NdA: cuántas notas para tan poco capítulo... Pero, como siempre, espero que os sirvan para completar un poquito los datos sobre la época. ¡Espero que os guste!


CAPÍTULO III

CONFIANZA


7 de noviembre de 1733, el Escorial, Madrid, reino de España

—Y listo.

Francia firmó con una sonrisa de satisfacción que intercambió con España. Esperaron a que la tinta se secara y después dejaron sitio a los embajadores y ministros. Patiño (1) saludó con un gesto a los reinos. Profundas ojeras le rodeaban los ojos y parecía un hombre que había envejecido mucho en poco tiempo. Ya era demasiado mayor para trabajar tanto —¡pronto cumpliría los sesenta!—, pero podía decirse que era de los pocos hombres competentes del gobierno español. Y se había desvivido por lograr aquel acuerdo, algo que Francia no podía menos que admirar, a pesar de que sintiera un rechazo personal por lo insistente que se había mostrado durante toda su carrera en acercar Inglaterra a España (2). Pero bueno, por fin había entrado en razón y no había más que leer el texto del tratado para saberlo.

Francia se permitió releer algunas líneas. La reina, Isabel de Farnesio, quería por todos los medios asegurar las posesiones de su querido hijo Carlos y él no había dudado en concedérselas. En realidad habría bailado desnudo y haciendo el pino si así hubiera conseguido asestarle un golpe como aquel a Austria, así que no le parecía un precio muy alto a pagar. También se comprometía a ayudar con todas sus fuerzas a España en caso de que Inglaterra atacara a la península, algo bastante probable puesto que habían decidido ponerle trabas en el comercio —ilegal, por cierto— con las colonias. Incluso se insinuaba que podía apoyarle para recuperar Gibraltar, punto que, para sus adentros, Francia consideraba el más flojo de todos, porque no le terminaba de hacer gracia que España recuperara el control del Estrecho. No cuando no hacía ni veinte años habían estado en guerra. ¿Quién le decía que no volverían a enfrentarse pronto? Pero ya se vería. De momento Inglaterra se había pegado como una garrapata a esa roca y su prioridad no era sacarlo de allí.

La parte que más le gustaba era la que mencionaba que él, Francia, pasaba a tener un… status de nación favorecida en el comercio colonial. Es más, se esperaba que colaborara con los españoles para poner fin a los abusos ingleses, algo en lo que ambos estaban interesados.

El pacto, por supuesto, era secreto. No les convenía que llegara a los oídos equivocados y los ingleses se pusieran celosos, de modo que la presencia de Francia era, cuanto menos, problemática. Pero había querido asegurarse de que todo salía bien. Al fin y al cabo, aunque ganara mucho, también tenía intereses propios y mucho más inmediatos como la guerra de Polonia (3) y la necesidad de impedir que Austria ganara más poder en Centroeuropa. La boca se le llenó de bilis de sólo pensarlo y sacudió la cabeza. Ya tenía asegurada la retaguardia. Hasta que regresara y se sentara a escuchar a sus ministros discutir sobre el ejército no debía seguir dándole vueltas.

Pero habría mentido si dijera que no había ido a visitar a España por el placer de saber que estaba allí, cuando no debería, en contra del mundo y por el puro gusto de pasar unos días a su lado. Se imaginaba la cara que pondría Inglaterra si se enterara y le cosquilleaban los pies.

Sintió un suave roce en el hombro y se volvió. España le hizo una señal, apremiándole para que se marcharan. En cuanto se aseguraron de que no estaban vigilándolos, pusieron pies en polvorosa antes de que quisieran empantanarlos en asuntos burocráticos.

Francia se cubrió con una peluca —las odiaba con toda su alma. Teniendo una melena como la suya, ¿para qué necesitaba cubrirla?— y luego con una capa que España había traído consigo en una pequeña bolsa. No le hacía falta mirarse en un espejo para saber que nadie lo reconocería: su estilo despampanante le resultaba muy útil porque, una vez despojado de sus bonitos atuendos, podía convertirse en cualquier persona.

—Van a poner el grito en el cielo cuando vean que has desaparecido —susurró España, divertido.

Oui. Pero que se encarguen los tuyos de hacer paz.

—¡Eres una mala persona! —rió.

