Prólogo 3 — Marco Introductorio.


No tenía ni la más mínima idea de cuánto tiempo había estado sujeto a aquellos restos de hormigón. Sentía las piernas entumecidas pero no se atrevía siquiera a moverlas del terror que le provocaba que el mínimo ruido ocasionado alertara a sus captores. El frío se hacía presente con fuerza así que pudo dilucidar que ya era de noche.

Se preguntaba inquieto cuánto duraría de esa forma, puesto que era cuestión de tiempo para que quien quiera que siguiera vivo en esos lares de debería de ser humano. El frío le calaba los huesos y empezaba a castañetear. Aunque tratara de no hacerlo, pues el temor de ser atrapado seguía vivo en sus venas.

Podía sentir a una rata escabullirse por sus ropas. Bufó para sus adentros, severamente ofuscado. Lo que menos necesitaba en ese momento era que algo lo delatara. Así que dejó al animal pasearse por su espalda para luego salir por la manga derecha de su camiseta. Contuvo una arcada.

Para desgracia suya, la cabeza empezaba a pesarle y los mareos le azotaban como un látigo. Se dejó recostar en la fría arena. Como si esperar que con eso su malestar desapareciera. No supo en qué momento – nunca podría decirlo con exactitud – sus ojos se cerraron por sí solos, haciendo que el dolor, junto al cansancio, lo sumieran en un sueño profundo.

[…]

Despertó asustado, sintiéndose completamente atado a algo que no podía comprender. Sus latidos se dispararon junto a su nerviosismo, haciendo que su respiración subiera a niveles drásticos al encontrarse completamente maniatado.

Maldición, había sido débil y había terminado prisionero de esos malditos salvajes. Trató de liberarse, inútilmente. Porque eran cadenas las que lo sujetaban; negras como el ébano, ardían con la fuerza de mil soles cada vez que se movía. Como si el hecho de encontrarse indefenso no fuera suficiente para someterlo. Con rabia pensó, quién estaría detrás de todo esto. Porque aunque su mente fuera la de un niño, no era lo bastante estúpido para no comprender que tal nivel de inteligencia no pertenecía a los Errantes.

La respuesta llegó desde arriba en forma de una luz enceguecedora, que le hizo cerrar los ojos por el dolor. Trató, con desesperación, de escapar de aquella luz, a sabiendas de que era imposible. Pero aun así, algo en el fondo de su subconsciente, le decía que corriera.

— Bienvenido sea un joven a su última morada. — Fue el saludo de aquella voz fantasmal. — O al menos será la última morada de un joven si toma las decisiones equivocadas. — Una risa fantasmagórica llenó toda la estancia haciendo temblar al chico.

— Entonces… — aquella voz continuó hablando — ¿el joven desea vivir?

Entonces se hizo el silencio… y luego, el dolor hizo eco.

En un instante, sentía cómo las entrañas se revolvían en su interior y sus venas crujían ante el calor horrible al que eran sometidas. Entonces lo comprendió; estaba sujeto a una prisión térmica. Antes del fin de la Gran Guerra los gobernantes habían dispuesto la creación de cámaras de tortura especialmente diseñadas para el sometimiento mental de los prisioneros. Su padrino se lo había contado, de los horrores de la guerra.

No obstante, una pregunta afloró entre tanto calor quemándole los huesos. ¿Por qué se hallaba sujeto a una prisión? Respiró rápidamente, en lo que el efecto de sus cadenas - que ahora podía ver le sujetaban a un bloque de acero – le hacía revolverse en su propia sangre que empezaba a salir a borbotones de sus quemaduras, ocasionándole más dolor aún.

¿Quién era ese hombre? Pensó con dificultad, pues era un infierno el permanecer despierto con tanto dolor azotándole el cuerpo. Sentía que en cualquier momento desfallecería por el cansancio sumido sólo en aguantar. Hace tiempo que había dejado de gritar. Sus cuerdas vocales estaban destrozadas.

Cuando pensó que iba a morir, todo se detuvo.

