¡Hola, mis querid s lectores! :D ¡Aquí les traigo el último capítulo escrito! Y vengo a pegarles con una salchicha a todos los que leen mi historia pero no me dicen nada. Y sé que lo hacen, ffnet te informa eso. No sean malotes y déjenme review :'c ¿Quieren que me quede sin ganas de escribir y eso...? PLZ, hasta como anon pueden :c ¡Siempre respondo, encima! -ok, no como anon, así no puedo-.
WAIT, EN REALIDAD...
Luna-Angie: Gracias, gracias :D ¡Estoy feliz de que te haya gustado! También adoro los idiomas, y sí, ídem, el latín siempre me ha gustado, y recién ahora tengo la oportunidad de estudiarlo -no, todavía no empecé, pero adelantemos una historia con el mismo para festejar (?)-. ¡Espero tus reviews!
Sele: Tu review me hizo feliz principalmente porque noto que logré transmitir al menos en parte mi idea de los personajes en el siglo XIX. ¡O sea que el esfuerzo que pongo en los paisajes y demás vale la pena! :D Seguiré haciéndolo, ¡y por favor, seguí leyendo!
Y al resto ya le respondí por MP (?)
Una pista respecto al título: traductor google no les ayudará esta vez (?) Pero Google estándar sí c: ¡Investiguen!
PD: YA TENGO MI DICCIONARIO DE LATÍN, I'M SO HAPPY :'D
CANCIÓN PARA ESTE CAPÍTULO: If only de KT Tunstall c: Aunque también les vendría bien The day before the day, de Dido. Si quieren llorar y eso, digo (?) -porlamúsica,queminiveldeescrituranodaparaeso-.
Todo esto es de Tite Kubo and you know it (?)
CAPÍTULO III: INFANDUM, REGINA, IUBES RENOVARE DOLOREM
Orihime yacía en su vasta cama con la vista clavada en el techo. La habitación iba quedando a oscuras lentamente, el ocaso implacable.
Eran apenas las siete de la noche, y ella ya se encontraba vestida como para dormir. Estaba muerta de cansancio: el funeral, y luego el haberse mostrado así frente a la criatura de la mazmorra…
Una súbita sensación de vergüenza la embargó, provocando que girase sobre sí misma y estampase el rostro contra su confortable almohada.
¿Por qué hice eso?
La pregunta no estaba bien formulada: sabía por qué lo había hecho —se sentía devastada, y el cuento, lejos de darle la impresión de que Sora aún vivía, la había hecho sentir peor—, mas se reprochaba internamente el haberse mostrado tan débil y patética frente a un extraño.
Además, de seguro lo había molestado: ¿quién demonios querría a una desconocida llorona a la que consolar? Ciertamente que él no la había confortado, y justamente por eso su teoría de que lo había importunado se solidificaba.
Y como si no fuese suficiente, había roto su promesa, y había ido a besar su mano. Apostaba que de no estar encadenado, él la habría apartado, la habría dañado por su atrevimiento.
Sin embargo, en aquel instante, sencillamente le nació hacerlo.
No era ningún secreto que la pequeña princesa era dueña de un alma compasiva: su hermano se lo había dicho cientos de veces. Desde muy pequeña había adoptado la costumbre de amparar a animales heridos en el palacio; animales de los cuales no se separaba hasta curarlos del todo. Se desvelaba por las criaturillas, hasta que estas se encontrasen en condiciones de regresar a su hábitat natural.
Pero aquella criatura distaba mucho de un animal común y corriente.
Tenía el cuerpo de un ser humano, ¿no? Al menos en parte… Y algo le decía que podía entenderla. No parecía ser capaz de hablar, pues ya habría respondido a algunos de sus intentos de entablar conversación. Descartaba igualmente que se tratase de una barrera idiomática, puesto que recordaba claramente que cuando invitados de otros reinos visitaban el palacio, los mismos —en caso de no comprender el idioma local— se esmeraban en hacerse entender mediante señas, o incluso buscando palabras en su lengua natal que fuesen similares a las que su hermano conocía.
Generalmente no había necesidad para ello, claro. Sora sabía hablar tantos idiomas…
La pequeña suspiró. Era tan enorme el vacío que él dejaba… En su vida, sí, pero también en el palacio y en el reino. ¿Cómo iba a vivir ahora, sabiendo que almorzaría sola? Naturalmente que en los últimos tiempos de su enfermedad, el monarca no había sido capaz de dejar el lecho, por lo que ella acudía a hacerle compañía cada mediodía.
¿Y ahora?
¿Cómo se vive sin Sora?
En pensamientos similares su mente se perdía, cuando sus oídos advirtieron suaves golpes en la madera de la puerta. Le gustaba ese sonido, era como si sonase distinto por el simple hecho de que su puerta estaba hecha de madera de nogal, no de roble como el resto del palacio.
— ¿Quién es? —preguntó, sentándose sobre la cama.
—Soy yo, princesa —la voz algo juguetona le hizo sonreír.
Aquel hombre siempre había sido de su agrado, aunque, al igual que respecto a Yoruichi, los pobladores opinasen que ocultaba algo.
La niña corrió a abrir la puerta, recibiendo al pianista con una sonrisa.
— ¡Señor Urahara!
Él le correspondió con una igual.
— ¡Pero si mi pequeña Hime ya parece lista para dormir! ¿Acaso es un mal momento? —ladeó su cabeza, su sonrisa convirtiéndose en la mitad de una.
Orihime siempre había considerado a aquel hombre encantador. Sora le había dicho hacía bastante tiempo que era «un rompecorazones». Ella no comprendía bien qué significaba esa palabra, mas suponía que era algo así como alguien muy malo —en verdad, ¡romper corazones no podía ser bueno!—, lo que la confundía: ¿cómo su hermano afirmaría riendo que el rubio en cuestión disfrutaba destrozando órganos vitales? Qué extraña situación.
