Aclaración: Los personajes pertenecen a CLAMP.
La Promesa
Capitulo 2: Sentimientos y contradicciones.
En el instante en que leyó lo que parecía ser la carta que sentaba una catarsis en Sakura, se hundió en la cama azorado, con la sangre abombada en su cabeza.
Releyó el escrito una y otra vez, sin terminar de comprender el mensaje que intentaba comunicar. ¿Cómo estaba eso que no había estado con ningún hombre antes que él? ¿Su primera vez? ¿El origen de Misame? ¿Qué había oculto en todo esto?
¡Dios! ¿Acaso se había equivocado con Sakura?
No, lo más probable es que fuese su forma de hacerle sentir mal, por obligarla a ser suya por una noche.
Seguro era eso, ¿o no?
Con incredulidad, cruzó la estancia hacia el baño. Necesitaba mojarse la cara, a ver si con eso podía refrescar sus ideas. Su mirada chocó de pronto con el cesto de la ropa sucia, tenía la tapa abierta. Se acercó a aquel contenedor. Se le quedó viendo y le extrañó que pareciera tan lleno. Nadie vivía allí —al menos no, en el correcto sentido de la palabra— por lo cual eso no tenía lógica.
Respiró profundo y rebuscó en su interior, percatándose que sólo tenía las sabanas que aquella cama había usado la noche anterior. Tragó grueso, los nervios se dispararon. ¿Quién demonios había cambiado las sábanas?
—Seguro fue Sakura —se respondió a sí mismo—. Pero, ¿por qué?
Enarcó una ceja y gruñó cabreado. No estaba entendiendo qué diablos ocurría en ese lugar. Sacó aquellas grandes telas, dispuesto a botarlas en la basura. Sí, no dejaría que aquellas palabras de ella, lo hicieran arrepentirse más de lo que ya estaba. Porque si se trataba de ser honesto, jamás hubiese querido que las cosas con Sakura acabaran de esa manera.
Él la había amado más de lo que era capaz de asumir.
—«¿Amado? No me vengas con sandeces, estúpido. Aún le amas» —criticó su conciencia con descaro.
—Claro que no —gritó hacia ninguna parte en particular.
Con rabia apretó las sabanas en sus manos, se dirigió a la cocina. Necesitaba deshacerse de todo lo que le recordara a ella.
Ojala pudiese deshacerse de la sensación de su cuerpo frotándose contra el suyo, del aroma que tenía su piel. De la forma en que sus ojos se cerraron cuando sintió que su interior estalló. Ojala, también, pudiese olvidarse del sabor de su boca, de la sensación de su lengua entrelazándose con la suya propia. Ojala no la amara tanto.
—¡Que no! —gritó enojado.
¿Cómo demonios podía pensar en ella, si lo había traicionado?
Frunció el ceño, abrió el contenedor de basura y arrojó esa maraña de tela con rabia, se quedó mirando absorto, dentro de la blancura pulcra de la sabana, resaltaba una mancha de color rojizo oscuro, casi café claro. Era sangre seca. Le tomó un par de segundos procesar la información. Tragó grueso, cuando una verdad lacerante inundó su raciocinio.
—No, no, no. No puede ser lo que creo que es —recorrió con los ojos la cocina y sacó la sabana con desespero—. ¡No, por Dios! ¿Entonces lo que me escribiste es cierto, Sakura? —preguntó a la nada, esperando una respuesta que su inteligencia se encargó de contestar. Sintió que se moría, había sido ruin con ella. Se había aprovechado de su dolor, para hacerle jurar por la vida de Misame, que cumpliría el trato que había aceptado. Que se acostaría con él.
Sin esperar un momento más, tomó sus llaves y decidido abandonó el lugar. Tenía que encontrarla, debía saber toda la verdad. Pasaban de las ocho de la noche, por lo cual ella debería estar en su casa.
Condujo como un descerebrado, necesitaba llegar cuanto antes a la casa donde vivía Sakura. Tenía que hablar con ella, aclarar las cosas.
