N/A: tercer capítulo! muchas gracias a los que habéis leído, y aún muchas más a los que habéis dejado comentario en el anterior!! Hoy toca la entrevista en Acuario, con aparición especial del Patito. Ya os iréis dando cuenta de que me encanta hacer pasar malos ratos a los Caballeros y hacerle perrerías a cualquier habitante del Santuario n.n Espero que sigáis leyendo y comentando!!
DISCLAIMER: los de las otras dos veces... creo que no hace falta recordar Un.n
..::--ACUARIO--::..
La niña, con un gesto adorablemente tierno, me pregunta por mi nombre y yo le digo que todos mis amigos me llaman Nela, así que ella también puede llamarme así. A duras penas (gracias a su hiperactividad y a su curioso ceceo) consigo que me diga que se llama Baby y que tiene alitas de 'gagona' (un enorme "aaaw", por favor). Ella, muy seria, me comenta que el Caballero que guarda Acuario (a quien ella llama 'zeñor cumito de hielo' y 'mezié franchute') es aburrido y que no le gusta la gente. Teniendo en cuenta que las percepciones infantiles suelen ser un poco exageradas pero realistas a su manera, me planteo si verdaderamente el siguiente Guardián será tan reacio a las relaciones sociales como la nena me da a entender. Lo único que alcanzo a confirmar es que el hogar del "cubito de hielo" verdaderamente parece un congelador, y eso tan sólo habiendo puesto un pie en el rellano previo a la entrada (o salida, depende de la dirección que sigas).
Cuando alcanzamos el pórtico de mármol sale a nuestro encuentro un muchacho rubio de ojos extremadamente azules que, tras presentarse como Hyoga, nos informa que su maestro no podrá atenderme porque está ocupado. Dicho esto, se retira dejándonos plantadas en la calle. Baby tira de mi manga para atraer mi atención y me susurra que ese era 'el camallero de bonce del Cizne', aunque luego me dice riendo que lleva un patito en la cabeza, como si fuera un flotador. Intento visualizar la imagen del muchacho para formar una imagen de su vestimenta y, una vez consigo calmar mi acceso de risa, y decidida a no dejarme menospreciar por nadie, avanzo por el amplio pasillo y entro por la puerta que atravesó el muchacho momento antes.
Sin pedir permiso, dejo mis cosas en el salón y me guío siguiendo las voces que suenan no muy lejanas. Al llegar a una pequeña sala anexa al salón encuentro, sentados en el suelo, al muchacho y a su maestro montando maquetas de barcos antiguos. Me sorprende que puedan encontrarse cómodos, porque las armaduras que portan no parecen precisamente lo más blando del mundo. La pequeña Baby, asomada tras de mí, suelta una risita y un quedo '¡Patito!' que nos delata. Ojalá hubiera tenido a mano la cámara para registrar la cara de pánico de esos dos, en serio.
Tras una breve discusión por mi intrusión y mis motivos para estar ahí (de no estar en peligro de muerte, no hay razón para entorpecer mi trabajo), acepta muy a regañadientes colaborar mientras le asegure que, en cuanto termine, desapareceré y no volveré a molestarle. Ante esa descortesía, Baby le reclama muy molesta que 'zea tan malo con la zeñorita piriorista'. Ante el gesto de enfado de la nena, el joven aprendiz parece nervioso y desaparece corriendo para volver con un paquete de galletas con frutos secos que apacigua al instante a la terrible fiera que me acompaña (XD).
Impongo movimiento al Caballero empujándole hasta donde está todo dispuesto. Le obligo a sentarse en el sillón frente a la cámara, le retiro la tiara para dejarla en una mesa cercana (acariciando con disimulo su maravillosa melena) y conecto los aparatos. El primer plano que queda registrado es el de un molesto Caballero, tanto por haber sido empujado como res hacia el matadero como por mi osadía al retirar parte de su Vestidura Sagrada. La primera pregunta, fuera de guión, es si tanto le disgusta el contacto físico. Con eso consigo de él un lindo mohín de vergüenza al reconocer que no le agrada demasiado que una mujer desconocida se tome tantas confianzas. Arreglo la situación presentándome con una coqueta sonrisa que consigue que la cámara grabe el glorioso rubor que le cubre las mejillas y la estruendosa carcajada de fondo, que por cierto le devuelve la frialdad a la mirada al Caballero. Él se gira a mirar hacia un lado y casi podría jurar que se puede oír el aire congelándose. ¿De verdad todos estos hombres son tan tímidos? Tal vez sea un poco retorcida, pero me encanta comprometer a chicos guapos de esa manera. Y cuando funciona… ¡dioses! Cuando funciona es como si te hubiera tocado la lotería. De repente se siente como REALMENTE baja la temperatura en toda la estancia, y la nena deja las galletas y se sube a mi regazo para darme calor porque yo ya estoy tiritando. Ella me explica que al Caballero de Acuario se le conoce como Señor de los Hielos y yo, captando la esencia de su poder, carraspeo llamando su atención y le pido cortésmente que devuelva la temperatura a la normalidad para poder continuar. Con una macabra sonrisa me dice que todavía puede bajar la temperatura hasta límites bajo cero y yo le replico que, si lo hace para provocarme una hipotermia, le azuzaré a los abogados de la Agencia a la que represento. Como eso no parece preocuparle en lo más mínimo, le explico que eso pondría en graves aprietos legales al Santuario y, además, por su culpa. Reflexiona durante un momento y, recapacitando, deja en paz la temperatura y me alienta a terminar la entrevista de una vez. Baby baja de mis rodillas y se va a mirar dentro de mi bolsa examinando el material.
