18

MYCROFT HOLMES

Se despertó con dolor de cuello y tras haber soñado con las bondades del canibalismo. Aunque había sido interesante sólo había terminado de ver la primera temporada antes de dormirse, pese a la tonelada de papas fritas y cuatro latas de refresco que se había comido. El hecho de despertar hasta las once de la mañana no lo hacía sentirse nada orgulloso, sin embargo, haber hecho algo tan común y corriente era reconfortante.

Además, como punto culminante estaba el hecho de que al parecer, todo había sucedido a su alrededor. Sherlock desayunó y partió a la escuela y el mundo no estaba al borde del colapso, su ausencia de la escena política no cambiaba en absoluto nada, finalmente su frase de "un pequeño puesto en el gobierno británico" era cierta. Tan sólo una pieza más, nada imprescindible.

En la cocina encontró el desayuno que Gregory dejó para él, la prueba de que había acudido una vez más a su casa por la mañana. Lo calentó en el horno de microondas y comió sin ningún tipo de prisa, disfrutando de la sencillez de los sabores y de la magnífica ejecución del plato. Lavó su plato, aunque eso le ganó las protestas de la señora Hudson cuando lo vio hacerlo y después de tomar un baño sacó una caja que guardaba en el fondo de su armario.

Hace años, cuando era un adolescente, solía escribir todas las cosas que pasaban por su cabeza. Pero eso fue antes de que naciera Sherlock, cuando todo su mundo giraba en torno a él, a lo que quería, a lo que soñaba, a lo que se pensaba capaz. La vida era diferente, tal vez en cierto sentido mejor, aunque no podía negar que cuando conoció a su hermano supo que no podría vivir sin él.

Mycroft solía tener muchas libretas de pasta dura, había por lo menos quince en la caja que había guardado y otras tantas que había tirado, porque contenían estupideces que no quería leer nunca más. También había muchas en blanco, su madre solía comprarle todas las que encontraba, con hermosos diseños coloridos, porque sabía que las quería y que las usaría. Hasta que dejó de hacerlo.

Descubrió que era excelente en otros ámbitos mucho más prácticos y que además de todo, le podrían traer el reconocimiento sino público, sí de personas con altos cargos en el país. Eso le gustaba, la sensación de poder era intoxicante y se volvió adictiva a los pocos meses. Era el genio que se había graduado de la universidad antes de los dieciocho y luego se volvió unas de las personas más jóvenes en trabajar en Downing Street, aquello se volvió su vida.

Sin embargo ahora, doce años después, estaba cansado.

Después de leer casi todas las libretas encontró la que buscaba, la había escrito al último, justo antes de graduarse y entrar a trabajar y aun pensaba en ella y en su contenido de vez en vez. Gracias a su trabajo conocía a mucha gente y si bien no podía usar su nombre para lo que estaba planeando, de todos modos podía pedir el favor. Además de todo lo había escrito en francés y si usaba un seudónimo, nadie jamás tendría que saber que era de él.

Cerca de la una de la tarde salió con dirección a la oficina de correos para poner la libreta en una entrega especial, llegaría a París en cuatro horas y estaría en manos de su amigo para las seis de la tarde. Le mandó un mensaje diciendo que necesitaba que lo revisara y le diera su opinión, la respuesta fue sencilla, "para ti lo que necesites". Sonrió, tenía sus ventajas intervenir en casos internacionales sobre derechos de autor.

Después de eso compró un café, una de esas cosas azucaradas y de sabores interesantes, lo fue bebiendo con tranquilidad mientras caminaba por el pueblo, cosa que no había hecho antes, no con el interés adecuado. Era un lugar lindo, tranquilo, con una alta población de hombres y mujeres jubilados. Aquí no pasaba nada, por eso había sido su elección natural al buscar un lugar seguro para Sherlock.

-Hey, pelirrojo, ¿podrías ayudarme?

La voz lo sobresaltó, sobre todo por el uso del sobrenombre. La mujer que le hablaba era la otra chef del restaurante de Gregory, una joven de rostro serio que parecía que estaba molesta todo el tiempo. Sin embargo ella le agradaba, podía ver que era tremendamente fiel a Gregory y eso era invaluable. Le pasó una caja que contenía diez cartones de leche, ella había estado cargando dos por lo que había solicitado la ayuda.

-Gracias, creo que exageré al comprar tanta –explicó y al mismo tiempo echó a andar esperando que él la siguiera. Lo hizo claro, no tenía muchas opciones, además por la prisa con la que caminaba suponía que debía regresar al restaurante lo más pronto posible.- Cometí el error de no revisar si teníamos suficiente leche, pero es algo que a veces sucede ya que no tenemos mucha ayuda para el inventario.

-¿Con esta es suficiente? –preguntó él simplemente, ella asintió y siguió hablando sobre cosas normales del restaurante, cosas que a él no se le habría ocurrido preguntar aunque de todos modos podría saber. Era obvio que Gregory no quería que fuera un lugar grande, que sólo lo tenía porque amaba cocinar y era algo tan propio de él que no podría abandonarlo nunca. De quererlo, el lugar tendría el doble de cupo y más ayuda en la cocina, pero eso también significaba mucha más responsabilidad y el invertir tiempo para hacer crecer el negocio.

-Sally, vamos retrasados –la voz de Gregory lo sorprendió, era fuerte y bastaba con decir aquello para que la chef se pusiera en acción. Él se quedó dónde estaba, con la caja de leche en las manos, sin saber qué hacer. Los movimientos de Gregory eran perfectos, todo estaba en orden para que él no tuviera que buscar lo que necesitaba. Estaba todo orquestado perfectamente, pese a la ausencia de Sally y a la falta de leche, por eso no se quería mover por temor a irrumpir en algún proceso cronometrado.

Podría quedarse sentado en la oficina, sacar la libreta que había puesto en la mañana dentro de su mochila, un artículo que tenía mucho de no usar pero que antes siempre tenía consigo, y ponerse a escribir hasta que olvidara la hora que era. Sí, podría hacer eso y esperar a que Gregory terminara lo que tenía que hacer y pudieran recoger a Sherlock en casa de John y después ir a la suya.

Su pensamiento lo había traicionado de una manera terrible, ¿por qué había pensado en una casa para todos? Una casa donde sucediera lo mismo que los días previos, donde Gregory preparara el desayuno para todos, donde Sherlock pudiera ir a la escuela sin que él necesitara saber qué hacía cada segundo, donde él se sentara a escribir o leer sin tener la presión de ir a Londres, donde Gregory regresara por la noche y él se encargara de asegurarse de que el cansancio del día se esfumaba.

¿Eso quería para él? ¿Así quería que fuera su vida?

-¿Myc? –La voz de Gregory lo sacó de sus cavilaciones y de la súbita epifanía que había llegado a su mente, que podría vivir una vida así de tranquila, sin aspirar a otra cosa, sin querer la gloria con la que había soñado antes de nacer Sherlock, si esa vida era con él. Con Gregory Lestrade y su maravillosa sonrisa.- Baja la caja, no tienes que estarla cargando.

Lo hizo como pudo, estaba un poco nervioso y no tenía mucha idea de qué debía hacer ahora. No era como otras cosas, donde se toma una decisión y se puede anunciar que se ha tomado; para nada, no podía simplemente decirle a Gregory que creía que podrían llegar tan lejos como formar una familia, vivir en la misma casa, compartir todo dentro de ella y mucho más.

-Gracias por ayudarle a Sally –dijo cuando hubo puesto en su lugar la leche, tal vez era su imaginación ahora que se daba cuenta de lo que podría ser capaz de hacer por alguien como Gregory, pero creía que se acercaba demasiado al hablar, invadiendo su espacio personal. ¿Lo estaba invitando a hacer algo más, a reaccionar de alguna manera en especial? - ¿Comes conmigo?

-No quiero interrumpirte… -trató de disculparse para poderse ir y pensar con detenimiento la manera en que podía actuar de ahora en adelante, estaba seguro de que si no hacía un plan detallado iba a ponerse en vergüenza en cualquier momento.

-No lo haces, de hecho tenemos sólo dos mesas reservadas, el problema es que las cuatro personas pidieron la crema y se terminó la leche.

-Entonces acepto, comeré contigo.

Nada más dijo que lo haría y Gregory lo llevó a su oficina, donde había muchas carpetas y papeles en perfecto orden, una computadora sobre un escritorio de madera. Se dio cuenta de que no había nada personal en el lugar, ni siquiera una sola fotografía. Le pidió que se sentara, quitó la computadora y unos folders y luego desapareció para volver a aparecer un par de minutos después cargado de dos platos de la más deliciosa crema de champiñones que hubiera probado en su vida.

-Es perfecta –dijo cuándo prácticamente había terminado.

-Muchas gracias, me alegra que te guste –responde y terminan en silencio el resto de crema, Gregory sale en busca del segundo platillo, una especie de empanada de hojaldre rellena de espinacas, de nuevo, es algo sencillo pero de sabor inigualable.

-Chef –Sally abrió la puerta lo suficiente para hablar pero esperó a que Gregory le dije que entrara.- Para las tres y media tenemos seis mesas reservadas, Phil ya está tomando las órdenes de tres de ellas.

-Gracias Sally, dame un momento.

-Creo que es tiempo de irme –Habían estado callados y sin embargo le había agradado la compañía, el no tener que rellenar los silencios con conversaciones tontas. – Muchas gracias por la comida.

-De nada, aquí siempre serás bienvenido –la respuesta era sincera, Gregory lo había mirado directamente a los ojos para decirlo y ahora esperaba una respuesta. Mycroft no sabía cómo decir lo que quería decirle, no estaba preparado para poner palabras entre ellos sin haberlas pensado adecuadamente. Aunque claro, hizo algo más que poner palabras, algo que no pensó porque simplemente, tuvo la necesidad de hacerlo.