—Pero eso ya deberías saberlo, mon petit ami —ronroneó Francia, pasándole un brazo por los hombros—. Pero no pensemos en eso, ¿por qué no celebramos que…? —Se estaba inclinando sobre su cuello cuando, de pronto, le dio un empujón—. ¡Ey…!

—¡Don Keene! —exclamó España.

—Oh, Spain. —Aquel tono nasal era inconfundible y Francis se puso en guardia de forma instintiva—. Buenas tardes.

Francia no se molestó en bajar la cabeza o intentar pasar desapercibido; alguien así llamaba mucho más la atención que una persona segura de sí misma. Lo único que debía hacer era controlar su acento. Así que, manteniendo la cabeza alta, examinó al famoso Keene. Tenía esa cara de bulldog tan típica de los ingleses y su gesto despectivo no hacía más que acentuar los rasgos de los anglosajones. Todavía le sorprendía que Inglaterra fuera medio atractivo, teniendo en cuenta cómo le había salido su población.

—¿Dando un paseo, señor? —sonrió España.

—Así es. Hoy hace buen día —dijo Keene, desviando la mirada hacia Francia, que le ofreció su mejor sonrisa—. ¿A quién tengo el honor de conocer?

—Don Francis, os presento a don Keene. Es el embajador de Inglaterra. Don Francis viene de Navarra —dijo España—. Trae noticias frescas de Francia —añadió de pronto.

Keene arqueó las cejas.

—¿Ah, sí?

«Maldito», pensó Francia, que no pudo controlar una sonrisa.

—Sí, don Keene. —Se aseguró de pronunciar lo peor posible su nombre y tuvo que contener una carcajada cuando el hombre frunció el ceño, como si hubiera escuchado un insulto—. He oído que el rey francés está muy irritado con el emperador por sus aspiraciones a la corona polaca. Puede que intente… Buscar ayuda.

Se preguntó si no se habría pasado, pero era tan divertido que no había podido contener la lengua. El embajador se pasó una mano por la barbilla, con las pobladas cejas fruncidas y la piel todavía más pálida de lo normal. Alternó la mirada entre ambos, como preguntándose si le estaban tomando el pelo.

—Y… Mister Francis… —Se humedeció los labios—. ¿Hay alguna… idea concreta de lo que podrían estar buscando los franceses?

—¿Qué va a ser? Apoyo bélico, por supuesto —dijo, mirándole como si no tuviera dos dedos de frente—. Pero no estoy seguro de si lo harán.

—¿Ah, no?

—Verá… —Francia echó una ojeada a su alrededor y después bajó el tono, acercándose a él para cuchichear—. Se rumorea que el rey Luis teme que Inglaterra decida… interponerse en su camino mientras está guerreando con los austriacos. Así que no quiere buscarles las cosquillas. Pero eso es lo que se dice, claro. Supongo que todo dependerá como siempre de lo que los per… Discúlpeme. Los ingleses decidan hacer.

A la espalda de Keene, España se esforzaba por mantener una expresión neutra, sin mucho éxito. Por suerte, a Keene parecía haberle entrado mucha prisa.

—Discúlpenme. Tengo que… —Sin llegar a terminar la frase, se fue apretando el paso.

Cuando lo perdieron de vista, ambos estallaron en carcajadas. Tuvieron que apoyarse el uno en el otro y a España se le saltaron las lágrimas.

—Eres de lo peor que hay.

—¡Pero si empezaste tú! —Francia le dio un pequeño empujón en el brazo.

—Y ahí va, dispuesto a informar.

—Lástima que llegue tarde, ¿no?

Les volvió a entrar la risa floja. Entonces escucharon unas voces que llamaban a Francia. Intercambiaron una fugaz mirada y echaron a correr como si fueran niños pequeños.


Como había dicho Keene, era un buen día, con algo de viento cortante, perfecto para cabalgar y perderse bien lejos.

—¿Vamos a poder comer algo?

—Sí, esta mañana avisé y se supone que uno de mis mozos debe haber llevado ya comida a los establos —asintió España, de buen humor.

—Me encanta tu comida casera —suspiró con una expresión de delectación—. Algo campestre, pero supongo que es precisamente eso lo que le da su toque de encanto.

—Sí, es mucho más ligera que la tuya —resumió, encogiéndose de hombros.

—¿Debería interpretarlo como una crítica?

España rió y no contestó ni siquiera cuando Francia le puso morritos e insistió en si había algo malo en su comida.

