Aquí el tercer capítulo. Ahora que hice este posiblemente haya un 4ª XDDU pero tal como me lo estoy imaginando, dudo que haya alguno más. Bueno, en este caso la familia "va creciendo" y he llegado a la conclusión de que el título del fanfic tiene más ironía de lo que yo pensaba (que ya tenía de por sí).


Capítulo 3

"A veces mamá llora"

Sí, en ocasiones Matthew solía ver llorar a Arthur. En ninguna de las veces se había atrevido a acercarse, sabía que él lloraba en esos momentos porque pensaba que nadie lo veía. Algo le decía que si avanzaba y se mostraba ante él en esa situación, lo rechazaría, se enfadaría.

Desconocía cuál sería la causa, él sólo se limitaba a mirarle desde la esquina, siendo lo más silencioso y cuidadoso posible, como siempre. Sentía una gran pena al observarlo, se le encogía el corazón escuchando sus gemidos de angustia.

Arthur no debía ser feliz allí, no sabía si era por él, por Alfred o por Francis, o por alguna causa en especial.

Sabía que las personas lloraban de vez en cuando, así que se limitaba a convencerse de que Arthur tan sólo estaba pasando por unos malos momentos de su vida. Eso ocurría al principio, a la primera, a la segunda, a la tercera, incluso a la cuarta vez. Sin embargo, pasando los años, llegó cierto límite cuando Matthew lo vio de nuevo. Ya era demasiado tiempo que lo terminaba descubriendo en ese estado, demasiadas veces que lloraba y ni quería saber las otras más que debía haber.

Incluso era incapaz de dormir por las noches. En algunos momentos había intentado iniciar el tema pero los nervios le habían terminado devorando. Además, Arthur no mostraba ninguna señal que indicara que eso que había visto fuera cierto, se colocaba completamente una máscara ante ellos, sonriéndoles de vez en cuando con su habitual malhumor que formaba parte de él.

Saliendo del instituto, mientras se colocaba como era debido la mochila a la espalda, caminando hacia el paseo que les llevaba a casa, dirigió una mirada a su hermano el cual sonreía felizmente comiéndose una tableta de chocolate que solía sacar siempre después de las clases.

- Al, ¿tú piensas que Arthur es feliz con nosotros?- preguntó sin reparo al mismo tiempo que achicaba los ojos por el sol que molestaba a aquellas pupilas azuladas. Se colocó junto a su hermano para estar bajo la sombra de los árboles.

El americano dejó de masticar al escucharle y frunciendo el ceño le miró extrañado.

- ¿Acaso crees que no es feliz?-le respondió asombrado como si algo así fuera imposible.

Matthew aspiró y rodó la mirada hacia un lado mientras se cogía las manos y se las apretaba. No sabía si decírselo a su hermano era lo correcto, pero no quedaba otra opción. No podía recurrir a nadie más, antes que a Francis prefería a él.

- Como decirlo…-empezó mientras seguían caminando. Su voz sonaba débil como siempre y era costoso de entenderle con todo el albedrío que los otros alumnos del instituto, caminando por allí también para volver a casa, hacían. – Ha habido algunas veces que lo he visto llorar…-explicó con cuidado mirando a su hermano con un mohín de preocupación. El rostro de Alfred parecía ponerse pálido por momentos, había abandonado el chocolate de su mano, que bajaba lentamente.- Normalmente eran esas veces que tú te ibas al fútbol y Francis estaba en el trabajo. Sabes que esos días suelo ir a patinaje, pero otros me quedo en el cuarto para repasar materias y… a veces saliendo al comedor lo he visto en el sillón llorando.

La boca de su hermano mayor se había quedado ligeramente abierta. Se escuchó el piar de unas golondrinas cercanas que reposaban en las ramas de los árboles.

- ¿Desde cuándo es eso, Matthew?-murmuró con una voz ronca.

Se mordió el labio y se apretó aún más las manos.

- Desde que… éramos pequeños.

No quiso aclarar más, se sentía avergonzado de haber estado tantos años ocultándolo. No lo había ocultado por él, sino por Arthur, pero era como sino le preocupara su situación y eso no era cierto. Le preocupaba, y mucho.

Tras eso, Alfred se alteró y aceleró el paso, queriendo ir a casa cuanto antes para preguntar sin más a Arthur que es lo que le sucedía. Por suerte, pudo calmarlo. Agarrándolo del brazo una y otra vez le insistió que esa no era la solución, que debían intervenir pero en algún momento que no fuera brusco para el inglés. Pues, si lo había ocultado por tanto tiempo, no iba a dejar de hacerlo por que ellos ahora le preguntaran de repente.

Al volver a casa, Alfred se contuvo muy bien durante la tarde. Quizá fue porque cada uno se metió en su respectivo cuarto para terminar su tarea educativa diaria. Pronto terminarían los cursos de instituto y debían ser lo más prodigiosos posibles en la materia. Ambos eran buenos en los estudios, tenían además notas muy similares incluso en el deporte –aunque Alfred solía superar a Matthew en algunas décimas -.

