El inicio de la travesía.

Sus padres y amigos estaban impresionados que siendo una novata fuese elegida para ser embajadora de Oneiros para tratar con los Feudos la paz. Pero lo que más les sorprendía era el hecho de que el mismo Morfeo fuese quien la encomendó aquella tarea.

El mentir no le venía bien, pero el mismo Morfeo le había dado instrucciones exactas, y ciertas advertencias. La más importante y la que tenía en mente era que la seguridad de sus seres amados dependía de su ignorancia ante su encomienda.

El solo pensar que sus padres, amigos y cercanos pudieran salir heridos le aterraba por lo que si en ella estaba salvarlos lo haría.

En su interior estaba una sensación de que estaba en el principio de algo grande, y muy peligroso. Sus manos sudaban, y no cedían por más que se secara con el pantalón de su uniforme. Por fortuna, aquella muestra de nerviosismo podía achacarlo a la falsa encomiendo, y no a sus verdaderos temores.

Mimi se acercó a la ventana de su habitación para dar un último vistazo a su calle, aquella que la vio crecer. Vio la casa de los Grayson, una vivienda bien decorada y donde habitaban buenas personas. A unas casas vio la florería de Mistery, lugar lleno de flores de todo tipo del feudo; y lugar favorito de la castaña.

Las personas que transitaban la calle, las nubes, su casa, familia y amigos todo eso lo extrañaría con su corazón. La incertidumbre del tiempo que estaría lejos le agobiaba, y hacia difícil su partida y el no extrañar desde ese momento lo que era su vida.

—Deben comprender que es de vital importancia obtener los nueve recuerdos.

Morfeo les miro desde el misticismo que le otorgaba su capucha.

—Una vez que los obtengan activen esto —de su túnica saco un prisma triangulas de esmeralda— y los veré en la ciudad de los vientos.

Mimi y Michael no comprendían lo que su señor estaba diciendo. Les acababa de encomendar una tarea imposible, o eso es lo que creían.

—Señor…

—Sé lo que piensan, pero créanme los recuerdos existen —Morfeo camino entre sus seguidores—. Yo, un eterno que ha visto el nacimiento de este mundo les dice que son reales.

Su voz como su postura les transmitía a los jóvenes una sensación de añorar aquellos tiempos.

—El libro de los cuentos se escribió con la luz de los recuerdos —dijo el señor del feudo.

—Si son reales y les ha visto, ¿Por qué no sabe su ubicación?

—Por seguridad.

Morfeo se acercó a la gran esfera en el centro del salón y se quedo frente ella como queriendo ver el futuro. Su postura no cambiaba, su aura aun era misteriosa como solo un Eterno puede transmitir.

Mimi sentía que algo en el pasado había marcado a su señor, no lo entendía ni podría explicarlo pero en su interior sentía una historia sin contar. Quiso acercarse aquel ser místico y tomarle de su brazo para tratar de tranquilizarlo, pero se contuvo.

—Fabula tiene mucha historia, y la misma nos ha enseñado en nuestro caminar —el señor de Oneiros se volvió a sus seguidores—. Será mejor que partan, vayan a sus casas y despídanse de sus seres queridos… estarán mucho tiempo fuera.

Esas últimas palabras fueron las que provocaron en Mimi cierta incertidumbre. Su corazón se encogió en un sentimiento de ansiedad, convertido de la emoción por haber sido elegida para una misión por su señor.

Salió de su habitación y bajo a la sala donde su mejor amigo le estaba esperando con una morral que lucía un tanto pesado.

Michael al verla le sonrió, la conocía a la perfección para entender que algo le sucedía y aun más para saber que no debía mencionarlo frente a sus padres.

Mimi se despidió de su madre primero, su abrazo duro un par de minutos. Hubo algunas lágrimas como si de una despedida eterna se tratara. Después paso con su padre quien su abrazo duro menos, pero fue más cálido por algún motivo. No quiso separarse de esos brazos, pero lo tuvo que hacer.

Al salir de la casa sus amigos les esperaban, con sonrisas de un orgullo sin igual. Palabras de aliento y buenos deseos no se hicieron esperar, y todo eso solo hizo que en la castaña fuese más difícil su partida de aquel hogar.