Acortó la distancia entre ambos, se dio cuenta de las reacciones de Gregory pero decidió actuar a pesar de ellas, fue consciente de la manera en que contuvo la respiración y sus pupilas se dilataron al verlo ahí, tan cerca, al alcance de su mano. Gregory era un hombre tan bello, tan perfecto, tan maravilloso. No era sólo que su apariencia física lo hiciera atractivo para él, era el conjunto. Esa manera que tuvo para entrar en su vida, para volverse importante.

Después de unos segundos donde casi la indecisión lo hizo echarse para atrás, unió sus labios con los de Gregory, rodeó su cuello con sus brazos y dejó que su cuerpo se recargara sobre el de hombre mayor quien sin dudarlo lo recibió como si hubiera estado pensando en hacer exactamente lo mismo.

Cuando sus labios se movieron sobre los suyos no pudo hacer otra cosa que perderse en la sensación, no recordaba que se sintiera así besar a alguien, mucho menos que el ser besado incluyera suaves mordiscos y el que una lengua experta intentara entrar a su boca. Sintió que se movía hacia atrás y de repente su espalda golpeó contra la puerta haciendo un ruido leve.

Mycroft dejó escapar una ligera exclamación ante el hecho y eso fue aprovechado por Gregory para invadir su boca, si bien no le había dado permiso como tal para hacerlo, no se quejaría por ello. No podía evitar analizar la situación, aunque por momentos era superado por lo que sentía, porque era definitivo, nunca nadie lo había besado así.

De repente sintió que todo le daba vueltas, que el aire no llegaba a sus pulmones, que no podía respirar. Aunque rompieron el beso se quedaron uno junto al otro, abrazados, el corazón le latía demasiado rápido y en lo único que podía pensar era que quería volver a empezar todo de nuevo.

-¿Greg? –Le quería preguntar si podía quedarse ahí con él, si lo dejaría estar en sus brazos hasta que sus vidas se terminaran porque ahí estaba muy bien, demasiado bien.

-¿Me llamaste Greg? –No se dio cuenta de que lo hizo hasta que Gregory lo mencionó, se sintió avergonzado por ello más que por besarlo o estar ahora atrapado entre su cuerpo y la puerta.

-Lo hice –respondió y escondió la cara en el cuello del chef, ahí estaría seguro y no tendría que mirar sus ojos y explicarle que se sentía tan a gusto a su lado que bien podría decirle Greg o cualquier otro nombre que se le ocurriera, como amor mío por ejemplo. A ese grado. Aunque no le explicaría, por lo menos no por ahora.

-Myc, ¿crees que podrían venir a cenar? ¿Sherlock y tú? –Sabía que tendrían que separarse pero el constatar que una vez que lo hicieran se verían de nuevo era algo desconocido. Parecía que con Gregory pasaría una serie de "primeras veces" porque aunque había tenido novio en el pasado, Mycroft no dejaba que este se acercara realmente a él. Se veían a veces, se mandaban mensajes, pero algo así como un beso en el trabajo para luego cenar juntos, se sentía tan nuevo, tan frágil, tan perfecto.

-¿A qué hora? –Preguntó aferrándose a los últimos momentos junto al cuerpo de Gregory, de cualquier manera era bueno que se separaran o de otra forma no podría hacerlo más.

-A las ocho –Respondió y apretó sus brazos alrededor de él. La delgadez de su cuerpo era patente, Mycroft se sentía por completo rodeado y le gustaba, que Gregory fuera capaz de hacer que se perdiera entre sus brazos, que no deseara salir, que quisiera vivir ahí.

-A las ocho.

19

A las ocho de la noche no había ya clientes, Molly les explicó antes de salir que sobretodo los miércoles eran días muy lentos y la última reservación fue a las seis treinta. Phil y Sally también se retiraron cuando ellos iban entrando, por lo que fueron recibidos en la cocina por Gregory. Sherlock se animó nada más de verlo y más cuando se dio cuenta de que podría experimentar con la comida.

Prepararon primero algo saludable, una sopa minestrone, Gregory lo dejó cortar todas las verduras y averiguar qué ingredientes daban el mejor sabor. Después de eso un filete de atún con costra dulce, algo que Sherlock adoró hacer por el glaseado del dulce de mango. Al final un souffle de chocolate, ese era parte del menú y Gregory lo colocó en unas largas copas con crema chantilly sabor cereza.

Sherlock se comió dos copas de souffle y se dedicó a limpiarlas por completo del producto. Gregory miraba a Mycroft, no habían hablado en todo el tiempo porque había tenido que dar instrucciones y explicar ingredientes, pero le bastaba eso, que estuvieran sentados uno junto al otro mirando como el niño lograba mancharse todos los cachetes de chocolate.

-Myc…

De inmediato lo miró un poco asustado, la indecisión al decir su nombre era patente, algo le quería decir pero temía hacerlo. No quería que esto terminara, para él no había hecho más que empezar, unos cuantos días de una dicha que era nueva para él pero que ahora significaba todo en su vida.

-¿Pasa algo?

Mycroft no quería una respuesta a esa pregunta pero igual la tenía que hacer, tal vez Gregory lo había pensado y se había dado cuenta de lo inapropiado que era todo. Un hombre veinte años menor y con la responsabilidad de un niño de once. Lo entendía, si todo terminaba iba a entenderlo pero igual le dolería como nunca antes.

Nunca antes.

Gregory le hacía descubrir cosas que nunca antes vivió y quería seguir haciéndolo.

-Tengo que comprar varias cosas de un proveedor en Londres para la cena que ofreceremos el domingo, ¿crees que sería una locura si te pido que me acompañes?

Se sintió tan aliviado que dejó escapar un suspiro que fue audible hasta para Sherlock, quien lo miró sabiendo toda la sarta de tonterías que habían pasado por su cabeza, pero cuando puso los ojos en blanco no lo hizo molesto. Gregory tal vez se dio cuenta de que había imaginado algo malo porque puso su mano encima de la suya, lo cual tranquilizó su mente por completo.

-Iré contigo. –Respondió al final cuando sintió que era seguro hablar, Gregory sonrió y Mycroft recordó, como si hubiera podido olvidarlo, el poder de esa sonrisa perfecta.

-Excelente.

Al día siguiente, con Sherlock en la escuela, subieron al tren a las nueve de la mañana. Estar en la estación lo hizo tener la necesidad de pararse muy cerca de Gregory, tomar su mano aunque no sabía si tenía el derecho a hacerlo, esconderse detrás de él hasta que el tren llegara por completo. No estaba acostumbrado a tener ese comportamiento, creía que no era propio depender así de otra persona, que no lo necesitaba. Pero lo necesitaba y Gregory parecía muy contento al poder protegerlo aunque fuera de un recuerdo. No tenía idea de si sabía lo que estuvo a punto de hacer aquella noche, pero parecía dispuesto a evitar que recordara.

Se sentaron juntos, Gregory puso su mano encima de su rodilla, en cuanto estuvieron en movimiento comenzó a besarlo, tomándolo por sorpresa por completo. Mycroft tal vez creía que lo de ayer no se repetiría tan rápido, después de todo por la noche cuando se vieron no hubo ningún indicio de intimidad entre ambos más que su mano sobre la suya. Tal vez era por la presencia de Sherlock que eso sucedió, pero ahora estaban solos, aunque rodeados de otros pasajeros que no les prestaban nada de atención.

-¿Por qué sonríes? –Le preguntó Mycroft tras una pausa que se tomaron.

-Tus labios.

-¿Sonríes por mis labios? –Estaba extrañado, no tenía sentido, pero la verdad es Gregory miraba con insistencia su boca y parecía disfrutar la vista.

-Están inflamados y rojos. –Respondió y pareció que necesitaba volver a probarlos, de nuevo lo tomó en un beso cada vez más descontrolado, Mycroft parecía tener la necesidad de entrar en contacto con él, casi estaba sentado encima del hombre mayor mientras sus manos buscaban tocarlo.

-Parece que disfrutas morder mis labios.

Gregory no respondió, tan sólo actuó, mordió de nuevo sus labios, Mycroft pensaba que los tendría aún más inflamados y rojos que momentos antes y que eso ponía muy feliz a su acompañante porque no parecía con ganas de dejarlo de hacer. Años atrás cuando tenía novio jamás hubieran tenido un despliegue de cariño tan públicamente, Mycroft no lo habría permitido, se le hacía inadecuado e inapropiado. Pero ahora, a Gregory podría besarlo enfrente de la misma Reina Isabel, de eso no tenía duda.

Tomaron un taxi que los dejó cerca de la Torre de Londres, Gregory lo detuvo una vez que cruzó el Tower Bridge. Tomó a Mycroft de la mano y lo llevó a uno de los lugares perfectos para tomar una fotografía, sacó su celular y le pidió que se quedara quieto. Él no sabía qué hacer, no era una persona a la que le gustara que lo fotografiaran, se sentía siempre extraño, antes era por lo poco armónico que era su cuerpo, con todos los kilos extra que tuvo desde siempre. Ahora era porque sentía que no había manera en que no fuera evidente que estaba exageradamente delgado.

Pero Gregory tomó la foto y luego se acercó a él para tomar una selfie, cosa que hizo de manera natural y mucho mejor de lo que lo habría hecho él, quien nunca se había tomado una antes. Le mostró la foto y creyó que se veía terrible, el cabello más largo de lo usual y con una barba de cinco días que creía que lo hacía ver muy mal.

-Me gusta –dijo de repente el chef- te ves muy bien.

-No es cierto –respondió como cualquier adolescente incrédulo ante un halago, de por sí al lado de Gregory se sentía más joven y ahora se ponía a decir esas cosas. Habían comenzado a caminar, el proveedor que tenían que ver estaba a unas cuantas calles del Támesis, el clima era agradable y había bastante gente en la calle.

