Gracias por seguir ahí…


Kyoya insistió en contratar un servicio de transporte, pero Haruhi solo le dedicó una mirada helada que él entendió perfectamente. Si no quería dormir solo, tendría que cargar cajas… Haruhi no quiso ni oír hablar de camiones ni furgones. La mudanza se haría al estilo plebeyo, a la vieja usanza. Es decir, se llamaría a los amigos para que arrimaran el hombro y se les devolvería el favor con unas pizzas y unas cervezas. Así que un domingo, bastante temprano, los chicos del club estaban cargando cajas. Era un espectáculo extraño, pues de sus coches caros y modernos no dejaban de salir cajas de cartón y bolsas enormes llenas de ropa.

La verdad es que unos ayudaban más que otros. Los gemelos ponían entusiasmo, Mori y Honey cargaban el doble que cualquiera de ellos, pero Tamaki tuvo que ser relegado del trabajo porque sus cajas siempre acababan en el suelo. Y Kyoya… Bueno, Kyoya se encargaba de la logística.

A ninguno de los chicos se le escapó que el apartamento de Kyoya tenía dos despachos y un solo dormitorio. Y una sola cama. No es que les sorprendiera, pues la relación de Kyoya y Haruhi ya no era un secreto, pero había en ella algo que faltaba. No se comportaban como novios enamorados, no hablaban de proyectos en común, tampoco eran afectuosos (al menos en público), y jamás habían dicho que fueran pareja. Nunca. A pesar de llevar al menos seis meses juntos, probablemente mucho más, según los cálculos provisionales de Tamaki, que fue el primero de todos en darse cuenta. Tamaki porque conoce a su amigo como nadie… Hikaru porque ha advertido en Kyoya el mismo brillo posesivo en sus ojos que él tuvo cuando se enamoró de Haruhi. Y Mori y Honey, bueno…, porque ellos siempre lo saben todo… Pero no, ellos decían que eran compañeros de apartamento. Ella les dijo que era por cuestiones de hipotecas y alquileres. Y no preguntaron más. Solamente Honey, cuando nadie miraba, cruzó la mirada con Mori. A su muda pregunta, el gigante hizo un leve asentimiento de cabeza… Sí… Porque todo el lenguaje corporal de Kyoya y Haruhi gritaba que sus cuerpos estaban acostumbrados a estar más que cerca.

Hikaru los había visto una vez. Fue una noche en la que estaban todos y fueron a cenar a un centro comercial para rememorar sus paladares plebeyos. Como Kyoya y Haruhi tardaban en subir del parking subterráneo, Hikaru bajó a buscarlos. En cuanto puso un pie fuera del ascensor, alcanzó a escuchar los gemidos suaves de Haruhi. Los encontró un poco más allá, en una zona en penumbras, desvestidos solo lo necesario. Haruhi con la espalda sobre la lujosa carrocería del coche allí aparcado y sus piernas envolviendo a Kyoya. Y Kyoya en ella, sosteniéndola de las caderas para que no cayera mientras se empujaba dentro de ella. Si alguna vez había tenido dudas sobre la relación que mantenían, ya no existían. Vio a Haruhi levantar un poco el torso y apoyarse sobre los codos para mirar cómo Kyoya entraba y salía de ella. Casi pudo verla mordiéndose el labio inferior cuando Kyoya aceleró el ritmo. A Hikaru se le aceleró la respiración y se excitó tanto con lo que vio que tuvo que darse vergonzoso alivio rápido detrás de un coche, con los gemidos de Haruhi resonando entre las paredes de cemento, antes de volver al restaurante y decir que no había podido encontrarlos…

Cuando la pizza y la cerveza se terminaron, los chicos se fueron y solo quedaron Kyoya y Haruhi, entre cajas y más cajas. Ella se puso unos pantalones cortos y un pañuelo en el pelo, y empezó la tediosa tarea de ordenar sus cosas. Y ahora sí. Ahora que no estaban los chicos para verlo, Kyoya fue llevando las cajas de libros, apuntes y expedientes al despacho que había sido acondicionado para Haruhi, mientras ella iba colocando en el armario su ropa. Cuando ya solo quedaban en el salón las cajas de menaje de hogar y de cocina, hicieron un descanso. Se derrumbaron los dos en el sofá, agotados. "¿Cómo lo ves?" preguntó ella. Al ver la ceja alzada en muda interrogación, ella precisó. "¿Te arrepientes de tenerme invadiendo tu casa?". Kyoya exhaló aire cansado a la vez que giraba los ojos en protesta. "Nuestra, Haruhi, nuestra casa". A Haruhi unas mariposas, salidas de quién sabe dónde, le revolotearon traicioneras cuando oyó las palabras de Kyoya. Nuestra casa. Nuestra. Y la realidad de lo que estaba pasando cayó sobre ella. ¿Compañeros de apartamento? ¡Y un cuerno! Ni siquiera ella podía creerse ya esa excusa. Se fue a vivir con Kyoya porque quería irse a vivir con Kyoya. Se acuesta con él porque quiere acostarse con él. Puede que todo comenzara con ese acuerdo mutuo, impersonal y práctico. Pero ella hace tiempo que había dejado de pensar en conocer otros hombres. Todo eran excusas. Sí, Haruhi se había estado engañando a sí misma con excusas para todo. Para salir juntos, para vivir juntos, para el sexo juntos. Para compartir la vida. Porque todo eran excusas... Ella quería estar con él. Y su cuerpo, su mente y su alma solo reaccionaban ante él. ¿Y su corazón? Ni ella misma lo tenía muy claro… Sabe que Kyoya no ve a nadie más. Solo está con ella. Solo con ella comparte su lecho y su vida. Solo con Haruhi.

Pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Kyoya tiró de ella y la acostó en su regazo. "Descansa", le dijo él, quitándole el pañuelo y peinando sus cabellos con esos dedos gráciles y elegantes. "Descansa", le volvió a decir, con la mirada suave, llena de algo que hizo que el corazón de Haruhi se acelerara. Sus ojos se abrieron todo lo que dieron de sí, cuando la respuesta llegó a través de los senderos de su memoria. Su padre… Su padre miraba así a su madre. Su padre, con los ojos llenos de amor, mirando a su madre. El amor derramándose en la mirada, tan fuerte, tan poderoso, que incluso una niña de cinco años es capaz de verlo y no olvidarlo… Haruhi se incorporó, con la cabeza dándole vueltas por tal revelación. Él frunció el ceño, extrañado de su reacción. "Tú me quieres", declaró ella buscando sus ojos. No lo preguntó. Lo dijo como una cuestión de hecho. Kyoya se envaró, desprevenido por el giro de la situación. No había previsto que esta conversación sucediera sino bastante más adelante, en un par de décadas, o quizás para cuando ya estuvieran esperando su primer nieto… "Claro que te quiero, Haruhi. Pensé que eso estaba claro", respondió él. Ella sacudió la cabeza con vehemencia, intentando encontrar las palabras correctas. "Sí… No… Lo que quiero decir es que tú me amas. Eso. ¿Tú me amas, Kyoya?". Él apretó los dientes, cuadrando la mandíbula, líneas duras marcándose en su rostro. "Desde siempre", dijo él, vaciando de aire sus pulmones. A Haruhi se le abrió la boca en mudo estupor y a Kyoya se le escapó una carcajada triste. "Oh, vamos, Haruhi. Tampoco es para tanto… No tienes que corresponderme ni nada…", "Pero Kyoya… Esto, esto lo cambia todo…", replicó ella subiendo el tono de su voz. Él la tomó de las muñecas para hacerla sentar de nuevo a su lado y le dijo: "No cambia nada. Nada en absoluto. Yo estoy bien con lo que tenemos. Mientras me quieras en tu vida, me basta". "Pero no es justo, Kyoya. No es justo para ti… Para ninguno. Yo… Yo no sé si… Tengo que irme…", dijo ella con la voz triste. "Escúchame, Haruhi. Y escúchame bien. No, no pienso dejarte ir. No tienes que sentirte obligada a corresponderme. No tienes que decirme nada… No tienes que decir esas palabras hasta que las sientas, Haruhi. Y solo si algún día realmente las sientes. No las digas hasta que sean verdad. Hablo en serio, Haruhi… Te daré todo el tiempo del mundo. Llevo años esperando por ti. ¿Qué más me da esperar un poco más?".

