Disclaimer: Los Héroes del Olimpo son propiedad de Rick Riordan


Sí, lo sé. Los capítulos de esta serie tardan mucho en subirse. Pero no es que pueda hacer mucho para remediarlo, puesto que sigo una especie de horario/calendario para escribir y publicar las historias. Pero me parece que para poder subir con algo más de regularidad esta serie, dicho programa tendrá que ser roto (o al menos así espero poder subirlo con un pelín más de regularidad).


Antes de que alguien pudiese hacer algo, el chico de cabello negro fue abordado por Annabeth en un fuerte abrazo. Sin preocuparle que los dioses estuviesen presentes, Annabeth rodeó con sus brazos el cuello del chico y lo besó. Este la agarró por la cintura, profundizando el beso, mientras de lejos se oía un chillido de felicidad y varias voces de asombro.

Una vez terminado el beso, Annabeth se separó ligeramente de su novio y le acarició la mejilla.

—Percy —susurró.

—Annabeth —dijo este.

Ambos se miraron y entonces... Annabeth agarró a Percy por el brazo y, haciendo una perfecta llave de judo, lo arrojó al suelo ante la mirada estupefacta del resto. Antes de que Percy pudiese reaccionar, Annabeth le colocó la rodilla sobre el pecho y sacó su cuchillo de Bronce celestial, presionándolo directamente contra su cuello.

—Si vuelves a desaparecer, te juro que...

Percy estalló en carcajadas.

—¡Lo entiendo! ¡Lo entiendo!

Mientras esa pareja tenía ese reencuentro tan... "especial", había otra pareja que también se reencontraba. Aunque tal vez llamarlos pareja no sería lo más correcto,

—Jason Grace —pronunció la chica que había llegado con Percy. Frunció el ceño al ver que su compañero había perdido aire de ese aspecto romano que tanto le había caracterizado en el pasado—. Mi antiguo compañero.

—Reyna —dijo Jason mientras sentía como Piper presionaba su mano. La mirada de Reyna se dirigió a Piper y esta se la devolvió, a pesar que la dureza en la mirada de la primera chica, había puesto nerviosa a la hija de Afrodita.

—¡Muy bien! No sé que ocurre aquí, pero los recién llegados podrían empezar por presentarse —dijo en ese momento Zeus.

Fue en ese momento en que Percy y Reyna se dieron cuenta de la presencia de los dioses.

—Mis disculpas, Lord Júpiter —se disculpó Reyna mientras hacía una reverencia.

Zeus hizo una mueca y, durante unos instantes, pudieron ver a un hombre de cabello negro corto y mirada seria.

—No pienses en mi forma romana —gruñó.

—S-sí. Lo lamento de nuevo, Lord Zeus.

Zeus asintió y miró a Percy, que seguía allí parado, con cara de idiota.

—¿Y tú no te arrodillas o qué?

—Sí... solamente que aún no acabo de asimilar que esta ocurriendo —dijo Percy—. Quiero decir, ¿qué hacemos en el Olimpo?

—Las Moiras os han traído para que leías unos libros sobre ciertos semidioses —respondió Poseidón—. Y ahora te recomiendo que hagas lo que mi hermano te pide o tendremos que aguantar su berrinche de niño pequeño.

—Entiendo. —Percy sonrió un poco, como si supiese a lo que se refería el dios del mar—. No hace falta que me incline ante todos, ¿verdad?

—Solo hace falta que lo hagas con el más importante —respondió Zeus, refiriéndose a él.

Percy asintió y le hizo una reverencia... a Hestia.

Esta, al igual que el resto de la sala, se quedó en silencio ante el gesto de Percy. Por supuesto Zeus temblaba de rabia.

—¡¿Qué significa esto?! —rugió el dios mientras tomaba su Rayo maestro.

—Pero si me arrodillado ante el dios más importante, como me has dicho. Y esa es Hestia —respondió Percy con simpleza.

La sala se sumió ante un tenso silencio. Zeus miraba con ira al semidiós que estaba enfrente de él, pero antes de que pudiese hacer algo, dos voces riendo a carcajadas le interrumpieron.

Poseidón y Hades se reían de la cara de su hermano pequeño.

—No puedes enfadarte con el chico, hermano —dijo Hades—. Él simplemente ha hecho lo que tú le has dicho.

—Mejor dejamos el tema de lado —dijo Poseidón, mirando al dúo de recién llegados—. Mejor que os presentéis, así todos podremos saber mejor quienes sois.

La chica, Reyna, fue la primera en hacerlo.

—Soy Reyna. Hija de Belona y pretora de la Duodécima Legión.

—Así que tú eres mi hija —dijo Belona, orgullosa de que su hija fuese pretor.

Por supuesto Reyna estaba sin palabras de estar por primera vez en su vida delante de su madre biológica, y es que los dioses romanos, a diferencia de los griegos, apenas se dejaban ver ante sus hijos.

—Percy Jackson. —Los dioses se dieron cuenta enseguida que ese era el chico que había desaparecido del Campamento Mestizo en el libro—. Hijo de Poseidón...

—¡¿QUÉ?! —rugió Atenea, poniéndose de pie con los ojos desorbitados—. ¡¿Qué eres hijo del Barba percebe?! —chilló, señalando a Percy quién simplemente puso los ojos en blanco—. ¡¿Y tú lo has besado?! —volvió a chillar, mientras apuntaba con un dedo acusatorio a Annabeth, quién rodó los ojos con cansancio—. ¡ESO ES INACEPTABLE! ¡INCONCEBIBLE! ¡INT...!

—¿Alguien podría darle al botón de apagado? —soltó Percy en ese momento con cansancio. Su padre, Apolo, Ares y Hermes rieron ante eso—. Sí, soy un hijo de Poseidón que sale con una hija de Atenea... ¿alguna queja?

—¡Sí! —rugió la diosa de la sabiduría.

—¿No? Perfecto —interrumpió Percy, dejando a Atenea con la palabra en la boca. Sin que esta se enterase, Hefesto le sacó una fotografía a su cara de estupefacción, y prometió repartirla después entre sus hermanos—. Cómo ya he dicho soy hijo de Poseidón, consejero de la cabaña 3 del Campamento Mestizo y pretor (por ahora) de la Duodécima Legión del Campamento Júpiter. Y antes de que alguien diga algo. —Su mirada se dirigió al rey—. Sí, mi padre rompió el juramento sobre no tener hijos de nuevo. Pero solamente diré que no fue el único.

Por supuesto todos se dirigieron a Zeus, quién se puso a silbar inocentemente.

Una vez solucionado todo el problema, Percy y Reyna fueron a reunirse con los otros semidioses, pero antes de que Percy llegase alguien le agarró del brazo.

Era Hestia.

—Esto... ¿es cierto eso que has dicho que yo era la diosa la importante? —preguntó en un susurro.

Percy se agachó enfrente de ella, y le acarició la cabeza. Por supuesto hacer eso a un dios significaría la muerte, pero a Hestia le gusto esa sensación.

—Por supuesto que lo decía en serio —respondió Percy.

Hestia asintió y, ante la mirada de todos, dejó atrás su apariencia de niña de ocho años y asumió una de una chica de unos dieciséis.

—Gracias, Percy —dijo con una sonrisa tan brillante que en ese momento todos en la sala, ya fuesen hombres o mujeres, se enamoraron un poco de ella.

Tarareando un poco, Hestia volvió a su sitio y recogió el libro.

—Yo leeré el siguiente —anunció de buen humor—. Piper III y Piper IV.

—Y ahora me toca a mí —se quejó Piper.

Después de pasar la mañana entre espíritus de la tormenta, hombres cabra y novios voladores, Piper debería haberse vuelto loca. En cambio, lo único que sentía era miedo.

—En realidad cualquiera de las dos cosas es comprensible —dijo Atenea.

«Está empezando», pensó. Como decía el sueño.

—¿El qué? ¿Qué ha empezado? —preguntó Afrodita, preocupada por su hija.

—Esto... —Piper no estaba muy segura de que responder. Por suerte Jason vino en su ayuda.

—Ya se explicará en el libro —dijo su novio—. Creo —murmuró en voz baja.

Iba en la parte de atrás del carro con Leo y Jason, mientras que el chico calvo, Butch, manejaba las riendas y la chica rubia, Annabeth, ajustaba un instrumento de navegación de bronce. Se elevaron por encima del Gran Cañón y se dirigieron al este; el viento gélido traspasaba la chaqueta de Piper. Detrás de ellos se estaban acumulando más nubarrones.

Por supuesto eso no pareció gustarles a varios.

El carro daba bandazos y sacudidas. No tenía cinturones de seguridad y la parte de atrás estaba abierta, de modo que Piper se preguntaba si Jason la volvería a coger si se caía.

—Por supuesto —afirmó Jason con una sonrisa.

Piper se la devolvió.

Eso había sido lo más inquietante de toda la mañana: no que Jason pudiera volar,

—Eso me parece suficientemente inquietante —dijo Percy, poniéndose blanco al imaginarse volando. Seguramente antes de elevarse un par de metros, Zeus lo fulminaría con un rayo.

sino que la hubiera tomado en brazos pero no se acordara de quién era ella.

—Vale. Eso también puede ser inquietante —reconoció Frank.

Durante todo el semestre, Piper había trabajado en su relación, tratando de que Jason la viera como algo más que una amiga. Al final, había conseguido que el muy bobo la besara.

—Al menos tú conseguiste que te besara. Yo tuve que besar al Sesos de algas para que se diese cuenta —dijo Annabeth.

Atenea murmuró algo sobre los estúpidos hijos de Poseidón.

Las últimas semanas habían sido las mejores de su vida. Y luego, tres noches atrás, el sueño lo había arruinado todo: aquella horrible voz que le había dado unas horribles noticias. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a Jason.

Por supuesto todos en la sala entendieron que se estaba refiriendo a un ser antiguo y ancestral. Posiblemente un dios o algo similar.

Ya ni siquiera le quedaba él. Era como si alguien le hubiera borrado la memoria y ella tuviera que repetir todos los pasos. Tenía ganas de gritar.

—Oh, Piper —susurró Afrodita, mirando a su hija con lástima.

Mientras Artemisa bufaba, molesta con toda esa tontería del amor y similar.

Jason estaba a su lado: aquellos ojos de color azul celeste, aquel cabello rubio rapado, aquella bonita cicatriz sobre su labio superior. Su cara era agradable y dulce,

Reyna hizo una mueca. Por un lado estaba de acuerdo con la hija de Venus (Afrodita), pero por otro pensaba que se equivocaba. Jason también poseía el porte y el rostro de un digno emperador romano, aparte de un aire de majestuosidad dignas del hijo del rey de los dioses, pero era evidente que ese tiempo con los griegos había perdido parte de ese aire de majestuosidad que poseía.

pero siempre un poco triste. Miraba fijamente al horizonte sin reparar en ella.

Mientras tanto, Leo estaba fastidiando como siempre.

—¡Eh!

—¡Pero si siempre estás fastidiando! —exclamó Piper a la defensiva.

—¡Cómo mola! —Escupió una pluma de pegaso—. ¿Adónde vamos?

—A un sitio seguro —contestó Annabeth—. El único sitio seguro para chicos como nosotros. El Campamento Mestizo.

—¿Mestizo?

Piper se puso inmediatamente en guardia. Odiaba esa palabra. La habían llamado mestiza demasiadas veces —medio cherokee, medio blanca—, y nunca como un cumplido.

—Oh. Yo no lo decía en ese sentido —se apresuró a decir Annabeth.

—Lo sé. Lo sé.

—¿Es una broma de mal gusto?

—No —respondió Leo.

—En realidad me sorprende que el Campamento Mestizo no se llame algo así cómo "Campamento Zeus" —dijo Percy—. Ya que el campamento romano se llama Campamento Júpiter...

—En realidad mi hermano quería llamarlo Campamento Zeus —explicó Poseidón—. Al final conseguimos convencerle que no lo hiciera.