-Deberías dejarte siempre la barba, tanto cabello rojo es muy lindo.

Mycroft se sintió tan apenado, no creía que el cabello rojo fuera "lindo", de niño le habían hecho mil burlas por esa causa, así que no podía ser posible, ¿verdad?

-¿Te gusta?

Gregory se detuvo y lo acercó a él, ahora parecía tan normal entre ambos que estuviera así, sin espacio entre ambos, sus rostros a milímetros. Lo besó de nuevo como en el tren, Mycroft sintió que las piernas no lo iban a sostener por lo que se sujetó de los hombros de él.

-Todo de ti me gusta.

20

El lugar era muy elegante, cuando llegaron y Gregory se anunció no pasaron ni dos minutos con una hermosa mujer rubia salió a recibirlos. Ella era joven, tal vez uno o dos años más grande que Mycroft y parecía disfrutar con el contacto físico con el chef. Por un momento lo ignoraron, pero cuando ella les pidió que fueran a su oficina, Gregory lo tomó por la mano para que caminar a su lado. La gente podría ser más cuidadosa con lo que expresa con su cuerpo si supieran que había personas como Mycroft, quien estaba a punto de soltar una carcajada por la actitud de la mujer.

Era obvio que lo miraba con odio y una emoción similar al desprecio, se preguntaba qué demonios veía Gregory en él y el pensamiento de "flacucho de pelos naranjas" fue tan claro en su rostro que estuvo a punto de excusarse para ir al baño y poder dar rienda suelta a las risas. Bien podría enojarse, pero hasta cierto punto estaba de acuerdo, Gregory Lestrade era un genio de la cocina, podría aspirar a ser master chef de dónde quisiera y conquistar a quien se propusiera, pero en vez de eso lo tomaba a él de la mano y le decía que le gustaba.

Gregory habló con la mujer durante veinte minutos, aquel lugar era el que se encargaba de proveer las flores para el anterior restaurante del chef y él consideraba que no había ninguno mejor, por eso es que acudió para pedir un favor, una entrega fuera de Londres, aunque no solían hacerlo. Por supuesto aceptaron, la amistad con uno de los dueños, quien no estaba en el lugar, era de muchos años y no se iban a negar. Las recibiría de madrugada, situación que hizo que Mycroft levantara una ceja, sin embargo para el hombre mayor esto no parecía ser ningún problema.

-Ahora, hemos de asegurar que tendremos la mejor carne y el mejor pescado para el domingo. –Nada más salieron echó a caminar con dirección a la calle principal, donde detuvo un taxi al que le indicó que los dejara en Picadilly Circus.- Para eso tengo que pedir un favor.

-Te conoce mucha gente. –Mycroft comentó por decir algo al sentir que Gregory se recargó sobre de él, su mano en su rodilla izquierda, totalmente casual.

-Es una de las ventajas de estar en el negocio desde los dieciocho años.

Llegaron exageradamente rápido y desde ahí caminaron un par de cuadras hasta un edificio magnífico de piedra marmórea y puertas de metal garigoleado. The Wolseley, se leía en una placa. Por dentro era un lugar agradable, con alto techo abovedado y largas lámparas de luz cálida que pendían de candelabros extravagantes.

-¡Lestrade!

El grito fuerte de un hombre los hizo voltear a su derecha, justo a tiempo para ver como la persona que habló se acercaba para abrazar a Gregory. Era un hombre mayor, tal vez de la misma edad que el chef pero no en las mismas condiciones físicas. Para Mycroft era obvio que tenía un problema a de presión arterial alta mal tratado y una obesidad rayando en lo mórbido.

Los sentaron en una mesa privada aunque con visión perfecta del resto del restaurante, Mycroft fue presentado con el gerente del lugar, antiguo master chef y conocido de Gregory de toda la vida. De hecho habían estudiado juntos, por lo que Mycroft confirmaba el hecho de que fueran de la misma edad, cincuenta años, pero vividos de manera muy diferente. Siempre se había fijado en hombres mayores, aunque su único novio no lo era, tal vez por eso las cosas habían sido algo extrañas con él. Pero nunca jamás podría haberse fijado en alguien como el amigo de Gregory, no, nunca jamás.

Sin embargo hablaron largo y tendido, les llevaron de comer cosas que no ordenaron pero que eran deliciosas, aunque con cada bocado se imaginaba que su chef lo habría hecho mil veces mejor. ¿Su chef? Mycroft no podía evadir ese pensamiento, aunque ni siquiera se habían tomado la molestia de sentarse a hablar sobre la relación, si es que era una relación. Esperaba que sí.

Al final de día y después de mucha más comida de la que pensaba ingerir, Gregory consiguió que el gerente del lugar le asegurara que compraría su pedido de carne y pescado para el domingo y que lo enviaría, igual de madrugada, con uno de sus empleados de confianza. Eran casi las siete de la noche y los dos hombres habían tomado unas cuantas copas de más mientras hablaban, embargados por los recuerdos de cuando eran jóvenes. Mycroft no se podía quejar, había escuchado cosas que tal vez no podría haber sabido de otra manera.

Como que Gregory aprendió a manejar una motocicleta a los trece años y para los quince había tenido un terrible accidente de donde salió con una pierna fracturada. Que se había escapado de su casa a los diez años porque su mamá tuvo la grandiosa idea de cambiarlo de escuela y él odiaba la nueva. Estuvo seis horas sentado en el Museo de Londres hasta que al cerrarlo un guardia se percató de que estaba solo y llamó a la policía.

Subieron a otro taxi a King's Cross para tomar el tren de regreso a casa, sacó su celular para mandarle un mensaje a Sherlock diciéndole que tal vez llegaría más tarde lo previsto. Gregory sostenía con fuerza su mano izquierda y a él no le molestaba en absoluto. Tal vez fueron esas copas de más en el restaurante pero su acompañante se descontroló por completo en el trayecto, algo que tampoco había vivido antes, que sus manos subieran por su pierna, que lo tomara por su cadera, que casi subiera encima de él para besarlo como si no hubiera mañana.

Cuando le pagó al taxista tuvo que evitar hacer contacto visual, no era que sintiera vergüenza, no lo hacía, era simplemente que no sabía cómo reaccionar ante la obvia demostración pública de lo que Gregory pensaba de él. No hablaron mucho desde que compraron los boletos de regreso y durante los diez minutos que tuvieron que esperar para que saliera el tren, sintió como si de repente necesitaran una conversación importante que no pudiera evitar.

-Mycroft yo…

Había muchas ventajas en su capacidad de saber lo que lo demás pensaban, porque Gregory no sabía cómo decirle lo que pasaba por su mente. Trataba de justificar lo que había pasado en los días previos, pero sobretodo ese día, donde ambos se comportaron como si todo aquello fuera normal entre ambos. Se besaban en público, caminaban tomados de la mano, pasaban el día entero juntos.

-No es demasiado rápido Gregory –lo interrumpió pero el hombre mayor pareció aliviado al escucharlo.- Creo que ambos sabemos que lo que tenemos ahora, esta vida, este momento, podría no existir mañana.

Tal vez no eran las palabras más delicadas, pero era lo que pensaba. El día que sus padres murieron fue como otros días, pensó que por una vez que él no llevara a Sherlock a la escuela no sucedería nada, las cosas no cambiaban de un día para otro. Por lo menos eso pensaba antes. Fue cosa de un momento, su vida cambió en menos de un minuto y eso jamás podría corregirlo. Le quedaban muchas cosas para arrepentirse, por ejemplo la cantidad de veces que se negó a convivir con sus padres porque le parecía aburrido o porque tenía otras cosas que hacer.

Por lo mismo, ahora que tenía algo bueno, no pensaba esperar, ¿cuál era el sentido? De cierta manera era lo que pasaba con Sherlock, trataba de mantenerlo protegido pero eso funcionaba ahora que era un niño; pero en cuando fuera un poco más grande y decidiera por sí mismo, ¿qué podría hacer él? Darse de cuenta era complicado, pero si en algún momento se interponía entre su hermano y sus decisiones, saldría perdiendo, de eso estaba seguro.

Así que, en vista de la claridad de los hechos y del prospecto de futuro que había realizado en su mente en los últimos segundos, ¿por qué no simplemente tomar lo que Gregory quería darle sin preocuparse por sí lo acababa de conocer o si era veinte años mayor?

-¿O hay algo más que te haga dudar?

Gregory sonrió, Mycroft sabía que eso era todo, que dudaba porque estaban precipitándose de cierta manera cuando ambos habían pasado años recluidos en sí mismos, evadiendo, evitando. Ahora simplemente saltaban ante lo primero que había logrado sacudir sus mundos. Se sintió rodeado por los brazos del hombre mayor, abrazado con fuerza. Él lo abrazo de la misma manera, lo cual era perfecto.

21

El viernes la señora Hudson le dijo que la señora Watson estaba esperando en la puerta para hablar con él. No le pareció extraño, tal vez habría algún en la rutina y tenía que comentarlo. Ella sonrió al verlo, su rostro reflejaba una emoción extraña que no creía interpretar correctamente.

-Te ves muy bien Mycroft –le dijo al tomar su mano a modo de saludo.- Hay más color en tu rostro, ¿estás comiendo mejor?

-De hecho sí, estoy comiendo mucho mejor –respondió sin ninguna pena, el espejo también le había mostrado lo que comentaba la señora Watson, que sus ojeras estaban menos marcadas y que sus pómulos no sobresalían tanto.- Es una de las ventajas de tener un chef personal.

-¿Es cierto entonces? –Preguntó ella y de inmediato desvió su mirada, aunque quería saber no le gustaba meterse en su vida tan descaradamente.

-¿Qué es cierto?

-Que te has enamorado perdidamente del chef de Angie's y que te casaras con él.

