Ahí estaba, parado frente a mí, con ese look despreocupado y esa mirada que apreciaba cada detalle que lo rodeaba como si de ello dependiera su vida. Me miró como si fuera la primera vez que me veía en su vida, podía notar la sorpresa y el temor que sentía, intenté esconder el mío.

-¿Ari? ¿De verdad eres tú?

Se acercó un poco a mí, pude ver que alzaba las manos para buscar mi rostro, por lo que me alejé un paso hacia atrás. La distancia entre nosotros era lo único que podía salvarme de su encanto en estos momentos. Pude ver la decepción dibujada en su rostro con una triste sonrisa.

-Sí, claro que eres tú… yo, vaya, no me esperaba verte aquí. Estás tan… diferente, te ves diferente.- siempre hablaba sin sentido cuando se sentía nervioso.

-Era claro que estaría aquí.-dije con la mayor frialdad que pude.-Es su aniversario, ¿Qué clase de hija sería si no viniera a verla?

Sonrió avergonzado, como odiaba verlo sonreír, esa sonrisa era tan cautivadora que en muchas ocasiones había logrado convertir un "no" en un "sí" y un "te odio" en un "te amo". El viento sopló, como si el mundo quisiera empujar a Matt hacía mí, y su sonido solo hizo evidente el incómodo silencio que reinó entre nosotros a pesar de estar rodeados del ruido de la ciudad.

-No puedo creer que te tengo frente a mi después de tanto tiempo de buscarte…-dijo como si yo no pudiera escucharlo.-Aria, sé que me odias y que quizá soy la última persona en el planeta que quisieras ver, sobre todo hoy, pero de verdad, quiero hablar contigo.

-Bueno Matt, yo quiero muchas cosas, pero no podemos conseguirlo todo.-le sonreí con desprecio, pude notar como apretó los puños, un gesto que hacía cuando se veía a punto de fracasar.-Tengo que irme, por favor, envíale mis saludos a tu familia. Adiós.

Me di la media vuelta y comencé a caminar. Cuando pensé que había ganado la batalla, sentí como su mano tomó mi muñeca y me atrajo a él. Fue todo tan repentino que no supe cómo reaccionar, aquella sensación era tan familiar, tan reconfortante y tan dolorosa como el veneno más letal del planeta. Me abrazó, descansando su barbilla sobre mi cabeza y rodeándome por completo con sus brazos, como si jamás fuera a dejarme ir. Podía sentir su respiración a través de su pecho agitado, su corazón latía tan fuerte que pensé que toda la ciudad podría escucharlo con la misma claridad que yo.

-Tienes exactamente tres segundos para soltarme…-dije como un susurro.

-Entonces pienso aprovecharlos al máximo.-pude sentir con claridad como sonreía.

-Te dije que no quería volver a verte en mi vida.-puse mi mano sobre su pecho.

-Y creí que lo cumplirías…-acarició mi espalda.

-Aun pretendo cumplirlo.-use mi mano para separarme de él.-Se acabaron los tres segundos.

Sin permitir que dijera nada más, me di la vuelta, decidida a no volver a ver ese hermoso rostro una vez más. Me colé entre la multitud, haciendo caso omiso a su voz llamándome con insistencia. Mierda, ¿Por qué precisamente hoy? De todos los días del año, tendría que haber sido hoy.

Había pasado años intentando olvidar el recuerdo de sus hermosos ojos azules, mirándome como si fuera lo único que realmente importaba en el mundo, intentando borrar la sensación que sus labios habían dejado sobre los míos con cada uno de sus besos, de eliminar sus caricias sobre mi piel y su voz diciendo mi nombre. Ahora, todo ese esfuerzo se había ido a la basura. Verlo ahí, tan real, tal como lo recordaba, había revivido en mí tantas cosas que me había jurado jamás volver a sentir.

Caminé tan rápido como pude, sintiendo como el frío inundaba mis pulmones e ignorando el cansancio que sentían mis piernas, lo único que quería era alejarme lo más pronto posible de aquél lugar donde tantos recuerdos se habían juntado. Cuando no pude más, me detuve cerca de un edificio enorme construido con ladrillos y me recargué en él, intentando recuperar el aliento. No pude evitar sentir un delirio de persecución, alcé mi cabeza tan alto como pude, incluso poniéndome de puntitas, para intentar buscar alguna cabellera rubia que viniera en mi dirección. Nada. Suspiré aliviada.

