Capítulo 3
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—¿Dónde vives? —me pregunta él una vez en la calle. No me ha soltado la mano en ningún momento, y yo no quiero que lo haga. Aún no puedo creerme que siga aquí, conmigo.
—Cerca de la Ópera. Se tarda una media hora yendo por Walnut. ¿Tienes automóvil o vamos paseando?
Podríamos llegar mucho más rápido de otra forma, pero no deseo tentar mi suerte.
—No, no tengo automóvil. Siempre vengo andando. Vivo por aquí cerca. —Edward hace un gesto vago con la cabeza.
—¿Quieres que vayamos a tu casa? —planteo, aunque no me parece que tenga muchas ganas.
De forma tácita no nos leemos la mente. Quizá para hacer parecer las cosas más «normales» de lo que en realidad son.
—No, no podríamos estar tranquilos. Cada noche tengo visitas de vecinos que tienen amigos, conocidos o familiares que necesitan un médico. Una vez me negué a abrir la puerta de puro agotamiento y casi me la echan abajo.
—¡Pero necesitas descansar! —exclamo, incrédula—. ¿Por qué no buscas otro sitio donde vivir?
Edward se encoge de hombros.
—Donde vaya me pasará lo mismo. Vamos, tengo muchísima curiosidad por ver tu casa. —Me pongo en marcha, pero él me detiene—. Espera, no puedes ir así.
Se quita el abrigo con rapidez y me lo coloca sobre los hombros. Su calor y su aroma me hacen la boca agua. Trago saliva con dificultad, y a pesar de que su gesto me emociona me lo quito de inmediato. Es él quien necesita la prenda.
—Muchísimas gracias, pero no tengo frío, Edward. Y no me voy a poner enferma —explico con suavidad.
Lo miro de hito en hito, esperando que se convenza sin decirle nada más. Sé que sospecha lo que soy, pero temo que la palabra se forme en su mente con todas sus letras, hechas de sangre y oscuridad, y que cuando eso pase lo pierda para siempre.
Entonces su gesto se vuelve muy serio, y estoy asustada de verdad.
—Insisto —dice secamente. Me lo vuelve a colocar encima. Mis manos avariciosas lo aferran, ajenas a mi voluntad, y mi cabeza se inclina para aspirar con deleite el aroma que desprende.
Quiero toda mi piel cubierta por ese olor.
Dios. Estoy luchando conmigo misma y contra un caballero testarudo, y he perdido antes de empezar.
Suspiro largamente y tomo de nuevo su brazo. Echamos a andar en dirección a mi casa. No es tarde, pero hay muy poca gente por la calle. El cielo nocturno está despejado y sopla una brisa que parece haberse llevado el hedor de la ciudad, o quizá es que yo ya no lo percibo.
Caminamos en cómodo silencio durante unos metros hasta que Edward carraspea.
—Isabella… —Parece dudar—. ¿No te criticarán los vecinos si ven que entras sola con un hombre en tu casa, a estas horas? No quisiera perjudicar tu reputación.
Aprieto los labios para no sonreír. Es tan dulce que me lo comería.
No literalmente.
—Vivo en la zona artística de la ciudad, Edward. No se tienen en cuenta muchos prejuicios. Además, allí solo soy una mujer excéntrica que no se relaciona con nadie y que tiene una vida privada misteriosa. No importa lo que haga, ya me han puesto esa etiqueta.
—De todas formas, quiero que sepas que no va a pasar nada. No voy a aprovecharme de ti.
Lo miro con los ojos exorbitados. No es que tuviera otras expectativas que pasar una velada agradable, pero de pronto estoy indignada.
—¿No deseas hacerme el amor?
Se sonroja furiosamente. Creo que he me sobrepasado.
—Sería de piedra si no lo deseara, Isabella. Pero no me parece correcto.
—¿Es porque no estamos casados? Creía que con la guerra habían cambiado las cosas.
—No he dicho eso. Pero deberíamos conocernos un poco mejor antes de dar ese paso.
No me lo puedo creer. Mi sangre hierve solo por tener su abrigo sobre mí, y él… él no quiere nada porque me va a respetar.