Llegó a un barrio humilde, sabía que Sakura rentaba un departamento allí, uno pequeño pero acogedor y bonito, que estaba al tanto que le costaba esfuerzo y voluntad mantener. Se apresuró hasta el quinto piso por las escaleras, no tenía la paciencia suficiente para esperar el ascensor. Subió los escalones de dos en dos, con zancadas propias de alguien tan atlético como él. Una vez que estuvo frente a la puerta tocó el timbre con desesperación, al notar que no salía nadie, comenzó a golpear la puerta con los puños, con golpes fuertes e impotentes. La entereza se colaba por los poros de su piel, entonces recurrió a los gritos, para no tirar la puerta y sacar a Sakura de ahí dentro.
—¡Sakura! ¡Sakura! ¡Sal por favor! ¡Necesito que hablemos! —rogó con la voz espesa.
Pero nada ocurría, inspiró profundamente. Sakura no aparecía y un mal presagio se expandía por su pecho, con palpitaciones dolorosas y escabrosas que parecían volverle loco.
Ante tal escándalo, la puerta contigua al departamento de Sakura se abrió. Una viejecita provista de una escoba y una postura amenazante salió y miró a Syaoran con cara de pocos amigos.
—¿Qué pretende, señor? ¿Botar la puerta? ¿No se da cuenta que aquí vive sólo gente decente? —preguntó con fastidio.
Esto provocó que Syaoran se sonrojara y tensara la quijada, avergonzado por su comportamiento.
—Lo siento, señora —musitó haciendo una reverencia, lo cual pareció calmar las malas pulgas de la mujer—. Pero necesito ubicar con urgencia a la muchacha que vive aquí, se llama Sakura…
—¡Oh, claro! —exclamó—. Esa muchachita es tan buena madre, siempre sacrificándose por su pequeña —comentó con cariño.
El corazón de Syaoran se contrajo, si la señora supiera los sacrificios que había hecho, seguro lo castraría ahí mismo. Al percibir el ensimismamiento del cual era víctima la anciana, llevó la conversación a los terrenos que a él le interesaban.
—¿Sabe dónde está?
—Bueno, la vi esta tarde. Parecía apurada y llevaba una maleta. No quise preguntarle nada porque llevaba los ojos enrojecidos, quizás tuvo algún problema familiar —encogió los hombros.
—¡Dios! —profirió— ¿Se ha ido?
—Eso no lo sé, jovencito. Quizás deberías preguntarle a la casera que vive en el primer piso.
Sin esperar demasiado, bajó los escalones atropelladamente y conversó con la mujer que rentaba los departamentos en ese lugar.
—Sí, hace cuestión de horas ella entregó las llaves del departamento, parecía apurada por irse —le informó la casera, pestañeando más de lo normal. Al parecer Syaoran era de todo su gusto.
—¿No dejó algún teléfono o algo donde ubicarla? —preguntó el joven, un poco incómodo, ante tal coqueteo—. Por favor, necesito encontrarla.
—Supongo que esa chiquilla andaba en malos pasos, es obvio para alguien que demasiado joven comenzó a acostarse con hombres —opinó con veneno, sin contestar la pregunta de Syaoran—. Tener una hija a los dieciséis años es aberrante.
El muchacho apretó los puños con rabia, nunca le había gustado que hablaran así de las personas, pero con Sakura había sido un hijo de puta. Si bien él no la había insultado casi nunca, si había dejado que otros lo hicieran. No la había defendido, pese a que muy profundamente de su ser, sabía que para todo había una explicación.
—Además unos tipos de aspecto sospechoso también vinieron a buscarla hoy —acotó la mujer—. Cuando los vi sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo.
—¿Unos tipos?
—Sí, de esos que se notan a leguas que son gánster —declaró en tono confidente.
—¡Demonios! ¿Ella no dijo dónde iría?
—Ni una sola palabra.
