3. Todos son quien son.

-¿Crees que vengan ahora?- preguntó Bill mirando a la puerta.

-Ahora no- insistió Yue Lie parándose, y bostezando como un gato. – Ya es de mañana. – No debiste desperdiciar tu precaria seguridad conmigo.

-¿Tenía elección? – preguntó Bill ayudando a levantar a Sookie, que seguía desconcertada. ¿Porqué alguien así la querría, entre las miles de hadas? Seguramente por lo que había pasado en Bon Temps. ¿Acaso era la única maldita ciudad de Estados Unidos donde todo lo sobre natural pasaba? No lo lograba entender. Con estas preguntas, se fue a trabajar al Merlotte´s, obviando, claro, el episodio con Lafayette, que juró no decir nada. Le hizo jurar que la vampiro china no estaba en su casa y que ella estaba en problemas. Ni siquiera a Sam pudo decírselo, no quería decírselo de nuevo.

Yue Lie no respondió. La servidumbre les dispuso el ala izquierda de la casa. Eric se acercó a la habitación.

-Si no te incomoda, quiero hablar con tu esposa- le dijo a Claude, que lo miró negligente desde el diván.

-Adelante, hablen- dijo Claude con su tono insolente de siempre. Yue Lie le dio un beso, y salió. Se sentó en la cama de Eric, inocentemente, y le sonrió con malicia.

-Sé que odias a Claude, por cosas en las que yo no estuve involucrada- dijo agarrando su mano, y dándole un beso en el cuello, con tono familiar.. – Pero tienes que saber que el es la persona mas parecida a mí que conozco. El puede hacerme daño, Eric.

-No pensé que fueras de las que se casan. Nunca lo fuiste.- dijo el, pensando que siempre había algo, a través de los siglos, que terminaba por decepcionarlo.

-Yo creo…- dijo abrazándolo por detrás- Que estás celoso de que me haya enamorado en verdad. Que haya alguien ante quien pueda ser vulnerable.

-¿Tanto lo amas?

-¿Tanto amas tu a Sookie Stackhouse?- preguntó ella oportunamente. El se molestó ante su pregunta. Pero era lo natural.

-Ella vio quien era yo desde que murió Godric. Tu lo sabes bien. O no, no lo sabes. NO estuviste ahí. Pero ese no es el punto- objetó el.

-Me enteré de lo que pasó en Dallas, Eric. Sé lo mucho que te debió haber dolido. Pero seguramente no habrías contestado mi llamada- dijo tomando su mano.

-No me mientas, Yue Lie. Tu siempre lo consideraste débil.- dijo el con escepticismo.

Yue Lie lo admitió. Lo miró a los ojos. El sabía leer su pensamiento, porque conocía demasiado bien su perversión.

-Pero tu lo querías.- se defendió ella. - No puedo condenarte, yo amé a Kees por años. Además, Godric era diferente, a su manera. Era mi hermano, a fin de cuentas. Y esta chica, también lo es. No es una tonta. Está lejos de serlo. Es simple, pero no es tonta. Eso lo puedo ver.

El se le puso encima, rápidamente. Ella se dejó. Sonrió.

-Pasamos muchas noches cogiendo tu y yo. Muchos momentos cogiendo, y luchando. Me enseñabas, y yo te follaba. Ese era el trato. Yo mataba por ti. Tu matabas por mí. Nos funcionaba. Me encantaba hacértelo, en todas las formas.- le dijo Eric, acariciando su rostro.

-Si…

Se besaron. El metió la mano debajo de su camisón, repetidamente, y ella comenzó a gemir. Ella le quitó la bragueta, y el la embistió fuertemente. Ella se tapó la boca, gimiendo en voz baja, y el bebió de ella, así como ella de el. Así duraron varios minutos. Hasta que ella se posó encima, y clavó sus dientes. El se retiró, molesto.

-Es por Claude, ¿verdad?- preguntó sin alterarse.

-También. Y porque sé que no te preocuparías por nosotros de no ser por algo más, ¿no es así?.- razonó. Yue Lie asintió, complacida porque la capacidad de razonamiento de Eric seguía intacto, ante sus acciones.

-Es algo más. Sé por alguien, y sé que no perdonarás su vida, que has estado traspasando tu fortuna fuera de este país. Has comenzado a vender tus bienes. Y no te has ido a China por viajes de negocios. Por eso te persigue la Autoridad.

El no se inmutó ante la rápida arremetida de ella, que tenía clavada una uña en su cuello. Lo soltó.

-Soy el vampiro mas peligroso del mundo, Eric Northman. Puedo matar a Russell si quiero. He matado a los mas antiguos de bando y bando, durante siglos. Y sigo entrenando para que nadie me haga daño por lo que sé hacer mejor, y me gusta.- le susurró, trémula. – Por eso me busca la Autoridad. Me temen y buscan destruirme. Pero saben que si llegan a imponer un nuevo sheriff en San Francisco, ante solo esa acción, su maldita cabeza se delvoverá en una caja, y la ciudad dará una guerra sin cuartel. Yo entreno soldados. Vampiros fuertes. Protegeremos lo que tendremos. El Barrio Chino no será su blanco.

-Eso ya lo sé. Pero sabes algo más. O no nos pondrías en medio de tu guerra contra la Autoridad.

Ella se paró al frente de el, y suspiró.

-Sigues siendo un buen alumno. Pero mi palabra no tiene valor ante ti…

-¿Qué esperabas? No impediste que tu hermano se inmolara- dijo el, refiriéndose a su desidia por la muerte de Godric. – Preferiste vivir tu vida de ensueño con ese bastardo traidor de Nueva York, a preocuparte un minuto por lo que pasaba a tu alrededor…- le reprochó. Ella volteó los ojos. Comenzó a exasperarse, y a pesar de ser tan pequeña, lo ahorcó con una mano.

-"Ensueño"- dijo furiosa. – Ensueño…- dijo, y lo soltó. – Tomó una espada de plata, y el pensó que iba a reaccionar de la manera predecible, pero entonces no pudo ocultar su sorpresa al ver que ella se la clavaba en el vientre, y no explotaba en una masa sanguinolenta. Ella seguía incólume ante lo que invadía sus entrañas. Y luego la retiró, y salió un montón de sangre de su vientre, pero Eric vio como la herida se cerraba al instante.

-Que demonios…

Ella tiró la espada, y respiraba fuertemente.

-No pueden hacerlo ni con balas, ni estacas. Claude tuvo que recogerme muchas veces en pedazos, en China, donde me destruí varias veces para conseguir esto. En Asia nos estamos entrenando, Eric. No vamos a seguir el juego de la maldita Autoridad ni de los sanguinistas. Volveremos a los tiempos de antes, pero no seremos piezas de nadie.

-¿De qué estás hablando?- preguntó el intrigado. Ella había acabado de delatarse.

-Haz lo mismo que yo. Ya estás involucrado, así que no te sorprendas si vienen por ti. La quieren a ella. Y vigilan todo. Los que han mandado a San Francisco mueren, pero aquí no sabes quienes son.

El se quedó pensativo. Todo encajaba. Ella no había estado en Dallas porque estaba en China. Lo sabía desde que revelaron el secreto de los vampiros ante el mundo. Ella le había manifestado que nunca había sido partidaria de ello. Como si se hubieran borrado las persecuciones en la Antigüedad, y Edad Media. Y era verdad. Tampoco había detenido a Russell: Se estaba haciendo mas fuerte. Como siempre la conoció. Su ambición de poder no era política. Su poder era ser lo suficientemente libre como para no temer a nadie. Y luchar hasta el infinito.

-No habría podido detener a Godric- dijo, mirando su rostro, y limpiando la espada de plata. – El fue el mejor de los hijos de mi creadora. El que mas amó. Pero yo siempre fui el Dragón Envenenado, el que lleva la pelea en si misma. Por eso he sobrevivido, pero ya sé pelear.