—¿Es porque me tienes miedo? —La inseguridad me asalta.
—Si te tuviera miedo no estaría aquí contigo, Isabella. No seas absurda.
Me hace sentirme como una tonta colegiala, pero me tranquilizo porque tiene razón. Nos estamos acercando al río, y la brisa ahora es más intensa, con un frescor vivificante que me acaricia la cara haciendo que mi malhumor se desvanezca. Me muerdo el labio. Debería estar feliz de que Edward me quiera tratar con respeto. Sin embargo, tengo la sensación de que hay algo más.
—Gracias. Hacía mucho que no encontraba un hombre como tú. —Noto sus brazos tensarse por mis palabras, pero no voy a avergonzarme por haber conocido a otros antes que a él—. He tenido algunas relaciones, Edward.
«Algunas» es un eufemismo, pero tampoco he mentido. Él parece debatirse y sus mejillas vuelven a colorearse, pero al final abre su mente. Y me encanta lo que veo.
—Eres virgen.
—Desde hace mucho tiempo —bromea, pero rehúye mi mirada.
—No hay de qué avergonzarse —susurro. Aprieto su firme brazo y me paso la lengua por los labios. No me puedo creer que sea tan afortunada. Quiero ser la primera que marque su cuerpo con mi olor.
Y la última, pero prefiero no darle vueltas a este pensamiento. Él permanece un momento en silencio hasta que por fin parece haber ordenado sus ideas.
—Lo sé. Solo es que… ser virgen significa que jamás he cometido un error con una mujer. Pero también que nunca ha habido mujer con la que cometerlo. —Suspira—. Tengo veintiséis años, Isabella. Es mucho tiempo sin… equivocarme. —Sonríe por su propio comentario y yo le imito.
«Yo quiero equivocarme muchísimo con él».
Se le escapa la risa y me doy cuenta de que no soy tan buena como creía bloqueando su don.
—No hace falta que lo jures. He visto tus… eh... —duda un momento— pensamientos, y son muy gráficos.
—Siento haberte incomodado.
—No lo sientas. Me gusta lo que he visto. —Me echa un vistazo rápido y se vuelve a sonrojar. Es absolutamente encantador. Caminamos unos pasos más, y cuando pensaba que había dejado el tema se detiene—. Lo que no me gusta es saber que has estado con otros hombres. —Se coloca frente a mí y me mira a los ojos. En los suyos hay un brillo ferviente—. Hay algo en ti que me hace sentir... muy posesivo.
—Yo me siento igual contigo. Escucha, Edward... No importa el acto en sí, sino la persona. Y nunca he conocido a nadie como tú.
—Apenas me conoces.
—Lo suficiente. He visto tu alma, y me parece increíble que sea tan pura a pesar de este don que compartimos. Y hace tanto que sueño contigo que creo que te conozco tanto como a mi esposo cuando me casé con él.
Sigo tentando su resistencia. Lo veo en la forma que tiene de mirarme y dar un paso atrás, en la postura tensa de su cuerpo. Si tiene que desaparecer de mi vida, cuanto más pronto mejor. Siento que cada minuto que paso con él soy un poco más suya.
Estamos al lado del puente que cruza el río Schuylkill. Me separo de Edward y me encamino hacia la barandilla. Siempre me ha gustado asomarme y ver el agua correr, su sonido y el cosquilleo del aire en mi rostro. A veces he deseado lanzarme abajo y dejarme llevar hasta donde la corriente me depositara, como si fuera libre. Pero no puedo escapar de mí, de mi don ni de mis instintos. Solo puedo decidir quién será el siguiente. La sangre de todas esas vidas humanas clama en mi interior, y aunque he protegido a muchas más, también sé que no tengo salvación.
¿Por qué está él aquí, a mi lado? No lo merezco.
Su presencia a mi lado me arranca de mis deprimentes pensamientos. Solo tengo que respirar profundamente y me lleno de él, de paz. Si se va, me lanzaré por este puente, en cuanto amanezca. Será una bonita muerte.
—¿Cuándo naciste? —pregunta, su voz suave, su habla modulada y elegante, como si estuviéramos en una tertulia de café.
