III. Ascenso.
—Es una chica bonita —decidió.— Si no la amas, al menos te traerá más riqueza y elevará tu ya de por sí respetada posición, Illyrio.
Desde la ventana veía los seis cerezos flanquear el estanque de mármol. Elevándose sobre el agua estaba la estatua de su camarada, joven y nervudo. Normalmente atraía las mirada y los invitados se deshacían en halagos admirando el trabajo del escultor o la buena apariencia del hombre que había sido un humilde jaque, pero ese día las alabanzas las recibía la bella doncella que contraería matrimonio. El primo del Príncipe de Pentos se había asombrado de la reputación del recién iniciado mercader y le había ofrecido su mano.
—Sí que lo es —asintió el mentado recolocándose la vestimenta. Conservaba su llamativo gusto, brillaba más que el sol.— Resulta increíble lo mucho que han cambiado las cosas en sólo unos años. He pasado de ser un pobre diablo a estar emparentado con una de las familias más poderosas de Pentos. ¿Debería empezar a preocuparme? Es posible que este príncipe también acabe sus días como ofrenda a los dioses.
Varys dio buena cuenta de los pastelitos de limón antes de responder. Últimamente su amigo y él habían estado disfrutando ampliamente de la vida, aprovechando que habían medrado lo suficiente como para salir de las calles y dedicarse a otros negocios más fructíferos. Eso no evitaba que hubiese hecho los deberes a conciencia: sus ratoncitos habían indagado sobre la familia del príncipe, no quería que Illyrio estuviese desinformado.
El eunuco comprobó que los secretos eran más valiosos que el oro o los zafiros, por lo que comenzó a buscar a los hijos de las calles, chiquillos huérfanos como él que vivían en cloacas o callejones, silenciosos y rápidos, pequeños y comunes, que pasasen inadvertidos. Les enseñó a sisar y a leer, a trepar por los árboles y a escalar muros, a colarse por las chimeneas y a observar a la gente, copiar e imitar sus gestos. Crearon un obediente tropel de seguidores, ávidos de conocimiento, que les hacían el trabajo sucio mientras uno colgaba la espada y el otro escuchaba los secretos, revisaba libros de cuentas o interpretaba mapas. Los enemigos aumentaron, pero no se hicieron ni más valientes ni más mortíferos, sino que preferían esperar el momento idóneo para atacar, un momento que se hacía eterno. Acabaron cenando todas las noches pato al limón y cisne a la crema, pastel de panceta y trucha con almendras, brindado con vino del Rejo y tomando largos baños calientes.
—Lo tengo bien atado, no te preocupes —respondió con un ademán confiado.— Y ellos saben que yo lo sé, no hay nada como la incertidumbre para obtener servidumbre.
—Te echaré de menos, Varys —declaró sentándose junto a él.— Nada de esto —abarcó con las manos la lujosa estancia plagada de tapices, alfombres myrienses, pesados volúmenes de la ciudadela de Antigua y candelabros de plata— habría sido posible de no habernos conocido. Supongo que has sopesado a fondo esa... peculiar petición de trabajo.
—Me viene como anillo al dedo ¿qué puedo decir? —Varys sonrió con seguridad, como si volviese a ser el imbatible príncipe de los ladrones.— Hay oportunidades que hay que tomar lo antes posible, no vaya a ser que otro se aproveche y saque ventaja.
—Estarás terriblemente lejos —objetó el otro.— Allí no tienes nada y te recuerdo que no todos tus ratoncitos han aprendido a nadar.
—Pensaba que tenías un par de galeras mercantes, ¿no les dejarás subir? —rió.— Los ratones pueden transformarse en pajaritos, no es necesario que naden cuando pueden volar. Es cierto que lo único que poseo son recuerdos lejanos y borrosos, pero la idea de sentarme a la derecha de un rey y susurrarle al oído me resulta demasiado tentadora. Hoy emparentas con un príncipe, mañana sirvo a un monarca, y para la siguiente semana ambos nos hemos vuelto más listos.
