Aquí estoy de nuevo. Saludos a quienes me han dejado un review... y a la gran mayoría que no. Da igual, espero que os guste el nuevo cap.


3- Deseo de vivir

-Mírame, Harry.

Se rodeó las rodillas con las manos y empezó a balancearse suavemente. Harry… sí, ahora recordaba. Había una vez un niño llamado así. Estaba encerrado en una alacena. Sonrió. ¿En una alacena? Ridículo. Ahora sí que debía estar perdiendo la cabeza.

Nick casi-decapitado.

Una ejecución chapucera.

Algún día…algún día descubriréis que estabais equivocados.

¿Quién se equivocaba?

Un niño en una alacena… en cualquier caso, no sabía cómo continuaba la historia.

-Fui muy ingenua al penar que aguatarías cuerdo tanto tiempo.

-Arañas –murmuró. Volvió a reír. Sí, había habido arañas en la alacena.

Alguien se acercó a él. Gimió y se alejó todo lo que pudo, hasta que su espalda chocó con la roca.

Nadie se acercaba a él, excepto ellos. Y entonces hacía más frío que nunca, y la mujer de su cabeza chillaba más fuerte y a él no le gustaba y había un rayo de luz verde que le hacía daño y el hombre volvía a gritar y él era un asqueroso sucio asesino escoria que se merecía estar allí…

Parpadeó. La mujer de su cabeza no había empezado a gritar, no hacía más frío que antes. Al contrario, era algo agradable. Frunció el ceño. ¿Cómo se llamaba a cuando no tienes frío?

-¿Recuerdas? –la voz era muy suave. Le recordó a la de la mujer de su cabeza, pero ahora no gritaba-. Eres inocente. No tendrías que estar aquí.

Asesino.

Monstruo.

¡Soy inocente!

Estoy solo.

-Tu nombre es Harry Potter.

Pronto descubrirás la verdadera cara del infierno...

donde mereces estar…

Asesino.

-No –gimió-. Escoria. Asesino.

Un niño triste encerrado en una alacena. Con arañas.

Te hemos dado más de lo que se merece alguien como tú…

-No, Harry –sintió una suave presión en las manos. No le hacía daño. Era extraño, pero no intentó soltarse-. Eres alguien especial. Y lo más importante: eres inocente.

Parpadeó.

¡Soy inocente!

Inocenteinocenteinocenteinocenteinocente…

Conocía esa palabra. La había repito una y otra vez hace mucho, aunque después ellos vinieran y se olvidara de lo que significaba.

Pero ahora recordaba. Ser inocente significaba ser libre. Era ver la luz del sol, era sentir el aire en la cara, oler la lluvia en la tierra, ver las estrellas ene l cielo. Ser inocente era no estar allí. Ser inocente era…

La bilis ácida subió por su garganta. Se inclinó sobre su costado y vació su estómago ya vacío. Él era inocente. Era…

Asesino.

Sintió una caricia en el hombro y se sobresaltó. Por primera vez, fue realmente consciente de que alguien se encontraba con él en la celda.

La mujer estaba arrodillada a su lado, al parecer sin importarle manchar su túnica verde oscuro. Había dejado a su lado una bolsa oscura. El cabello castaño caía suelto por los hombros hasta la cintura, salvo por una trenza enroscada en torno a su cuello. Su rostro tenía los rasgos afilados y los labios finos, pero seguía poseyendo una belleza deslumbrante, demasiada para aquel agujero oscuro.

Había apoyado una antorcha en el pasillo, y la suave luz del fuego inundaba la estancia como no había ocurrido en años. Harry levantó la mano vacilante, aunque una parte de su mente le indicara que la llama estaba demasiado lejos como para tocarla. Pero hacía mucho que no veía bailar al fuego. Quería saber qué se sentía al tocarlo.

-Mírame –ordenó la mujer. Antes de darse cuenta de lo que hacía, Harry giró la cabeza y se zambulló en los ojos casi negros que le examinaban.

Él no se zambulló. Le daba miedo adentrarse en esos ojos tan oscuros. Pero no pudo retirar la vista; era como se le hubiesen lanzado un arpón. Tuvo que quedarse inmóvil, esperando que ella terminase de examinar su deteriorada mente. Porque eso era lo que estaba haciendo. Harry era vagamente consciente de la aguja afilada recorriendo sus recuerdos y pensamientos. Finalmente, la aguja se retiró.

-No te hemos perdido para siempre –dictaminó ella.

Harry frunció el ceño. ¿Perdido? Si no se había movido de allí.

-Háblame, Harry. Dime, ¿quieres salir de aquí?

Claro que quería salir de allí. Cualquier sitio era mejor… donde el sol viniese cada día, donde ellos no estuviesen. No quería que hiciese frío.

-Contéstame, Harry –repitió ella pacientemente.

