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«Ni en sus sueños era suyo y al despertar tenía que borrar el rastro de sangre».
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Capitulo dos: Respiro en tu cuello, pueblerina.
Estaba en ese mundo de la inconciencia, lo sabía porque muchas veces había experimentado la sensación cuando más joven solía perder la conciencia por la vergüenza. Esto pasaba siempre que se encontraba con cierto muchacho rubio, de ojos celestes al que de niño admiraba y de hombre amaba.
Anteriormente en ese estado, le embriagaba una sensación cálida en su pecho, con pensamientos de él y de ella; de los dos encontrando sus caminos juntos; de los dos sintiéndose mutuamente; de los dos tomándose de las manos, de los dos reconociéndose y amándose; sueños infantiles que le satisfacían con el simple hecho de estar a su lado. Aunque con el tiempo y medida que iba creciendo, sus fantasías adquirieron otros matices, pronto no fue suficiente solamente estar con él, sino quiso besarlo, tocarlo, sentirse como una mujer, asi como formar una familia con él. En sus sueños más dulces, ya materializaba a un niño rubio y una niña de cabellos azabaches, como los hijos de ambos, jugando en los copos de nieve.
Eso fue antes…
Inmediatamente después de haber desertado como Kunoichi de la aldea oculta entre las hojas, hubo una temporada en que los sueños se trasformaron en pesadillas. Solía verse así misma pérdida buscando algo entre cientos de cosas preciosas mientras escuchaba la risa de una mujer, torturándola; lastimándola. En sus pesadillas siempre tenía la impresión de que caí por un abismo y esa sensación persistía aun cuando los rayos de la estrella amarilla estuvieron en su punto más alto.
Recientemente, sin embargo, Morfeo la eludía.
En efecto, ya no dormía y en determinado momento dejó de soñar. Suponía que era por el cansancio de las largas jornadas evadiendo a los Ambus que le daban caza, o por los trabajos forzados que hacía de una aldea en otra, para proveerse de las costosas prendas limpias; libres de sus pecados.
De manera que, en la medianoche usualmente estaría despierta, retorciéndose en su lecho cuando el recuerdo de Naruto regresara trayendo dolores de vez en cuando; como para tocar las cicatrices que hace tanto sanaron. Su futón se mojaría de gotas saladas mientras su nombre estaría marcado bajo su piel. Y, de nueva cuenta como lo había estado haciendo por lunas se preguntaría por su bienestar.
Asi que, cuando sus pupilas estuvieran bien dilatadas y la noche le hubiera esfumado, religiosamente tomaría fuerza de su recuerdo para sobrevivir al día siguiente… deambulando en esta vida. Porque incluso si a veces el dolor era como un viejo conocido que no le permitía respirar, ella no podía dejar de portar una sonrisa en el día siguiente, o tratar de ayudar a otros para compensar lo que hacía. Su camino era la voluntad del fuego, igual que él.
Que Naruto no la amará no significaba que ella podía traicionar sus ideales; los ideales que estaban bien gravados sobre su pecho. Debía tratar, debía salvarlo…
Por eso, en esta ocasión, era tan inusual estar dormida y soñando…
Esta vez no fue como las otras veces, no tuvo pesadillas, no tuvo pensamientos de Naruto, ni de la mujer que lo besó; soñó con Ryûnosuke, cierto mercenario de ojos pardos y piel morena azucarada, quien le inspiraba un poco de timidez.
Lo vio frente a ella sonriendo de oreja a oreja como solía hacerlo. Estaban a unos centímetros de distancia, con las respiraciones calientes acariciando sus caras. Ella tenía la cabeza alzada para mirarle a sus místicos ojos verdes, los que siempre parecían contar un secreto dulce y le gustaban mucho. De imprevisto él acortó la distancia que los separaba, tomándola de los hombros, haciéndole sentir menuda y protegida entre sus varoniles brazos canelos y entonces la ...
¡Ah! Sintió un ardor hiriente en el rostro y salió del mundo de los sueños.
— ¿Dónde ...? —. Balbuceó Hinata, advirtiendo de inmediato que se había dormido muy cerca del fuego improvisado que había armado, causado que por poco se quemará.
