Ciudad de Toledo, 1212
Antes que mirarse la mano, con impaciencia, con avidez, echó un vistazo alrededor. «Necio» se reprochó enseguida. Por supuesto, aunque estuviera allí, sabía de sobra que no podría verla. ¿Pero acaso estaría allí, allí mismo, respirando el mismo aire, observándole, como todos?
Volvió a bajar la vista a la palma de su mano. Con el stella sequour Rodrigo se sintió dueño de la situación por un segundo, luego la razón le indicó que no lo era. Todo cuanto tenía era una propuesta, una iniciativa, pero el auténtico poder para el cambio pertenecía a aquellos que habían sido llamados, un representante de cada una de las grandes familias mágicas, sin dejar fuera ninguna tradición, ningún punto de vista. O era desear que así lo fuera. Cuando uno confía en un artefacto tan impredecible como el stella sequor se dejaban muchas cosas a la Providencia. Claro que él siempre había confiado en la Providencia. Al fin y al cabo, pensaba él «todos Sus planes son buenos».
Con todo, se sentía algo intimidado por aquel momento que podía ser clave para el destino de todos los magos hispanii, aquel día que tanto había estado esperando.
Se notó la boca seca antes de hablar:
–No estamos todos. Esperemos.
Los magos y brujas se sentaron en silencio, y así lo hicieron también Rodrigo, Guillermo y Charo.
Abdel se separó un poco y se acercó a la facción sufita, sin dejar de saludar a sus hermanos en la fe, que le recibieron, unos, un asentimiento de cabeza, otros, con una palmada en la espalda. Su mejor amigo Hajun lo tomó del antebrazo y le sonrió con camaradería y fiereza.
–¡Salam!
Rodrigo los vio intercambiar palabras amistosas en árabe, y le dio la impresión de que llevaran mucho tiempo sin verse. Después, miró de reojo a Guille, que en aquel instante tomaba de la mano Charo. Ella, le miró sobresaltada, pero instantes después pareció reconfortada. Rodrigo juraría que estaban algo asustados, como si no supieran que esperar de todo aquello. Rodrigo dejó de estudiar sus reacciones cuando, como una exhalación, entró una última figura en la sala. Llevaba una estrella de David al cuello y Rodrigo lo reconoció en cuestión de segundos.
El Leviatán se levantó con todos los demás, pero a él lo movía el respeto sino la ira. Rígido, a duras penas logró contenerse. Quiso saltar sobre él, pero tuvo que obligarse a recobrar la compostura so pena de echar tierra todo por lo que había luchado, y secamente, chasqueó los dedos. El stella sequor, con su polvo dorado, se escabulló de los dedos de Samuel been Isaac, su enemigo acérrimo, su peor adversario, el brujo responsable por sus sufrimientos más profundos y el único hombre que había aprendido a odiar. Los ojos de Rodrigo centellearon, pero a labios de Samuel afloró solo una pérfida sonrisa al verlo, como si las tuviera todas consigo. Y así era, se dijo Rodrigo, aquella sabandija siempre guardaba un as bajo la manga.
La esquirla llegó al alcance de Rodrigo y el stella sequor quedó completo. La palabra hispaní se escribió como la primera vez, inspirada por la voluntad de su dueño. Rodrigo dejó de prestar atención al recién llegado al darse cuenta de que la moneda no se había destruido. Ahí seguía, como si su voluntad no se hubiese cumplido todavía. Rodrigo decidió pasarlo por alto, achacándolo a que ningún pacto se hubiera firmado, y tomó la palabra, alto y claro:
–Bienvenidos todos.
Rodrigo se sacó la varita del cinto y con una floritura hizo aparecer en el aire un pergamino oscuro que levitó y con la suavidad e ingravidez de una pluma, se acabó posando sobre la mesa de Salomón.
–Es mi esperanza que en todo cuanto hablemos hoy más allá de nuestros diversos orígenes, lenguas maternas, doctrinas o distintos temperamentos y tradiciones, reconozcamos lo que es común a cada uno de nosotros. Es mi esperanza que lo que fuimos, somos y seremos puede unirse en una sola voz, que prefiramos y elijamos la palabra, por medio de la cual, todo se ha hecho, a la espada, que no da sino armas de destrucción a los poderes malignos que nos han mantenido enfrentados los unos a los otros. Es mi esperanza que sepamos que es más grande lo que nos une de lo que nos separa.
