él estaba perdiendo el control de la situación y si estaba intentando dominarla, estaba fallando miserablemente. Era ella quien estaba sometiéndolo, su esencia en la Fuerza despertándolo a ese remolino de sensaciones. Y no le importaba. Solo le interesaba ese frenesí que lo impulsaba a arrancarle gemidos deliciosos con cada caricia y embestida de su boca a la suave piel femenina. El siguió rasgando el vestido y ella no le reclamó, el hermoso cuerpo siguiendo su mano al tiempo que ella ronroneaba lánguidamente.

Liberó los brazos femeninos para desvestirse de su túnica y ella lo auxilió, la urgencia de sentir la piel masculina adueñándose de los sentidos femeninos. Al caer al suelo la última prenda de su atuendo, asió ambas piernas femeninas para colocarlas alrededor de su cintura. El contacto de piel contra piel arrasó con toda cordura, Rey emitió un grito sofocado y Ren lanzó un gruñido. Bajó su cabeza para clamar una de las rosadas puntas con su boca. Las uñas femeninas se clavaron en sus hombros. Se movió, y su erección estaba cerca de su zona femenina. Tenía sus brazos en la pared, la misma de la cual ella estaba reclinada, a cada lado de ella.

-Di mi nombre, Raelene.

-Ren. – dijo ella con voz ronca y sensual.

-No. – demandó él, su voz se escuchaba áspera y enojada, -Ese no es mi nombre.

-Ben – se corrigió, regocijada de poder volver a utilizarlo pues le brindaba una relación más íntima con él.

Exclamó, extasiada, cuando penetró en ella. ¡Oh, sí! Aceptó que lo había extrañado. Que solo ahora se sentía realmente viva al tenerlo así dentro de ella.

-¡Gran Fuerza! – él clamó con vehemencia, al sentirla alrededor suyo. Estaba rodeado de calor líquido. Era estrecha y estaba tan caliente, apenas podía soportar la dulce agonía. La besó, fugazmente, e inclinó hacia atrás su cabeza para mirarla y nuevamente exigió, -Ahora y para siempre. Repite las palabras, esposa.

Él no se movía. Ella le lanzó una mirada suplicante. Todos los nervios de su cuerpo gritaban la exigencia de su culminación, -Ben, por favor.

-Dilas. – ordenó él implacable.

Ella soltó un leve sollozo, -Te odio.

-No puedes hacerlo.

Los pardos ojos destellaron, ira y deseo entremezclado, pero era cierto, no podía odiarlo.

-Quiero escucharlas – y se apartó un poco para volver a arremeter en su interior, para entonces volver a permanecer inmóvil. Era consciente de que estaba atormentándola, pero quería obligarla a aceptar que eran marido y mujer antes de continuar.

La estaba enloqueciendo. Esa mirada oscura inflexible la abrasaba. Ella tragó saliva, no deseaba ceder, pero era más fuerte la lujuria que su terquedad. Cerró sus ojos por un instante y al abrirlos, repitió, con voz queda y temblorosa, -Ahora y para siempre, mi esposo.

Un profundo gemido escapó del pecho masculino ante su admisión, -Espero que no vuelvas a olvidarlo.

Comenzó a moverse, las embestidas eran urgentes y rápidas, sin ritmo alguno. Ella apretó sus piernas alrededor de él, los gemidos femeninos apremiándolo a continuar. Era una exquisita agonía.

Rey, consumida por el gozo de la voluptuosa oscilación, se transformó en una criatura indomable y salvaje entre sus brazos. Se aferró a su esposo, sujetando los corpulentos hombros con sus brazos y recibía cada demanda masculina arqueándose contra él. Sus muslos estaban apretados a alrededor de la cintura masculina, y sus quejidos eran suaves e increíblemente sensuales. Ben estaba totalmente ausente de todo excepto de esos sonidos placenteros que ella creaba y estaba concentrado en hacer que ella alcanzase su culminación junto a la suya. Su respiración era áspera y entrecortada, y cuando sintió los temblores de ella pulsando alrededor de él, escuchándola llamar su nombre con una mezcla de admiración y deleite auténtico, no pudo contenerse más. Alcanzó la suya con un gemido largo y vigoroso.

Él realizó una maniobra de tal modo que ambos terminaron sentados en el suelo, inseguro de que sus piernas pudiesen sostenerlo a los dos. La abrazó con feroz ternura, apretándola a su pecho.

Rey, advirtiendo que solo estaban a unos pasos de le entrada rio suavemente.

Ben se retiró un poco hacia atrás y apartó un mechón húmedo de cabello que había caído sobre el rostro femenino para poder observarla, -¿Qué sucede?

-No llegamos a tu cama.

La sonrisa resplandeciente de ella logró que él sonriese a su vez, -No. – e imprevistamente su rostro se tornó sombrío, -Rae, yo... no debí atacarte. No sé qué se posesionó de mí.

Ella sacudió el rostro de lado a lado, -Quizás me lo merecía. – y añadió al rememorar lo que visualizó a través de su enlace con él, -Soy yo quien debe disculparse. No fui juiciosa al cortar todo contacto contigo.

-Nunca vuelvas a hacerlo. – y la aflicción del suplicio que ella instigó en él se hizo evidente en sus facciones, -Prefiero tu rabia, tu ira, que me insultes y grites, no ese frío desprecio.

Rey sujetó el rostro masculino entre sus manos y lo inclinó hacia el suyo, para besar su frente, su nariz y finalmente sobre sus labios, ella murmuró, -Prometo no volver a hacerlo. – y lo besó con ternura.

Luego, con travesura en su voz, ella comentó, -Ahora, sobre esa cama...

