Capítulo 3

Dos días después, Audrey entró en comisaría con una sensación de incertidumbre en la boca del estómago. Cuando entró en el despacho, le vio sentado en su mesa leyendo un expediente. Miró la hora y respiró hondo, era muy pronto y no esperaba encontrarlo allí de buena mañana. Se resignó y saludó con cortesía.

- Buenos días.

- Hola

- ¿Te encuentras mejor?

- Sí

- Bien – y se sentó en su mesa mientras pensaba que, tal y como imaginaba, aquel iba a ser un día muy largo. Abrió el expediente del que tenía que hacer el informe y comenzó a leerlo para recopilar datos pero era incapaz de concentrarse. Resopló apesadumbrada y levantó la mirada al techo. Vio una gotera que le llamó la atención y se quedó absorta.

- ¿Quieres un café?

El sonido llegó a sus oídos pero su mente no lo procesó. Así que bajó la cabeza y le miró arqueando las cejas.

- Te pregunto si quieres café

Asintió como única respuesta y volvió a meter la nariz en su expediente. Dio un respingo cuando Nathan dejó el vaso en su mesa, musitó un escueto "gracias" e intentó concentrarse de nuevo en la lectura pero le resultó imposible. Sentía que tenía la mirada de Nathan posada en su cara y no tuvo más remedio que levantar la cabeza. Pero cuando lo hizo se llevó una grata sorpresa porque él estaba sonriendo, ligeramente pero era una sonrisa al fin y al cabo.

- ¿Me cuentas el chiste? - inquirió ella

Él ensanchó un poco más la sonrisa y parpadeó divertido.

- Quería pedirte disculpas por mi comportamiento del otro día.

- Ajá – afirmó cautelosa – y ¿este es el café de la paz?

- Algo así. ¿Te sirve?

- ¿Tengo alternativa? - hizo una mueca de fastidio

- Creo que no.

- Bueno, en ese caso me conformo con este café.

Él asintió mientras una sonrisa bailaba en sus ojos. Se sentó de nuevo en su mesa y esperó a que hablara, porque estaba seguro de que ella sería la que rompería el silencio. No habían pasado ni dos minutos cuando oyó su voz. Reprimió una carcajada y fijó la vista en sus ojos.

- ¿Me explicas qué ocurrió en el hospital? ¿Y por qué te peleaste con Duke?

Nathan parpadeó pero no salio ni una sola palabra de su boca. Apoyó los codos en la mesa.

- Ya veo que no - afirmó enfurruñada – pero quiero que sepas que te comportaste como un imbécil. - hizo una pausa para tomar aire - ¡En ambos casos!

- Lo hice por ti – afirmó finalmente casi entre susurros.

A Audrey se le erizó el vello de la espalda al oír aquello y lo miró sorprendida. Observó como él se levantaba de su silla, rodeaba su mesa y apoyaba el trasero en ella, cruzando los brazos y las piernas. Estaba tan serio que la expresión de su cara resultaba casi pétrea.

- ¿Por qué?

- Porque no me gusta que hablen mal de ti y porque me pone nervioso que me toques - ladeó la cabeza pensativo - No necesariamente en ese orden.

Ella se levantó como un resorte y dio dos zancadas hacia él.

- ¿De verdad crees que necesito que me defiendas?

- El comentario de Duke no te hubiera ofendido a ti, en realidad me ofendió a mi.

- ¡Es lo más absurdo que he oído en mi vida! - y puso los brazos en jarras

- No lo creo - dijo Nathan esbozando media sonrisa.

- Audrey le lanzó una mirada de fastidio.

- Si te soy sincera te prefería cuando estabas calladito, la verdad.

Él arrugó el entrecejo al notar el ligero aroma a jabón que provenía de ella y descruzó las piernas pero no los brazos. Ella se acercó un poco más hasta casi meterse entre sus piernas y se quedó mirándolo muy seria.

- ¡Qué! - espetó él

- ¡Vaya! Es cierto que te pone nervioso que me acerque a ti – afirmó asombrada por su propio descubrimiento - ¿Por qué? ¿No deberías estar contento? ¿Es una buena noticia! - levantó ambas manos enfatizando lo que iba decir - ¡El hombre insensible no lo es tanto!

- Me cuesta asimilar eso. Y no soy insensible, al menos no de todo – replicó visiblemente molesto

- Ya lo se – sonrió con picardía y apoyó un dedo en su pecho - ¿Te da miedo sentirte como una persona normal?

Él desvió la mirada hacia abajo porque notaba a la perfección la ligera presión que el dedo de Audrey ejercía sobre su pecho. Cuando la volvió a levantar, sus ojos se habían vuelto del color de las esmeraldas, intensos y peligrosos pero sobre todo imprevisibles. Ella dio un respingo.

- ¿También has notado eso? - arqueó las cejas sorprendida - ¡Vaya! ¡Es genial! ¿Y lo notas todo?

Él sopesó unos instantes la respuesta que debía darle y tragó saliva.

- Siempre que seas tú quien me toque.