Syaoran liberó un lánguido suspiro, las manos le tiritaban producto de la tensión que sentía a cada momento. ¿Ahora donde se supone que iba a buscarla?
…
Se sobresaltó cuando el bus se detuvo abruptamente, las luces de la carretera se colaban por un pequeño espacio que la cortina de la ventana no cubría, miró a Miu y se percató que la niña ni siquiera se había inmutado con el ajetreo. Observó el reloj y eran casi las tres de la mañana, todos los pasajeros del bus se encontraban durmiendo, incluso la señora que iba en el asiento contiguo al suyo. Con una caricia suave, quitó uno de los mechones de cabello que cubría gran parte del rostro de su hija. Besó su cabeza y disfrutó tenerla con ella, no sabría qué hacer si Miu no estuviera en su vida. Sakura no tenía más familia que su hija y perderla significaba perderse a sí misma, no resistiría que algo le pasara o que la alejaran de ella.
Apoyó su cabeza en el respaldo de aquel asiento que era de tipo semi-cama, ideados para el bienestar del pasajero, según la publicidad del bus. Pamplinas, con su hija de casi quince kilos, descansando en su regazo, esa promesa de comodidad, se escurría cada vez un poco más, lo mismo ocurría con sus ganas de dormir.
El insomnio se había convertido en un habitual acompañante durante los últimos meses, pese a que siempre había sido muy buena para quedarse dormida con la facilidad de un bebé pequeño, con Miu todo había cambiado, en especial desde que se declaró su enfermedad. Habían sido meses de horrible desconsuelo. El miedo lacerante y la impotencia de verla sufrir y no poder hacer nada. ¿Cuántas veces había renegado contra la vida por poner a su amada niña en esas circunstancias? Habría dado todo lo que ella poseía, incluso su vida por no verla sufrir. Cada inyección que le aplicaban, cada quimioterapia; ella las sentía en carne propia.
Suspiró con pena, cada vez que su mente recaía en esos recuerdos. La desazón cavaba una honda herida en su pecho, eso aunado a su sentimentalismo, por haber aceptado que el hombre al que amaba no existía, hacían que ese momento fuera muy difícil de vivir.
«Syaoran»
El sólo hecho de pensar en su nombre, hacía que su pecho se acelerará. Era tan estúpida, seguía comportándose como si tuviese catorce años. Amaba tanto a ese chico, y quizás también amaba al hombre en el cual se había convertido.
«Ese Syaoran tierno y bueno que amaste, ya no existe»
Se dijo, intentando convencerse. Ha como diera lugar olvidaría a Syaoran y reconstruiría su vida. Ya lo había hecho una vez, entonces, podría levantarse las veces que fuera necesario. Una sonrisa curvó sus labios, era palpable la agonía de su ser, pero eso no haría que su sonrisa desapareciera. Sería fuerte y lucharía por ver a Miu sonreír.
La niña se acomodó nuevamente, Sakura se descubrió a sí misma, siguiendo cada uno de los movimientos de la pequeña, enternecida y orgullosa de lo que había conseguido con Miu.
Entreabrió un poco la cortina, convencida que quizás afuera, hubiese algo que la distrajera de los tormentosos sentimientos que se arrebolaban en su interior. Se encontró con el vidrio poblado de minúsculas gotas, algunas se juntaban y caían en diagonal, empujadas por el viento y por la velocidad que llevaba el vehículo. Lluvia, fina y calmada. Le recordó la sonrisa de Rika, la misma que ponía cada vez que llovía. Ella decía que amaba los días de lluvia, porque parecía que la tristeza de su interior se purificaba y que el cielo con sus lágrimas, lavaba y se llevaba todo el dolor. Amaba caminar bajo las gotas, sin paraguas. Sin nada que le protegiera, porque ella señalaba que de ese modo se sentía más liviana y más tranquila. De modo que, a Sakura también terminó gustándole ese tipo de días.