Rodrigo hizo una pausa.
–Es sabido que nuestros líderes, nuestros monarcas, los califas han sabido dar uso a nuestro poder de muy diversas maneras desde antaño, que hubiera ocasiones en las que es poder se diera de buen grado y ocasiones en las que se tomara por la fuerza.
Se escucharon susurros en la sala y Rodrigo vio señales de asentimiento, lo que le animó a continuar:
–Frente a la batalla que se avecina podemos aliarnos nuevamente con el poder, pero a qué precio. ¿Acaso no nos veremos las caras en el campo de esta batalla y otras muchas que vengan después? Como ya ha pasado antes, Seremos antes herramientas de ese poder, que dueños de nuestros dones y de nuestra libertad. Seremos culpables del derramamiento de sangre. Sangre que podría ser la nuestra. Porque no hay aquí sangre nuestra, y sangre vuestra, es la misma sangre. Podríamos todos acabar los unos con los otros, poner nuestra magia al servicio de la destrucción. Yo propongo la unidad, la convivencia, la paz. Propongo una alianza de brujos y brujas hispanii y os insto a firmar este pacto para desvincularnos de los reyes y los califas hoy y siempre.
Rodrigo señaló el pergamino con su varita. En él aparecían ahora párrafos en lo que podían apreciarse distintas lenguas. Sobre la mesa aparecieron también plumas de pavo real.
–No tan deprisa –se escuchó decir a Hajun Al-Maa'idah, el amigo de Abdel, que se levantó para hablar–. Lo que decís puede ser una gran trampa, bien tendida por los mismos reyes a quienes denunciáis el abuso de poder. ¿Quién me asegura que esto no lo tenéis hablado con los grandes señores cristianos? La batalla que se acerca, para mal o para bien, a todos nos afecta. Si la balanza se inclinara hacia el lado cristiano porque nosotros no ayudamos al Califa, si nuestros hermanos en la fe caen derrotados, pesará también sobre nuestra conciencia y entonces quién los protegerá a ellos.
–¿Acaso vuestro papel en las guerras libradas para el califa suele ser el de protegerlos? –inquirió entonces un mago judío anciano–. ¡Qué afortunado! A nosotros, se nos pide espiar y atacar a traición la gran mayoría de las ocasiones. Nunca hemos servido de escudo a nadie. Siempre intrigas, siempre malas artes. A merced de hombres sanguinarios muchas veces.
–¿Pero responderéis todos y cada uno de vosotros, si el califa se vuelve en nuestra contra? –cuestionó otro mago sufita–. Si pedimos vuestra ayuda, si nos vemos en dificultad… ¿Seremos iguales después de este pacto?
–¿Acaso no somos ya todos iguales? –inquirió una bruja vascona, vestida de azul–. El leviatán ya lo ha dicho, que es más lo que tenemos en común, que los que nos distancia.
–Somos iguales a los ojos de Dios como hombres –hiló Rodrigo–. Y somos además magos hispanii. Para defendernos de los reyes y los califas y de cualquier otro que pretenda usarnos, comprometámonos si es necesario a ayudarnos los unos a los otros. Desvincularnos del poder de los monarcas, no es sino el primer paso de un alianza entre nosotros, entre todas nuestras Tradiciones.
–No obstante –opuso Samuel Ben Isaac –. Los reyes y los califas nos han dado grandes privilegios. Tú, cristiano, has olvidado mencionar los grandes favores, las ventajas que tiene la alianza con los monarcas. Dineros y honores, por no hablar de que hemos colaborado también a sus más grandes obras, a mejorar las vidas de tantos. La nobleza y los reyes; el califa y los visires, son nuestros benefactores.
–Y nuestros amigos –mencionó mago rubicundo y alto que se levantó también para exponer su argumento –. Soy Eneko de Batzán, del reino de Navarra, y me confieso íntimo allegado de mi monarca. Se dirá de mucho de nosotros que les traicionamos vilmente a la hora de la batalla si les negamos nuestra ayuda. ¿Acaso no hemos luchado codo a codo a su lado? ¿No hemos comido y bebido a su mesa? ¿No hemos reído con ellos y llorado sus pérdidas como si fueran las nuestras?
