Los personajes fueron creados por Thomas Astruc. No me pertenecen en lo absoluto.
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Capítulo tres: Desilusión.
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Era un tranquilo sábado.
Alya, Marinette y Manon pasaron la tarde recorriendo las calles de París, buscando la frescura de alguna sombra dejada por los edificios más altos y bebiendo agua tibia de una botella, tenían las mejillas sonrosadas por los intensos rayos del sol que iban adquiriendo la fuerza y esencia del verano y tenían las playeras pegadas a la espalda por el sudor. Bajaron por Rue Lacourbe y se dirigieron rápidamente al parque de Square Saint-Lambert, eran las cinco de la tarde y la abundancia de árboles en aquella zona era idónea para ocultarse del calor abrasador. Manon ya estaba cansada de tanto caminar y entre pataletas y pucheros, lograron las dos mayores llegar a tiempo antes de que la niña se pusiera obstinada a seguir.
Podía tener ocho años, pero seguía siendo una bebé.
La pequeña se desplomó sobre el pasto en la sombra y se acurrucó abrazando el títere de Ladybug que tanto le gustaba; Marinette todavía no entendía por qué adoraba esos muñecos si eran estéticamente imperfectos: se le notaban las costuras y no había tenido dinero para comprarle ojos más realistas, así que aquella vez no tuvo otra opción más que coserle botones.
Sonrió ligeramente al contemplar lo desteñidos que estaban por tantos juegos y lavados intensos. Le daba cierta nostalgia recordar los años que habían pasado.
—¿Estás bien, Manon? —Preguntó Marinette, acuclillada a su lado al verla tan cansada.
—Déjala respirar un poco —Alya se inclinó—. No fue buena idea sacarla a caminar tanto…
Mari se encogió en su puesto, percibiendo el reproche implícito en las palabras de su amiga.
—Ah, esto… Creí que era una buena idea salir a pasear… el día está precioso, ¿no?
—No fue una mala idea, pero deberías saber que ella no resiste lo mismo que nosotras.
Manon suspiró aliviada cuando una suave brisa le acarició el rostro enrojecido y sudado. Cerró sus ojos.
—Aaaay, Alya, va a desmayarse. Manon se dormirá —casi grita la jovencita de origen oriental, entrando en desesperación mientras tiraba de sus coletas—. ¡Manon, despierta! Manon.
Alya no dijo nada.
Marinette acercó su rostro al de la niña, preocupada, dispuesta a darle golpecitos en las mejillas para que abriera sus ojos, pero…
—¡BUAAAH!
La joven–a excepción de Alya que se mantuvo imperturbable– se cayó hacia atrás sobresaltada, abriendo sus ojos enormemente.
—¡Te asusté! —rió la niña victoriosa, revolcándose en el pasto y sujetando su estómago ahogada en sus propias carcajadas. Movía sus piernas con frenesí envidiable, sin notarse el cansancio de la caminata. Marinette tenía el corazón hecho trizas por el susto. Se había preocupado en vano.
—Gané —dijo, levantándose con el impulso de alzar un puño en lo alto—. Me debes un helado, Alya, me debes un helado, ¡he ganado!
—Qué excelente chica eres —la morena le enseñó su mano derecha—. ¡Dame esos cinco!
Chocaron sus manos y Marinette las miraba desde el césped sin comprender, con el rostro desconcertado.
—Iremos a comprarte uno enseguida, ¿quieres un helado, Marinette?
Todavía no unía cabos.
—¿Qué fue eso? —Quiso saber resentida por las risas de Manon y Alya—. ¿Fue idea de ustedes?
—Le hice un reto a Manon, ¿no es así? —Preguntó Alya y la niña confirmó sus palabras, sus trenzas se movieron en vaivén—. Dijo que eras muy asustadiza y que podía asustarte a cualquier hora del día. Yo la reté a que me lo demostrara, apostando un helado a quien ganara.