—Para nada —le contradijo ella, sonriente—. Es muy temprano para dormir, de todas maneras. ¡Pase, pase!
Apenas él hubo ingresado al cuarto, ella fue dando brincos hasta la cama. Urahara no pudo menos que recalcar mentalmente lo peculiar que era esa niña: no daba indicios de verse demasiado afectada por la muerte del joven rey. Era evidente que no pasaba desapercibida, sin embargo; probablemente era solo la emoción que provocaba su desmesurado cariño hacia su persona lo que causaba esta alegría en cuanto a su visita se refería.
El hombre tomó asiento sobre el colchón, junto a ella, y cayendo en la cuenta de la vestimenta de la niña, hizo una pequeña observación:
—Mira, mira, Hime: yo sé que me quieres mucho, y yo también te quiero mucho a ti. Pero la próxima vez, espero que te vistas apropiadamente antes de recibir a un hombre en tu cuarto. No, es más: no deberías recibir hombres en tu cuarto.
La mozuela hizo un puchero fingido.
—Lo sé, lo sé, Sora me decía lo mismo… —su semblante se turbó durante un momento, evidenciando su sufrimiento. Ah, entonces sí te duele, ¿eh, pequeña Hime?, no pudo evitar pensar Urahara, su expresión suavizándose—: Pero, bueno, ¡es usted! ¡Usted es mi amigo! —le aseguró ella, recuperando sus energías.
—Bueno… supongo que es aún razonable a tu edad —reflexionó, rascándose la barbilla con el índice—. La regla será la siguiente: no puedes recibir hombres en tu cuarto vestida así. A nadie, ni siquiera a mí a partir de ahora. Pero puedes recibir a tus amigos con la indumentaria adecuada… hasta que cumplas trece años, ¿estamos de acuerdo?
Ella cabeceó exageradamente para expresar su agrado con aquella idea. Sabía que él era muy permisivo, pues Yoruichi posiblemente habría pateado a cualquiera que desease colarse en sus aposentos. Incluso a Urahara. Lo que le llevaba a preguntarse…
— ¿Y la señorita Yoruichi? —Urahara tenía que admitir que le ponía algo celoso que a Yoruichi la llamase por su nombre de pila, pese a mantener las formalidades.
—No sé, posiblemente esté espantando a los caballos del establo, algo así.
Orihime se echó a reír ante aquella afirmación. ¡La idea era sumamente simpática! Se imaginó a su tutora con sus pantalones negros —porque ella casi nunca usaba vestido, y llamaba «troglo…» algo a quien sea que se quejase al respecto— y su extraño abrigo de color naranja corriendo detrás de los corceles, amonestándolos por no haberse comido la avena o algo por el estilo.
Urahara esperó pacientemente a que las risas cesasen para ocuparse del asunto que lo había llevado hasta allí.
—Bueno, bueno, Hime, seguramente te preguntarás por qué estoy aquí. Y pensarás, seguramente, que debe ser algo importante ya que no puede esperar al día siguiente. Y déjame decirte que no te estarías equivocando, querida mía.
La princesa analizó palabra por palabra lo que el recién llegado decía. Sus ojos grises se fijaban en los verdes, y por un instante recordó a la criatura en el calabozo a causa de los mismos: eran diferentes, sí, muy diferentes, mas la asociación de ideas había hecho su parte.
¿Y si… Urahara venía a reprenderla por sus escapadas? No deseaba molestar ni a él ni a Yoruichi, pero no había mentido cuando afirmaba que en aquel rincón de Karakura aliviaba sus destrozados nervios a causa de la aparente inexistencia del tiempo.
Sin importar lo que él fuese a decirle, o lo que ella fuese a prometer, Orihime tenía la certeza de que regresaría a aquel santuario sin importar qué.
Y aunque ella no estuviese al tanto de este hecho, Urahara también estaba seguro de ello.
Y a causa de ello, el rubio ni tocó el tema. No, era un asunto muy distinto el que lo traía hoy al cuarto de la futura reina.
—Orihime —el que la llamase así al proseguir y el que tomase sus manitos con las suyas eran obvios indicadores de que el tema era más que serio—, esto es algo de lo que posiblemente no deseas hablar, pero a cuyo respecto necesitamos conversar…
»Hime… es sobre la ceremonia de sucesión…
Ah, así que no se trataba de sus escapadas.
Esto era mil veces peor.
—No.
La palabrita con la que ayer corriese por las praderas de Karakura aún la acompañaba, y había decidido hacer acto de presencia. «Te ayudaré a escapar de la desesperación una vez más», parecía decirle. «Esta vez, si haces lo que te digo, no nos alcanzará…»
—Hime…
—No.
Urahara suspiró. Esto iba a ser más difícil de lo pensado.
—Mira, Hime…
«Repíteme. Repíteme otra vez. No dejes que te alcance, ¡no dejes que nos alcance!».
— ¡NO! —se apartó de golpe, soltando las manos de Urahara. Las lágrimas caían por su rostro—. ¡NO! ¡No quiero, no quiero hablar de eso, no soy la reina, Sora es el rey, NO!
El pianista era un músico. Y ser músico implicaba conocer a la perfección qué arreglos hacer a las piezas musicales cuando las mismas no iban según lo esperado. En resumidas cuentas —y aunque no quisiese admitirlo—, esto significaba «saber qué tecla tocar».
—Bien, Hime —repetía su nombre como un método lento y suave para lograr serenarla—, no hablaremos de eso. No. Tranquila. Pero hay algo que quiero darte. ¿Me lo permites? Luego te dejaré en paz; lo juro.
No era necesario que él la tratase como un animal asustado desde su punto de vista, mas la chiquilla no podía contemplarse a sí misma en su estado actual: acurrucada entre las sábanas, su rostro rojo a causa de las lágrimas y pesados sollozos haciéndose sentir en el fondo de su pecho.
—De… acuerdo —para no pronunciar las palabras entrecortadamente necesitó hacer una pausa entre ambas.