-Tradúcelo- la exhortó Eric. El sabía que ella a veces se expresaba con medias palabras.

-Que Godric tenía razón. Y no sé lo que pueda pasar, pero no trabajaré mas para la Autoridad, ni para los sanguinistas, ni para el Gobierno. Todos cometerán errores, y yo estaré en el medio, y tu también. Esto solo ha comenzado.

- Le das la razón a Godric luego de que lo despreciaste, y luego de que te burlaste todo lo que el construyó- le recordó. – Que interesante- ironizó.

Ella sonrió, y lo besó en la boca.

-Tu eres un buen vampiro, Eric Northman. Antes fuiste un buen vikingo. La maldad no va en ti. No puedes corromperte, tienes conciencia. Duérmete… -le susurró.

El la volvió a besar.

-Hablemos de Claude.

-No. Tu lo odias, y yo lo amo. El está dispuesto a aceptar muchas cosas que tu no podrías ver en mí. Por eso me casé con el.- dijo besándole el hombro.

- ¿Te golpeará cuando regreses a la habitación?- le preguntó, prediciendo lo que iba a pasar.

-Sabes que sí. Con toda su rabia, pero me encantará- dijo picándole el ojo.

Eric le sonrió levemente. Ellos habían sido compañeros, pero el nunca habría tolerado estar bajo el dominio de nadie, así fuera de alguien mas poderoso que el, y quien le había enseñado a matar de diversas maneras.

Samarcanda, 1645

Eric miraba con cautela al montón de mongoles, árabes, indios y otros mercaderes que exhibían sus mercancías en un mar de brutal esplendor. El esplendor de las mezquitas y edificios era tal y como lo recordaba, y en medio de los olores a especias, camellos, excremento, sudor y sobre todo, a incienso, recordaba que no debía dar cuenta de su presencia a cualquier loco de su especie que habitara la ciudad.

Era la primera vez que iba tan lejos de donde había vivido, de Europa entera. Luego de infinitas e incontables guerras, esta parecía en paz, pero su pestilencia rancia y su esplendor construido sobre las ruinas de lo que conocía, lo habían hastiado.

Se sentía extraño. Sabía que era uno de los pocos hombres blancos caminando en ese mercado. Y de repente, como en un zumbido, los sintió. Eran tres. Estaban vestidos de modo oriental. Se confundían entre la gente, los idiomas, los olores. Pero lo estaban siguiendo.

No pudo ignorarlos por mucho tiempo. Ellos se le acercaron rápidamente. Tenían tez morena, y uno de ellos tenía ojos alargados, como casi todso ahí. Eric se dio cuenta de que estaba ya en territorio peligroso. Demasiado tarde.

-Vikingo- dijo uno en una lengua que Eric no conoció. Era la que se oía mayoritariamente en el territorio, y que mucho después entendería que era el mongol. Notó con desprecio las risas malévolas de los otros, y comprendió que ellos, tan débiles, no podían amedrentarlo. Tenían un líder.

-Bueno,¿ y dónde está? – les dijo en su lengua nativa. Ellos tampoco lo entendieron, pero uno le habló en inglés.

-Señor… nuestro amado Dong-Pao-Li desea verlo… ha visto que es usted un vampiro fuerte, y todo de nuestra especie que habite en Samarcanda debe pagarle un tributo…

-No vengo a alimentar a bufones patéticos. Lárguense- les respondió. Ellos sacaron de inmediato los colmillos, y solo gritaron de horror, y de furia.

-Pronto vendrá por ti, blanco bastardo- lo maldijeron.

El no dijo nada, y en una semana, no vio a ningún otro vampiro cerca de donde se quedaba. Sin embargo, no estaba confiado. Y eso pasó: Acababa de alimentarse de una pobre mujer y sus pequeños muertos de hambre, y esquivó una cadena de plata. Pero entonces, sintió una mano rápida, semi-quemada, que lo acorraló, y comenzó a enterrarle sus uñas de plata en el cuello. Y luego, no sintió nada más.

Cuando despertó, se hallaba dentro de un fabuloso palacete. Habían bellas mujeres vampiro que se alimentaban de esclavas cubiertas en oro. Hombres fornidos penetrando a jovencitas, y vampiros mongoles, sucios y greñudos, alimentándose de otros. Vampiros orientales, hindúes, árabes, viendo a una bailarina danzar, que pronto era arrastrada para ser alimento de todos ellos. Y un trono, donde esa misma mano quemada, la ostentaba el desagradable líder, Dong Pao Li. Bigotes grasientos como su cabello, mirada lasciva. Dos mujeres que se alimentaban de su mano, y que el tumbó.

-Suficiente. Ya despertó- dijo levantándose. Se acercó a Eric rápidamente, y con amabilidad. Lo mró lascivamente, pero con desprecio a la vez.

-Por fin vino el adorable vikingo. Hijo de Godric, hasta donde dicen las leyendas- dijo en inglés chapuceado. Eric se enfureció. ¿Cómo era posible que Godric fuera conocido en ese lugar barbárico?

-Dime como lo conoces. – le respondió nervioso. No había sabido de Godric en años.

-Su madre es una leyenda. Es la que pretende controlar todo el maldito territorio que ves acá y allá. Dicen que ha muerto. Otros dicen que es extremadamente poderosa… y que con solo mirarte te arranca la cabeza. Lo que yo haré, claro- dijo el ayudándolo a levantarse, y examinándolo minuciosamente. – Si no pagas mi tributo.

Eric lo miró desagradado. Sabía para donde iban las cosas. Sin embargo, se atrevió a preguntar.

-¿Y qué desea?

-A ti. Quiero que seas mio ahora mismo- le susurró, mientras acariciaba su cabello. Eric se retiró. No le atraía en lo absoluto. Podría pagar el tributo si el o la demandante lo atrajeran animalmente. Pero este no era el caso, las horribles quemaduras de Dong Pao Li lo desfiguraban. Y sus rasgos no lo hacían mas agraciado.

-Te daré otra cosa. Mi oro. Y me iré hoy mismo de la ciudad- le dijo.

-Eso o nada, vikingo. ¿Cómo te llamas?- le preguntó con voz imperiosa.

-Eric Northman.

-Como sea… eso, o sabes lo que pasará.- dijo, y le dio un beso en la mejilla.

Eric iba a pedir un plazo, mientras pensaba en un plan. Así se lo manifestó a Dong Pao Li, que solo sonrió juguetón. Lo encantaría con sus placeres, y ese bello blanco, tan extraño en Samarcanda, su territorio, sería suyo.

Luego de que poseyó a una de las esclavas, la mató, y estuvo en la orgía, se retiró. El palacio no tenía ventanas. Siempre era de noche allí. Seguro estaba retirado de la ciudad, para no molestar a las autoridades. Estaba embebido, no sabía como quitarse a tan poderoso vampiro de encima. Aquel que lo obligaba a alimentarse de criaturas opiáceas.

Con la cabeza dando vueltas, no hizo caso a lo que le parecieron ruidos extraños. Cerró sus ojos. Pero luego de un rato, un chillido femenino lo despertó. Salió de su celda, molesto por el ruido, y de pronto vio a varios de los mongoles hechos una masa sanguinolenta. Mas gritos, gritos de batalla, y luego de muerte. Entonces, esquivó de repente un dardo, que dio en una de las mujeres de atrás, que se deshizo con un grito. Era de plata. Y lo había lanzado una menuda figura, totalmente vestida de rojo, con un complicado peinado, y con dos espadas. Se maravilló con lo que vio. Nunca había visto pelear así a alguien, con volteretas, patadas, puños, saltos rápidos, y movimientos perfectos de espada, que jamás se le hubieran ocurrido. Segaba la vida de vampiros como si fueran trigo. Podía ver la masa sanguinolenta expnadirse aquí y allá, mientras ella iba por las escaleras, y los zaguanes.

Pronto, vio como esta lo cercó, y clavó su dedo en su espalda. Sus pulmones se contrajeron. Sus músculos no respondieron. Y con furia, comprendió que había sido paralizado.