Sin embargo, a la hora de la cena, mientras ellos esperaban sentados sobre la mesa, con sus respectivos platos y demás vasijas preparadas, a que Arthur colocara la cacerola con el hervido que había preparado, Alfred no pudo evitar preguntar:

- Oye, Arthur,-desde que ambos pasaron los siete años, tanto uno como el otro dejaron de llamarlos por "papá" y "mamá".-¿Te sucede algo, estás bien con nosotros?

El tono en el que lo había pronunciado era serio y amenazante. Los ojos de éste se clavaban en los de Arthur que lo miraba atónito, sosteniendo uno de los platos que había tenido intención de llenar.

- ¿Eh? ¿Qué pregunta es esa?-respondió él riendo con nerviosismo y mirando ahora el hervido para coger el cucharón.- Claro que no me sucede nada. Estoy perfectamente.

Mientras llenaba el plato esbozó una pequeña sonrisa que tanto el hermano mayor como el menor observaron. Se miraron, sabiendo ahora con firmeza que así no podrían hacer nada.

A partir de ese día, Alfred se volvió tan observador como su hermano pequeño. Cualquier cosa, en cualquier momento, él se percataba de ello. Aún así, ninguno de los dos veía ocasión para sonsacar el problema y Arthur parecía tan "feliz" – a su manera especial- como siempre lo habían visto.

Matthew sabía como se sentía Alfred. Era como si todo formara parte de una mentira, ninguno podía aceptar del todo que Arthur, aquél que tanto les había cuidado a lo largo de los años, de verdad no fuera feliz junto a ellos. Era descubrir algo que de repente destrozaba todos los momentos de sus vidas.

Al final, al igual que había sucedido con Matthew, a lo largo de los años, Alfred lo terminó "olvidando" o al menos, "quitándole importancia". Hasta que sucedió aquel día.

Ese día él reposaba en el dormitorio porque había caído enfermo y necesitaba reposo. Con las lentes quitadas, debajo del edredón, intentaba reconciliar el sueño como le era posible a pesar de ese acaloramiento en general y ese punzante dolor en la cabeza.

Entreabrió los ojos en cuanto escuchó ciertos ruidos más escandalosos de lo habitual. Como le fue posible, se alzó de la cama y tanteó la mano por la mesita para cazar las gafas. Fue hacia la puerta con cuidado de no tropezar con nada al tener todo el dormitorio a oscuras, pues la persiana la había bajado del todo para que ningún rayo de sol le molestara por el día y pudiera dormir con normalidad.

Se sintió desubicado al ver el reloj de su muñeca y ver que eran las doce de la noche. Al haber estado tanto tiempo durmiendo en su cuarto sin nada que pensar le era extraño ver que ya era el fin del día.

Con su peculiar sigilo se arrimó hacia el comedor, pero de inmediato se escondió de nuevo –ya comenzaba a gustarle eso de esconderse allí – al ver todo aquel revuelo.

- ¡Estoy harto de todo esto, ¿sabes?! ¡Sé que me engañas, Francis!-gritaba Arthur agitando un paño de la cocina que no tardó en arrojar al suelo con toda la rabia posible.- ¡Dímelo de una puñetera vez, te vas con otros, o con otras!

Francis y Arthur estaban en el salón, el primero estaba vestido, con la chaqueta y la bolsa puesta como si estuviera a punto de marcharse. El segundo, en cambio, llevaba el delantal y la ropa ancha y cómoda junto a las pantuflas rosadas que solía llevar por casa.

- Todo esto lo sabes desde hace años, Arthur, pero sabes que…

- ¡¿Sé qué me amas?! –bramó Arthur interrumpiendo las palabras nerviosas del francés con un tono irónico y sofocante.- ¿¡De verdad me amas?! –hinchó el pecho y como si hubiera sido suficiente para calmarse su tono de voz se tranquilizó.- Dime, Francis, ¿Alguien puede…-en ese momento su voz flaqueó con miedo a apagarse.- amar a otra persona mientras le engaña? He intentado muchos años soportar esto, pero sabes…. Nadie es feliz así.

Sus ojos se abrieron desorbitados, mientras las palabras de Arthur se repetían en su cabeza. Las ideas que divagaban se conectaron. Por fin Matthew comprendía el problema. Habían sido tantos años sin saberlo que se sentía un estúpido por no haberse percatado antes.