Alya y Manon se sonrieron entre ellas con una complicidad enorme, mientras Marinette fruncía el ceño ofendida por ser diana de burlas. Su amiga sabía desde un principio y le siguió el juego a la menor.
—¡Esos no son juegos, estaba realmente asustada!
—No te preocupes por mí, Marinette, soy muy fuerte, ¿ves? ¡Como Ladybug!
Manon hizo una pose similar de la heroína a segundos de ponerse en acción para ejercer justicia.
—¡Sí, eres igual a ella! —aplaudió Alya, haciéndole barra, como la fan que era.
Marinette se puso de pie y recargó todo su peso en una de sus piernas, quitándose el pasto de los pantalones y sonriendo ante el entusiasmo de la pequeña.
—Por supuesto que lo eres, Manon, me lo acabas de demostrar ahora. No estás ni un pelín cansada a diferencia de mí —se acercó a ella y le puso una mano en su pequeño hombro—. Pensé que te sentías mal, por eso me asusté. Pero ten cuidado con las bromas ¿sí…?
Manon no sabía del compromiso interno que Marinette tenía con ella cada vez que Nadja le pedía el favor de cuidarla. Vigilar y preocuparse de niños ajenos era una ardua tarea que necesitaba seriedad y dedicación y la joven no estaba dispuesta a darle malos ratos a su madre por un descuido pequeño. Quería que ella estuviera siempre a salvo como en los brazos de su mamá; deseaba imitar ese mismo calor y afecto.
Manon abrazó a Marinette después de pedir disculpas y tomó su mano. Se fueron caminando lentito las tres muchachas por los caminos de arenilla dorada del parque, buscando al carrito de helados.
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Tardaron en pillar al vendedor de helados, pero lograron encontrarlo luego de una hora entre los jardines de dalias, atendiendo una abuelita de chal verde con sonrisa de ángel. Cuando divisaron al hombre, Marinette tuvo su primera premonición negativa del día, recién se palpó los bolsillos de sus tejanos en busca de dinero, sin recordar si había traído su cartera o no.
Oh, diablos…
—¿Qué pasa? —Preguntó de improviso su amiga, como siempre adivinando sus nervios.
Manon le soltó la mano y partió en busca del vendedor, Mari hizo el amago de detenerla, pero la muchacha ya estaba lejos de ella.
—N-nada.
¡No traje dinero!
—Tienes mala cara, ¿se te olvidó algo?
«Sí» dijo Mari en su mente, «el dinero, ¿cómo podré comprarle un helado a Manon si no tengo ni un mísero euro? ¡Qué tonta soy!»
—Ugh —se quejó la pelinegra acomplejada de no saber qué decirle a la pequeña para no hacerla llorar—. Manon, Manon, ¿por qué no vamos a la pileta? ¡Allí es más divertido!
La pequeña negó con la cabeza y siguió andando hasta llegar a su anhelado destino.
«¡Ay, no!»
¿Por qué era tan difícil convencer a los niños?
—Yo quiero uno de limón —dijo Alya, cuando ya estaban a sólo un paso del carrito. Manon conversaba animadamente con el vendedor, como si lo conociera de toda una vida.
Marinette le dio la espalda a su amiga y revisó su bolso desesperada por hallar algunas monedas, cuidando de no mostrar a Tikki.
«No hay dinero», los enormes orbes negros de la kwami le revelaron todo y arruinaron sus endebles esperanzas. Miró a Alya con cara de perro degollado, luego de cerrar su bolso abatida.
Las expresiones de Marinette era tan obvias, pensó su amiga.
—¿Se te olvidó traer dinero? —se adelanta Alya, socarrona.
—Eh…
—Marinette siempre ha sido tan despistada —comenta Manon, degustando ya su helado de fresa.
—Lo siento —murmuró la despistada, poniendo sus manos sobre su regazo, cabizbaja—. Se quedó mi cartera sobre la cama.
—Elige un helado, Marinette —interrumpe Alya—. Descuida, yo pagaré.