—Las intrigas cortesanas son difíciles de manejar —insistió.— Que un hombre carezca de miedo demuestra su escaso aprecio por la vida.
—En realidad, creo que los que más miedo deberían tener son los allegados al rey. El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente, conozco los rumores sobre el frágil estado de Aerys Targaryen, necesita un leal amigo que apoye sus sospechas y lleve a cabo sus intenciones.
—Suerte que eres tú el que lo aconsejará —rió Illyrio metiéndose una nuez en la boca.— Nadie más fiable que Varys el eunuco, el ladronzuelo de Lys.
Unos nudillos golpearon la puerta, los dos hombres se giraron para ver entrar a un niño de no más de diez años, pequeño y de rodillas huesudas. Calzaba lo mismo que Varys: zapatillas de una suave piel, no hacían ruido al pisar. Eran de un tejido costoso, pero el color y la forma las hacía parecer ordinarias. Se acercó a los dos hombres y les tendió un pesado ejemplar de historia y unos planos repletos de anotaciones que Illyrio examinó con ojo crítico.
—Tranquilo, es de los nuestros —Varys pasó las hojas buscando una en concreto.— Ya te dije que no hacía falta enseñar a nadar a quien sabe volar.
—¿Esto es Desembarco del Rey?
—En efecto. He meditado muy bien mi decisión, no se trata de un loco arrebato. Recuerdo vagamente la Fortaleza Roja, poco sobre las calles de la capital. Por suerte, los maestres de Antigua se dedican a lo mismo que nosotros, ellos también recolectan información para usarla de una manera útil. Según el archimaestre Garedon fue Maegor el Cruel el que mandó construir la torre que lleva su nombre y precisamente bajo esa torre hay una red de pasadizos harto interesantes. ¿Por qué no se lo cuentas a mi amigo el mercader, Maric?
El niño se aclaró la garganta antes de comenzar a explicar cada pequeño apunte en los planos. Había nacido en la Curva del Meados, una calle insignificante y enlodada del Lecho del Pulgas. Varys había conseguido dar con el pajarito adecuado, ese niño había recibido varias semanas de intensivo entrenamiento (bastante productivo) que, sumado a sus conocimientos de la ciudad, lo hacían idóneo para la tarea encomendada. A la hora de la verdad no le importaba meterse en alcantarillas y era correcto dibujando.
—Al parecer está todo bajo control —murmuró.— Pero si las cosas salen mal por un motivo u otro y el rey decide prescindir de ti tal y como hemos oído que se dedica a hacer ¿quién te salvará? ¿Qué vale el poder de un comerciante contra el de un soberano?
—Olvidas que acudió a mí, conoce pues mis habilidades. Le soy necesario, resultará sencillo ejercer poder sobre él.
—Un simple consejero de manos empolvadas con un acento que volverá a traicionarle. Alguien de su moral dispersa pensará que hay miles como tú.
—Pero amigo, siento que estás ignorando los últimos cinco años. El poder reside donde los hombres creen que reside, ni más ni menos, ¿acaso no es lo que hemos vendido, no hemos traficado con el poder, la mentira y el engaño? Seré tan indispensable en la corte que el rey desearía que otro fuese su hijo.
—No vas a tener amigos en la corte que desenvainen sus aceros para salvarte. Si trabajas con el rey, sus enemigos se convertirán también en los tuyos. Quizá estés jugando con fuego, Varys.
—No lo dudes ni un instante —susurró.— Comprendo los riesgos y los asumo, si el fuego es la condena me abasteceré de agua. Deseo que me des tu bendición antes de que yo te de la mía en el día de tu boda, quiero que comprendas una cosa. Hay personas que nacen para inclinarse, otras para elevarse. Sabré cuando hacer una reverencia, pero no olvides jamás que soy como el humo. Entonces, ¿me inclino o me elevo? Siempre hacia arriba, siempre, sin romperme.