–Nada Le impide, a título personal, la amistad con la nobleza o la monarquía –repuso otra bruja celta –. No es de eso de lo que estamos hablando. Estamos hablando de reconocer que existimos, que somos la magia hispanii y de que no tenemos por qué servirnos más que a nosotros mismos. Que no somos de su propiedad. Que somos libres de su influencia. No somos siervos.
–Es verdad que han sido nuestros amigos tanto como nuestros enemigos –expuso también Abdel–, que hemos prosperado y sufrido a partes iguales, como es verdad que cualquiera que obtiene un don de lo alto, se pregunta a quién debe servir. Nuestra magia ha servido a los poderosos, mas también a los más humildes y yo os pregunto: ¿cuándo ha sido origen de un mayor bien?
Todos se quedaron callados.
–Sometámoslo a una votación de magias –sugirió entonces Samuel Ben Isaac–. Sometámonos la decisión a la mayoría en siete.
Muchos asintieron, pero Rodrigo carraspeó, porque no se fiaba del judío. Abdel, en cambio, puso su mano sobre la mesa y desencadenó la votación.
–Yo doy mi sí al pacto y a la unión de la magia hispanii. ¿Quién está conmigo?
Solo se le unió Rodrigo, que los miró a todos, conteniendo la respiración. Durante casi un minuto, nadie dijo nada. Entonces, Charo, ruborizada, puso también la mano sobre la mesa, para sorpresa de Guillermo.
–Yo doy también… mi sí al pacto.
–¿Qué haces...? –le reprocho él al oído.
Sin embargo, pareció que su gesto surgió efecto. Viendo a aquella niña rubicunda, una completa desconocida, superar el miedo que todos los demás tenían al cambio inminente para su estilo de vida, otros muchos después de ella dieron también su sí, incluidos la mayoría de cuantos habían hablado. Más no Samuel, que con otros, se mantuvieron a prudente distancia de la mesa. Cuando la votación parecía casi terminada, Guillermo se sorprendió pensando «de perdidos al río» y fue el último en colocar su mano sobre la mesa de Salomón.
–Creo que somos mayoría –se atrevió a añadir.
–Pero no por siete –masculló Rodrigo, sintiéndose derrotado de pronto. Después de tanto esfuerzo, de haber perdido tanto… no podía ser el fin –solo por dos.
Guillermo y Charo fruncieron el ceño. Aquello no podía ser. Los dos sabían el resultado de aquel concilio. Aquel momento era la clave para la historia de la comunidad hispanii: si los magos no se desvinculaban del poder de los monarcas, entonces… Se miraron el uno al otro, desconcertados.
–Creo –dijo Samuel–. Que esto es todo. Ese pacto no va a ser firmado. Me atrevería a decir que podemos dar por conc…
De pronto, una luz verde cegadora brilló en el pecho de Rodrigo y todos dieron un respingo. El Leviatán se llevó la mano al corazón y la mano entera se volvió verde, hasta que de repente, sacó de ella una pequeña piedra del mismo color, que brillaba de forma intermitente.
–Deborah –susurró y Samuel, al otro lado de la sala, frunció el ceño –. Está aquí… Está… –sonrió y les dirigió a todos una manera triunfante–. ¡Un momento! Esto no ha concluido todavía –dijo –hay alguien fuera que no sabe cómo entrar al palacio.
Varios magos se pusieron en pie, extrañados, y siguieron a Rodrigo que lideró la comitiva hasta la puerta principal. Guille y Charo entre muchos otros, atravesaron el largo pasillo hasta el portón. Rodrigo lo abrió con un golpe de varita, con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho.
No se esperaba la patada en el espinazo que le propinó con saña una bruja de pelo rubio y rizado.
–¡Vaya! –exclamó ella–. ¡Cuánto lo siento! Tendría que haberlo visto venir. Solo intentaba abrir la puerta de la iglesia… Beatriz de Lara, a vuestro servicio.