Más allá de la fogata estaba la orilla de un lago azul, que emanaba una gran cantidad de luz natural, al tiempo que en lo alto se situaba una luna llena haciendo su vigía milenaria.
Se incorporó de su futón un tanto aturdida por la visión. —«¿Qué fue eso? ¿Ryûnosuke y yo...?». — Jamás le había pasado por la cabeza, muy ocupada pensando en cierto rubio o huyendo de sus cazadores, pero era cierto que el mercenario se había convertido en una constante en su vida durante el último año, quizá porque idiotamente ella iba a su aldea en secreto con más frecuencia de la que debería.
Poniéndose de pie fue a situarse junto al lago, donde un sapo hizo acto de aparición mientras las cigarras anunciaban la llegada de la lluvia y unas bestias nocturnas acechaban entre los arbustos.
Hinata Hyûga había venido a este lugar no muy lejano de la cabaña de su última víctima para limpiar todo rastro de sangre de la joven de cabellos rojos, pero en cuanto hubo terminado con la faena, se encontró encantada por el magnífico paisaje y se permitió acampar ahí, quedándose dormida en determinado momento de la noche.
Le encantaba este lugar, se sentía plena ahí. Una sensación que pocas veces experimentaba desde que había aceptado convertirse en lo que era ahora. Porque en ese claro azul, casi podía pretender que no había demorado el corazón de esa familia de campesinos o de sus otras víctimas inocentísimas. Ahí casi podría pretender que era alguien cuya existencia no dependía de comer corazones humanos, especialmente corazones buenos, llenos de calidez y amor... Alguien diferente: —«Una campesina sin nombre, quizá digna de un mercenario».— Pensó.
Ahí no tendría porque torturarse con las preguntas que a menudo venían después de haber manchado sus labios con un líquido carmesí. Cuestiones que lo relacionaban a él y que iban encaminadas a saber en lo que haría él si diera cuenta de lo que se había convertido. Porqué sí, todas las noches en las que su varonil rostro, su piel bronceada, su quijada masculina y sus particulares marcas en las mejillas hacían acto de presencia en los recovecos polvorientos de su mente, esas cuestiones siempre le inundaban de un profundo y terrible miedo. Y esos miedos empeoraban en la medida que se acercaba más y más a él, porque estaba consciente que esas preguntas no tardarían en hallar la indeseada respuesta; porque era un hecho que tenía que reunirse con él. Era imperioso estar con él. Era cosa de vida o muerte…
Pero primero, debía hacer una parada.
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—«El asesino es despiadado»—. Meditaba junto el cuerpo sin vida de su última víctima.
La víctima tenía quince años cuando la mataron. Era una mujer con cobrizos cabellos, piel tostada y ojos de un curioso color verde. Ésta al igual que los otros cuerpos hallados en la cabaña, era miembro de la familia Ikeda: una familia de un total de cinco personas, las cuales se dedicaban a la siembra de arroz. O al menos así fue antes de ser asesinados brutalmente.
El cuerpo presentaba la misma característica distintiva que los otras diecisiete victimas halladas: le habían arrancado el corazón.
Según los Ninjas Forenses no presentaba ninguna particularidad o seña que diera con su asesino, pero el presentía que este caso era especial, mientras que la mayoría de los fallecidos ni siquiera se había dado cuenta de su muerte, esta última familia había visto la cara de su asesino antes de perecer. Y, eso es algo que le preocupaba.
—«El maniático está perdiendo el miedo o la culpa»—. Dijo para sí.
El Shinobi de cabello azabache, conocido como la "sombra protectora de la aldea": Sasuke Uchiha. Había sido asignado a esta misión por órdenes del séptimo, debido a que algunos Ninjas de aldeas vecinas habían tratado de darle caza al asesino, pero todos habían terminado misteriosamente "desaparecidos". Por ese motivo el Kage que era su bobo amigo había decidido intervenir, enviándolo a él, siendo el mejor Shinobi que tenía la aldea de la hoja después del Hokage mismo.
