Cuando Harry despertó, no estaba tirado en medio de la calle, donde creía haberse desmayado. Se encontró a si mismo en su cama habitual en la habitación que le habían asignado los Dursley. La cicatriz ya no le dolía pero sentía una suave rumor en ella. Estaba solo en su habitación, y su baúl de pertenencias estaba al lado de la puerta. Entonces ...¿Aun no había ido a casa de la señora Figg? Era probable, esos sueños extraños eran ya casi típicos, no le sorprendía...

Arabella Figg entró en su cuarto con cara de pena y, al verlo casi incorporado, bajó corriendo para volver un instante después con Sirius Black.

—¡Harry! Oh, es terrible, terrible. —lloriqueó Arabella, echándose en sus brazos.

Harry miró atónito a su padrino, que miraba a la chica con piedad. Le preguntó con la mirada y este asintió.

—Harry ...—empezó Sirius. Arabella aun lloraba abrazada a Harry—. Voldemort ha estado aquí, y si no, un grupo de mortífagos. La casa de Arabella ha... ...ha...

Harry comprendió. ¡Ese trozo de madera en llamas que había aterrizado a sus pies era parte de la casa de la señora...!

—¡¿Y la señora Figg? —se apresuró a inquirir.

No obtuvo más respuesta que el silencio, lo cual le rebeló la verdad. Una terrible verdad. Los ojos de Harry se llenaron de lágrimas. Por culpa suya dos personas habían muerto ya, siempre por su culpa. Correspondió al abrazo de Arabella e intentó reconfortarla, aunque la verdad, no lo consiguió. El también había perdido sus padres, pero cuando fueron asesinados solo tenía un año y no lo comprendió. Ahora estaba ante un echo real, al igual que con Cedric.

Odiaba a Voldemort. A lo mejor podía haber dudado antes pero ya no. Lo odiaba más que cualquier otra cosa en la vida, y quería verle muerto. Le sorprendió ese pensamiento pero era en verdad lo que quería, matarlo, aunque hubiera de rebajarse a su nivel.

—Harry ...aquí ya no estás seguro. Voldemort y sus mortífagos rondan por aquí. Has de marcharte a donde sea.

—¿Dónde me recomiendas? —preguntó lloroso.

—Te recomendaría Hogwarts, pero aun falta un mes para que empiecen las clases. Podías ir a vivir una temporada con tu amigo Ron. Yo hablaré con Dumbledore, sabrá comprenderlo.

Harry asintió. Además, tenía muchas ganas de ir con Ron, aunque las circunstancias no fueran propicias. Sirius intentó también calmar a Arabella, pero era inconsolable. Todas las risas de hacía solo unas horas parecían muy lejanas.

—¿Cómo iré a la Madriguera?

—Con el autobús de los magos sin techo. Creo que una vez ya fuiste en él. Aunque en esos tiempo se llamaba autobús Noctámbulo.

—Si, es verdad... ...pero esa vez me apareció por casualidad. ¿Crees que por segunda vez...?

—Ya lo he llamado —lo interrumpió Sirius, estaba muy serio—. Esta noche te recogerá y te llevará hacia allí. Tus cosas —dijo señalando el baúl—. Las sacamos de la casa antes de irnos por ...por que te queríamos llevar a un sitio... ...pero creo que eso no va a poder ser.

—¿Qué sitio?

—Hay cosas más importantes que esa ahora. Una cosa. Cuando estés con tu amigo, nunca, ¡nunca! Salgas solo de la casa.

—Lo entiendo —asintió Harry—. No quiero que me maten aun —dijo intentando una sonrisa forzada.

Hocicos también le sonrió. Éste se acercó y usando un poco de fuerza le despegó a Arabella. Ella lloraba y sus ojos estaban enrojecidos de tanto hacerlo. Harry sintió mucha pena por ella, se sintió como si sus problemas no valieran nada.