—Se refiere a que somos semidioses —dijo Jason—. Medio dioses, medio mortales.

—Yo sigo diciendo que no me siento muy divino —dijo Leo.

Annabeth miró atrás.

—Parece que sabes mucho, Jason. Sí, hablo de semidioses. Mi madre es Atenea, la diosa de la sabiduría.

Reyna hizo una mueca. Aún no se explicaba como es que una diosa virgen como Minerva era capaz de tener hijos.

Butch es hijo de Iris, la diosa del arcoíris.

—Bueno, el tatuaje del arcoíris no daba una pista —dijo Apolo.

Leo se atragantó.

—¿Tu madre es la diosa del arcoíris?

—¿Algún problema? —dijo Butch.

—No, no —contestó Leo—. Arcoíris. Muy masculino.

—Nosotros hemos conocido a Iris —dijo Frank de repente.

—Frank, ¿a qué viene eso? —preguntó Hazel.

—Nada. Solamente quería decirlo.

—Butch es nuestro mejor jinete —informó Annabeth—. Se lleva muy bien con los pegasos.

Percy carraspeó.

—¡Tú no cuentas, Sesos de algas! —exclamó Annabeth—. Tú puedes hablar con los caballos.

—Arcoíris, ponis… —murmuró Leo.

—¿Pensando en My Little Pony? —preguntó Percy con diversión.

—Te voy a tirar del carro —le advirtió Butch.

—Ya le han gastado suficientes bromas sobre eso —dijo Annabeth.

—Semidioses… —musitó Piper—. ¿Quieres decir que crees que sois…?, ¿ que crees que somos…?

—No lo creen. Lo son —dijo Hermes.

Cayó un relámpago. El carro se sacudió, y Jason gritó:

—¡La rueda izquierda está ardiendo!

Inmediatamente todos miraron a Zeus.

—¿Qué? ¿Para que demonios iba yo a atacar el carro?

Todos se dieron cuenta de que el dios tenía razón.

Piper retrocedió. Efectivamente, la rueda estaba encendida, y llamas blancas lamían el costado del carro.

El viento rugió. Piper miró hacia atrás y vio unas figuras oscuras formándose en las nubes, más espíritus de la tormenta que descendían en espiral hacia el carro, solo que aquellos parecían más caballos que ángeles.

—¿Por qué están…? —comenzó a decir.

—Los anemoi adoptan distintas formas —dijo Annabeth—. A veces de humanos, otras de caballos, dependiendo de lo caóticos que sean.

—Adivino. Son más caóticos en forma de caballo —dijo Leo.

—¿Qué? ¡No! —exclamó Poseidón—. Son más caóticos en forma humana.

Agárrate. Esto se va a poner feo.

Butch sacudió las riendas. Los pegasos aceleraron bruscamente, y el carro se volvió borroso. A Piper le subió el estómago a la garganta. Todo se oscureció y, cuando recuperó la visión normal, estaban en un lugar totalmente distinto.

Un frío mar gris se extendía por la izquierda. Campos, carreteras y bosques cubiertos de nieve se dispersaban por la derecha. Justo debajo de ellos había un valle verde, como una isla primaveral, bordeada de colinas nevadas por tres lados y de agua por el norte.

Percy sonrió ante la visión del Campamento Mestizo. Dioses, como lo echaba de menos. Tenía ganas de volver ahí y ver al resto. A Nico, a Quirón, a Rachel, a Will, a los Stoll, a Katie, a Clarisse (puede que a ella menos). También tenía ganas de ver Grover (cuando viniese de su trabajo como Señor de lo Salvaje) y a Thalia (cuando visitase el campamento con el resto de las cazadoras de Artemisa).

Piper vio un grupo de edificios semejantes a antiguos templos griegos, una mansión azul, campos de deporte, un lago y un muro de escalada que parecía estar ardiendo. Pero antes de que pudiera asimilar todo lo que estaba viendo, las ruedas se desprendieron y el carro cayó del cielo.

—Por supuesto no podían tener una llegada tranquila —murmuró Deméter.

Annabeth y Butch intentaron conservar el control. Los pegasos se esforzaron por mantener la trayectoria de vuelo, pero parecían agotados por la velocidad, y cargar con el carro y el peso de cinco personas era excesivo.

—Sinceramente me parece increíble que no hayáis salido volando del carro —comentó Percy.

—¡El lago! —gritó Annabeth—. ¡Intentad llegar al lago!

Piper se acordó de que en una ocasión su padre le había dicho que caer en el agua desde una altura elevada era tan grave como caer sobre cemento.

—En realidad, al ser semidioses, tenemos más resistencia que una persona normal —dijo Annabeth.

—¿De verdad? —preguntó Piper, puesto que era la primera vez que escuchaba eso.

—Sí, aunque no te imagines que mucha más —respondió Annabeth—. Pero al menos fue suficiente como para no acabar muy hechos polvos al impactar contra el lago.

Y entonces… BUM.

La peor impresión fue el frío. Estaba debajo del agua, tan desorientada que no sabía hacia dónde quedaba la superficie.

Jason, Annabeth y Leo asintieron con ella, recordando la experiencia del chapuzón de emergencia.

Solo le dio tiempo a pensar: «Esta sería una estúpida forma de morir». Entonces aparecieron unas caras en las tinieblas verdosas: unas chicas con el cabello moreno y largo y unos brillantes ojos amarillos.

—Suerte que las náyades os ayudaron —dijo Percy—. Son muy agradables.

—Son agradables contigo porque eres hijo de Poseidón —replicó Annabeth.

Sonrieron a Piper, la agarraron por los hombros y la levantaron.

La arrojaron a la orilla mientras ella boqueaba y temblaba.

—Aunque les falta un poquito de delicadeza —admitió el hijo de Poseidón.

Butch estaba cerca, en el lago, cortando los arreos destrozados de los pegasos. Por suerte, los caballos parecían encontrarse bien, pero agitaban las alas y salpicaban agua por todas partes. Jason, Leo y Annabeth ya estaban en la orilla, rodeados de chicos que les daban mantas y les hacían preguntas. Alguien cogió a Piper por los brazos y la ayudó a levantarse. Al parecer, a menudo caían chicos al lago,

—Unos doce o trece a la semana —dijo Annabeth.

—Ya me di cuenta —respondió Piper, recordando que ella misma se había acabado dando un chapuzón improvisado cuando el pegaso con el que volaba, decidía que era divertido dar una cabriola sobre el lago.

pues se acercaron corriendo con unos grandes artilugios de bronce que parecían sopladores de hojas y lanzaron aire caliente a Piper; al cabo de un par de segundos, su ropa estaba seca.

Había como mínimo veinte campistas arremolinados

—¿Solamente veinte? —preguntó Hazel con algo de asombro.

—Es que no estaban todos ahí. Solamente los que tenían algo de tiempo libre en ese momento —aclaró Annabeth.

—el más pequeño, de unos nueve años

—Vaya, es raro encontrar un semidiós tan joven en el campamento —comentó Hermes—. ¿A qué edad llegasteis vosotros? —preguntó a Percy y a Annabeth.

—Yo a los doce —respondió Percy—. Tras matar al Minotauro.

Poseidón hizo un ruidito extraño y sacó, sabrá él de dónde, unas pastillas contra la ansiedad.

—Me parece que voy a necesitarlas en algún momento —murmuró el dios.

—Yo a los siete —dijo Annabeth—. Mientras huía de una jauría de monstruos junto a dos semidioses y un sátiro.

Atenea palideció.

—Poseidón, pásame unas cuantas de esas pastillas —le pidió.

Así lo hizo Poseidón.

y el mayor, con edad de estudiar en la universidad, dieciocho o diecinueve—, y todos llevaban camisetas naranja como la de Annabeth. Piper miró atrás en dirección al agua y vio a las extrañas chicas justo por debajo de la superficie, con el pelo flotando en la corriente. La saludaron con la mano y desaparecieron en las profundidades del lago. Un segundo más tarde, los restos del carro fueron expulsados del agua y cayeron cerca con un crujido.

—Estaba pensando... ¿ese carruaje no sería...? —Percy miró a su novia.

—Lo era.

—No le gustó, ¿verdad?

—No le gustó.

—¡Annabeth! —Un chico con un arco y un carcaj

—¡Hijo mío! —exclamó Apolo con una sonrisa.

—¿Cómo sabes que es hijo tuyo? —preguntó Hefesto.

—Porque lleva un arco y un carcaj —respondió Apolo como si el dios de la forja fuese estúpido—. Y solamente mis hijos usan eso... A menos que mi hermanita haya roto sus votos y ahora este teniendo hijos semidioses a diestro y siniestro.

—¡Por favor, decidme que Artemisa ha roto sus votos! —suplicó Afrodita a los semidioses.

Mientras Artemisa ya había puesto una flecha plateada en su arco y ahora estaba considerando si disparar al imbécil de Apolo o a la idiota de Afrodita.

—Artemisa sigue igual de virgen y pura que el primer día —dijo Percy.

a la espalda se abrió paso a empujones entre el gentío—. ¡Te dije que podías tomar prestado el carro, no destruirlo!

—No sé de que habla si somos semidioses —dijo Percy—. Si lo destruimos todo.

—Lo siento, Will —dijo Annabeth suspirando—. Lo arreglaré, te lo prometo.

Will contempló su carro roto con mala cara. Acto seguido evaluó a Piper, a Leo y a Jason.

—¿Estos son los elegidos?

—Ahora me siento importante —dijo Leo.

—Lástima que solamente seas el chico de las reparaciones —replicó Piper.

Pasan de largo de los trece años. ¿Por qué no los han reconocido ya?

—¿Reconocido? —preguntó Leo.

Antes de que Annabeth pudiera explicarlo, Will dijo:

—¿Alguna señal de Percy?

—No —admitió Annabeth.

Los campistas comenzaron a murmurar. Piper no tenía ni idea de quién era el tal Percy, pero parecía que su desaparición era muy importante.

—Vaya, no sé como sentirme —dijo Percy mientras se sonrojaba—. No creo que yo valga tanto la pena, la verdad.

Otra chica dio un paso adelante: alta, asiática, con el cabello moreno ensortijado, llena de joyas y perfectamente maquillada.

—Drew —gruñó Piper, recordando a su media hermana.

De algún modo lograba que los vaqueros y la camiseta naranja parecieran glamurosos.

—Hija mía —declaró Afrodita, aunque estaba algo curiosa ya que se había percatado que a Piper parecía no caerle bien. Esperaba que no fuese el caso. Odiaba que sus hijos estuviesen peleados, cómo esa vez en la que Anteros y Eros se pelearon por la atención de una dríade.

Lanzó una mirada a Leo, clavó la vista en Jason como si fuera digno de su atención y, a continuación, miró a Piper haciendo una mueca de desprecio, como si fuera un burrito de hacía una semana salido de un contenedor de la basura. Piper conocía aquel tipo de chica. Había tratado con muchas como ella en la Escuela del Monte y el resto de estúpidos colegios a los que la había mandado su padre. Piper supo en el acto que iban a ser enemigas.

—Preferiría que no fueses enemiga de tu hermana, cariño —suspiró Afrodita.

—Y yo lo intento, mamá —aseguró Piper—. Pero es que Drew es más molesta que un grano en el culo.

—Bueno —dijo la chica—, espero que merezcan las molestias.

—¿Qué merezcan las molestias? —repitió Belona con un bufido—. Me parece que cualquier semidiós merece la molestia.

Leo resopló.

—Vaya, gracias. ¿Qué somos, tus nuevas mascotas?

—Seguramente eso es lo que se piensa —dijo Piper.

—En serio —dijo Jason—. ¿Qué tal si nos dais unas respuestas antes de empezar a juzgarnos? Por ejemplo, ¿qué es este sitio, dónde estamos y cuánto tenemos que quedarnos?

—Es el Campamento Mestizo, estáis en Long Island y os tenéis que quedar hasta ser lo suficientemente mayores u os manden a una misión y muráis en ella —respondió Percy.