—En 1832 —respondo. Oigo el palpitar acelerado de su corazón.
—¿Tienes ochenta y seis años? —pregunta en un hilo de voz.
Me rio. Dicho por él suena asqueroso, más vale que no le diga que para ser vampira soy bastante joven.
—Tengo treinta. Dejé de cumplir años en 1862. Ya sabes cómo somos las mujeres —bromeo, aunque los recuerdos que me asaltan no son nada divertidos. Pero el tiempo te da otra perspectiva.
—Te ruego que me disculpes, pero necesito hacerte esta pregunta. ¿Qué pasó con tu esposo?
Le miro de reojo y dibujo una media sonrisa.
—¿No te interesa más lo de soñar contigo?
—Muchísimo, pero prefiero dejar lo mejor para el final.
Lo dice mirándome de una forma que me hace contener el aliento. ¿Conocerá él el poder de seducción de sus ojos?
Por supuesto que lo sabe. Que sea virgen y un caballero no implica que sea inocente como un corderito. Le sostengo la mirada, y me invade una mezcla de añoranza y deseo. No es que él me recuerde a mi esposo físicamente, pero nadie me había mirado así desde que lo perdí. Como a una mujer que merece la pena ser amada.
¿Amada? Qué locura. Me obligo a recordarme que la presencia de este humano me trastorna.
—Mi esposo murió en la Guerra Civil. —Desvío la mirada hacia el río, perdiéndome en mis recuerdos.
—Lo lamento, Isabella. —Su mano busca la mía, y suelto el aliento lentamente.
—Luchó por la Unión. Su nombre no salió en la lotería para el alistamiento obligatorio, pero aquel año la cosecha fue bastante mala. En esa época se permitía que los hombres que no querían luchar en la guerra pagaran a otros para que fueran en su lugar, y él aceptó el dinero de un rico terrateniente. —Con la mano que tengo suelta me envuelvo más en su abrigo, y no es por frío. Él no habla, solo me aprieta la mano con más fuerza—. Me quedé sola. Afortunadamente, no teníamos bocas que alimentar. Así que decidí ir yo también a la guerra. Pero eso es otra historia. —Lo miro enarcando una ceja y esbozo una sonrisa—. ¿Lo ves? Tenías que haber preguntado por lo de los sueños.
Edward sigue sin hablar. Me mira fijamente, imagino que digiriendo la historia que le acabo de contar. Por fin, acerca su rostro al mío y me besa con delicadeza en los labios. Los míos se entreabren y de ellos escapa un suspiro.
—Vámonos a tu casa. Creo que necesitaré sentarme si tengo que seguir escuchándote.
Lo susurra contra mi boca y su cálido aliento enciende mi cuerpo. Creo que nunca había tenido que echar mano de tanto autocontrol.
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Dicen que si no quieres respuestas indiscretas no hagas preguntas que lo sean. Yo quiero saberlo todo de ella, pero con cada una de sus palabras voy sintiendo más y más cómo el suelo bajo mis pies pierde firmeza.
Ya no estoy seguro de nada. Pero no puedo parar.
Hemos llegado a su casa. El resto del paseo hemos permanecido en cómodo silencio. Me gusta la sensación de su mano en mi brazo, su cuerpo rozando el mío, su perfume penetrando hasta lo más íntimo de mí. Me gusta que lleve mi abrigo, y espero que quede bien impregnado de su esencia.
Su hogar resulta ser tan inesperado como todo en ella. Es una mansión con jardín, un jardín precioso y bien cuidado.
La miro formulando una pregunta silenciosa, y se encoge de hombros antes de responderme. Es curioso cómo podemos leernos la mente sin telepatía.
—Tengo personal de servicio.
—¿Y no se extrañan de tus hábitos nocturnos?
—No, les pago demasiado bien. Son mujeres sin marido, gente sencilla con familias que mantener. —Su gesto es indiferente—. No son unas mojigatas. Tienen unas teorías muy curiosas sobre lo que hago por las noches, y por qué mi habitación parece un búnker, pero ninguna se acerca a la realidad. La mayoría cree que soy una artista mantenida por algún ricachón. ¿Qué más da?