—Volveremos —dijo Michael, una vez que ya no estaban al alcance de sus seres queridos.

—Lo sé.

—Entonces, ¿Qué te inquieta?

Mimi reconocía que no podía ocultarle a su mejor amigo nada, la conocía desde que tenían dos años y todo ese tiempo de confidentes solo sirvió para que el uno al otro se entendieran sin palabras.

—Algo en esta misión me inquieta —confesó—. Las palabras de Morfeo fueron…

—Amenazadores —terminó el rubio.

No era la palabra que buscaba, pero se asemejaba bastante por lo que solo asintió con su cabeza. Darle más vueltas a todo ese tema solo provocaría que no se enfocara en su misión, y que pudiera dar todo de sí misma. Fabula les necesitaba, no podían fallar.

Siguieron su camino hasta las periferias de la ciudad de Oneiros, y se reunieron con el grupo de defensa que se estaba formando. Todos listos para dar su vida si una guerra se desataba.

Ese pensamiento solo hizo que la castaña comprendiera mejor lo que era su encomienda. Ellos, y solo ellos dos, serian quienes pudieran volver la calma que alguien está intentado destruir.

—Son los embajadores, ¿cierto?

Una mujer de unos treinta años de edad se les aproximó cuando les vio caminar por entre las filas de soldados. Si es que se podrían llamar de aquel modo.

—Es correcto.

—Soy Alondra, síganme.

La mujer se dio media vuelta y comenzó a caminar seguido por los dos jóvenes. En su camino se percataron que sus camaradas lucían tensos, nerviosos por la incertidumbre de lo que pudiera suceder en los siguientes días.

Oneiros no era un feudo para la guerra, y los soñadores no eran guerreros. La labor era de ayudar al prójimo, de que los sueños en Fabula se mantuvieran como una posibilidad de algo que pudiera ser real.

Guardianes del mundo de los sueños, protectores de sus portadores. Ese era el lema con el que cada soñador crecía en su entrenamiento. Y un juramento que inquebrantable.

La mujer les guio hasta donde carretas y corceles yacían en un campo de verde prado, y suaves montículos de tierra. Sujetó la correa de un corcel de pelaje marrón, y que en su cabeza una mancha blanca como la de una flor descansaba.

El corcel lucia hermoso e imponente, su pelaje brilloso y sus patas con un pelaje frondoso solo indicaban que estaban frente a un Puro. Corceles del mejor linaje en toda Fabula, y que se dicen son descendientes del corcel del gran héroe Arturo.

—Este y el de allá —señalo con su mirada a otro corcel de pelaje obscuro— serán sus transportes.

Mimi se aproximo al caballo marrón y este le dio la bienvenida con un relinchido suave y un movimiento de sus patas delanteras.

—Veo que le caes bien a Delph.

—¿Ese es su nombre?

En contestación el corcel relincho ahora con una mayor fuerza mientras movía su cabeza afirmando.

—Es hermoso.

—Proviene de la flor Delphinium —explicó la mujer—. Es porque nació en un campo de esas flores.

—Entonces fue bendecido por el hada fleur.

El hada fleur era la ama y señora de las flores y praderas. Y cuenta la leyenda que quien nace en un campo de aquellas flores el hada le concede fortaleza y vitalidad que sobre pasa las naturales del ser quien estuviera en sus dominios.

Aquella leyenda le encantaba a la castaña por lo que al mirar al caballo pudo sentir esa magia que le rodeaba. Le pareció más hermoso que antes.

—Deben partir, la ciudad de los vientos está muy lejos.

—Bien.

Michael se aproximó ayudar a su amiga para montar a su corcel, Delph. La castaña siempre fue torpe para el montar se refería, y si bien mejoro con el tiempo aun tenia ciertas fallas.

Una vez que ambos estaban sobre sus corceles se pusieron en camino hacia donde en realidad los mando Morfeo.

El señor de los sueños le indicó que para iniciar su viaje debían ir primero al feudo Kuran, lugar donde habitan los hechiceros blancos. Les exteriorizo que necesitarían ayuda de un hechicero blanco, y que debían busca a uno en especial.

