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Capítulo 3
Noche de quesos, juegos y más queso
En las primeras páginas del libro El Camino Seguro a la Independencia Económica (Olga Pataki, Editorial Bartlett) se puede leer el siguiente consejo:
Desde Abajo y Paso a Paso:
Es un error común pretender saltar escalones para llegar a la cima. Uno nunca debe saltar si no sabe lo que le espera más adelante. Siempre es mejor comenzar desde abajo y subir los escalones uno a uno, paso a paso. El Camino Seguro es aquel que se recorre con seguridad, valga la redundancia, y no el que es evadido a fines de un avance rápido. La velocidad puede llegar a producir ingresos más rápidos, pero también puede hacernos caer todo lo que hemos subido.
-¿Qué rayos quiere decir? -preguntó Rhonda, leyendo el pasaje anterior sobre el hombro de Helga.
-Quiere decir, princesa, que no puedes empezar siendo modelo. Tienes que empezar como una cara bonita.
-¿Y acaso no lo soy? -respondió ella, irritada, incapaz de ver el sarcasmo en la frase.
Helga pretendió no hacer caso y siguió el consejo de su hermana. Momentos más tarde, ambas chicas hojeaban la sección Clasificados de varios periódicos. Helga y Rhonda buscaban oportunidades laborales, las cuales eran destacadas con los marcadores rojos que ambas chicas tenían en mano.
-No puedo creer que alguien quiera contratar enanos para una función de fenómenos -comentó Rhonda tras leer varias columnas de avisos.
-Vive y aprende, chica. Es un mundo de locos -sentenció Helga.
Sentadas a la elegante mesa de la residencia Lloyd (ya que Big Bob y sus nuevos socios continuaban monopolizando la tranquilidad de la casa Pataki), Rhonda y Helga mantenían la mirada fija en los pequeños cuadros con aún más pequeñas palabras. Hasta el momento no se había presentado nada demasiado interesante.
-"Se buscan jóvenes emprendedores para locutorio telefónico" -leyó Rhonda. Levantó la vista y preguntó a Helga: -¿Qué te parece?
Helga respondió sin dejar de mirar su página.
-Eso sería echarle más leña al fuego. Nos hicieron buscar trabajo precisamente porque usábamos mucho el teléfono, ¿recuerdas? Ya quisiera verte en un locutorio.
Rhonda suspiró. Había parecido una buena idea. Regresó a su lectura.
-"Se requieren chicas mayores de 18 para venta por catálogo" -intentó Rhonda.
-Eso quiere decir Venta Por Teléfono, Rhonda Lloyd. Y además, tenemos diecisiete -atacó Helga automáticamente.
Rhonda, ahora algo molesta, volvió a su página de anuncios.
-Ah, esto se ve mejor: "Busco recepcionista de medio tiempo para pequeño local de oficinas."
Helga por fin le prestó atención.
-Mmm... No suena TAN mal. ¿Dónde es?
Rhonda buscó la dirección.
-En... ¿Quebec?
Helga le arrebató el periódico, leyó su portada y luego golpeó a Rhonda con él.
-¡Este periódico es de Canadá! -criticó.
-¡Oh, perdóname! ¡No es mi culpa que mis padres reciban noticias de varias regiones!
-¡Busca noticias de aquí, toma! -Helga le arrojó la mitad de sus páginas y luego se enfrascó en las suyas, comenzando a arrepentirse de haber aceptado que Rhonda Wellington Lloyd se le pegase como una garrapata. Rhonda no era tonta, pero más allá de su fortuna y de su aire Snob era bastante ignorante.
Pasados unos minutos, Helga terminaba de seleccionar un aviso prometedor.
-A ver, mira esto -dijo, consiguiendo la atención de Rhonda-. Encontré una oportunidad para dos chicas inteligentes como nosotras.
-¿Eh? -dijo Rhonda.
-De acuerdo... Para una chica inteligente y una aspirante a eso -repuso Helga. Se aclaró la garganta y leyó el anuncio-: "Empresa de lácteos necesita promotoras para promocionar sus productos en la próxima Feria del Queso."
Rhonda parpadeó.
-¿Eso es todo?
-¿Te parece poco? -criticó Helga-. La Feria del Queso es esta noche y sólo viene una vez al año. El trabajo será fácil, sólo debemos repartir papeles a los visitantes, o algo así. Y la paga debe ser buena como para un principio.
Rhonda consideró aquello. Además, ser Promotora... Las Promotoras son esas chicas que representan a compañías y que hacen publicidad de las mismas en los supermercados, los eventos de importancia y, claro, en las ferias. Usualmente son chicas guapas que atrapan la atención de los pobres ingenuos de la rama Masculina de la sociedad, a tal punto que sería posible venderles una montaña de chatarra siempre que venga acompañada de una dulce sonrisa.
