III
Galletas
Fin del juego
Te relames los labios y saboreas tu propia sangre.
A pesar de saberte en desventaja, estás disfrutando el duelo como hace años no disfrutabas nada. Si no es con Albus, hay pocas posibilidades de acierto en llamar lucha a un enfrentamiento entre tú y otro. Sólo él es lo suficientemente brillante como para hacer que lanzar y esquivar hechizos sea una actividad medianamente interesante.
Eres consciente de que vas a perder desde antes de comenzar a luchar contra él. Siempre fue un poco mejor. Y aun así saboreas el peculiar reencuentro con tu viejo amigo. Sabes de sobra que no será capaz de matarte. Te costó poco tiempo darte cuenta de cómo te miraba cuando os conocisteis.
Más o menos como tú mirabas a Ariana.
Ves en sus brillos que él tiene miedo de lo mismo que tú. Y no es, ni por asomo, la muerte.
Lo que más temes, tanto como Albus, es descubrir que eres el culpable del prematuro final de esa muchacha, aquella fatídica noche. Comprender que fue tu varita la que dejó a Ariana en el suelo sin posibilidad de volver a levantarse.
Perdiste los estribos, no sabías lo que hacías, te volviste loco. Mientras que nunca te ha importado la no justificación de las atrocidades que has cometido en los últimos años –más allá de la máxima Por el bien de todos–, has dado muchas y pobres excusas a tu conciencia para intentar escudarte de la posibilidad de haber matado a Ariana Dumbledore. Y aun así sabes que no podrías soportar jamás esa certeza.
Vence Albus, aunque una parte de ti ya lo esperaba. Uno de sus maleficios te ha hecho una herida en el brazo, que sangra profusamente. Te dejas caer sentado en el suelo, sin hacer el menor ademán de recuperar tu arma –bien segura en la mano de tu antiguo amigo– y lo observas acercarse y curarte con la que hasta hace unos minutos era tu varita.
La partida ha terminado. Y Albus ha ganado el juego. Tiene la Varita y sabes que ni siquiera el quererte tanto torcerá su recto sentido del deber. Ya no. Y no te resistes a los aurores y no pronuncias palabra para defenderte en el juicio. Eres un buen perdedor, después de todo.
Sólo cuando te ves encerrado en la celda de la prisión que tú mismo mandaste construir para encarcelar a tus opositores rompes tu pacto de silencio. Te echas a reír por lo absurdo de la situación, por la macabra ironía, por el Destino que te condena a pagar todo el daño que has hecho. Y sigues carcajeándote hasta que te quedas sin voz y sin consciencia.
Nurmengard es como un gigantesco dementor. Absorbe la felicidad de sus huéspedes forzados sin necesidad de guardianes como los que tiene Azkaban. Y no tiene la menor clemencia ni siquiera con su fundador. Al cabo de un tiempo, no sabes si es preferible el sueño o la vigilia. Los gritos de dolor, de auxilio, de desesperación de las personas a las que mataste y torturaste te persiguen tanto con los ojos abiertos como con los párpados firmemente apretados.
Hasta que, un día, un recuerdo que no debería estar en un lugar hecho para inducir a sus prisioneros a la reflexión irrumpe en tu mente. Una muchacha de cabello rubio y ojos azules que te ofrece galletas, y hasta percibes el aroma hogareño y casero de los dulces.
Y aceptas.
Epílogo
Una de las tardes que Albus discutía con Aberforth, bajé a la cocina a ver qué tal le iba a Ariana con sus galletas. La vi sentada en la mesa, con una flor de un precioso azul violáceo enganchada en el pelo, observándose el dedo pulgar con ceño.
Me acerqué a ella y tomé su mano con cuidado. Se había clavado una astilla. Sin decir nada, se la quité. Ella sonrió.
—Gracias—y con cautela, siempre tímida, se acercó a mí y depositó el beso más puro que jamás me han dado en mis labios.
Notas de la autora: Y hasta aquí. Me costó empezar el fic, pero una vez comencé prácticamente se escribió solo. Huelga decir que me ha encantado la experiencia y ahora quiero un poco más a Gellert. Por cierto, el prólogo y el epílogo los narra él, desde Nurmengard.