Los ojos de ella brillaron cual firmamento.
—¡Te devolveré el dinero al llegar a casa!
—No quiero tu dinero, no te preocupes…
—¡Gracias, gracias, graciaaas!
Esa expresión de agradecimiento profundo le robó una carcajada a la morena. Le dio las gracias hasta llegar a la fuente, cinco metros más allá del jardín de dalias rojas y lirios blancos.
—Eres taaaaaan buena, Alya, en otra vida serás un ángel —Marinette unió las palmas de sus manos, cerrando sus ojos. Faltaba la aureola arriba de su cabeza para hacer el traje completo en santidad.
—No gracias —contradijo, botando el palito del helado en un basurero–. Creo que terminaría exhausta de trabajo al preocuparme por personas distraídas como tú.
—Auch.
Alya rió.
—Eso duele —se quejó Marinette—. He estado trabajando en ese defecto, ¿sabes?
—Dime cuando hayas empezado, porque de momento no veo progreso.
—Qué cruel eres, Alya.
—Mari, Mari —llamó Manon alejándose del grupo de niños con los que jugaba—. ¡Enséñame a hacer eso!
Marinette levantó la cabeza hacia donde Manon apuntaba y vio a una niña de melena chocolate que estaba de cabeza, sostenida únicamente por la fuerza de sus manos y brazos. A su alrededor había un gran grupo de muchachos asombrados por su habilidad y existía la razón, porque apenas transcurridos unos segundos, la niña impulso sus piernas hacia su izquierda y volvió a estar de pie, haciendo una perfecta rueda. Repitió varias veces el mismo giro, pero con distintos movimientos que le otorgaban una belleza única, cada uno siendo más complejo que el anterior.
Marinette quedó fascinada.
Tenía talento.
«Tiene talento», se dijo a sí misma.
—Huh… No creo que sea buena idea, Manon, se necesita practicar todos los días para lograr eso —advirtió la pelinegra, dándole palmaditas en la mollera a la pequeña.
—Entonces enséñame a practicar.
Alya miraba a la desconocida acróbata con curiosidad.
—La chica es muy hábil —dice de la nada—. Los niños son muy flexibles, Manon podría hacerlo sin duda.
—No me ayudas —siseó Marinette, impidiendo que la menor la oyera.
—¡Por favor! —volvió a suplicar, haciendo esa cara de cachorro.
Esa cara que derretía hasta los muros más densos de hielo.
—¡Oh, no, detente, tus ojos de cachorro no! —Mari se cubrió la cara, sintiendo que el corazón se le entorpecía ante tanta súplica inocente por parte de ella.
—¿Me enseñas, por favor?
—No, Manon, tu madre se enfadará conmigo si lo permito.
Un segundo después las mayores estaban en los pastizales; Alya sostenía a Manon de los tobillos mientras ésta estaba de cabeza, soportando su propio peso con sus manos y brazos. Mari miraba inquieta la situación, sin entender cómo cedió para el gusto de la niña; era una pésima cuidadora.
—No puedo creerlo, su madre me matará si la ve así.
—¡Es divertido! —Grita la pequeña—. ¡Mari estás al revés!
—Pues claro, si estás de cabeza. Ay, ten cuidado, ¿sí? No vayas a lastimarte…
Marinette se puso a su lado ante cualquier problema.
—¿Estás cansada, Alya? —preguntó ella, desde abajo—. ¿Quieres que sostenga yo a Manon?
—Tranquilízate. Estoy de maravilla, no estoy haciendo ningún esfuerzo ahora porque Manon es la que se mantiene sola, ¡qué genial eres!
Manon rió alegre, su pecho henchido de orgullo por su pequeño logro que sólo sería el primer paso para ser la mejor. Marinette esperaba ansiosamente el momento en el que se cansara y dejara ese entusiasmo de hacer piruetas. No podía estar en esa posición por tanto tiempo tampoco y ya era hora de marcharse, pero seguía allí de cabeza, intentando avanzar, soportando su peso.
