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Año Nuevo
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Capitolio
Chispas de colores
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—Tú puedes ser mi amor… —canto, o más bien tarareo, mientras termino de arreglarme.
Cuando me doy cuenta de la canción que es, me callo de golpe.
Pompeius es un… un… cretino. Ay, ni siquiera en mi mente soy capaz de decir palabras malsonantes. Mi madre estará orgullosa de lo bien enseñada que estoy.
En fin, Pom es un cretino. Por su culpa una de mis canciones favoritas ha quedado estropeada. Me la cantó el día que se me declaró, así que va a recordarme a él por siempre. Cuando terminó de cantarla me dijo: «¡Effie, sé mi amor!». Al principio me pareció lo más romántico del mundo, pero ahora que ya no estamos juntos…
¡¿Por qué la vida es tan complicada?! Es un chico de buena familia, guapo, encantador. Pero resulta que es un cretino que solo se preocupa por sí mismo. ¡Yo necesito algo más!
Papá se disgustó un poco cuando supo que lo había dejado, porque los padres de Pompeius conocen a mucha gente y tienen mucho dinero. Pero tiene que empezar a darse cuenta de que las cosas han cambiado, ¡ahora muchos se casan por amor! Igual que en los distritos, dicen que allí la mayoría deciden pasar la vida juntos por quererse, no por conseguir más dinero o amigos influyentes.
Me parece tan bonito… yo también quiero eso. Encontrar a alguien que me aprecie, que se preocupe por mí.
Mamá entra en mi habitación, sin llamar, como siempre. Trae a la nueva avox para que me ayude a vestirme. El conjunto de hoy es precioso, casi parezco ya una mujer, está lleno de encajes, piedras brillantes y es escotado. Además el color azul me sienta genial. Termino de maquillarme con tonos similares y decoro mi pelo con un tocado de pequeños pájaros plateados.
—Estás preciosa —me dice mi padre cuando llego al comedor.
Río y finjo que me avergüenzo, pero me encanta que se haya dado cuenta de que me he esmerado hoy.
Comemos con toda la familia, tíos, primos, los abuelos y nosotros, como es tradición cada última noche del año. No falta el faisán a la lima, el foie bañado con salsa de finas hierbas, los entrantes de setas con caviar, los postres flambeados... Mi tía Cornelia va dos veces a tomar esa «poción vacía estómagos» para poder comer mucho de todo. Yo no quiero, se me arruinaría el maquillaje.
Terminamos cerca de las once. Nos ponemos nuestros abrigos y salimos a la calle. Aquí llega la hora de separarnos. Cuando encuentro a mis amigas, mis padres y mis tías me dan varios besos en las mejillas y me recuerdan que no vuelva tarde. Yo intento soltarme, ya oigo a la tonta de Gaia riéndose de mí. A mi familia le cuesta entender que ya soy casi mayor de edad.
En cuanto me reúno con las demás, empiezan los cotilleos. Se han encontrado a otro grupo de chicas de nuestra clase y al parecer todas iban fatal vestidas. Probablemente no sea así, pero a mis amigas les encanta criticar.
—Oye, Effie, sentí mucho enterarme de lo tuyo con Pom —me dice Gaia, y sé que miente. Menuda falta de educación. ¿Y cómo que Pom? Yo era la única que lo llamaba así. Pero bueno, ya no es mío ni yo soy suya.
—No nos aportábamos lo que el otro necesita —respondo, entrelazando el brazo con otra de mis amigas—. Pero le deseo lo mejor, por supuesto.
Por la cara que pone la muy falsa, sé que cree que ella será ese «mejor». Siempre estuvo detrás de Pompeius, o más bien empezó a gustarle cuando él se fijó en mí en vez de en ella. Pues que le aproveche, un chico tan egoísta puede que vaya bien con una tan desagradable. En serio, no sé por qué no la echamos del grupo de amigas.
Cuando llegamos a la plaza frente al Palacio Presidencial, todo está ya abarrotado. Solo queda media hora para que lleguen las doce. Por suerte, tenemos un sitio cerca del centro, porque el novio de una amiga lleva esperando más de una hora con otros chicos y nos hacen hueco.
Siento incómodamente cerca los cuerpos de amigas, conocidos y desconocidos, en el momento en que el gran reloj proyectado en un edificio marca la medianoche. Se escuchan por megafonía unas rítmicas y musicales campanadas. Todos gritamos la cuenta atrás y, justo al entrar en el nuevo año, el cielo parece estallar en colores.
Pero no es el cielo, son los fuegos artificiales. Un espectáculo de luces, chispas y formas brilla ante nuestros ojos, la gente chilla de emoción y yo miro embelesada esa noche que se transforma en un día colorido. Me pregunto si en el resto de Panem podrán ver esto, si escucharán ese sonido tan parecido a los cañonazos de Los Juegos del Hambre.
Después, cuando terminan de lanzar fuegos artificiales, la plaza se ilumina con grandes focos, ponen una música muy alta y la gente se dedica a felicitarse el año nuevo, a bailar y a beber de lo que sirven en los bares de por aquí.
Después de abrazarme a mis amigas, vemos que se ha formado un corrillo de personas alrededor de alguien. ¡Es una antigua escolta del Distrito 1! ¡Trajo de vuelta a nada menos que cuatro Vencedores! Está firmando autógrafos, haciéndose fotos y disfrutando de su fama.
Algún día, yo quiero ser como ella. Vendré a esta misma plaza en medio de las chispas de colores y dejaré que la gente me admire. Debe ser una vida maravillosa.
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La pobre Effie que miraba el mundo con un velo rosa, y es que ser escolta nos es tan bonito como lo pintan desde fuera. Creo que las costumbres capitolinas pueden ser más similares a las de hoy día, eso he intentado reflejar.