Tras recuperar el aliento, busqué en mi bolso, tan desesperada como me sentía, mi celular, intentando aferrarme a mi presente y asustar esos recuerdos del pasado que solo buscaban atormentarme. Después de unos segundos, que para mí fueron horas, lo encontré justo en el fondo del bolso y marqué el número que conocía de memoria.

-¿Hola?

-Leah, soy yo… código rojo, nos vemos en Ma vie en chocolat en 15 minutos.

-¿Qué? Oh… dame 20, ¿De qué se trata?

-¡Te cuento cuando llegues aquí! No vayas a dejarme, de verdad, CÓDIGO ROJO

-Tranquila Ari, lo comprendo, en 20 estoy ahí, lo juro.

Y colgó. Suspiré mirando por unos segundos más la pantalla en espera de que mi mejor amiga se apiadara de mí y volviera a llamarme para poder tener algo más en que concentrarme en el camino al café pero lo único que obtuve fue un mensaje de texto de mi compañía telefónica ofreciéndome una promoción inútil que claramente no utilizaría. Guardé el celular resignada y comencé a caminar en dirección a mi destino con la mirada al suelo, poniendo todas mis fuerzas para no pensar en todo lo que acababa de suceder, al menos, para evitar ponerme a llorar ahí mismo. Patee una pequeña piedra volviéndola mi compañera de viaje, volviendo esto un pequeño juego que mantuvo mi mente ocupada hasta que me topé con una coladera que se llevó a mi nueva amiga por el desagüe. Pronto me encontré frente a la entrada del café y sin pensarlo dos veces, entré eligiendo la mesa que habitualmente ocupábamos cuando debíamos hablar de cosas serias.

-Bienvenida a Ma vie en chocolat, mi nombre es Marcus y seré su mesero el día de… ¡Ari! Espera, esta es la mesa… ¡La 14! Oh vaya, debe ser serio, ¿Quieres que te traiga lo que pides cuando es algo serio?

A pesar de que tenía dos años sin venir aquí, de haber vivido en una ciudad al otro lado de esta, Marcus continuaba aquí y aún con mi cambio de imagen, pudo recordar a la perfección esta cantidad de detalles. Ese chico merecía una promoción, sino, un aumento de sueldo.

-Gracias Marcus, me da gusto verte, esperaré a Leah, no debe de tardar.

-Claro Ari, estaré en la barra por si me necesitan, es un gusto verte nuevamente por aquí. Todos te echamos de menos.

-Y yo a ustedes Marcus.

Sonrió y, con la misma actitud servicial de siempre, fue a la siguiente mesa donde dos chicas acababan de sentarse. Ambas no podían pasar de los 18 años, sonreían como si aquel chico fuera juez de un concurso internacional de belleza y ellas tuvieran que impresionarlo más que su compañera de mesa, ¿Habría notado Marcus que esas chicas se peleaban por él como si fuera un pedazo de carne entre dos leonas hambrientas?

-Oh Ari disculpa la demora, ese maldito taxista tomó la vía más larga para llegar aquí, creo que me vio cara de turista, fue de esos que se dedican a explicarte cada punto importante de la ciudad y por más que le repetí que crecí aquí no paró de hablar, fue horrible.

Leah siempre hablaba rápido cuando se le hacía tarde para algo, como si sus palabras añadieran rapidez a sus movimientos y pudiera ganar un poco de tiempo con cada letra que pronunciaba. Se dejó caer sobre el asiento y en cuanto se quitó el abrigo, Marcus estaba ahí, dejando un plato lleno de macarons de diferentes colores y sabores. Le sonreímos y, como siempre, se alejó, dándonos la privacidad que necesitábamos en casos como este.

-Y bien, ¿Cuál es la emergencia? ¿Qué pasó? ¿Cuál es el cadáver que debemos ocultar?