— Maravilloso. — Aquella voz horrible volvió a aparecer, como si fuera el augurio de un suplicio. — No pensé que un joven aguantaría tanto, definitivamente ha pasado la prueba.

¿Prueba? Pensó casi inconsciente. Sólo un ojo seguía abierto, el otro no dejaba de sangrar. Contuvo una arcada casi ahogándose con la propia sangre que emergía de su boca, no tuvo más remedio que vomitarla con violencia, escuchando un suspiro casi placentero de parte de su interlocutor.

Su cabeza pesaba una tonelada, la pérdida de sangre empezó a ahogarlo. Entonces cerró los ojos, esperando ansioso la llamada de la muerte. Antes de cerrar los ojos, vio como una figura difusa se acercaba a él. Inclinó la cabeza esperando el juicio final, no obstante, lo único que escuchó fue la voz siniestra, llamándole.

— No te preocupes… un joven no morirá este día.

[…]

Abrió los ojos con temor, creyéndose muerto inicialmente a pesar de seguir respirando. Lo cual no era muy alentador, ya que significaba que «alguien» lo había salvado. Pero sólo conocía a alguien en ese lugar y no lo consideraba precisamente un amigo. Entonces ¿por qué lo había salvado? La única respuesta que se le ocurría era que lo necesitaba para algo. Y ese «algo» era lo que le hacía temer.

Oyó el eco de pasos aproximándose. Inconscientemente hizo además de protegerse con los brazos. Sin embargo, las cadenas que lo ataban se lo impidieron. Estaba débil de todas formas, no es como si pudiera hacer mucho aun estando desencadenado.

¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía con exactitud. El hombre de la voz siniestra venía a torturarlo cada día. Y estaba seguro – muy a su pesar – de que ya lo había «visitado» más de setenta veces. No tenía más que los números para mantenerse consciente, para proteger aquello tan preciado que se le escapaba de las manos como el agua; su cordura.

— Al parecer un joven está despierto. — Susurró la voz de aquel hombre. Sí, porque un hombre era aquel que lo torturaba. ¿La razón? Ya no importaba, no es como si saber el porqué de las cosas le ayudase a evitar el dolor en ese momento. Así que era rechazado, sólo restaba aguantar, hasta que su alma se cayera a pedazos. — ¿Un joven está listo para jugar? — más risas. Lo odiaba.

Y más dolor, mientras el veneno inyectado por aquel monstruo que se colaba en sus venas quemaba tanto que podía sentir cómo su corazón colapsaba y la sangre salía a borbotones. Y las cadenas cada vez eran más pequeñas, como si vivir no fuera suficiente martirio. ¿Por qué no podía morir? Nadie hubiera soportado tanto.

— ¿Qué…?

— ¡Oh! — el grito extasiado de aquel sujeto no se hizo esperar. — ¡Un joven habla! Esto sí que no me lo esperaba para nada. Desde los seis meses que lleva aquí es la primera vez que oigo que dice una palabra. ¡Maravilloso! Esta es…

El resto de los desvaríos de aquel demonio se perdieron en su mente. ¿Había dicho seis meses? ¿Llevaba seis meses siendo torturado? ¿Su padrino seguiría vivo? ¿Estarían buscándolo o ya se habrían olvidado de él? ¿Qué estaba pasando?

Y gritó, gritó con fuerza tratando de ahogar su dolor. No obstante, sólo se sumergía en un mar de desconsuelos que trataban de sumirlo en desesperación. Poco pasó después de ese arrebato cuando finalmente calló. Sus cuerdas vocales estaban destrozadas de nuevo.

Bah, no importaba realmente. En unas horas las tendría como nuevas.

[…]

Intentó mover ambos brazos, no podía ni sentirlos en realidad y el intento le costó unos alaridos que hicieron eco en la estancia.

Si… había cambiado de celda en estos tres años de encarcelamiento que llevaba. ¿O eran seis años? Ya no podía precisarlo con exactitud. No había cadenas que lo ataban, era algo que podría mencionarse como positivo. De no ser porque cada día intentaba morir.