Urahara premió su buena voluntad con una sonrisa. Él comprendía que ella estaba siendo fuerte de la mejor forma que sabía: se tragaba todo, lo soportaba todo, pretendía que nada había ocurrido…, y terminaba por quebrarse cuando el meollo de la cuestión entraba en juego.
Abriendo su saco, el rubio retiró una diminuta cajita. La naturaleza soñadora de Orihime le instó a pensar durante un segundo en una proposición de matrimonio por la forma de la misma, así como la vestimenta del pianista.
—Toma —extendió su mano, invitándola a tomar el objeto—. Es de parte de Sora.
Orihime agradeció que no citase textualmente a su hermano. Nada de «el último regalo que te prometió él». Tomando una gran bocanada de aire, sujetó el minúsculo rectángulo negro, procediendo seguidamente a abrirlo.
En su interior, le esperaba un par de horquillas azules en forma de flor. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, y Urahara comprendió que necesitaba algo de espacio… y tiempo.
Levantándose de la cama, despeinó suavemente los mechones pelirrojos, y murmuró:
—Como prometí, me marcho. Cuídate, Hime. Y ya sabes… La señorita Yoruichi y yo estamos para lo que necesites.
Ella lo ignoró. Escuchó la puerta cerrándose, igual que el sonido de las pisadas desaparecer en la lejanía.
Pero ahora mismo eran más importantes aquellas minúsculas pincitas.
Eran de parte de Sora.
Casi tuvo ganas de soltar una carcajada al pensar que, de estar con vida, ella habría rechazado el regalo por considerarlo demasiado infantil.
Y ahora, era lo más preciado que pudiese existir para ella.
¿Cómo iba a vivir sin su hermano…? Tal vez no fuese necesario hacerlo.
Llevaría una parte de él con ella siempre, resolvió, apretando las horquillas contra su pecho.
Era tan pequeña, tan bajita… Tanto que sus pies apenas tocaban el suelo cuando estaba sentada en la silla principal del palco de la familia Inoue.
Orihime sabía que no estaba hecha para esto. Lo había sabido desde niña, desde que había elegido los bosques por encima de las lecciones.
Y él también lo sabía, porque no había quien la conociese mejor.
Habían sido amigos desde que ella dijese su primera palabra, desde que él se perdiese completamente en su risa como de cascabeles.
Él era su caballero; ella, su princesa.
Así que Ichigo no podía evitar pensar que había algo de trágico en aquel día soleado, un día primaveral como cualquier otro, en el que ella dejaría de ser una princesa para convertirse en reina.
Reina.
Incluso a él —aunque no fuese a admitirlo— el título le aterrorizaba.
¿Era ahora Orihime la encargada de tomar las decisiones en el reino? Pero si apenas hacía unos meses se había molestado porque él le había ganado una carrera haciendo trampa…
Sus ojos miel escrutaron el resto de la Sala de Juicios, buscando distraerse: este consistía en un enorme recinto con una bóveda en forma de cúpula en lo alto; cada familia de nobles contaba con un palco semicircular en el que había siete asientos, el más ostentoso siempre reservado para el cabeza de familia. El palacio había sido pensado de tal manera que ninguna familia noble fuese capaz de establecer contacto físico con las seis restantes —¿quién desearía algo tan peligroso luego de las varias Defenestraciones de Praga?—, un palco al norte, y los restantes ocupando el noreste, el este, el sudeste, el sudoeste, el oeste, y el noroeste del salón, formando un círculo casi perfecto: así, la única entrada a cada balcón era una larga escalera que surgía del piso debajo de los mismos, donde se encontraban dos mesas. Estas dos mesas eran tan diferentes como el día y la noche, puesto que la más pequeña, denominada «Menos», servía para rubricar las resoluciones reales; la otra, —cuyo nombre, «Grande», le hacía honor— estaba destinada a suntuosos banquetes, puesto que la tradición dictaba que luego de disertar y llegar a un acuerdo en lo concerniente a los problemas tratados, las siete familias se regocijasen en el comer y el beber y así olvidasen cualquier posible rencor suscitado en los encendidos debates que hubiesen tomado lugar escaleras arriba.
Ichigo halló toda esta conocida infraestructura aburrida, por lo que examinó a los presentes: su padre y él se encontraban en el palco noreste; en el este, se hallaban los Arisawa y su hija marimacha Tatsuki; en el sudeste, los Yasutora —porque Chad era el heredero, aunque fuese su abuelo Óscar Joaquín de la Rosa el actual cabeza de familia—; en el sudoeste se apreciaba a los Ishida — Ryuuken y su engreído hijo Uryuu—; y finalmente, en el palco oeste, se veía a los Byakuya —Ichigo había instaurado la costumbre de denominarlos a sus espaldas por el nombre de su heredero principal, puesto que consideraba el apellido verdadero demasiado estúpido como para nobles de tan alta alcurnia—, presentes Ginrei Kuchiki y una pequeña de cabello negro a la que no conocía —mas imaginó que se trataba de la menor de la dinastía, quien había cumplido recientemente los cinco años, edad mínima reglamentaria para asistir a los eventos de las altas esferas—.
Y como siempre, la séptima familia brilla por su ausencia.
Frunciéndole el ceño al palco noroeste, Ichigo cuestionó cómo era posible que una familia real fuese desconocida a las demás. Según le habían explicado, los miembros de esta vivían en un palacio ubicado «al borde del mismísimo Tiempo» —qué demonios significaba eso, él lo ignoraba—, y eran los encargados de velar por el inalterable equilibrio entre todos los mundos existentes.
Lo que al príncipe Kurosaki le parecía una tremenda falacia, una historia para niños antes de dormir, y todos sabían que a los diez años uno ya era mucho más adulto que, por ejemplo, a los cinco.
Y sin embargo, su padre lo miraba de forma condescendiente cada vez que él expresaba sus objeciones al respecto, y le aseguraba: «Pronto entenderás» o bien «Tal vez los únicos que puedan percibir la magnitud del poder de la séptima familia son aquellos que están en ella».
