Capitulo 3:
Ginny y Harry acabaron de remar en el lago antes de que los demás regresaran del río, y ella sugirió que fueran a nadar.
— ¿No has pasado ya bastante tiempo en el agua? —preguntó Potter, aunque tenía que admitir que había disfrutado mucho en el kayak.
Ginny se encogió de hombros y sonrió.
—Me encanta el agua. Debería haber sido delfín en vez de mujer.
—Oh, no. Eres una mujer maravillosa —nada más decirlo ahogó un gruñido. No tendría que haberlo dicho. Las cosas se estaban descontrolando con su princesa.
Pero no podía negar el calor que lo recorría por dentro al ver su sonrisa.
—Gracias —respondió ella alegremente, sin el menor atisbo de timidez femenina ante un cumplido semejante.
Arrastraron los kayaks a la orilla, se quitaron los chalecos salvavidas y volvieron a saltar al agua. O eso fue lo que hizo él, porque cuando se giró para ver dónde estaba Ginny la encontró en la orilla, quitándose el traje de neopreno que había llevado en el kayak. El minúsculo bikini que lucía dejó a Potter de piedra y sin aliento.
No sólo el bikini, sino también la espectacular figura de Ginny. Pechos grandes y turgentes, cintura estrecha, caderas voluptuosas y piernas largas y torneadas. Y el diminuto pedazo de tela inferior revelaba mucha más piel de la que cubría, ceñido a la perfecta curva de su trasero. Ginny apartó el traje mojado con un puntapié y caminó hacia el agua, se detuvo a medio metro de él y ladeó interrogativamente la cabeza.
— ¿Algún problema?
—Eh… —tuvo que carraspear para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta—. No, nada. ¿Seguro que no quieres ponerle el neopreno para nadar? Hace calor para ser primavera, pero no tanto.
—Estoy bien así —dijo ella, pero el escalofrío que recorrió su cuerpo desmentía sus palabras—. Bueno… entraré en calor nadando —añadió modestamente con una sonrisa.
Se le había puesto la piel de gallina, pero fueron sus pezones endurecidos a través del bikini lo que atrajo la mirada de Potter. La lycra mojada no podía ocultar los pezones, endurecidos como pequeños guijarros puntiagudos.
—Harry… —su voz cargada de deseo mezclado y confusión era un potente afrodisíaco.
Lo deseaba y no sabía qué hacer. ¿Qué hombre no se sentiría atraído por aquella combinación de inocencia y sensualidad femenina?
Ginny no se movió, sumergida en el agua hasta la cintura, con los puños apretados en los costados y la respiración jadeante.
¿Alguna mujer le había mostrado un deseo tan intenso?
Tal vez fuera el resultado de su inocencia. Potter no había estado con una virgen desde el instituto. Tenía como regla no acostarse con ninguna mujer sin experiencia y que buscara algo más que una aventura, y la cumplía a rajatabla.
Entonces, ¿qué demonios hacía mirando los pechos de Ginny como un lobo a su presa?
Se obligó a levantar la mirada hasta sus ojos. Y aquello fue aún peor, porque la prueba de su deseo brillaba con una fuerza casi cegadora en sus grandes ojos marrones.
Ella le mantuvo la mirada sin pestañear, se mordió el labio inferior y Potter estuvo a punto de reemplazar sus dientes con los suyos. Si no hacía algo pronto, iba a acabar arrebatándole su virginidad allí mismo, en el lago. Todo el cuerpo le vibraba con un deseo incontenible.
Necesitó toda su fuerza de voluntad para darse la vuelta y sumergirse en el agua helada. Cuando volvió a emerger, a quince metros de la orilla, ella estaba a escasa distancia de él.
— ¿No sabes que no puedes hundirte tú mismo? —le preguntó con una sonrisa maliciosa.
— ¿Ah, no?
—No —sin previo aviso, se lanzó sobre él.
Le apretó las manos contra la cabeza y Potter dejó que le hiciera una ahogadilla, pero se valió del impulso de Ginny para agarrarla de manera que no pudiera soltarse y zambullirla con él, Los dos volvieron a la superficie riendo y escupiendo agua.
—Así es como tienes que hundirte —dijo ella sin dejar de sonreír.
— ¿Estás segura?
—Pues claro. Son las reglas.
— ¿Qué reglas?