Rodrigo tampoco esperaba ver a cuatro niños con caras desorientadas. Ni esperaba ver brillar a la geméla de su lágrima de malaquita brillando incesantemente en manos de Mencía Fernández de Lama, quien estaba tan perpleja como él. Los magos y brujas detrás de él, empezaron a hablar entre ellos, confusos y algunos, incluso airados. Quiénes eran aquellos intrusos para interrumpir el concilio de aquella manera y por qué el Leviatán había dejado aquel asunto en suspense para abrirles el portón.
–Me temo que no sabía yo cómo entrar. En mi familia, soy la primera bruja en muchas, muchas generaciones y ni sé mucho de otros brujos, ni se me invita a los grandes acontecimientos, pero creo que los que son como yo, sin pertenecer a las grandes tradiciones, también tenemos algo que decir, así que les he pedido a estos jóvenes que me acompañan, que trajeran aquí con su stella sequor –Beatriz señaló la tabla de planchar que colgaba aún del cuello de Marcos –. Y vengo a votar, a dar mi sí al pacto. Y ellos también –hizo una concesión ladeando la cabeza –bueno, todavía no lo saben, pero ellos también. ¿Podemos pasar?
Rodrigo, así como muchos de los presentes, quedaron un poco descolocados.
–¡No iréis a dejar que estos se unan al concilio ahora!¡Esto es un ardid para amañar la votación! –chilló una bruja, enfurecida.
–Estamos montando mucho escándalo. Bajad la voz –pidió Rodrigo con firmeza; sin embargo, otros muchos lo ignoraron y alzaron la voz para quejarse y denunciar lo que ellos entendían como un engaño. Entre ellos, la voz cantante era de Samuel Ben Isaac que les instigaba a volverse contra Rodrigo. Sin embargo, no pudieron ahogar la voz de Guillermo, que había avistado por fin a su hermano.
–¡Marcos!
Su hermano menor lo buscó con los ojos y cuando dio con él, le importaron bien poco Rodrigo de Rada o todos aquellos brujos con medallones de oro, que lo miraban ojipláticos, y con lágrimas en los ojos, corrió y se lanzó a sus brazos. Guillermo lo acogió y le colocó un brazo alrededor de la espalda y otro sobre la cabeza.
–¿Pero qué haces tú aquí, renacuajo? –murmuró Guille, con cariño, mientras que tantos otros preguntaban abiertamente qué estaba pasando. Pero Marcos lloraba a moco tendido y no supo ni contestar. Estaba agotado y ya no se sentía tan predispuesto a las aventuras como cuando cogieron el tren a Picos. Aquello parecía muy remoto. A duras penas logró contestar.
–Vinimos en tabla de planchar…
Frase que, por supuesto, Guillermo no supo descifrar en aquel momento crítico.
–¿Les conocéis, Guillermo, respondéis por ellos? –la voz de Abdel se oyó sobre el resto.
–Es mi hermano –asintió Guillermo–. Y no pretende nada malo. Es solo un niño.
–Escuchadle, que este mago es un valiente mago guerrero sin el cual, esta reunión no hubriese tenido lugar hoy. Rodrigo de Rada le debe la vida a Guillermo de Vivar, quien apenas unas horas salvó al Leviatán de las fauces de la muerte. Luchó con varita contra unos desalmados que querían evitar que acudiera hoy a nuestro encuentro. –expuso Abdel y Marley asomó su cabeza peluda desde la capucha de la capa, para dar su gruñido de conformidad–. No es Rodrigo ni son estos jóvenes los que intentan sabotear el encuentro. Yo estaba allí para verlo. Soy testigo, hermanos, escuchadme. Los que conocéis sabéis que no miento.
–Addel es hombre de palabra –confirmó su amigo Hajun, posando su mano sobre el hombro de su amigo.
–Y es hombre de honor, Rodrigo de Rada –dijo Eneko de Batzán–. Estamos hoy aquí porque todos nos fiamos de su buena voluntad. Todo lo que ha dicho ha sido justo y si ha hablado no ha sido pensando en todos nosotros.
Babe y Charo se sonrieron, algo más prudentes que los hermanos Aguirre y Haizea saludó a su primo desde lejos, bastante intimidada por todos aquellos murmurantes magos y brujas que los miraban desde aquella torre aparecida por arte de magia. Entretanto, Mencía se sentía demasiado abrumada por la mirada intensa de Rodrigo, que no la perdían de vista a ella o a la lágrima de malaquita que le había regalado Deborah y que hacia ni dos minutos se había puesto a despedir un brillo misterioso.
