¡Cámara con la banda! Ya conocen la excusa... digo, razón por la que tardé en actualizar. Como sea, he recibido algunas críticas sobre este fic y debo admitir que algunas sí me fueron de mucha utilidad, mientras que otras no tanto. En fin, he decidido extender un poco más esta historia, así que este no será el episodio final. Bueno, a parte de eso, he decidido manejar dos tiempos en lugar de uno como lo he venido haciendo en los dos episodios anteriores, esto para resolver algunas dudas que pudieron haberse generado.
Bueno, psss ¡A leer, se ha dicho!
Disclaimer: Los personajes de Naruto y la canción Ten Black Roses no me pertenecen. Son propiedad de Masashi Kishimoto y Lauri Ylönen, respectivamente.
Capítulo 3: Ten Black Roses
Ten black roses,
ten black roses…
(Diez rosas negras,
diez rosas negras)
Mi Danna –como he decidido llamarlo– lo ha hecho una vez más. Mi cuerpo se siente más pesado de lo normal, la poca luz que entra por mi ventana brilla tanto que lastima, no puedo sentir nada bajo las yemas de los dedos y mi respiración es lenta y hasta dolorosa. Abro los ojos perezosamente y por ver primera veo algo distinto a oscuridad: mi reflejo sobre un par de orbes del color de la miel. Trato de observar qué más hay a mí alrededor, pero solo consigo distinguir unos cabellos rojos desordenados de una forma tan perfecta, y la blanca tez de una persona –casi de mi edad, por lo que se puede ver–. Igualmente noto que sus labios finos se curvean en una sonrisa tenue y casi siniestra.
Me pregunto si acaso estoy muerto. Siendo honesto no me extrañaría, a decir verdad no es la primera vez que estoy bajo el efecto de esa droga con la que mi Danna ha teñido esas rosas –fue esa noche en prisión en que había perdido toda esperanza de salir vivo de ese lugar–. De hecho, ni siquiera fue necesario preguntárselo para saberlo… por experiencia sé que una sobredosis podría llevarme a la muerte, así que no me sorprendería ya estar muerto y que aquel ser que veo pudiera ser un ángel o incluso un demonio.
–No estás muerto si eso es lo que piensas –me dice, con una voz pausada y tranquila… demasiado diría yo– tampoco soy un ángel, pero sí algo cercano a un demonio
Genial, ahora hasta adivino resultó, hmm.
–¿Quién-eres-tú? –alcanzo a articular, puesto que aun no puedo moverme
–¿Quién eres tú? –repite él– Deidara
Me pregunto cómo es que este sujeto sabe mi nombre, y justo cuando intento hablar él me hace callar.
–Te conozco de hace tiempo
La frase no deja de rondarme en la cabeza como abejas molestas. Primero mi Danna toma mi cuerpo por amor y ahora este otro pretende que crea que le conozco –como si no supiera que algo pretende con ello–. Aunque tengo la sensación de haberle visto en algún lugar, el tiempo y el aislamiento del mundo exterior han hecho mella en mi memoria, por lo que seguir una corazonada como esa no me ayuda mucho.
Tan centrado he estado en esa duda que apenas me doy cuenta que aun sigo en mi cama, atado de pies y manos como la noche anterior. También noto que él se ha posicionado sobre esta, quedando yo debajo suyo. Con sus labios toma la rosa que he atado a mi cabello y la desliza lentamente sobre mi piel desnuda, comenzando así un nuevo juego pasional.
Life is like a boat in a bottle,
try to sail you can't with no-air.
Day by day it only gets harder,
try to scream but nobody cares
(La vida es como un barco en una botella
tratas de navegar, no puedes, sin aire.
Día a día solo se vuelve más difícil
tratas de gritar pero a nadie le importa)
Nueva sangre se unía a esa tierra de corruptos, violadores, traficantes, homicidas y de más escoria. Nombre, Shiraiwa Deidara; edad, 17 años; arrestado, juzgado y sentenciado a 10 años de cárcel por intento de homicidio, agresión a un oficial de la policía y daños menores a propiedad pública –cargos que después fueron anulados gracias a nuevas pruebas–. Nada relevante para mí, hasta que te vi.