Suspiré, no sabía por dónde comenzar, todo estaba pasando tan rápido que por primera vez no podía organizar mis palabras para expresar mis ideas. Miré el plato con macarons, devoraba esos colores con la vista, esperando que me ayudaran a tranquilizarme un poco. Alcé la mirada y me crucé con la de Leah, preocupada, silenciosa, en espera de lo que tenía que decir.

-Me encontré con Matt…- dije finalmente casi como un susurro.

-¿Matt? ¿Tu Matt? ¿Al que odiamos con toda la fuerza de nuestros cuerpos?

Asentí, evitando mirarla, decidí mirar la hermosa servilleta decorada que tenía frente a mí.

-Vaya… Justo hoy… Cuéntame, ¿Qué pasó?

En un principio no pude decir nada, mis sentimientos habían tomado control de mi cabeza. Puse mis manos sobre el dije en forma de infinito con un pequeño corazón de rubí, mi piedra de cumpleaños. Lo acaricié suavemente con los dedos en busca de seguridad, como si pudiera comunicarme con mi madre haciendo aquel gesto. Entonces vi como Leah miraba el anillo que usaba en el dedo anular izquierdo con el mismo diseño que mi dije.

-¿Por qué usas aún ese anillo?

Su tono era más curioso que acusador, sin embargo, lo sentí como un flechazo en el pecho que me trajo de vuelta a la realidad.

-Porque combina con mi dije, solo eso, quería verme bien hoy.

-Ok, bueno, ese es tema de otro día, ¿Vas a decirme ya lo que pasó?

-Pues, estaba saliendo del cementerio, lista para volver a casa, cuando por accidente choqué con él. ¿Lo has visto desde que regresamos? Es… el mismo… su cabello es un poco más largo pero sigue siendo él. Intenté alejarme de él, te lo juro, pero de la nada me abrazó y sabes lo difícil que me es resistirme a sus brazos, yo no supe…

-¡Shh! Espera, detente, ahí está Samantha, se discreta por favor que creo que para nuestra suerte, aún no nos ha visto.

Me levanté de mi asiento y caminé hacia la barra para poder tener la excusa para mirar hacia la dirección donde Leah miraba con los ojos abiertos como platos. Tenía razón, ahí estaba y por suerte no se había percatado aún de mi presencia. Para mí fortuna, Leah se había teñido el cabello desde la última vez que vio a Sam, por lo que mis esperanzas de que no la reconociera eran bastante altas. Llevaba el cabello corto y aún lo conservaba de color negro, siendo esta la característica que más le gustaba. A simple vista parecía una persona amigable, confiable, alguien a quien quisieras conocer. Sin embargo, yo conocía una historia completamente distinta y hoy no quería revivir esa historia en mi mente, ya tenía bastante con todo lo que había sucedido. Se limitó a saludar a una señora que se encontraba en la parte de afuera del establecimiento y tras unos minutos de charla casual, se fue. Volví a mi silla y Leah me miraba buscando algún daño presente en mi expresión, por el momento, predominaba el alivio por lo que no se preocupó demasiado.

-Este no ha sido tu día, eres un imán de encuentros desafortunados, será mejor que me aleje de ti antes de que me contagie de esa mala suerte.

-¿Quieres escuchar el resto de la historia o me voy para que mantengas tu buena suerte segura?

-Soy toda oídos, no me quejaré más, pero juro que si se aparece mi ex novio tú tendrás que lidiar con él.

Y sin más interrupciones, pude contarle todo sobre mi encuentro con Matt. Creí que sería sencillo, pero solo pensar en él era suficientemente doloroso. Pude mantener un semblante tranquilo pero por dentro era como si miles de camiones arrollaran mi corazón con cada palabra de mi relato. Una vez que terminé de hablar, Leah se levantó de su asiento.

-Estás loca Aria, de verdad que tienes serios problemas.

-Lo dice la chica que de pronto se levanta en medio de una conversación importante.

-¿Me puedes explicar qué carajo hacemos en un café? ¿Cuántos años tienes? ¿Trece? Nos vamos de aquí. ¡Marcus! La cuenta por favor.

-Y tú, ¿Me puedes explicar qué demonios te pasa?