Eso no lo esperaba, enrojeció por completo de la cara, sin embargo, no estaba avergonzado, sólo que no esperaba que nadie se lo dijera así.

-¿Lo dijo Sherlock? –La madre de John asintió al mismo tiempo que sonreía cada vez más, tal vez porque él estaba sonriendo de la misma manera.

-Sí estoy enamorado de él, pero la parte de casarme…

-Claro, yo también pensé que eso era muy apresurado.

-No tanto, ya casi es una semana de conocerlo.

Ambos soltaron una carcajada, sin embargo, en virtud a lo que el día de ayer dijo, su consciencia plena sobre la fragilidad de la cosas, sobre poder perder a alguien de un día para otro, el hecho de casarse tan rápido con Gregory no estaría fuera de sus planes.

-Mycroft, quería decirte que hoy por la noche proyectarán una película en el auditorio, ¿dejarías que Sherlock fuera con nosotros?

Pensó en la respuesta y es que la última vez que había visto una película con su hermano había sido mucho tiempo atrás. A él no le gustaban las salas de cine ni las conglomeraciones, pero perderse de las actividades de su hermano tampoco era una buena solución, dejar que fuera con los Watson era lo sencillo, pero no lo correcto.

-Por supuesto, aunque tal vez podría ir yo también.

-¡Claro que sí! –Exclamó con felicidad la señora Watson.- De hecho tengo dos entradas extra, así que podrías decirle al chef que nos acompañe.

-Bien –respondió Mycroft dudando de que Gregory pudiera realmente ir con ellos.- Le diré.

Regresó a la cocina una vez que Sherlock se fuera con los Watson con rumbo a la escuela, Gregory tal vez había escuchado la conversación pues se notaba que esperaba que le dijera algo.

-¿Te interesaría ir conmigo y Sherlock a ver una película?

Lo dijo a tal velocidad que tal vez no había sido claro en absoluto, sin embargo su respuesta llegó en forma de un chef muy sonriendo que lo abrazó mientras estaba sentado en uno de los bancos altos que tenía en su desayunador y quien lo besó de una forma que sólo podría interpretar como positiva.

-Me interesa ir contigo a donde sea –respondió entre beso y beso, Mycroft sintió que todo su cuerpo se calentaba, no sólo por el contacto físico, sino por el hecho de que él quisiera estar con él, donde fuera, aunque eso significara ir al cine con su hermano.

En la tarde Gregory dejaría a Sally de nuevo a cargo del restaurante, a las seis y media le envió un mensaje diciendo dónde los podría encontrar, ellos habían llegado un poco más temprano para verse con los Watson y comprar una cantidad de dulces que temía que terminaran por causar dolor de estómago a Sherlock. Los encontró dentro del auditorio del pueblo, la película no era un estreno, sin embargo ninguno de ellos había visto, por lo que la emoción de John se transmitía a los demás.

-Es que no es lo mismo verla en la televisión de tu casa que en pantalla grande.- Repetía el niño una y otra vez, Sherlock tan sólo asentía y los señores Watson parecían dispuestos a cavarse su tazón de palomitas antes de que iniciara la función.

-¿Qué veremos? –preguntó sentándose al lado de Mycroft, los niños estaban sentados una fila más adelante junto con los Watson. Había comprado una gran bolsa de palomitas y un refresco. Tal vez debería haberlo pensado mejor, sin embargo compartir un refresco parecía lógico, además, era como de dos litros así que había suficiente para ambos.

-Los Minions.

-¿Los qué? –Mycroft casi se echa a reír ante la ignorancia de Gregory, él estaba en la misma situación.

-No tengo idea.

Realmente no importaba. Lo que sucedía en pantalla era simple distracción, lo que sucedía cuando sus manos se juntaban al tomar las palomitas o cuando se perdía en la visión de Gregory sorbiendo el refresco, eso era lo que contaba. Era una maravilla estar ahí, haciendo algo tan simple, algo que la gente suele hacer en pareja, en familia, era una maravilla. No se había dado cuenta de lo mucho que las cosas simples significaban, lo sabía, pero no lo había tomado en cuenta.

Sabía que daría todo por una mañana al lado de sus padres, una donde no hicieran otra cosa que ver la televisión. Lo mismo aplicaba en el caso de Gregory, no deseaba otra cosa más que la presencia del hombre en su vida, así de simple, así de sincero. Lo mejor del asunto es que hubo momentos en que de verdad rieron con la película, Gregory casi escupe en uno de esos momentos el refresco y por lo mismo, él no podía controlar la carcajada.

Esa noche Sherlock estaba cansado, Gregory tuvo que cargar con él las pocas cuadras desde la casa de John y después subirlo por la escalera hasta su habitación. Había algo en ese hecho que causó que Mycroft tuviera que dejar de respirar por un momento hasta que vio emerger al hombre mayor y que lo invitara a bajar con él las escaleras. No dijeron nada, tal vez comprendía la impresión que había causado al hacer aquello.

Lo besó muy suavemente, sin presionar, sin exigirle nada, tan sólo era la confirmación de lo que había sucedido en esa semana. Que era una realidad, que estaba ahí, que no desaparecería.

22

El sábado abrió la puerta antes de que tocara el timbre y le puso en la mano la llave de su casa. Gregory no lo esperaba y casi se quedó frío sin saber qué decir o qué hacer a continuación. Claro que Mycroft esperaba aquello, no hablaron del asunto previamente, pero sentía que era lo correcto.

Sería su turno para cuidar de John, Sherlock tenía ya todo listo para pasar el día con su amigo y nada más ver a Gregory, le encargó cosas específicas para el desayuno y la comida, los platillos favoritos del niño Watson.

-¿Estará aquí todo el día? –Preguntó Gregory a medio desayuno.

-Sherlock quiere leer su libro favorito con John para que él sepa cómo debe comportarse cuando jueguen a los piratas, después John quiere ver su película favorita con mi hermano, creo que tiene que ver con zombies.

-Será un día ocupado. –Al decir eso cubrió su mano con la suya y Mycroft no puedo hacer más que sonreír, el gesto era tan perfecto que no había nada más que agregar.

-¿Te veré en la noche?

-Tengo que probar esto –respondió al sacar la llave del bolsillo de su pantalón y sostenerla frente a sus ojos.- Para ver que no sea falta.

-¿Para qué te daría una llave falsa? –Preguntó sintiendo confusión.

-No lo sé –respondió Gregory muy serio- tal vez para jugar con mi corazón.

-Qué tontería –trató de mantenerse serio pero fallaba terriblemente.

-Sí, no serías capaz de algo así.

-No, para nada.

No era capaz, era real, la llave para que entrara a su casa cada vez que quisiera, para que no tuviera que tocar el timbre, para que se considerara en su casa. Esperaba que algún día le dijera que no se iría, que quería pasar la noche, que quería amanecer a su lado.

Después de todo el día de escuchar las voces y gritos de ambos niños, los cuales no se callaron ni para ver la televisión, admiraba a la señora Watson, ella tenía todos los días a ese par que no conocía el cansancio. Habían pedido pizza para la comida y la devoraron con celeridad, aunque Sherlock se quejó que el sabor no era lo mejor que había probado y que exigiría que Gregory le preparara una para desayunar la próxima semana.

Al final del día los niños decidieron que todas las historias de piratas que habían leído estaban mal documentadas, él no argumentó nada en contra de eso, simplemente les dijo que escribieran una ellos. Les entregó una de sus libretas y les permitió usar la computadora para buscar fuentes bibliográficas. Se sentó en el sillón dispuesto a leer el libro que había iniciado ese día por la mañana, sólo que se durmió casi al instante.

-¡Chef! –Gritaron ambos niños y lo despertaron.

-Sherlock, John –les dijo a modo de saludo pero ellos continuaron con su revisión, John apuntaba en la libreta cuando Sherlock tenía una idea que era importante recordar. Gregory sonrió pero de inmediato se desvió a la sala, Mycroft prendió la luz para que no fuera evidente que llevaba dos horas dormido pero parecía que no era fácil de ocultar. El hombre mayor miró su cabello, sus párpados un poco hinchados y lo arrugado de su camisa. Mycroft quiso quejarse por la aparición súbita aunque de repente recordó la razón por la cual el chef entró así nada más.

Había usado la llave.

-Ahora sé que no es una llave falsa.

-Te dije que no lo era.

Definitivamente, cuando estaba algo adormilado hacía cosas sin pensar, como sonreír con ganas, de esas sonrisas que llegan hasta los ojos y reflejan pura y llana felicidad. No le importó que tuviera a los niños en la otra habitación, lo rodeó con sus brazos y lo besó. El beso era un claro mensaje, era un estás aquí conmigo y no pienso alejarte, no pienso dejarte ir, no ahora que sé lo que quiero y que lo quiero ahora.

Gregory lo entendía, no tenía la más mínima duda.

-Te dije que se casarían –susurró Sherlock ante la imagen de su hermano y el chef compartiendo un beso. John lo jaló hasta que estuvieran a una distancia segura para no interrumpirlos.

-Sólo se están besando Sherlock. –Le corrigió John y el otro niño puso los ojos en blanco.

-Bueno, pero se casarán, recuerda mis palabras.

-Tú nada más quieres que el chef siga cocinando para ti. –John le guiñó el ojo a su amigo, entendía el hecho de que quisiera seguir comiendo lo que el chef preparaba, ojalá él pudiera comerlo todos los días.

-Su comida es deliciosa –aceptó con una sonrisa que iluminó su rostro- y hace feliz a Mycroft.

-Eso fue lindo Sherlock.

-Jamás se lo digas al gordo.

-Tú hermano no está gordo.

-Lo estará.

Los niños se rieron pero trataron de contener el ruido al taparse la boca con la mano, ninguno lo consiguió, tuvieron que subir corriendo al cuarto de Sherlock para poder dar rienda suelta a sus carcajadas.