Él sonrió -el corazón femenino hizo una abrupta maroma, deleitada ante la imagen que brindaba con ese gesto; era realmente un hermoso demonio- y la alzó con él.

-¿Sabes? Tengo muy buenas piernas. – protestó ella.

-Lo sé. Puedes estar segura que las he apreciado varias veces.

-¡Oh! ¿De veras?

Él asintió y continuó, al tiempo que caminaba en rumbo a su habitación, -También lo he hecho con tu trasero y tus pechos.

-Eres un pervertido, Ben Solo.

-No me importa lo que opines de mí, Rae. Me agrada observarte y no dejaré de hacerlo.

Bueno, no podía culparlo. Ella pecaba de hacer lo mismo con el cuerpo masculino. Arribaron a una espaciosa habitación con amplios ventanales por donde se divisaba el rojo sol descendiendo. Él la reclinó en el centro de una enorme cama de pilares, acomodándose junto a ella.

Ahora, él quería tomar su tiempo con ella, hacerle el amor poco a poco. Quería deleitar sus ojos en las delicadas curvas de ese bello cuerpo, ver su pasión, admirar el brillo que adquiría esa mirada parda cuando ella alcanzaba su plenitud. Aproximó su rostro a ella para colocar besos húmedos a lo largo de la columna de su garganta.

-Ben. – lo llamó casi sin aliento, moviendo su cabeza hacia un lado para que tuviese mejor acceso, -Tenemos que hablar.

-Más tarde. – ordenó el, sin detener lo que hacía.

Ella estaba teniendo problemas para concentrarse. Le fascinaba todo en él, su olor, su sabor, el tacto de esa piel bajo sus dedos. Era tan fuerte que fácilmente podría destrozarla y hacerla pedazos y, sin embargo, era increíblemente gentil cada vez que la tocaba. Mantenía su fuerza contenida. Su poder la rodeaba y la confortaba.

Él la seducía con su boca, su lengua y sus manos. La acariciaba con feroz ternura y la hacía sentir como lo más preciado y hermoso para él. La hacía sentirse amada y deseable. ¡Gran Fuerza! El definitivamente sabía lo que estaba haciendo, era muy hábil... y ella opinó que podía esperar lo que tenía que decirle... al menos un poco más.

Estaba decidido a ir poco a poco. Deseaba disfrutar su unión con ella, justo como lo había fantaseado todas estas últimas semanas. Él dejó escapar un agonizante gemido de anticipación. Ella tenía la piel más tersa y suave que jamás había acariciado antes. Deseaba saborear cada centímetro de ella. Por toda la Fuerza, ella olía tan maravillosa. Hundió la cara en el hueco de su cuello e inhaló su fragancia dulce, mientras que poco a poco se movía sobre ella, acoplándose a sus curvas.

El calor de su piel logró que las rosadas puntas se endurecieran y sensibilizaran. Ella se sintió abrumada por el erotismo que inundó su cuerpo y se movió inquieta contra su esposo. Él inmediatamente entendió que ella quería. Las enormes manos se desplazaron a sus senos y tomó cada uno en las palmas de sus manos. Luego, lentamente, frotó sus dedos pulgares sobre sus pezones sensibles.

Ella dejó escapar un pequeño grito. Él gruñó en respuesta y trasladó su boca a esa área. La besó en el valle entre sus pechos con ardorosa atención. Se arqueó contra su marido, pidiéndole sin palabras no detener su tormento. Cuando su boca cubrió una de sus puntas y comenzó a succionarlo, olvidó por completo como respirar. El placer era tan intenso y la consumió totalmente.

Levantó la cabeza para mirarla. Se miraron el uno al otro durante un largo minuto en silencio. Él admiró, fascinado, la mirada de pasión en los ojos de su esposa. Habían adquirido un tono marrón-verdoso, el brillo nublado por el deseo. Los labios estaban hinchados, la piel estaba sonrojada. Ella era la mujer más sensual de toda la galaxia. Y era suya.

Los ojos pardos se deleitaron en su oscura mirada, que brillaban consumida por el deseo, manifestando el puro anhelo. Pero también advirtió la ternura y el amor. ¿Cómo alguien tan oscuro como él podía experimentar esas emociones... por ella? Se sintió profundamente sobrecogida ante la magnitud de lo que compartían. Él era oscuridad para su claridad, frenética alteración para su sosegada tranquilidad, infierno para su paraíso... Ambos se complementaban, el vínculo que compartían palpitando con energía, pulsando con vigor y firmeza.

Admiró el enlace, cautivada, sintiendo como se entremezclaba con su esencia y apreció la signatura masculina, permitiendo inundarse con ella, regocijada...

Él aspiró abruptamente y se apartó de ella, toda lujuria abandonando sus oscuros ojos para ser reemplazada por terror y asombro. Ella se incorporó sobre sus codos, mirándolo extrañada ante su inesperada reacción.

-Raelene. – musitó con fervor, la gruesa voz indicaba su desconcierto, pero detrás de esa emoción, se escondía cierto alborozo.

-¿Qué sucede? – estaba comenzando a inquietarse al ver como distintas emociones cruzaban por las varoniles facciones y las percibía a través de su enlace, una detrás de la otra. No podía precisar con claridad donde comenzaba una y finalizaba la otra. Las divisaba uniéndose entre sí, creando un remolino que a sus sentidos llegaba, a pesar de lo contradictorio, plácido y eufórico.

Estaba de rodillas frente a ella e inclinándose, alargó una temblorosa mano para posarla, en lo que asemejaba a un gesto reverente, sobre el vientre femenino.

Ella se sonrojó, -Oh, sobre eso... - y carraspeó turbada, -Era sobre eso que quería hablarte hace unos minutos. De hecho, fue lo que me motivó a buscarte.