De vuelta con el Caballero, por fin me dice que su nombre es Camus, que es de Francia y que llegó al Santuario con apenas cuatro añitos. Me da datos sobre su infancia (a mi parecer, triste) en Siberia y su ardua tarea como mentor de dos aprendices apenas siendo él un adolescente. A punto estoy de quejarme de que, quién sea, tenga tan poca piedad como para enviar a unos niños a lugares tan inhóspitos, cuando va y me dice que, desafortunadamente, a uno de los dos aprendices se le dio por muerto. Y luego, para rematarlo, resulta que no estaba muerto. Se había pasado a las filas de Poseidón como uno de sus Generales (compañero de armas del General de Dragón Marino, actual segundo de a bordo en Géminis) y que acumulaba años de ira y frustración contra su maestro y su compañero. Y, para colmo de males, el pobrecito había perdido un ojo tratando de ayudar al otro aprendiz, Hyoga. Y, aún con esas, lo trataba como a un enemigo. Soy yo el otro aprendiz, y les meto chinches en la ropa interior y les tiro hormigas en el pelo.
El chico, Hyoga, no ha abierto la boca, así que supongo que algo de culpa si debe sentir. Continuando con su vida, e igual que su compañero de Piscis, me dice que no tiene nada que comentar sobre la última Guerra Santa. Empiezo a sospechar que tuvieron que verse todos involucrados de manera demasiado dolorosa como para ponerse a recordar. Aunque claro, pensándolo bien, eso sería lo más lógico en una guerra, digo yo.
Por último, le pido que me ofrezca algún dato o detalle característico para poder definir mejor su perfil. Me mira escandalizado cuando le propongo cortarse un mechón de su soberbia melena verdeazul, así que pretende ignorarme hasta que parece pensar en algo más factible. Se retira y su alumno le sigue, dejándonos a la nena y a mí solas. Ella curiosea alrededor mientras yo repaso las preguntas del siguiente de la lista. Va hasta una alacena, abre un cajón y se asoma dentro poniéndose de puntillas para colar la mano y extraer algo que esconde en su bolsito. Con carita de buena vuelve a sentarse a mi lado, justo a punto de ver entrar al Caballero de Acuario y a su joven pupilo. El mayor trae en sus manos una pequeña figura femenina que, en un principio, me parece de cristal. La deja en mis manos y a punto estoy de dejarla caer por el frío extremo que me transmite. Su sonrisa de medio lado me molesta un poco, pero cuando me explica que se trata de una figura hecha a partir de su propio poder sobre el hielo me siento en parte halagada porque haya empleado su capacidad en obsequiarme (por capricho mío, que eso no estaba en la lista de preguntas XD). Le doy mis más sinceros agradecimientos, e incluso se comporta como todo un caballero francés y me ayuda a guardar mis cosas. Nos acompaña a la salida y, estrechando mi mano gentilmente, nos desea buen día. Es al bajar el primer escalón cuando caigo en la cuenta de que no ha sido caballerosidad… lo que quería es que me fuera cuanto antes. Bueno, también me he dado cuenta de esto cuando, de fondo, se oyen un '¡Por fin!', un '¡Yahoo!' y algo así como un choque de palmas que resuenan en todo el pasillo.
Miro de nuevo la figura y, tocándola, me doy cuenta de que, a pesar de ser hielo, no se deshace al tacto ni humedece las manos. Eso si, no puedo tenerla mucho tiempo en las manos porque siento que me quema la piel. La envuelvo en un grueso pañuelo y la guardo en mi bolso satisfecha por mi inesperada adquisición. Tal vez debería haberle pedido al Caballero de Piscis una rosa…