Iba a tocar nuevamente el tema —el heredero de la familia Kurosaki era conocido por su terqueza— cuando una sonora tos llamó su atención.
Todos dirigieron la mirada al palco norte, contemplando al pianista de la familia Inoue, quien estaba de pie a la derecha del asiento de Orihime. Según su padre le había explicado a Ichigo, aquel hombre, de nombre Kisuke Urahara, era mucho más que lo que aparentaba. Lo mismo le había asegurado respecto a Yoruichi Shiouin, la mujer que se encontraba a la izquierda del asiento real en donde la nerviosa princesa presionaba con fuerza sus manos, como no queriendo desairar el honor con que se la envestía.
—Muchas gracias por su presencia, Honorables Justos —«Honorables Justos» eran los términos con que se nombrara a los representantes de las distintas familias, aunque fuese más común el vocablo «Justo»— y Futuros Justos —eso iba para todos los demás, los herederos que aún no tenían ni voto ni voz, reducidos a meros espectadores en el Parlamento; con «Futuro» era suficiente para referirse al papel que desempeñaban—. Como sabréis —qué cosa más molesta era tener que utilizar la Lengua Formal, siendo que la coloquial era mil veces más práctica—, se encuentra ante vosotros la princesa Orihime Inoue. Ante el deceso del rey Sora, hemos hallado oportuno…
Ichigo no pasó por alto el pequeño estremecimiento que se deslizó por el cuerpo de su amiga. Estaba muy seguro de que la sola mención del fallecimiento de su hermano le brindaba escalofríos.
—… y es por esto que os hemos convocado aquí hoy, con el fin de realizar la ceremonia de coronación con la aprobación de las siete familias reales.
No hubo transcurrido un segundo del discurso, cuando una potente voz se hizo oír.
— ¡No me hagáis reír!
Todas las miradas se cernieron sobre el representante de la familia Kuchiki, quien se encontraba de pie.
— ¿Me decís —agregó— que una Futura tomará el lugar de su hermano, y se erigirá en la máxima gobernante del Reino de Karakura? ¡Ya fuimos bastante permisivos respecto a la coronación del rey Sora cuando sus padres fallecieron! ¿Un muchacho de dieciocho años reinando? ¡Inaudito! ¡Y sin embargo, lo permitimos, porque era el turno de la familia Inoue! Pero ¿una niña de nueve años? ¡Atroz! ¡Estaríamos poniendo el reino en manos inexpertas que de seguro lo arrastrarán a su destrucción!
El joven Kurosaki sabía que el anciano tenía razón. Sabía que sus palabras no carecían de sensatez, y no obstante, no podía evitar fruncir el entrecejo. Paseó la mirada por los balcones, midiendo la reacción de cada uno de los presentes: los Yasutora, así como Uryuu y Byakuya, guardaban silencio, inexpresivos; Ryuuken Ishida asentía casi imperceptiblemente, coincidiendo con Ginrei —quien al igual que Ichigo, juzgaba la acogida que habían tenido sus palabras—; la joven heredera de los Kuchiki, por otro lado, lucía algo incómoda por tan crudas palabras; los Arisawa ofrendaban miradas condescendientes a Orihime, mientras que Tatsuki, Ichigo mismo, su padre y la tutora de la princesa arrugaron el ceño.
Urahara, en cambio, tenía una mirada impasible: como si la posibilidad de este desenlace no escapase a sus consideraciones.
—Bueno, bueno —el pianista bajó levemente la mirada, agitando con suavidad las manos en el aire, como intentando calmar al noble—, ciertamente que no es algo común el coronar a una princesa tan joven, pero no lo calificaría de atroz exactamente…
— ¿De qué hablas? —el viejo Kuchiki tuteaba a todos, pese a no utilizar la lengua coloquial—. ¡Por supuesto que es atroz! ¡De solo pensar que la tierra que han de heredar los descendientes de las siete familias estará a merced de una chiquilla con falta de educación y experiencia…!
—Ey, ey, ey, Ginrei, espera un momento: francamente espero de todo corazón que no estés insinuando que el reino estaría mejor en manos de tu nieto; ese impulsivo muchacho sí que traería la perdición al mismo.
El viejo Kuchiki y su heredero demostraron un asombroso parentesco al entornar los ojos y acribillar con la mirada a la impetuosa mujer que se había atrevido a desafiarlos. Ichigo tuvo que contener la sonrisa que casi surgió de sus labios.
Para que aprendas, viejo.
—Jamás he dicho tal cosa —fue sin embargo la respuesta del anciano, el joven girando ipso facto la cabeza en su dirección, más que sorprendido—. A Byakuya le falta mucho por aprender, en especial a no ceder ante sus pasiones.
— ¡Abuelo…!
—Silencio.
Una simple palabra de su abuelo, y el primogénito de la familia había callado, apretando los puños. Empero, pocos instantes después, realizó una tentativa de defensa:
—Abuelo, ¡te aseguro que…!
Esta vez el sonido del bastón contra las baldosas de mármol fue implacable. El adolescente bajó la cabeza, y el viejo se arregló el sombrero, como si nada hubiese ocurrido. Ichigo pensó que con su actitud, el muchacho no había hecho más que probar el punto de Ginrei.
—No estoy diciendo que el trono deba ser para ninguno de los herederos del linaje Kuchiki —el tono del aristócrata se había suavizado, y el príncipe Kurosaki conjeturó que posiblemente era un hombre honrado, solo que exageradamente estricto—. No obstante, considero acertado el delegar el poder a alguien más; alguien que se presente como una buena opción para ser un guía. Mantengo mi opinión firme respecto a Sora: no estaba preparado, y muchas cosas pudo haberlas hecho mejor. Su hermana menor se me presenta como una opción aún más disparatada…
El pelirrojo observó a su amiga, quien lucía a punto de llorar. Su cabeza gacha le causó una repentina oleada de furia. Decidió que esto no podía continuar. No, había que ponerle un fin, y ya mismo… Así que abrió la boca y…
… no pudo evitar que alguien se le adelantase.