—¡Gracias por responder! —exclamó Jason.

Piper se hacía las mismas preguntas, pero la invadió una oleada de inquietud.

«Merezcan las molestias». Si supieran el sueño que había tenido… No tenían ni idea.

—Jason —dijo Annabeth—, te prometo que contestaremos a tus preguntas. Y Drew… —miró a la chica glamurosa con el entrecejo fruncido—, todos los semidioses merecen ser salvados.

—Exactamente —dijo Hestia.

Pero reconozco que el viaje no ha dado de sí lo que yo esperaba.

—Oye —dijo Piper—, nosotros no hemos pedido que nos trajerais aquí.

—Creo que en realidad casi nadie ha pedido ir al campamento —dijo Percy—. Casi todos hemos acabado allí debido a las circunstancias.

Drew se sorbió la nariz.

—Aquí nadie os quiere, cariño.

—Habla por ti. Todo el mundo quiere al gran Leo Valdez —dijo Leo en tono presumido.

¿Siempre llevas el pelo como si fuera un tejón muerto?

—Desde luego es muy desagradable —murmuró Hazel con el ceño fruncido.

—No lo sabes tú bien —dijo Piper.

Piper dio un paso adelante, dispuesta a darle una bofetada, pero Annabeth dijo:

—Quieta, Piper.

Piper obedeció. Drew no le asustaba lo más mínimo, pero Annabeth no parecía alguien con quien le conviniera enemistarse.

—Muy bien visto —dijo Percy—. Yo he aprendido hace tiempo a no llevarle la contraria a Annabeth, a menos que quiera que se ponga en plan ha-mazan* conmigo.

—¿Ha-maqué? —dijo Leo.

—Ha-mazan. Es un término persa —explicó Annabeth, sorprendida de que Percy recordase eso.

—Tenemos que hacer sentir bien recibidos a los recién llegados —dijo Annabeth, lanzando otra mirada penetrante a Drew—. Les asignaremos un guía a cada uno y les enseñaremos el campamento. Con suerte, esta noche en la fogata los reconocerán.

—¿Cuanto tiempo tardamos en reconoceros? —preguntó Hermes.

—Pues depende —respondió Percy—. Suele ser entre un día y cinco, más o menos. Aunque antes de la guerra contra Cronos —la temperatura de la sala descendió drásticamente ante el nombre del Señor del Tiempo—, solíais tardar años en hacerlo.

Eso hizo que los dioses, al menos los dioses con hijos mestizos, se sintiesen mal.

—¿Alguien quiere hacer el favor de decirme qué significa «reconocer»? —preguntó Piper.

De repente hubo un grito ahogado colectivo. Los campistas retrocedieron. Por un momento Piper pensó que había hecho algo malo, pero luego se dio cuenta de que sus caras estaban bañadas de una extraña luz roja, como si alguien hubiera encendido una antorcha detrás de ella. Se volvió y casi se quedó sin respiración.

Flotando sobre la cabeza de Leo había una deslumbrante imagen holográfica: un martillo en llamas.

A pesar de que no hacía falta, Hefesto chasqueó los dedos y encima de la cabeza de Leo apareció la imagen holográfica de un martillo en llamas.

—Eso —dijo Annabeth— es reconocer.

—Pregunta resuelta —dijo Apolo.

—¿Qué he hecho? —Leo retrocedió en dirección al lago. Entonces alzó la vista y gritó—: ¿Me arde el pelo?

—Normal que piense eso. Normalmente nadie se esperaría a que una imagen apareciese sobre su cabeza —comentó Lupa.

Se agachó, pero la imagen lo siguió dando brincos y serpenteando de tal forma que parecía que estuviera intentando escribir algo en llamas con la cabeza.

—Yo tengo que admitir que estaba creyendo que Leo intentaba dibujar algo —dijo Jason.

—Esto no puede ser bueno… —murmuró Butch—. La maldición…

—¿Qué maldición? —preguntó Hefesto, ligeramente preocupado por sus hijos.

—Imagino que ya saldrá en los libros —respondió Leo.

—Cállate, Butch —lo interrumpió Annabeth—. Leo, has sido reconocido…

—Por un dios —continuó Jason—. Es el símbolo de Vulcano, ¿verdad?

—Por si no eras ya lo suficientemente sospechoso —bufó Hera.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

—Jason —dijo Annabeth con cautela—, ¿cómo lo has sabido?

—No estoy seguro.

—¿Vulcano? —preguntó Leo—. Ni siquiera me gusta Star Trek. ¿De qué estáis hablando?

—De Star Trek te aseguro que no —respondió Hermes.

—Vulcano es el nombre romano de Hefesto —dijo Annabeth—, el dios de los herreros y el fuego.

Es irónico que mi padre sea el dios del fuego pensó Leo con una sonrisa vacía.

El martillo en llamas desapareció, pero Leo siguió dando manotazos al aire como si tuviera miedo de que le estuviera siguiendo.

—¿El dios de qué? ¿Quién?

—De los herreros y el fuego —respondió Apolo.

—Hefesto —dijo Hermes.

Annabeth se volvió hacia el chico del arco.

—Pero si ya te han dicho que se llama Will —se quejó el dios del sol, un poco molesto de que Piper llamase a su hijo "chico del arco".

—Will, ¿puedes llevarte a Leo y hacerle un recorrido por el campamento? Preséntale a sus compañeros de la cabaña nueve.

—Claro, Annabeth.

—¿Qué es la cabaña nueve? —preguntó Leo—. ¡Y yo no soy un vulcaniano!

—Tengo mis dudas —dijo Frank.

—Vamos, señor Spock, te lo explicaré todo.

—¡Pero si ya he dicho que no me gusta Star Trek! —se quejó Leo.

Will le puso una mano en el hombro y lo llevó hacia las cabañas.

Annabeth centró su atención de nuevo en Jason. Normalmente a Piper no le gustaba que otras chicas miraran a su novio, pero a Annabeth no parecía importarle que fuera un chico guapo. Lo observaba más bien como si fuera un plano complejo.

—Annabeth observa a todos de esa manera. Sobre todo a mí —dijo Percy.

—Es que tú eres más que un plano complejo, Percy —dijo Reyna.

Al final, dijo:

—Extiende el brazo.

Piper vio lo que estaba mirando y abrió los ojos como platos.

—Vaya, Reina de la belleza, ya sabemos que te gusta Jason. Pero tampoco hacía falta que te sorprendas cada vez que le veas los brazos desnudos —dijo Leo, causando la risa del resto de la sala.

Jason se había quitado el impermeable después de caer al lago y se había quedado con los brazos descubiertos. En la cara interior del antebrazo derecho tenía un tatuaje.

Jason se arremangó la manga de la chaqueta que llevaba y observó su tatuaje de la legión. Doce líneas, un águila y las letras SPQR.

Percy, Reyna, Frank y Hazel observaron también sus tatuajes. Annabeth, al ver el de su novio, sintió una molestia desagradable en el estómago. Allí estaba la prueba de que Percy había sido alejado de su familia, los griegos, y había hallado una nueva en los romanos.

¿Cómo es que Piper no se había fijado antes en él? Había mirado los brazos de Jason un millón de veces. El tatuaje no podía haber aparecido sin más, pero estaba grabado con tinta oscura, imposible de pasar por alto: una docena de líneas rectas como un código de barras, y encima, un águila con las letras SPQR.

—Senatus Populus Que Romanus —murmuró Lupa.

—El Senado y el Pueblo de Roma —asintió Belona.

—Nunca había visto unas marcas como esas… —dijo Annabeth—. ¿Dónde te las hicieron?

—En el Campamento Júpiter —respondió Jason.

Jason negó con la cabeza.

—Me estoy cansando de decirlo, pero no lo sé.

—Pero si eso no es una novedad —dijo Reyna.

—Muy graciosa, Reyna —soltó el hijo de Júpiter en tono sarcástico.

Los otros campistas avanzaron, intentando echar un vistazo al tatuaje de Jason. Las marcas parecieron molestarles mucho, como si fueran una declaración de guerra.

—Normal, es un símbolo romano en territorio griego —dijo Atenea.

—Parecen quemadas en la piel —comentó Annabeth.

—Es que son quemadas en la piel —dijo Reyna.

—Pues me parece una tontería —replicó Annabeth.

—Para un griego seguramente lo sea. Seguramente no aguantaríais el dolor. Solamente los romanos podemos soportarlo —dijo Reyna, dirigiendo una mirada a Percy y después a Annabeth. La hija de Atenea entendió ese gesto: "Percy es más romano que griego". Tuvo que usar todo su autocontrol para no sacar su cuchillo de Bronce celestial y clavárselo en el cuello a la hija de Belona.

—Reyna, los griegos somos más duros de lo que parecemos —le advirtió Percy.

Annabeth no pudo evitar mandarle una mirada de suficiencia a Reyna al oír a Percy decir "somos".

—Así me las hicieron —dijo Jason. A continuación hizo una mueca como si le doliera la cabeza—. Quiero decir… eso creo. No me acuerdo.

Nadie dijo nada. Estaba claro que los campistas consideraban a Annabeth su líder.

—En realidad el líder es Percy —dijo Annabeth, mientras Percy negaba con la cabeza.

Estaban esperando su veredicto.

—Tiene que ir a ver a Quirón —decidió Annabeth finalmente—. Drew, ¿quieres…?

—¿De verdad tenías que mandarla a ella? —preguntó Frank—. Apenas sé nada de ella, y ya me doy cuenta de que no es la mejor opción.

—No lo pensé bien, la verdad —respondió Annabeth.

—Por supuesto —Drew entrelazó su brazo con el de Jason—. Por aquí, cariño. Te presentaré a nuestro director. Es un tipo… interesante.

Percy bufó.

—Quirón es mucho más que interesante.

Lanzó a Piper una mirada de suficiencia y llevó a Jason a la gran casa azul de la colina.

La multitud empezó a dispersarse por el campamento hasta que solo quedaron Annabeth y Piper.

—¿Quién es Quirón? —preguntó Piper—. ¿Se ha metido Jason en un lío?

Annabeth vaciló.

—Buena pregunta, Piper. Ven, te llevaré de visita. Tenemos que hablar.

Antes de que Hestia pudiese continuar leyendo, hubo un destello de luz y de él surgió un chico escuálido de cabello negro y ojos oscuros. Vestía todo de negro, con una chaqueta de aviador encima y de su cinturón colgaba una espada hecha de Hierro estigio.

—¡Eh, Nico! —saludó Percy, mientras Hades empezaba a sudar al darse cuenta de la identidad del recién llegado.

—¿Percy? —murmuró Nico, sorprendido.

Percy se acercó a él y le rodeo el cuello con un brazo.

—Tú, pequeño bastardo. Mira que no decirme nada cuando nos vimos.

—N-no creí que sería buena idea con tu falta de memoria y todo —se defendió Nico.

Zeus, un poco harto, decidió interrumpir la conversación entre ambos primos.

—Chico, preséntate.

Por supuesto eso dejó confundido a Nico, pero Percy le susurró al oído que estaban en el pasado. Una vez dicho eso, Nico hizo una rápida reverencia y se presentó:

—Soy Nico di Angelo. Hijo de Hades...

—¡Así que has roto el juramento! —gritó Zeus tomando su Rayo maestro. Desde hacía tiempo quería volar algo por los aires.

—¡Un momento! —exclamó Nico—. Nací antes del juramento, así que mi padre no ha roto nada.

Zeus volvió a guardar su Rayo maestro con pena.

—Sigo. Soy consejero de la cabaña 13 del Campamento Mestizo.

—Y no te olvides del rollo de Embajador de Plutón —le susurró Percy a Nico en voz alta. Nico fulminó a Percy con la mirada.

—¿Embajador de...? Chico, ¿qué tienes que ver con los romanos? —preguntó Hades.

—Historia muy larga —respondió su hijo.

—Ya veo... ¿Y cómo esta tu hermana? —preguntó Hades interesado en Bianca.

Nico se quedó en silencio durante unos segundos.