—Ven Arabella —dijo amablemente Sirius—. Te prepararé un té. —Harry comprendió que le pondría algo al té para que ella se durmiera—. Tu Harry, haz lo que quieras, mientras no implique salir de casa. Tampoco envíes a Hedwig ni a las otras, no merecen ser puestas en peligro.

Acto seguido salió de su habitación y se llevó a Arabella escaleras abajo, hacia la cocina. Harry, sin saber que hacer en verdad, intentó distraerse jugando al ajedrez mágico, pero no podía concentrarse en nada. Tampoco consiguió leer el libro de las mil y una jugadas de quidditch. Se pasó el día mirando el techo. Ni siquiera bajó a cenar, no se sentía con apetito. Al principio intentó comer un pastelito pero le supo a ceniza. Solo miraba el techo, o dejaba que Hedwig le picoteara el dedo durante mucho rato.

Ese día, que había empezado de una forma tan estupenda, había degenerado hasta el punto de no ser ni siquiera un día. Cuando se hizo de noche, subió Sirius con cara de haber pasado todas las penalidades que se podían imaginar.

—Harry ...el autobús llegará de aquí poco ...será mejor que te prepares, es mejor no hacerlo esperar.

—Si, me lo imagino —asintió Harry.

Colocó su baúl sobre un carrito y las tres lechuzas todas juntas en la jaula de Hedwig. Con la ayuda de Sirius, bajó sus pertenencias hasta la puerta y después miró hacia atrás.

Arabella estaba dormida en el sofá profundamente y en sus mejillas se veía el recorrido de las lágrimas vertidas.

—¿Se recuperará?

—Si —aseguró Sirius—. Ella es muy fuerte, pero este ha sido un golpe muy duro. Muy duro. Harry... —le dio un fuerte abrazo, un abrazo paternal y protector, una abrazo que le reconfortó. El se agarró a ese abrazo un rato, y después le soltó.

Ahora que ya se iba, no quería hacerlo. No quería dejar a Sirius ni a Arabella, y menos en esas condiciones.

—Se lo que estás pensando, Harry. Y no, no puedes quedarte. Eres necesario en otro sitio. Nosotros —cuando dijo esto miró a Arabella— nos iremos de aquí mañana. La policía muggle ya ronda por aquí.

Se oyó un fuerte sonido a motor y una puerta que se habría.

—Ya ha llegado, Harry. Debes irte ahora.

—¿Pero no crees que con el autobús ahí delante los mortífagos sabrán que estoy huyendo?

—Tal vez, pero no sabrán a donde vas, ese es el trabajo del autobús para magos sin techo. No creo que te intercepten ahora ...mejor vete ya —dijo eso sin convicción, como si no quisiera que se marchara. Al darse cuenta de que Harry podía interpretarlo así, se transformó de nuevo en un perro grande y negro que lo miró para darle ánimos.

Harry cogió el carrito y abrió la puerta. Estaba lloviendo y el autobús estaba delante mismo, esperando a que él subiera a bordo.

Harry tocó la frente de Hocicos y este emitió un suave ruido, al parecer de placer, pero inmediatamente emitió un gruñido, azuzándolo a irse. Haciendo el corazón fuerte, Harry tapó la jaula con las tres lechuzas y entró en el autobús. Las puertas se cerraron a sus espaldas y Harry se enganchó a la ventana para poder ver a su padrino unos instantes más. Éste estaba sentado, en forma de perro y mirándolo. Podía ser efecto de la lluvia pero Harry juraría que estaba llorando.

Como la última vez que estuvo en ese autobús, éste aceleró de golpe, sin mucho ruido, y allí donde pasaba los objetos se apartaban ante él.

Harry se resignó. Llevó el baúl debajo de la cama que estaba detrás del conductor (el autobús estaba lleno de camas) y se sentó.

—Bienvenido a mi autobús, joven mago. Mi nombre es Eliot, pero todo el mundo me llama Billy. ¿Te trae por aquí alguna razón en particular?

Como siempre, los conductores de esos autobuses eran siempre agradables y habladores, así que pensó que conversar un poco no le haría mal.