Rhonda podría hacer eso. Podría hacerlo muy bien, y la gente recordaría su carita feliz y sus lindos labios sonrientes. Una noche de trabajo y, al mismo tiempo, una oportunidad de mostrarle al mundo sus encantos.
-Voy a felicitarte, Helga -dijo-. Me parece una buena idea.
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-Voy a matarte, Helga -dijo Rhonda, aquella misma noche-. Esta idea apesta.
La Feria del Queso era un gran evento para Hillwood. Por una sola noche al año, el olor a lácteos cuidadosamente coagulados llenaba las calles cercanas a la Feria. Juegos, concursos, diversión... y mucho pero mucho queso.
Y en medio de ese pequeño universo de jolgorio, Rhonda Lloyd y Helga Pataki ofrecían muestras gratis de diversos quesos para la empresa Lácteos Lang, cuyos productos formaban parte del gran repertorio de la Feria.
-¡No me eches la culpa! ¿Cómo rayos, truenos y relámpagos iba yo a saber las implicaciones del contrato? -Helga se defendió.
Lo cierto es que si acaso Rhonda planeaba mostrar todos sus encantos, no iba a ser dentro de un pesado disfraz de queso Cheddar, que era justamente lo que llevaba puesto en esos momentos. Helga, por su parte, había sido seleccionada como Miss Swiss Cheese (Señorita Queso Suizo), algo que le daba a Rhonda algo más de qué quejarse: el queso Suizo tenía mejor reputación que el Cheddar.
-Ésto es una total vergüenza a mi persona -susurró Rhonda desde su disfraz-. Te juro que voy a matarte, Pataki.
-Reparte tus muestras gratis, Chica Cheddar. Nos pagan para eso.
Rhonda maldijo para sus adentros. Por suerte sus rostros permanecían ocultos tras el disfraz, porque de lo contrario el bochorno hubiera sido absoluto.
Y todavía faltaba lo peor.
-Oh, no... No... No aquí...
-¿Y ahora qué rayos pasa, Rhonda?
-¡No digas mi nombre! No soy Rhonda, soy... argh... soy la Chica Cheddar.
Helga no necesitó pensar mucho para imaginar los motivos del repentino comportamiento de su compañera, y tal sospecha quedó confirmada al volverse y observar en la dirección de Rhonda a través de los huecos de su propio disfraz.
Sus amigos acababan de entrar a la Feria.
-¡Me encanta la Feria del Queso! -declaró la pelirroja del grupo-. Recuerdo la vez que Arnold me trajo. Era tan galante...
-Creo que todos tenemos lindos recuerdos de la Feria -asintió la joven con un cuarto de cultura oriental que la acompañaba.
Lila y Phoebe eran apenas dos en el grupo. Stinky y Gerald, novios declarados de ambas chicas, estaban junto a ellas. Detrás se acercaban otros: Harold y Patty, Sid y Nadine y, para desgracia de Rhonda, "Curly" Thadeuss Gamelthorpe.
-Mira, princesa -rió Helga por lo bajo-, ahí está tu novio.
Rhonda entró en pánico. Curly no había cambiado demasiado desde sus días en el cuarto grado. Todo lo contrario, seguía siendo la Pesadilla En Vida de Rhonda Wellington Lloyd. El pequeño desgraciado había descubierto la pubertad, y ahora acosaba a Rhonda con ese aire tan seguro de sí mismo que le ponía los pelos de punta a la chica elegante.
Rhonda lo había intentado todo: desde simples excusas hasta complejas evasivas; pero el muy imbécil estaba erróneamente convencido de que ella lo hacía para gustarle más. El gran problema de Curly era que, si se lo ignoraba, terminaba queriéndote más; y, si le prestabas atención, nunca te dejaría ir.
-¡Vamos a comer queso! -gritó Curly. Para aquel entonces todos en el grupo se habían acostumbrado a sus locuras.
-Tranquilo, aquí el queso es lo que sobra -habló Gerald, tomado del brazo de Phoebe con el suyo.
-Hay tanto queso que hasta las personas se disfrazan de eso -dijo Stinky, señalando a las dos personas disfrazadas de Chica Cheddar y Miss Swiss Cheese.
-¡Ja, ja! Son Promotoras. Pobres almas en desgracia, diría yo -opinó Gerald-. Las cosas que algunas personas hacen por dinero...
-¿Vamos a hacerles pesada la noche? -sugirió Curly, siempre dispuesto a molestar al noventa por ciento de la población terrestre.
-¡Sí, vamos! -sostuvo Harold, siempre tan fácil de ser manipulado por el noventa por ciento de esa misma población.