—Se unió a las cazadoras y murió —respondió al final.

—Oh... —Hades bajó la cabeza, entristecido por la muerte de su hija—. Hestia, hermana, sigue leyendo.

—Por supuesto —asintió la diosa del hogar.

Piper no tardó en darse cuenta de que Annabeth no tenía ganas de llevarla de visita.

Annabeth no pudo evitar sonrojarse. Ella había intentado que no le notase.

Le habló de todas las cosas increíbles que ofrecía el campamento —tiro con arco mágico

—También puedes hacerlo con arco normal —dijo Apolo

, monta de pegasos, el muro de lava, pelea con monstruos—, pero no mostraba entusiasmo, como si tuviera la cabeza en otra parte. Señaló el pabellón del comedor al aire libre con vistas al estrecho de Long Island. (Sí, Long Island, Nueva York ; habían viajado tan lejos en el carro).

—Los pegasos pueden ser sorprendentemente rápidos —dijo Reyna, quién al poseer uno, Escipión, era consciente de su velocidad.

Annabeth le explicó que el Campamento Mestizo era principalmente un campamento de verano, pero que algunos chicos se quedaban allí todo el año, y habían acogido a tantos campistas que siempre estaba lleno, incluso en invierno.

Percy y Annabeth se miraron, ambos pensando en lo mismo. ¡Y pensar que hacía tan solo un año el número de campistas era mucho menor!

Piper se preguntaba quién dirigía el campamento

—Quirón —respondieron los griegos y Jason.

y cómo habían sabido que el sitio de Piper y sus amigos estaba allí

—Fácil. ¿Sois semidioses griegos? Vuestro lugar es allí —señaló Perséfone.

. Se preguntaba si tendría que quedarse a tiempo completo o si se le darían bien las actividades. ¿Podías salir del centro sin haber luchado contra monstruos?

—Con un poco de suerte. sí —respondió Annabeth—. Aunque es mucho mejor que pelees contra monstruos, para prepararte.

Un millón de preguntas le bullían en la cabeza, pero, dado el humor de Annabeth, decidió quedarse callada.

Mientras subían una colina situada en las afueras del campamento, Piper se volvió y contempló la increíble vista del valle: la gran extensión de bosque hacia el noroeste, una playa preciosa, el arroyo, el lago con canoas, los exuberantes campos verdes y toda la distribución de las cabañas, una extraña colección de edificios dispuestos como la letra omega griega, Ω, con una curva formada por cabañas alrededor de un prado central y dos alas que asomaban a cada lado en la parte inferior. Piper contó veinte cabañas en total.

—¿Veinte? —repitió Hades, confuso—. Se supone que en el campamento solamente hay doce cabañas.

—Eso era antes. Ahora hay cabañas para los dioses menores y para ti, papá —respondió Nico.

Una emitía un brillo dorado; otra, plateado.

Los arqueros gemelos sonrieron ante la mención de sus respectivas cabañas.

Una tenía hierba en el tejado.

Deméter asintió.

Otra era de vivo color rojo y tenía zanjas con alambre de espino.

Ares sonrió con arrogancia.

Una cabaña era negra y tenía antorchas verdes encendidas en la fachada.

—Esa es la de cabaña 13, la de Hades —dijo Nico.

En conjunto parecía un mundo distinto de las colinas nevadas y los campos del exterior.

—El valle está protegido de los ojos de los mortales —explicó Annabeth—. Como puedes ver, el clima también está controlado. Cada cabaña representa a un dios griego: un lugar para que vivan los hijos de cada dios.

—Eso es un poco triste, ¿no? —dijo Hazel—. Por ejemplo Percy y mi hermano, Nico, se quedarían solos en sus cabañas, ¿no?

—Es mejor que lo dejemos sí, para evitar conflictos —aclaró Annabeth—. Por ejemplo, un hijo de Atenea y un hijo de Ares encerrados en una misma cabaña durante demasiadas horas, no suele ser bueno.

Miró a Piper como si estuviera intentando evaluar cómo asimilaba la noticia.

—¿Estás diciendo que mi madre era una diosa?

—Has tardado en darte cuenta —dijo Hermes.

Annabeth asintió.

—Te lo estás tomando con mucha tranquilidad.

Piper no podía contarle por qué. No podía reconocer que eso no hacía más que confirmar las extrañas sensaciones que llevaba años experimentando,

Aunque eso de que fuese una diosa pensó Piper.

las discusiones que había mantenido con su padre con respecto a la ausencia de fotos de su madre en casa, y al motivo por el que su padre se negaba a decirle exactamente cómo y por qué los había abandonado su madre. Pero, por encima de todo, el sueño le había advertido de que se avecinaba ese momento. «Dentro de poco te encontrarán, semidiosa —había dicho aquella voz cavernosa—. Cuando lo hagan, sigue nuestras instrucciones. Colabora, y tu padre vivirá».

—Eso de tu padre vivirá suena muy chungo —dijo Frank.

—Pero que muy chungo —asintió Leo.

Piper inspiró de forma temblorosa.

—Supongo que, después de esta mañana, es un poco más fácil de creer. Entonces, ¿dónde está mi madre?

—Lo más probable que en un centro comercial —respondió Atenea.

—Dentro de poco deberíamos saberlo —dijo Annabeth—. Tú tienes… ¿cuántos años…? ¿Quince? Se supone que los dioses te reconocen cuando tienes trece años. Ese era el trato.

—¿Trato?

—¿El trato?

—El verano pasado hicieron una promesa… Bueno, es una larga historia…, pero prometieron que no seguirían desentendiéndose de sus hijos semidioses y que los reconocerían cuando cumplieran trece años.

—Me pregunto que sucedió para que hiciéramos esa promesa —murmuró Ares.

—La guerra contra Cronos —respondió Percy—. Dado que los dioses estaban dejando de lado a sus hijos, estos fueron acumulando rencor contra ellos y se unieron a los titanes para derrocar a los dioses.

—Aunque creo que más bien lo hacían para tener un lugar donde pertenecer —dijo Annabeth.

A veces tardan un poco más, pero ya has visto lo rápido que han llamado a Leo cuando ha llegado. A ti debería pasarte lo mismo dentro de poco. Esta noche, en la fogata, seguro que tendremos una señal.

Piper se preguntaba si le aparecería un gran martillo en llamas encima de la cabeza o,

—No —dijeron Hefesto y Afrodita.

con la suerte que tenía, algo todavía peor. Un marsupial en llamas.

—Sería interesante. Pero no —dijo Ares.

Piper no sabía quién era su madre, pero no tenía motivos para pensar que fuera a enorgullecerse de reconocer a una hija cleptómana con montones de problemas.

—Oh, claro que me enorgullezco de ti, Piper —exclamó la diosa del amor.

—¿Por qué trece?

—Cuanto mayor te hagas —dij o Annabeth—, más se fijarán en ti los monstruos e intentarán matarte. Normalmente empieza en torno a los trece.

—Tiene sentido —asintió Poseidón.

Por eso mandamos protectores a los colegios para que os encuentren y os traigan al campamento antes de que sea demasiado tarde.

—¿Como el entrenador Hedge?

Annabeth asintió.

—Él es… era un sátiro:

—Me gusta como ya habla de él en pasado —dijo Hefesto.

—Bueno, no sabía si estaba vivo o no —se defendió Annabeth—. Y sinceramente las posibilidades son más de que este muerto que de lo otro.

mitad hombre, mitad cabra. Los sátiros trabajan para el campamento buscando semidioses, protegiéndolos y trayéndolos en el momento oportuno.

A Piper no le costó creer que el entrenador Hedge fuera mitad cabra. Le había visto comer.

—Ah, sí. Los sátiros tienen una manera muy peculiar de comer —dijo Percy, recordando a Grover.

Nunca le había caído muy bien, pero no se hacía a la idea de que se hubiera sacrificado para salvarlos.

—¿Qué ha sido de él? —preguntó—. Cuando subimos a las nubes… ¿desapareció para siempre?

—Es difícil de saber —Annabeth adoptó una expresión de dolor—. Los espíritus de la tormenta… son difíciles de combatir. Ni siquiera nuestras mejores armas, como el bronce celestial, los atraviesan a menos que los pilles por sorpresa.

—La espada de Jason los convirtió en polvo —recordó Piper.

—Pero eso es porque es hijo de Júpiter —respondió Belona.

—Entonces tuvo suerte. Si aciertas a un monstruo de pleno, puedes destruirlo y mandarlo de vuelta al Tártaro.

—¿El Tártaro?

—El lugar para veranear ideal —dijo Percy con sarcasmo, mientras pensaba que caer allí dentro era una experiencia que no quería vivir de ninguna manera.

Un repentino escalofrío le recorrió la columna vertebral.

—Un enorme abismo que hay en el inframundo, de donde proceden los peores monstruos. Una especie de pozo insondable del mal. De todas formas, una vez que un monstruo se destruye, normalmente tarda meses, incluso años,

Percy soltó un bufido. Aún recordaba como, apenas un mes después de haber matado al Minotauro por segunda vez en la Batalla de Manhattan, este había aparecido, sabían los dioses cómo, en el bosque del campamento mientras jugaban a un Captura la bandera con las cazadoras. El Minotauro había aparecido de repente mientras Percy se enfrentaba a Thalia y lo había atacado por sorpresa.

Fue una suerte que el hijo de Poseidón tuviese la Maldición de Aquiles, ya que el ataque del monstruo rebotó contra la piel de Percy. Después de eso Percy le cortó el cuello con Anaklusmos y Thalia lo remató de un flechazo entre ceja y ceja.

en poder regenerarse. Pero como ese espíritu de la tormenta, Dylan, ha escapado…, no veo por qué debería mantener a Hedge con vida. Sin embargo, Hedge era un protector. Conocía bien los riesgos. Los sátiros no tienen almas mortales. Se reencarnará en un árbol o en una flor, o en algo parecido.

—Me cuesta ver al entrenador Hedge convertido en algo así —dijo Leo.

Piper trató de imaginarse al entrenador Hedge como una mata de pensamientos muy furiosos.

—Sería algo digno de ver —asintió Jason.

Eso hizo que se sintiera todavía peor.

Contempló las cabañas, y la invadió una sensación de inquietud. Hedge había muerto para llevarla allí sana y salva. La cabaña de su madre estaba allí abajo, en alguna parte, lo que significaba que tenía hermanos y hermanas, más personas a las que tendría que traicionar. «Haz lo que te mandamos —le había dicho la voz —. O las consecuencias serán dolorosas». Se metió las manos debajo de los brazos, tratando de impedir que le temblaran.

—Todo irá bien —le prometió Annabeth—. Aquí tienes amigos. Todos hemos vivido muchas cosas raras. Sabemos lo que estás pasando.

«Lo dudo», pensó Piper.

—No te preocupes —dijo Percy—. ¿Qué hay un ser mitológico amenazándote? El campamento irá a partirle la cara por atreverse a meterse con una de los nuestros.

Aquella era una de las principales diferencias entre los dos campamentos. Puede que en el Campamento Júpiter fuesen más fuertes, pero carecían de esa unidad familiar que tenía el Campamento Mestizo.

—En los últimos cinco años me han echado de cinco colegios distintos —dijo—. Mi padre se está quedando sin escuelas.

—¿Solo cinco? —No parecía que Annabeth estuviera bromeando—.

—No lo hacía. A Percy le han echado ya de unas diez o así —dijo Annabeth mientras su novio asentía.

Piper, a todos nos han considerado chicos problemáticos. Yo me escapé de casa cuando tenía siete años.

Atenea hizo un ruidito estrangulado.

—¿De verdad?

—Oh, sí. A la mayoría de nosotros nos han diagnosticado trastorno hiperactivo por déficit de atención, o dislexia, o las dos cosas.

—Normalmente suelen ser las dos —dijo Percy.

—Leo tiene déficit de atención —dijo Piper.