—Las reglas para jugar en el agua —respondió ella con un brillo de picardía en los ojos.
—No conozco esas reglas.
— ¿Cómo es posible?
—Tal vez porque nunca haya jugado en el agua.
—Todo el mundo juega en el agua.
—Yo no.
—Entonces supongo que tendré que enseñarte.
A Potter se le ocurrían algunas cosas que le gustaría enseñarle a Ginny, y ninguna era tan inocente como jugar en el agua.
—Lo estás haciendo otra vez.
— ¿Hacer qué? —preguntó él, sin saber a qué se refería.
—Me estás mirando como si quisieras devorarme.
Él la miró atónito. Por una vez se había quedado palabras.
Ginny se echó a reír, se soltó aprovechando que Potter había aflojado su agarre y se alejó nadando. Cuando estaba a un metro de la orilla, se detuvo y lo miró, con el agua por la barbilla.
— ¿Qué significa esa mirada?
—En… —no sabía qué decir para aliviar la tensión. La verdad no, desde luego.
Ella retrocedió otro par de pasos, emergiendo un poco más del agua. Ladeó la cabeza hacia un lado y lo miró como si fuera un experimento de laboratorio que no estuviera saliendo como esperaba. Volvió a morderse el labio, tan carnoso y suculento, y asintió como si hubiera tomado una decisión.
—Mira, no tengo mucha experiencia con esto de la atracción sexual, ¿de acuerdo?
Él también asintió, porque parecía que quería una respuesta.
—Bien —siguió ella—. A algunos hombres, sobre todo a los que son mayores que yo, les desagradaría un rasgo así en una mujer.
—Oh…
—No te preocupes por eso. Me alegro de que tú no seas como ellos, pero el problema es que no sé nada del tema. No entiendo esa mirada que… —la voz se le apagó y apartó la mirada, obviamente incómoda con el giro que estaba tomando la conversación.
— ¿De verdad quieres hablar de esto?
—Hummm...… no, pero…
—Lo estás haciendo muy bien.
— ¿En serio?
—Sí.
—Oh, estupendo entonces. Yo…
Él se aprovechó de su indecisión y se lanzó hacia ella, quien expulsó todo su aliento en un gemido ahogado mientras caía hacia atrás bajo el peso de Potter. Sin pensar, él pegó los labios a los suyos e insufló aire en sus pulmones mientras volvían a sumergirse. Al volver a salir, separó la boca mientras el agua chorreaba por sus rostros.
—Qué bestia… —dijo ella, riendo y sacudiendo la cabeza.
Él intentó volver a zambullirla, pero esa vez Ginny estaba preparada y eludió su agarre. Estuvieron jugando y retozando hasta que Ginny se quedó sin aliento.
—Me rindo… me rindo…
—Vaya, me alegra oír que reconoces mí superioridad acuática.
—Muy gracioso —dijo ella, y suspiró mientras le echaba los brazos al cuello y le rodeaba la cintura con las piernas—. Así está mejor. Me has dejado exhausta.
—Pobrecita —se burló Potter, intentando mantener toda la distancia que era posible teniéndola pegada como una lapa.
¿Era él quien había creído que jugar en el agua sería más seguro que hablar? Después de quince minutos de roces, tirones y forcejeos por someterla estaba tan duro como una piedra y el doble de excitado. Y por si fuera poco, ella lo había elegido como lugar de reposo. La postura de sus piernas alrededor de la cintura le resultaba demasiado tentadora para el precario control sobre su libido.
—Eso es porque eres mucho más alto que yo.
— ¿Qué?
—La razón por la que me hayas vencido. Eres más grande que yo… Tienes ventaja en las aguas más profundas.
—En ese caso, deberías haberte mantenido cerca de la orilla. Todo es cuestión de estrategia.
—Lo tendré en cuenta —su mirada se posó en los labios de Potter, y la punta de su lengua asomó entre los suyos propios en un gesto inconsciente, pero inconfundible, de provocadora invitación.
Fue la gota que colmó el vaso. El poco control que Potter conservaba saltó por los aires y se lanzó a hacer lo que llevaba queriendo hacer desde que se metió en el agua. Agachó la cabeza y atrapó su labio inferior entre los dientes para succionarlo con deleite.