23

GREGORY LESTRADE

Eran las cinco de la mañana y el empleado de su amigo con la carne y el pescado para el día estaba ya en la puerta de su restaurante. Sally llevaba años sin manejar este tipo de horarios y estaba parada a su lado con el sueño reflejado en el rostro. A él no le quedaba ningún deseo de volver a trabajar de esa manera, pero un evento de todo el día por San Valentín no era cualquier cosa, debían ponerse a trabajar desde demasiado temprano.

A las seis de la mañana llegaron las flores, tanto Molly como Phil se encargaron de la decoración, por lo que comenzaron a hacer maravillas a base de arreglos que la mujer había estado practicando con tutoriales de YouTube. La primera reservación era para las 8 de la mañana y de ahí en adelante estaba todo lleno por completo.

Con excepción de esa mesa que le dijo a Molly que no le diera a nadie, a las 9 y treinta minutos. Esa era suya y sin embargo, aún no había logrado juntar el valor para pedirle a Mycroft que fuera a cenar con él. A medio día estaba ya cansado, tener cincuenta años no le hacía ningún favor después de perder la práctica de prácticamente vivir en el restaurante. Se detuvo por dos minutos para sacar su celular y ver el mensaje de Mycroft.

Soy terrible para esto… pero feliz día Greg… MH

Sonrió, de verdad era terrible para estas cosas pero no tenía importancia, él también lo era.

¿Vendrás a las 9.30?

Esperó a que respondiera, casi contó sus latidos mientras veía que el chat de Mycroft mostraba que estaba escribiendo. Hace muchos años cuando uno pedía el teléfono de la persona que le interesaba era algo muy diferente, hablabas a su casa, no al celular, ni por medio de mensajes.

¿Es una cita Chef Lestrade? MH

Qué gran tontería era sonreírle a un aparato pero no podía evitarlo, claro que lo era Mycroft, pensó, aunque seguramente el hombre lo sabía y quería que él lo dijera.

Lo es.

Para cuando Mycroft respondió afirmativamente que iría, Greg tenía las suficientes fuerzas para seguir adelante, el menú no era complejo, de hecho, Sally podría encargarse, pero no habían trabajado tanto tiempo de manera continua, por lo que no era una opción dejarla sola. Phil parecía a punto de colapsar, pero se mantuvo gracias a la ayuda que Molly le prestó y a que su amigo Dimmock se ofreció para recibir a los clientes y manejar las reservaciones.

Cinco minutos antes de las 9 y treinta se quitó el uniforme para ponerse una sencilla camisa azul, una corbata de un tono más oscuro y un chaleco negro. Le gustaba vestir así cuando tenía que ser elegante pero no quería demasiada seriedad. Habían preparado una mesa en una esquina del restaurante con vista hacia la ventana del callejón, protegida del resto del local con un biombo que había traído de su casa. Había unas velas en la mesa aunque la mayoría de la iluminación venía de fuera, de las lámparas que habían colgado en el árbol.

Encontró a Mycroft esperando por él, vestía una camisa blanca, un saco ligero de color azul y pantalones de mezclilla. Se veía muy bien, totalmente relajado y sonrió al verlo salir. Quería tomarlo entre sus brazos y besarlo como si no hubiera un día más para hacerlo, como si fuera sólo hoy cuando pudiera realizarlo.

Así que lo hizo y lo haría todas las veces que pudiera.

-No te creo –respondió Mycroft y le dio un pequeño trago a su copa de vino.

-No tengo porqué mentirte.

-Lo sé –toma un pequeño trozo del pastel de chocolate que está comiendo, uno que Mycroft no quiso probar bajo la excusa de que estaba satisfecho, ese que no deja de mirar como si fuera a quitárselo de un momento a otro.- Sin embargo, un solo novio, no lo creo posible.

-Pues es cierto –respondió, no parecía que estaba prestando mucha atención a lo que decía, su concentración estaba claramente en el movimiento de su mano que llevaba el pastel de chocolate a su boca. Para ser sinceros Greg consideraba que eso era algo muy interesante.- Conocía a Graham en el trabajo, tenía el puesto de Anthea cuando inicie, fue promovido cuando ella entró al servicio.

-¿Eso quiere decir que aún lo ves?

-No, trabaja en la Embajada Británica de Alemania. –La respuesta fue rápida porque antes que permitir que Greg se llevara un nuevo pequeño pedazo a la boca, lo interceptó para comerlo él.

-Pensé que no querías. –Le dijo sin quejarse realmente, le había gustado ver el movimiento rápido de su mano para evitar que él se lo comiera.

-Ese pedazo en particular se veía delicioso.

-Todo lo demás es igual de delicioso. – Greg sonrió y tomó el siguiente pedazo, esta vez no fue interceptado por Mycroft, en lugar de eso, el pelirrojo se acercó a él y lo besó, probando así el pastel en su boca.

-Tenía razón –dijo abrazándose a su cuello.

-¿En qué?

-El pastel sabe mejor en tu boca.

Greg enrojeció al instante, Mycroft había dicho que todo eso era nuevo para él, por eso lo interrogó ligeramente sobre sus relaciones pasadas. Pero la verdad es la sensación de novedad era la misma para él, antes de casarse tuvo unas cuantas novias pero ningún novio, aunque siempre tuvo muy claro que también le gustaban los hombres nunca encontró a alguno que lo motivara a buscar algo más.

Sólo Mycroft.

Desde que lo conoció quiso ser algo más para él, quiso lograr que nunca jamás se viera tan devastado, quiso estar a su lado en cualquier momento, apoyarlo en absolutamente todo. Un sentimiento tan intenso que ahora lo motivaba a reconstruir su vida, a mirar hacia adelante, a querer hacer mucho más que sólo estar, que sólo seguir respirando.

24

MYCROFT HOLMES

El domingo permitió que Sherlock acompañara a John a una fiesta infantil de uno de sus compañeros de salón. Al parecer habían invitado sólo a John pero él le dijo que o iba con Sherlock o mejor no iba. Sabía que podía confiar en que la señora Watson no les quitara los ojos de encima. Tomó el tren de las once a Londres.

Ese día lo tenía reservado para algo especial, Gregory ya lo estaba esperando cuando abrió la puerta principal de su casa.

-¿Por qué no entraste? –Le preguntó Mycroft y entonces se dio cuenta de que tenía la llave en la mano, ¿se la regresaría?

-No lo sé Myc –respondió sinceramente, no era su intención regresarla, sólo que no había tenido tiempo de usarla.- Creo que aún no me acostumbro al hecho de poder entrar cuando yo quiera.

-Ya, pues el sábado la usaste, ¿recuerdas?–dijo al tiempo que depositaba un beso en sus labios.

-Lo sé –respondió al beso.- Por eso dije que no estaba acostumbrado aún.

- Pues vete acostumbrando, sabes que cualquier día te pido que vivas con nosotros y espero que no te quedes sentado en el pasto porque no has podido entrar por no estar "acostumbrado".

-Más te vale que no bromees con eso –dijo Gregory con media sonrisa en el rostro.

-No es broma, de verdad quiero que eso pase. –Sabía a lo que se refería, no estaba bromeando con "eso", en el futuro cercano se lo pediría, quería que estuviera con él, con ellos, siempre.- Ahora, vámonos.

Para la una de la tarde habían visitado ambos cementerios, habían permanecido en silencio frente las piedras en el suelo como las llamaba Sherlock, dejado un ramo de flores de color rosa y, en su caso, tratado de "hablar" con sus padres. Aquello no tenía sentido, por supuesto que no, la lógica y la ciencia decían que después de cinco años, lo que fuera que estuviera en los ataúdes, no tenía nada que ver con sus padres. Ni siquiera tenía el consuelo de pensarlos en algún lugar idílico, esperado en el paraíso. Él jamás tendría consuelo alguno, no mientras cargara la culpa y pensara que sus vidas se desperdiciaron por su culpa.

Mycroft Holmes mentía, lo había hecho por años y en algún momento tendría que hablarlo.

Terminaron vagando hasta encontrarse frente al cementerio de Highgate, tenía años sin entrar, la última vez fue cuando Sherlock faltó a la escuela el día de su cumpleaños y lo hizo "buscar evidencias sobre la existencia de los fantasmas". Ese día cumplía cuatro años, ¿quién en su sano juicio lleva a un niñito a un cementerio? Pero Sherlock solía hacer esas cosas, convencerse a sí mismo de la necesidad de negar la existencia de algo a base de pruebas irrefutables.

Sin embargo le gustaba el lugar, podía llegar a haber bastantes turistas en ciertas fechas, pero en general durante el día había mucha tranquilidad y el hecho de caminar entre los mausoleos, los pasillos que podrían parecer interminables, el silencio y la belleza que te llevaba a aprecia una arquitectura eterna y a la vez, espectral.

-Mentí. –Dijo de repente, venido de la nada, una palabra inconexa.

-¿Sobre qué? –Preguntó Gregory sin mirarlo, seguían caminando muy despacio.

-Podíamos tomarnos el día libre pero yo no quería explicarle a mis padres que quería pasar horas y horas en compañía de un hombre –respondió perdido en sus pensamientos. En el pasado jamás se lo dijo a nadie, aunque por la actitud de sus padres creía que había una gran posibilidad de que ellos lo supieran.

-¿Estás hablando del día del accidente?

-Sí, les mentí. –Sintió la mano de Gregory tomar la suya con más fuerza, no hizo ninguna otra pregunta y esperó a que él pudiera seguir hablando.- Les dije que tenía trabajo, que era importante, que no podía ir a dejar a Sherlock a la escuela.

-Tengo la impresión de que ellos sabían que había algo más en esa afirmación. –Gregory miraba a los lados del camino, miraba los detalles de cada lápida, las letras de las inscripciones sin llegar a leerlas. Mycroft valoró aquello y tardó algún tiempo en responder.