— ¡Ah, estoy completamente en desacuerdo contigo, Ginrei!
Una vez más, Yoruichi se apropiaba de toda la atención.
— ¿Acaso una niña es nuestra mejor opción? —el anciano extendió sus brazos, pretendiendo abarcar a todos los presentes—. ¿No nos encontramos en una sala llena de personas capacitadas para el puesto?
—Estoy de acuerdo con Kuchiki —anunció Ryuuken, tomando (no tan) por sorpresa a todos, enderezándose las gafas con el dedo corazón—. La princesa Inoue no se encuentra lista para semejante tarea.
— ¡Pero dejen por lo menos hablar a Yoruichi! —intervino el líder de los Arisawa, indignado—. ¡Tenía un punto, estoy seguro!
La mujer sonrió de forma felina, y asintió sabihondamente, colocando ambas manos detrás de la espalda.
—Por supuesto, por supuesto. Nada más iba a recordarle a nuestro estimado Ginrei —ladeó la cabeza como de forma condescendiente hacia el susodicho— que no siempre la aparente mejor opción es la mejor opción en realidad.
Un par de finas cejas blancas se juntaron al arrugar el viejo la frente.
—Digo, no creo que a nadie le sea posible olvidar a nuestra última «mejor opción» —el tono de Yoruichi era más que sugestivo, y aunque la tensión se sentía en el aire, Urahara permanecía concentrado en los diseños de la cúpula, como si supiese qué límites su compañera era capaz de cruzar y cuáles no—. ¿Recordáis? ¡Oh, qué prometedor hombre era aquel…! ¡Docto en Artes y Letras, así también en Música y Política!
El pianista se cubrió la boca con la mano, bajando la mirada, como si desease reír. Yoruichi no ocultaba su sonrisa tentona.
— ¡Qué lástima que Kouga no hubiese sido lo esperado…! ¿No es así, Kisuke?
—Oh, claro que sí, señorita Yoruichi —y el rubio se quitó el sombrero de copa como manera de mostrar respeto, sujetándolo entre sus manos y lanzando al aire un teatral suspiro—. Qué hombre, qué maneras, qué anhelos depositados en vanos en un…
— ¡Traidor!
Y así, Yoruichi finalizó su acusación, cruzándose de brazos a la par que su compañero devolvía el sombrero a su sitio, como si hubiesen estado representando una obra y el telón hubiese bajado.
Toda la sala se sumió en un sepulcral silencio.
— ¿Quién demonios es Kouga…?
El golpe de Isshin Kurosaki que fue a dar contra la cabeza de Ichigo envió a este último al suelo.
— ¡EY, PAPÁ, YO SOLO…!
Un nuevo pisotón del hombre en su espalda lo mantuvo con el rostro estampado contra el mármol.
Como toda la atención se había centrado ahora en Isshin, este no tuvo mejor idea que encogerse de hombros y replicar con un tono distendido, rascándose la nuca y fijando la vista en la cúpula igual que lo hiciese Urahara:
— ¿Qué esperáis de mí? El pianista y la mujer están en lo cierto.
Les lanzó una mirada a los mismos como para asegurarles que estaba de su lado, y ambos se limitaron a asentir ligeramente.
Ahora, la atención se concentraba una vez más en el viejo Ginrei Kuchiki.
—Tenéis razón —admitió—, pero ¿qué pruebas ofrecéis para convencerme… no, para convencernos de que esta niña tiene en verdad madera de reina?
— ¿En serio, viejo? —bufó la tutora de la futura reina—. ¡Dame una razón para decir que no posee madera de reina! Es la hermana de Sora, y toleró… —lanzó una rápida mirada en dirección a su pupila antes de proseguir—. Toleró los abusos de sus padres. ¿Me obligarás a contar en voz alta penuria tras penuria? Creo que ella se merece más. Y por «más», me refiero al trono. Ahora, si esto no fuese suficiente… —Yoruichi retiró un pergamino del interior de su chaleco, extendiéndolo—, el mismísimo rey Sora requirió que su hermana ascendiese como reina.
—De acuerdo —Ginrei asintió—. Ella terminará el periodo que correspondía a la familia Inoue. Pero tengo una condición —apoyando ambas manos en su bastón, miró a sus iguales—: ella reinará por diez años…
—Doce —replicó Yoruichi.
—Once —contraatacó el anciano, molesto por su interrupción—. Once años a partir del día de la coronación. Y al undécimo año, deberá contraer matrimonio con alguno de los herederos de las otras familias.
Un murmullo se elevó en la sala. Isshin al fin dejó en libertad a su hijo, quien miró estupefacto al viejo. Este solo levantó una mano, solicitando silencio. Cuando lo obtuvo, prosiguió:
—Mi petición puede parecer insólita —Más como «desquiciada» diría yo, halló el joven Kurosaki—, mas no lo es si consideramos los antecedentes familiares. Somos las siete familias reales, y no menos, porque todo el poder y la responsabilidad del bienestar del reino de Karakura recaen en nosotros. ¿Es acaso fuera de lugar exigir que esta potestad inherente a la sangre real se mantenga dentro del círculo que la misma trazó?
—Una vez más, coincido —anunció el líder Ishida, arreglándose el saco—. Parte de reinar sabiamente es prever incluso lo imprevisto. Lo «imprevisto» sería que el poder saliese de esta órbita a la que lo hemos confinado no en nuestro beneficio, sino en el de todo ser vivo de Karakura.
Ichigo observó a todos. Por sus expresiones, notaba que comprendían la lógica tras tales afirmaciones, mas también percibió una renuencia a aceptarla.