Ella emitió un gemido de sorpresa, y el sensual sonido reverberó en el interior de Potter como un prolongado eco de placer. La apretó con fuerza entre sus brazos y el cuerpo de Ginny se amoldó perfectamente al suyo.
Ella abrió los ojos y lo miró con una mezcla de aturdimiento y excitación en sus hermosos ojos marrones. Potter sucumbió a la súplica silenciosa de aquellos ojos y la besó con toda la pasión y voracidad con sus labios, dientes y lengua. Ella volvió a gemir y se retorció inconscientemente contra él, y Potter empezó a tocarla en todos los lugares que podía alcanzar, memorizando cada palmo de su piel con la punta de los dedos.
Ella apartó la boca y sacudió la cabeza de un lado a otro.
— ¡Harry!
—Tranquila… Déjame tocarte… Estás hecha para mis dedos —apenas era consciente de lo que estaba diciendo. Su voz no era más que la expresión oral de su deseo.
Pero aún le quedaba un minúsculo destello de conciencia al fondo de su mente. Y ese resto marginal de raciocinio estaba tan sorprendido como asustado por la fuerza posesiva de sus palabras.
—Sí —murmuró ella, y se presionó contra sus manos mientras con las suyas propias le masajeaba el cuello. Parecía no saber qué hacer con ellas, y él tuvo la suficiente cordura para no animarla a que le devolviera las mismas caricias.
Le agarró la estrecha cintura, maravillado por la perfección de sus líneas. A pesar de la celosa protección de su familia, le costaba creer que nadie la hubiese tocado hasta ese momento. Su belleza y sensualidad innatas eran un afrodisíaco irresistible.
Ginny lo besó a su vez con una pasión igualmente desbordada. Su cuerpo temblaba violentamente, sacudido por una imperiosa necesidad que Potter estaba impaciente por satisfacer. Pero la primera vez de Ginny no iba a ser en mitad de un lago. Había otras muchas maneras para saciar sus ansias que no exigían la penetración en su cuerpo virginal.
Los acercó un poco más a la orilla hasta que el agua le llegó por el pecho, y entonces se quitó del cuello los brazos de Ginny. Ella protestó con un gemido.
—Tranquila, preciosa. Confía en mí… Voy a darte lo que más anhelas.
—Por favor, Harry… —la inocencia de sus ojos casi fue la perdición de Potter. Ginny no tenía ni idea de lo que le estaba pidiendo ni de lo que él podía darle. Tal vez no pudieran tenerlo todo, pero sí podía ensebarle de lo que era capaz.
Le dio la vuelta para presionar el pecho contra su espalda y acercó la boca a su oreja.
—Te va a encantar, princesa.
— ¿Pri… princesa? —repitió ella con voz ahogada.
Potter se puso momentáneamente rígido por el desliz, pero decidió seguir adelante. Muchos americanos usaban el término «princesa» como un apelativo cariñoso, y ella debía de estar lo bastante americanizada para saberlo.
—Eres mi princesa.
Maldición. Volvía a sonar posesivo. Afortunadamente, ella volvió a dejar caer la cabeza sobre su hombro.
—Sí… tu princesa.
—Vuelve a rodearme el cuello con los brazos.
Ella asintió, pero él tuvo que ayudarla a colocar las manos en posición. Estaba tan excitada que no podía controlar su cuerpo, y Potter no intentó sofocar el orgullo que su reacción le provocaba. La mordió suavemente en el lóbulo de la oreja y le acarició el vientre bajo el agua.
—Perfecto…
Ella se onduló contra él, rozándole su miembro endurecido con las nalgas. Potter se estremeció de placer a pesar de las prendas que se interponían entre ellos. Nunca había reaccionado tan intensamente a un contacto tan restringido, y no estaba dispuesto a seguir limitándose.
Con la otra mano le desató el lazo de la parte superior del bikini y le acarició la piel donde había estado el tirante. Ella se estremeció y dejó escapar un sonido articulado.
— ¿Te gusta? —le susurró él al oído, sabiendo que su cálido aliento intensificaría sus temblores.
—Oh, sí —respondió entre jadeos—. Es… es… —la voz se le apagó mientras él seguía acariciándole la piel de gallina y descendía hacia las terminaciones nerviosas del trasero—. ¡Oh, Harry! ¿Cómo… cómo puedes…? Eres… es… —él no pudo evitar reírse por su incoherencia verbal—. No tiene gracia —dijo en voz baja y llena de deseo—. Es increíble.