-¡Harold! Se supone que estamos en una cita -le advirtió Patty. Harold dejó de sonreír.
-Sí, Cielito... -dijo él.
Rhonda veía a sus amigos acercarse a ella. Susurró apresuradamente a Helga.
-¡Helga! ¡Viene hacia acá!
-Dales un quesito.
-¡¡Helga!! ¡Nos van a descubrir!
Helga, quien para ese entonces se estaba aburriendo a sobremanera, dibujó una sonrisa que nadie pudo ver debajo de todo ese disfraz.
-¿Y qué? -dijo.
-¡¡¡HELGA!!!
-Está bien, está bien... Ve a repartir tus muestras gratis cerca de la Gran Rueda de Queso... Yo me encargo de ellos.
-Gracias...
El grupo de amigos vio cómo la Chica Cheddar se alejaba a paso raudo. Miss Swiss Cheese se acercó a ellos.
-Bienvenidos a la Feria del Queso -anunció, disfrazando su voz-. Tomen unas muestras de Lácteos Lang. ¡Es como música para el paladar!
Todos tomaron una (menos Harold, que se llevó cinco) y se alejaron pensando en sus propios asuntos. Helga se sintió orgullosa de haber demostrado su teoría, y era que una promotora que lleva disfraz es fácilmente ignorada si trata de llamar la atención.
Por el contrario, si una promotora con disfraz intenta pasar desapercibida, será la primer cosa que todo el mundo descubra a su alrededor.
-¡Mira, mamá! ¡Es un queso con patas! -dijo una niñita, apuntando un acusador dedo índice hacia la evasiva figura triangular de Rhonda.
-¡Qué gracioso! -alentó la madre de la niña. Rhonda podía observar que se había vuelto la repentina atracción del lugar.
A varios metros de su localización geográfica universal, el grupo de amigos tomaba diversas rutas.
-¿Vamos al Túnel del Amor? -Gerald sonrió a Phoebe.
-Mmm... más tarde -dijo ella, aunque sonó como un ronroneo-. Primero quiero ir a los juegos.
-¡Yo quiero comer queso! -dijo Harold.
-Ya comiste cinco muestras gratis -puntualizó Patty.
-Pero quiero más... -Harold mostró su mejor cara de huérfano desamparado. Observó a un lado y divisó a la Chica Cheddar con una bandeja llena de muestras gratis-. ¡Qué bien! -clamó, y fue a su encuentro.
Rhonda no estaba feliz. De ser una simpática y levemente seductora Promotora pasó a ser una persona disfrazada de queso. Daba algunas muestras gratis a las personas que caminaban cerca, aunque no esperaba volverse y toparse con Harold.
-¡Ah, Harold! -gritó, maldiciéndose al mismo tiempo por haberlo hecho.
-¿Eh, qué? ¿Nos conocemos? -preguntó Harold, confundido.
Gracias al Cielo por su cerebro de maní, pensó Rhonda.
-No, no... Ehhh... ¿Desea probar nuestros productos? -dijo, imitando su voz no tan bien como Helga, pero imitándola al fin.
Ofreció la bandeja a Harold, cuyos ojos brillaron de felicidad mientras debatía internamente entre cuál queso elegir o bien tomar todos de un manotazo. Fue mientras decidía que Patty se acercó por detrás.
-Harold, no es educado dejar así a una dama.
-Pero tengo hambre... -dijo él.
-Bien, pero date prisa.
Rhonda mantuvo la mirada en Patty. Harold era ignorante para muchas cosas, pero Patty ya había demostrado ser mucho más lista de lo que pudiese parecer en el exterior. Incluso ella le observaba a Rhonda directo a los ojos, a pesar de tener la cara cubierta por el disfraz. ¿tendría visión de Rayos X?
Rayos, niña... Ya estás imaginando cualquier cosa, se criticó a sí misma.
-Creo que ya fueron suficientes -Patty dijo a Harold.
-Ero e'hán 'uy 'ue'os... -dijo él, con su boca colmada del producto.
-Luego te invito a unos cuantos, pero por ahora ve a los juegos. Yo iré en un momento.
-E'tá 'ien...
Tan pronto como Harold se alejó, Patty se acercó a la bandeja y pretendió estar muy interesada en las muestras gratis.
-¿Problemas económicos, Rhonda? -dijo.
Rhonda permaneció inmóvil, aunque hubiera sido interesante que alguien pudiese haber visto su rostro: se le había caído la quijada, sus ojos se habían abierto como platos y, además, el nuevo tono blanco tiza de su cara habría hecho que una Geisha renunciase a todo intento de igualarlo.
A pesar de todo, sacó fuerzas para decir: -Me está confundiendo con otra...