Así era Leah, tenía su manera de lidiar con las emergencias. Siempre me escuchaba, sin importar que tan tonto fuera mi problema. Analizaba la situación, mi estado de ánimo y todas esas palabras que no decía en voz alta, ya sabía cómo interpretar mi silencio y como leer mi mirada. Después de un breve diagnostico que solo realizaba en su cabeza y del cual jamás me enteraba del resultado, daba un veredicto y actuaba según lo que pensaba conveniente. Jamás podía opinar al respecto y por más que lo intentara, siempre me veía implicada en sus locos planes de rehabilitación para mi ánimo.

Salimos del café y sin explicación alguna, paró un taxi, metiéndome en él y siguiéndome para evitar que escapara. Dio la dirección de mi casa, para alivio mío, y se sentó sin decir nada más. Mientras nos acompañábamos en silencio, me dediqué a mirar por la ventana, analizando los colores, la gente y el ruido que nos rodeaba conforme cambiábamos de calle. ¿Por qué no podía ser como esas personas despreocupadas que caminaban por ahí mirando las pantallas de sus celulares?

-Llama a T.J.- Pronunció al fin.

-El plan es tuyo Leah, no tengo idea lo que estamos haciendo, llámalo tú.

Tras un suspiro irritado, sacó su celular y en vez de llamarlo, se limitó a enviarle un par de mensajes de texto que fueron respondidos en seguida. T.J. y Leah harían una pareja increíble, nunca supe porque no habían siquiera intentado salir juntos, a veces parecía que solo se hablaban para intercambiar comentarios sobre mí. De la nada, el taxista nos miró por el espejo retrovisor y después de analizar mi rostro con seriedad se atrevió a preguntar.

-Disculpe señorita, no quiero ser entrometido pero… ¿Es usted la chica del programa de televisión que se estrenó la semana pasada?

Lo miré por un instante, meditando el resultado de cada una de mis respuestas. Si decía la verdad, habría mil preguntas más, quizá me pediría mi autógrafo e incluso una fotografía. Si mentía, quizá se daría cuenta que estaba mintiendo, por lo que comentaría lo mal que reaccionaba frente a mis admiradores y que era una de esas estrellas que se sienten más importantes que el medio que las rodea.

-Si… soy yo.-Quizá la verdad resultaría mucho mejor, mi madre odiaba las mentiras y yo no podía mentir.

-¡Lo sabía! Mi hija adora su programa y tiene todos sus discos. Es un honor conocerla señorita Holt.

-El placer es todo mío, agradezco sus elogios, le pido que le diga a su hija que le envío saludos.-Sonreí.

El viaje estuvo lleno de preguntas, solicitudes y agradecimientos, tal como lo había pensado. Leah ya se había acostumbrado a ese tipo de atenciones, me conocía desde hacía tanto que había estado al inicio de mi carrera, para ella, esto era un día normal. Llegamos a mi casa y el taxista se negó a aceptar mi pago, agradeciendo nuevamente que hubiese sido tan amable con él, a lo que respondí con una sonrisa. Entramos y justo en la sala, se encontraba T.J. esperándonos como si llevara meses allí sentado.

-Por Dios chicas, ¿Venían de rodillas?

-Ari se encontró con un admirador el cual decidió tomar el camino largo para poder disfrutar más de su presencia.

-Ya veo, a ver Ari, ven acá, te dije que me llamaras si algo pasaba, ¿Por qué no me llamaste cuando te encontraste con Matt?

-¿Qué habrías hecho? Ustedes dos aún son amigos, jamás te pedí que tomaras partido y pienso mantenerme en la misma posición, entre menos te metas mejor.-Fui directo a la cocina.

Pude escuchar cuchicheos y murmullos pero me sentía agotada, mi mente había pasado por tanto que lo único que quería era tumbarme en mi cama con un bote de helado y mirar el techo hasta quedarme dormida. Por desgracia, sabía que no podría cumplir con mi deseo, así que decidí prepararme mentalmente para lo que sea que viniera. Sabía que hubiera podido escapar de no ser por la confianza que le tenía a mis dos mejores amigos, ambos poseían una copia de todas las llaves de mi casa, incluyendo la de mi auto, el cual casi no usaba, lo que me hacía imposible esconderme de aquel par.