-¿Es esto tuyo?- preguntó la criatura a Dong Pao Li en chino, según lo entendió después.

-Déjalo donde está- dijo este mismo furibundo, pero la criatura, que resultó ser una joven mujer, de bonitos rasgos, boca bien formada y ojos grandes, pero de mirada fría , al mismo tiempo que vivaz, solo sonrió despectivamente.

-Le das asco, Dong Pao Li- le respondió en chino. – Este- dijo tocándolo – Preferiría meter su pito en un tubo de plata antes que tocarte un pelo.

-Maldita perra. Vas a pagarlo. ¿No te bastó con que casi te cortara esa pequeña cabeza insolente hace cuatrocientos años? Verdad, los bastardos no aprenden…- dijo burlón, con su espada en posición de ataque.

-He entrenado y vengo por venganza.- respondió ella, también apuntando la espada a Dong Pao Li. - Nadie me la impedirá. Y la ley así lo dicta. Ahora bien, Musharraf me ha enviado a destruirte. Samarcanda será suya. Dice que es hora de que un vampiro mas justo debe controlarla. No un cerdo con delirios de grandeza como tú.

-¡Al diablo con Musharraf! – escupió Dong Pao Li. – Se cree el mas sabio de las sanguijuelas musulmanas, pero es un cerdo hipócrita. Y se cree mucho porque es hijo de quien tu dices ser progenie, perra.

-Allá tu si no me crees. Ella misma nos entrenó.- dijo ella con un gesto infantil, despreocupado.

-Basura. ¡No lo toques!- chilló Dong Pao Li, que veía como Yue Lie seguía acariciando lso brazos de Eric, que la miraba divertido. Pronto cruzaron sus ojos.

Yue Lie le habló en todos los idiomas que conocía, hasta que acertó con el inglés.

-Oh. Habla como los britanos. – dijo ella. – Adorable, ya no olvidaré el idioma. Dime, ¿te gusta este sujeto?

-No.- respondió Eric sinceramente.

-¿Quieres que te coja?

-No.- dijo levantando sus cejas.

-¿Preferirías coger conmigo?- le preguntó insolentemente.

-Por supuesto- bufó burlón Eric. No sabía a donde quería llegar ella, pero le gustaba el juego. Contrastaba su vulgaridad infantil con su magistral perfil de guerrera.

-¿Ves?- dijo ella bajando la espada. – Me prefiere a mí. Así que no te preocupes, a excepción de unos tesoros, entregaré todo a Musharraf, pero el es mío- dijo en chino, señalando a Eric con la espada. Este estaba igual de asustado, pero prefería mil veces a la bella insolente que a ese cerdo de Dong Pao Li, a pesar de que ese idioma que escuchaba por primera vez en su vida, le sonara horrible.

-¡Puta! ¡Mátenlos a los dos!- gritó Dong Pao Li. El sintió de repente los dedos de ella en su espalda, y el peso de un hacha de plata.

-No hay escudo. Prepárate- dijo mirándolo con advertencia. Vio una horda de vampiros dispuestos a aniquilarlos, todos vestidos de igual modo, y uno de ellos lo hirió en el brazo, clavándole uno de los dardos. Le arrancó la cabeza. Blandió el hacha indiscriminadamente, matando sin piedad, pero no podía dejar de concentrarse en ella, y sus giros, acrobacias, y como los que quedaba de cualquiera de ellos se confundía con su roja túnica, que parecía un velo al viento. Ahora iba como en un torbellino y mataba a tres.

-¡Blanco!- le gritó en inglés. - ¡Sigue!- lo exhortó. El lo hizo, y cortó la cabeza a uno. Ella asintió. Pronto, se quedaron espalda a espalda, viendo que ya no había nadie a quien matar. El sintió que su brazo se quemaba, y cayó al suelo. Una astilla de plata: El dardo. Ella lo examinó.

-Quédate ahí- le ordenó. – Luego te curaré eso.

-Yo puedo solo- le dijo levantando las cejas.

-Apuéstalo. – dijo, y levantó la espada, apuntando a Dong Pao Li.

-Ahora iré por mi venganza. Mataste a Fai Fai Wen y debes morir. Solo así su sangre será vengada.- le dijo en mandarín, trémula. Dong Pao Li se rió, despectivo.

-¿Sabes en cuánto he incrementado mi poder? Ahora soy el mas poderoso de esta región. Tengo seiscientos años mas que tu. Y he entrenado…

-Bebiendo y engordando como un cerdo. Seguro- se burló ella en chino.

El aventó su espada contra ella, que la esquivó yendo al piso (Eric se sorprendió al ver que no despegaba sus pies del piso, y sin embargo se acostaba), y blandiendo su espada rápidamente, en un movimiento que Dong Pao Li esquivó. Ella esquivó varias estocadas, y el vikingo vio como volaban, siendo testigo de como los dos iban al piso lanzados por el otro, y reanudaban la pelea. Ella comenzó a hacer un torbellino, entre los gritos de pelea de los dos, con sus piernas, y lo tomó del cuello, aplastándolo. El la hirió, y el olió la carne chamuscada, comprobando así que las espadas eran de plata. Debían de estar locos, pero sabía que no era tan ilógico: Ese era el único modo de acabar con un vampiro.

Ella se retiró, y lo miró sonriendo.

-¿Es todo lo que puedes hacer?- dijo mirando su herida.

-Ven y pruébalo, puta- respondió Dong Pao Li. Siguieron peleando, y entonces, ella lo pateó, y puso una cara de su espada en la parte que no estaba chamuscada.

-¡Esta es tu marca final, cerdo!- le gritó, y el la empujó de un manotazo, que hizo romper toda una pared. El gritó, y tomó a Eric de rehén, que solo volteó los ojos. Ahora le repugnaba aún mas Dong Pao Li. Aparte de horroroso, era cobarde, y sucio.

-Ven por tu premio, perra. Igual, no será tuyo. Vamos… ¿dónde estás?- comenzó a provocarla. Eric sintió el pésimo olor de su sangre, y quiso no vomitarse, ya mareado de furia y por la herida del dardo de plata incrustado. –Vamos…¿quieres que este también grite al igual que tu amante hada? ¿Que grite de dolor, al ver como sus coyunturas quedan expuestas al aire libre, como hice con tu amado? Vamos, palomita…

Siguió provocándola, pero ella no aparecía. Eric sintió entonces como la plata se iba enterrando en su espalda. El dolor de mil puñales combinados con fuego. Maldijo a la bella luchadora, quisá ya estaba muerta.

Entonces, sintió el montón de masa sanguinolenta caliente cayendo sobre el. Se volteó horrorizado, asqueado y envuelto en sangre. La vieja espada china estaba en el piso, y ella, también untada hasta el tuétano, tenía una expresión helada. Era su paz, así lo indicaba su respiración controalda, pero entre cortada. La espada estaba donde justo terminaba la línea del cuello de Dong Pao Li. Y en su otra mano, había una uña de plata, justo antes de la parte de arriba de su espalda. Se había vengado.

El no le dijo nada, pero perdió la conciencia. Cuando despertó, la vio sentada, con su vestido chino, mirando la espada que antes había sido del dueño de Samarcanda. La examinaba con cierta tristeza. El ya no sentía dolor.

-Gracias.- le dijo, para indicar que estaba ahí. Ella se levantó, y dejó la espada clavada en el piso.

-Lo que te hizo Dong Pao Li no te permite cazar por ahora. – le dijo en inglés. – Traerán a alguien para ti.

-Dime tu nombre- dijo el observándola.

-Yue Lie. – dijo ella, que se cortó la muñeca, y le ofreció su sangre. El bebió ávidamente, y solo se fijo en su rostro de muñeca, tan glacial. Apenas el se recuperó, solo posó su mano en su rostro.

-Eres la criatura mas dura que he conocido. Y tienes una belleza demoniaca…

Ella siguió mirándolo con la misma expresión, y lo besó.