Mimi no entendió como les pedía que no confiaran en nadie y ahora les solicitaba que buscaran ayuda. Si algo tenía los Eternos eran que su lógica no lo parecía para los demás seres del mundo que habitaban. Y aquello quizá se debía a que son los más cercanos a los Narradores.

—¿Quién crees que sea Wraig gwyn? —preguntó, sin pensar.

—Algún hechicero blanco de alto rango —contestó su amigo—. Seguro que ha de ser un anciano de largas barbas y ojos grises.

La castaña siendo una soñadora podría imaginar a la perfección la escueta descripción de su amigo. Pero en su mente había otra imagen, un ser de la altura de un Eterno con túnica blanca y una capucha que cubría su rostro. Y lo imaginaba de ese modo solo por el hecho de no querer poner un rostro alguien que no conoces.

Para la soñadora hacer aquello quitaba el sentido en conocer a una persona. Lo sentía como querer quitarle su identidad, sin respetar la suya propia.

—Lo que me parece curioso es que la tengamos que buscar.

—Cierto.

Morfeo les dijo que el hechicero que tenían que buscar era una persona muy especial, y que no siempre estaba en un mismo lugar. La describió como un susurró en la brisa de la mañana. Una descripción poética pero que poco les ayudaba en su búsqueda.

—Creo que esta misión será de tener bien abiertos los ojos y agudizar los oídos.

—Imagino que así es un encargo de algún Eterno.

Mimi sonrió ante el comentario de su mejor amigo cuando vio a lo lejos algo que no le gusto. El cielo azul de aquel día se mostraba perturbado por una columna rojiza y negra que se erguía a lo lejos, pero que por su magnitud aterradora la podían ver desde donde se encontraban.

—¿Qué es eso?

Michael no apartaba su mirada del horizonte que mostraba aquella columna. Era como si reconociera lo que estaba viendo, como si no fuera la primera vez que lo hubiera visto y eso aterro a la castaña.

—¿Michael?

—Estamos cerca de la frontera Noreste —dijo, sin apartar su vista.

En la cabeza de la soñadora un mapa mental se dibujo mostrando su punto actual; marcado por su amigo. Recordó que al noreste del feudo de Oneiros se encontraba uno de los feudos más tranquilos por lo que no entendía lo de aquella columna extraña de humo y fuego.

El feudo al que tenia memoria era el conocido como Xipe, pero aun estaba muy lejos por lo que a su memoria se acerco la tierra de las hadas. Áes Sídhe, la tierra de los seres mágicos sin feudo estaba entre Oneiros y Xipe por lo que un terror le embargo.

La tierra de las hadas, no las que se conocen, sino de aquellos espíritus que son la conexión de la tierra con el mundo natural. Seres tranquilos, y que no hacen acto de presencia en los problemas de Fabula. Viven neutros y con su filosofía de tranquilidad.

Le aterro la idea de que alguien estuviera profanando aquellas tierras sagradas y milenarias. Y entendió que estaban en un momento histórico de peligro, uno que inicio con la profanación del templo del libro de los cuentos.

—Debemos ir.

—No —Michael siguió su cruzo.

—Pero…

—Sé que quieres ir ayudar, pero nosotros tenemos nuestras órdenes.

La soñadora frunció sus cejas en muestra de inconformidad ante la postura de su mejor amigo.

—Entiende, de nosotros depende que ese fuego se propague.

Con aquella aclaración la joven vio todo con lógica, y entendió la realidad de lo que era su misión. Nunca imagino que pronto sería testigo del problema en que el mundo estaba metido.

—Andando.

Y de ese modo siguieron su camino por aquel día, con el pensamiento fresco de la columna de fuego y humo proveniente de tierras sagradas. Pero con una convicción de seguir adelante, y no decaer en el ánimo si es que querían ayudar a la paz en Fabula.

Al caer la noche acamparon en las afueras de un bosque, según Michael al atravesar aquel bosque estarían entrando al feudo de Silva. Unas tierras dominadas por los domadores, gente con la habilidad de dominar a otros seres y criaturas mágicas.

Ese lugar nunca fue un mal vecino de Oneiros, pero aun con los buenos antecedentes debían andar con cuidado. Los Silvanos eran personas desconfiadas, y con la guerra latente no verían bien a dos jóvenes de Oneiros rondando sus periferias. Por lo que debían ser cautelosos si no querían causar algún altercado.