Su respuesta me recuerda lo que me acaba de explicar sobre su marido. La contemplo con respeto, porque ayuda a otras personas, mujeres que pasaron por lo mismo que ella. Se da cuenta y elabora una media sonrisa que exuda diversión y sarcasmo a partes iguales.
—No soy Jane Addams*, Edward. No me mires de esa forma. Solo me aseguro de tener a gente agradecida a mi servicio. Les pago bien, y no hay nadie más agradecido que una mujer con bocas que alimentar.
Guardo silencio mientras abre la puerta principal de la mansión. De pronto se me ocurre que no debería cruzar el umbral. No sé por qué he accedido a venir con ella, algo tan impropio de mí. Ya la he acompañado a su casa, le he cedido mi abrigo… hasta ahora son cosas que habría hecho por cualquier mujer. Pero ella no es cualquier mujer, jamás había sentido esta atracción y me da miedo lo que pueda hacer a partir de ahora. Temo abandonarme a mis deseos, dejar de ser yo mismo.
Se detiene frente a mí, en sus ojos ya no está la mujer fría que aparenta ser. Ve que estoy a punto de irme, pero se equivoca en los motivos.
Ha dicho que soñaba conmigo…
Suspiro y me rindo. Quiero saber más del misterio que ella representa, disfrutar de su compañía. Nada más importa. Voy a seguir siendo un caballero, dentro o fuera de estas puertas.
—No me voy a marchar, Isabella, a menos que tú me lo pidas.
Sonríe con alivio mientras me ve franquear la entrada de su hogar. De repente abre los ojos como platos.
—No has cenado, ¿verdad?
—No. Pero no tengo apetito.
—Tienes que comer algo. Voy a prepararte la cena, pero antes he de asearme. Te acompañare al salón. Allí tienes revistas, libros… Puedes escuchar la radio o el fonógrafo.
Me deja solo y me pongo cómodo. Observo que tiene el Inquirer sobre una mesita y lo ojeo. Como siempre, trae noticias sobre la guerra y poco más. Es como si esta maldita enfermedad no estuviera diezmando la ciudad, el país y probablemente el mundo entero. Las noticias hablan de posibilidades de armisticio, pero llevamos tantos meses leyendo falsas esperanzas que muchos dudamos de todo. En una de las páginas centrales hay, por fin, un artículo sobre la gripe. El periodista opina que se le está dando demasiada importancia a esta enfermedad, que eso deprime a la gente y hace que su fortaleza se resienta. El mensaje es claro: sé feliz y no te pondrás enfermo.
Estoy harto de la censura, de la guerra, de esta maldita epidemia. Siento unas náuseas tan fuertes como la indignación que me invade.
—¿Estás bien?
En lo que diría que apenas han sido unos minutos, Isabella aparece ante mí. Lleva un escotado vestido de noche en tonos verdes, de encaje y seda, que le llega por encima de los tobillos. El cabello suelto le cae en ondas castañas que le caen por los hombros.
Mi indignación arde en las llamas de mi lujuria y se convierte en humo. Me quedo sin aliento y creo que mi boca se ha quedado abierta por un tiempo. Soy incapaz de hablar. Me pongo de pie, me aflojo el nudo de la corbata y logro que me salga la voz.
—Estás preciosa. Pero te has vestido como si fueras a una fiesta.
—Me he vestido para ti —dice con sencillez. Sus ojos dorados brillan de placer.
—Yo no estoy a tu altura. —Me señalo con las manos de arriba abajo, y ella me contempla de una forma inquietante, siguiendo el movimiento. Me siento como si no llevara ropa puesta, pero me gusta, porque es ella quien me mira de esa forma.
Se acerca con movimientos elegantes y ágiles. Me quita la chaqueta y aguanto la respiración. Está tan cerca de mí que el vello de mi nuca se eriza, mi cuerpo se tensa por el esfuerzo de contenerme cuando lo que quiero es abrazarla y sentir sus formas amoldarse a las mías de todas las maneras posibles. Ella aspira la prenda que acaba de quitarme, y siento un fogonazo de deseo estallar en mí.