Es difícil seguirme. Ahora descansa…

Luego de unas noches, pudo mantenerse en pie. La veía entrenar con los mismos vampiros que le habían traído a uno de los miserables con los que se había alimentado. Era rápida, invencible.

-Largo- les dijo a todos. Apuntó la espada hacia el, que también la tenía de igual manera.

-No debes temer a la plata. Ataca.

El lo hizo de manera rápida, y ella, con dos estacadas, le hizo soltarla.

-Levántala.- le ordenó. El lo hizo, y siguió atacando, pero ella le hirió en el pecho. Lo intentó muchas veces mas, hasta que ella tiró la espada.

-Si piensas ir hacia Xong-Guo, estás loco. No sobrevivirás. Morirás bajo el filo de una espada de plata antes que puedas pisar el maldito Palacio Imperial.

-Dime que puedo hacer- le dijo levantando una ceja, en el piso.

-Ya veremos- dijo, y se retiró. Así pasaron tres meses. Una noche, la empleada humana se presentó en su habitación. Yue Lie entró, vestida como una buena hija de casa china.

-Hablaremos de negocios. Siéntate.- le dijo.

-¿Y bien?

-No duraré en Samarcanda. No es donde pertenezco, y pronto tendré que entregar la casa. Me devolveré a la mía, en la Ciudad Imperial.- dijo, y entonces le trajeron una jaula con ruiseñores. El vio con una leve sonrisa, la belleza de su gesto: Susurrar e hipnotizar a los pajarillos, y así matarlos sin dolor, y servir su sangre caliente en fina vajilla china. Le pasó el plato, y el bebió.

-Te acompañaré hasta mi país. Irás conmigo. Ahora tienes libertad de irte, y podrás devolverte. Pero te he tomado aprecio- le dijo bajando la cabeza, con una leve sonrisa. El también sonrió.

-Hay un precio, ¿verdad?

-Pagarás el mismo precio que te exigió Dong Pao Li. – dijo, y dejó encima su taza de té.

-¿Es todo?- le preguntó, cruzándose de brazos.

-Me enseñarás todo lo que recuerdas de tu vida. Serás mi esclavo.

El la miró fríamente, y se acercó hacia ella, y tomó su rostro. Le encantaba su delicadeza, y a su vez su incontrolable furia e impiedad en la batalla. Tiró la vajilla, y la acorraló contra la pared. Ella lo seguía mirando trémula, y lo besó. El rasgó su vestido y la poseyó con furia, ahí mismo. Ella solo clavó sus uñas en el, y apretó los dientes.

-Acepto…el trato- le susurró al oído, ya en el lecho. Ella le sonrió, y le dio un beso. Así comenzó su relación, y solo 10 años después se dejarían por mutuo acuerdo.

Ella le enseñó a combatir, y el se maravilló de esa tierra legendaria a la que ninguno de su pueblo se acercó nunca. Los grandes picos, los inmensos ríos y templos. Peleaban en las cimas de las montañas, como los antiguos dioses de Asgard, y ella era una maestra inflexible. Pero el aprendió a combatir sin piedad gracias a ella. La vio destruir con sus propios ojos a vampiros mas antiguos que ella, con solo clavar su dedo y hacer explotar su corazón. Pero el sabía que ella jamás le compartiría todos sus secretos.

Y ya en el presente, el pensó que los dos seguían siendo los mismos. Pero el comenzaba a tenerle un odio sordo, porque ella había sucumbido y de manera fatal ante uno de los vampiros que mas odiaba en el mundo.

"El también lee la mente" pensó Sookie, al recordar cuando Yue Lie le había expuesto sus pensamientos. El le hizo comentarios familiares, y ella no entendió como no se volvió loca con todos los pensamientos al tiempo. Los de Bill, preocupado por la inminente invasión de chinos locos a su casa, los de Eric, pensando en cómo había matado a Terry van der Rihn (el le cortó la cabeza), los de Jessica, que no podía creer que esa jovencita estuviera tan loca. Solo la guardia callaba: Yue Lie los había entrenado bien.

"No me digas que así es que controlas tus dones, hada camarera" le dijo el de manera bastante ruda. Ella pasó saliva, y lo miró a los ojos. El seguía con su helada expresión, y su mirada de superioridad.

"Vete a la mierda, aristócrata amanerado e imbécil, o lo que seas. No me llames de ese modo. ¿Cómo sabes que los estoy escuchando a todos al tiempo?"

Claude siguió inexpresivo.

"Eric piensa en la pequeña cabeza de Terry van der Rihn. Bill piensa en ti. La deseable pelirroja se pregunta cómo mi esposa puede aplastar cabezas con dos dedos, y la guardia está callada. Menos Pay Wang, que acaba de pensar que tu vestido es barato"

Ella miró a Pay Wang, la rubia sobre maquillada, con un traje finísimo, que parecía del estilo de los años 80.

"Me lo dice ella"

Claude pasó saliva, lo que indicaba que iba a reírse. Pero ocultó su risa.

"Bien. Debes aprender a controlar lo que entra y sale de tu mente o enloquecerás. ¿Para qué usas los rayos que salen de tu mano?"

"¿Cómo sabes eso?" – le preguntó Sookie. – "Ni siquiera lo he pensado".

"Te lo contaré en otra ocasión"

Ella pensó que tal vez el también tenía sus poderes. ¿Y si quizás también era un hada? Imposible. Los vampiros no podían ser hadas. Pero había pasado de todo. Durmiendo tres habitaciones al lado de Yue Lie no se sentía segura. Se sentía incómoda por la conversación. Y pensaba en Tara y Laffayete. Y maldijo que seguramente no podría ir a Merlotte´s en la mañana. Y también pensaba en Bill y Eric. Ellos dos la amaban. Y ahora los unía otra vez, porque querían su sangre. ¿Cuándo no querían su sangre? Pero ellos habían visto algo más.

También pensaba en la historia de Yue Lie. Ella había matado a quien la había amado por traición. Todo por miedo a perder su territorio. Prefería ser una camarera y no preocuparse por nada: Por lo menos se sabía amada por como era.

Barrio Chino- San Francisco, 1957

-Ni hao, señor Northman. Espero haya tenido una bella estancia en San Francisco- dijo la mujer china en la tienda de recuerdos de la entrada de uno de los edificios. Eric no se conmovió al ver a la mujer que había saludado hacía 20 años, ya mas madura. Tenía un qipao discreto, pero lo miraba como si lo leyera la mente. Le pasó un papel.

-Gusto en verlo, señor Northman- le dijo con su acento chino. El se dirigió a cinco manzanas, al restaurante de Shi Wu, "El dragón azul". Entró al lugar, y encontró a varios hombres chinos, de traje, que lo miraban mal. Pero uno de barba, susurró, y todos hicieron reverencias de inmediato. El hombre de barba lo reconoció, y Eric a este: Era el segundo de Yue Lie, Chow Kai –Hui.

-Mamá Li Bao pregunta si no le incomodó su viaje.

-Dile que esa es una pregunta estúpida.- respondió Eric con arrogancia.

Chow sonrió levemente, acariciadno su barba.

Ella dijo que usted diría eso. Solo quería saber si seguía siendo el mismo. Por cierto, le manda sus saludes a Pam, si me entiende- dijo levantando las cejas. Eric entendió. En su última visita a San Francisco, Yue Lie había querido conocer a la nueva hija de su antiguo amigo. Y no tardó en llevarla al lecho, y beber su sangre. El, claro, pudo participar, y de qué modo.

Chow lo condujo hacia un laberinto de pasillos. Golpeó tres veces, y dio una clave en chino. Dos empleadas abrieron. La salita parecía una pequeña corte decadente de la Ciudad Prohibida. Una mujer madura en qipao, pintaba las uñas de la mano de Yue Lie, que estaba tumbada sobre un diván pastel, con un peinado muy elaborado y un qipao menta que resaltaba sus formas. Otra, simplemente, le presentaba otros qipaos, y ella los escogía. Todo un espacio agotado en su lenta, y ceremoniosa decadencia. Había alguien que tocaba el laud chino, en la esquina. Un joven de rostro hermoso, pero corrupto.