Patty mantuvo la vista en la bandeja, pero sonrió.
-¿Sí? No creo que muchos quesos tengan las uñas tan bien cuidadas.
Los ojos de Rhonda bajaron inmediatamente a sus manos, las cuales mostraban un juego de uñas de excelente manicura.
-Y además, eres el único queso de la Feria que lleva botas Caprini.
Rhonda observó sus pies. Se había negado rotundamente a quitarse sus preciosas botas Caprini y ponerse en su lugar esos horribles zapatos con forma de queso.
-No te preocupes, no le diré a nadie -explicó Patty, consciente de que su amiga estaba a pocos nanosegundos de un ataque de histeria-. Pero me gustaría escuchar la historia.
-No hay nada que contar -Rhonda susurró alarmada, echando miradas paranoicas de aquí para allá-. Mis padres me prohibieron usar el teléfono, a menos que yo consiga mi propio dinero.
-Oh -fue todo lo que dijo Patty. Al cabo de unos segundos, agregó-: No vas a conseguir demasiado por una noche de trabajo aquí. Yo ya lo intenté el año anterior. Es un buen comienzo, pero es sólo por una noche.
Sin dejar de mirar la bandeja, Patty se acercó más y susurró:
-Ve al número treinta de Ronald Road. Están buscando nuevas empleadas. Ya trabajé allí. La paga es buena y el trabajo es sencillo.
Tomó un queso de la bandeja y se marchó como si nada hubiera ocurrido. Rhonda la observó marcharse.
Número treinta de Ronald Road...
Esa dirección le sonaba familiar... pero no recordaba de dónde.
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Helga no tenía problemas, así que procuró buscarlos.
Ser Miss Swiss Cheese era aburrido. Era más divertido cuando Rhonda estaba cerca, más que nada por la paranoia declarada de la muchacha. Ahora, mientras repartía lo que quedaba de su bandeja en las proximidades de la galería de Tiro al Queso, trataba de matar el tiempo observando a sus amigos a modo de espía.
Helga era curiosa. Siempre lo había sido, aunque no lo demostraba externamente. Hubiera sido buen material para espía secreto, con la diferencia de que James Bond no andaba por ahí con un disfraz de queso Suizo. Pero bien, a un nivel muy básico, Helga hubiera sido buen material para espía secreto.
Así, en su nueva doble personalidad de queso ambulante, Helga siguió de cerca a Phoebe y Gerald hasta los juegos.
-Phoebe, no mires ahora, pero creo que ese queso nos está siguiendo.
Phoebe reparó en lo tremendamente ridículo que sonó aquello.
-¿De verdad? Y detrás viene una gran bolsa de papas fritas, ¿no?
Gerald suspiró. Tanto tiempo siendo amiga de Helga había hecho de Phoebe una persona más abierta a la respuesta sarcástica.
-Me refiero a la promotora que nos dio las muestras gratis a la entrada -repuso Gerald.
Phoebe hizo como que miraba hacia atrás para observar uno de los juegos en la galería, pero en realidad se había fijado en la figura triangular, amarilla y grande que se asomaba desde detrás de un cesto de basura.
-Debe ser coincidencia -dijo-. Demos unas vueltas, a ver si nos sigue.
Helga no era tonta. Ella misma le había enseñado a Phoebe ese movimiento de cabeza para simular y observar a sus espaldas. Helga sabía que sus amigos se habían percatado de su presencia, y tuvo que sonreír bajo el disfraz. Aquello iba a ser divertido.
Para empezar, tomó otra dirección y desapareció de vista, escabulléndose por detrás de unos puestos de juegos y apareciendo justo frente a sus amigos mientras ellos volvían a mirar para atrás, intentando ubicarla.
-¿Desean una muestra gratis? -dijo, imitando otra voz y sobresaltando a la joven pareja.
-Oye, ¿nos estabas siguiendo? -preguntó Gerald.
-¿Quién, yo? -Helga se hizo la inocente.
-Juraría que ya nos ofreciste muestras gratis...
-Debe ser mi compañera. No soy el único queso de la feria.
Ambos, Phoebe y Gerald, pudieron notar el intento de esconder una evidente risa en aquella frase.
-Bien... Como sea -dijo Gerald, tomando una muestra y ofreciéndole su brazo a Phoebe. Ella lo aceptó con el suyo y los dos marcharon al frente.
Miraron atrás a los pocos metros. El queso había desaparecido.
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La Gran Rueda de Queso era una de las atracciones favoritas de la Feria. Era una vuelta al mundo (también conocida como Rueda de la Fortuna) con motivo de queso en su estructura. Las sillas sujetas al interior de la rueda eran simpáticas ratoneras gigantes, y a los visitantes se les ofrecían gorritos con orejas de ratón al subir a la atracción.