—Así es. Eso es porque estamos condicionados para la batalla. Somos inquietos, impulsivos… no congeniamos con los chicos normales. Tendrías que oír todos los problemas que Percy… —Su rostro se ensombreció—. En fin, los semidioses tienen mala reputación. ¿En qué líos te has metido?

Normalmente, cuando alguien le hacía esa pregunta, Piper se ponía a discutir, o cambiaba de tema, o provocaba alguna distracción. Pero por algún motivo se sorprendió contando la verdad.

—Robo cosas —dijo—. Bueno, en realidad no las robo…

—Necesitamos más información —dijo el dios de los ladrones.

—¿Tu familia es pobre?

Piper se echó a reír con amargura.

—Ni siquiera eso. Lo hacía… no sé por qué. Para llamar la atención, supongo.

—Comprensible —dijo Perséfone.

Mi padre solo tenía tiempo para mí cuando me metía en líos.

Annabeth asintió.

—Lo entiendo. Pero has dicho que en realidad no robabas. ¿A qué te refieres?

—Eso queremos saber —dijo Hermes.

—Bueno…, nadie me cree nunca. La policía, los profesores… ni siquiera las personas a las que robo: se sienten tan incómodas que niegan lo que ha pasado. Pero la verdad es que no robo nada. Solo pido cosas a la gente. Y ellos me las dan. Incluso un BMW descapotable. Simplemente lo pedí. Y el del concesionario me dijo: «Claro. Llévatelo». Supongo que luego se dio cuenta de lo que había hecho. Entonces la policía vino a por mí.

Afrodita asintió, entendiendo que se debía a la embrujahabla de su hija.

Piper permaneció a la espera. Estaba acostumbrada a que la gente la llamara mentirosa, pero cuando alzó la vista, Annabeth se limitó a asentir con la cabeza.

—Eres una semidiosa. Estaba claro que eso tenía que ver con tus poderes —dijo Annabeth.

—Interesante. Si el dios fuera tu padre, diría que eres hija de Hermes, el dios de los ladrones. Puede ser muy convincente. Pero tu padre es mortal…

—Eso da igual. Por ejemplo mi hijo Teseo también era considerado hijo del rey de Atenea, Egeo —dijo Poseidón.

—Muy mortal —confirmó Piper.

Annabeth sacudió la cabeza, visiblemente desconcertada.

—Entonces no lo sé. Con suerte, tu madre te reconocerá esta noche.

Piper albergaba la esperanza de que así fuera. Si su madre era una diosa, ¿estaría al tanto de su sueño? ¿Sabría lo que le habían pedido que hiciera? Se preguntaba si los dioses del Olimpo lanzaban rayos a sus hijos por ser malos o si los enterraban en el inframundo.

—Si eres hijo de Zeus o de Hades probablemente si te pase eso —dijo Deméter.

Annabeth estaba observándola. Piper decidió que tendría que tener cuidado con lo que decía en adelante. Estaba claro que Annabeth era muy lista. Si alguien descubría el secreto de Piper…

—Vamos —dijo Annabeth al final—. Tengo que comprobar una cosa.

Siguieron caminando un poco más hasta que llegaron a una cueva situada cerca de la cima de la colina. El suelo estaba sembrado de huesos y espadas viejas. La entrada estaba flanqueada por antorchas y cubierta con una cortina de terciopelo con bordados de serpientes.

—¿Tenéis al oráculo allí? —preguntó Apolo con interés.

Parecía el escenario de una macabra función de marionetas.

—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Piper.

Annabeth asomó la cabeza y acto seguido suspiró y descorrió las cortinas.

—Ahora mismo, nada. Es la casa de una amiga. Llevo varios días esperándola, pero hasta ahora no he sabido nada de ella.

—¡Espera un momento! —exclamó Apolo—. ¿El oráculo tiene nuevo anfitrión? —Annabeth asintió—. ¡Mi oráculo ya no es una momia!

—¿Tu amiga vive en una cueva?

Annabeth casi logró esbozar una sonrisa.

—En realidad, su familia tiene un piso de lujo en Queens y ella va a un colegio privado para chicas en Connecticut, pero cuando está en el campamento vive en la cueva. Es nuestro oráculo: nos revela el futuro. Esperaba que pudiera ayudarme a…

—Encontrar a Percy —aventuró Piper.

Annabeth se quedó sin energía, como si hubiera estado aguantando lo máximo posible. Se sentó en una roca con una expresión de dolor sordo,

—Oh... —Afrodita miró con simpatía a Annabeth, mientras esta era reconfortada en los brazos de su novio.

y Piper se sintió como una mirona.

Se obligó a apartar la vista. Su mirada se desvió a la cima de la colina, donde había un pino solitario que dominaba el horizonte. Algo relucía en la rama más baja, como una alfombra de baño dorada y rizosa.

No…, no era una alfombra de baño. Era vellón de oveja.

—¿El Vellocino de Oro? —dijo Hera, dubitativa.

—Debe de ser una réplica o algo así —replicó su esposo.

—Es el auténtico —dijo Percy.

—¿Cómo...?

—Larga historia.

Vale, pensó Piper. Un campamento griego. Tienen una réplica del Vellocino de Oro.

Entonces se fijó en el pie del árbol. Al principio pensó que estaba envuelto en un montón de enormes cables morados, pero los cables tenían escamas de reptil, patas con garras y una cabeza de serpiente con los ojos amarillos y unos orificios nasales humeantes.

—Es… un dragón —dijo tartamudeando—. ¿Es el auténtico Vellocino de Oro?

Annabeth asintió con la cabeza, pero era evidente que no estaba escuchando. Dejó caer los hombros. Se frotó la cara y aspiró de forma temblorosa.

—Lo siento. Estoy un poco cansada.

—Pareces a punto de caer redonda —dijo Piper—. ¿Cuánto tiempo hace que buscas a tu novio?

—Tres días, seis horas y unos doce minutos.

—¿Eso ha sido un poco creepy o me lo parece a mí? —preguntó Leo.

—¿Y no tienes ni idea de lo que ha sido de él?

Annabeth negó con la cabeza tristemente.

—Estábamos muy entusiasmados porque los dos empezábamos las vacaciones de invierno pronto. Nos reunimos en el campamento el martes y calculamos que teníamos tres semanas para estar juntos. Iba a ser genial. Entonces, después de la fogata, él… me dio un beso de buenas noches,

—Awww... un beso de buenas noches —arrulló Afrodita mientras Artemisa ponía los ojos en blanco por esa tontería.

Percy y Annabeth se sonrojaron.

volvió a su cabaña y por la mañana había desaparecido. Buscamos por todo el campamento. Contactamos con su madre. Intentamos ponernos en contacto con él de todas las formas que se nos ocurrieron. Nada. Desapareció sin más.

«Hace tres días», estaba pensando Piper. La misma noche que ella había tenido el sueño.

—¿Cuánto tiempo llevabais juntos?

—Desde agosto —contestó Annabeth—. El 18 de agosto.

—El día de mi cumpleaños —dijo Percy.

—Casi cuando yo conocí a Jason —dijo Piper—. Pero nosotros solo hemos estado juntos unas cuantas semanas.

Annabeth hizo una mueca.

—Piper…, con respecto a eso…, tal vez deberías sentarte.

—Esto no le va a gustar —dijo Apolo.

Piper sabía lo que iba a pasar. Empezó a invadirle el pánico, como si sus pulmones se estuvieran llenando de agua.

—Oye, ya sé que Jason cree… cree que ha aparecido hoy mismo en el colegio, pero no es verdad. Hace cuatro meses que lo conozco.

—Yo no aventuraría tanto —replicó Reyna.

—Piper —dijo Annabeth con tristeza—, es la Niebla.

—¿Qué nieve?

—N-i-e-b-l-a. Una especie de velo que separa el mundo de los mortales del mundo mágico. Las mentes mortales no pueden procesar conceptos como los de los dioses o los monstruos, así que la Niebla altera la realidad. Hace que los mortales vean cosas de una forma que puedan entender: por ejemplo, sus ojos pasarían totalmente por alto este valle o mirarían ese dragón y verían un montón de cables.

Piper tragó saliva.

—No. Tú misma dijiste que yo no soy una mortal normal y corriente. Que soy una semidiosa.

—La Niebla también afecta a los semidioses —replicó Percy.

—Incluso los semidioses se pueden ver afectados. Lo he visto muchas veces. Los monstruos se infiltran en un sitio como un colegio, se hacen pasar por humanos, y todo el mundo cree acordarse de esa persona. Cree que siempre ha estado allí. La Niebla puede cambiar los recuerdos, incluso puede crear recuerdos de cosas que nunca han pasado…

—¡Pero Jason no es un monstruo! —insistió Piper—. Es un humano, o un semidiós, o como queráis llamarlo.

—Los semidioses también son capaces de controlar la Niebla —dijo Percy—. Por ejemplo mi amiga Thalia es capaz de hacerlo.

—No sabía que mi hermana podía controlar la Niebla —dijo Jason con sorpresa.

—¿Hermana? —Percy miró a Jason—. Cuando dices hermana... ¿te refieres a vuestro parentesco divino?

—En parte. Los dos tenemos la misma madre —respondió Jason.

—Así que tuviste dos hijos con la misma mortal —gruñó Hera a Zeus.

Este se puso nervioso y le pidió a su hermana que continuase la lectura.

Mis recuerdos no son falsos. Son muy reales. El día que prendimos fuego a los pantalones del entrenador Hedge. El día que Jason y yo vimos una lluvia de meteoritos en el tejado de la residencia y por fin conseguí que el muy tonto me besara…

Antes de que Hestia pudiese seguir leyendo, Jason tomó a Piper del rostro y la besó. Varios se pusieron a silbar. Unos cuantos segundos después, ambos se separaron, con las cara completamente rojas debido a una combinación de vergüenza y de falta de aire.

Se vio divagando, hablándole a Annabeth de todo el semestre en la Escuela del Monte. Le había gustado Jason desde la primera semana que se habían conocido. Era muy amable con ella y muy paciente, e incluso aguantaba al hiperactivo de Leo y sus estúpidas bromas. La había aceptado por sí misma y no la había juzgado por las estupideces que había hecho. Se habían pasado horas hablando, contemplando las estrellas y, con el tiempo… por fin… cogidos de la mano. Todo eso no podía ser falso.

Annabeth frunció los labios.

—Piper, tus recuerdos son mucho más nítidos que los de la mayoría. Lo reconozco, y no sé por qué, pero si tan bien lo conoces…

—Es normal si Hera ha manipulado directamente la memoria —dijo Apolo.

—¡Sí!

—Entonces, ¿de dónde es?

Piper se sintió como si le hubieran dado un golpe entre ceja y ceja.

—Debe de habérmelo contado, pero…

—Soy de San Francisco, aunque nací en Los Ángeles —respondió Jason.

—¿Te habías fijado alguna vez en su tatuaje antes de hoy? ¿Te ha hablado alguna vez de sus padres, o de sus amigos, o del último colegio al que ha ido?

—No… no lo sé, pero…

—Piper, ¿cómo se apellida?

Se quedó con la mente en blanco. No sabía el apellido de Jason. ¿Cuál podía ser?

—Grace —respondió el hijo de Júpiter.

Se echó a llorar. Se sentía como una perfecta idiota, pero se sentó en la roca al lado de Annabeth y se desmoronó.

—Oh, Piper... —susurró Afrodita mirando a su hija con lástima

Aquello era demasiado. ¿Tenían que quitarle todo lo bueno que había en su estúpida y deprimente vida?

«Sí —le había dicho el sueño—. A menos que hagas exactamente lo que te decimos».

—Oye —dijo Annabeth—. Lo resolveremos. Ahora Jason está aquí. ¿Quién sabe? A lo mejor lo vuestro funciona de verdad.

«Lo dudo»

—Claro que lo hará —replicó Jason.

, pensó Piper. No cuando el sueño le había contado la verdad.

Pero no podía decirlo.

Se enjugó una lágrima de la mejilla.

—Me has traído aquí arriba para que nadie me vea lloriqueando, ¿verdad?