En los establos su almuerzo estaba preparado y bien empaquetado. Las sillas de los caballos también habían sido dispuestas No permitieron que les acompañaran soldados ni tampoco sirvientes: ese día les pertenecía sólo a ellos.

Con todo, una vez dejaron atrás el recinto del Escorial, España empezó a preguntarse si había sido buena idea marcharse sin avisar. Los embajadores franceses debían estar buscando desesperadamente a su reino. Cuando se lo comentó, Francia se rió con algo de malicia y le aseguró que podrían sobrevivir sin él unas pocas horas.

—¿De verdad no te meterás en problemas? —titubeó.

—Mi mirada es capaz de hacer que les tiemblen las rodillas. No se atreverán a decirme nada. —O al menos eso esperaba.

—Pobres diablos. Los compadezco.

—Sí, pobres diablos que no podrán disfrutar ni de tu comida ni tu compañía. —Le dio unas palmaditas en una mano, le guiñó un ojo y luego clavó espuelas. El corcel negro relinchó y salió a la carrera.

Los alrededores del Escorial eran grandes terrenos de caza. No tanto, quizás, como los de El Pardo, pero a España le gustaban y Francia lo sabía. En una ocasión le había contado que, cuando no podía soportar ni un minuto más la opresiva Corte, cuando ya no podía seguir siendo comprensivo y paciente y necesitaba estar a solas, escapaba a los bosques. A veces su Felipe le había acompañado, pero siempre se habían tratado de ocasiones extrañas, ya que era un monarca serio y dedicado a su trabajo. Demasiado, solía decir España con añoranza y cierta lástima. Visto con perspectiva, hasta él tenía que admitir que no había habido muchos reyes así. Se preguntaba cómo habría sido de joven, antes de que se convirtiera en el frío y sangriento enemigo que poblaba sus recuerdos.

No compartía sus pensamientos con España, claro, y este también se cuidaba de decir nada negativo sobre los reyes a los que Francia guardaba especial cariño. Eran recuerdos inexpugnables y que nadie tenía derecho a mancillar. Nadie podía juzgar mejor a un rey que el reino. Era él, al fin y al cabo, quien disfrutaba o sufría su gobierno.

Pero los recuerdos no los persiguieron. Allí, cazando, lejos de la gente, podían olvidarse durante un par de horas de quiénes eran y dejarse arrastrar por la adrenalina. Emocionados, recorrieron los lindes del bosque, disfrutando del estruendo del galope, que levantaba tierra y piedra a su paso. Mientras aspiraba el aroma a pino, Francia se irguió sobre los estribos y sintió el trote del caballo vibrando entre sus piernas, del viento golpeándole la cara y la crin acariciándole las manos.

El mundo cambiaba; los edificios se estilizaban o recargaban; las ropas cubrían más o menos según la moda, dejando atrás viejos conceptos; la comida añadía nuevos condimentos, nuevos ingredientes; las fronteras se expandían y el mundo cada vez era más grande… Pero si había algo que nunca había cambiado era la maravillosa sensación galopar y perderse a lo lejos, de dejarlo todo atrás.

Y la vista del trasero de España no hacía más que mejorar el paisaje, desde luego.

Poco a poco bajaron el ritmo para no agotar a las bestias antes de tiempo. Entonces comenzaron a discutir sobre cómo organizarse. España prefería ir por su cuenta, pero Francia no conocía el lugar y no quería perderse.

—De acuerdo, pero tendrás que moverte deprisa. Y agacharte. Aunque eso te vendría mal, ¿no? Vas a destrozarte ese bonito chaquetón —señaló con algo de malicia.

Francia resopló; no se le había pasado por alto la mirada de incredulidad que le había lanzado al verlo ir con esas ropas a cazar. ¡Y eso que se había puesto una de las piezas más sencillas que tenía!

—Soy lo suficiente hábil como para poder capturar una maldita perdiz sin necesidad de arrastrarme por el suelo. No como otros.

Esquivó el codazo de España, que tampoco negó que acababa como si se hubiera revolcado por el barro.

La caza fue más productiva de lo que habían esperado para la época. Colgaron de sus caballos dos perdices y un pequeño y precioso lince de pelaje suave, con el que España se ofreció a hacerle unos guantes.