Rhonda se sentía más tranquila. Allí, casi nadie le prestaba atención. La Rueda era mucho más impactante que una chica escondida en un feo disfraz. De cuándo en cuándo alguien se acercaba a tomar una muestra de la bandeja de Rhonda, y ella estaba feliz de ofrecerlas. Tan pronto como se le acabasen regresaría a los vestidores.
No podía deshacerse de esas muestras así porque sí. De alguna forma, los gerentes se daban cuenta de cuándo un queso había sido felizmente degustado por un visitante y cuándo había sido fugazmente desechado a la basura. Rhonda no iba a arriesgarse a perder su sueldo.
Una repentina visión le hizo regresar a la Realidad. Allí se acercaban Nadine y Sid.
-¡No puedo creerlo, la Gran Rueda de Queso! -clamaba Sid en pura excitación. Algunos fenómenos, pensaba Rhonda, nunca crecerán.
Casi arrastrándola tras él, aferrándola de la mano, Nadine trataba de seguirle el paso a Sid.
-Sí, sí, yo también quiero subir, pero la Rueda no va a moverse de allí. No te apures -ella le decía.
Rhonda los vio pasar frente a ella y los siguió con la mirada.
Nadine y Sid...
La chica elegante tuvo un momento de melancolía. Algunos fenómenos, pensó ahora, cambiaron demasiado. Nadine era una de ellos.
Era obvio que sus planetas estaban en órbitas distintas. Rhonda era una chica elegante; Nadine prefería jugar con insectos. Nadie nunca supo con certeza cómo había empezado aquella amistad, pero todos fueron testigos del día de su ruptura: ocurrió durante una celebración de Navidad que terminó mal. El grupo de amigos había organizado un juego de Santa Secreto en el cuál todos tomaron un papel con el nombre de un amigo de la gorra de Sid. Rhonda obtuvo a Curly. Nadine obtuvo a Rhonda.
Sid obtuvo a Nadine.
Lo que ocurrió durante ese intercambio de regalos fue una absoluta confusión. Curly abrió el suyo y descubrió dos kilos de carbón, lo que hizo que se enfadase a sobremanera; Rhonda abrió el suyo y descubrió una repugnante escultura que representaba a una Hormiga Bulldog de África, a escala (en realidad era una magnífica representación, pero Rhonda tenía sus propias opiniones y decidió que, si no lo podía vestir, entonces no le interesaba el regalo); pero Nadine se llevó una grata sorpresa al abrir al suyo y encontrar un pequeño recipiente de cristal con una de las más raras especies de mariposa, proveniente de América del Sur.
Curly comenzó a indagar sobre quién había sido el gracioso que le regalara carbón, así podría planear una dulce venganza. Rhonda no necesitó pensar mucho para imaginar quién en toda la galaxia podría haber tenido la desagradable idea de regalarle un modelo a escala de un asqueroso bicho. Nadine observó su regalo, anonadada, y se preguntó quién habría tenido semejante detalle para con ella.
Antes de que pudiera averiguarlo, Rhonda se le acercó y comenzó a darle una extensa perorata acerca de que ella debería conocer mejor sus gustos, lo que no le gustó para nada a Nadine, ya que todos sus amigos seguían presentes. Ella entonces criticó a su amiga de que debería tener mejor tacto y haberle mencionado eso en privado, pero Rhonda le replicó (muy duramente) que eso no venía al caso, y que si hubiese sabido lo que le iba a regalar, y si le hubiese tocado a Nadine para su Santa Secreto, le hubiera dado los dos kilos de carbón que le regaló a Curly.
Claro, aquello no fue más que el error más grande que Rhonda efectuara, aquella noche. Curly escuchó el pleito y se enteró de que aquellos dos kilos de carbón provenían de Rhonda Wellington Lloyd, y de repente le encantó la idea de tener dos kilos completos del más negro de los minerales sólo para él. Comenzó a corretear a Rhonda por toda la habitación, gritando algo así como que el regalo era maravillosos y que representaba el efecto de su amor para con él (eso quería decir, al menos en la retorcida mente de Curly, que el calor del amor de Rhonda era tal, que su corazón se había carbonizado y ahora le ofrecía los restos a él).
Así, mientras Nadine comenzaba a llorar, Rhonda efectuaba un no muy elegante pero ciertamente efectivo salto por la ventana, consiguiendo cerrarla desde afuera apenas segundos antes de que Curly intentase lo mismo.