Él sonrió y la besó en el cuello.
— ¿Te sorprende que tu cuerpo sea tan sensible?
—Sí —respondió, hincándole los dedos en el cuello—. No sabía que unas caricias en la espalda pudieran ser tan intensas…
— ¿La parte frontal de mi princesa está siendo descuidada? —bromeó él.
Ella no respondió. Se limitó a mover la cabeza sobre el hombro de Potter mientras él le apretaba y acariciaba el trasero.
—Ah, Ginny… Quiero tocarte por todas partes.
—S… sí.
Potter no estaba dispuesto a privarse del placer visual e inclinó la cabeza hacia delante mientras con ambas manos le retiraba el bañador mojado de sus generosos pechos. Se llenó las manos con los apetitosos frutos y pasó los pulgares sobre los pezones dilatados.
Ella jadeó y enterró la cara en su cuello. Tensó todo el cuerpo y enseguida relajó los músculos, pero sin soltar la nuca de Potter.
Él le pellizcó suavemente los pezones y entonces ella lo mordió. Fue una reacción tan primaria e inesperada que la erección de Potter amenazó con escapar del bañador. Apretó los dientes para refrenar el deseo y siguió jugando con sus pechos y pezones. Estaba desesperado por probarlos, pero sabía que si lo hacía estaría perdido sin remedio. Sabía que Ginny no intentaría detenerlo si él le arrancaba el bañador y la poseía allí mismo. Estaba loca de placer, abandonada a las nuevas sensaciones que experimentaba su cuerpo, y él no estaba acostumbrado a ser la voz de la conciencia para dos personas a la vez. Normalmente, se limitaba a tomar lo que estuviera a su alcance.
Pero Ginny no era como sus otras amantes. No sólo era virgen, sino que además era su clienta. Para ella el sexo podía significar algo permanente, pero no para él. Y si fuera lo bastante estúpido para caer en la tentación, tenía que recordar que estaba con una princesa. El padre de Ginny nunca le permitiría tener una relación con Potter. Por muy independiente que ella pudiera ser en la universidad, su padre seguía siendo el dueño su vida.
Pero a pesar de aquella certeza, no podía seguir conteniéndose.
Su mano derecha se deslizó hacia abajo, moviéndose en círculos hasta que los dedos tocaron la parle inferior del bikini. Con el dedo índice recorrió la piel por el interior del elástico.
Ella se quedó inmóvil y con la respiración contenida.
Potter se detuvo justo sobre el pubis, durante tantos años inexplorado. Y entonces, muy lentamente, descendió con la mano bajo la tela empapada y abarcó su sexo en la palma.
Los muslos de Ginny se contrajeron instintivamente, atrapándole la mano.
—Qué… no… tú… —los violentos jadeos interrumpían las incoherentes palabras.
—Shhh.… déjame tocarte, Ginny. Es lo que ambos queremos.
—Qué…
—Quieres que te dé placer.
—Sí.
—Relaja las piernas para mí, princesa. Déjame entrar.
— ¿Entrar? —su voz sonaba débil y confusa.
—Entrar… —insistió él, y movió los dedos lo suficiente para demostrarle lo que estaba por llegar.
—Sí… —susurró ella, aflojando las piernas.
Potter presionó el dedo corazón contra el clítoris hinchado y palpitante, arrancándole a Ginny un grito ahogado.
—Eso es —murmuró él. Frotó suavemente el botón ultrasensible y llevó el dedo hacia la abertura.
Ella volvió a morderlo en el cuello al tiempo que emitía pequeños gemidos guturales. Estaba muy cerca del final, y él tenía intención de llevarla hasta el límite y más allá.
Con el canto de la mano empezó a estimularle el clítoris mientras usaba los dedos para acariciar los pliegues de la vulva y apretaba su erección contra la parte inferior de su cuerpo, de manera que su propio placer se elevó a cotas incontenibles.
El orgasmo los sacudió al mismo tiempo, y el grito de Ginny se fundió con el rugido visceral que surgió de las profundidades más recónditas de Potter.
Ella se quedó tan flácida y debilitada que sólo las manos de Potter impidieron que se hundiera en el agua. Entonces sintió una cálida humedad en el cuello que no estaba provocada por el agua del lago.
— ¿Estás llorando, princesa?