–Entonces –Beatriz reclamó la atención de Rodrigo una vez más –. ¿Podemos pasar o no?
–La reunión ya ha tenido lugar. Llegáis tarde –dijo la voz de Samuel tras él. Mencía y Marcos lo fulminaron con la mirada. Rodrigo se crispó, pero no fue él quien se enfrentó al judío, sino Abdel, que le encaró con determinación:
–Eso no os toca a vos decidirlo. La reunión la convocó el leviatán él ha de levantarla. Si el stella sequor ha guiado a estos hechiceros viajeros, tanto como a vos, ellos han de estar aquí también y se ha de escuchar su voz. Lo hemos dicho hoy, nadie es menos ni más que nadie.
El resto de magos y brujas asintieron afirmativamente.
–Sea –dijo Rodrigo y inclinando la cabeza hacia Beatriz, la invitó a pasar con un gesto del brazo.
Beatriz sonrío, no sin cierta altanería, propia, después de todo, de su casta. Haize, Babe y Mencia, tras dudarlo un segundo, la siguieron y Charo les salió al paso, mientras que el corro de magos y brujas se hacia a un lado para dejarles pasar, no sin que alguno, se abriera paso a empujones y se les acercara a preguntar que quiénes eran y de dónde venían de tanto en tanto. Entre ellos, les salió a la zaga el mago navarro, que se puso a la altura de Babe en el último tramo de escaleras y le dijo:
–Ya os reconozco. ¿No sois vos la espía en la morada del rey de navarra en Toledo? Os buscan por toda la ciudad.
–No fue más que un malentendido –se excusó ella. Haizea asintió varias veces, y a él se le escapó una carcajada socarrona cuando la adolescente de cabellera rizada le aseguró:
–No somos espías, de verdad.
Pero no hubo tiempo para más explicaciones porque era momento para sentarse de nuevo alrededor de la mesa mística e imperó el silencio.
Isabel nunca habría creído posible viajar tan atrás en el tiempo, ni mucho menos desempeñar un papel remotamente significativo en un acontecimiento histórico que había estudiado. Había escuchado la propuesta de Rodrigo de Rada y el intento de Samuel y los que pensaban como él para disuadirlos a los cinco de intervenir. Todo lo que le habían enseñado le dictaba ser prudente y la inclinaba, como a sus amigos, de abstenerse de alterar la historia en modo alguno; en cambio, si no votaba, si no daba su voto al pacto, todo cuanto había estudiado cambiaría, sería diferente: no había seguridad alguna de que el presente que ella había conocido existiera como tal.
Se dijo que ni siquiera habían tenido la oportunidad de verse los seis a solas y tomar una decisión juntos. Beatriz parecía tenerlas todas consigo pero a ella aquello se le escapaba por completo, y sin embargo, Babe también dio su voto al pacto sobre la mesa de Salomón y lo firmó con el nombre literario que le había sugerido Charo al oído. Con manos temblorosas fue la última en escribir sobre el pergamino, maldiciendo para sus adentros al stella sequor que los había metido en aquel embrollo, fuere cual fuere su propósito. Sintió que Haizea le daba la mano para apoyarla y se lo agradeció muchísimo.
–Podemos dar por concluido el encuentro –anunció Rodrigo–. Queda sellado nuestro pacto y disuelto el concilio, marchad en paz.
Muchos brujos hicieron sus reverencias antes de empezar a desaparecerse, pero otros aprovecharon para saludar a sus conocidos. Beatriz se acercó una última vez a Babe y Haizea, y les dijo:
–Espero que no queden entre nosotras más que buenos sentimientos, queridas. Que Dios las bendiga y permita que nos reencontremos. Aunque, por el momento, no haya visto que vaya a suceder. Pudiera ser. Ojalá sea –las tomó a ambas de las mano y las besó en la frente–. Que no os torture vuestra decisión. Confiad en mí, que estaba escrito todo cuando ha pasado y si estás aquí es por un propósito bueno. ¿Me creéis?
Babe y Haizea asintieron y a su vez, les dio la impresión de que una gran peso se les quitaba de encima al escucharla.