Audrey asintió con lentitud asimilando lo que acababa de oír y se sintió extrañamente halagada. Respiró hondo, levantó una mano y pasó los dedos con delicadeza por la mejilla de Nathan que al notar la caricia cerró los ojos, sumergiéndose en ella. Después notó la otra mano en la otra mejilla y un beso en la frente, luego otro en el pómulo, otro en el ojo derecho, en la nariz y varios en la barbilla y en la comisura de la boca. Con cada caricia que recibía, su cuerpo se iba agarrotando hasta el punto de tener las manos aferradas al borde de la mesa para intentar controlarse y evitar lanzarla sobre el escritorio y verificar si efectivamente sentía todo lo que viniera de ella. Cuando notó una pequeña mano sobre la suya dio un respingo y abrió los ojos de golpe. Ella la acababa de coger y la estaba llevando a su propia cara. La mejilla de Audrey era suave y cálida y era el mejor tacto del mundo, tanto que cerró los ojos de nuevo casi extasiado.

- Hey – susurró ella – mírame

Él obedeció y clavó sus ojos en los de ella, tan azules, tan sinceros y tan necesarios como respirar.

- Voy a besarte

Nathan se tensó al oír aquella afirmación y deseó poder levantarse de aquella mesa y alejarse de la situación pero le resultaba imposible, estaba acorralado, tanto física como psicológicamente. Así que sus piernas no le obedecieron. Ella tomó de nuevo su cara con delicadeza y le dio un pequeño beso en los labios, se separó y le miró a los ojos para ver su reacción pero no observó cambios en el rostro de Nathan, que seguía con su aspecto impasible así que le dio otro y otro y otro hasta que por fin sintió como él se rendía a sus caricias y le besaba a su vez con la misma delicadeza que ella. Él deslizó con cautela la mano bajo la camiseta de Audrey y acarició su espalda, extasiado por el tacto de su piel, era dulce y acogedora y de repente decidió que deseaba ir mucho más allá que unas simples caricias, así que deslizó la otra mano por la cintura y la aferró hacia si, obligándola a abrir la boca y devorando su lengua en una lucha sin cuartel. Ella sabía a café y a mentol y se estaba volviendo loco de deseo. Era la primera vez en años que se sentía normal y no estaba dispuesto a dejarlo correr. La estrechó de nuevo en sus brazos ladeando la cabeza para profundizar más el beso y no tuvo resistencia, la sentía deshacerse y temblar y al mismo tiempo ella luchaba por no decaer y corresponderle y eso le produjo a Nathan una oleada de calor que lo atravesó de abajo a arriba. Se le nubló la mente y quiso llegar a lo más hondo de ella, quiso que fuera suya para siempre, quiso... Un gemido proveniente de ella le hizo separarse como un resorte y mientras intentaba recobrar la respiración la miró y se asustó. Tenía lágrimas en los ojos.

- ¡Audrey!, ¿te he hecho daño? - colocó un mechón de cabello tras su oreja – perdoname, no me he dado cuenta – y depositó un suave beso en su mejilla. Pasó los pulgares bajo los ojos de ella, enjugando sus lágrimas y la besó de nuevo con una delicadeza exquisita.

- No me has hecho daño, Nathan – intentó sonreír – lo que ocurre es que no eres el único que ha empezado a sentir cosas. Y también tengo miedo. No me esperaba esto, yo... yo solo intentaba hacer que te sintieras mejor.

Él la abrazó conmovido

- Y lo has conseguido – susurró en su oído – gracias. Gracias por hacerme sentir una persona normal.

Ella se separó y lo miró a los ojos

- Yo siempre que creído que eres normal. Eres más normal que mucha gente que conozco, y no hablo solo de Haven.

Nathan esbozó media sonrisa y depositó un suave beso en sus labios. Se recreó en el escalofrío que recorrió de nuevo su espalda y cerró los ojos complacido. Aquello era lo mejor que le había ocurrido en años. Dejó que ella se alejara y se incorporó, poniéndose de pie. Observó como ella se colocaba bien la camiseta a la altura de la cintura, esa cintura que sus manos habían acariciado y que había aferrado con firmeza y sonrió para sí. No pudo evitar alargar la mano y colocarle otro mechón de pelo tras la oreja, gesto que ella agradeció con una sonrisa tímida que le ensanchó el corazón. Acarició brevemente su mejilla y respiró hondo.

- Bueno, – anunció - hay que seguir trabajando. Los demás deben estar al caer - y se sentó en su mesa aparentemente tranquilo, como si no hubiera pasado nada.

Audrey le miró extasiada, a ella no le iba resultar tan fácil asimilar lo que acababa de ocurrir. Se dirigió a su mesa con la poca estabilidad que le permitía su estado de nervios y consiguió sentarse con algo de dignidad. Ladeó la cabeza y le miró. Era el tipo más fascinante del mundo: tan hermético, frío, distante, prudente... y al mismo tiempo tan cálido, apasionado y sensible. Bebió el resto del café que ya estaba helado y se dio cuenta de que tenía un magnetismo animal y una personalidad arrolladora.

De repente se le hizo un nudo en el estómago que le provocó una nausea. Se acababa de dar cuenta de algo: estaba loca y absolutamente fascinada por él. Pero no sabía si se podía llamar amor. Ella nunca había estado enamorada antes pero dedujo que debía ser algo parecido. Meneó la cabeza, sabía que le iba a traer problemas, problemas con el FBI y con Haven pero sobretodo consigo misma.

FIN