¡Hola a todos! Lamento muchísimo la tardanza, sé que es imperdonable, pero ya estoy aquí, inspirada de nuevo con esta historia para la que tengo muchos planes. Espero que les guste y muchas gracias por sus comentarios anteriores, ¡saludos!
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Capitulo Dos
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Investigación
—Kagome.
¿Por qué razón habría alguien tan parecido a Sesshomaru en un periódico? Es que no era un simple parecido. Si no fuese porque las marcas en su cara y sus extrañas orejas habían desaparecido, podía asegurar que era la misma persona. Sin embargo, los diarios eran en blanco y negro, es decir, podría no tener tanto parecido en vivo y en directo, ¿no?
—Kagome.
No había forma de que aquel legendario demonio continuara con vida en la época actual, menos en una forma tan… ¿humana?
«Pero, ¿qué estoy pensando? ¡Ya ni siquiera estoy ateniéndome a la realidad en mis hipótesis!», pensó Kagome sacudiendo la cabeza.
—¡Kagome! —Alguien gritó fuertemente, sacando a la chica de sus pensamientos.
La aludida se sobresaltó y miró a la persona responsable de esos gritos. Era Misaki, quien la miraba molesta con una tabla de anotaciones en la mano y golpeando el piso repetidamente con un pie.
—¿Hay alguien ahí? —Le preguntó esta, pasando su mano frente a la vista de la azabache.
Kagome apartó la mano de su amiga con molestia y siguió organizando los papeles que había estado ordenando antes de sumirse en sus pensamientos de aquella manera. Varios doctores comían apresuradamente a su alrededor en las mesas restantes de la cafetería del hospital, ya que era la hora de almuerzo, pero ella no tenía tiempo para almorzar.
—¿Qué quieres, Misaki? —preguntó exasperada a su amiga, que se hallaba parada a un lado de la mesa que ella estaba ocupando.
—Uy, alguien está de mal humor el día de hoy. —Se cruzó de brazos la castaña—. ¿Qué demonios te pasa, Kagome?
La joven doctora soltó los papeles que tenía en sus manos con brusquedad y miró a Misaki. Su amiga se veía algo ofendida por el trato que ella le estaba dando y se sintió culpable. Misaki no tenía la culpa de que ella tuviese tal confusión en aquel momento ni tenía por qué involucrarla.
—Lo lamento. Lo que pasa es que tengo muchas cosas en la cabeza… No me hagas caso. —Intentó sonreír—. ¿Qué ocurre?
Misaki frunció el ceño y se sentó frente a la azabache, inclinándose sobre la mesa. Kagome se echó para atrás ante la mirada escrutadora de su amiga, sabiendo que nada bueno podía salir de ese análisis.
—Hoy casi no hay pacientes y estamos colmados de doctores. Te dieron el día libre —anunció Misaki mirándola fijamente—. No es normal que no hayas escuchado el aviso por la bocina. ¿Qué tienes?
Así era, Kagome siempre era la primera en correr de un lado a otro del hospital para atender a un paciente, la más atenta y amable de los médicos. Sin embargo, hoy probablemente no debería ponerle un dedo encima a un enfermo por lo distraída que estaba, ya que en lugar de ayudarlo le provocaría un mal severo.
—¿En serio? —exclamó Kagome emocionada, ignorando la última pregunta de su amiga—. Ahora mismo iré a arreglar mis cosas.
Tomó los papeles y los alineó, colocándoles un clip para que no se le perdiera ninguno. Se paró y comenzó a caminar hacia la salida de la cafetería, cuando una idea fugaz cruzó sus pensamientos. Dejó de caminar y dio media vuelta como un rayo hacia su amiga, que aún la miraba extrañada.
—¡Misaki! Tu hermano es periodista, ¿no? —preguntó exaltada, como si aquella información fuese de vital importancia.
La aludida asintió, desconcertada por la repentina pregunta.
—¿Crees que puedas ponerme en contacto con él? —pidió Kagome juntando sus manos en forma de súplica.
De un momento a otro, la cara de Misaki se volvió pícara.
—Kagome, Kagome… ¿acaso ahora te gusta mi hermano? —aventuró la castaña— ¡Me lo hubieses dicho desde un principio y no te habría buscado tantas citas! —La joven doctora casi se cae de espaldas al escuchar aquellas absurdas palabras. Trató de interrumpirla, pero su amiga estaba demasiado ilusionada parloteando sobre sus especulaciones—. Seguramente te daba pena por ser mi hermano, ¡pero eso no me importa! ¡Seremos cuñadas! ¿No te parece maravilloso? Tengo que planear una cita doble; seremos nosotras, mi novio y Hideki. ¡Será perfecto!
Kagome no podía creer lo rápido que volaba la imaginación de Misaki. Exasperada, la sujetó con ambas manos por los hombros para que la mirara a la cara y parara de hablar.
—¡No me gusta tu hermano! Necesito que me des su número o algo porque necesito preguntarle acerca de un tema importante. ¿Puedes?
Misaki bufó y se cruzó los brazos.