-Yo también, recuerdo a mi madre sonriendo casi con complicidad.

-Sólo fue una mentira en la superficie. –Aseguró Gregory como si le constara, aunque tal vez no estaba tan errado. Su madre y su padre podían llegar a ser personas muy sencillas, no tenían gustos caros ni extravagantes pero compartían su cualidad de comprender a la gente sin necesitar explicaciones elaboradas.

-Pero ellos estuvieron ahí por esa razón. –Concluyó Mycroft. Pesé a todo lo que pudiera pensar para exculparse, eso no lo podía negar de ninguna manera.

-Dejando a tu hermano en la escuela.

-Sí, algo que yo hacía normalmente.

-Mycroft, deja de imaginar que puedes cambiar lo que pasó con una sola decisión.- Gregory se detuvo obligándolo a hacer lo mismo, pero no quería mirarlo, porque eso lo hacía sentir confundido y era un sentimiento que no le agradaba. Se había convencido de que todo era su culpa, de que simplemente debió haber hecho lo de siempre, llevar a Sherlock a la escuela y todo estaría bien ahora.

Lo peor que pudo pasar ese día era que él hubiera muerto. Un mundo sin Mycroft no era tan malo como un mundo sin sus padres.

-Sé lo que pasa por tu mente –dijo el hombre mayor sujetando sus hombros y buscando atraer su mirada.- Yo lo he pensado mil veces. Sí ese día ella hubiera amanecido enferma, si se hubiera quedado en casa, si por una vez en su vida la hubiera llevado a la escuela yo….

Gregory suspiró pesadamente, parecía que había sacado todo el aire de sus pulmones. Tuvo que mirarlo, su expresión era un reflejo de la suya, la tristeza más extrema, esa que te atrapa y te mantiene atado al pasado que no puedes cambiar.

-No podemos cambiar nada, lo que nos pasó, a ti, a Sherlock, a mí, es eso, pasado.

Lo sabía. Simplemente era difícil de aceptar como tal. Aceptar que sus decisiones no eran lo que había causado el accidente, que él no tenía por qué cargar con ello toda la vida. De la misma manera que Sherlock no era culpable, ni Gregory.

Se quedaron sentados el alguna parte, en una escalera que no llevaba a ningún lado. Cerró los ojos, sabía que no podrían permanecer ahí mucho tiempo pero quería tan sólo unos minutos sin tener que pensar en otra cosa. Estornudó y tuvo que aceptar que aun el ambiente era muy frío como para estar al aire libre con un simple suéter.

-Espero no te enfermes.

La preocupación fue agradable pero aun así no pudo evitar reaccionar como lo habría hecho con cualquier otra persona, poniendo los ojos en blanco y dejando salir un bufido desesperado. Claro que no se iba a enfermar por enfriarse un poco.

-Lo siento… -tartamudeó y eso le pareció encantador, parecía que se disculpaba por insinuar que el estornudo podría significar algo más. En los días previos se había acostumbrado a la presencia de Gregory, sin embargo, nunca dejaría de sorprenderlo en todos los sentidos.

-No –dijo interrumpiendo la posible respuesta- tienes razón, creo que no esperaba que hiciera tanto frío.

-Bueno, debí insistir para que regresaras por una chamarra –pasó su brazo por detrás de su cabeza y colocó su mano derecha en su cuello, un gesto muy específico que lograba que el musculo de su brazo se flexionara evidenciando lo bien desarrollado que estaba. Maldición, fue lo primero que pensó Mycroft al notar la atención intensa que estaba poniendo en aquello, trató de concentrarse entonces en su rostro pero tal vez no había pasado desapercibido para el hombre que lo estaba mirando. Admirando.

-Tengo frío.

Mycroft escuchó como esas dos palabras abandonaban su boca y las odió al instante, eran tan … tontas. Quiso regresarlas, pero claro, algo así es imposible. Gregory hizo algo inesperado en ese momento, aunque debió haberlo sabido, puesto que parecía dispuesto a ayudarlo en todo. Se quitó su chamarra y se la pasó sobre los hombros. El cerebro de Mycroft se desconectó.

Era gruesa, abrigadora, de interior forrado en tela aborregada. El olor era lo más delicioso del mundo, no olía a ningún tipo de colonia o perfume, olía tal vez a especias, a aceite de oliva. No podía pensar correctamente entre la sensación de calor y el maravillo aroma. No podía más que sentirse atrapado en ese momento, queriendo que jamás terminara.

Se estremeció y eso provocó que Gregory lo acercara a él, estaba junto a él, sentía el calor inmenso que emanaba de su cuerpo. Junto a él. Podría ser demasiado rápido, podría ser precipitado, tal vez si lo pensaba mejor podría encontrar mil razones para no hacerlo, pero no quería ni siquiera pensar en ninguna de esas razones.

-¿Tienes hambre? –Preguntó tras un momento de disfrutar aquella cercanía.

-Sí, ¿tienes alguna sugerencia?

Terminaron yendo a su antiguo restaurante dentro del Chiltern Firehouse, un lugar de gran lujo y popularidad dentro de un edificio victoriano de ladrillo rojo con altas chimeneas que alguna vez fue la estación de bomberos de Marylebone. Jamás había estado ahí, por lo que entrar de la mano de Gregory era toda una experiencia.

Los recibieron de una manera preciosa nada más poner un pie en el lugar, parecía que alguien había dicho el nombre Lestrade y este había corrido como reguero de pólvora, fuera bastante agradable ver como el personal del restaurante y la cocina salían para recibirlo y para nada se sintió desplazado por el hecho de que tuvo que dar algunas pasos hacia atrás para no estorbar. Gregory fue a recuperar su mano en cuanto tuvo la oportunidad.

Le gustó, mucho, que fuera así de querido.

Se sentaron en una mesa apartada, casi privada. Le sugirió cosas de la carta que a pesar de los años permanecían ahí, cosas que él había incorporado, creado o modificado. La sopa de hongos era sencilla pero incorporaba ingredientes tradicionales que la volvían una experiencia única. El pollo oriental tenía también algo que no lo dejaba pasar desapercibido. El pastel de chocolate que insistió debía probar había explotado en su boca llevándolo a un punto casi orgásmico.

Ni siquiera se dio cuenta de que gimió al tenerlo en su boca hasta que abrió los ojos y se percató de la turbación en Gregory, su sonrojo y la manera en que se movía en la silla. Después de tanto tiempo alguien respondía de esa manera ante su presencia, ante una acción suya, era inesperado pero agradable. Como todo con él, con ese hombre que había irrumpido en su vida.

-Usa la chamarra –le dijo al salir. Atrás había quedado el adorable decorado retro del lugar, los gabinetes de sillones rojos, las altas columnas, la barra tipo cafetería rodeada de una amplia selección de panes gourmet. Le había gustado el ambiente, para ser un lugar de tanto renombre se le había antojado familiar. Sonrió al escucharlo, la simple sugerencia de volver a ponerse su abrigadora ropa le parecía muy tentadora, ¿de verdad iba a luchar contra eso o iba a dejar que la deslizara sobre sus brazos y que lo cubriera con ella?

El tren estaba por salir, esperaban en el andén, la gente caminando pasando a su lado, el tiempo siendo tan sólo algo que se contempla y nada más. Podría acercarse, podría deslizar su presencia sobre su cuerpo y acercarse lo suficiente como para tocar sus labios. Lo hizo, fue una maravilla, mucho más porque seguía sorprendiéndole el ser capaz de hacerlo, el que fuera una realidad, el que estuvieran juntos.

25

Mycroft Holmes, pensé que trabajabas para el Gobierno Británico.

Lo hago. MH

Soy Étienne por cierto, no estoy seguro de que tengas este número.

Sé quién eres, de otra manera no te habría respondido. MH

Claro, lo sé. Sin embargo me mandaste el manuscrito.

¿Te gustó? MH

Lo amé! Necesito que sea publicado por mi editorial, estoy dispuesto a rogarte.

No creo que sea necesario que me ruegues. MH

Necesito que vengas.

¿A París? Claro, no hay problema. MH

¿Mañana? ¿A las once?

Estaré ahí. MH

Excelente Mycroft, estaré esperándote.

SHERLOCK HOLMES

Sherlock encontró al chef en la cocina, era lo normal, no bajaba de su habitación hasta que escuchaba el ruido de la preparación del desayuno.

-Buenos días Sherlock, está vez te apetece algo sencillo, ¿un sándwich tostado de queso?

-Me parece bien. –Respondió el niño y se sentó a esperarlo, el chef lo puso enfrente de él dos minutos después y Sherlock no tardó en consumirlo por completo. Se dio cuenta de que el hombre mayor lo miraba con interés, se reflejaba en su rostro el hecho de que le parecía excelente que hubiera subido un poco de peso en la semana que habían compartido. Al niño eso no le gustaba tanto, pero debía aceptar que últimamente no tenía tan mal humor.

-¿Seguirás viniendo?

La pregunta pareció sacar al adulto de una especie de ensoñación, se tardó un poco en responder, no porque lo estuviera considerando, sino porque quería decir algo importante.

-Mycroft me dio una llave.

-Vaya, igual que a la señora Hudson.

El chef se echó a reír con todo, Sherlock sabía que era algo que había pensado, que el tener una llave tal vez lo convertía en un empleado más, encargado de darle de comer y evitar que muriera de una mala alimentación. Pero también sabía que su hermano había insinuado algo más, algo que no habían terminado de hablar pero que implicaba una presencia más permanente. Estaba bien, Greg le gustaba, era una persona excelente que gustaba de su hermano y que no trataba de cambiarlos o los juzgaba.

Uno no iba encontrando personas así todos los días, Mycroft hacía bien al tratar de aferrarse a él.