Su mente divagó un poco más, los recuerdos atropellados de sus meses junto a ella, se expandieron como las ondas que producen las gotas de lluvia que caen en algún charco. La forma en la que había llegado a relacionarse con Rika Sasaki, era producto de las circunstancias, de las angustiantes circunstancias. Sus memorias un poco revueltas, volvieron a repasar la dolorosa historia que vivió, luego de que Syaoran se fuera:
Poco después de que Syaoran regresara a China, Sakura mantuvo el contacto con él a través de cartas y llamadas, aunque las segundas eran menos frecuentes que las primeras, debido a su alto costo. La muchacha seguía firmemente enamorada del chico y tenía la completa certeza que era el hombre de su vida.
Pasaron algunos meses y volvió a sentirse triste. Su mejor amiga, Tomoyo, tendría que viajar a Inglaterra, debido a que sus padres se establecerían en ese lugar. Había intentado no llorar, para no incomodar a la heredera de las empresas Daidouji, aunque todo había sido en vano. También prometieron seguir en contacto, no obstante, las acciones no siempre se pueden predecir. Por esto, las promesas no siempre se pueden cumplir.
La chica de ojos de color esmeralda lo comprendió de forma violenta. Una noche de diciembre, cuando las sonrisas de ella se habían multiplicado por lo cercano de la navidad, fecha que a Sakura le gustaba con demasía. Llegó a casa desde el colegio, se preocupó cuando tres carros de policías, una ambulancia y otros automóviles estaban en las afueras de su casa, un puñado de agentes resguardaban el lugar. Presa del terror, corrió hasta la entrada, fue detenida por uno de esos hombres, que con voz trémula y descolorida le habló:
—Señorita, no puede pasar.
—¡Es mi casa! ¡Mi papá y mi hermano están dentro! ¡¿Qué pasó?! —preguntó con las lágrimas recorriendo sus mejillas.
Pudo notar la consternación que cruzó por el rostro del agente. Lo vio entornar los ojos como si buscase las palabras adecuadas para responder la pregunta de la joven.
—No tenemos claro lo que ha pasado, Señorita… ¿Cuál es su nombre?
—Sakura Kinomoto.
El hombre inspiró profusamente y llamó por radio a alguien. Sólo instantes después, un hombre salió de la casa de los Kinomoto y se detuvo al verla a ella llorando. El corazón de Sakura se contrajo, era imposible que algo malo hubiese ocurrido, de modo que, ¿por qué había tantos policías en el lugar?
Cuando el tipo se situó frente a ella y la miró con lástima ella supo que algo iba mal.
—¿Qué pasó con mi papá? ¿Y Touya? ¿Dónde están? —preguntó la chica, con la voz pastosa.
—No hay forma de decir esto sin dañarla —confesó el hombre— Así que seré directo: tanto su padre, como su hermano están muertos.
«Están muerto»
Esas dos palabras reverberaron y se repitieron innumerables veces en su mente. De pronto su cerebro dejó de funcionar. Miraba la cara de aquel hombre sin expresión alguna. Las palabras no tenían significado, tampoco las imágenes de aquel hombre sujetándola, cuando sentía que una obscuridad sin fin la consumía.
Despertó agitada, miró en todas direcciones y sólo un par de ojos de color café, le devolvieron la mirada.
—Hola —saludo la muchacha
—¿Dónde estamos? —preguntó a la chica, sin contestar su saludo.
—En el hospital del Orfanato —contestó la joven.
¿Orfanato? Las imágenes turbulentas, la sacudieron como un rayo feroz. El vacío de su estomago se intensificó, se recostó en la cama nuevamente y se encogió en posición fetal. Los temblores se apoderaron de su cuerpo, las lágrimas fueron las últimas invitadas de su colapso.
«Papá»
«Touya»
«Están muerto»
Las palabras dichas por ese agente, se repetían sin cansancio. Hiriéndola más. Enloqueciéndola más. Matándola más.
—Shhh —susurró la chica que compartía la habitación con ella, mientras la abrazaba con delicadeza—. Debes tranquilizarte. Ya pasará —murmuraba con melodiosa voz.