—Eh, tenemos que ayudarnos entre chicas —dijo Annabeth, dándole un golpe amistoso a Piper en el hombro.

Annabeth se encogió de hombros.

—Imaginé que sería duro. Sé lo que es perder a tu novio.

—Pero sigo sin poder creer… Sé que teníamos algo. Y ahora ha desaparecido, como si él ni siquiera me reconociera. Si de verdad ha aparecido hoy por primera vez, entonces, ¿por qué? ¿Cómo ha acabado así? ¿Por qué no se acuerda de nada?

—Imagino que sería para hacer el intercambio en igualdad de condiciones o algo así —aventuró Atenea.

—Buenas preguntas —dijo Annabeth—. Con suerte, Quirón podrá resolverlo. Pero de momento tenemos que instalarte. ¿Estás lista para bajar?

Piper contempló la disparatada colección de cabañas del valle. Su nuevo hogar, una familia que supuestamente la entendía…, pero que al cabo de poco sería otro grupo de personas a las que decepcionaría, otro sitio del que la echarían. «Los traicionarás por nosotros —le había advertido la voz —. O lo perderás todo».

No tenía alternativa.

—Sí —mintió—. Estoy lista.

En el prado central había un grupo de campistas jugando a baloncesto. Eran unos tiradores increíbles. Ningún lanzamiento rebotaba en el aro. Los triples entraban automáticamente.

—Mis hijos —presumió Apolo.

—Mis cazadoras lo harían mucho mejor —replicó Artemisa.

—La cabaña de Apolo —explicó Annabeth—. Una panda de presumidos con armas de proyectiles: flechas, balones de baloncesto…

—¿A quién me recuerda? —se preguntó Atenea "pensativamente".

Pasaron por delante de un foso para fogatas, donde dos chicos estaban luchando entre ellos con unas espadas.

—¿Son espadas de verdad? —comentó Piper—. ¿No es peligroso?

—Si fuesen espadas falsas...¿dónde estaría la diversión? —dijo Nico

—De eso se trata. Lo has clavado —dijo Annabeth—.

—Menudo juego de palabras tan malo —comentó Hermes.

Perdón. Un juego de palabras muy malo. Esa de ahí es mi cabaña. La número seis.

Atenea sonrió ante la mención de su cabaña.

Señaló con la cabeza una construcción gris con una lechuza tallada en la puerta. A través de la puerta abierta, Piper vio estanterías, armas expuestas y una de esas pizarras informatizadas que tienen en las aulas. Dos chicas estaban dibujando un mapa que parecía un esquema de guerra.

—¿Captura la bandera? —aventuró Percy.

—Captura la bandera —confirmó Annabeth.

—¿Qué es Captura la bandera? —preguntó Frank.

—Es similar al Asedio de los Juegos de Guerra —respondió Percy—. Se juega dentro del bosque. Las cabañas se dividen en dos equipos y tratan de atrapar la bandera del equipo rival y llevarla a su territorio. La cabaña que consiga hacerse con la bandera contraria se verá libre de las tareas una semana.

—Hablando de espadas —dijo Annabeth—, ven aquí.

Llevó a Piper por el contorno de la cabaña, en dirección a un gran cobertizo metálico que parecía hecho para guardar herramientas de jardinería.

—Adivino. No hay herramientas de jardinería —dijo Lupa.

Annabeth lo abrió con una llave, pero dentro no había ninguna herramienta de jardinería, a menos que quisieras hacer la guerra en tus tomateras.

—Las tomateras son muy peligrosas —murmuró Leo con un temblor.

—¿Qué le sucede? —preguntó Hefesto mirando curioso a su hijo.

—Pues que una hija de Deméter, Miranda Gardiner, estaba bastante interesada en Leo por esa época —empezó a explicar Annabeth mientras Jason y Piper aguantaban la risa—. Y en una ocasión quiso mostrarle su control de poderes con una tomatera. ¿El resultado? Pues que un poco más y la tomatera estrangula a Leo. El pobre le cogió pánico a los tomates y a los hijos de Deméter.

El cobertizo estaba lleno de toda clase de armas, desde espadas a lanzas, pasando por porras como la del entrenador Hedge.

—Todo semidiós necesita un arma —dijo Annabeth—. Hefesto confecciona las mejores, pero nosotros también disponemos de una selección muy buena. En la cabaña de Atenea sabemos mucho de estrategia: cómo encontrar el arma adecuada para la persona adecuada. Veamos…

A Piper no le apetecía buscar objetos mortales, pero sabía que Annabeth estaba intentando ser amable con ella.

—Más que ser amable es que es completamente vital —dijo Reyna con un resoplido.

Annabeth le entregó una espada enorme que Piper apenas podía levantar.

—¿De verdad creías que eso le serviría? —preguntó Ares con una ceja levantada.

—A lo mejor Piper tenía una fuerza descomunal o algo así —se limitó a decir Annabeth.

—No —dijeron las dos al unísono.

Annabeth hurgó un poco más en el cobertizo y sacó otra cosa.

—¿Una escopeta? —preguntó Piper.

—Me gusta como suena eso —sonrió Ares.

—Una Mossberg 500 —Annabeth comprobó el sistema de carga como si no fuera nada del otro mundo—. No te preocupes. No hace daño a los humanos. Está modificada para disparar bronce celestial, así que solo mata monstruos.

—A mí me gustaría llevar una pistola. Pero Annabeth no me deja —dijo Percy.

—¿Cómo quieres que te dejé llevar una pistola si eres malisimo en el tiro con arco, Sesos de algas —replicó Annabeth.

—Bueno…, creo que no es mi estilo —dijo Piper.

—Hummm, sí —convino Annabeth—. Demasiado llamativa.

Puso la escopeta en su sitio y empezó a rebuscar en una hilera de ballestas cuando algo situado en el rincón del cobertizo llamó la atención de Piper.

—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Un cuchillo?

Annabeth lo sacó y sopló el polvo de la vaina. Parecía que no hubiera visto la luz del día desde hacía siglos.

—No lo sé, Piper —Annabeth parecía inquieta—. No creo que te interese. Las espadas suelen ser mejores.

—No creo que puedas decir mucho si tú misma llevas un cuchillo —señaló Hazel.

—Tú usas un cuchillo.

Piper señaló el que Annabeth llevaba sujeto al cinturón.

—Sí, pero… —Annabeth se encogió de hombros—. Bueno, échale un vistazo si quieres.

La vaina era de piel negra gastada, ribeteada de bronce. Nada lujoso ni llamativo. El mango de madera pulida encajaba perfectamente en la mano de Piper. Cuando desenvainó, halló una hoja triangular de unos cincuenta centímetros de largo; el bronce relucía como si lo hubieran bruñido el día anterior. Los bordes tenían un filo mortal.

—Un parazonio —dijo Atenea.

El reflejo de sí misma en la hoja la sorprendió.

—¿Esa no es Katoptris? —preguntó Afrodita,

Piper asintió.

Parecía mayor, más seria, no tan asustada como se sentía.

—Te sienta bien —reconoció Annabeth—. Este tipo de cuchillo se llama parazonio. Tenía un uso principalmente ceremonial y lo llevaban los oficiales de alto rango de los ejércitos griegos. Demostraba que eras una persona con poder y riqueza, pero en una pelea te podía proteger perfectamente.

—Me gusta —dijo Piper—. ¿Por qué no te parecía adecuado?

Annabeth suspiró.

—Este cuchillo tiene una larga historia. A la mayoría de la gente le daría miedo reclamarlo. Su primera dueña…, bueno, las cosas no le fueron muy bien. Se llamaba Helena.

—¿Helena? ¿Helena de Troya? —preguntó Frank.

Piper asimiló la información.

—Espera, ¿te refieres a la misma Helena en la que estoy pensando? ¿Helena de Troya?

Annabeth asintió.

—Pues sí. Era esa Helena —dijo el hijo de Marte.

De repente, Piper pensó que debería manejar la daga con guantes de cirujano.

—Prácticamente todas las armas deberían ser manejadas con guantes de cirujano —replicó el dios del sol.

—¿Y está en tu cobertizo?

—Estamos rodeados de cosas de la Antigua Grecia

—Lo cual resulta un poco raro —dijo Nico.

—dijo Annabeth—. Esto no es un museo. Las armas como esta están pensadas para ser usadas. Son nuestra herencia como semidioses. Esta daga fue un regalo de boda de Menelao, el primer marido de Helena. Ella la llamó Katoptris.

—¿Qué significa?

—Espejo —contestó Annabeth—. Probablemente porque era para lo único que la usaba Helena. No creo que haya sido usada nunca en combate.

—Es que la función de Katoptris funciona mejor fuera de combate —dijo Afrodita.

Piper miró de nuevo la hoja. Por un momento, su imagen la observó fijamente, pero luego el reflejo cambió.

Los que no sabían el poder de Katoptris se quedaron confundidos.

Vio llamas y una cara grotesca que parecía tallada en un lecho de roca. Oyó la misma risa que en su sueño. Vio a su padre encadenado, atado a un poste delante de una hoguera ardiente.

—Vaaaaaaale. Eso pinta muy mal —dijo Leo.

—¿Tú crees? —le preguntó Jason con burla.

Se le cayó el cuchillo.

—¿Piper? —Annabeth gritó a los hijos de Apolo que jugaban en el campo de deporte—. ¡Un médico! ¡Necesito ayuda!

—No, no pasa… nada —logró decir Piper.

—Yo diría que SÍ necesitas un médico —replicó su madre.

—¿Estás segura?

—Sí. Solo… —Tuvo que controlarse. Recogió la daga con los dedos temblorosos—. Solo me he sentido abrumada. Hoy han pasado muchas cosas. Pero… quiero quedarme la daga, si no hay ningún inconveniente.

Afrodita hizo una mueca. Preferiría que su hija no se llevase la daga. Pero algo le decía que le sería útil en el futuro.

Annabeth vaciló. A continuación despachó con la mano a los hijos de Apolo.

—De acuerdo, si estás segura. Te has quedado muy pálida. Creía que te había dado un ataque o algo parecido.

—De verdad estuvo a punto de dármelo —murmuró Piper para ella.

—Estoy bien —aseguró Piper, aunque todavía tenía el corazón acelerado—. ¿Hay … algún teléfono en el campamento? ¿Puedo llamar a mi padre?

—No creo. Los teléfonos mandan señales a los monstruos —dijo Hefesto.

Los ojos grises de Annabeth eran casi tan inquietantes como la hoja de la daga. Parecía estar calculando un millón de posibilidades, intentando leerle el pensamiento a Piper.

—No nos está permitido tener teléfonos —dijo—. Para la mayoría de los semidioses, usar un móvil es como mandar una señal que avisa a los monstruos de dónde estás. Pero… yo tengo uno —lo sacó del bolsillo—. Va contra las normas, pero si lo mantenemos en secreto…

—Aunque tengo la impresión de que Quirón lo sabe —dijo Annabeth.

—Puedes estar seguro de ello —asintió Percy.

Piper lo aceptó con gratitud, procurando que no le temblaran las manos. Se apartó de Annabeth y se volvió hacia la zona de recreo.

Llamó a la línea privada de su padre, aunque sabía lo que pasaría. El buzón de voz. Llevaba intentándolo tres días desde que había tenido el sueño. En la Escuela del Monte solo permitían usar el teléfono una vez al día, pero ella había llamado cada noche y no había conseguido nada.

—De acuerdo. No es buena señal —dijo Frank.

Marcó el otro número a regañadientes. La ayudante personal de su padre contestó inmediatamente.

—Oficina del señor McLean.

—Jane —dijo Piper, apretando los dientes

—Algo me dice que no te cae muy bien —dijo Hades.

—, ¿dónde está mi padre?

Jane permaneció callada un momento, probablemente preguntándose si le pasaría algo si colgaba.

—Por su bien espero que no lo haga —gruñó Afrodita.

—Piper, creía que no podías llamar desde el colegio.