—Eres mala. ¿Por qué me ilusionas así? —Hizo un puchero. Kagome no dudaba que ella ya debía haber estado armando los planes de boda—. Pero bueno, dame tu celular. Te guardaré su número.
La azabache siguió sus indicaciones y luego de todo aquello se fue. Apenas estuvo fuera del hospital buscó en su celular el número del hermano de Misaki para ver si podían verse. Se sorprendió al ver que no había ningún número con el nombre de «Hideki». Buscó en toda la agenda a ver si su amiga no había cometido un error al registrarlo, hasta que se topó con algo que le dio ganas de golpearla.
«Tu futuro novio», decía el nombre del contacto.
Puso los ojos en blanco y le dio al botón de llamar. Tras un par de tonos, una voz varonil habló:
—¿Diga?
—Hola, Hideki. Soy Kagome Higurashi, ¿me recuerdas?
Se escuchó a Hideki toser como si se atorara por unos segundos y un montón de cosas moverse, hasta que recuperó la compostura.
—Sí, sí, claro que te recuerdo. ¿Cómo has estado? —habló él con un tono algo extraño.
—Pues ya sabes, lo de siempre en el hospital —contestó Kagome automáticamente—. Escucha, ¿crees que podamos vernos como en media hora?
—Claro. ¿Recuerdas dónde trabajo? —preguntó. Ella hizo un sonido afirmativo—. Bien, veámonos en la cafetería del primer piso del edificio.
—Perfecto. Nos vemos. —Colgó.
Kagome volvió a guardar su celular en la cartera. Una leve sonrisa se formó en las comisuras de sus labios al pensar que sus dudas se verían satisfechas. ¿Quién mejor que un periodista para hablarle del hombre del diario? Lo cierto es que quizás se estaba poniendo sicótica con el tema por nada, ya que era probable que aquél fuera un hombre ordinario, pero tenía una corazonada de que había algo más. Además, no podía evitar querer saber siendo que aquello podía tener conexión con el pasado que juró enterrar.
El día estaba nublado de nuevo —cosa normal siendo que estaban en pleno invierno—, pero el tránsito se hallaba despejado. Claro, esta vez había salido más temprano del trabajo y la mayoría de los trabajadores debían de seguir en sus labores. Un taxi dobló en la esquina del hospital y ella le hizo señas para indicarle que la llevara.
«Me compraré un auto», decidió, temblando por el frío mientras el taxi se acercaba a ella.
No tardó mucho en llegar al edificio de la prensa: un alto edificio de concreto con un aspecto frívolo, para nada acogedor. Divisó de inmediato la cafetería que había tras la pared de cristal del primer piso y entró en ella. Un montón de hombres y mujeres con trajes de oficina se sentaban en las pequeñas mesitas redondas que habían dispersas por todo el local. A un lado, una barra llena de dulces y tortas la tentaban terriblemente, pero no había venido a comer.
Hideki, por supuesto, aún no se encontraba allí, ya que ella había llegado unos veinte minutos antes. Se sentó en una pequeña mesita vacía que había en un rincón. Rápidamente un camarero con un delantal negro se acercó a atenderla.
—¿Qué va a tomar?
Le quedaban unos quince minutos de espera y no tenía ganas de estar con las manos vacías en aquél rincón, por lo que pidió un café. Cinco minutos después ya lo tenía en su mesa. Antes de que el camarero se fuera, lo detuvo.
—Disculpe, ¿tendrá por casualidad el diario de ayer?
El joven asintió, extrañado por la petición, pero lo trajo enseguida. Kagome sintió la misma sorpresa que sintió cuando lo vio por primera vez. No cabía duda, el hombre de la portada tenía que ser Sesshomaru. No había forma de que hubiese alguien en el planeta tan parecido a él. Leyó las primera tres líneas y, efectivamente, el nombre que mencionaban era el suyo, aquél que hacía temblar a humanos y youkais: Sesshomaru Taisho. Debió leer desde el principio el artículo. Claramente Sesshomaru estaba vivo. La gran pregunta era, ¿por qué no parecía un demonio?
Entonces llegó Hideki. Más alto aún que su hermana mayor y muy parecido en cuanto a sus rasgos y su pelo castaño, resaltó de inmediato. Llevaba una camisa blanca y pantalones de oficina grises. Se veía agitado, como si hubiese bajado todos los pisos desde su oficina a la carrera. Miró alrededor hasta que la ubicó con la mirada y le sonrió.
Se saludaron con un beso en la mejilla y él prosiguió a sentarse.
—Disculpa, ¿esperaste mucho?
—No, para nada. Llegué hace un par de minutos —mintió con una sonrisa la azabache.
Hideki miró la taza de café vacía a un costado de la mesa y enarcó una ceja, pero no dijo nada al respecto. Hubo unos incómodos segundos de silencio, pero rápidamente él los recompuso.
—Y, em, ¿cómo has estado? —Parecía curioso e inquieto. Seguramente se preguntaba el por qué de aquella reunión.