-Es todo. Lárguense- ordenó Yue Lie, y todos se levantaron ceremoniosamente, y se retiraron por puertas ocultas en la habitación. Miró hostil a Eric, para luego sonreírle.

-¿Te gustan mis preguntas estúpidas?

-Admito que me entusiasma mas lo que acabo de ver. Te encanta quedarte en el pasado, ¿no es verdad?- la cuestionó. Ella miró sus uñas pastel, y suspiró, tumbada en el diván.

-Mucho.

-¿Y tu holandés llorón?- preguntó Eric sentándose a su lado, y colocando una mano en su pierna. Era Kees, a quien siempre había despreciado por su debilidad. Pero Yue Lie adoraba sufrir por el.

-En Nueva York, con una nueva concubina.- dijo mirándolo significativamente. El la miró burlón.

-Te mueres de odio… y celos…-dijo besando su pierna. Ella levantó levemente sus comisuras.

-Quiero divertirme, Eric. Hace mucho rato estoy trabajando.

-Se nota. – dijo el, acercándose a sus caderas. Ella lo atrajo, y lo tomó violentamente del cabello. El simplemente, sacó sus colmillos y abrió su boca.

Poco después, el se encontraba encima de ella, embistiéndola, mientras ella lo miraba con la misma expresión, y mordía su cuello. La sangre manchó su inmaculado qipao verde menta. Ella lo abofeteó, y el tomó su mano y bebió de ella, mientras ella terminaba de gemir. Se quedaron abrazados, mirando el techo de la estancia.

-Acompáñame a Nueva York. Te pagaré lo que tengas que ganar en tu negocio, en esos días- le dijo.

-¿Porqué no me pagabas por matarla, y ya?- le preguntó Eric, adivinando sus intenciones. Ir a Nueva York a matar a Kees y a su amante, si no que la amante primero.

-Quiero verle la cara. Y no quiero estar sola para cuando lo haga –le dijo, mirándose en el espejo. El miró hacia abajo.

-No es por dinero. Pero te debo una, ¿no?

-Yo te la debo. Espantaste muy bien a Lorena. Yo habría bañado en sangre a todo ese burdel-le recordó, en el episodio que siguió a la creación de Pam, hacía décadas. Ella estaba recién llegada a San Francisco, y aún no controlaba la ciudad.

-Yo te debo una, o muchas. Siempre que he querido, desde que te conozco, has matado a los que yo te he dicho. Y siempre me has enseñado. Además, odio admitirlo, pero me agradas.- le dijo con su típico gesto arrogante.

Ella sonrió, levemente. No supo desabrocharse el qipao, y el le ayudó. Puso sus manos en su cintura, y le desabrochó el bra. Ella, desnuda, se puso el blanco con negro que había escogido.

-¿Qué dices? ¿Por los viejos tiempos?

El sonrió, y sacó sus colmillos.

-Mejor… quítate eso, y luego te respondo.

Ella sonrió lascivamente, y dejó que el se acercara en una milésima de segundo a su cuello, y la succionó. Ella solo dio un resoplido de sorpresa, para luego sonreir levemente.

En el vuelo a Nueva York, no se dijeron nada. Nunca lo habían hecho tan a menudo. Solo podían hacerlo a través de espadas, a través de la sangre y el sexo. El mataba por ella, ella por el, los dos juntos luchaban. Eso era todo. A el le gustaba su fragilidad maligna, a ella su maldita fe ciega en si mismo.

Pero sabía que la gente cambiaba, y Kees van der Rihn le había hecho cometer locuras. Ella seguiría vagando y peleando, y vistiendo como un hombre chino a no ser por el. La veía débil, vulnerable. A el eso nunca le había pasado, pero no podía despreciarla. Ella resolvía, como el, sus asuntos a golpes, y su dolor no la dominaba. Ella iba a cortar una cabeza. Y eso a el lo henchía de admirada diversión. Una pelea de matronas, que iba a terminar con la pobre Terry van der Rihn en un cesto. O sus pedazos. Solo miraba la espada que haría eso, y a la vampiro que como un gato, dormía agazapada en su pecho.

Decidió jugar. Movió una mano, y se imaginó por un momento que tomaba la espada china, la vieja reliquia de plata, y la partía en mil pedazos, llenándolo de sangre. Sería divertido. Rápidamente se movió, y cuando se dio cuenta, tenía la uña de Yue Lie clavada en el cuello. El se echó a reír, y ella lo empujó.

-Imbécil- le dijo irritada. – Ahora ya no podré dormir.

-Yue Lie, es mejor que admitas que iremos a cometer un crimen pasional por el que me pagarás muy bien por mi tiempo. Así me simpatizarías mas.

-No- dijo ella guardando la espada. –El problema entre nosotros fue que tu nunca quisiste admitir que no podrías despreciarme. Y que yo no podría dominarte. Por eso nos separamos- le dijo revisando su espada. El asintió, apretando los labios.

-Qué filosófica te has puesto. Pero es la maldita verdad.- admitió con cierta tristeza. Porque era como el, pero mas envenenada, desquiciada y peligrosa.

Para cuando llegaron a Nueva York, entraron al Chrysler. El conducía el precioso Cadillac amarillo que a ella ya le tenían dispuesto en el Barrio Chino, donde Ling Wa, aliada suya, tenía absoluto dominio, incluyendo a Brooklyn y el Bronx. Eric miró todo con desprecio, sobre todo porque había visto a la pequeña criatura vivir en miserables lugares a través de los siglos, sin importarle en absoluto. Sobre todo cuando perseguía a enemigos que mataba 25 años después. Pero esta vez era diferente. Yue Lie fluía con naturalidad entre ese frágil ambiente de lujo, entre esos perfumados cuellos frescos que sonreían con bolsas de compras y peinados elaborados. Ella misma apretó el botón, y el evitaba decirle algo. Solo oía con sorna la musiquilla brasilera del ascensor, y a la ascensorista, que lo veía complacida. Yue Lie ni siquiera la determinó, incluso cuando ella se despidió coquetamente de Eric.

-Lo pensaste por un breve momento, lo sé- le dijo a Eric, que respondió nada. Apenas entraron a las lujosas oficinas, pintadas de color pastel, y de sillas de diseño, una vampiro rubia los invitó a pasar. Esta estaba vestida con un minivestido azul celeste, de corte sencillo.

-Madame Livia y Monsieur Claude los harán pasar en seguida.

Salieron varios hombres vestidos de traje, y Livia Scarron, reina de Nueva York, salió en un traje largo, color gris, con un peinado voluminoso, y una pipa larga. Miró arriba abajo a Eric y a Yue Lie, y sonrió.

-Jah. Sabía que lo traerías. El punto es porqué. Bueno, como saben, aquí hay reglas. Discreción, sobre todo. La policía es tan difícil, sobre todo porque hay basuras de otras especies en la fuerza. ¿Saben donde vive?- preguntó por la que iban a matar.

-Si. Ya tenemos todos sus datos- dijo Yue Lie sin inmutarse.

-Cuando terminen… pasen por Soho, así podrían divertirse conmigo, y porqué no, cazar en Harlem. Es una delicia coger y matar con negros… y a negros.- dijo con mirada depravada, sobre todo a Eric. Madura y pelirroja, le dio un beso en la boca, y se fue con su escolta.

-Me pregunto como alguien tan estúpido puede gobernar Nueva York – preguntó Yue Lie a Eric.

-Bueno, ella mató a su marido para gobernar con la mano derecha de su suegro. Debe aplicar los mismos métodos.- dijo el mirando con desespero la hogareña decoración.