Tras unos segundos, comprendió que ella quería que él hablase. Estuvo a punto de reírse, pero logró contenerse. Ella no debía tener voces en la cabeza. Era normal que necesitase a otros.

Forzó la garganta, pero sólo salió un sonido gutural.

-Sí –consiguió decir. ¿Sí, qué? Ya lo había olvidado.

Ella le sonrió alentadoramente.

-Toma –dijo, alcanzando la bolsa que había dejado a su lado y saco algo. Harry miró incrédulo la pequeña cantimplora que la mujer le tendía. Sus manos se movieron sin pedirle permiso; de repente, se encontró vaciando el recipiente de dos tragos, pasando la lengua con avidez para beber la última gota.

Había olvidado lo bien que sabía el agua fresca.

La mujer volvió a hablar.

-¿Qué harías si salieras de aquí?

Harry pensó. ¿Qué se hacía cuando no se estaba fuera de aquel lugar? Reorganizó sus recuerdos. Recordaba haber leído mucho, comer, y dormir. Dormir mucho, sin pesadillas. Y recordaba… volar. Volar sobre una escoba, con el viento en la cara.

Sonrió. Era un recuerdo agradable.

-Quidditch.

Esta vez fue más fácil hablar. La mujer sonrió también.

-¿Qué lugares te gustaría visitar?

Siguió haciendo preguntas, forzándole a recordar su vida antes de ir a Azkaban, obligándole a recordar que había todo un mundo más allá de los muros de Azkaban. Habló durante mucho tiempo, y con cada respuesta le resultaba más fácil. No resultaba tan complicado centrarse en algo cuando había algo en lo que centrarse.

Ella le escuchaba con atención, absorbiendo sus palabras. Bajo su atento escrutinio, se encontró hablándole de sus antiguos sueños, los que apenas se había atrevido a compartir.

-¿Qué querías estudiar, cuando terminases Hogwarts?

-Auror –contestó autománticamente.

Frunció el ceño, sorprendido por su propia respuesta. Sí, era cierto. Lo había olvidado. Soltó una risa queda.

Qué ingenuo había sido. Y lo peor… es que había pensado que tenía alguna oportunidad. Claro que -la risa se convirtió en carcajadas- ¿quién le habría dicho por aquel entonces que iba a acabar en Azkaban? Si le hubiesen dicho antes en qué se iba a convertir, un loco que ser reía de su propia desgracia en una pequeña celda a la que nunca llegaba el sol, seguramente se habría avergonzado de sí mismo.

Se percató entonces de que la mujer lo seguía observando. No había miedo en su mirada, ni compasión. Sólo un frío desdén, que le contaba sin palabras lo que opinaba de su ataque de hilaridad.

Harry dejó de reír, avergonzado. Quizás no había sido una reacción muy cuerda con su parte. Claro que hacía mucho que había dejado de estaba cuerdo.

También le interrogó su época en Hogwarts. Los partidos de quidditch, los exámenes, y sobre todo, las clases; sus favoritas, las más fáciles y las más difíciles, la que más odiaba.

Harry Potter. Nuestra nueva… celebridad.

Es obvio que la fama no lo es todo…

Eres un inepto, Potter. Te mereces estar allí, porque sólo eres un niñato engreído que tiene una fama que no se merece que no es nadie en realidad y ahora todos saben lo que eres basura asesino.

Le habló de sus amigos, aunque su voz tembló al pronunciar los nombres de Ron y Hermione. Ella no profundizó en el tema, y en lugar de eso desvió la conversación hacia sus compañeros de cuarto. Insistió sobre todo en Neville, y Harry se lo contó todo sobre él. Ella no pareció sorprendida, y a él le daba igual. Cualquier cosa con tal de no hablar de sus antiguos amigos.

También se adentró en el inevitable tema de sus enemigos, aunque no mencionó a Voldemort. Harry tampoco lo hizo; sin embargo, un nombre sobresalía entre todos.

Sangre sucia.

Pronto descubrirás la verdadera cara del infierno…

Harry se encontró aullando al techo de la celda, maldiciendo a Malfoy una y otra vez. Sólo cuando logró calmarse le soltó la mujer las muñecas, que aferraba con tanta fuerza que le hacía daño. Fue vagamente consciente de que no tenía heridas nuevas, algo sumamente raro tras un acceso de furia. El rencor reptó por su pecho como una culebra negra.

El dolor era bueno. Le recordaba que estaba vivo. Le recordaba que quería morir. Y para morir hace falta estar vivo. Ella no tenía derecho a quitarle el dolor.

Era una de las pocas cosas que le quedaban.

Al cabo de un rato, sin más arrebatos de demencia, ella pareció debatir si podía hacer una pregunta fundamental, una para la que llevaba mucho tiempo esperando respuesta. Tras unos momentos de silencio -en los que las voces de su cabeza no hablaron-, la mujer se decidió.