-No te preocupes Sherlock, aunque Mycroft regrese al trabajo, yo seguiré viniendo todas las mañanas.

-No fue a trabajar –dijo pensando en lo extraño que se comportaba cuando despertó demasiado temprano como para ir al trabajo. Salió a ver al pasillo, se despidió de él con un movimiento de mano, estaba claro que cargaba con una buena cantidad de nervios, sobretodo en el camino hacía la calle, donde iba mandando mensajes con celeridad.

-¿Entonces a dónde fue? –El chef parecía curioso, pero Sherlock no tenía idea de qué responder.

-Creo que tendremos que averiguarlo.

El niño se levantó, aunque previamente se encargó de vaciar por completo el vaso de su licuado, ni una gota perdonó.

-¿Averiguarlo?

-Sí, ven conmigo.

-¿A dónde vamos?

-Al cuarto de Mycroft.

El chef se paró en seco aunque ya había llegado hasta lo más alto de la escalera, caminó hasta la puerta de la habitación en la que había entrado Sherlock y se asomó con cuidado. Era un cuarto de tamaño mediano con perfecto espacio para una cama grande, un escritorio, un sofá y un librero bastante nutrido. Todo estaba en perfecto orden, no había nada fuera de lugar.

-Entra.

El niño lo miraba con impaciencia pero el hombre no se movió, le pareció ridículo, no decía nada pero la convicción de no invadir un espacio privado emanaba de él. Tonto, pero respetable, a Mycroft le encantaría ver aquello.

-Muy bien, no hagas nada, sólo quédate ahí.

De todos modos no lo necesitaba, él no podría encontrar las cosas importantes porque no prestaría la atención necesaria. Además de todo, ahí estaba la única fotografía que Mycroft tenía en la habitación, sobre su escritorio, una donde era evidente su aspecto de ballena de unos años atrás. Si el chef la veía, Mycroft enfurecería.

No le costó trabajo confirmar que no había ido al trabajo. Aunque su gafete faltaba, su preciado portafolio estaba en su lugar al igual que su computadora personal y su IPad, cosas sin las que no sobrevivía. Lo extraño era la caja. Era una común y corriente caja de cartón, una que al parecer había estado guardada por muchos años, estaba algo polvosa y deteriorada, tal vez había tenido otra caja más pesada encima. La había visto, cuando era un niño pequeño y solía colarse al cuarto de su hermano.

Adentro tenía libretas, muchas libretas, tomó un par y recordó que alguna vez leyó una aunque lo consideró un pasatiempo tonto y no volvió a pensar en ello. ¿Por qué estaba ahí? Recordaba que su madre a veces preguntaba a Mycroft sobre sus escritos, pero su hermano respondía que no era algo que le importara y ella dejaba de insistir.

El timbre hizo que dejara de buscar.

-Me voy.

No le dio tiempo al chef para responder, en tres saltos había bajado las escaleras, la señora Hudson conversaba con la madre de John, pero en cuanto lo vieron se despidieron. Estaba convencido de que su hermano iba a hacer más cambios en su vida, como siempre, no pensó comentarle nada antes de que sucediera, pero a él lo único que le interesaba era seguir viviendo donde ahora lo hacían, cerca de John.

26

MYCROFT HOLMES

-¿Es verdad?

La mujer estaba incrédula porque no creyó vivir un día así, lo miraba dar vueltas en la oficina, tomando las cosas personales que se podía llevar a casa. Sabía que no terminaba de creerlo, porque era imposible, que él dejara de trabajar para el Gobierno Británico.

-Sí Anthea, es verdad.

-Pero, esto es tu vida, no puedes dejarlo así nada más.

Él la miró valorando sus palabras. Tal vez el tiempo que la conocía había parecido que eso era cierto, que el trabajo y el orden eran su vida, pero había dado la impresión equivocada.

-No, esto no es mi vida, esto no fue lo que soñé –cerró un momento los ojos pensando en que las cosas cambiaron cuando nació Sherlock, de pronto, tenía una necesidad de asegurarse un futuro brillante en dónde él fuera el más importante. Pero antes, las cosas eran diferentes.- Esto es en lo que soy bueno, en lo que puede aplicar mis talentos.

-¿Y eso no es lo que quieres?

La mujer parecía más relajada, tal vez en un inicio pensaba que estaba siendo impulsivo o que lo hacía por otras razones, como una depresión mal manejada que lo llevara a abandonar las cosas importantes y recluirse en su casa.

-Lo quiero, pero como te dije, no es mi vida.- Ante aquellas palabras ella pareció darse por vencida, suspiró y fue a abrazarlo, algo que no era normal entre ellos pero que ahora se sentía como adecuado. Se miraron por un momento después de eso y de inmediato ella rompió el contacto visual para sacar su celular del bolsillo de su chamarra.

-¡Mierda! –Espetó ella después de un momento de tener el aparato en su mano.- Se quedó sin batería.

-Puedes cargarlo aquí –le dijo Mycroft.

-No, iré a casa en unos minutos, no tiene caso. –Respondió ella exasperada porque no se dio cuenta antes, la verdad había estado muy concentrada en su ahora ex jefe como para mirar su teléfono.

Se despidió de ella tras entregar su identificación, había pasado por todo un proceso para "dejar de trabajar" en su oficina más complejo que cuando inició sus labores. Era casi media noche cuando por fin estuvo autorizado para salir, la verdad es que debería haber ido al día siguiente pero después de los resultados del viaja París, tenía ganas de concluir con esto lo más pronto posible.

Lo único que detestaba era el hecho de que justo al llegar a la reunión con Étienne, un hombre mucho más alto que él chocó contra su persona, enviando su celular a volar. Lo tenía en la mano cuando eso sucedió, al estrellarse contra el pavimento se desarmó y se estrelló la pantalla. Pensó ir por uno nuevo, pero en París ya no tuvo tiempo para eso y cuando regresó a Downing Street encontró a Anthea en el Starbucks comprando café, así que olvidó que lo necesitaba.

Debió pedir a ella que mandara un mensaje a Sherlock.

SHERLOCK HOLMES

-Está convencido de que algo le pasó.

Greg había recibido el mensaje justo cuando cerraba el restaurante, tanto Molly como Sally y Phil estaban con él cuando lo leyó y al verlo reaccionar con preocupación, insistieron en acompañarlo. Al llegar a la casa, tanto la señora Hudson como los padres de John estaban ahí. Sherlock estaba hecho un ovillo sobre la alfombra, negándose siquiera a responder una pregunta. John estaba a su lado, acariciando su cabello.

-¿Por qué está tan seguro? –Le preguntó Molly a la madre de John, quien les había abierto la puerta.

-Porque no se ha comunicado en todo el día, porque trató de llamarlo al ver qué la hora en la que la señora Hudson se tiene que ir a su casa llegaba y él no regresaba. Porque su celular está desconectado o fuera de área.

-Puede haber otra explicación. –Dijo Sally mientras lo meditaba. Greg también pensaba eso, que si hubiera alguna mala noticia lo sabría, sin embargo, era extraño el comportamiento de Mycroft desde la mañana y que Sherlock no se pudiera comunicar con él era de verdad fuera de lo normal.

-Qué Mycroft Holmes no le responda a su hermano no se puede explicar de otra manera. –Añadió con seguridad la señora Hudson. Greg sintió un escalofrío en su espalda, debía haber otra explicación, no se podía sentenciar tan sencillamente que a Mycroft le había pasado algo.

-Tal vez perdió el celular. –Dijo él. Era lo más simple, la gente actualmente si no tiene celular, no se toman la molestia de usar un aparato fijo para llamar, la gran mayoría ni siquiera sabe los números de las otras personas, confiando plenamente en que los tiene almacenados en la agenda de contactos.

Aunque de verdad creía que Mycroft sabía todos los números de memoria.

-Lo peor fue cuando la patrulla con los hombres que vigilan a Sherlock se retiró. –La señora Hudson se talló los brazos con las manos y miró nerviosa por la ventana.

-¿Eso que tiene que ver? –Preguntó intrigado Phil.

-Nunca se van, ellos llevan años trabajando con Sherlock, sólo se retiran cuando termina el turno de 24 horas pero eso sucede cada día a las 6 de la mañana y los otros dos agentes entran en servicio. –Aclaró la mujer, era una rutina que se había repetido por mucho tiempo, no importando dónde vivieran los Holmes.-Pero a las 10 se fueron, nada más arrancaron el vehículo y se retiraron.

No sabía qué decir, no sabía qué hacer. Sherlock no tenía un número para llamarle al trabajo y su único otro contacto, Anthea, mandaba la llamada a buzón de voz. El niño empezó a llorar, Greg no sabía qué hacer, así que hizo lo más normal para él. Lo tomó en brazos, aunque era extraño, Sherlock era un niño alto, sus piernas se le escurrían y a duras penas conseguía mantenerlo estable.

Caminó con él por la casa y escuchó lo que murmuraba, cosas terribles como "estoy solo, por completo solo" y trató de la mejor manera que pudo responderle lo contrario. Había pasado tan poco tiempo, eran días, pero bastaban para que él supiera que si era necesario, él lo apoyaría toda la vida. Pero no lo era, algo le decía que todo esto no era más que una serie de confusiones, cuando llegara Mycroft lo explicaría.

Había una razón para que no estuviera en su casa. Además de todo, la señora Hudson tenía la indicación de que si por alguna razón Mycroft no llegara por la noche, ella debía permanecer con Sherlock. Por lo tanto, aunque no era algo normal, él había pensado en ese tipo de contingencia, así que todo iba a explicarse.

-Chef –susurró el niño en su oído.

-Dime –respondió en el mismo tono.

-No me dejes.

-Claro que no lo haré.