–La crees, ¿verdad? –le preguntó Isabel a Haizea una vez Beatriz hubo puesto pies en polvorosa–. Hemos hecho lo correcto.
–Sí, estoy segura de que sí –respondió Haizea–. No sé por qué, pero sé que sí. Ahora, vamos con los demás, que mi primo me está poniendo cara de pocos amigos.
–¿Pero se puede saber qué hacéis todos vosotros aquí? –les preguntó Guillermo cuando se vieron la cara los seis –. No es que no me alegre de veros, pero...
–Nos absorvió la luz blanca como a ti –dijo Babe–. Fue visto y no visto. De pronto, nos vimos envueltas en esta locura.
–Nosotros tuvimos algo más de elección –terció Marcos–. Mencía se lanzó derechita a la luz para salvar a Isabel.
–¿Qué hiciste qué? –la increpó Babe, del todo sorprendida.
Mencía se encogió de hombros.
–¿Y hay alguien más? –preguntó Charo de repente–. ¿Hay alguien más que haya viajado al pasado?
–No –negó Babe–. Somos nosotros seis solo. Lo sé porque he conseguido contactar como mi tío Javier, que está en el presente.
–¿Qué!¿Cómo? –le preguntaron varios a la vez.
–¡Eso! Cuenta, que antes Beatriz no nos ha dejado que nos contaras nada –la insitó Mencía.
Mientras que los seis se ponían al día, Abdel y Hajun presetaban sus respetos a Rodrigo, así como muchos otros. Y él, acaparado no pudo prestar atención a la sabandija que tenía en mente o acercarse a los jóvenes para preguntarles por la segunda lágrima de malaquita. Sin embargo, para todo habría ocasión, pues el quiso el destino que en cierto momento y, provechando la algarabía, Ben Isaac se acercara a Mencía, hecho una furia, y la tomó a ella del brazo y la arrastró hacia una esquina, enrabietado y siseó amenazador:
–Esto no va a quedar así. ¿Qué derecho teníais vosotros de entrometeros? ¿Quién te ha dado eso, niña?
Se refería, claro está, a la piedra de malaquita.
–¡Deje ahora mismo a mi hermana! –Babe le amenazó con la varita y de pronto, toda la atención se volcó sobre ellos.
Mencía entonces le propinó un buen pisotón y el mago tuvo que soltarla.
–No se pone la mano encima de nadie en esta casa –gruñó Eneko de Batzán, plantándose al lado de Isabel –.Y mucho menos a una niña.
Rodrigo de Rada se puso también a su altura y le dijo:
–No es la primera mujer a la que perjudica este desgraciado, pero desde luego será la última si yo puedo evitarlo.
Samuel, sonrío, calculador, y, antes de esfumarse en una nube de humo, contestó:
–Nunca se os dado demasiado bien poner medios para impedirme nada.
–¡Bastardo! –gritó Rodrigo, iracundo, y se dio la vuelta para cargar con toda sus dos puños sobre la mesa de Salomón. Quedó así, cabizbajo y enrabietado, mirando la mesa de piedra, encorvado sobre su propio peso y cuando los mucho de los brujos se acercaron a él a preguntar, pero él les pidió que marcharan y lo dejaron solo. Y se fueron, se fueron desapareciendo uno a uno hasta que solo quedaron Abdel, Eneko, Guillermo, Charo, Mencia, Isabel, Haizea y Marcos, aunque los últimos seis no tenían tampoco a otro lugar al que dirigirse y, aunque él no lo supiera todavía, dependían de él para poder regresar a casa. Estaban la tropa de adolescentes muy callados, en gran parte, porque se sentían sobrecogidos por todo cuando había sucedido aquella mañana.
–Malakbel, mi buen señor –se atrevió por fin Abdel–. Por favor, responded. No podré irme sin haber procurado ayudaros una última vez.
Rodrigo al escucharle, suspiró, y se reincorporó.
–Abdel, mi buen amigo, ¿cuántas veces más tendrás que venir en mi auxilio esta noche?
–Rodrigo, ¿pero qué sucede? –le increpó Eneko, el que al parecer, conocía al Leviatán de antes–. ¿Qué era eso de que no era la primera mujer al que perjudicaba el judío?