—Me parece curioso que no esté alguna guardia en los límites del bosque.

—Yo no me confiaría, Mich.

—Cierto —el rubio se acercó a la fogata y echo un par de leñas— Lo mejor será que duermas, yo haré la primer guardia.

—Bien.

La castaña se echó en su cama de paja que traía en su morral. Lo delgado del material ayudaba en su transporte, pero no por eso dejaba de ser cómoda. La paja era sembrada con la arena mágica del tiempo lo que le daba ciertas propiedades que le hacían confortable y fácil de llevar.

Cerró sus ojos y con sus habilidades dejos que su señor la llevara aquel mundo de los sueños. Con el viento suave y la tenue luz de la luna se dejo arrullar.

XX

La joven se vio en un campo inmenso de cultivos; podía ver granos, elotes y otros. El sol irradiaba alegría desde el cielo y todo lucia como un retrato pintado por el mejor pintor.

Camino entre los cultivos, por aquellos senderos de tierra. Con su mano acariciaba las hojas verdes que de los tallos altos y gruesos salían. Una paz interior transmitía aquel lugar que ella creaba con su subconsciente.

Pero el sueño de que tuvo un día antes se hizo presente, y el cielo se nublo de pronto. El viento se convirtió en un vendaval de aires congelados. Las praderas y los cultivos se congelaban, y la paz se esfumaba.

Quiso despertar, salir de su mundo, pero no lo conseguía lo que le perturbaba. Un soñador tenia control completo de aquel mundo de sueños, por lo que podían interrumpirlo cuando lo desearan.

No temas, no huyas, que el fuego no se propaga aquí.

Una voz diferente a la del otro sueño se escucho, y la calidez del día regresaba con un sol deslumbrante. Los cultivos se regeneraron y los prados se enverdecieron. La paz regresaba.

—¿Quién eres?

La voz no contestó, y volvió a preguntar sin tener éxito.

—¿Por qué se entrometen en mis sueños?

Pregunto la joven, aunque esa no era la pregunta correcta. Asustada abrió los ojos lentamente, saliendo de aquel mundo que tanto le encantaba pero que hace poco perturbaban unas voces.

En el mundo de los sueños el tiempo es irrelevante, por lo que un minuto en aquel magnifico lugar podían ser horas en el real. Se percato que el sol estaba saliendo, por lo que su mejor amigo había hecho todo el turno.

Molesta se incorporó en su cama para enfrentar a su amigo por cargar con la guardia el solo. No le gustaba aquel trato, no quería preferencia por se mujer y su mejor amiga.

Cuando se dio media vuelta su piel palideció. Se encontraba sola, con un montículo de cenizas que una vez fue la fogata. Se levantó asustada y buscando con la mirada a Michael y los corceles pero no dio con ninguno.

Quiso gritar sus nombres, pero no era lo idóneo. Alguien de Silva o peor podría escucharla y meterse en problemas. Debía ser inteligente, por lo que tomo sus pertenencias y se puso en marcha.

No creía que su mejor amigo la hubiera abandonado, pero él no ver sus cosas le inquietaba. Se puso en marcha por el camino que el día anterior su amigo le indico, no debía salirse del plan que tenían. Si iba por aquel camino estaba segura que se encontraría con su mejor amigo.

Y así vago por un par de horas sin rastro de su amigo o corceles. Temía lo peor, y el recuerdo de aquella columna de fuego y la tensión entre feudos le hizo pensar en todo tipo de escenarios.

—Vamos, Mich, ¿Por qué me has abandonado?

Siguió su camino hasta que escucho unos ruidos que provenían a su derecha. Enseguida encontró un hueco en un árbol de tronco grueso y se resguardo.

Espero hasta que el ruido se hizo más fuerte, y unas voces entendibles se escuchaban. Conforme pasaba el tiempo el ruido de las pisadas y las voces se intensificaban, logrando captar que una de ellas se quejaba de algo.

—Amor, no aguanto me duele.

—Tranquila, preciosa, estamos cerca de Oneiros.