—De llamar puede. Una vez al día, pero puede —dijo Poseidón.

—Tal vez no esté en el colegio —dijo Piper—. Tal vez me haya escapado y me haya ido a vivir entre los animales del bosque.

—Eso hubiese sido gracioso —dijo Hermes.

Por supuesto no lo era.

—Hummm —Jane no parecía preocupada—. Bueno, le diré que has llamado.

—¿Dónde está?

—Fuera.

—No lo sabes, ¿verdad? —Piper bajó la voz , con la esperanza de que Annabeth fuera lo bastante educada para no escuchar a escondidas

Percy miró a Annabeth.

—Escuchaste, ¿verdad?

—No —negó Annabeth. Percy levantó una ceja—. Solamente palabras sueltas que oía de casualidad.

—. ¿Cuándo vas a llamar a la policía, Jane? Podría estar en un aprieto.

—Piper, no vamos a convertir esto en un circo para los medios de comunicación. Estoy segura de que está bien. De vez en cuando desaparece, pero siempre vuelve.

—Así que es verdad. No sabes…

—Tengo que dejarte, Piper —le espetó—. Que te lo pases bien en el colegio.

La línea se cortó.

—Más le vale que no me la encuentre nunca o... —soltó Afrodita con molestia.

Piper soltó una maldición. Volvió junto a Annabeth y le devolvió el teléfono.

—¿No ha habido suerte? —preguntó Annabeth.

Piper no contestó. Tenía miedo de echarse a llorar otra vez.

Annabeth echó un vistazo a la pantalla del teléfono y vaciló.

—¿Te apellidas McLean? Perdona, no es asunto mío, pero me resulta muy familiar.

—Y tanto que me resultaba familiar —murmuró Annabeth.

—Es un apellido común.

—Sí, supongo. ¿A qué se dedica tu padre?

—Es licenciado en bellas artes —dijo Piper automáticamente—. Es un artista cherokee.

Su respuesta habitual. No era una mentira; simplemente no era toda la verdad.

—Mis mentiras favoritas. Las que no lo son —declaró Hermes.

Al oírlo, la mayoría de la gente se imaginaba que su padre vendía recuerdos indios junto a la carretera en una reserva. Muñecos de Toro Sentado a los que se le balanceaba la cabeza, collares de conchas, cuadernos con un gran jefe en la portada… esa clase de cosas.

—Ah —Annabeth no parecía convencida,

—Habían demasiadas cosas raras —dijo Annabeth.

pero guardó el teléfono—. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que sigamos?

Piper sujetó su nueva daga al cinturón y se prometió que más tarde, cuando estuviera sola, averiguaría cómo funcionaba.

—Claro —dijo—. Quiero verlo todo.

Todas las cabañas eran estupendas, pero a Piper ninguna se le antojó suya. No aparecieron señales en llamas —marsupiales o no— encima de su cabeza.

—Ese no suele ser mi estilo —dijo Afrodita.

—Oh, sí... tu estilo —gruñó Piper.

La cabaña ocho era totalmente plateada y brillaba como la luz de la luna.

—¿Artemisa? —aventuró Piper.

—Correcto —asintió la diosa.

—Sabes de mitología griega —dijo Annabeth.

—El año pasado leí algo cuando mi padre estaba trabajando en un proyecto.

—Creía que hacía arte cherokee.

—Necesitas pulir tus mentiras —dijo Hermes.

Piper reprimió una maldición.

—Ah, sí. Pero… también hace otras cosas, ya sabes.

Piper pensó que la había pifiado: McLean, mitología griega…

Afortunadamente, Annabeth no pareció establecer ninguna relación.

—Tampoco soy muy seguidora, la verdad —comentó Annabeth.

Eso hizo que Afrodita se preguntase que quién sería el padre de Piper.

—En fin —continuó Annabeth—. Artemisa es la diosa de la luna y de la caza. Pero no tiene campistas. Fue una doncella eterna, así que no tiene hijos.

—Ah.

Eso decepcionó un poco a Piper. Siempre le habían gustado las historias de Artemisa, y se imaginaba que sería una madre guay.

Artemisa no pudo evitar mostrarse sorprendida.

—Gracias por eso. Pero voy a seguir mantendiéndome como diosa virgen.

—Bueno, están las Cazadoras de Artemisa —se corrigió Annabeth—. A veces vienen de visita. No son hijas de Artemisa, sino sus criadas:

—Prefiero el término seguidoras —dijo la diosa de la luna.

un grupo de adolescentes inmortales que se aventuran a cazar monstruos y cosas por el estilo.

Piper se animó.

—Oh...

Afrodita puso una mueca de preocupación mientras que Artemisa sonreía ampliamente.

—Suena genial. ¿Son inmortales?

—A menos que mueran en combate o rompan sus promesas. ¿Te he dicho que tienen que renunciar a los chicos? Nada de citas… nunca. Durante toda la eternidad.

—Oh —dijo Piper—. Da igual.

Afrodita respiró aliviada mientras que Artemisa se cruzaba de brazos y enfurruñaba, lo cual combinado con su apariencia de niña de doce años le daba un aspecto bastante adorable.

Annabeth se echó a reír. Por un momento pareció casi feliz, y Piper pensó que sería una amiga estupenda con la que pasar mejores momentos.

«Olvídalo —se recordó a sí misma—. Aquí no vas a hacer amigos. No cuando se enteren».

Pasaron a la siguiente cabaña, la número diez,

Afrodita sonrió ampliamente. Ahí estaba su cabaña y la de su hija.

que estaba decorada como una casa de Barbie con cortinas de encaje, una puerta rosa y tiestos con claveles en las ventanas. Pasaron por delante de la puerta, y el olor a perfume casi provocó arcadas a Piper.

—Uf, ¿es aquí donde vienen a morir las supermodelos?

Afrodita frunció el ceño.

—Piper, que son tus hermanos y hermanas.

—Francamente mamá, en ese momento no lo sabía.

Annabeth sonrió burlonamente.

—Es la cabaña de Afrodita, la diosa del amor. Drew es la líder.

Eso dejó a Afrodita sorprendida. Había notado que Drew tenía carácter, pero para ser la líder...

—Lógico —gruñó Piper.

—No todas son malas —dijo Annabeth—. La última líder que tuvimos era estupenda.

—¿Qué fue de ella?

Afrodita esperaba que su hija se hubiese ido a estudiar a la universidad o algo así.

La expresión de Annabeth se ensombreció.

Pero no parecía ser el caso.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó Afrodita—. La verdad.

Percy y Annabeth se miraron.

—Murió al enfrentarse a un drakon —respondió Percy.

—Deberíamos seguir.

Examinaron las otras cabañas, pero Piper se deprimió más. Se preguntaba si podía ser hija de Deméter, la diosa de la agricultura.

—No me importaría tenerte como hija.

Sin embargo, Piper mataba todas las plantas que tocaba.

—O mejor no.

Atenea era guay. O tal vez Hécate, la diosa de la magia. Pero en realidad daba igual. Incluso allí, donde se suponía que todo el mundo encontraba a un padre perdido, ella acabaría siendo la hija no deseada.

—No digas tonterías, Piper —dijo Afrodita—. Ninguno de nosotros rechazaríamos a nuestros hijos. Mira a Poseidón, por ejemplo. Su hijo Belerofonte era un caos con patas y aún así siempre lo quiso.

—Es que el pobre era muy torpe —dijo el dios del mar.**

—¿Al final que fue de tu hijo? —preguntó Zeus.

—¡Lo mataste haciendo que se cayera de Pegaso mientras iban volando!

—Ah... es verdad.

No le hacía ninguna ilusión la fogata de esa noche.

—En un principio empezamos con los doce dioses del Olimpo —explicó Annabeth—. Los dioses a la izquierda y las diosas a la derecha.

—Menos Dionisio que estaba con las diosas —recordó Nico.

Pero el año pasado añadimos un grupo de cabañas nuevas para otros dioses que no tenían trono en el Olimpo: Hécate, Hades, Iris…

—¿De quién son las dos cabañas grandes del final? —preguntó Piper.

—¿De quienes van a ser? —suspiró Poseidón, mirando a sus dos hermanos pequeños.

Annabeth frunció el entrecejo.

—De Zeus y Hera, el rey y la reina de los dioses.

Piper se encaminó en esa dirección, y Annabeth la siguió, aunque no se mostraba muy entusiasmada.

—Los campistas preferimos mantenernos alejados de esas cabañas... por si las moscas —dijo Annabeth.

La cabaña de Zeus le recordaba un banco. Era de mármol blanco con grandes columnas en la fachada y puertas de bronce bruñido decoradas con relámpagos.

Zeus asintió, orgulloso del diseño de su cabaña. Jason, por su parte, no podía evitar pensar que su padre la podría haber hecho menos vistosa (aunque siendo sinceros, si la comparaba con la de Apolo...).

La cabaña de Hera era más pequeña, pero tenía el mismo estilo de construcción, salvo que en las puertas había tallados dibujos de plumas de pavo real que relucían en distintos colores.

Hera hizo una pequeña sonrisa.

A diferencia de las otras cabañas, que eran todas ruidosas y estaban abiertas y llenas de actividad, las de Zeus y Hera parecían cerradas y silenciosas.

—¿Están vacías? —preguntó Piper.

—Que es como deberían estar siempre —gruñó Hera.

Annabeth asintió.

—Zeus pasó mucho tiempo sin tener hijos. Bueno, casi. Zeus, Poseidón y Hades, los hermanos mayores entre los dioses, son conocidos como los Tres Grandes. Sus hijos son muy poderosos y peligrosos. Durante los últimos setenta años más o menos, han intentado evitar tener hijos semidioses.

—¿Han «intentado evitar»?

—A veces…, ejem…, han hecho trampa. Tengo una amiga, Thalia Grace, que es hija de Zeus.

Hera miro fijamente a su marido. Zeus apartó la mirada mientras silbaba una melodía.

Pero abandonó la vida en el campamento y se hizo Cazadora de Artemisa.

—Supo elegir bien —asintió Artemisa—. Y parece ser que ella no es orgullosa.

—¿Por qué decís eso? —preguntó Hazel.

—Porque normalmente una hija de Zeus jamás aceptaría unirse a la Caza a menos que sea en la posición de teni... —Artemisa se interrumpió, mirando la expresión de Percy, Annabeth y Nico—. Zoë murió, ¿no? —Asintieron—. ¿Cómo?

—La asesinó su padre, Atlas —respondió Percy—. La convertisteis en una nueva constelación, la Cazadora.

—A Zoë siempre le gustaron las estrellas.

Mi novio, Percy, es hijo de Poseidón.

—No me recuerdes que estás saliendo con el hijo del Barba percebe —pidió Atenea.

Y hay un chico que aparece a veces, Nico, que es hijo de Hades. Excepto ellos, los Tres Grandes dioses no tienen hijos semidioses. Por lo menos, que nosotros sepamos.

—¿Y Hera?

—Yo no tengo hijos semidioses —respondió la diosa.

Piper miró las puertas decoradas con motivos de pavos reales. La cabaña la incomodaba, pero no estaba segura del motivo.

—Es Hera. Incómoda a todos los semidioses —respondió Percy.

Hera frunció el ceño, pero no dijo nada.

—La diosa del matrimonio —Annabeth empleó un tono cuidadosamente mesurado, como si estuviera intentando evitar soltar un juramento—. Ella solo tiene hijos con Zeus, así que tampoco hay semidioses. Su cabaña solo tiene un uso honorífico.

—No te gusta —señaló Piper.

—No le gusto a la gran mayoría de mestizos, niña —replicó Hera.

—Tenemos una larga historia —reconoció Annabeth—. Creía que habíamos hecho las paces, pero cuando Percy desapareció… tuve una extraña visión de ella.

—Y te dijo que vinieras a por nosotros —dijo Piper—. Pero creías que encontrarías a Percy.

—Prefiero no hablar de ello —advirtió Annabeth—. Ahora mismo no tengo nada bueno que decir de Hera.