Y no podía... no le dejaban morir.

Cerró los ojos, intentando recordar. Intentando evocar en su memoria desgastada los recuerdos de épocas pasadas. Era una verdadera lástima… que no recordara nada. Sólo tenía los recuerdos de este lugar, donde la humanidad se ponía en tela de juicio cada vez que el doctor lo visitaba.

Si… era un doctor. Había aprendido a recordarlo mientras le arrancaba la piel con acero ardiente. Había tantas cosas que había aprendido a recordar sólo por el mero hecho de sobrevivir. Y evitar el dolor.

Se levantó de la cama. Porque sí, su antaño celda, con cadenas y una prisión térmica habían cambiado por una habitación totalmente blanca. Sin ventanas y una sola puerta. Realmente no le importaba, a estas alturas nada lo hacía en realidad. No es como si fuera a escaparse.

No es como si pudiera escapar de sí mismo y no es como si quisiera. Después de todo, si se perdía a sí mismo ¿Quién lo pararía?

Caminó despacio, como tratando de acostumbrarse al nuevo ambiente. Sus pies descalzos acariciaron la suave alfombra, tapizada en un gris opaco. Ahora que caía, su vestimenta, que reposaba en la cama, era casi del mismo color. Cómo lo odiaba.

Se llevó una mano al torso desnudo. Dolía, aún lo hacía a pesar de que dijo que ese día no vendría. Un poco molesto, tomó la ropa y se vistió, aunque tiró la camiseta. Odiaba ponerse ropa cuando el dolor aún no se iba.

Se sentó en el borde de la cama examinando el piso, como si fuera lo más interesante del mundo. Bueno, no es como si tuviera muchas posibilidades de todas formas. Era esto o morirse de aburrimiento. Oh cierto, le había prohibido lo último.

El pelo le había crecido, antaño de color negro como el carbón. No era ni la sombra de lo que antes había sido. Estaba bastante largo y de un extraño color blanco, aunque le recordaba bastante al azul.

El dolor desapareció.

[…]

— Un joven necesita un nombre. — La voz del doctor hizo un eco profundo en sus oídos. Como si no lo supiera, como si no se lo hubiera repetido inconscientemente todo ese tiempo.

— Un joven está de acuerdo. — Fue su respuesta. Aunque la pena de responderle era dolorosa, no le interesaba. Finalmente lo había alcanzado, había logrado entender el dolor.

— Mi nombre es Ankhseram, el Creador. Y finalmente está listo. Mi delicioso discípulo. — Con las yemas de sus dedos el Doctor acarició el rostro del antes muchacho, ahora un hombre. Siete años de tortura y cautiverio había formado al guerrero definitivo.

Sintió su piel arder, cuando el maligno doctor abandonó su rostro. Entonces lo vio, tatuajes tribales aparecieron bailoteando en sus brazos y pecho, quemándole la carne. Encerró la mano derecha en un puño, chirriando los dientes. Su rostro ardía, como nunca antes el oro derretido sobre su piel en esos años de prisión lo habían hecho. Levantó la vista con aquellos ojos ahora dorados.

— Yo soy… Acnología.


Fin del Tercer Prólogo.


¡Hola!

Es un placer para mí anunciar finalmente el fin del arco introductorio de esta historia. Agradecimientos a todas esas personitas que se toman su tiempo en leer, son un amor \o/ En fin. Finalmente revelamos al pequeño de los tapabocas antigases. JA. Nadie se esperó que fuera Acnología. Pobre, nadie piensa en él (?)

No me queda más que agradecer por el acompañamiento a esta historia. ¡Sigan pendientes y perdonen la espera! Trataré de actualizar más seguido.

Si te ha gustado, déjame saber tu opinión, créeme que será un placer leer tus comentarios y consejos que tengas. ¡Los esperaré con ansias~!

Eso ha sido todo por hoy. Que pasen buena noche.

¡Nos leemos!

~Scar.

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