-¿Qué piensas de Dumbledore? –preguntó con cautela, examinando atentamente su rostro.

Harry retrocedió como se le hubiesen golpeado. Las manos le temblaban; se abrazó el cuerpo para darse calor. Dumbledore, el mago más poderoso, el único al que Voldemort temía. Durante toda su vida había creído que lo sabía todo, que podía cambiarlo todo, y sobre todo, que podía protegerlo de cualquier peligro. No había nada que no pudiese hacer. Era fácil creer en los milagros cuando él usaba la varita. Pero cuando de verdad lo había necesitado, él no había estado allí. Lo había abandonado a su suerte, y él había estado solo, solo, solo, tan solo como estaba ahora, sin nadie salvo las voces de su cabeza que le recordaban lo patético que era y lo mucho que se merecía estar allí…

-Vuelve conmigo, Harry –dijo ella con dulzura-. No necesitas a Dumbledore. Nunca lo has necesitado. Eso es sólo lo que él te ha hecho creer.

Sin dejar de temblar, Harry asintió. No creía sus palabras, pero no quería contrariar a la mujer. Si ella se enfadaba, si se iba, se marcharía la única persona que le había distraído de la locura desde su llegada a Azkaban.

Pero la mujer no parecía en absoluto enfadad. Al contrario, sonreía –una leve sonrisa, que no era para él-, sin dejar de mirarle con aquellos ojos oscuros, evaluadores. Se fijó en que no eran negros; tenían un tinte azul.

No alcanzaba a comprender porqué, pero su respuesta le había satisfecho, y mucho. Tuvo la sensación de que con sus palabras le había revelado más de lo que imaginaba. ¿Por qué le importaba tanto lo que pensara de Dumbledore?

¿Y por qué le escuchaba con tanta atención?, se preguntó de repente. Era más que para hacerle reaccionar. Las respuestas eran importantes para ella.

-Cuéntame algo tú ahora –dijo desafiante-. ¿Qué ha ocurrido fuera de aquí?

Ella sonrió con aprobación, pasando por alto el tono insolente.

-Parece que te vas recuperando. Bien, hoy es doce de mayo; dentro de aproximadamente dos meses se cumplirá tu primer año aquí.

-Un año –repitió Harry con voz ausente.

Un año que había sido una eternidad. Sabía perfectamente que había pasado mucho tiempo desde que lo encerraran, pero verlo confirmado era… duro. ¿Qué había esperado? ¿Qué el tiempo se detuviese para los demás, mientras él languidecía allí? Lo habían apartado del mundo, pero el mundo había seguido sin él.

-Y… -¿y Ron y Hermione?, estuvo a punto de preguntar. No, aún no estaba preparado. Tragó saliva y cambió la pregunta-. ¿Y los mortífagos? ¿Hay cambios?

-No hay mucho que contar –respondió ella. ¿Por qué tenía la sensación de que sabía exactamente lo que había pasado por su cabeza? Odiaba cuando la gente hacía eso-. Siguen igual que siempre, disputándose terreno con la Orden del Fénix. Perdiendo y ganando batallas, sin victorias ni muertes significativas. Aunque creo que Dumbledore se ha hecho con algunos hallazgos importantes…

Dejó la frase en suspenso, dejando que él captase las implicaciones de sus palabras. Harry asintió pensativamente antes de atragantarse.

-¿Has dicho la Orden de Fénix?

-Sí –contestó ella, sonriendo con cierta ironía.

-Pero...

¿Cómo sabía ella…?

-¿Qué cómo conozco su existencia? –preguntó alzando una ceja. La sonrisa seguía allí. Harry asintió-. He de decir que la conozco desde mucho antes que tú. Mucho antes.

-Ya –contestó él vacilante-. Y no me vas a decir más, ¿no?

-Me habían dicho que tus capacidades deductivas eran impresionantes –se burló ella-. No exageraban, según veo.

-Tenía todas las pistas –replicó molesto.

-Y además modesto…

Harry frunció el ceño.

-¿Con quién estás? ¿Con Dumbledore o con Voldemort?

Se dio cuenta de que la segunda perspectiva no le alarmaba como lo hubiese hecho antes. Un bando u otro, qué más daba. Allí encerrado no suponía ninguno diferencia. Y Dumbledore no le había ayudado, cuando podía haberlo sacado de allí.

Ella sonrió.

-Con ninguno de los dos.

Él bufó. Debería haber imaginado la respuesta.

-¿Y qué quieres de mí?

-Tienes todas las pistas, Harry –se estaba burlando de nuevo de él. Tenía la sensación de que lo había hecho desde el principio-. Si no lo sabes aún, es que no estás tan recuperado como pensaba. ¿Cómo van las voces?