-Pero se dejó pillar. Qué gran idiota- insistió Yue Lie. Porque ella no era nada más ni nada menos que una de los vampiros mas antiguos del mundo. Era la infame Livila, de la familia Julio Claudiana, la primera e infame dinastía de emperadores romanos. Nuera de Tiberio, había envenenado a su marido para gobernar con Sejano, su mano derecha, y tomar el poder. Fueron descubiertos, y a ella la condenaron a morir de hambre. Pero su antiguo esclavo parto la había convertido en vampiro, apenas la sacaron de su habitación. Y así se apartó de la familia, y a través de los siglos tuvo la oportunidad de hacer fortuna en el nuevo continente. Pero sus costumbres no habían cambiado.

-En eso estoy de acuerdo. Por eso tiene a su estúpido lamezuelas, que gobierna por ella.- sentenció Eric. Hasta que oyeron unos pasos.

-De hecho, se le llama "asistente" en estos días. Modernízate, vikingo estúpido.- respondió una voz presuntuosa. Yue Lie sonrió al reconocerla, pero Eric se irritó levemente. Era Claude Schalent, con el cabello corto, y lampiño. Tenía un traje gris.

-Ahora el borgoñón apestoso hace trabajos de oficina. Sabía que siempre trabajarías de rata, pero no creí que a un nivel tan detestable- se burló Eric. Claude lo miró con desprecio. Sonrió torvamente.

-Bueno, es mejor eso a ser dueño de un bar insignificante. No tienes nada.

-Soy libre. Puedo hacer lo que quiera.

-No por mucho tiempo, ¿o si, Eric? – preguntó Claude mirando a Yue Lie, que era indiferente a la discusión.

-Como sea. Ella me paga, pero quiere hacerlo legal. Pedirte permiso a ti y todas esas tonterías que inventan para hacer algo tan sencillo como matar a alguien.- respondió el vikingo.

-Si- dijo el besando la mano de Yue Lie, que sonrió levemente. – Ya habíamos hablado. Hagan lo que quieran, menos incendios y testigos. No quiero persecuciones. En fin. Si eso es todo, se acabó nuestra conversación.

-Adios, Claude- le dijo ella mirándolo sugestivamente. El la besó en la boca, bebiendo su sangre.

-Nos veremos, Yue Lie- le dijo.

Eric solo seguía mirándola burlón. Ella condujo hasta arriba de la Quinta Avenida.

Siempre me despreciaste apenas supiste que hice con el lo que te hice a ti.

Te gusta porque le encanta estar bajo tu control, Yue Lie. Por eso le encanta trabajar para Livia. Cualquiera que le ofrezca un poco de poder será siempre una presa apetitosa para el. Por eso me repugna- confesó Eric.

El me ha hecho daño, Eric. Se lo permito. Pero tienes toda la razón. Aquí es. Bajemos. – le ordenó.

El lo hizo, y la miró desdeñoso, y sorprendido.

Nunca pudiste ordenarme nada. Por eso me odias un poco.- afirmó. Ella sonrió levemente, y lo subió hasta el piso 90. Entraron al apartamento, con los muebles grises y un gran cuadro de Pollock. Extrañamente silencioso, hasta que vieron la chimenea encendida, y a una mujer rubia, de mediana edad, recostada sobre el diván. Tenía su cigarrillo encendido, su peinado alto y su vestido negro. Maquillaje corrido y collar de perlas.

Antes de que ella abriera la boca, Yue Lie susurró unas palabras en chino. Las llamas se movieron, y la mujer sonrió levemente.

-Es decir que así es que puedes hacer tu trabajo. Con un viejo hechizo chino ya no puedo expulsarte de mi hogar. Qué astuta- le dijo, y se levantó examinándola a ella y a Eric. – Y así es que te ganas la vida. Es triste.

-Tu te la ganas sobre las cenizas de tu bisabuela. Es tan bello ver como toda la fortuna Van der Rihn debió quedarse donde debió quedarse…- susurró ella, con otra sonrisa.

La rubia sonrió, y miró a Eric. Sonrió.

-¿Para qué lo trajiste? ¿ No será más sencillo decirle a Kees que tu misma vas a acabar conmigo?

-No. Hoy solo quiero ver. No voy a ensuciar mi traje.- dijo sentándose.

-Quiero preguntarte algo. ¿Porqué acabaste a mi abuela de esa forma tan ruín?- suspiró ella, que no dejaba de mirar a Eric, inexpresivo. Para el, Yue Lie se molestaba por una criatura insignificante.

-¿De veras te lo preguntas? – dijo, y Eric sintió como una ráfaga de viento lo paralizaba, y lo estrellaba contra la chimenea. Pero Yue Lie lo retiró, y vio como Terry lanzaba una de las espadas de plata contra ella, que la tiró por la ventana.

-No quedará nadie de tu maldita familia, perra. – le dijo, mientras Eric sacaba sus colmillos.

-No entiendo cual es el motivo que tienes para acabar con nosotros. Kees no te ama. Kees te teme. Te odia. ¡Te odia! – le gritó. Ella no se inmutó, pero Eric vio dolor en su mirada.

-Eric.

Terry Van der Rihn solo sintió el sesgante dolor de la oscuridad nublando su vista. Yue Lie seguía impávida. Retiró el cuerpo, con su zapato color crema, y se fue directo a su alcoba. Miró sus joyas. Todo lo echó a la chimenea. Sus vestidos. Sus fotos. El cabello negro y ojos azules de Andrew Van der Rihn. La familia sobrevivía. Habían más.

-¿Y bien?- le preguntó Eric, mirando la cabeza de la rubia a unos metros de su cuerpo.

-Si no tienes nada mejor que hacer, puedes irte. Tu paga está lista. O si prefieres quedarte para lo que ha de venir…

-Quiero verlo sufrir. Tanto como tú- le dijo mirándola a los ojos.

-Ella me dijo la verdad, ¿cierto?- le dijo mirando al piso, de repente. El tomó su mano, y se sentó en el sofá, mirando la cabeza, y la mirada desconcertada de la rubia.

-Absolutamente. Por eso será divertido verlo.

Luego de dos horas, vieron una silueta negra aparecer por la ventana. Una que medía muy bien sus pasos, ahora vacilantes a medida que se acercaba hacia la sala. Cayó de rodillas, y las gotas de sangre mancharon el tapete.

-Terry…

Yue Lie se acercó suavemente ante el individuo de cuclillas, que resultaba ser Kees, su creación. Eric lo miraba sin compasión. Le parecía demasiado débil para Yue Lie. Y sabía que en el futuro le traería problemas. Peores que matar a su amante humana de Nueva York.

-No quiero… verte. Libérame o me suicidaré- le dijo, sin querer mirarla. Te lo juro. Te lo juro…- dijo con los dientes apretados. Ella ni siquiera se atrevía a tocarlo.

-Fueron negocios, Kees.

-¡Escúchame!- le gritó, y ella seguía impasible. Lo miró desde arriba como una Turandot terrible. El miró con odio a Eric, que lo miró con compasión.

-Así que ya tienes a mi reemplazo.

-Por favor.- se burló el vikingo, pero Yue Lie seguía sin decir nada.

-El lo hubiera hecho hace años. Pero no es por eso que maté a Terry. Si tengo que castigar a mi progenie, la castigaré.

-¡No te aguanto mas! ¡Estoy harto de ser tu consorte, emperatriz china loca, cruel, rencorosa! ¡Solo soy tu muñeco! – le gritó, y se echó a llorar sobre la cabeza de Terry. Rompió todo.

Ella seguía impasible, hasta que el la estrujó en hombros. Eric no intervino.

-¡Si! ¡Si! ¡La sigo amando! ¡Me siento una basura, una basura al haberla destruido! Ella me hubiera redimido…- dijo llorando sobre ella, que seguía igual. Le dio dos bofetadas, y Eric apretó los puños, pero ella se dejó hacer. Hasta que ella le dio un golpe que lo estrelló contra la otra pared. Puso las manos en sus caderas, alterada, pero impasible.