—Ey, Ishida —Isshin lo llamó, su cabeza ladeada, sus hombros flojos—, todo esto me parece muy duro —el heredero Kurosaki comprendió que no decía lo que pensaba, que Orihime era apenas una niña, por miedo a embarrar la recién resuelta situación respecto a su posición en el trono—. Todos nosotros —y señaló a cada uno de los presentes— nos casamos por amor —la mueca en el Rostro de Ryuuken mostró qué opinaba acerca de esta idea—. No, en verdad, perdóname el insulto a tu pragmatismo, pero así fue. ¿Por qué deberíamos condenar a nuestra futura reina a tan horrible cadalso como lo es un matrimonio sin amor?
Los Arisawa y los Yasutora cabecearon en muestra de apoyo respecto a aquella argumentación.
—Considero, Kurosaki —objetó Ryuuken—, que es prioritario el bienestar del reino de Karakura, incluso en detrimento del «amor» del que hablas.
Ichigo no podía creer aquello. Aquel hombre tiraba por la borda todas sus creencias. ¿No era el amor lo más importante? ¿Más que el oro, más que el poder? Bueno, no sabía que significaba «detrimento», pero algo malo debía ser a juzgar por la expresión de todos…
—Es solo que no me parece justo…
—Tampoco es justo que tantos reyes se sucedan en la casa Inoue —le recordó Ginrei—. Los nobles de la familia Inoue fallecieron trágicamente, así es, por lo que cuando llegó el turno de la misma de reinar, permitimos que su primogénito portase el Cetro de la Justicia. Y sin embargo, seis años después, como no se han cumplido ni por asomo los cincuenta que le corresponden a esta dinastía, cedemos el poder a esta pequeña. ¿No es justo que, en vista de que respetamos su derecho al poder, ella respete el nuestro? Solo estoy requiriendo garantías de que nuestro juicio en este asunto nos ha guiado a tomar la decisión correcta.
—Cabe destacar que no hablamos de simple egoísmo; hablamos de la mejor decisión que podemos tomar respecto al bien común —Ryuuken no tardó en secundar al viejo Kuchiki.
Isshin decidió que lo mejor era callar. Ichigo iba a insistir, ¿cómo permitía que le hiciesen eso a su amiga? Fijó la mirada en su tutora y el pianista, a punto de suplicarles que dijesen algo, cuando la mujer habló:
—Bien. Aceptamos tus condiciones, Ginrei.
La pequeña Orihime la miró con los ojos desmesuradamente abiertos. Ichigo no pudo evitar pensar que se veía como un venadillo acorralado, y esta idea era respaldada al estar todos los Justos y Futuros de pie —los ánimos se habían caldeado demasiado rápido si esto era algún indicador—, únicamente ella sentada. El heredero Kurosaki no lo recordaba demasiado bien, pero estaba seguro de que la junta había empezado con todos en sus asientos…
—En tal caso, no tengo nada que objetar: ratifico la moción.
Uno tras otro, los demás líderes repitieron aquellas tres palabras que Ginrei había pronunciado el primero: «Ratifico la moción».
Ichigo sentía que lo único que deseaba ratificar era su determinación a no vomitar a causa de los retortijones que la frustración le ocasionaba en el estómago.
Todos y cada uno de los representantes de las familias se hallaban sentados a la mesa Menos.
Kazuo Arisawa, Óscar Joaquín de la Rosa, Ginrei Kuchiki, Isshin Kurosaki, Ryuuken Ishida y Orihime Inoue.
Una tras otra, sus firmas fueron estampadas en el documento real que proclamaba las condiciones del reinado de Orihime: gobernaría hasta cumplidos los veinte años, cuando contraería matrimonio con uno de los herederos de las familias, y así proseguiría su mandato por tiempo indefinido.
Cuando llegó el turno de la pequeña, su mano temblaba tanto que apenas podía sostener la pluma. ¡Ni que decir cuando estuvo empapada en tinta!
No obstante, apenas iba a trazar su firma —la había practicado un día antes sin cesar— las puertas del salón se abrieron estrepitosamente.
Todos los Futuros se sobresaltaron, mas ninguno de los Justos se alteró.
Incluso hicieron comentarios al respecto.
—Ya se estaban tardando —murmuró Isshin, algo fastidiado por no poder acabar con todo el protocolo de una buena vez.
—En mis tiempos, la puntualidad era más importante —Ginrei era simpatizante del fastidio de Isshin.
Orihime no comprendió de qué hablaban, pues no había visto a nadie entrar, cuando notó algo negro en el aire que parecía flotar —¿o volar?— en su dirección.
Una vez que se hubo acercado, la niña cayó en la cuenta de que se trataba de una mariposa negra, aunque en la parte final de sus alas traseras se apreciaba un brillante color que no lograba decidir si era rosa o rojo.
El insecto avanzó hasta estar frente a ella, descendiendo y posando sus patas sobre el pergamino. Un cegador resplandor azul que obligó a Orihime a cerrar los ojos se hizo presente en ese instante; al levantar los párpados, la mariposa no estaba, mas se podía distinguir un garabato bastante curioso en el papel.
—Es la firma de la séptima familia —Orihime miró al padre de Ichigo, quien le sonrió—. Ellos también están de acuerdo con que seas nuestra nueva reina, Hime.
Una temblorosa sonrisa curvó los labios femeninos. Ah, cómo le gustaba cuando el padre de su mejor amigo hablaba… Ella lo veía a él como una especie de tío bromista, y admiraba la manera en que ponía a las personas por encima de las cosas.
No como el señor Ishida o el señor Kuchiki.
La fingida tos de este último la trajo de vuelta al mundo real.
—L-lo siento…
Y trazó su firma sobre el pliego.
El banquete fue breve y liviano comparándolo con ocasiones anteriores. En la cabecera que antaño ocupase Sora, ahora estaba Orihime. Y en el otro extremo se encontraba Ginrei, como siguiendo un orden respecto a las edades.
La joven princesa —próximamente reina— caviló unos instantes acerca de lo que se le venía encima: ella sabía que no estaba lista para todo esto.
Empero, se lo debía a su hermano.