Cuando tuvieron el estómago lleno, Francia suspiró y se dejó caer de espaldas sobre la hierba, después de dejar su abrigo pulcramente doblado sobre una roca. Se quedó mirando el frío cielo, por el que navegaba alguna que otra solitaria nube, y un águila imperial surcó el azul como un rayo. Miró de reojo a España, que permanecía sentado, también con la mirada perdida en algún lugar lejano.

Sonrió para sus adentros y lo cogió por la muñeca. Dio un tirón y lo abrazó contra su pecho.

—¡Eh! ¿A qué viene eso?

—Tengo frío —mintió Francia—. Y pensaba que era un buen momento para celebrar.

—Eres un mimado —masculló España, pero se relajó sobre él. Francia le pasó las manos por la espalda. Cuando quiso juguetear metiéndoselas por debajo de la camisa, España le dio un pequeño golpe—. ¡Para! Las tienes heladas.

—Puedes calentarlas si quieres, mon amour.

—De acuerdo. Pero aquí delante y quietecitas. —Se las cogió y las atrajo hacia su boca, donde volcó su aliento con suavidad, clavándole los intensos ojos verdes y rozándole la piel con los labios.

Se estaba preguntando si estarían igual de cálidos que sus manos cuando España preguntó, con la mirada perdida:

—Esta vez será de forma definitiva, ¿verdad?

Le acarició el pelo, hundiendo los dedos entre sus suaves y gruesos mechones castaños. A veces su obsesión le resultaba irritante. Otras, conmovedora. Porque España era una persona que se dedicaba por completo a sus seres queridos, de forma cabezona y estúpida, como si así pudiera compensar el daño que hacía a muchos. Se habían enfrentado en innumerables ocasiones (4) por Italia, en especial por el norte, que durante mucho tiempo Francia había considerado de su propiedad. Como para no luchar por él, ¡el dominio de España sobre su imperio europeo se había basado en gran medida en el Camino Español! (5) Pero ahora que estaban del mismo lado, ahora que por fin luchaban codo con codo, incluso si no era de buena gana en ocasiones (6), no importaba que España arrancara Italia del dominio de Austria.

Es más, en eso consistía el Tratado de Familia. A Francia le encantaba cómo sonaba el nombre «Familia», a pesar de que no se distinguía de ningún otro pacto de conveniencia que hubiera firmado a lo largo de su vida. No era más que una excusa para lograr que España le ayudara en su guerra, aunque debía reconocer que experimentaba una inmensa satisfacción ante la idea de patearle el culo a Austria con el apoyo de España.

—Será definitiva. No te preocupes: podrás hacerlo —dijo mientras continuaba desenredándole el cabello.

España, que había entrecerrado los ojos, algo adormilado, le dirigió una sonrisa socarrona.

—No piensas ayudarme, ¿verdad?

—¿Cómo que no? ¡Voy a atacar el corazón de Austria mientras tú te ocupas de su retaguardia y obtienes a tus queridos súbditos italianos! ¡Quien corre más peligro soy yo! —exclamó Francia, haciendo un puchero.

—Bueno, conociendo a Austria es posible que te dé una buena tunda…¡Ay! —España se arqueó cuando Francia apretó, con excesiva fuerza, el muslo contra su entrepierna—. ¡Pero bueno, si sabes que es una broma!

—Pues soy muy celoso, y no me gustan las bromas de este tipo —replicó él, aunque su tono daba a entender que no hablaba en serio.

—Sólo te gusta hacerlas tú, ¿no? Y más si son contra de Inglaterra.

—¿Lo ves? No necesitamos palabras para comprendernos. Estamos hechos el uno para el otro —sonrió, tomándole la cara entre las manos y acariciándole una mejilla con el pulgar.

España sonrió y le besó suavemente en los labios. Francia sintió un latigazo de excitación recorriéndolo de arriba abajo. No habían sido muchas las veces que habían tenido tiempo para estar juntos, pero todas le habían parecido inolvidables. Y en medio del campo, cerca de un bosque, tampoco podía estar tan mal…

Sin embargo, España se apartó y se irguió sobre los antebrazos Ahí abajo, atrapado entre él y el suelo, Francia vio en su sonrisa fría, dominante y decidida, un chispazo de los viejos tiempos. Y se estremeció.

—Recuperaré a Nápoles cueste lo que cueste. —Le pasó una mano por la barbilla, donde le raspó la barba incipiente y le acarició sus labios—. Y tú me ayudarás a conservarle. Estoy cansado de luchar en guerra sin obtener beneficios, Francia. —De pronto el aura amenazadora desapareció y fue sustituida por una mueca de tristeza—. Si no fuéramos quienes somos, podría confiar más… —Se mordió el labio inferior—. Lo siento. No debería haberlo dicho.