Al escuchar el nombre de su feudo sintió un escalofrió. No parecían voces atemorizantes ni con tonó amenazador. Dudo en si salir de su escondite y ver porque una pareja de Silva querría ir hacia su feudo.

La pareja paso por el lado de su tronco pasándolo de largo y dejando ver a la pareja. Una de personas mayores como de unos ochenta años. Sus ropas que simulaban pelaje de animal, las botas gruesas y esas marcas verde en diagonal al costado de sus ojos dejaban en claro que se trataba de personas del feudo Silva.

La pareja apenas podía andar y se mostraban cansados. El viejo traía consigo un morral liviano, y colgando a su costado una cantimplora.

Ese equipaje era poco para el largo viaje que aun les faltaba, sintiendo lastima por la pareja salió de su escondite y se mostro a los viejos que al escucharla se dieron vuelta.

—Disculpen.

Los ancianos miraban atónitos a la mujer como temiendo que les fuera a lastimar.

—¿Por qué van a Oneiros?

El anciano se colocó entre ella y su esposa, lo que indico que no confiaban en ella. Algo lógico en los tiempos actuales.

—No teman, soy amigable.

—Eres de Oneiros —dijo el hombre—. ¿Qué haces tan lejos de casa?

Esa era una buena pregunta que la ponía en una encrucijada. Debía inventar algo bueno y creíble, por lo que hizo trabajar a su cabeza.

—Soy una embajadora, me dirijo a la ciudad de los vientos.

La pareja de ancianos no pareció creerle, le miraban intrigados y escépticos.

—Venia acompañada por otro sujeto de mi edad —dijo—. Se ha perdido y lo estoy buscando, al igual que dos corceles puros.

—Sabes que la ciudad de los vientos es en aquella dirección —el hombre apuntó con su dedo a otra dirección de a donde se dirigía.

—Qué vergüenza, es que me he perdido yo también.

El hombre se mostraba escéptico, no le creía palabra alguna. Por la amenaza que representaba para los ancianos temía que estos fueran hacer algo que le pusiera en un predicamento. Pero entonces la mujer comenzó a gritar, desviando la atención del hombre.

La anciana se doblegaba por el dolor, y se sujetaba con sus dos manos la sien. El dolor que su rostro marcaba inquietaba a la castaña que dio un paso hacia la pareja, pero se detuvo al ver al hombre que sacaba una daga y le apuntaba.

—No se acerque.

—Creo saber que sucede —la castaña levanto sus manos—. Soy una soñadora elite, puedo ser de ayuda.

—Aléjese.

—Señor, permítame —dio un paso adelante—. Para eso van a Oneiros, ¿me equivoco?

Sopesando las palabras de la soñadora y con la angustia de su mujer el hombre se quedo pensativo. Para el segundo grito de su esposa no lo pensó más y con un movimiento de su cabeza y bajando la daga permitió que se acercara la castaña.

Mimi se puso de rodilla en el suelo a la cabeza de la mujer. Le acarició su larga cabellera blanca y susurro algunas palabras para tranquilizarla.

—Cierra tus ojos, preciosa —dijo, con una dulce voz.

—¿Me quitaras el dolor?

—No existe dolor que quitar —sonrió—. Cierra tus ojos.

Confundía la mujer obedeció a lo que la soñadora le solicitaba. En tanto, Mimi de una bolsita que tenía en la parte trasera de su cintura saco unos polvos dorados que solo en el rostro de la anciana.

Sono doce senhora.

Con esas palabras suaves en su idioma natal, aquella con la que se crece y que después se cambia por la lengua común. Conjuro el sueño en la mujer que descansaba en su regazo, y la que pronto plácidamente quedó dormida.

Mimi entró en un transe, sus ojos se tornaron blancos como perlas asomándose por sus parpados. Ese estado le permitió entrar en la mente de la mujer, entrar en su hogar; conocer cada rincón de su mente. Distinguió un mundo diferente al suyo, de praderas y gigantescas aves azules surcando un mar celeste color purpura.

Se encontraba con la anciana en una aquella pradera, sujetas de la mano viéndose una a la otra. Conociéndose con la mirada y el tacto, sintiendo como la energía fluia de un cuerpo al otro, llenando de paz a las dos mujeres.

—¿Esta es mi cabeza?