—Acaban de destruir la casa donde habitaba.

—¿La casa donde habitabas? ¡Que casualidad! ¡A Harry Potter también le han destruido la casa hoy!

Al oír eso, Harry sintió ganas de reír, pero los últimos acontecimientos se lo impedían.

—Yo soy Harry Potter —confesó. La última vez que estuvo en ese autobús dio el nombre de Neville Longbottom, un compañero de clase que siempre olvidaba algo.

El conductor dejó de agarrar el volante (la verdad es que el autobús iba solo) y lo miró asombrado. Corrió hacia él y le levantó el flequillo.

—¡La cicatriz! ¡Tú! ¡Harry Potter en mi autobús! ¡Ya decía el profeta que hoy era un día de suerte para los Virgo!

—¿Y que decía de los Leo? —preguntó Harry, ya acostumbrado ante aquellas escenas cuando la gente veía su cicatriz.

—A ver... ...mal día para los leo, tendrán que afrontar alguna dificultad. Vaya chico, ¿eres leo?

Harry no le contestó pero el conductor se lo tomó como un si. Billy se volvió a su asiento y sacó El Profeta.

—Lo compro siempre que puedo. ¿Quieres echarle un vistazo?

—Si gracias —y cogió el diario que le tendía y miró la portada. Si no fuera porque habían hablado de ello durante el mediodía no habría adivinado de que se trataba.

—¿Este es el colegio que Voldemort asaltó?

Billy pegó un salto y Harry se apresuró en disculparse. El nombre de Voldemort era temido en todo el mundo mágico.

—Si chico, pero por favor, no vuelvas a pronunciar su nombre. Esto solo lo puede haber hecho El Oscuro. Nadie más podría.

Harry leyó el titular.

"La escuela Arkan de magia y hechicería en España asaltada por los mortífagos"

El día 24 de Julio, la escuela Arkan, situada en el centro de España fue asaltada por un contingente que actuó bajo la Marca Tenebrosa que se dibujó sobre el colegio. Alumnos de dicha escuela han desaparecido por completo sin dejar un rastro que seguir. Los demás alumnos, por orden del Ministro de ocultación de la Magia, cambiarán de colegio, asignándoles Francia, Inglaterra o Bulgaria. El Ministro de magia asegura...

—Impresionante, ¿no? —le preguntó Billy, sacando la cabeza tras su hombro para ver también el titular y la foto en movimiento de un colegio en llamas.

—No sabía que existiera ese colegio. En el torneo de los Tres Magos ni se mencionó que existía.

—¿No? Pues yo tampoco lo se, solo soy un simple conductor (que además no conduce). Por cierto, ¿Donde quieres bajar?

—¡Oh! —exclamó Harry al percatarse ahora que corrían sin ningún rumbo—. A la Madriguera. La casa de Arthur Weasley —añadió para que comprendiera.

—Muy bien —y se dirigió hacia los controles—. ¿Quieres dormir ahora? Puedes hacerlo, si quieres, aunque un poco de compañía no me haría mal.

—Me quedaré despierto —dijo Harry, no tenía nada de sueño—. Yo también tengo ganas de hablar.

Y allí estuvieron, sentados en una cama, leyendo y hablando sobre lo que decía El Profeta. Pasadas unas páginas, llegaron al horóscopo.

—¿Esto te interesaba no? —inquirió el conductor—. Veamos ...Leo —empezó a leer, resiguiendo sus palabras con el dedo—. Aquí. Las dificultades te saldrán al paso y tendrás que esquivarlas, no vayas a buscarlas (que adecuado ¿eh?). Conocerás a nuevos personajes que se cruzarán en tu vida (¿serán los chicos extranjeros?).

Harry lo leyó un par de veces.

—Pero ...los horóscopos suelen ser semanales.

—Si, pero precisamente este es anual. Has tenido suerte, o a lo peor no tanta. La predicción que tienes no es muy ...

—¿Agradable? —acabó la frase por él.