Justo en ese instante se escucharon aplausos y Mari dirigió su atención hacia el estrépito, de brazos cruzados ya resignada a esperar. La chiquilla morena giraba sobre el aire botellas de vidrio que regresaban a sus manos morenas después de trazar movimientos parabólicos en el aire, al finalizar los padres de los niños le entregaron unas monedas y ella agradecía con palabras en una lengua extraña y dulce. No parecía tener más de doce años. Así que además de acróbata era malabarista.
«¡Qué brillante!», apreció Marinette; ni siquiera como Ladybug lograría tanto.
La artista sacó de su bolso cruzado en el pecho algunos panfletos y se los entregó a la gente que circundaba el área de juegos, luego fue a los pastizales y, de un segundo a otro, se encontró frente a Marinette.
—Hola, venid un día de estos, comenzamos el próximo viernes —sonrió perlas y Mari le pareció la niña más linda que hubiera visto. Le enseñó un panfleto de color verde y letras doradas…
—¿Eres del circo? —Inquirió Mari, recibiéndolo emocionada—. ¿Y sales en las presentaciones? Eso es muy admirable para tu edad, tienes un gran talento.
La niña frunció sus cejas confundida, abre la boca para decir algo, pero termina borrando sus palabras antes.
—No entiendes… —adivinó Mari al ver su semblante, la pelinegra negó con su cabeza y le puso una manito sobre la cabeza—. No te preocupes, ¡muchas gracias!
Esas palabras pareció entenderlas mejor, porque la muchacha sonrió e hizo una reverencia cirquera antes de marcharse con la elegancia y agilidad de una mariposa hacia otro grupo de personas. Las telas verdes que colgaban de sus pantalones holgados y acampanados se deslizaban por el pasto y los cascabeles amarrados en su tobillo izquierdo avisaban su llegada antes de estar presente.
—¿Qué te entregó? —Manon, ahora con los pies en la tierra y no con las manos, se le acerca y se pone de puntillas para leer el papel.
—Es un aviso del circo, su primera función la tendrán el viernes de la próxima semana.
—¿Es cirquera? —Alya apega su hombro al de Mari para intentar leer—. Y es un circo indio.
—¡Vamos! —pide Manon.
—¿A casa? —Se adelanta Mari—. Perfecto, excelente idea, Manon.
La pequeña hinchó sus mejillas por el adelanto de su cuidadora. La pillaron desprevenida.
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Nadja Chamack llegó con los pies hinchados y un hambre atroz a la casa de los Dupain, despeinada y sin ganas de escuchar los reproches y las incesantes peticiones de su hija por ir al circo de las tierras indias. La madre de Marinette era una experta para aliviar corazones agotados y levantar labios sonrientes con una taza de té, pasteles de frambuesa y charlas amenas. Estuvieron todo el resto de la tarde casi alcanzando la noche hablando, Manon dormía en la cama de Marinette por el cansancio del día, mientras ambas mujeres relataban los pormenores de decorar habitaciones, cómo comprar la mejor loza y cómo hidratarse en verano.
Marinette cubrió a Manon con dos frazadas más y dejó a Tikki, tapándola de Alya que estaba en el balcón, en la mini habitación que había hecho para ella en unos de los cajones de su escritorio.
—Buenas noches, Tikki —susurró.
—¿A quién le dices buenas noches?
—¡Ah! Alya, me diste un susto —Mari se llevó una mano al corazón, cerrando el cajón con suavidad—. Se lo decía a Manon.
—Manon está del otro lado.
Ups.
Su amiga era tan inteligente que las mentiras simplonas no resultaban con ella—. ¿Vamos afuera? Traje galletas.
Caminaron hacia el balcón y Marinette cerró las ventanas, la noche era cálida y la luna parecía una sonrisa ladeada que iluminaba apenas las calles adoquinadas de París. Había aún actividad en las calles y se escuchaba desde una imprecisa lejanía la melodía de un acordeón.