«¿Qué te detiene?». Su voz parece un susurro en mi mente.
«No me parece correcto». No espero que lo entienda. Para ella, después de tantos años y experiencias, todo debe de ser más relativo, pero para mí es importante.
Isabella no se ríe, ni se enfada. Me mira como si yo fuera un complicado problema matemático. Está tan cerca de mí que me supone un gran esfuerzo pensar con claridad.
—Deseo tomarte, Isabella. —Me acerco a ella y tomo su cara entre mis manos. Me doy cuenta de que no está tan fría como esta madrugada—. Pero ahora solo tomaría tu cuerpo. Es lo que conozco, es lo que tengo. Pero quiero más, necesito más. Por primera vez, deseo entregarme por completo a alguien. —Hago una pausa mientras ella parpadea varias veces—. Y cuando lo haga, quiero tener no solo tu cuerpo, sino también tu alma.
«Yo no tengo alma».
Se separa de mí con una velocidad que me asusta. Jadeo, mi corazón late tan rápido que parece vibrar, me tiemblan las piernas.
—Lo siento. No quería asustarte de esa forma. —Suelta las palabras lentamente, como se habla a un niño miedoso, aunque ella también parece alarmada.
Por un instante he sentido miedo. Una cosa es escucharla hablar de su vida, y otra ver una demostración de lo que puede hacer. Pero me doy cuenta de que, recuperados mi aliento y mi compostura, sigo sin querer irme. La atracción entre nosotros es casi palpable, además me rebelo ante la idea que tiene de sí misma. Solo hay que ver lo que hace por otras personas.
—¿Cómo puedes decir que no tienes alma? —Tentativamente me acerco a ella. Espero que no vuelva a hacer esa maldita cosa de moverse tan rápido.
—Porque la perdí hace décadas, Edward —murmura.
No quiero discutir con ella. Le ofrezco mi mano y la toma, entrelazando sus dedos con los míos. Quiero derrotar sus defensas, abatir sus barreras, desentrañar pieza a pieza el enigma de su ser.
«Una pieza cada vez, Edward», me digo a mí mismo.
—¿Te puedo servir la cena o se te ha quitado el hambre? —intenta sonreír, pero le sale una mueca.
—¿Cenarás conmigo?
—No tengo hambre, pero te haré compañía.
—Bien. —Se me escapa un bostezo enorme que cubro con ambas manos—. Discúlpame.
—¿Has dormido algo hoy? —Me mira con preocupación.
—No he podido. Solo podía pensar en ti en aquella habitación helada. Me ha costado mucho decidirme a venir. —La acusación está implícita en mi tono de voz.
—Siento mucho lo que te he hecho, Edward. Es... una especie de influjo hipnótico —titubea—. Solo quería que te marcharas antes de desplomarme. Pero cuando he visto que apagabas la luz al salir me he dado cuenta de que algo fallaba. Y así ha sido. —Frunce el ceño—. Deberías haber llegado después de despertarme, no mientras dormía. Quizá la telepatía hace que tu mente funcione de forma distinta para la hipnosis —razona.
—Siento haber estropeado tus planes —respondo con sarcasmo al recordar cómo me he sentido al encontrarla fría y sin pulso. Pero ahora la tengo frente a mí, y es lo que importa.
—No me ha gustado nada hacerlo, pero era necesario. De lo contrario no te habrías marchado.
—Lo entiendo. Pero no vuelvas a hacerlo, Isabella. Bajo ningún concepto. Tengo la mala costumbre de tomar mis propias decisiones.
—Te lo prometo —afirma contrita.
Me lleva a una mesa que ya está servida. ¿Cuándo ha hecho eso? La miro arqueando una ceja y ella me responde arqueando las dos, así que sacudo la cabeza y me siento donde me indica.
«Pieza a pieza, Edward».
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*Jane Addams (1860-1935) fue la primera mujer americana en ganar el Nobel de la Paz, una gran defensora de los derechos de las mujeres y los niños, pacifista y reformadora social.
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Gracias a mis prelectoras Nury y Patri, y a mi beta Ebrume.
El próximo, en una semana. ¿Opiniones?
Besitos a todas.