Francis se acercó a Arthur que se encogía y comenzaba a sollozar con angustia, sin embargo cuando sus brazos tuvieron intención de rodearle, Arthur lo alejó de un empujón y se puso a la defensiva:

- ¡Vete! ¡Vete a donde quieras irte ya!-le bramó histérico.- ¡Siempre te vas, dejándome solo aquí!-le empujó de nuevo, con tanto nerviosismo que tropezó y por casi cayó al suelo. Francis lo sostuvo a tiempo, teniéndolo al fin en sus brazos.- Nadie quiere vivir así, Francis… Nadie quiere amar sintiendo día tras día ese miedo, ¿A quién crees que le gusta compartir…

Los sollozos del pobre Arthur se cortaron de inmediato al escucharse del pasillo una de las puertas abrirse. Enseguida Matthew se metió en el baño para no ser visto.

Era Alfred que, a diferencia de él no podía evitar hacer ruidos cuando salía de su cuarto. Mientras el americano traspasaba el pasillo seguramente preguntándose qué eran esos ruidos, Arthur empujaba con más violencia a Francis para que se marchara de allí, queriendo encubrir la situación.

El mayor de los hermanos se mantuvo quieto, en la puerta del comedor, al ver como Francis se iba de la casa dejando al otro lloriqueando y angustiado porque le había obligado a marchar.

- ¿Qué pasa aquí?-preguntó él acercándose a éste y contemplando anonadado como sus ojos desbordaban lágrimas.

- Nada, una pequeña discusión…-se excusó el otro frotándose los ojos con los puños y serenándose para agarrar el paño del suelo e irse hacia la cocina.

La cabeza de Matthew volvía a asomarse tímidamente desde el pasillo. Su mente se había quedado en blanco y no sabía cómo reaccionar. Sin saber qué hacer, la única solución era quedarse allí, de pie observando.

- ¿Cómo que una pequeña discusión?-se atrevió a contradecirle mientras le seguía hacia la cocina.

No era difícil seguirles los pasos con la mirada. La cocina de la casa tenía una barra de bar y carecía de puerta alguna. Conectada al comedor, se podía ver desde el pasillo perfectamente todo lo que sucedía dentro.

Arthur apoyó las manos en el mármol con la cabeza gacha y respirando con dificultad, dándole la espalda a Alfred. Le fue inevitable sollozar, era imposible contener todas esas lágrimas que deseaban salir en ese momento. Se sentía terriblemente desgraciado y entristecido. A pesar de lo mucho que quería ocultar su tristeza, en ese momento, justo en ese instante, era incapaz.

Se volteó y mientras limpiaba de nuevo sus ojos, refregando con las manos el rostro, intentó decir:

- No… No te preocupes… Se me pasará… ¿Vale?

Quizá eso hubiera funcionado con Matthew. Él seguramente se habría petrificado donde estaba, asustado a continuar preguntando e insistiendo por algo que a pesar de todo lo evidente que parecía, éste quería seguir ocultando. Pero no con Alfred, el cual avanzó hacia él y lo agarró de los brazos mientras le dirigía una mirada preocupada.

La diferencia de altura ya no existía entre ellos, el deporte y la constitución de Alfred habían provocado que se hubiera vuelto más grande que su propio criador. Por ello, debía ladear un poco la cabeza hacia abajo para observar el rostro de éste que se encogía allí acongojado.

- ¿Cómo quieres que no me preocupe? Nunca antes te había visto llorar así.-le susurró el americano tan bajito que ni siquiera Matthew pudo escucharle.- He visto a Francis irse, ¿dónde se iba?

- Con alguien, siempre se va con alguien… Le da igual todo, le doy igual.-le respondió el otro confesando algo que seguramente no habría dicho sino fuera por qué la rabia le reconcomía por dentro. Sus ojos se entrecerraron con angustia, y de nuevo dejaron caer algunas lágrimas más.

Ver a Arthur así, tan frágil y descuidado por esa persona que supuestamente debía amarle, tan débil como si fuera un niño pequeño que ninguno de los americanos tuvo en cuenta por verlo como una mamá, enterneció no sólo a Alfred, sino a Matthew también. Y él también le habría terminado abrazando como Alfred hizo, e incluso también acercaría el rostro al de él para besar su frente, se mejilla y tras eso sus labios.

Apretó los puños al ver aquella escena. Ahora era él quien sentía ese dolor en el pecho, ese dolor a pesar de que nadie le estaba traicionando a él.

El cuerpo de Arthur tembló al recibir el beso, entrecerrando aquellos ojos acuosos y apretando la camisa de Alfred con los dedos cada vez más fuerte. El americano terminó encimándose a él a lo que Arthur respondió con un susurro ininteligible, separando un poco los labios de los suyos.

Como respuesta, éste volvió a besarle pero esta vez abriéndole los labios e introduciendo la lengua. Ante el beso, ambos se descontrolaron con aquella pasión que les provocaba el deseo de continuar. Se acariciaron el torso, se apretaron el uno al otro. No sólo para el resto, para ellos mismos era indescifrable la causa, pero ahora no pensaban ni en eso ni en las consecuencias. Continuaron, pero Matthew fue incapaz de seguir mirando.