El Uchiha había estado mirando a la víctima en la fría plancha de la morgue, tratando de encontrar algo que le diera un indicio del maniático que estaba aterrorizando a las aldeas. No obstante, en su búsqueda no había encontrado nada hasta ahora. Era realmente frustrante.
Desde que llegó a ese poblado y le explicaron los mordidos detalles del crimen, le fue imposible sacar de su cabeza a esa niña peliroja. Al ser la última en morir, probablemente vio los cuerpos destruidos de sus padres; vio a su asesino. —«Como yo»—Pensó sombríamente.
El portador del Sharigan sacudió la cabeza, haciendo un banal esfuerzo de alejar esas sombrías ideas de mente que estaban quebrando poco a poco su compostura. Estaba en una misión y esta prohibido que interpusiera sus sentimientos personales en esta.
Y, sin embargo, imaginaba la escena: ella cándida a toda preocupación había llegado a casa y de pronto se había dado cuenta que todo lo que amaba; todo lo que le daba algún sentido a su vida, estaba derramado en el suelo.
Sasuke apretó los nudillos con furia.
Él conocía esa historia de perder lo que más se ama. Él también perdió lo que amó cuando era niño a manos de su propio hermano y por instrucciones de los jefes feudales de la aldea. Ella sufrió como él.
—«Al menos ella ya no sufriría más»—. Meditó admirando la mortal herida su pecho.
Fue en aquel momento en el que se percató de un brillo que provenía de una mesa de metal situada no muy lejos de donde yacían enfilados los miembros de la familia Ikeda. Atraído por el peculiar resplandor se acercó al objeto y lo tomo de entre sus dedos.
Estaba ensangrentado. Se trataba de un pequeño cristal demasiado peculiar como para confundirlo. Esa gema le perteneció al primer Hokage, heredada después a su nieta Tsunade la quinta Hokage y finalmente regalada al Séptimo, quien lo perdió en una batalla contra un integrante del grupo criminal Akatsuki, llamado Pain. Según tenía entendido, el propio rubio lo destruyó cuando el nueve colas se apoderó de él. El motivo porque el que estaba ese cristal ahí y reconstruida pieza por pieza era un misterio para él.
— Lo tenía el más pequeño —. Una voz lo sacó de su transe. Era el jefe de la morgue, un hombre de unos cuarenta años, piel pálida, cabello castaño y pequeños ojos negros. Su aspecto era el de un hombre enfermo: demasiado flaco y pálido, seguramente por pasar más tiempo entre los muertos que al aire libre. Vestía una larga capa blanca, y portaba unos lentes de botella.
Al ver que no le entendía, señalo el objeto que tenía entre los dedos. — El cristal… — Dijo. —Lo tenía el más pequeño —. Explicó apuntando al niño muerto que estaba hasta el fondo de esa fría habitación en otra plancha alineada, y luego fue a hacer unos apuntes a los otros cuerpos.
El chico en cuestión era el más joven de los gemelos muertos por apenas unos minutos de diferencia. Tenía los ojos y la boca bien abiertos, en una expresión congelada de puro terror. Era el que parecía más asustado de todos y también la víctima más joven hallada hasta ahora.
—«Pero era el único que se las había ingeniado para tomar algo de su asesino»—. Reflexionó girando de nueva cuenta el cuarzo entre sus dedos, mientras salía de la morgue y se dirigía a la escena del crimen a reunirse con los otros miembros de su equipo.
Dudaba que el niño hubiera ido alguna vez a Konoha y menos que tuviera la oportunidad de tomarlo, porque la batalla entre Naruto y Pain se desarrolló mucho antes de que éste naciera. Dudaba también que sus padres se lo hubieran dado, ya que las familias de campesinos usualmente evitaban las grandes ciudades o involucrarse en conflictos de Shinobis, así que sólo se le ocurrió una explicación: el niño lo arrancó del asesino.
—«El maniaco es un Shinobi de Konoha»—. Concluyó mientras una media sonrisa se deslizaba de su estoica expresión.