-Podría mandar a Chow a matarte. Incluso podría hacerlo yo. Pero eso no sería suficiente- le dijo.

- Pero te dejaré ir, así hayas roto mi corazón una y otra vez. Podías amar a otras, ¡incluso hacerlas tus hijas! Pero a la descendiente de quien definitivamente amabas, no. Me pregunto si alguna vez sentiste afecto por mí.

-Si – dijo el sobándose las mejillas. – Hace años lo sentía. Pero luego amaste mas el poder.

-Siempre amé mas el poder, Kees. Vengo de una Familia Real. –dijo ella.

-Esa es una excusa barata. Una reliquia de museo, algo que ya no existe. Siempre tan apegada a tus viejas tradiciones, a tu poder, a tu rencor. No podría amarte así. Tus actos me aprisionaron. Y yo… yo solo quería la paz.

-No me interesa esa respuesta. Quiero otra.¿Me amas?- le preguntó.

-No lo sé. Siempre lo dudé, ¿recuerdas? Pero tu eras tan bella. Tan fuerte. Tan oscura- sollozó. Eric solo quería saber si podía matar a tan patética criatura.

-Si quieres irte, eres libre de hacerlo. Yo como tu creadora, te libero - dijo ella sin mirarlo. – Pero si llegas a atentar contra mi vida o contra mi poder, morirás. Eso es todo lo que tengo para ti.

-¡Mírate, Yue Lie! ¡siempre así, matando, asesinando por motivos! ¿no te cansas? ¿No querías vivir como una inmortal libre, gozando de la vida, de los siglos conmigo? ¡Eso fue lo que me prometiste! –protestó. – Y no lo cumpliste. Ni a ti misma.

-Cuando me viste matar a todos esos malditos caza-vampiros, sabías quien era yo. No he matado en vano, Kees. Soy peligrosa a donde quiera que vaya. Hubieramos podido quedarnos en Europa, tal y como querías- dijo con burlona voz. – Pero hubieras sido el primero en morir.

-Hubiera preferido eso, mil veces, a todo lo que ha pasado. Verena… Verena no mereció su muerte, ni tampoco Terry. – dijo, mirando con horror lo que habían hecho con ella.

Ella se acercó, y acarició su rostro, pero el se volteó.

-Eres tan débil. Y yo también. Jamás me perdonaré por haberte dejado ir, pero tu me desprecias. Ahora, ahora vete. Antes de que quizás… Eric quiera acabar contigo.

El miró al vikingo lastimeramente, y tomó la cabeza de Terry. La besó, y la echó al fuego, llorando.

-Te maldigo.

Apenas se fue, ella miró el cuerpo, y se recostó sobre el sofá, con un rictus de dolor.

-Acompáñame a casa. Te daré mas dinero si quieres. – le dijo a Eric, que se sentó a su lado. Ella se recostó sobre el, angustiada, mientras tomaba sus manos.

-Debiste dejarme matarlo.

-Si. Pero sabes que me clavaría a mi misma una estaca, o te pediría morir.

El asintió. La conocía bastante bien en su locura autodestructiva. Y sabía que esa solo era una pequeña parte de su sufrimiento. La admiraba por su locura. Por su delirio.

En la noche siguiente, Yue Lie revisaba las inmediaciones de la casa.

-Es patético. Tenemos que huir. Te destruirán todo. Vamos al pueblo.

-¿A qué iríamos al pueblo? – preguntó Bill desconcertado. Le parecía que eso era exponerse aún más.

-Sookie tiene que dar una coartada.- dijo ella, sin querer explicar a novatos sobre las implicaciones de seguridad que podría tener un hada en la casa de un Rey de territorio.

-¿Coartada?

-Tienes que irte a una ciudad mas grande. Nueva York, por ejemplo.

-¡Pero no puedo irme a Nueva York así como así! ¡Tengo un trabajo, no puedo estar huyendo cada vez que alguien "me quiere"!- protestó Sookie. Pero nadie se opuso ante la idea de Yue Lie.

-Dejame arreglarlo. Sabes mejor que yo que las cosas que les han pasado a los que conoces tu misma las has atraído. En su gran parte. – le recalcó la china levantando las cejas.

-Parece que soy la peste en un pueblo donde todos son médiums o algo, ¿no crees que algunos problemas no tienen que ver conmigo? – replicó Sookie.

-No quiero interrumpir, pero creo que se acercan- dijo Bill mirando a los alrededores.

-No se acercan. Ya están aquí.- dijo Yue Lie, y oyó como a uno de los soldados de Bill lo atravesó una saeta.

-Lin, Pay Wang, Cheng Yeoh , vayan al otro lado (chino), dispérsense, hacia allá!- gritó Yue Lie.

Bill por poco recibe una saeta. Corrió, junto a Sookie, pero Yue Lie los tiró hacia abajo.

-¿Eric? ¿Dónde está Eric?- preguntó Sookie, lo que hirió un poco a Bill en su amor propio.

-Ahí- dijo el, y vio a Jessica abajo, y a Claude disparando con metralla. Se dejaron de oír los zumbidos de las saetas.

-¿Tienes un auto?- preguntó Yue Lie a Bill, que se arrastraba cubriendo a Sookie, mientras oía mas ruidos de metralla. El asintió. Fueron rápidamente a la cochera, y vieron a todos los demás guardias muertos. Sookie gritó, y tiró una luz. Vio entonces a Pay Wang destruir a dos vampiros, a dos masas sanguinolentas. Y entonces, los lobos.

-¿Porqué nos mandan basura, jefe?- preguntó Cheng Yeoh a Yue Lie, que sacó el auto, conducido por Eric. Yue Lie tomó todas las flechas de madera, y las partió con la espada. Decapitó de un tajo a dos lobos.

-Viene más. ¡AL auto! Yo me llevo este, de escolta. Cheng Yeoh, ve con el Rey de Louisiana- ordenó, y el chico se subió de inmediato, sacando un arma. Yue Lie se fue en el otro auto, en el techo, con una metralleta, mientras Ling y Pay Wang conducían, escoltando a Sookie, que creía estar en una de esas películas de John Woo de repente, sin motivo alguno para hacerlo. Jessica se sentía igual. Claude llamó a Yue Lie, y le dijo que era mejor que ellas fueran a su casa.

-Ve por algunas cosas. Tienes que irte.

-¿Qué? ¡No puedo dejar Bon Temps! –protestó Sookie, pero ninguno de ellos quiso deicrle nada más.

Alistó su maleta, mientras veía por la ventana como Pay Wang, y los demás servidores de Yue Lie escoltaban la casa. Ella solo hablaba con Bill, Claude y Eric, cruzada de brazos. Entonces, a lo lejos, divisaron el auto de policía de Jason. Jason Stackhouse.

-¿Qué mierda hacen ustedes dos aquí? ¿Y quienes son ellos?- les preguntó a Eric y a Bill. Saludó a Jessica.

-Como estás.

-Bien.- dijo ella volteando los ojos.

Se bajó del auto, y sonrió al sentir la tensión de los dos extraños. Le gustaba la mujercita china. El otro le parecía uno de esos mariposones de las grandes ciudades.

-Señorita- dijo quitándose el sombrero. -¿Puedo saber qué hace usted por…?

-Tu hermana se irá con nosotros, niño. Debo protegerla.

-¿Quién putas eres? ¿O Ren Ishii, o algo parecido?- preguntó Jason incómodo. - ¿Qué acaso la mafia china tiene algo que ver con mi hermana?- le preguntó a Bill, que suspiró.

-Ella es la sheriff de San Francisco. Alguien la traicionó y esa persona quiere a tu hermana para entregarla a la Autoridad. Que porqué es necesaria, lo averiguaremos, pero ella parece ser un señuelo. Pensamos ir a Nueva York y allí aclarar todo. Y de paso, esconder a Sookie.

-¿Qué? ¿Qué demonios es esto? ¿Y eso cuanto durará?