-¡Aria! ¡Ven acá! Es hora de empezar a arreglarnos, nos alcanzará la noche si no ponemos los pies en camino.

-Leah… aún no tengo idea de lo que estás planeando, muchas veces crees que me dices las cosas pero solo se quedan en tu mente.

-¡Pues saldremos al Mandarin por supuesto! ¿Qué más creías? Ya sabes que no acepto un no, así que evitemos toda la pérdida de tiempo que llevaría una discusión y vamos a tu habitación. T.J., espero que ya hayas hecho la reservación, invita a quien quieras, por supuesto, evita llamar a Matt o a Samantha, si aparecen por ahí juro que tu madre me odiará por haber sido la causa de que su hijo jamás le dará nietos, no me importa si es coincidencia, no quiero verlos por ahí esta noche, ¿Está claro?

-¡Por Dios Leah! ¿Siempre tienes que ser tan…

Leah lo fulminó con la mirada antes de que pudiera terminar su frase, a lo que él respondió sentándose en la sala y haciendo un par de llamadas que no pude escuchar. Mientras tanto, nosotras comenzamos a subir las escaleras mientras mi amiga me sonreía como si nada hubiese pasado. Que forma de ponerle buena cara a una situación en la que sentía que se me venía encima el mundo. Es una de las cosas más maravillosas que caracterizan a Leah, aun cuando ella se siente mal, nunca lo menciona primero, te escucha, te entiende e intenta arreglar la situación con todo lo que está a su alcance y normalmente, siempre funciona.

En cuanto llegamos a mi habitación se dirigió en automático al closet, aventando sobre la cama todo aquello que creía que serviría para esta noche. De pronto, se quedó congelada. Pude ver como poco a poco se comenzó a dibujar una sonrisa malévola en su rostro, siempre he pensado que Lewis Carroll se inspiró en ella para crear el personaje del gato rizón.

-Este es el elegido, anda, pruébatelo.

-No Leah, olvídalo, ese solo lo usé para una sesión de fotos y no es para nada mi estilo.

Sonrió con mayor malicia en su mirada. –Ese es el punto, querida amiga.

Me empujó con todo y vestido dentro del baño recargándose sobre la puerta para evitar que escapara de ahí como había considerado en varias ocasiones. Suspiré resignada y me limité a hacer lo que mi amiga había dicho, quizá no se me vería bien y ella optaría por alguna otra opción. El vestido era entallado, negro y corto. Tenía solo una manga larga, la otra era inexistente. Me miré al espejo y supe de inmediato que estaba condenada, Leah amaría el vestido y tendría que salir vestida así.

-¡Eso es! ¡Es justo lo que esperaba ver! Ahora, usa tus zapatos plateados, el collar holgado de plata y los aretes que van a juego, mientras… veamos qué hacemos con tu cabello.

Me senté en la cama, pensando en lo mucho que quería quedarme en casa, escuchar música depresiva mientras comía helado. No podía alejar mi mente del recuerdo que me había dejado el encuentro con Matt. Sus brazos eran más fuertes de lo que recordaba, aunque claro, habían pasado 2 años desde que lo había visto. Aún usaba la loción que tanto amaba y aún podía sentirla impregnada en mi nariz, me tomaría otros dos años recuperarme del efecto de esa loción. El contacto de su mano con mi muñeca había sido como electricidad con efectos secundarios, tenía mucho tiempo que no me sentía así de viva. Su voz resonaba en mis oídos como una dulce melodía que almacenas en tu cabeza y hasta que vuelves a escucharla recuerdas que es un sonido sin el cual no quieres volver a vivir. Y esos ojos…

-¡Lista! No es por nada pero tu estilista tiene mucho que aprender de mí.

Al encontrarme con mi reflejo en el espejo no podía creer lo que había encontrado. La chica que me miraba boquiabierta tenía mis ojos aunque el delineador la hacía parecer más misteriosa, tenía mis labios aunque el rojo la hacía parecer peligrosa y el cabello ondulado y con aíre despeinado le daba un aire despreocupado y deseable que solo ves en las revistas.