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Existe algo extraño en las maneras de dios. Las personas que antes eran importantes se desvanecen lentamente en la memoria y las personas con las que nunca crees que formaras un lazo, terminan siendo parte de tu historia. Quizá esas mismas maneras hicieron que una tarde, luego de cuatro meses de su destierro personal de Konoha, un poco antes de convertirse en esa criatura, la azabache se encontrara con el viejo Fudo.
Fudo Suzuki era el nombre del anciano. Un hombre noble dueño de varias pequeñas hectáreas. Él había sufrido una dura vida. Mucho antes de que naciera su familia ya había padecido los terribles sellos de la primera guerra ante la muerte su padre por un accidente de batalla y en su niñez tuvo que aprender las rígidas lecciones de la segunda guerra Ninja cuando un Shinobi ebrio asesinó a su madre una noche en que está se negó a satisfacer sus bajos instintos, teniendo entonces que trabajar desde muy joven y salir de su situación con su propio sudor. Por todo eso, y por aquello que los jóvenes todavía no logran entender, Fudo era renuente a dar ayuda. No es que le hiciera falta el dinero, —si ya se había dicho que vivía cómodamente — sino era exactamente el acto lo que le molestaba. Pensaba que a él no le correspondía el papel de samaritano si la vida de todas formas hallaría la forma de ponerlos de rodillas. Él estaría causando sólo una dependencia que de nada les serviría.
Sin embargo, cuando escuchó la campanilla de su tienda sonar esa tarde y vio entrar a Hinata tratando de comprar un rollo de canela sin dinero, no pudo evitar tratar de ayudarla. De aquello habían pasado ocho meses.
Él la invitó a tomar una ducha en su casa, dándole después un techo donde dormir y un trabajo en los campos, donde los músculos adoloridos la gratificaron por un corto tiempo, con el olvido del desamor. Tampoco le hizo muchas preguntas sobre su pasado ni las razones por las que la encontró en ese estado. Sólo le dio sin restricciones su compañía.
Incontables fueron los minutos de charlas banales sobre algún tema de moda. O de horas en el patio mientras él tocaba una hermosa melodía con su laúd. Él era un hombre solitario cuya mujer había muerto prontamente y sus hijos no le visitaban, por lo que se acomodaron fácilmente el uno al otro; por un tiempo…
Fue un tiempo en que al levantarse por las mañanas Hinata sentía la felicidad llenar sus pulmones y por las noches, incluso con el cansancio, sentía satisfacción viéndolo desde cualquier ángulo.
Se podía decir que estuvo cómoda. La gente se acostumbraba a verla pasar por las calles y conoció grandes personas, a quienes les tomó tanta estima que secretamente los consideró su nueva familia.
Respecto a Naruto, en esa época su masculina imagen era una constante en su mente como un mantra, incluso en sus días más dichosos. En realidad, no hacía falta más que una idea sencilla para recordarle sus orbes celestes, más el dolor no era tan latente, ni tenia que preocuparse con salvarle la vida. Fudo le dio consuelo. Y ella pensaba en el Uzumaki razonable sin meditarlo demasiado en su corazón, pues sabía que era una herida que podía volver a abrirse si la revolvía demasiado.
Sin embargo, esa felicidad no duró para siempre. Un desagradable viaje en las montañas selló para siempre su destino y ella tuvo que apartarse para siempre de su nueva familia.
Aunque idiotamente seguía visitándolos en secreto, para trabajar por temporadas en los campos de arroz o melocotón, como hacia ahora. Por razones enteramente egoístas.
Hacia dos dias que había llegado a la aldea del jefe Fudo, un poco después del incidente con la muchacha de cabellos de fuego. Era un día especialmente caluroso trabajando en los campos recogiendo melocotones, pero por donde se encontraba, con su Byakugan divisaba a los lejos a Fudo al tiempo que reprochaba a un muchacho que no quería hacer su trabajo.
Sonrió por sus adentros.
Ella no había ido a saludarlo, adquirió a propósito el trabajo con uno de sus capataces para evitar tratarlo directamente, pues temía lastimarlo convertida en esa criatura. Sólo quería obsérvalo de lejos antes de ir por Naruto, pues sería la última vez que lo vería, estaba segura.
—«Razones meramente egoístas»—.