Cuando fue a levantarse, Francia lo atrapó por la muñeca en un acto reflejo. Pero luego no supo qué hacer, por lo que carraspeó, apartando la mirada. ¿Por qué se había lanzado? Es más, ¿por qué le había hecho daño que dijera eso? Hacía mucho que había asumido que era un reino, que había cosas que no se podían esperar de otra personificación. Los miedos de España eran normales: los dos querían utilizarse el uno al otro. Sus intereses eran materiales. Estaban rodeados de enemigos y necesitaban ser aliados. Francia, además, iba a intervenir en el monopolio colonial a mayor escala y España ansiaba su ayuda militar para recuperar los territorios que le habían arrebatado tras Utrecht (7). Y no había nada de malo en ello. Así que no tenía sentido que doliera imaginar que hubiera podido haber algo más si no hubieran sido quienes eran.

Esos deseos eran estúpidos y no tenían sentido, porque jamás se cumplirían. Francia era demasiado viejo para dejarse llevar por esa clase de fantasías.

O eso había querido creer.

—¿Qué? —preguntó al final España.

Francia le liberó y esbozó una sonrisa de medio lado.

—Nada. Que me encanta tenerte cerca y no me gusta que te separes —dijo, rodeándole la cintura con un brazo.

España suspiró, pero, para su sorpresa, no se resistió. Francia estaba acostumbrado a que su actitud despertara rechazo o que se le pegaran como lapas. De una forma u otra, servía para distraer a la otra persona. Pero España simplemente le devolvió el abrazo, reposando la cabeza contra su hombro. Y, a pesar de que era Francia quien lo sostenía, tuvo la sensación de que lo estaba consolando.

Experimentó un agudo pinchazo en el pecho y lo estrechó con fuerza, no para sentirse bien, ni acogido. Sino para que no viera cómo se le enrojecían los ojos.


Noviembre de 1739, Cádiz, Andalucía, reino de España

Con un trozo de pan untado en aceite y tomate en la boca, España despejó rápidamente la mesa de la taberna y se sentó con algo de atropello. Aplanó el papel, se acercó el bote de tinta y lo abrió. Después terminó a contrarreloj su ligera comida y comenzó a escribir, sonriendo al pensar en la carta que el agotado mensajero le había traído. Le había invitado a vino y a todo lo que quisiera comer; esperaba que así no se le cayera tanto el alma al suelo cuando le dijera que tenía otro mensaje que entregar.

Sí, claro que te perdono yo, Francis, pero eso no quita que mi gobierno esté muy irritado con el tuyo (8).No fue tu culpa directamente, pero se suponía que los dos entramos en la guerra por algo.

Arrugó un poco la nariz al recordar la cara que se le quedó cuando le dijeron que Francia estaba firmando la paz con Austria por su cuenta. Pero bueno, las cosas habían acabado bien. Y sabía que Francia no podía hacer nada si su rey le ordenaba hacer algo. Teniendo en cuenta la honda rivalidad que existía entre Austria y él, sin duda había lamentado más que nadie la decisión de su Corte.

No tiene, de todas formas, sentido darle más vueltas. Lo hecho, hecho está. Me trae mucho más de cabeza Inglaterra; mañana misma parto hacia el Caribe y por eso tengo que ser escueto.

La verdad es que no sé si Felipe debería haber eliminado los derechos de asiento y el navío de permiso, pero después de que los ingleses hayan rechazado en pleno el Convenio, pues se han buscado la guerra.

Ya, ya, sé lo que vas a decirme. Que la Royal Navy es peligrosa y que tenga cuidado. ¡Bien lo sabré yo! Pero creo que por una vez en mucho tiempo voy a la guerra con ganas, Francis. Estoy harto de que Inglaterra se salga con la suya. Hemos hecho lo indecible porque tenga las manos llenas, pero no se conforma.

Recordó cómo le había sonreído cuando se encontraron en El Pardo el 14 de enero de ese mismo año. Hacía medio siglo que estaba muy crecido y su mera presencia le enervaba y le producía demasiados sentimientos encontrados. No había confiado ni por un momento en que aquella firma le proporcionara la tranquilidad comercial que necesitaba pero… ¡Es que ni había durado un año!