Mientras Helga, Harold y Stinky reían; mientras Arnold y Phoebe socorrían a Curly; alguien se había acercado para consolar a Nadine. Sólo ella pudo sentir el brazo amigo de Sid rodeándola en un abrazo reconfortante, y sólo sus oídos escucharon su voz preguntándole si estaba bien. Más tarde, aquella noche, cuando todos regresaban a sus casas, Sid la acompañó a la suya. No había habido rastro de Rhonda desde su escape.
Justo antes de dejarla en su puerta, Sid confesó el regalo. Nada mal para una noche que Nadine ya pretendía como una de las peores.
De vuelta a la Feria del Queso, Rhonda suspiró al ver cómo Sid y Nadine aceptaban los gorros con orejas de ratón que les ofrecía un empleado de la Rueda. La feliz pareja subió a su ratonera y, minutos después, se escuchaban los atronadores gritos de pánico que los pulmones de Sid permitían. Obviamente, a Sid le impresionó un poco la altura.
-¡Te estoy hablando! ¿Vas a darme una muestra gratis, o le digo a tu jefe que te despida?
Rhonda reaccionó de mala gana. Se volvió, dispuesta a maldecir de pies a cabeza a quien sea que le haya dicho eso. Cambió de idea inmediatamente al ver que dos enormes gafas le regresaban la mirada.
Curly.
-Ejem... -Rhonda intentó disfrazar su voz-... claro, acepte una, por favor.
Extendió la bandeja al frente, pero Curly no despegó sus ojos de ella.
-Ajá... -dijo, sonando desconfiado. Desvió brevemente la mirada hacia abajo. Quedaban ocho quesos con sus respectivos mondadientes. Pero Curly no se estaba fijando en ellos.
¿Qué rayos le pasa?, se preguntaba Rhonda. Odiaba la manera en que ese maldito cuatro-ojos estaba actuando. Curly era peligroso cuando hablaba, pero cuando callaba era mucho peor. Cuando callaba, la mente de Curly entraba en pleno funcionamiento.
-Qué lindas manos -dijo él, tomando distraídamente una muestra de la bandeja-. Me recuerdan a las de una amiga.
Rhonda quedó petrificada en su sitio. Intentó respirar, pero olvidó cómo hacerlo.
-Y esa voz -agregó él, levantando la mirada y esbozando aquella sonrisa de psicópata que tantas pesadillas había estelarizado en la mente de Rhonda-; esa voz se parece a la que esa amiga usaba cuando trataba de evadirme.
¡¡Maldita sea!!, pensó Rhonda, todavía intentando recordar para qué era que servían los pulmones, la nariz y el diafragma.
-¿Esas son botas Caprini? -dijo Curly, dando una significativa mirada hacia abajo.
Rhonda puso la mente en blanco y meditó: ¿mi sueldo, o mi vida?
No había que pensar mucho...
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-Espero que esto no sea una broma, Gerald.
Phoebe no la estaba pasando bien. Su cita romántica con Gerald estaba siendo arruinada por la paranoia de su novio por cierto queso Suizo. Helga, bajo su doble personalidad, se les apareció en varios lugares inesperados, incluso a mitad del viaje en el Túnel del Amor.
Fue al salir del Túnel que Phoebe recriminó a Gerald por la posibilidad de una broma.
-¿De verdad crees que quiero esto? Phoebe, yo no te haría esas cosas. Bueno, quizá el día de los Inocentes... ¡Pero no hoy! -agregó apresuradamente al ver el fuego en los cristales de esos lentes ovalados.
Helga la estaba pasando mucho mejor, ahora que tenía alguien a quién molestar. Gerald se volvía una presa fácil, aunque Phoebe conseguía ignorar majestuosamente todas aquellas apariciones repentinas.
-Mejor vamos a la Gran Rueda de Queso. Allá arriba no nos seguirá nadie -Phoebe dio a Gerald un motivo valedero para seguir avanzando, no sin ocultar un leve matiz de rencor hacia su novio.
La pareja se tomó de la mano y avanzaron en dirección a la atracción mecánica. Gerald lanzaba miradas rápidas en todas direcciones, intentando visualizar a su perseguidor; Phoebe, en cambio, no necesitaba mirar. Sabía que Gerald miraba en todas direcciones, pero que no se enfocaba bien en ninguna. Ella podía ver mucho más que su novio sin necesidad de voltear la mirada. Apenas necesitaba mover los ojos.
Allí estaba, reflejada en algunas superficies brillantes, proyectada en las sombras fuera de lugar, audible entre los roces de la multitud: una promotora disfrazada de queso Suizo. Phoebe se había propuesto detener su accionar antes de que su cita se arruinase del todo. Helga no era consciente de aquella habilidad en su amiga, ya que la verdadera gracia de esas antiguas técnicas orientales ninja era la de que nadie debía saberlas. Y si las conocían, ya sería demasiado tarde para divulgarlas.