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Depositó el durazno que tenía en la mano en la canasta mientras secaba el sudor de su frente, completamente ignorante la azabache que, a unos pies de distancia, él la miraba.
Era un hombre fuerte de alta complexión. Tenía una tez morena azucarada que resaltaba sus ojos verdes-pardos por los que muchas mujeres suspiraban. Tenía unos labios grandes especialmente suaves y una nariz respingada. También era portador de una melena oscura, que llevaba en corte militar muy sensual. Así cómo una cicatriz clara atravesaba su pómulo derecho que le daba un aire interesante, producto de alguna batalla en su antigua vida como mercenario. Vestía con unos pantalones holgados en tono gris y no tenía ninguna camisa consigo por el abrazador sol de ese día. Su nombre era Ryûnosuke Aka.
Para su suerte, por casualidad se la topo mientras él trabajaba labrando los campos de arroz. Se le escapaba de su mente, porqué ella no había querido ir a visitar al viejo Fudo, pero suponía debía tener algún motivo. Después de todo hace un tiempo que la joven azabache actuaba anormalmente, alejándose de todos sin explicación alguna.
Antes de que decidiera abandonarlos, él solía observarla a una sutil distancia cada mañana hasta que se agotaba el sol mientras él hacia sus tareas diarias.
Le había llamado la atención su elegancia cierto día hace unos meses, cuando él estaba tomando un descanso y por azares del destino miró a su dirección. Ella estaba jalando un par de malas yerbas de los árboles de melocotones, sudando bajo una fina camisa blanca de lino.
Notó entonces como sus curvas se meneaban cuando ella tiraba de las yerbas; el manso rebote de sus senos abundantes; la manera en que sus mechones negros caían en su largo cuello blanquecino perlado por el sudor. Luego se percató de ciertas cosas. Vio que ella tenía la manía de juntar lo dedos, de ponerse roja cuando se avergonzaba, que tarareaba alguna melodía cuando trabajaba, y que miraba al horizonte con melancolía en los atardeceres especialmente naranjas. Eso despertó su curiosidad.
Empezó a llenar los espacios vacíos sobre esa misteriosa pueblerina con conversaciones que nunca se tuvieron, haciéndole de alguna historia fantástica que explicaba porque una belleza como ella se encontraba en un lugar tan remoto. La creyó hija de algún señor feudal de las cinco grandes naciones, que huyó porque se le quería desposar con algún hombre noble sin corazón. La pensó como una mujer mimada y caprichosa.
No mucho tiempo después Suzuki Fudo los presentó y ella resultó ser mucho mejor de lo que esperaba. Los espacios en blanco adquirieron forma. Cayó en cuenta que ella tenía un carácter dulce y gentil que podía confundirse con debilidad, pero en realidad se trataba de una mujer fuerte. Se hicieron buenos amigos; descubrió sus gustos. El cómo le encantaba cuidar los girasoles o cocinar para alguien. Y sólo entonces, su cabeza se confundió, para dar comienzo a algo profundo cuyo nombre no tenía.
Ella tenía a alguien más. Lo averiguó un día sin querer cuando le comentó alegremente que ella se esforzaba demasiado y quiso saber por qué lo hacía. Ella se quedó un momento en silencio, luego viró hacia él con una sonrisa radiante y los ojos oscurecidos por algún secreto especial, para comentarle con alegría: — "Porque es mi camino".
Supo de inmediato sin necesidad de confirmación que aquellas palabras le pertenecían a alguien más. Un hombre al que Hinata admiraba y amaba. Por algún motivo extraño ese pensamiento lo hizo sentir incómodo.
La miro inhalar tristemente luego de que cogiera otro fruto del durazno.
— «¿Nos dejaste por él, Hinata?». —Quiso saber. — «¿Hinata, porque me dejaste en verdad?»— Se preguntó al observarla, como si con ello, pudiera hallar la respuesta. Porque asi se sintió, como si ella lo abandonara, justo cuando tan sólo una mirada suya…poseía tanto poder sobre él.