Sus manos palparon en silencio los broches. Ah, cómo le habría gustado haberse impuesto a los demás… Pero Yoruichi siempre estaba allí para salvarla.
Y pese a que en parte el saber que ella vendría siempre a su rescate la reconfortaba, también la hacía sentir como una inútil. ¿Qué acaso no sabían que ella podía defenderse sola…?
No había planeado ni por un instante dejar que manchasen el nombre de Sora.
Inhaló hondamente, observando a Ichigo y a Uryuu competir por un trozo de bistec bastante jugoso.
Ichigo.
Aunque lo quería, no ignoraba que se trataba de uno de ellos.
Uno de los que pensaba que ella era una inútil.
En el salón principal, todo era solemne. Completo silencio, y todos los patricios en derredor. Ella deseaba que acabase pronto, así le soltarían el ajustado corsé que no la dejaba ni respirar. Además, el rojo no era su color: no, a ella le gustaban los colores alegres, como el naranja y el verde, pero esos no eran colores de vestidos de futuras reinas.
De pronto, las trompetas se hicieron oír. Orihime se mantuvo sentada; estaba al tanto de lo que se esperaba de ella.
Urahara se ubicó detrás de su asiento, y se dispuso a recitar los juramentos que ella habría de repetir, o bien, a los cuales debía responder.
Finalmente, llegó la última pregunta:
— ¿Aceptáis, mi señora, ser la soberana de esta tierra por los próximos cincuenta años establecidos en el tratado del Tiempo?
—Lo acepto.
—Habiendo aceptado, ¿juráis, de igual manera, que os mantendréis fiel a lo que el Cetro de la Justicia representa en el Glorioso Reino de Karakura?
—Lo juro.
Al menos su voz ya no se esfumaba; permanecía, y escuchaba a sus deseos.
—En tal caso, yo, por el poder que me han investido las leyes ancestrales, os nombro reina de Karakura, y proclamo vuestro nombre a los siete solares del reino.
Y con cuidado, depositó la reluciente corona en su cabecita.
Yoruichi se acercó instantes después —qué raro era verla con aquel vestido negro—, ofrendándole de rodillas el Cetro de la Justicia, el bastón dorado que tantas veces había visto portar a Sora.
Orihime sonrió, y lo tomó de sus manos. Seguidamente, mirando a todos y cada uno de los nobles, declaró:
—No temáis, nobles de las siete familias: gobernaré con la justicia como mi cetro, la paz como mi corona y la sensatez como mi túnica. Es la promesa que os hago hoy y siempre.
La pequeña no era la más experimentad en estas cuestiones, mas halló que la acogida que dieron los nobles a su mandato fue bastante justo.
En especial cuando se trataba de alguien que había tenido que hurgar entre libros de caballería para encontrar una frase que pudiese satisfacer las expectativas ajenas.
—Ah, y he aquí que pensé que no lo notarías… —suspiró ella, contemplando al joven heredero de los Kurosaki besar la mano de la nueva reina, acompañándola seguidamente junto con Kisuke al balcón real que daba a la plaza central de la ciudad; los plebeyos estarían esperando para saludar a Su Alteza.
—En tal caso creo que no soy el único que ha envejecido —el anciano se arregló su bufanda, la cual portaba siempre sin importar la estación del año.
Yoruichi esbozó una sonrisa algo apática. No quería sonreír, y eso se notaba. ¿Cómo iba a querer hacerlo cuando sabía que el tiempo de su viejo amigo se acercaba a su fin…?
—Creo que sabes el porqué de mi petición —recalcó él.
Para ser alguien tan obstinado, aparenta una serenidad casi enfermiza.
Buscó algo que hacer por ignorar su pregunta. Por un instante consideró el observar los largos cortinales rojos que impedían que el ardiente sol primaveral se colase en el palacio.
—Yoruichi…
—Bien, Ginrei —aceptó al fin, mirándolo renuentemente—. Tenemos planes para la… reina. O mejor dicho, el Consejo tiene planes.
El líder Kuchiki enarcó las cejas.
— ¿En verdad? ¿Yamamoto planea algo para ella?
—Sí, solo que este plan en cuestión es ignorado tanto por Kisuke como por mí.
El anciano asintió, fijando la vista en su nieto, que mantenía asida de la mano a su hermana menor.
—Supongo que ciertas cosas deben permanecer secretas hasta que maduren —murmuró de forma ausente—; de lo contrario, no darían resultado.
La tutora de la ahora reina estuvo a punto de cuestionarle acerca de su frase, cuando el noble se atusó el bigote, fijando la vista en la espalda de la joven reina.
—Quizá Byakuya siga aquí para ver cómo se concreta el plan de tu señor…
Sora.
Él había sido su razón de vivir. Ella comprendía eso, lo asimilaba.
Él había trazado el camino que ella habría de recorrer a partir de ahora con pies descalzos, inexpertos, a sabiendas de que muchos cuchillos esperaban para clavarles los pies.
Ella sabía que sangraría, que lloraría, y que a veces ni siquiera el vulgar alivio de las lágrimas le sería concedido: ¿una reina llorando? ¡Inadmisible! Debería educarse en el fino arte de romperse por dentro, igual que todo rey o reina que se preciase de serlo.
¿Acaso Sora también lloraba?
Un repentino sentimiento de culpa se arremolinó en su garganta. ¿Y si ella había pasado por alto su llanto…?
Meneó la cabeza, comprendiendo que lamentarse era en vano. Ahora estaría bien, de todas maneras.
Porque estaba en camino a su lugar sin tiempo.
Era una noche sin luna, así que el escondite subterráneo se le presentaba como más iluminado que el exterior, de lejos.
Orihime avanzó sin miedo; cada vez ingresaba con menos aspavientos, con menos drama. Tomó la tea sin problema alguno —ya había dejado los libros que hacían las veces de escalera en el lugar donde los necesitaba— e ingresó a la celda, candelabro en mano, libro bajo el brazo.