Y entonces la besa. Como siempre quiso besarla. Un beso que le dijera todo lo que sus palabras nunca dirían. A Haruhi un escalofrío le recorrió la espalda porque ella entendió el significado de ese beso. La ternura infinita y la entrega. Ohtori Kyoya entregando el alma en un beso, poniéndose en sus manos, para ser encumbrado o destruido. Las manos de Haruhi tiemblan cuando toma su rostro en sus manos y lo acerca más. Luego lo rodea con sus brazos y se deja llenar de ese sentimiento que la arrolla y la desborda. En algún momento, Kyoya la carga en sus brazos y van al dormitorio. La deposita suavemente en la cama —su cama, de los dos—, y lentamente empieza a desnudarla. Sus caricias sobre la piel desnuda hacen estremecer a Haruhi. La observa. Observa su cuerpo joven, con curvas plenas, redondeado en aquellas zonas que en la adolescencia no lo estaban. Las besa, despacio, casi como si las adorara. Y Haruhi se siente una diosa a la que rinden pleitesía. Unas lágrimas rebeldes se escapan de pura emoción desbordada y Kyoya las seca con sus besos. Después es Haruhi quien desnuda a Kyoya, despacio, recorriendo esas carnes firmes, no tan marcadas, pero definitivamente bien cuidadas. Haruhi dibuja con un dedo perezoso las líneas de sus músculos y a Kyoya la respiración se le torna lenta y pesada. Se tumban en la cama, frente a frente, y los besos lentos se reanudan. Kyoya suspira dentro de su boca. Haruhi se enciende cuando él la toca entre sus piernas. Ella siente el orgasmo cerca, muy cerca, pero es injusto. Así que retira su mano, coloca una pierna extendida entre las suyas y levanta la otra para dejarla plegada sobre su cintura. Kyoya baja y ella sube, y cuando él sube y ella baja, Haruhi ya lo tiene dentro. Están entrelazados, sus cuerpos enredados y abrazados, frente a frente, moviendo solo las caderas en esta danza antigua. Ella se pierde en sus ojos, desnudos y sinceros sin el cristal que los enmascara y por un momento se pregunta cómo pudo estar tan ciega. Kyoya. Siempre fue Kyoya. Solo puede ser Kyoya.

Haruhi grita su nombre cuando llega al orgasmo.


El tiempo pasa.

La convivencia no cambió mucho las cosas entre ellos. Seguían quedándose hasta tarde, enterrados en papeles. Él seguía yendo dos o tres veces a la semana con su cesta del almuerzo a la oficina de Haruhi. Y seguían yendo a los eventos sociales juntos. Como siempre. Como tantas veces antes.

Un martes, de madrugada, Kyoya ya ha terminado con sus expedientes y se va a acostar por fin. En el salón queda Haruhi, buceando como siempre entre papeles, repasando un caso importante que se decidirá mañana en los tribunales. Kyoya le trae una taza de café, humeante y cargado. Haruhi reacciona al aroma y levanta la cabeza para encontrarse con los ojos ónice de Kyoya y el café. Pero entonces algo pasó. Como aquella vez hace tantos años, en algún sitio se encendió una bombilla. Sus ojos, del color del chocolate, se abrieron en la comprensión total y absoluta de una verdad que nunca había sido verbalizada. Y con ese gesto, tierno e impensado para alguien que no conociera de verdad a Kyoya, mero reflejo de un sentimiento más profundo, su corazón se llenó de luz y la sonrisa se le ensanchó en el rostro. "Te quiero", le dijo. Por fin. Con sinceridad, con honestidad. De la misma manera que Haruhi decía todo. Sin mentiras. Y a Kyoya le da un vuelco el corazón en el pecho y se queda sin aliento. Entonces con mucho cuidado, deja la taza de café en esa mesita testigo de tantas noches en vela, apoya la mano izquierda en el respaldo del sofá, y luego la derecha, muy lentamente, dejando a Haruhi en medio. Sus rostros están tan cerca que sienten el aliento del otro mezclándose con el suyo. Kyoya roza su nariz con la de Haruhi. Una, dos veces. Y cuando ella mueve la cabeza buscando su boca, Kyoya va a por ella. La besa. La besa como aquella noche que ella descubrió que él la amaba, entregando el alma en cada aliento, haciéndola sentirse su diosa, su dueña. Su amor. Pero luego, cuando sus lenguas se entrelazan, la respiración cambia. Los besos se profundizan, se demoran en la boca del otro, sabiendo lo que viene después. Pero de pronto, Kyoya se detiene y se separa. A Haruhi se le escapa un gemido de protesta y frustración. Luego Kyoya le da un besito en la nariz y sus ojos ríen cuando le dice "Tienes que trabajar". Y se va y la deja allí.

Haruhi quiso estrangularlo…


Rozando las dos de la tarde del día siguiente, una Haruhi llena de determinación avanza casi dando pisotones con sus zapatos de tacón por medio de las oficinas del zaibatsu Ohtori. Entra en el despacho de Kyoya sin preguntar, dejando estupefacta a su secretaria, y cierra la puerta tras de sí. "Ohtori Kyoya. He ganado el maldito caso. Ahora si no te importa, continuemos donde lo dejamos anoche". Un reflejo brilló en sus gafas mientras sus labios se curvaban en la típica sonrisa del Rey Sombra. "¿Y qué me estabas diciendo anoche, Haruhi?".

La muchacha se lanzó a sus brazos.

Fuera del despacho, la secretaria de Kyoya tuvo el buen juicio de anular todos sus compromisos para el resto de la tarde.

- - FIN - -