— «Hinata merece quien cure cada una de las heridas; que llene de nuevo sus mejillas pálidas; que seque sus lágrimas de desamor; que saboreen sus dulces labios con paciencia y… la llenen de los hijos que ella quisiera». — Pensaba Ryûnosuke Aka, decidido a ayudarle a encontrar a alguien que le concediera todas esas cosas.— «Alguien que la merezca».
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No había rastro de ella en ninguna parte. Se sentía como un completo fracasado. Todo el orgullo que alguna vez tuvo se iba al vertedero. Se suponía que él tenía contactos con grandes habilidades de rastreo, entonces no se explicaba la razón por la que no la hallaba por ninguna parte desde hace meses.
—«¿Dónde estás Hinata?» — Se cuestionaba Susuki Fudo: un hombre corpulento de anciana edad.
Vinieron a él un millar de ideas de lo que le pudo haber pasado. Ninguna alentadora. En una en particular persistía un recuerdo en una época anterior a la llegada de la Hyūga, cuando un viejo campesino apareció en su tienda, desnutrido, pálido como el invierno y con medio rostro destruido, diciendo disparates de que su familia fue atacada por una criatura similar a una anciana y que se había salvado por los pelos debido a su "mal sabor". Nadie le creyó en ese entonces, era común que las personas de la guerra sufrieran de alucinaciones. Y en esa época el destino de las cinco naciones se debatía en manos del portador del Nueve colas.
Ahora comenzaba a cuestionarse si tal historia era cierta; si era posible que en ese bosque existiera un monstruo más antiguo que el tiempo que, comiera a los viajeros desprevenidos.
Sacudió la cabeza. —«No debía pensar disparates. Seguro la encontraría»—.
Todavía recordaba la primera vez que vio a la chica.
— ¿Se encuentra bien, señorita? —Le había preguntado en aquella ocasión.
La bella mujer de ojos opalinos le miró notoriamente desconcertada. Había entrado a su pequeña tienda de suministros que tenía una gran puerta en donde se situaba una campanilla, la cual sonaba cada que entraba algún comensal para surtirse de sus anaqueles llenos de pescado salado, golosinas, sake y otros alimentos salmonados.
Él le estaba extendiendo una hogaza de pan que ella misma le había ordenado un tanto ausente, aunque bien le pareció que no lo recordaba, pues notó sus mejillas llenarse de bochorno.
Recordaba haberla visto rebuscar entre sus bolsillos el dinero justo para el pan, pero sólo sacó una flor y un cristal roto. En otras palabras: no tenía un centavo.
Fudo inmediatamente se impacientó, seguro se trataba de otro muerto de hambre que le iba suplicar le regalará la pieza a cambio de nada, como si el tuviera el deber de alimentar a todos los desamparados. A diario entraban un par de esos canallas a su orgullosa tienda y él sabía como botarlos a todos, sin embargo, la chica sólo suspiro con desaliento sin decir nada.
— ¿Señorita, su pan? —Llamó de nuevo el anciano, extendiéndole la pieza y queriendo ver que excusa le podría, sin tomarle mucha importancia a la fila de personas esperaban igual de impacientes ser atendidos.
El aroma de la pieza recién horneada le hizo mella a la chica, se dio cuenta por la mueca de dolor que puso antes de comentarle: — Lo siento, ya no tengo hambre. Me equivoqué —.Lo cual era una mentira muy evidente, según su opinión.
En ese entonces, la joven azabache sin dinero se dispuso a salir por fin de su tienda a paso firme como si le persiguiera el propio demonio, hasta que en un trágico incidente su estómago emitió tremendo sonido, causándole la peor de las ignominias enfrente sus empleados de tienda y de los comensales.
La pequeña campana de la puerta tintineo una vez ida la roja joven mientras una risita colectiva azotó el lugar.
Él simplemente negó con la cabeza, reprochándose internamente por aquello que planeaba hacer.
Resultó que tomar la bola de canela para alcanzar a la chica fue una de las mejores decisiones que ha hecho jamás, puesto que tuvo la oportunidad de conocer el alma tan hermosa que tenia Hinata, a quien consideraba ahora como su única hija. Las tardes de laúd eran su mejor recuerdo y todo se lo debía a ella.
Pero se había esfumado sin explicación alguna una tarde.