Tardó unos segundos en registrar el brusco cambio de tema, y otros momentos más en comprender la última pregunta. Sus pensamientos seguían siendo torpes, enmarañados. Quizá tenía razón. Quizá tanto tiempo en Azkaban no se podía arreglar en unas horas.

-¿Qué voces? –preguntó parpadeando.

-Las que te hablan, Harry –él la miró, sin saber si negarlo o preguntarle cómo lo sabía. Ella sonrió de nuevo-. Llevas hablando contigo mismo desde que entré. No hay que ser un genio para darse cuenta de que tienes más compañía de la que parece a simple vista.

Solo.

Completamente solo.

Todos te abandonaron. Lo mereces.

Siempre.

Harry parpadeó.

-Supongo que hasta lo hubiese sabido… incluso sin tener pistas –una sonrisa sardónica. No era tan difícil fingir que todo estaba bien.

-¿Tienes más preguntas, Harry?

¿Ron y Hermione se encuentran bien? ¿Se acuerdan de mí?

¿Y Ginny?

-No –dijo con firmeza.

-Bien. Yo tengo una más –le miró fijamente-. ¿Qué es lo último que recuerdas, antes del juicio?

Asesino.

Harry James Potter, se le ha traído aquí para responder por sus crímenes.

Una serpiente disfrazada de león. Lo que eres…lo que has sido siempre.

Respiró hondo.

-Nada.

Ella arqueó una ceja.

-¿Nada? –una voz peligrosamente suave, que prometía soledad. Mucha soledad.

-Nada –repitió él con firmeza. Sacudió la cabeza-. Estaba en mi cuarto, y todo se volvió negro. Me costaba abrir los ojos, todo me dolía. Entonces hubo una luz muy potente, y empezó el interrogatorio. Nadie me dijo de qué me acusaban. Me enteré en el juicio.

Ella asintió pensativamente.

-¿Alguien de la Orden fue a verte?

Él apretó los labios. Sabía la respuesta. ¿Por qué hurgaba en la herida?

-No.

-Ya veo… -se incorporó con elegancia, recogió la bolsa y se arregló la túnica. Las manchas de suciedad no se quietarían fácilmente-. Adiós, Harry. Es hora de que me vaya.

-¿Tienes que irte? –la voz se le quebró por el pánico, pero le dio igual. No quería quedarse solo de nuevo, con ellos, y con las voces en su cabeza…

-Volveré –le prometió la mujer sin mirarlo.

Se dirigió hacia la puerta de la celda -¡se iba!-, pero se detuvo en la entrada, como si hubiese recordado algo de repente.

-No quiero tener que repetir el proceso cada vez que venga –le dijo con desdén, como si la culpa fuese de Harry. Él mantuvo la expresión impávida, intentando sostenerle la mirada. Cómo odiaba que usase ese tono-. Piensa en el futuro, no en el pasado. Busca un objetivo, piensa en qué harás cuando salgas de aquí –cuando saliera de allí, no sí salía. ¿De verdad pensaba liberarlo? ¿Por qué?- Toma esto. Reléelo una y otra vez todos los días, memoriza pasajes y aprende. No es por nada, pero el nivel de cultura que has tenido hasta ahora en Hogwarts deja mucho que desear.

Harry la miró indignado antes de desviar la vista hacia los libros que le tendía. Uno era sobre historia, y el otro sobre plantas, venenos y pociones. Admitía que andaba bastante mal en ambos campos -¿Cómo lo había sabido? Tenía que haber hablado con alguien que lo conocía. O eso, o lo vigilaba desde hace mucho-, pero no tenía por qué soltárselo a la cara. No había parado de burlarse de él desde que había entrado por la puerta, aunque la mayor parte del tiempo no hubiese sido consciente de ello.

Dejó los libros a un lado.

-Sirius me dijo que…

-Sirius tenía más que ese pensamiento –le interrumpió con un gesto. Esta vez, Harry no se preguntó cómo lo había averiguado. Sencillamente, ella lo sabía todo-. Tenía un objetivo: vengarse. Matar a Pettigrew, demostrar su inocencia, encontrarte. Era más que un pensamiento, era el deseo de vivir. ¿Qué te queda a ti, Harry Potter?

Harry calló. No le quedaba nada. Ni deseo de volver a ver a sus amigos, ni nadie de quien exigir venganza, ni un objetivo que completar. Todo esos eran sueños de una vida pasada, que ahora no tenían sentido. No, no le quedaba nada. Ni siquiera ganas de seguir adelante.

Los segundos se escurrieron sin hacer ruido. Sin sonreír, ella asintió.

-Exacto.

Se giró y salió sin mirar atrás, cerrando la puerta detrás de sí. Mientras la luz de la antorcha se alejaba, dejando al joven mago solo con la oscuridad y sus pensamientos, Harry se dio cuenta de que no le había preguntado su nombre.