En realidad muy pocas veces tengo que decir algo bueno de Hera pensó Annabeth.

Piper miró la base de las puertas.

—Entonces, ¿quién entra ahí?

—¿No has oído que la cabaña es honorífica o qué? —se burló Hera.

—Nadie. La cabaña solo tiene un uso honorífico, como ya he dicho. No entra nadie.

—Sí que entran.

Piper señaló una huella que había en el umbral.

Hera se puso roja de rabia.

—¿Quién ha osado entrar en MI CABAÑA? —rugió la diosa.

Empujó las puertas instintivamente y se abrieron con facilidad.

Annabeth retrocedió.

—Esto…, Piper, no creo que debamos…

—Se supone que hacemos cosas peligrosas, ¿no?

—Eso supera los límites, según como lo mires —dijo Percy.

Y Piper entró.

La cabaña de Hera no era un lugar en el que a Piper le apeteciera vivir. Era fría como una nevera, con un círculo de columnas alrededor de una estatua central de la diosa de tres metros de altura, sentada en un trono con una holgada túnica dorada. Piper siempre había creído que las estatuas griegas eran blancas y tenían una mirada vacía, pero aquella estaba pintada con llamativos colores, de tal forma que parecía casi humana…, solo que era enorme. Los ojos penetrantes de Hera parecían seguir a Piper.

Jason se estremeció, recordando la cabaña de su padre y la estatua gigante del dios. Se pregunto si en el resto de cabañas también habrían estatuas de sus respectivos dioses.

A los pies de la diosa había un brasero de bronce en el que ardía fuego. Piper se preguntó quién se ocupaba de él si la cabaña siempre estaba vacía. Un halcón de piedra descansaba en el hombro de Hera, y su mano sostenía un báculo rematado con una flor de loto. La diosa tenía el cabello peinado con trenzas negras. Su rostro sonreía, pero sus ojos eran fríos y calculadores, como si estuviera diciendo: «Madre sabe lo que es bueno. No me hagas enfadar o tendré que darte lo que te mereces».

Ares y Hefesto se miraron. Conocían esa mirada.

No había nada más en la cabaña: ni camas, ni muebles, ni cuarto de baño, ni ventanas. Nada que pudiera utilizarse para vivir. Para ser la diosa del hogar y el matrimonio, lo cierto es que la casa de Hera recordaba una tumba.

—Bueno, es que la cabaña no esta hecha para vivir —dijo Nico.

No, aquella no era su madre. Al menos, Piper estaba segura de eso.

—Que no tengo hijos semidioses, copón.

No había entrado allí porque sintiera una buena conexión, sino porque la sensación de temor era más intensa allí. Su sueño —el terrible ultimátum que le habían dado— guardaba alguna relación con aquella cabaña.

Se quedó paralizada. No estaban solas. Detrás de la estatua, en un pequeño altar situado a sus espaldas, había una figura cubierta con un chal negro

—Vale, eso da miedo —dijo Frank.

. Solo sus manos resultaban visibles, con las palmas hacia arriba. Parecía estar recitando algo parecido a un hechizo o una plegaria.

Annabeth lanzó un grito ahogado.

—¿Rachel?

—¿Qué demonios hace RED en la cabaña de Hera? —preguntó Percy mientras sacudía la cabeza de lado a lado.

La otra chica se volvió. Al soltar el chal quedó a la vista una melena de cabello pelirrojo rizado y una cara pecosa que no se correspondía en absoluto con la seriedad de la cabaña ni con el chal negro. Aparentaba unos diecisiete años, una adolescente totalmente normal con una blusa verde y unos vaqueros raídos cubiertos de garabatos hechos con rotulador. Pese a lo frío que estaba el suelo, iba descalza.

—Rachel siempre ha sido rara —dijo Percy.

—¡Eh! —Corrió a abrazar a Annabeth—. ¡Lo siento mucho! He venido lo más rápido que he podido.

Hablaron unos minutos del novio de Annabeth, de la falta de noticias y demás asuntos, hasta que por fin Annabeth se acordó de Piper, que estaba sintiéndose incómoda.

Annabeth se sonrojo.

—Perdona por eso, Piper.

—Qué maleducada soy —se disculpó Annabeth—. Rachel, esta es Piper, una de los mestizos que rescatamos hoy. Piper, esta es Rachel Elizabeth Dare, nuestro oráculo.

—La amiga que vive en la cueva —adivinó Piper.

—Bueno, los oráculos deben de estar en lugares misteriosos o así —dijo Apolo.

Rachel sonrió.

—La misma.

—¿Así que eres un oráculo? —preguntó Piper—. ¿Puedes adivinar el futuro? —dijo.

—Algo parecido —dijo Apolo.

—Más bien, el futuro me asalta de vez en cuando —contestó Rachel—. Anuncio profecías. El espíritu del oráculo me secuestra alguna que otra vez y me dice cosas importantes que no tienen sentido para nadie. Pero sí, las profecías adivinan el futuro.

—Ah —Piper desplazó el peso de un pie al otro—. Mola.

Rachel se echó a reír.

—No te preocupes. A todo el mundo le da un poco de repelús. Incluso a mí. Pero normalmente soy inofensiva.

—Menos si saca su cepillo para el pelo —dijo Percy temblando—. Si lo saca, huye.

Los dioses y los romanos (a excepción de Jason) rieron, pensando que lo que decía Percy era una broma. Pero se callaron al ver la mirada seria del resto.

—¿Eres una semidiosa?

—No —respondió Rachel—. Soy mortal.

—Todos mis oráculos lo han sido. Por algún motivo el Oráculo de Delfos no acepta a semidioses —explicó Apolo.

—Entonces, ¿qué eres…?

Piper señaló la estancia con la mano.

La sonrisa de Rachel desapareció. Lanzó una mirada a Annabeth y luego de nuevo a Piper.

—Es solo una corazonada. Algo relacionado con esta cabaña y la desaparición de Percy. Las dos cosas están relacionadas de alguna forma. He aprendido a hacer caso de mis corazonadas, sobre todo desde el mes pasado, cuando los dioses se quedaron callados.

—Eso —gruñó Hestia fulminando a su hermano pequeño con la mirada.

—¿Se quedaron callados? —preguntó Piper.

Rachel miró a Annabeth con los ojos entornados.

—¿Todavía no se lo has contado?

—Iba a hacerlo —dijo Annabeth—. Piper, durante el mes pasado… Bueno, es normal que los dioses no hablen mucho con sus hijos, pero por lo general recibimos algún mensaje de vez en cuando. Algunos de nosotros incluso podemos visitar el Olimpo.

—Eso ya es más de lo que nosotros recibimos —dijo Reyna.

—Imagino que es justo —comentó Jason—. Nosotros casi nunca vemos a nuestros padres divinos, pero a cambio vivimos mucho más. Ellos pueden verlos pero su esperanza de vida es más corta.

Yo me he pasado prácticamente todo el semestre en el Empire State.

—¿Cómo?

—La actual entrada del monte Olimpo.

—Ah —dijo Piper—. Claro, ¿por qué no?

—Annabeth estaba remodelando el Olimpo después de los daños que sufrió en la guerra de los titanes —explicó Rachel—. Es una arquitecta increíble. Deberías ver su mostrador de ensaladas…

—Yo quiero verlo —dijo Perséfone.

—En fin —dijo Annabeth—, el caso es que, desde hace cosa de un mes, el Olimpo se quedó en silencio. La entrada se cerró, y nadie ha podido entrar. Nadie sabe por qué. Es como si los dioses se hubieran aislado. Ni siquiera mi madre responde a mis plegarias, y el director del campamento, Dioniso, fue llamado.

—¿Por qué soy el director de un campamento lleno de semidioses? Ni siquiera me gustan —se quejó Dionisio.

—Fue por un castigo de su padre, Zeus —respondió Annabeth.

—¿De verdad? Podrías haberme quitado el vino, padre. Creo que habría sido más considerado —exclamó el dios del vino.

—También hizo eso.

—¡¿Qué?!

—¿El director del campamento era el dios del… vino?

—Sí, es una…

—Larga historia —aventuró Piper—. Está bien. Sigue.

—En realidad, eso es todo —dijo Annabeth—.

—Pues esta historia era corta —dijo Ares.

Los semidioses siguen siendo reconocidos, pero nada más. Ni mensajes. Ni visitas. Ni señales de que los dioses escuchan siquiera. Es como si hubiera pasado algo… algo muy malo. Y entonces Percy desapareció.

—Y Jason apareció en nuestra excursión —añadió Piper—. Sin recuerdos.

—¿Quién es Jason? —preguntó Rachel.

—Mi… —Piper se interrumpió antes de decir «novio», pero el esfuerzo le provocó una punzada en el pecho

Jason le tomó de la mano.

—. Mi amigo. Pero tú dijiste que Hera te envió una visión, Annabeth.

—Así es —dijo Annabeth—. La primera comunicación de un dios en un mes, y es de Hera, la diosa menos servicial. Y encima se pone en contacto conmigo, la semidiosa que peor le cae.

—Una combinación explosiva, sin duda —dijo Hefesto.

Me dice que averiguaré lo que le pasó a Percy si voy a la plataforma del Gran Cañón y busco a un chico con un zapato. Y en lugar de eso, os encuentro a vosotros, y el chico con un zapato es Jason. No tiene sentido.

—Bueno, que acabáis de encontrarlo. Dadle un poco de cuartelillo al chaval para que recupere sus recuerdos —dijo Hermes.

—Está pasando algo malo —convino Rachel.

Miró a Piper, y esta sintió el deseo irresistible de hablarle de su sueño, de confesarle que sabía lo que estaba pasando… Al menos parte de la historia. Y que en verdad lo malo no había hecho más que empezar.

—Chicas —dijo—. Yo… necesito…

Antes de que pudiera seguir, el cuerpo de Rachel se puso rígido.

Todos se tensaron. Parecía ser que algo se acercaba.

Los ojos le empezaron a brillar con una luz amarillenta, y agarró a Piper por los hombros. Piper intentó retroceder, pero las manos de Rachel eran como abrazaderas de acero.

«Libérame», dijo. Pero no era la voz de Rachel. Sonaba como una mujer mayor, hablando desde algún lugar lejano por un tubo con eco.

—Eso no es el espíritu —murmuró Apolo.

«Libérame, Piper McLean, o la tierra nos engullirá. Debe ser en el solsticio».

—Siempre con fechas límites —suspiró Percy.

La habitación empezó a dar vueltas. Annabeth intentó separar a Piper de Rachel, pero era inútil. Un humo verde las envolvió, y Piper ya no supo si estaba despierta o soñando. La gigantesca estatua de la diosa pareció levantarse de su trono.

—¿Exactamente que clase de vapores has inhalado, Piper? —preguntó Leo—. Porque eso no es muy normal.

—Lo es en nuestro mundo —respondió Annabeth.

Se inclinó por encima de Piper, atravesándola con los ojos. La boca de la estatua se abrió, y su aliento era como un perfume terriblemente fuerte. Habló con la misma voz resonante: «Nuestros enemigos están despertando. El del fuego es solo el primero. Si te pliegas a su voluntad, su rey se alzará y nos condenará a todos. ¡LIBÉRAME!»

A Piper le flaquearon las piernas y todo se volvió negro.

—Fin del capítulo —anunció Hestia.


*: Término persa del cuál, en teoría, proviene la palabra amazon (amazona). Esto sale en el libro Percy Jackson y los Héroes Griegos, en el capítulo dedicado a Otrera.

**: Sacado del libro Percy Jackson y los Héroes Griegos en el capítulo, como habréis adivinado, dedicado a Belerofonte.


Hola a todos.

Tercer capítulo subido y ¡AAAAAHHHHHHHHH! ¡POR FIN! Dios, escribir esto ha sido un suplicio (más de catorce mil palabras). Sobre todo el cuarto capítulo, que era bastante largo.

En fin, no me voy a explayar mucho aquí.

Se despide,

Grytherin18-Friki.