Quizá él debió haber insistido más en saber un poco de su vida antes de esta aldea, asi podría ir por ella y convencerla que regresará con él, si es que no había sufrido ningún peligro, lo cual era lo más probable. —«Después de todo, ¿con que cara podría pedirle que siguieran viviendo juntos como padre e hija»—. Meditó con desdicha al observar las manchas de edad de sus manos. — «Él sólo era un viejo decrepito».
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Después de haber concluido con la colecta del día. La azabache se encontraba en la esquina remota de una posada de paso donde se había estado quedando mientras durará su visita secreta a Susuki-san, pensando sombría que debía reanudar su camino ya, ahora que lo había visto.
Apenas se le veía su frente blanquecina, pues en la noche el pueblo había sido sorprendido por el frio y ella había pedido estar bajo de "kotatsu" que tenía un fogón hundido en el suelo, llamado "irori", sobre el que se había hecho una especie de torre para colocar su futón para dormir.
En otra esquina había unos ancianos bebiendo té verde tradicional, uno repartiendo las tazas entre los invitados, no sin antes hacer un gesto de salutación.
La cabeza de la chica estaba meciéndose lentamente a punto de dormir, percibiendo a lo lejos los tonos bajos de las otras personas que estaba en la posada, con sus conversaciones triviales y uno que otro con un par de copas de Sake de más. Le pareció escuchar pedazos de amenazas sobre como uno castigaría a su mujer por haberle sido infiel, al tiempo que en otro lado una mujer se reía a todo pulmón insinuándole a un potencial cliente.
— No me interesa —. Le dijo el hombre con un tono frio, cosa que no desanimó en lo más mínimo a "la dama de compañía". —¡Aahh! ¡Un hombre guapo como tu no debe estar sólo! —. Le contestó melosamente mientras se inclinaba sobre él, para rozar sus sexos. — Déjame cuidar bien de ti —. Le prometió en un tono demasiado vulgar para el gusto de Hyuga.
— No me interesas, mujer —. Le espetó mordaz el hombre.
De pronto se dio cuenta que, si bien no le interesaba el contenido de la conversación, se le había espantado el sueño de improvisto y estaba más alerta. —«Esa voz…—». La del hombre…ella la conocía de algún sitio.
—¡Aahh! ¡¿Pero debe haber algo que pueda hacer por ti, dulzura!? — Comentó la mujer ocultando muy bien su molestia, con una mano acariciando su muslo. El hombre se quedó en silencio un prolongado rato, lo cual le hizo pensar a la Hyuga que simplemente había optado por ignorarla, no obstante, la sorprendió cuando oyó: —Tu cuerpo no me interesa, pero quizá puedas ayudarme después de todo —. Hizo otra pausa para captar la atención de su acompañante. —¿Has visto algún Shinobi de Konoha por aquí?
Asustada por el giro de la conversación, miro rápidamente al interlocutor bajo el "kotatsu", utilizado su Byakugan y se quedó sin aliento.
Un hombre extremadamente atractivo de cabellos ónix y ojos fríos. Vestía diferente a la última vez que lo vio. Traía colocada una capa negra con un jubón blanco debajo de ella, una cinta púrpura, pantalón negro y unos guantes azul oscuro sin dedos. Seguía blandiendo su espada que guardaba oculta bajo la capa, además de una bolsa de color púrpura en su hombro derecho. Notó que volvía a portar su Banda ninja dejando que cuelgue en su cadera izquierda. Una Banca rallada.
—«Uchiha Sasuke»—.
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Comentarios de Autora: Bien, como notaron algunos, la historia no es la misma a su original, en este capitulo definitivamente senté las bases de los cambios que habrá en algunos destinos de los personajes.
Quien lo recuerda, la historia original teni capítulos situados en un flashback que explicaba como se había convertido Hinata en la criatura, pero consideré explicarlo diferente en una línea de tiempo recta con saltos de tiempo ocasionales, pero claros, esperando no confundirlos mucho. También no será muy larga, calculo uno capítulos a lo mucho.
¿Qué piensan de Ryûnosuke Aka, eh? Naruto está en problemas?
No me odien please por lo que viene…