-Leah… ¿Qué pretendes que haga hoy?

-Divertirte por supuesto, ¿Qué más pensabas pícara?, claro si tu definición de diversión es otra no estoy aquí para juzgarte.

Nos reímos en coro y la abracé, sintiéndome segura por primera vez en todo el día. Por un momento me aferré a la seguridad que me daba ese momento y ella lo comprendió, permitiendo que la abrazara solo un poco más. Me separé en cuanto sentí que podría ponerme a llorar en cualquier momento y pude ver como ella se limpió un par de lágrimas, acompañando aquel gesto con una risa nerviosa.

-Lo siento Ari, tienes la habilidad de hacer hasta el momento más simple demasiado emocional para mí. Estás perfecta, será mejor que bajemos, no quiero escuchar los reclamos de T.J.

En cuanto bajamos, T. nos miró boquiabierto, si ese era el efecto que Leah quería crear, lo había logrado. Tomamos un taxi para, según Leah, no limitarnos y poder tomar y divertirnos como si fuera año nuevo. Mientras tanto, me limité a mirar por la ventana para observar el cielo que había esa noche. La luna llena estaba tan brillante que sin duda opacaba las luces de la ciudad y tan hermosa que no pude evitar quedar cautivada al instante. Al mirarla, no pude evitar pensar en Matt, ¿Estaría viendo también la luna? ¿Estaría pensando en mí? De pronto, sentí como era sacada de mis pensamientos mientras Leah me sacudía por el hombro.

-Bella Durmiente, ya llegamos, a menos que quieras acompañar a nuestro amigo taxista a hacer el resto de su ronda.

El club estaba a reventar, como lo había estado desde el día en que abrió, pero claro, Leah tenía la mejor herramienta para ayudarnos a evitar el tiempo de espera: Yo. Mientras caminábamos a la entrada me di cuenta que cada que veía un chico rubio me sobresaltaba como si estuviera a punto de encontrarme con un asesino o mi peor miedo, me detuve un segundo, respiré profundo y me propuse a no dejar que los eventos del día arruinaran el esfuerzo que Leah hacía para hacerme sentir mejor.

-Bienvenidos señores, ya los llevan a la mesa de siempre.-Dijo el enorme cadenero que evitaba el paso del montón de personas que se morían por pasar y que ahora nos veían como si fuéramos el enemigo a matar.

-¡Ay Mike! ¡Tú siempre tan considerado!-Dijo Leah con un tono juguetón.

-Lo que sea por nuestros mejores clientes.

Nos sonrió y nos dejó pasar como si fuéramos dueños de aquel lugar, de inmediato se nos fue asignado un mesero el cual nos escoltó hacia una de las mesas VIP mencionando su nombre y trayendo una botella de cortesía, que por lo regular siempre era vodka. Dejó una botella de Grey Goose frente a nosotros y se retiró esperando que lo llamáramos. Leah comenzó a servirnos, dándome la copa más cargada y sonrío mientras alzaba la suya.

-Brindemos por los buenos momentos, que nada ni nadie nos robe la dicha de ser felices.

Chocamos las copas y cuando menos me di cuenta estábamos pidiendo dos botellas de champagne y el club se movía por cuenta propia. T.J. charlaba muy animado con una hermosa chica rubia con escote pronunciado y los zapatos más altos que he visto jamás. Leah comenzaba a hablar en un tono más alto del necesario y sin preguntar, me tomó de la muñeca llevándome a la pista de baile. La música era movida, embriagante y perfecta para acompañar los efectos que el alcohol claramente tenía sobre las dos. Mientras nos movíamos, tropecé hacia atrás y fui atrapada por los fuertes brazos de un chico rubio. Al verlo creí que se trataba de Matt por lo que hice lo posible por librarme de él, hasta que mis ojos enfocaron y me di cuenta que se trataba de alguien más. Su rostro era menos fino que él de Matt, a decir verdad, sus rasgos eran bastante similares a los de un militar de las películas de acción, llevaba el cabello peinado hacia arriba y mucho más corto que el que había visto por la tarde e iba perfectamente rasurado.