Aquel cuarto de cultura oriental que se albergase en su ser hacía de Phoebe una chica mística. No era sólo su apariencia física, sino algo más: algo que permanecía oculto a lo visual, escondido en algún rincón de su alma y dispuesto a salir a la luz en el momento preciso para el fin preciso. No sólo la habitación de Phoebe Heyerdahl se había llenado de todo cuando la cultura Japonesa pudiera ofrecer, sino que su propia persona se había adentrado en el tema con gran interés.
Así, mientras todos pensaban que Phoebe asistía a aburridas clases particulares de Latín, la muchacha en realidad se ponía su cinturón negro y echaba al piso a adversarios el doble de grandes que ella.
Y eso Helga no lo sabía.
Persona. Persona. Persona. Queso. Persona... La figura triangular de Miss Swiss Cheese era demasiado visible para una mente despierta, y Phoebe tenía todos sus sentidos puestos en eso.
Persona. Persona. Queso. Persona. Persona.
El objetivo, por así llamarle, se deslizaba por detrás de los puestos de juego, a la izquierda de Phoebe y Gerald. Una rápida mirada de reojo hizo que la chica viese el sutil movimiento.
Persona. Puesto. Queso. Puesto. Persona. Puesto.
Allí adelante, la mirada de Phoebe se posó en el mejor lugar disponible para una nueva aparición.
Puesto. Puesto. Persona. Puesto. Queso.
Sí...
-¿Phoebe, por qué me soltaste? -preguntó Gerald.
Lo que ocurrió a continuación fue demasiado rápido como para apreciarlo a velocidad normal, por lo cuál el texto se relentizará para apreciar mejor lo sucedido.
Allá van Phoebe y Gerald, caminando con movimientos tan lentos que hasta resultan hipnóticos. Todo a su alrededor se movía en cámara lenta. Las palomitas que un niño cercano se metía en su boca descendían al piso con la suavidad de una pluma. Las bolas de queso que los participantes de los juegos lanzaban se trasladaban en el aire con una lentitud asombrosa. Y, entre todo ese mundo de velocidad reducida, un par de manos sosteniendo una bandeja con muestras gratis comenzaba a asomarse por la izquierda.
La mano de Phoebe soltó la de Gerald en un movimiento lento y distraído. Gerald comenzó a enunciar una pregunta en un tono paciente y curiosamente grave, propio de las vocalizaciones a baja velocidad. Y mientras él hacía eso, Phoebe comenzaba el lento proceso de apretar dientes, fruncir el entrecejo y lanzar ambas manos a su izquierda, aferrando las muñecas conectadas a las manos que sostenían las bandejas y tirando de ellas, haciendo que Helga se lleve el viaje aéreo más repentino, abrupto e inesperado de su vida.
Helga sintió un jalón en sus muñecas. Para el momento en que su cerebro había dado cuenta de esa sensación, sus pies ya no tocaban tierra. Fue demasiado tarde cuando Helga entendió lo que ocurría y, para ese entonces, el suelo se acercaba a velocidad normal para una caída.
Salgamos de nuestra cámara lenta.
-¡Ay! -dijo Helga.
-¡Phoebe! ¿Qué...?
-¡Deja de seguirnos! -dijo Phoebe a la persona disfrazada que yacía en el suelo.
Se había formado un claro alrededor de los jóvenes. Las demás personas observaban, mitad sorprendidos. Entre ellos surgió un guardia de seguridad.
-¿Qué está pasando aquí? -preguntó.
-Yo... -comenzó Gerald.
-Esta persona nos ha estado siguiendo toda la noche -interrumpió Phoebe.
Helga intentó poner sus pensamientos en orden. Todavía trataba de entender por qué estaba tendida en el suelo.
El guardia se acercó y levantó a Helga del piso. -Veamos quién se esconde aquí -dijo, procediendo a quitarle la parte superior al disfraz.
Toda la ira de Phoebe se transformó en una sorpresiva vergüenza.
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-No sabía que eras tú... Perdón.
Phoebe mantenía la cabeza gacha, apenada. Sentada a su lado en la misma banca, Helga volvía a esconderse dentro del disfraz.
-Eh, no importa -dijo ella-. Me lo merecía. Creo que los molesté demasiado. Oye, tienes que enseñarme a hacer eso... eh... eso que hiciste.
Gerald regresó en ese momento, cargando con bebidas.
-¿Qué hace Helga G. Pataki trabajando de promotora? -cuestionó, aún sorprendido.
-Trato de pagar mis cuentas telefónicas, Geraldo -ella le arrebató una de las bebidas de un manotazo.
-Oh -asintió él, tomando asiento al otro lado de Phoebe-. Se trata de Arnold, ¿eh?