—Este es tu hogar espiritual —dijo la castaña—. Un lugar muy hermoso donde nacen tus sueños más hermosos.

—O mis peores pesadillas —dijo la mujer, cabizbaja.

—Dime, ¿Cómo pueden nacer pesadillas de un lugar tan hermoso?

La anciana que había cerrado sus ojos los abrió de golpe y se encontró frente a su reflejo en un lago plateado. Se sorprendió al verse joven, de la misma edad que la soñadora y no pudo evitar sonreír.

—Pero, soy yo.

Mimi le miraba en la lejanía con una sonrisa en sus labios, mientras con un movimiento de su mano limpio un punto obscuro a lo lejos; en un rincón lejano que no podía ver la dueña de aquel sueño.

La soñadora limpio la cabeza de la anciana que sufría un estrés, uno que reconoció como la pérdida de un hijo en una guerra antigua. Aquella mancha negra le revelo el rostro del joven de una edad un poco mayor, lo vio a la perfección. Un joven apuesto con un futuro por delante, lleno del amor de sus padres y de sus amigos.

—Me siento mejor.

La voz de la anciana volvió a la castaña al momento, se limpio sus lágrimas y se acercó a la anciana que volvía a su aspecto actual.

—Eres más hermosa como luces ahora —comentó Mimi.

—La edad y sus marcas son los testigos de mis victorias, pero sobre todo de mis derrotas —la anciana tomo a la joven y le acaricio su mano— de las que he aprendido mucho. No temáis en cometer los tuyos propios, solo teme a no aprender de ellos.

—¿Disculpe?

—Desde que te vi supe la verdad —la anciana guió su ojo—, pero no le diremos nada al vejestorio que nos espera afuera.

Con ese jocoso comentario final animo a la castaña que asintió y con un movimiento de su mano libre volvió todo un torbellino de colores y emociones.

Cuando la anciana despertó y la soñadora regreso de su transe un viejo canoso les esperaba paciente desde su lugar a un lado de su esposa. Al ver a su mujer despertar acorto el poco espacio que les separaba, le tomo de la parte trasera de su cabeza y le ayudo a incorporarse.

—¿Cómo te siente, amor?

—Mucho mejor —la anciana volvió a la castaña— gracias a esta hermosa joven.

El anciano avergonzado volvió hacia la soñadora que les miraba con ternira, recordando a sus propios abuelos que ya habían partido lejos.

—Gracias, señorita —el hombre saco un pequeño saco de su bolsa y se lo extendió a la joven— No es mucho, pero le servirá de algo.

Reconociendo lo que contenía aquel pequeño saco negó con su cabeza, no pensaba cobrar por aquel servicio. No a los pobres ancianos que apenas y lograban caminar.

—No me deben nada.

—Pero debe recibir algún pago.

—Mi deber como soñadora es ayudar a que el mundo de los sueños sea un lugar hermoso, incapaz de ser trastornado por las pesadillas.

—Yo creí que los soñadores cobraban por estos servicios.

—No siempre —guió su ojo la castaña.

Los ancianos se vieron entre sí pensando la manera en devolver el favor que acababan de recibir. Solo paso un minuto cuando el anciano se volvió a la soñadora que ya estaba de pie junto a ellos.

—Usted mencionó a un colega que le acompañaba, ¿cierto?

La joven asintió con una esperanza de que los ancianos supieran algo de Michael.

—No sé si sea el mismo, pero vimos a un hombre que iba prisionero por los Toru —el anciano apunto hacia el camino por donde llegaron—. El joven tenía una vestimenta similar a la tuya y solo alcance a ver que era rubio.

—Sí, es él —la joven sintió como su corazón se aceleraba—. ¿Quiénes son los Toru?

—Los guardianes de Silva.

Por la expresión que los ancianos colocaban no era para nada esperanzadora.

—Son la elite de nuestro pueblo, y no creo que vieran con buenos ojos a un Soñador en las fronteras.

El miedo se coló por la sangre de la castaña, se propago por su cuerpo y su mente comenzó a pesar. No sabía como Michael había acabado siendo atrapado y ella no, pero ahora lo que le importaba era ayudar a su amigo; antes de que algo malo le pudiera suceder.