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Respeto y admiración
Kate inspiró con fuerza cuando vio salir al orangután de Sloan. Por un momento estuvo tentada en partir su brazo de verdad, y la realidad es que se arrepintió de no hacerlo cuando escuchó el comentario machista hacia su persona. Pero hizo bien en contenerse.
Se tocó el puente de la nariz y miró al tal Richard. En vez de un escritor parecía un boxeador. Un boxeador derrotado. El hombre tenía la cara pálida, llena de magulladuras, moratones, un corte a medio sanar en la ceja derecha y los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar.
Y no supo por qué, pero Kate fue incapaz de ignorarlo.
― ¿Se encuentra bien? ―dijo ella desde su posición, suavizando su rostro sin querer al ver una lágrima en la mejilla izquierda de él.
El hombre se limpió la lágrima con la manga de su camisa mojada.
―Sí, gracias ―respondió él sin mirarla. Ella supo que no le decía la verdad, pero no dijo nada.
― ¿Quiere que le acerque a casa?
Vaya, esa pregunta salió sin su consentimiento de su cabeza hacia su boca antes de poder filtrarla. Ella no era así, no invitaba a un desconocido a entrar a su coche, por muy amigo de su capitán que fuera.
Pero no corrigió su pregunta.
El hombre pareció sorprendido durante un segundo, con la boca entre abierta. Los moratones y heridas de su cara se hicieron más que obvios cuando él parpadeó. Hasta en ese momento Kate no se había dado cuenta de lo magullado que estaba el escritor.
Entonces él le regaló una sonrisa débil, casi vencida, pero que tocó el interior de Kate haciéndola inspirar sin querer. Ese hombre tenía una sonrisa única.
―Gracias, pero usted tiene trabajo detective. Supongo que es detective...
Kate asintió en vez de contestar.
―Respeto su profesión detective, no me gustaría molestar ni robar parte de su tiempo con algo tan tonto como llevarme a casa.
Sonaba tan sincero que Kate pestañeó. Vaya, aquel hombre era diferente a la versión de "escritor molesto mete-narices" con la que lo describían los detectives en comisaría. No parecía un niño mimado del alcalde, ni un civil adinerado con aires de grandeza. El hombre que tenía delante era respetuoso, no parecía tener mucho dinero y, por lo que había escuchado antes, era padre. Padre. ¿Qué padre pondría su vida en peligro sin un motivo?
―Insisto ―volvió a sorprenderse Kate hablando. Necesitaba filtrar sus pensamientos ya.
― ¿De verdad? ―pestañeó él.
―He escuchado la conversación de Sloan. No tiene dinero para volver a casa, ¿verdad? ―el hombre agachó la cabeza como un niño pequeño y ella supuso que vivía lejos―. Además, está lloviendo y yo tengo una hora libre. No es un problema.
― ¿De verdad? ―volvió a hacer la misma pregunta él con el tono más entrañable que Kate había oído nunca.
No sabía por qué, pero no era inmune al dolor del tono de voz de él.
―Puedo acompañarlo a por los medicamentos para su hijo y llevarlo a casa. Con esta lluvia y a pie tardaría más, ¿verdad?
Él entre abrió la boca, como queriendo decir algo, pero no tardó mucho en cerrarla y asentir apesadumbrado. Por lo que debía vivir muy, muy lejos.
Ninguno de los dos dijo nada más, Kate fue hasta la camarera más cercana, María, una mujer de mediana edad que la trataba con mucho cariño.
―Sé que hay cola, pero, ¿puedes traerme un café con un bollo para llevar? ―de reojo, vio la silueta del hombre detrás suyo, abrazado a si mismo mientras temblaba, y Kate no lo pudo evitar―. Que sean dos cafés y dos bollos ―susurró creando una sonrisa en la boca de la mujer.
María le dio un apretón en el hombro con un:
―Eres una buena mujer, por mucho que diga ese gorila ―dijo María.
―Gracias María, y no dudes en avisarme si Sloan vuelve a liar una de las suyas por aquí. Será un placer encerrarlo ―aseguró.
―Lo haré ―rio la mujer―. Vuelvo en unos minutos.
Cuando María volvió con dos cafés, una bolsa llena de bollos y magdalenas con un "cortesía de la casa" y sonrisa incluida, Kate se lo agradeció con otra sonrisa. Luego se puso la bolsa de pastas por debajo de su axila, cogió ambos cafés, uno en cada mano, y se acercó a Rick.
―Oh, no tenías por qué ―dijo él cuando ella le extendió un café.
―Lo sé, pero quiero ―se encogió de hombros dándole el café para, después, caminar hacia la puerta con el escritor siguiendo sus pasos. Kate se giró en el mismo momento en el que abría la puerta del local―. Además, incluso en los días malos hay buenos momentos ―susurró la frase favorita de su padre, creando una sensación de bien estar consigo misma que no había conseguido en años.