-Sí.
-Lo siento mucho, de verdad -Phoebe repitió.
-Hey, hey... ¿qué te pasa? Hasta hace un rato eras una chica decidida y, debo decirlo, agresiva.
-No sabía que eras tú... -Phoebe hundió la cabeza entre las rodillas-. Debo haber arruinado tu trabajo.
-Sólo me quedaban tres quesos en mi bandeja -Helga trató de calmarle-. Tal vez a Rhonda le haya ido mejor.
Gerald se atragantó con su bebida. Tosió un poco y procuró volver a respirar.
-Alto, esperen... ¿Rhonda Lloyd? ¿Trabajando?
Phoebe levantó la cabeza. Eso era nuevo para ella.
-Ah, sí... Deberían verla; es patética. Lo intenta. Incluso es gracioso.
-¿Y dónde está? -preguntó Gerald, mirando a ambos lados.
-Bueno...
En ese momento, un estridente grito comenzó a oírse proveniente de la derecha. Phoebe, Gerald y Helga observaron en esa dirección, distinguiendo a la distancia una forma triangular que se acercaba corriendo y gritando.
Pasó como un bólido, y justo detrás apareció Curly en frenética persecución. La dupla desapareció tras una esquina.
-... Allí -terminó Helga. Phoebe y Gerald prefirieron mantenerse en silencio.
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La noche se cernía sobre los restos del Festival. Sus luces, apagadas. Sus puestos, cerrados. Sus caminos, abandonados. La única vida provenía de los empleados de una noche que salían por una puerta, todos ellos ahora anónimos representantes de una festividad con nombre.
-¡Cincuenta dólares! -Rhonda salió echa una furia, agitando el cheque que acababa de obtener de una noche de trabajo-. ¡Cincuenta miserables y asquerosos dólares!
-¿Qué esperabas, mil morlacos en efectivo? -Helga salió tras ella-. Nos hubieran dado cien, pero las dos tuvimos problemas.
-Quiero decir... Quiero decir... ¿¿Cincuenta?? ¡No puedo pagar nada con esto!
Helga puso los ojos en blanco. Rhonda apoyó su espalda contra la pared de ladrillos a un lado de la puerta y volvió a observar el cheque. Tal vez no había notado un segundo cero. No, eran sólo cincuenta dólares por una noche de humillante labor.
-Mira, Princesa, la vida más allá de tu mundo de fantasía es más dura de lo que piensas -Helga se apoyó a un lado de su amiga-. En realidad, agradece que nos pagaron. Después de nuestras escenas individuales...
-Voy a matar a Curly -dijo Rhonda-. El maldito engendro me correteó por toda la feria. Tuve que treparme a un techo para escapar.
-Sí, te vi.
Rhonda le echó otra mirada al cheque. No. Aún eran cincuenta dólares.
-Esto no va a funcionar, Helga.
-"No desespere", dice el libro. Además, ¿qué podías esperar de un lugar como este? Encontraremos otro trabajo.
-¿Otro? Helga, si así van a ser nuestros trabajos, yo... Mira, olvídalo. No voy a hacerlo. Se acabó.
Helga rió. No a carcajadas. Fue una risita cómplice de quien ha visto más que los demás.
-¿Cuál es el chiste? -preguntó Rhonda, irritada.
-A mí no me engañas. Vi tu rostro cuando te dieron el cheque. A ver, ¿eso no fue orgullo?
-¿Eh?
-El orgullo y satisfacción que las personas tienen cuando se ganan el dinero honestamente. Si eso no fue aquello, pues que me lancen a los cocodrilos.
Ronda le dio la espalda, aunque meditó brevemente al respecto.
-Bien, supongamos que hay algo de verdad en eso -comentó Rhonda-. Aún así, ¿cuál es el chiste?
-El chiste es, mi nunca bien ponderada Rhonda Lloyd, que te gustó realmente el haber recibido una paga, y apuesto a que lo harías de nuevo.
Rhonda se maldijo. Helga le había dado al clavo. Ya, qué rayos... Nada sería peor que andar por ahí disfrazada de queso Cheddar.
Se volvió hacia Helga.
-Patty me comentó algo. Están buscando personal en el número 30 de Ronald Road. ¿Sabes qué hay allí? Creo que esa dirección me suena de algún lado...
Helga arqueó las cejas. -¿Número 30 de Ronald Road? Princesa, si es lo que creo que es, ya quiero ver tu reacción al respecto.
Rhonda se sintió curiosa. Helga le dijo de qué se trataba. La reacción de Rhonda bien podría haber aparecido en las más taquilleras películas de terror.
Y, aún así, terminó aceptando.
-o-
(Continuará...)