-Lo que tenga que durar- insistió Eric. –Hasta que Yue Lie no resuelva esto, junto con nosotros, Sookie puede ser tomada por cualquier facción.

-Mierda.

Sookie bajó con la maleta, y miró a Jason, preocupada. No quería dar mas motivos de pesar, otra vez, ni motivos de preocupación. Pero al ver a la escolta de Yue Lie, suspiró.

-Estaré bien, Jason.

-No lo sé. ¡A Nueva York! ¿Así?- preguntó desconcertado. Ella lo abrazó, con lágrimas en los ojos.

-Volveré. Eric y Bill me cuidarán. Y yo también. Te lo prometo. Estaremos pronto en casa.

-Voy a estar pendiente de ti. Iré a visitarte- dijo el también conmovido.

-Lo que sea. Vamos a Fangtasía. Hay que dar algunas instrucciones ahí- ordenó Yue Lie. Jason miró desconcertado a la china, que ni siquiera lo determinó. Pero el mismo se apoyó en el vidrio de su auto.

-Supongo que sabe que sobra cualquier tipo de advertencia.- le dijo, y ella le sonrió, levemente.

-Estará bien, Stackhouse. Usted encárguese de decir que tenía un asunto importante. Enviaré a mi gente para arreglarlo. Cuídese.

Sookie miró a Jason alejarse de ella. Tuvo que entrar a Fangtasía, y ver a Pam besar a la china, que le sonrió y tocó su cabello.

-Encárgate de todo. Como siempre. Tenemos un problema grande.- le dijo Eric a su hija, que sonrió levemente, pero borró la sonrisa, al ver a Jessica, cruzada de brazos.

-Solo esta pendiente de ella- le ordenó Yue Lie. – A ella no la quieren. Ya no, cuando tenemos a la presa mayor- señaló a Sookie, que la miró fulminante. Odiaba ser catalogada como "presa". Pam suspiró, y miró fastidiada a la pelirroja, que le respondió de la misma manera.

-Está bien. Lo haré por tí– le dijo con su fría expresión a la china, que inclinó la cabeza. Pam la miró maliciosa, y esta a ella. Esa que Sookie solía detestar, y no podía dejar de pensar en todo lo que había dejado atrás, para irse unos días en Nueva York y solo ser peón de una guerra peor. Así lo pensaba Eric, que no pudo dejar de interrogar a Yue Lie, ya en Nueva York, en un piso 24 en un apartamento de Greenwich Village, con miles de retorcidos dispositivos de seguridad.

-¿Sabe Livia que estamos aquí?

-Por favor, eso no es una pregunta digna de ti, Eric- respondió Yue Lie, y Claude solo se rió.

-Quiero hablar a solas con ella, lamezuelas- le dijo al francés, que miró sus uñas.

-Está bien. Tendré que informarle a Bill que Livia ya sabe que nos encontramos aquí. Que no se extrañe que tenga que cuidarse de mas matones, pero será difícil encontrarnos. Hay tantos olores como hadas en Nueva York. Solo que se confunden.- dijo, y se fue a la planta de arriba. Sookie bajó, y miró la ciudad, anonadada.

-Dios. No pensé encontrarme aquí en cuestión de horas. Solo quiero preguntar algo. La chica que te traicionó pudo haber secuestrado a otra hada cualquiera. ¿Porqué yo?- le preguntó a Yue Lie.

-Por Russell. El te puso en el mapa luego de lo último que te hizo. Por Bill. El siendo Rey y accediendo a ti, y en medio de todo lo que ha pasado en Louisiana, eres una pieza fácil. Ni siquiera en Los Ángeles, o en San Francisco, han pasado tantas cosas que no se hubiesen podido controlar, no como en Bon Temps.

-¿Qué ganaría ella conmigo?

-A Bill. Mas hadas. – respondió Yue Lie trémula. – Lo que ustedes significan para nosotros… ustedes han sido nuestro sueño. Tu eres solo el comienzo- le confesó sin sentimentalismo alguno.

-Descansa. Te estaremos vigilando- le dijo Eric, y Sookie negó con la cabeza.

-Quiero ver esto. Y no quiero estar todo el día encerrada. Por lo menos, no quiero sentirme secuestrada. ¿Puede lograrse eso?- le preguntó a Yue Lie. Bill bajó, y la miró apretando los labios.

-Ya lo arreglaremos.

-Bien. Eso espero. Ahora… voy a mirar las luces.

Upper East Side.

-Qué sorpresa. Eres un encanto por venir a visitarme. Creí que… luego de lo de ese escandaloso y vulgar de Russell Edgington, tenían más asuntos que arreglar. Y bueno, por lo del lamentable… asunto de Sophie Anne- dijo Livia Scarron, enfundada en su Jean Paul Gaultier de última temporada, a Roman Zimojic, que le sonrió, y no podía dejar de fijarse en sus uñas neón.

Al ser Livia la cumbre de la pirámide social neoyorquina, y vampírica, podía ser extravagante. Porque igual gobernaba con mano de hierro la ciudad. Atrás de ella estaba Luiz, quien gobernaba la zona del Bronx. Johnny, de traje Armani, gobernaba Brooklyn. Y Li Pang, la única mujer, las zonas de Harlem y Manhattan.

-Tenemos sospechas de que Yue Lie se encuentra aquí, junto con el Rey Vampiro de Louisiana.

Ella fingió sorprenderse. Sabía por sus espías, por la misma red de espionaje y seguridad que Claude le había montado hacía años, que vampiros ingresaban a la ciudad. Sobre todo los que ingresaban en aviones privados. Cada movimiento de un banquero, estrella o ciudadano importante competía a Livia Scarron. Un vampiro no sería la excepción.

-Oh, que horror. ¿Acaso Yue Lie ya no es la sheriff de San Francisco?

-Lo es, y lo sigue siendo. Pero creo que quizá tiene asuntos que aclarar con nosotros- le dijo a Livia, que se lamentó de que esa mujerzuela no estuviera ya derretida. Ella le había quitado de las manos a su adorable Claude.

-¿Si, o no, Guardián?- le preguntó con una sonrisa. El siguió serio.

-No será fácil reemplazarla. Ha montado todo un sistema para destruirnos si lo hacemos, pero esta vez parece que lo conseguiremos.

-¿En cuyo caso, yo…?

-Encuéntrala, y tráela ante mí. Y también al Rey de Louisiana. Tiene que responder por lo que ha sucedido estas últimas semanas. Sobre todo con Russell…

-Querido, ¿acaso no le pediste matarlo a Yue Lie? Ella hubiera podido hacer eso.

-Ella nos traicionó antes.

-Oh. Lo siento. Bueno, sabes lo que haré. Es mi deber como Reina de Nueva York. Te informaré mañana, ¿te parece?

-Espero los resultados. Te enviaré equipos de apoyo. Bueno, tengo cosas que hacer. –dijo, y le besó la mano a Livia, que lo despidió sonriendo. Apenas lo vio entrando a su auto, borró la sonrisa, y miró a sus lugartenientes de manera sombría.

-Me pide imposibles. Quizá podamos sacar algo bueno de todo esto… en fin. Vayan, vigilen. Cacen.

-Podríamos discutirlo- dijo Johnny, pero ella hizo un gesto de rechazo con la mano.

-Ahora no. Me voy a ver una exposición. Dile a Rory que facture mis cuentas. Quiero algo bello, Roman es tan deprimente- dijo.

Los lugartenientes se miraron, y acordaron un plan de caza. Ya en el Barrio Chino, Li Pang llamó a Yue Lie.

-Livia quiere cazarlos como palomillas. Tengan cuidado. Mandaré mis espías.- le dijo a la china, que asintió y le informó a Eric y a Bill.

-Qué se podía esperar- dijo Claude con despecho. –Nos odia desde que me fui.

"Y yo también", pensó Eric. "Yo también".

Yue Lie pudo leer su pensamiento.