Y era hora de darle una lección. Tenía que arrancarlo como fuera de las costas de sus colonias.

Así que no te preocupes por mí. No creo que pueda escribirte mucho mientras estoy fuera, pero prometo intentar mandarte algo. También te traeré algún regalo. ¿Quizás la oreja de un inglés?

Se rió por lo bajo, esperó a que la tinta se secara y luego acarició la carta. Le gustaría mandársela perfumada, como hacía Francia, pero no tenía tiempo. Debía ir al puerto y ayudar con los últimos preparativos.

Cuídate mucho tú, Francis.

¡Un saludo!

Antonio.


Enero de 1740, Versalles, París, reino de Francia

Francia vio la fecha de la carta y arqueó mucho las cejas. ¡Ni que fuera tan difícil llegar a París! Ese mensajero se había perdido a base de bien. Aunque también era posible que España se hubiera olvidado de enviarla con las prisas o que hubiera habido problemas por el camino. En cualquier caso la abrió con cierta ansiedad y la leyó en cuestión de un minuto. Terminó riendo. España no era una persona cruel, pero en la batalla se transformaba. Y a poca gente le tenía tanto rencor como a los ingleses… o a los holandeses. Esperaba que se protegieran bien las orejas. A saber qué habría aprendido España entre los salvajes de las colonias.

En cualquier caso, lamentó que hubiera tardado tanto en llegarle. Ya daba igual que respondiera o no. Era muy improbable que su carta acabara en manos de España.

A menos que se la enviara a Castilla… Porque en Aragón no podría confiar de ninguna manera.

Acurrucado en su sofá junto a una chimenea que lamía perezosamente los troncos, se sirvió un poco de vino y se dispuso a escribir, imaginando que en ese momento España estaría luchando. Se le encogió un poco el corazón, pero se dijo que era fuerte y que se las apañaría bien, incluso contra el capullo de Inglaterra.

Hola querido:

Me imagino que tardarás mucho en leer esta carta, aunque espero que cuando lo hagas te provoque una bonita sonrisa. Una de esas que echo tanto de menos.

Me informo cuanto puedo de lo que sucede por el Caribe y me carteo con el embajador que está en Madrid para asegurarme de estar al tanto, pero no es lo mismo si tú no me escribes.

¿Demasiado exagerado? Bueno, quizás era el vino, pero se sentía con ánimo de ser pegajoso.

Por aquí las cosas van todo lo bien que pueden. Tendrías que ver la última moda y los tipos de peluca. Son terribles. Odio ponérmelas para ir a las reuniones. Ojalá pase pronto el siglo y las quemen todas.

Habló un rato más acerca de cotilleos de la corte, así como de alguna que otra aventurilla que había vivido. Sabía que España no les prestaría demasiada atención, pero a él le gustaría saber que su pareja tenía suficiente tiempo libre en su vida para aburrirse con tonterías como aquella. Era mejor que hablar constantemente de guerra y política. Pero era inevitable mencionarla, aunque fuera por encima.

En fin, quitando eso no tengo mucho más que contar. O sí. Se rumorea que la salud del emperador Carlos VI no es buena. Las cosas comienzan a moverse en Centro-Europa. No sé cómo estará todo cuando regreses, pero quién sabe. Algo me dice que puede haber problemas con los pretendientes al trono.

Respiró hondo, se frotó los ojos y se estremeció un poco. En teoría, desde la Paz de Westfaila de 1648, se había instaurado el principio de la inviolabilidad de los territorios de los diferente Estados. Sin embargo, tanto el rey de España como los hermanos del emperador aspiraban a obtener distintos territorios que este mantenía en sus manos. La emperatriz María Teresa parecía alguien de armas tomar pero tendría que dirigir una regencia si su marido moría, y no había nada más apetecible para los vecinos que aprovecharse de un vacío de poder.

Otra guerra.

Francia ya casi no recordaba las veces que había podido disfrutar de un par de años tranquilo.

Aun así se obligó a terminar de buen humor la carta. Quería hacer sonreír a Antonio, no preocuparlo todavía más.

En cualquier caso, espero con ganas tu respuesta. Te echo en falta más de lo que piensas, así que déjame ser un poquito egoísta y desear que vuelvas pronto, aunque eso no te permita machacar a Inglaterra todo lo que te gustaría.

Tuyo,

Francis.