Porque era verdad, y aunque ella no tuviera esos "buenos momentos" que rezaba la frase, podía crearlos para otras personas. Y con ese pensamiento caminó entre la lluvia hasta su Crow Victoria.
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El limpia parabrisas se movía con insistencia sobre el cristal del Crow Victoria. Rick le dio un trago a su café y miró a la mujer que conducía hacia la farmacia más cercana. No le había podido quitar ojo desde que había entrado al coche. Era hipnótica. Elegante, comprensiva, empática, fuerte, tenaz. Aquella mujer era muchas cosas, pero, sobre todo, un misterio.
Un misterio que no le importaría descubrir.
― ¿Esta farmacia te sirve? ―dijo ella de repente, cortando los pensamientos de él.
Rick miró hacia la ventanilla del asiento del copiloto para comprobar que ella había estacionado frente a una farmacia. No se había dado cuenta de que había aparcado porque el ruido del motor seguía presente, ayudando a la calefacción del coche.
―Sí, gracias.
―Puedes tomarte el café y las pastas aquí ―sugirió ella cogiendo su propio café para darle un sorbo―. La farmacia no cerrará, y si no están los medicamentos que necesitas te puedo acercar a otra.
― ¿De verdad harías eso?
―Claro.
No vio falsedad ni mentira en su afirmación, así que Rick se permitió relajarse para comer una magdalena. Durante unos minutos se hizo un silencio cómodo, acompañado solamente por el ruido de la lluvia y los vianantes de la acera de al lado. Comieron y bebieron sus cafés en silencio, cómodos, hasta que ella habló.
―Eres Richard Rogers.
No era una pregunta, más bien lo afirmó. Luego no dijo nada más, se calló como si eso fuera todo lo que tenía que decir.
―Tengo mala fama en comisaría ―sonrió apenado él―. ¿Verdad?
Ella lo miró y... Oh, sus ojos eran más verdes que en la cafetería.
―Me llamo Kate ―se presentó ella y la boca de él se abrió ante el reconocimiento de su nombre. Kate. Sloan la había llamado Beckett, así que ella era Kate Beckett. La imagen de la policía y héroe de Nueva York. Kate Beckett en persona. Cuando se lo contara a los niños...
Kate frunció el ceño.
―No me mires así ―dijo ella.
― ¿Así, cómo?
―Como si fuera el último cromo no reproducido de una colección de Star Wars.
Aquello lo hizo reír. Vaya, era divertida. Eso le gustaba, y mucho.
―Me encanta Star Wars ―dijo él, olvidándose por completo que la editorial iba a cancelar su contrato cuando ella soltó una pequeña carcajada. Oh Dios, su risa era contagiosa también―. Mis hijos y yo somos unos expertos en disfrazarnos de jedáis. Aunque a mí siempre me toque ser "el bicho verde", como lo llama Mathew.
Aquello quizás no lo debería haber dicho. Por experiencia, cuando Rick hablaba de sus hijos con los anteriores detectives, solían reírse, quejarse o menospreciarlo. Pero Kate Beckett no hizo nada de eso. Ella lo miró directamente con una sonrisa suave.
Luego no hubo más conversación, ella siguió comiendo en silencio y Rick... Rick intentó controlar el hecho de que estaba sentado al lado de la mejor detective de la doce, quizás la mejor del país.
¿Estaba de más si le pedía un autógrafo? Sí, probablemente sí.
Cuando se terminaron los cafés, Rick se disculpó para ir a la farmacia mientras ella lo esperó en el coche. Al volver, ella ya había tirado los vasos vacíos y estaba hablando por teléfono.
― ¿Un sospechoso nuevo? Sí, sí, entiendo. Seguid esa pista, yo me acercaré a hablar con el sospechoso.
Al colgar, Kate se puso el cinturón de nuevo y guardó su móvil. Pero Rick no se abrochó el cinturón. Se quedó estático.
―Puedo ir a casa desde aquí ―dijo él haciendo que Kate lo mirara.
―Me da la sensación de que estás muy lejos de casa.
―No tanto...
―Adivino, ¿una hora andando? No, más bien dos.
Maldita sea, era realmente buena.
― ¿He acertado, verdad?
―Tampoco es tanto...
―Rick ―su nombre pronunciado por ella era agradable, le hacía sentir bien y no sabía por qué―, son dos horas bajo una lluvia intensa ―ella hizo una mueca―. Cogerás una pulmonía.
―No quiero molestar ―confesó agachando la cabeza. Y era la verdad, no quería molestar, porque para los detectives era eso, una molestia―. Tienes que ir a trabajar y no puedes perder tiempo haciendo de taxista. De verdad, no pasa nada. Lo mejor es que yo me baje y espere a que la lluvia escampe para ir caminando a casa.
Kate Beckett se mordió el labio inferior antes de decir:
―Hay otra solución.
― ¿Cuál?
―Ven conmigo a interrogar al sospechoso.