—Un poco.
— ¿Por qué? —le preguntó con preocupación. ¿Se habría precipitado al introducirla en los placeres de la carne?
—Ha sido increíble, Nunca me había sentido tan unida a alguien en toda mi vida. Es una sensación tan intensa que casi resulta dolorosa!
Sus palabras cayeron como un jarro de agua helada sobre Potter. Eran las palabras de una mujer que buscaba algo más que placer físico en un hombre. Quería sumergirse en las turbulentas aguas emocionales en las que ninguno de los dos podía navegar.
—Eh, chicos… ¿cómo va eso?
La voz de Dean fue una interrupción casi bienvenida… si se ignoraba el detalle de que la otrora infalible Reputación de Potter volviera a estar en peligro.
El cuerpo de Ginny se puso rígido al instante, y él se dio cuenta de lo vulnerable y expuesta que debía de sentirse. Afortunadamente estaban lo bastante lejos de la orilla, pero aun así Potter se sentía como un completo idiota. Había fracasado estrepitosamente en su papel protector.
Lo único que podía hacer para mitigar el daño era sumergir discretamente a Ginny y volverse hacia Dean mientras ella se colocaba torpemente la parte superior del bikini.
— ¿Qué tal en el río?
—Impresionante. Tenéis que probarlo mañana… al menos que te sigan asustando las aguas bravas.
Potter ignoró la provocación. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse que las burlas de aquel imbécil. Por ejemplo, que Dean los hubiera sorprendido sin que él lo oyera acercarse… una vez más.
Por su bien y por el de Ginny, en lo sucesivo tendría que controlar sus arrebatos pasionales.
Ginny jugueteaba con la comida de su plato mientras intentaba no mirar a Harry, sin éxito. No era, justo. ¿Cómo podía él estar tan tranquilo, charlando con los otros después de lo que había pasado aquella tarde? Viéndolo, nadie podría imaginar que le había regalado a Ginny la experiencia más intensa y maravillosa de su vida.
Y también la más inquietante.
No estaba precisamente acostumbrada a intimar emocional ni físicamente con nadie, y la reacción que había tenido a las manos de Harry la llenaba de pánico. Incluso en ese momento, estando en la misma habitación que él, le costaba respirar y concentrarse en la conversación que mantenían los demás.
Él, en cambio, no parecía afectado en absoluto.
¿Por qué? ¿Qué significaba aquello?
De repente sus ojos se encontraron, y la mirada que Potter le echó bastó para que el estómago le diera un vuelco. De acuerdo, él también sentía algo. Simplemente era más hábil que ella ocultando sus emociones. Un rasgo que decía mucho de su autodisciplina.
Un rasgo más para amarlo.
No, amarlo no. Un rasgo para admirarlo, tan sólo. Ella no lo amaba. Tal vez se estuviera enamorando, pero aún no había pasado el punto sin retorno. O… ¿quizá sí?
El amor era una emoción terrible y traicionera. Cuando se amaba a alguien se estaba a merced de esa persona y del sufrimiento que pudiera causar. Había aprendido esa dolorosa lección en su propia familia.
Los ecos de su trauma infantil aún resonaban en los rincones más oscuros de su corazón. De niña había idolatrado a su padre, el rey. Apuesto, poderoso, reverenciado por todo el pueblo de Eversley. Y también había adorado a su madre, tan hermosa y serena. Con seis años aún no podía darse cuenta de que el amor a sus padres no era correspondido.
Al venir a Estados Unidos los había echado terriblemente de menos. Todas las noches lloraba hasta quedarse sin lágrimas, aunque nunca lo hizo delante de nadie. Añoraba a su hermano mayor y a su hermana pequeña, y su corazón se iba resquebrajando inexorablemente día a día en casa de sus tíos, esperando volver a casa, hasta que finalmente tuvo que aceptar que su amada familia no la quería ni la necesitaba. Desde entonces no había vuelto a abrir su corazón a nadie.
Ni siquiera a su tía, quien la trataba como la hija que nunca había esperado tener. Ni a su tío, quien le prodigaba mil veces más afecto y atenciones que su padre. Ella los quería mucho, pero no tanto como la niña inocente e ingenua de seis años había querido a sus padres.
Aquel amor tan fuerte e incondicional había quedado enterrado y olvidado por un instinto de supervivencia.
Hasta ese momento