—Muy bien, ¿y tú? —preguntó ella por mera cortesía. En realidad, sólo quería llegar al grano pronto—. Hace mucho que no nos vemos.
—Todo bien también. Me ha estado yendo muy bien en el trabajo últimamente.
Ella sonrió.
—Me alegra escuchar eso. —Hizo una leve pausa—. Escucha, Hideki, la razón por la que te cité es porque necesito tu ayuda con un asunto.
¿Estaba mal pedirle un favor a una persona que no ves hace mucho tiempo? No lo sabía, pero quería, necesitaba aclarar aquél confuso problema. De igual forma, Hideki no parecía molesto o sorprendido sino todo lo contrario. Sus ojos brillaron de curiosidad y casi se podía palpar su buena disposición vibrando en el aire.
—Claro, dime de qué se trata.
Kagome deslizó el diario que había estado leyendo anteriormente sobre la mesa, señalando con el dedo índice la cara de el mortífero Sesshomaru Taisho.
—Tú trabajas en este diario, ¿no? —Él asintió, reconociendo el titular del día anterior—. ¿Crees que puedas conseguirme información sobre este hombre?
—Sesshomaru Taisho, ¿eh? Un tipo impresionante, la verdad. Mi colega, el que lo entrevistó, dijo que jamás había conocido a alguien tan inteligente y calculador. —Llamó a un mesero con una seña de la mano y luego devolvió su atención a ella—. Definitivamente puedo averiguar sobre él.
Kagome le brillaron los ojos de alegría al escuchar eso. El camarero se acercó con una pequeña libreta en la mano.
—¿Desean ordenar algo?
—Un café expreso —pidió Hideki—. ¿Quieres algo, Kagome? Yo te invito.
La joven echó un breve vistazo a la taza de café vacía a su lado y negó con la cabeza.
—No, gracias.
El camarero se marchó y el hombre miró el diario con más atención.
—No quisiera entrometerme, pero ya que haré esta búsqueda, ¿te molesta si te pregunto el por qué?
La primera reacción de ella fue de mentir o decirle que era un secreto, pero Hideki no había dudado en brindarle su ayuda y lo menos que se merecía era eso. Después de todo, ¿por qué tenía que ser un secreto? Claro que no podía contarle todo el rollo de viajes al pasado, eso lo omitiría.
—Es que es una persona ligada a mi pasado y me gustaría ponerme en contacto con ella.
Lo dijo a la ligera, como si fuera poca cosa, así Hideki no se interesaría más y no haría preguntas.
—¿Un ex novio? —Sonrió—. Tiene que ser alguien importante para que lo busques de esta manera.
La sola idea de pensar en Sesshomaru enamorado y de ella casi la hace explotar en carcajadas.
—Lo es, pero no un ex novio.
El camarero volvió con el café de Hideki, provocando que —afortunadamente— se perdiera el hilo de la conversación. Luego de eso, el tema fue variando en muchas cosas. Incluso se burlaron de Misaki un rato. Al final, él debía volver al trabajo y se separaron. Una emoción que no era exactamente placentera se apoderó de Kagome en cuanto salió de nuevo a la calle, y es que no había pensado en una cosa:
¿Qué iba a decirle a Sesshomaru en cuanto contactara con él?
Segundos después de que se montara en un taxi, comenzó a llover. Primero pequeñas gotas y luego todo un chaparrón. Le indicó al taxi la dirección de su casa y partieron. Los autos parecían querer correr más a pesar de la lluvia. Más de un bocinazo escuchó en el camino, acompañados de chirridos de las ruedas frenando. Aquella era una de las cosas que más extrañaba de la época antigua: la paz y tranquilidad con que vivía la gente. Allí, en plena ciudad, era casi imposible sentirse completamente relajado.
Se detuvieron frente aquél alto y moderno edificio al cual Kagome llamaba hogar. Tapándose con su chaqueta la cabeza para cubrirse de la lluvia, corrió hasta la entrada, saludó al portero a toda velocidad y se metió en el ascensor.
«Piso 12», marcó y pronto estuvo en su departamento.
Amaba el concepto abierto de su vivienda. Cada vez que entraba, le daba una sensación de amplitud que la hacía sentir muy bien. Con muebles de madera clara, sillones blancos y naranjos cobrizos, grandes ventanales al fondo de cada habitación… Todo la reflejaba a ella: moderno en una forma retro, cálido. Se había esforzado mucho en crear ese espacio que siempre la hiciera sentir a gusto y ahora, luego de todo su trabajo duro, lo había logrado.
Se duchó para sacarse la humedad del cuerpo y, luego de ponerse un pijama abrigado, su mullida cama blanca le dio la bienvenida. Mientras más pensaba en lo que estaba haciendo, más se convencía de que era lo correcto. No importaba lo que le fuese a decir a Sesshomaru en cuanto lo encontrara, lo importante era que ella tenía un asunto inconcluso con la época antigua y debía cerrarlo para poder seguir con su vida. Tenía que dejar ir a Inuyasha.
Y así, lentamente, cayó en los brazos de Morfeo.