—Extrañaba esta sensación —comentó Alya, después de su segunda galleta y diez minutos de silencio—. Estaremos de vacaciones y llegarán turistas, las calles se verán más iluminadas y París tendrá más vida, ¿no crees?
Marinette asentía con la boca llena y los labios morados por el jugo de arándano. París gozaba de recibir turistas durante todo el año, gran parte de los ingresos en la ciudad dependían de ello casi en un setenta por ciento. No sólo la ciudad se beneficiaba directamente, sino también los negocios pequeños como ocurría en su caso. La única temporada donde bajaba un poco el turismo era en invierno, aunque siempre se topaba con gente de distintos países y regiones sacándose fotos, visitando los museos y las zonas más emblemáticas, pero no era lo mismo. El frío en París era prolongado y la nieve obstruía las calles; no era un panorama muy querido por los visitantes a excepción del día de San Valentín.
—¿Saldrás estas vacaciones? —pregunta la pelinegra, camino a su cuarta galleta.
—Iré donde mis abuelos, más allá de Loira.
—Oh, te divertirás más que yo —Marinette ríe y se lleva el dorso de su mano a la frente dramáticamente al estilo de los musicales de Broadway.
—¿No viajarás a algún lado?
—Creo que no —se encoge de hombros sin tomarle importancia—. Tú misma lo has dicho, aquí en verano se llena de turistas y a la pastelería le va muy bien. Quizá viaje por fines de semana, nada más.
—Te traeré un recuerdito.
—Gracias, Alya.
Se sonrieron y comieron en silencio, viendo el panorama lejano que ofrecía la torre Eiffel desde el balcón. Siempre le resultaría curioso a Marinette lo pequeña que se veía desde su casa y lo majestuosa que se imponía frente a ella cuando iba tras un akuma.
—¿Cómo vas con la exposición del castillo?
—Creo que bien, Nathanaël es muy creativo —dice Mari, con la boca completamente morada. Alya evitó reírse en su cara mordiéndose la mejilla.
—Con que le estás dejando todo el trabajo, ¿eh?
—¿Ah? ¡No, cómo crees! Nunca sería como Chloé —chilló escandalizada.
—Supuse que dirías eso. Ivan es muy creativo también.
—¿Ya habéis empezado?
—Ya terminamos —confiesa Alya, acomodando sus lentes que relucieron al decir esas palabras.
Marinette la quedó mirando boquiabierta.
—¡Eres asombrosa!
—Lo sé.
—Nathanaël y yo no hemos empe… —se interrumpió cubriéndose la boca con ambas manos al percatarse de lo que diría, porque no quería confesar que ni siquiera había comenzado la exposición del castillo. Seguramente Alya la sermonearía por su irresponsabilidad considerando que ya habían pasado tres semanas desde que le entregaron las instrucciones.
—¿Ah?
—No, nada.
Marinette se arrimó al barandal del balcón y alcanzó a ver a unas personas caminando por la orilla de la calle; un poco más atrás del grupo, había una pareja que conversaba ajeno al ruido circundante, la mujer tenía entre sus manos aperladas un narciso.
—Nathanaël está muy alto, ¿sabes? —murmuró Marinette de pronto, perdida en sus pensamientos mientras veía a la pareja de desconocidos perderse en la esquina de una calle adoquinada.
—¿Qué? —Alya se sentó en uno de los bancos que estaban escondidos entre los maseteros de orquídeas, se acomodó junto a Marinette, quien seguía de pie.
—Ha crecido mucho, ¡y está muy maduro!
La morena enarcó una ceja, observando a su amiga sin un ápice de emoción. Parecía más desconcertada que otra cosa.
—Pff… No me digas que recién te has dado cuenta.
—¿Huh?
—Todos los chicos en el salón han crecido, Marinette, es lo normal. Se llama pubertad —levantó las cejas con cierta picardía.