(1) Patiño fue Secretario de Estado y uno de los ministros más importantes de Felipe V, después de Alberoni y Riperdá. Su política se orientó a mejorar la marina y a intentar una política de equilibrio con Inglaterra, pues sabía que una guerra con ella sería fatal. Buscaba proteger el comercio americano en la medida de lo posible y servir a los intereses italianos españoles. Murió en 1736, sin que el tratado de familia hubiera causado mucha satisfacción entre los españoles ya que no lograron provocar una guerra contra Inglaterra que desatara la acción franco-española y, además, las rutas seguían siendo tan inseguras como antes.

(2) Patiño, aunque reconocía el peligro de Inglaterra, buscó su favor como en el tratado de Sevilla de 1729, permitiendo que recuperara todos sus privilegios comerciales a cambio de ayudar a España, junto a Francia, a introducir guarniciones en Parma y Toscana. El tratado permitió durante un tiempo muy breve poner fin a la guerra colonial. En 1731 Patiño presionó a Inglaterra para que reconociera los derechos sucesorios de uno de los príncipes, hijos de Isabel de Farnesio, en Italia y barcos ingleses y españoles trasladaron al infante hacia la península. Durante ese insólito período de tiempo, Inglaterra y España fueron aliados.

(3) La Guerra de Sucesión Polaca (1733-1738) fue tanto civil como europea, pues había muchos intereses contrapuestos sobre la sucesión al rey Augusto II como monarca de Polonia y Lituania. Los Borbones aprovecharon para enfrentarse a sus enemigos jurados, los Habsburgo, con la intención de reducir el poder que habían incrementado tras la Guerra de Sucesión Española. Por un lado estuvo el elector de Sajonia —apoyado por los rusos, el Sacro Imperio, Austria y Prusia— mientras que también aspiraba a la corona Estanislao I —apoyado por Francia, España, Cerdeña y Parma—.

(4) Los enfrentamientos entre Francia y España por Italia se denominan "las guerras italianas".

(5) Era una ruta creada por Felipe II que permitía el traslado de tropas españolas hacia los Países Bajos, pues el transporte marítimo se veía muy dificultado por los enfrentamientos con Inglaterra y Francia. Recorría un camino por Milán hasta Bruselas, por lo que el control del norte de Italia se volvió básico para asegurar a las tropas.

(6) La relación Francia-España tras la unión dinástica no siempre fue buena. Es más, en 1717-18 se enfrentaron en una guerra por la posesión de Cerdeña y Sicilia

(7) España salió muy mal parada tras el tratado de Utrecht (1713) que puso fin a la guerra de Sucesión. En él tuvo que renunciar a todas las posesiones que tenía en los Países Bajos así como en Italia, perdió Gibraltar —que continuó ocupado por Inglaterra, quien había puesto allí el pie durante la guerra— y tuvo que ceder a Gran Bretaña el monopolio de abastecimiento de esclavos negros en América, también conocido como asiento de negros, y un navío de permiso que una vez al año podía comercial libremente con ciertas colonias. Felipe V renunció sin problemas a los Países Bajos, que más que nada habían sido una terrible carga para el imperio español desde los tiempos de Felipe II, y se concentró en corregir las cláusulas contrarias a los intereses de la nación y sus tradiciones más arraigadas. Por ello siempre buscó conservar y acrecentar una fuente de ingresos esencial para España desde las Indias y recuperar los territorios perdidos en Italia, ahora en manos de Austria.

(8) Durante la guerra de Sucesión de Polonia (1733-1738) la monarquía española intentó ganar influencia en Italia y el Primer Pacto de Familia contempló el apoyo de Francia a las ambiciones familiares de Felipe V, no sólo con vistas a los ducados del imperio para su hijo Carlos, sino también de cara a la conquista de Nápoles y Sicilia, que debían pasar a este. De ese modo Parma y Plasencia se convirtieron en patrimonio de Felipe, su hermano pequeño. Temerosa Francia de un resultado adverso, inició por su cuenta conversaciones con Austria para firmar un tratado de paz por separado. En él el infante Carlos era aceptado como rey de las Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia) y obtenía los presidios de Toscana. Aun así, el gobierno español consideró una deslealtad lo hecho por Francia y terminó por decantarse por la neutralidad, al menos hasta la firma del Segundo Pacto en 1743, cuando ya estaba inmersa en la guerra de Asiento contra Inglaterra.