Allí, su descubrimiento la esperaba.
Yacía en la misma posición de siempre, sus ojos opacos.
—Buenas noches.
Ah, aquel verde que poco a poco se le iba haciendo familiar… Orihime sonrió débilmente, y tomó asiento frente a él, regocijándose en el hecho de que al menos era capaz de obtener su mirada, si no las respuestas que deseaba.
—Hoy traje algo distinto para ti…
To a stranger.
Passing stranger! You do not know how longingly I look upon you,
You must be he I was seeking, or she I was seeking, (it comes to me as of a dream,)
I have somewhere surely lived a life of joy with you,
All is recall'd as we flit by each other, fluid, affectionate, chaste, matured,
You grew up with me, were a boy with me or a girl with me,
I ate with you and slept with you, your body has become not your only nor left my body mine only,
You give me the pleasure of your eyes, face, flesh, as we pass, you take of my beard, breast, hands, in return,
I am not to speak to you, I am to think of you when I sit alone or wake at night alone,
I am to wait, I do not doubt I am to meet you again,
I am to see to it that I do not lose you.
Él solo la observó en el más completo mutismo. Orihime se esperaba aquella reacción, mas eligió engañarse pensando que él no tenía oportunidad ante sus múltiples conocimientos idiomáticos, por lo que complementó su papel de lectora volviéndose asimismo la traductora de aquellos escritos.
Y mientras recitaba palabra por palabra, un diminuto, minúsculo sentimiento se abrió paso.
¿Y si obtenía una nueva razón para vivir?
Las últimas palabras de la poesía flotaban aún en el aire cuando ella levantó la vista y la fijó en el prisionero.
Aquella criatura… ¿qué era? Había notado que no necesitaba alimentarse, y tampoco ignoraba las antorchas inextinguibles. Pero bueno, luego de la mariposa de antes, nada era demasiado extraño.
¿O sí?
¿Sería extraño que tomase como protegido a aquel ser? La reina meditó al respecto. Un índice sobre los labios, y ojos curiosos que examinaban la celda.
Aquel lugar era ajeno al tiempo, y lo sabía. Era justo lo que necesitaba ahora. ¿No sería este razonamiento suficiente para proteger este lugar con su vida…?
Miró al frente.
Y eso te incluye a ti.
Él era su descubrimiento. Ella lo había encontrado. Ella había mantenido su existencia en secreto.
Por un instante, Orihime se sintió egoísta. Egoísta porque deseaba que él fuese su secreto. Su exclusivo secreto.
Había soportado todas las humillaciones.
Que la nombrasen reina a su corta edad —y había accedido por Sora—.
Que humillasen el nombre de Sora —y lo había tolerado porque Yoruichi había sabido cómo salvar la situación—.
Que todos la tratasen como una inútil que necesitaba que la defendiesen de todo y todos —y no lo había retrucado porque el momento para hacerlo se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos—.
Entonces, ¿estaba mal que por una vez ella quisiese tomar a alguien bajo su protección? ¿Que ella quisiese ser la heroína, la altruista doncella que salvase a alguien?
—Dime tu nombre.
Ingenua Orihime. Él no le había dicho nada antaño, y no lo haría ahora.
—Por favor…
Se levantó de su sitio, y se acercó a él. Estaba a centímetros de su rostro, parada entre sus piernas abiertas.
Y aun así solo el eco de sus palabras le respondía.
—Mira, necesito tu nombre porque…
Quiero tomarte bajo mi protección.
Y entonces, reparó en una placa de metal a pocos centímetros por encima de la cabeza de la criatura; tanto así que probablemente no la hubiese advertido antes porque la misma se entrometiese en su visión. Frunciendo el entrecejo, Orihime retrocedió, y, tomando el hacha, la acercó con cuidado al rectángulo dorado.
—Ulquiorra… Cifer.
Bajando la vista, buscó alguna señal de reconocimiento en los ojos esmeraldas.
Como era de esperarse, no halló ninguna.
Después de todo, la reina ignoraba que aquel nombre había sido tachado de los libros de historia, y sumido en una oscuridad aún mayor que la de su dueño.
La oscuridad del olvido.
Bueno, resulta que también tengo una fijación con Whitman. La traducción es como sigue:
A un desconocido
¡Desconocido que pasas! No sabes con cuánto ardor te contemplo,
Debes ser el que busco, o la que busco (esto me viene como en sueños),
Seguramente he vivido contigo en alguna parte una vida de gozo,
Todo se evoca al deslizarnos el uno cerca del otro, fluidos, afectuosos, castos, maduros,
Tú creciste conmigo, fuiste un muchacho conmigo o una muchacha conmigo,
He comido contigo y he dormido contigo, tu cuerpo ha dejado de ser sólo tuyo y ha impedido que mi cuerpo sea sólo mío,
Tú me das el placer de tus ojos, de tu rostro, de tu carne, al pasar; tú me tocas la barba, el pecho, las manos, en cambio,
No me propongo hablarte; me propongo pensar en ti cuando estoy sentado solo o me despierto solo en la noche,
Me propongo esperar; no dudo que te volveré a encontrar,
Debo cuidar de no perderte.
Espero que disfrutasen el cap., y el leve, levísimo (?) Ichihime c: -no, no se preocupen, la historia es Ulquihime sí o sí, no se alteren-. Y díganme, ¿qué les parecieron los personajes? ¿Los caractericé bien? -traté muchísimo, en serio-. ¡Déjenme review! :C Escribo con amor para ustedes, ¡denme amor también! ¡Díganme qué piensan, critiquen, lo que sea!
Me despido, ¡hasta la próxima! :D
PD: Sí, noté el error con llamar "Byakuya" a los "Kuchiki" -no sé qué mierda me pasó-, así que decidí hacer un chiste de ello (?) Ichigo, mi héroe (?)
Hasta la próxima c:
-Pequeña.
(y no, no en todos los caps. recuerdo poner mi nombre).