-Lo siento, no quería asustarte, es solo que estuviste a punto de caer y no podía permitirlo.-me sonrió.-Mi nombre es Adam.

-Soy Ari.-lo miré aun analizando sus palabras e intentando cuidar mi pronunciación.-Gracias por salvarme.

Jamás me había dado cuenta de lo molesto que podía ser mi tono de llamada hasta que me despertó del mundo de los sueños con un terrible dolor de cabeza que me recordaba la noche de excesos que había vivido una noche antes. Después de refunfuñar, reclamar y estirar mi mano tanto como pude, respondí la infernal llamada.

-¡Ari! ¡Qué gusto que estés viva! Creí que tanto alcohol habría acabado contigo.-La voz de Leah sonaba más aguda que de costumbre.

-Leah… no grites… por favor… Si el alcohol no me ha matado, vas a terminar por matarme tú.

Se río.-Dime, ¿Qué tal te la pasaste?

-¿Qué tal me la pasé? Estuvimos juntas todo el tiempo, por cierto, ¿Cómo llegué a casa?

-Ari… necesito que despiertes bien y mires a tu alrededor, no entres en pánico. Yo regresé a tu casa, tú…

Abrí los ojos como platos, lo cual fue el peor error que pude hacer, sintiendo como la luz me quemaba. Cuando pude enfocar, empecé a sentir que el horror me invadía, dándome cuenta que aquella no era mi casa, no estaba en mi cuarto y, lo peor, me encontraba completamente desnuda. Quise gritar, pero cualquiera pensaría que estaba siendo víctima de un secuestro, por lo que me llevé las manos a la boca intentando recordar lo que había pasado.

-¿Ari? Ari, responde por favor, dime que no te dio un infarto.

-¡Leah cómo pudiste! ¿Por qué me dejaste ir con un desconocido?

-¿Yo? ¡Tú fuiste la que me mandó a tu casa para que pudiéramos dejarlos a Adam y a ti solos!

-¿Y porque mierda le haces caso a una chica que claramente está más que alcoholizada?

-¡Por qué yo estaba más alcoholizada que tú!

-No te muevas de mi casa, te veo ahí.

Colgué. Comencé a mirar alrededor buscando mi ropa y tuve que bajar de la cama envuelta en una sábana. Escuché el sonido del agua saliendo de la regadera del baño que estaba conectado a la habitación y aproveché para huir. Mientras me vestía pude ver la foto de un chico rubio, sonriendo, mientras abrazaba un Golden Retreiver que probablemente era de mi tamaño y pronto comencé a tener pequeños golpes de memoria de la noche anterior. Era Adam, el chico que me salvó de caer frente a todo el club. Recordé una conversación corta, no pude recordar a qué se dedicaba, tenía un perro, tal como lo pude ver en la fotografía y hasta ahí. Me sentía como una cualquiera, ni siquiera conocía su apellido, a duras penas recordaba el sonido de su voz.

Escuché como el sonido del agua cesó y comencé a escribir una nota tan rápido como pude disculpándome por haberme ido, agradeciendo el buen tiempo que había pasado y deseándole un buen día, corrí hacia la puerta y pude jurar que alcancé a ver el destello de su cabello mientras salía del baño. Adam vivía en un piso 12 de un enorme edificio que parecía recién terminado, hubiera agradecido esa información antes de haber decidido bajar corriendo por las escaleras como si estuviera corriendo un maratón. Al llegar a la planta baja, tomé un momento para recuperar el aliento y me encontré con el lujoso elevador que probablemente me hubiera ahorrado el desperdicio de aliento. Me limité a saludar al portero rogando porque no me reconociera y salí del edificio. Para mi mala suerte, parecía que no había ningún taxi cerca, por lo que decidí caminar un poco mientras rogaba para que uno apareciera frente a mí. Caminé con lentitud, acostumbrándome al brillo del día, con mis zapatos en la mano y mi corazón a mil por hora. Sentí arrepentimiento, vergüenza y no podía dejar de repetir que jamás volvería a tomar una sola gota de alcohol. Fue ahí donde conocí el tan temido camino de la vergüenza.