—¡Exacto! No me salía la palabra.

Leyeron más y más el profeta, en la que a mitad de las cosas eran tonterías sin importancia. La noticia del colegio destruido se contaba de forma más extensa en el interior pero todo eran especulaciones que todo el mundo se habría hecho ya.

Pasó un rato, en el que los dos discutían sobre nada en concreto, cuando el autobús se paró casi en seco, haciendo que se dieran un buen golpe. Billy se tocó la cabeza dolorido.

—¡Ay que golpe! ¿Quieres que te ayude a bajar tus cosas? —se ofreció con ojos brillantes.

—Si gracias —consintió, sacando su baúl de debajo la cama y poniéndolo de nuevo en el carrito. Billy colocó la jaula con las lechuzas encima del baúl y les habló tranquilamente.

—Ahora llegaréis a un sitio seco.

Entre los dos bajaron el baúl a fuera. Seguía lloviendo, esta vez mucho más fuerte que antes. En diez segundos ya estaba empapado y el pelo se le enganchaba en la cara.

—¡Que te lo pases bien, Harry! —le dijo Billy, después se cerraron las puertas pero se oía dentro—. ¡He conocido a Harry Potter, lo he conocido!

Harry arrastró su carrito con sus cosas por el jardín convertido en lodazal lo cual hacía la tarea algo casi imposible. Le salieron al paso dos gnomos, que como siempre, eran como patatas con patas. No le hicieron caso y se fueron sin ni siquiera mirarle.

Harry llegó a la puerta. Apretando el puño dio dos suaves golpes en la puerta. Nadie contestó, ni siquiera algún signo de que hubiera alguien. A lo mejor había llamado demasiado flojo. Dio unos golpes más fuertes a la puerta.

Esta vez si que se oyó unas voces y una silla que se movía. Harry se dio cuenta justo en ese instante de que vestía camiseta corta (en verdad era de Dudley así que le quedaba algo grande) y pantalones no muy anchos, aunque al estar empapados se le enganchaban bastante a la piel. La puerta se abrió y de dentro salió una luz que le impidió ver quien era. Cuando se acostumbró un poco, se dio cuenta de que era una chica guapa de pelo pelirrojo y embutida en un camisón de dormir que le quedaba un poco grande, debía ser de su madre. Esa debía de ser la hermana de Ron y al parecer, ella aun no lo había conocido, allí, debajo de la lluvia y desgreñado.

—Encantado de volver a verte, Ginny.

Ahora si que la chica pareció reaccionar. Lo primero, ponerse roja, lo segundo, exclamar:

—¡Harry!

Él sonrió, al menos, no debía parecer tan demacrado.

—¡Mama! ¡Harry está aquí! —ahora lo miró a él mientras se oían pasos apresurados—. ¿Harry, estas bien? —le dijo, con ojos cristalinos y castaños.

—Si Ginny, tranquila.

—¡Harry!

De la puerta de la cocina salió toda la familia Weasley, menos Percy y Charlie, que debían de estar trabajando. La madre de Ron corrió hacia él y lo abrazó, lo abrazó como a un hijo. Aquel año se estaba llevando muchos abrazos, pensó tristemente.

—¿Estas bien Harry? —le empezaron a preguntar todos. Incluso Fred y George, los gemelos bromistas de la familia, no parecían de mucho humor.

Por lo visto, todos sabían lo que había pasado en la casa de la señora Figg, y también al parecer, todos sabían más del asunto que él. Le empezaron a preguntar todos a la vez, pero él no los escuchaba, solo dijo:

—¿Me puedo quedar aquí hasta que empiece colegio? Estoy muy cansado...

—Si cariño, claro que puedes —les dirigió una mirada a Fred y George bastante fulminante—. Hoy no habrá preguntas que hacerle. Necesita descansar —dijo al ver que Harry se dormía de pie.

Mandando a Ron que lo llevara a su habitación, la señora Weasley cerró la puerta, resguardando así el interior de la lluvia.