MYCROFT HOLMES

Todas las luces de su casa estaban encendidas, había gente a fuera de la misma y dos patrullas estaban estacionadas al frente. Mycroft sintió que todo el calor de su cuerpo lo abandonaba. Era la una y treinta minutos de la madrugada.

Algo horrible había sucedido.

Corrió y pasó sin fijarse en nadie, casi aventando a los desconocidos que estaban en su camino. En la sala de su casa estaban los empleados de Gregory, lo miraron como si fuera un fantasma, un oficial de policía se le trató de acercar pero él lo único que quería era ver a su hermano.

-¡Greg! –gritó una mujer, Sally tal vez aunque no identificó el lugar de donde provenía el sonido. Corrió a la cocina esperando que ahí estuviera Sherlock pero no estaba, así que comenzó a recorrer toda la casa buscándolo pero sin pronunciar palabra, por alguna razón no podía hablar. Subió por la escalera saltando de tres en tres los escalones, una costumbre que perdió cuando su madre lo regañó demasiadas veces por lo mismo.

La voz lo guió. Era casi un susurro pero era clara en la manera de pronunciar las palabras, era de Gregory por supuesto, la reconocería dónde fuera. Abrió la puerta de su habitación con cuidado, Sherlock estaba acostado en su cama tapado con su cobertor, Gregory estaba sentado a su lado.

-¿A dónde iremos? –Preguntó el niño con voz adormilada.

-A un partido de fútbol. –Respondió el hombre mayor.

-Nunca he ido a uno, no estoy seguro de que Mycroft quiera ir.

-Irá –respondió con seguridad sin dudarlo.- Además de todo le compraré un jersey del Arsenal y tomaré una foto de ambos en el palco.

-Ni siquiera mirara a la cámara, no le gusta cómo sale en las fotos.

-Esta le gustará, seguro que sonreirá.

-Con su sonrisa de foca.

-Cuando sonríes lo haces igual que tu hermano.

-¡Yo no tengo sonrisa de foca!

Mycroft se tuvo que reír ante el disgusto expresado en la voz de su hermano, algo que Sherlock odiaba era que dijeran que de alguna manera ellos se parecían. Porque no lo hacían, eran completamente distintos. Al escucharlo, tanto Sherlock como Gregory se levantaron de un salto y tras un segundo de duda donde lo contemplaron sorprendidos, fueron a abrazarlo.

Sherlock se aferró a su cuerpo como si se tratara de un salvavidas. Gregory lo rodeó por los hombros no sin antes besarlo rápidamente. Fue obvio todo en un segundo. Su falta de comunicación propicio que Sherlock creyera que algo le había pasado, que llamara a Gregory y que él llamara a la policía.

-Estúpido. -Le dijo Sherlock sin intención de ofenderlo. Sólo que lo era, un estúpido por no saber que su perfecta rutina no se podía romper de esa manera sin provocar algún tipo de efecto.

-Mi celular se rompió. –Era su única explicación, bastaba, la verdad no importaba, mientras estuviera ahí, mientras estuviera bien, no importaba nada más.

27

MYCROFT HOLMES

Se levantó temprano ese día y aun así, Sherlock se le había adelantado. Tenía todo listo, la maleta, su pasaporte, estaba vestido y tenía el celular en las manos compulsivamente pisando las teclas para componer un mensaje. Últimamente era lo único que hacía cuando estaba solo, mandar mensajes a John.

Las cosas habían cambiado entre ambos aunque Sherlock no había compartido con él los detalles, no era necesario, lo sabía todo. John había tenido una novia unos tres meses atrás, una chica nueva de fuerte personalidad que había llegado para poner su mundo de cabeza. Sherlock simplemente se echó para atrás. Pensó que era lo correcto, dejarlo hacer lo que él quisiera, nunca confesarle nada de lo que sentía.

Después de todo John era su único amigo, todas las demás personas a su alrededor o eran familia o eran conocidos, pero John, él estaba en otro estrato.

Hasta el día en que John apareció casi a media noche tocando la puerta como si fuera de vida o muerta hablar con Sherlock. Trató de darles espacio pero hablaron a gritos y fue imposible no enterarse. John quería saber por qué a Sherlock no le importaba que él tuviera novia. Sherlock le dijo que no era así, que le importaba, que lo estaba matando, pero que jamás se arriesgaría a perder su amistad y que él se quedaría a su lado, pasara lo que pasara.

Aunque tuviera que presenciar su romance adolescente insípido y trillado.

Palabras de Sherlock.

Después de eso hubo silencio. Mycroft tuvo que bajar a ver si todo estaba bien. Lo estaba, sólo que su hermano estaba siendo besado por John, cosa que hasta ahora le causaba un escalofrío al pensarlo. Eran chicos de quince años, niños aún. No lo eran. Eran dos personas tan enamoradas el uno del otro que fueron incapaces de confesarlo hasta que no tuvieron otra opción.

Así que ahora, cada segundo apartados lo usaban para mandarse mensajes.

-Buenos días –le dijo y para su sorpresa lo miró, alejando su atención de la pantalla.

-Es temprano. –Frunció el ceño, Sherlock sabía que estaba de pie porque no había podido dormir más al estar algo ansioso por el día.

-No tanto, debes estar en la estación a las seis de la mañana. –Mycroft podía llegar a obsesionarse con la puntualidad pero sabía que su hermano no iba a creer en esa razón.

-Son las cinco y la estación está a unos minutos en coche. –Cada respuesta del menor era muy lógica, como era de esperarse.

-Debes desayunar.

-Por favor, despierta al chef para eso. –Prácticamente suplicó, estuvo a punto de lograr que Mycroft soltara la carcajada.

-He aprendido unas cuantas cosas.

-Eso crees tú.

Gregory bajó mientras tenían esa conversación, les sonrió a ambos y se puso a cocinar. Algo sencillo, sabía que Sherlock no tenía hambre a esa hora de la mañana, pero era una costumbre. Aquello empezó de esa manera y ahora, no lo dejaría poner un pie fuera de la casa si no tenía algo en el estómago.

-¿Vendrán el sábado?

-Estaremos ahí –respondió Mycroft.- Sólo quiero que los días previos se comporten, ustedes son dos de los diez alumnos más brillantes del Reino Unido, así que espero que estén a la altura.

-No te preocupes.

-Por supuesto que lo hago, lo sabes. –Respondió sinceramente y su hermano asintió. Así eran las cosas, Mycroft se podía relajar lo suficiente como para dejar ir a Sherlock a una Olimpiada Académica en París, pero no podía dejar de pensar en las mil cosas que podrían suceder en un viaje así con otros chicos de su misma edad donde además de todo, serían recompensados por su participación con un tour de tres días por la ciudad y sus alrededores.

Además de todo, John había conseguido un puesto también, irían juntos.

A las seis con veinte minutos estaban partiendo de la estación de trenes, de ahí tomarían el Eurostar a París y listo, para las diez de la mañana estarían en otro país. Gregory sintió su intranquilidad, sabía que era sencillo para él darse cuenta de la cantidad de estrés que se generó al ver a Sherlock partir, por lo que no le sorprendió que lo abrazara tratando de tranquilizarlo.

Lo consiguió, por supuesto, siempre lo hacía.

Una vez en casa Gregory preparó café, sabía que ninguno de los dos podría dormir de nuevo, Mycroft encendió su computadora y terminó de revisar el manuscrito que enviaría más tarde a la editorial. Era un autor de millones de copias vendidas que no había dado la cara ni una vez, el misterio le gustaba y la verdad, a los treinta y cuatro años lo último que quería era dar entrevistas o aguantar una firma de autógrafos.

Aunque su editor moría porque aceptara aunque fuera una única vez, le juraba que sería un éxito y Gregory se lo repetía cada que tenía la oportunidad, que con una vez que apareciera en televisión, la gente no podía quitarle los ojos de encima. Mycroft por supuesto no lo creía, con el paso del tiempo había ganado peso, aunque Gregory lo obligaba a salir a correr todos los días y a comer saludable. Además, el cabello rojo no era agradable y la costumbre de no rasurarse tampoco ayudaba, pero la verdad es que no lo hacía porque cada que Gregory lo veía y su mirada se concentraba en la zona de su boca, terminaban buscando cualquier lugar privado para poder expresarse.

A su Gregory le gustaba la barba roja y por eso, la mantenía.

La máxima comunicación que tenía con las personas que leían sus libros era una cuenta de Instagram.

Ese día hizo algo diferente, quería probar que él tenía razón, que la gente no quería verlo, no querían que fuera una persona real. Era un momento para hacer cosas diferentes, después de todo, su hermano estaba en camino a París de la mano de John Watson, ¿qué cosa más arriesgada que esa? Lo demás eran tonterías.

Se sacó una foto con el celular, no era la mejor y no estaba mirando directamente a la cámara, pero mostraba suficiente de su rostro. La compartió en su cuenta y comentó, ayer recibí casi mil comentarios pidiendo una foto, aquí está. Cada libro estaba firmado con un seudónimo, HoLe, mismo nombre que tenía su cuenta en la red social. Se olvidó del asunto por unas dos horas, dejó la computadora encendida mientras iba a acompañar a Gregory a la ducha para después quedarse dormido en la cama.

Al levantase de nuevo lo encontró mirando su cuenta, no era personal, de hecho quién la abrió fue el mismo Gregory y muchas veces, era él quien compartía cosas que a Mycroft le parecían insustanciales. Estaba sonriendo.

-Lo hiciste.

-Seguramente todo mundo la ignoró. –Respondió convencido de eso. Rodeó la mesa y fue a abrazarlo por la espalda. Fue cuando lo vio. ¿De verdad una imagen podía tener casi cien mil likes en tan poco tiempo?

-Te lo dije, una vez que te vean no te podrán quitar los ojos de encima.

-Lo dices tan seguro.

-Es lo que me pasó a mí.