—Mi familia… —logró articular y un nuevo ataque la dejó sin poder hablar, tan siquiera era capaz de respirar.
—Lo sé —dijo ella tiernamente, mientras se acomodaba, para sostener mejor a Sakura, quien no dejaba de sollozar— Los médicos estaban preocupados, escuché que estuviste inconsciente mucho tiempo, luego de lo que ocurrió. Al parecer, después de saberlo te desmayaste producto del impacto. Despertaste un par de veces, pero cuando reaccionabas no reconocías a nadie y te ponías agresiva.
Sakura no era capaz de recordar nada después de que ese hombre le diera la noticia.
—Nadie está preparado para sufrir de ese modo —comentó la muchacha—. A pesar de todo, debes ser fuerte. He oído que si no te recuperas te enviarán a un hospital psiquiátrico —acarició la cabeza y la siguió arrullando.
—¡No puedo seguir viviendo sin ellos! —exclamó Sakura, tensando su cuerpo dolorosamente.
—Sí, puedes. Debe haber otras personas que te aman. Dime, ¿qué pasará con esas personas que te quieren si te hechas a morir? —la regañó la joven— Sé que hay alguien que debe amarte allí afuera, es tu deber ser fuerte para esa persona. Sin embargo, más que todo, debes querer vivir por ti.
Un nuevo frenazo del bus la sacó de sus cavilaciones. De ese modo había conocido a Rika, ella había sido su amiga, la hermana que nunca tuvo, fue quien la ayudó a recuperarse, quien le hizo creer que la vida era maravillosa, aunque a veces nos golpeara de modos grotescos. Lo más importante, Rika confiaba tanto en ella que le otorgó lo más valioso que tenía…
«La protegeré, Rika. La veré crecer y será una niña feliz»
…
Un automóvil nuevo de color negro, vidrios polarizados, reluciente, cruzaba el cerco de una lujosa mansión. La enorme casa era reguardada por un grupo de hombres que vestían elegantemente, sus gafas oscuras, escondían sus miradas que siempre buscaban un peligro latente para su líder. Del carro bajaron cuatro hombres, parecían clones de los guardias, todos parecían el mismo hombre, multiplicado muchas veces.
Sin mayores ceremonias los cuatro se adentraron en la casa.
La opulencia del lugar era de ribetes extraordinarios, cada rincón gritaba la palabra riqueza. Óleos de famosos pintores decoraban las paredes, que se notaban habían sido matizadas y trabajadas por un diseñador de interiores. Todo estaba exquisitamente combinado, de forma armónica y al mismo tiempo llamativa. La gran escalera de mármol blanco, daba la sensación de estar viviendo en un cuento hadas.
Los cuatro se dirigieron al despacho donde su líder realizaba los negocios. Tocaron la puerta y esperaron el típico 'adelante' para entrar. Una vez dentro, los ojos fríos de un hombre les dieron la bienvenida.
—Señor, sentimos decirle que no pudimos dar con ella —informó uno de los hombres de aspecto serio.
—¿Cómo es eso posible? —murmuró el hombre, quien se levantó repentinamente de su gran asiento— ¡Nos costó mucho dinero e influencias descubrir donde estaba! —explotó, mirando a sus hombres que permanecieron impávidos.
—Al parecer se fue esta misma tarde. No sabemos por qué motivo, señor Terada.
—Si esa mujer cree que podrá esconderse está muy equivocada, yo Yoshiyuki Terada, voltearé cada piedra de Japón y la encontraré, debe devolverme lo que es mío.
N/A:Gracias por leer hasta aquí. Primero que todo ofrecer las disculpas por la demora de este capítulo, he tenido trabajo excesivamente y no había tenido tiempo de escribirlo.
Con respecto al capítulo, ya va tomando forma la trama de la historia. Espero estar a la par con sus exigencias de lector o lectora.
Espero sus comentarios, ya sea para aconsejarme, darme ideas, criticarme, todo es bienvenido. Les agradezco su apoyo.