—Pero Nathanaël hasta hace poco era muy menudo… —se defendió.
—No sólo Adrien y Nathanaël han crecido, Mari —repuso la morena de manera burlona—. Ivan, Max, Kim, incluso Nino han tomado altura y anchura.
Marinette sintió como si una parte ausente de su raciocinio se rellenara en su mente, fue comparando a los muchachos uno por uno, recordando cuando recién habían entrado a la secundaria y cómo se encontraban actualmente. Y la revelación fue tal que se llevó ambas manos a sus mejillas.
—Tienes razón—exclamó.
—Sí —Alya se cruza de brazos y asiente con lentitud—. Creo que definitivamente no has tomado en cuenta mi consejo.
—¿De ser menos despistada?
—No, Marinette, de no dejarte guiar demasiado por tus sentimientos. Está bien que quieras a Adrien, pero no estés siempre fijándote sólo en él, no lo conviertas en el centro de tu atención —acomodó sus gafas—. Probablemente por eso no te percataste de que tus propios compañeros de clase han crecido y madurado. Tienes que ver hacia otros horizontes y no permitir que ese sentimiento que sientes por él ocupe toda tu vida o todos tus pensamientos.
La brisa primaveral meció los cabellos despeinados de Marinette, quien se hallaba repentinamente sin ganas de contestar. Apenas y pudo decir algo, porque las palabras de Alya resonaron en los espacios de su mente tan gentiles pero tan críticas a la vez que alcanzaron a dolerle. Le vino un sentimiento deprimente al corazón al entender que su amiga tenía razón y la sabiduría de su consejo deseaba su bien y no su mal.
Sin embargo ella creía que el amor que le profesaba a Adrien la llenaba por completo y no quería ver a otros muchachos, existía él simplemente. Y eso era suficiente. Los labios de Marinette titubearon en una trémula sonrisa.
—Lo que quiero decir es —volvió a hablar Alya por el silencio—. Se más cercana a nuevas personas, no te empeñes a agradarle únicamente a Adrien y convertirlo en tu único objetivo. Empieza siendo amiga de Nathanaël por ejemplo, después de todo poco sabes de él, ¿no?
Marinette afirmó con la cabeza, mirando hacia el frente.
Esa noche, después de despedirse de Nadja, Malon y Alya, sintió la desilusión removerse en su pecho.
Esa dolorosa desazón que le revelaba uno de sus tantos defectos.
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Si has llegado hasta aquí, ¡muchas gracias!
Como ven, aquí ocurrió el quiebre en la historia. Ay, qué emoción xd
Muchas gracias a las personas que leyeron y las que comentaron. Me emocionan ;A;
Espero que le haya gustado este capi, ya prepárense porque se vienen lo bueno xD
Nos vemos en el siguiente capítulo, en dos semanas más, por supuesto.
Respuesta para el comentario anónimo: ¡Hola! Muuuchas gracias por comentar, agradezco tu gesto con todo mi cora. Con respecto al avance de la trama, no sabes cuaaaanto me alivia que hayas dicho eso jaja, en serio. Pienso de la misma manera, a mí me fascina ese desarrollo lento y detallado, entonces no te das ni cuenta cómo han madurado los personajes, cuando se miran de otra manera y empiezan a extrañarse, ay, me emociono de sólo pensarlo. No sé si conoces la novela rosa, yo soy muy seguidora de ellas, leo muchos cuentos de amor, soy un cursi en secreto, jajaja. Y pues, han influido bastante en mí al momento de escribir un romance de inicio a fin. Ay~
Y con respecto al proyecto de Nathanaël y Marinette, uy, se vienen muchas cosas con eso. De veritas, de veritas. Bueno, te lo diría, pero sería quitar la magic jajaja Por cierto, ¿puedes poner tu nombrecito para llamarte de esa manera? ¡Un abrazo y gracias!
Bye, bye, nos vemos!
PD: ¿tomatazos, críticas, reviews, favoritos o follows?
También palazos (?) xD