No, no veía en ti al criminal, sino a aquel niño de apenas nueve años que salvó mi vida. Fue un 5 de mayo, lo recuerdo bien: la empresa para la que trabajaba quedó en bancarrota y por ende perdí mi empleo; mi casa había sido embargada y como no tenía más familia que mis padres –que en paz descansen–, tampoco tenía a donde o con quién acudir. Sin embargo, la gota que derramó el vaso fue la traición de mí entonces esposa, Haruno Sakura: la amé, claro, pero no fue suficiente para ella… el dinero de su amante Uchiha Madara pudo más que el cariño que siempre le profesé. Todo cuanto había logrado para ella se fue al caño, mis padres habían muerto sin que pudiera despedirme y a decir verdad nunca fui necesario para alguien… eso es: toda mi existencia se había basado en una mentira, una muy grande que yo mismo fui creando. Y ese día terminaría con ella. Me encontraba en un edificio viejo y abandonado, justo donde se juntaba toda esa escoria que golpea, miente, quita, e incluso asesina a sangre fría por sobrevivir. Al parecer estaba invadiendo sus dominios. Todos ellos con navajas y otros punzocortantes en mano se acercaban a mí, y todos ellos me acorralaron justo en una esquina. Eran siete contra uno, así que no tenía posibilidad… era mi fin. Vaya forma de morir, a manos de unos vándalos.
–¡Déjenlo! –oí una vocecilla gritar, en el momento exacto en que uno de ellos puso su navaja contra mi cuello
–Pero miren qué tenemos aquí –espetó una mujer de facciones duras, con sorna– No es más que esa pequeña rata inmunda
Levanté la vista en dirección del umbral, y fue grande mi sorpresa: no se trataba de una mujer, ni de alguna otra persona que conociera, eras tú. Corriste en dirección a ellos, dispuesto a golpearlos. Sin embargo la mujer fue más rápida y te tomó por el cuello. Luchaste por librarte de sus garras y con muchos esfuerzos lograste darle una patada. Mientras tanto los seis restantes me golpearon tanto que quedé todo adolorido: no podía moverme, el estómago no dejaba de dolerme, el calor se hacía presente en las zonas más dañadas… ahí iba, de nuevo a compadecerme de mí mismo. Una carcajada estridente de esa mujer fue suficiente para sacarme de mis pensamientos.
–¿Qué haremos ahora con esta rata? Me pregunto yo –habló, aun con su tono burlón
–Tengo una idea –espetó un muchacho de unos 17 años
Vi que comenzaron a desvestirte. Luchabas con todas tus fuerzas para evitar a toda costa que te manosearan, pero lejos de eso solo conseguiste incitarlos más –sobre todo a la mujer–. Algo se rompió como cristal dentro de mí, algo me hizo aborrecer a esas malditas y vulgares ratas como no lo había hecho con nadie… no sé exactamente qué fue, pero ello me dio fuerza para levantarme. Tomé la navaja que uno de ellos había dejado tirada en un descuido y tan veloz como viento acabé con sus asquerosas vidas.
Recuerdo que después de eso me miraste con un pequeño deje de terror, pero tu cara pronto se transformó en un gesto que –juraría– era de felicidad.
–A-Arigato –farfullaste
No, no debiste ser tú quien me diera las gracias… en realidad debí ser yo: temí por lo que fueran a hacerte esos sujetos más que por lo que me hicieran a mí, y entonces lo supe… supe que mi propósito a partir de este momento sería protegerte.
Sin embargo no quise interferir en tu vida, así que después de eso me marché de Iwa y rehíce mi vida como empleado en aquella prisión: después de todo, si debía protegerte, sería de toda esa escoria que hace de este mundo un lugar inseguro y lleno de penas y sufrimientos. Sufrí porque ellos mataron a mis padres, sufrí porque mis jefes en mi antiguo empleo también resultaron ser personas corruptas, así que también sufrirían y de la peor manera.
Grave error, debo decir: de todas formas terminaste por caer en ese mundo ocho años después.
Eso es todo por ahora. Chaito.