Rodrigo se sentó en una de las sillas de cuero y se ocultó la cara tras las manos. Cuando se las apartó, parecía dispuesto a hablar.
–Me refería a una mujer a la que amé... a la que todavía sigo amando, pero que nunca podré volver a ver –De pronto, Rodrigo miró a Mencía y le enseñó su propia lágrima de malaquita–. Me la dio ella para poder encontrarla. ¿Sabes su nombre?
–Deborah... – susurró Mencía.
–¿La esposa de Samuel? –se sorprendió Marcos.
–Así que ya se han casado –dijo Rodrigo, con tristeza y amargura–. Pensar que después de pasar tantos años acumulando el poder necesario para crear el stella-sequor y ahora... No es suficiente para estar con la mujer que quiero, ni que nada pueda hacer ya para protegerla de ese malnacido que nos maldijo a los dos.
–¿Os maldijo? –se extrañó Eneko.
Rodrigo asintió:
–Su padre la había prometido a él y cuando aparecí yo para pedir su mano, el viejo parecía inclinado a dármela. Así que Ben Isaac, interesado en el linaje de la familia de Deborah, tomó cartas en el asunto y la raptó cuando ni su familia ni yo estábamos atentos. La vejó y mancilló en una noche aciaga y yo... no pude hacer nada. Aquellos deshonrosos actos obligaron al padre de Deborah a cederle la mano de su hija a él para no caer en desgracia en la comunidad judía. No contento con aquello, Ben Isaac, que sabía que yo intentaría rescatarla y apartarla de él, convocó una magia terrible y oscura para maldecir nuestro amor. La maldición que pesa sobre ella y sobre mí nos impide vernos, escucharnos o tocarnos. Si acaso estuviera ahora ella a mi lado y la rozara, no sentiría yo nada. Sería como aire, la atravesaría mi mando y ella me atravesaría a mí, como dos espíritus en dos planos diferentes. ¿Cómo puedes rescatar lo que no ves, ni oyes, ni hueles, ni sientes...? Y incluso así, intenté enfrentarme a Samuel, al padre de Deborah, a todos ellos, pero eran demasiados y me echaron de Córdoba.
Tras aquella truculenta historia trágica, se habían quedado todos blancos. Charo, comprensiva, colocó una mano sobre el hombro de Rodrigo, apenada. El resto se habían quedado mudos, tratando de digerir aquello.
–Pero no podemos permitir algo así –dijo de pronto Guillermo, con algo de fiereza lobuna. Él, en otras circunstancias, tal vez habría sido algo más precavido. Especialmente porque no estaba en su tiempo y porque, de algún modo, se sentía responsable por todos los que estaban allí. Después de todo, era el mayor. Sin embargo, no podía dejar de recordarse que sus ancestros habían firmado cierto Manifiesto. Tal era el caso de Abdel y Eneko, que se irguieron cuan altos eran (más Eneko, que Abdel, dicho sea de paso) indignados. Marcos, que estaba agotado, hizo acopio de fuerzas para erguirse un poco también. Babe aprentó los puños y asintió con la cabeza.
–¡Desde luego! –se envalentonó Mencía, que era también de magia antigua. Miró su lágrima de malaquita un segundo y se dio cuenta de lo duro que habría sido para Deborah entregársela. Le dolió el corazón al pensarlo–. Tenemos que ayudar a Deborah. Tenemos que rescatarla. Y nosotros sí podemos verla.
–Y sabemos dónde está –aportó Marcos, esperanzado –. Tenemos que actuar ahora que sabemos que sigue en Toledo, antes de que Samuel vuelva a llevársela con él a Córdoba.
–Contáis con mi brazo y mi varita, de Rada –se comprometió Eneko–. No habrán de abandonaros ahora.
–Ya dije que no me iría sin haberos prestado mi ayuda una vez más –sonrió Abdel. Marley enseñó los colmillos desde su hombro.
Rodrigo los miraba anonadado.
–Pues vayamos a por Deborah cuanto antes –dijo Haizea.
–Y luego, ya habrá tiempo de resolver cómo anular la maldición –se aventuró a decir Charo–. Al fin y al cabo, ¿es o no es el amor la magia más poderosa de todas?
