CAPITULO 3: DEMONIN*
Los días en el Santuario iban pasando de forma lenta y costosa para el pequeño Isaac. A pesar de que cada día era más duro que el anterior, de seguir los horribles entrenamientos y los estudios, de casi no dormir y comer, había pasado más de un mes desde que llegó a ese lugar. Vivía con otros niños que rondaban su edad, en una vivienda muy modesta pero amplia. Todos dormían en la misma habitación, comían juntos, entrenaban… sin embargo, parecía que allí nadie era amigo de nadie. Los más mayores rehuían a los nuevos como si padecieran una enfermedad contagiosa, incluso su maestro evitaba tener algún tipo de contacto o involucrarse más de lo necesario. Solo les explicaba los ejercicios, les daba órdenes o les regañaba.
Recordaba cuando llegó a ese lugar, pareciéndole todo tan nuevo y diferente, esperando encontrar a algún maestro que fuera agradable, como aquel que vio con los niños de Rodorio. Sin embargo, sin entender porque, su maestro rehuía cualquier contacto con ellos y ni siquiera le había dicho su nombre. Era realmente extraño y no tenía una explicación coherente para la mente infantil de Isaac.
A pesar de todo, había dado lo mejor de sí y se había puesto al día rápidamente. Aquello era muy duro, mucho más que cualquier clase en los colegios a donde había ido, pero no podía quejarse. De nada le serviría. Veía como cada día llegaban niños de todo tipo, algunos tímidos, otros asustados, otros con una mirada de odio que parecía innata… Pero todos ellos se movían por allí como sombras…
Hacía pocos días, había llegado al lugar un niño de unos cinco años. Su rostro estaba aterrado y cada vez que el maestro se acercaba a él para hablarle o enseñarle algo, se sobresaltaba. Isaac le oía llorar en las noches y entendía por lo que estaba pasando, pero sabía que debía ser fuerte o todo le iría mal. Siempre se dormía con la idea de querer ayudarle, pero nunca lo hacía…
Aquel día, el pequeño estaba en una esquina, cerca de la casa, llorando abiertamente. Se miraba las manos sangrantes, debido al esfuerzo del entrenamiento, que muchas veces consistía en golpear enormes rocas o intentar trasladarlas. A pesar de tratar de esconderse, Isaac podía oírle llorar, como todas las noches. Sin pensar en nada, se aproximó.
- Hola – atinó a saludarle, sobresaltando al niño. El pequeño dio unos pasos hacia atrás, realmente atemorizado – Tranquilo, no te haré daño – añadió Isaac con su tono más agradable.
- Si… - murmuró el pequeño al ver que no era peligroso. Otros chicos del lugar se habían burlado de él diciéndole llorón y otros apelativos de mal gusto.
Isaac se acercó finalmente, mirando los enormes ojos negros del niño, que trataba de mantener la calma. Tenía el pelo muy negro y enmarañado, la carita sucia, lo cual se acentuaba con las marcas que le había dejado las lágrimas al rodar por sus mejillas. Isaac solo le tomó las manos y las miró. Estaban severamente lastimadas y, sin saber porque, sintió rabia hacia su maestro, que permitía que aquello ocurriera, pero que además, nunca se preocupaba de curarles o cuidarles en general.
- ¿Te ha visto el maestro? – preguntó Isaac.
- No – atinó a negar el niño – el maestro nunca ayuda – logró decir en un griego muy pobre. Isaac iba a preguntarle de donde era o porque había ido al Santuario pero entonces recordó que allí nadie hablaba de su pasado, ni de su vida en general.
Logró ayudarle a vendar las manos con las mismas vendas que usaban para protegerse los brazos, con la mirada atenta del pequeño sobre él. El niño parecía haberse calmado un poco y miraba a Isaac casi con admiración.
- Vaya, si están aquí el rarito y su amigo el llorón – les interrumpió una voz burlona. Los apelados se giraron a ver al chico más mayor de su grupo. Tenía el pelo oscuro y revuelto, bastante descuidado. Su mirada era de puro odio ante todo lo que tenía en frente. Junto a él siempre iban dos niños algo más pequeños pero que albergaban la misma actitud sombría. Sin embargo, lo que más sorprendía a Isaac era esa capacidad que tenían de parecer realmente adorables y esforzados delante de su maestro y los demonios más viles cuando él no estaba.
El niño que aun estaba siendo vendado por Isaac tembló de miedo y se alejó varios pasos atrás. En cambio Isaac, se quedó frente a ellos, intentando no mostrar duda, miedo o cualquier otro sentimiento en concreto.
- ¿Estás llorando porque te hiciste daño en tus manitas? – continuó el mayor con tono burlón, refiriéndose al más pequeño e ignorando completamente a Isaac. El pequeño parecía ocultarse más y más, haciéndole sentir a Isaac que pronto desaparecería en el sitio, replegándose en sí mismo. – Pero ya vino tu mamá a cuidarte – añadió con burla. Los amigos rieron abiertamente. Isaac ignoró el comentario y luego se dio media vuelta, agarró al pequeño del brazo y ambos se alejaron de allí.
- ¿Vas a dejar que se vayan? – preguntó uno de los tres niños a su "jefe", que tenía el ceño fruncido.
- ¡Eh tú! – gritó a Isaac, que siguió su camino ignorándole. Eso enfureció al chico que salió disparado hacia Isaac, golpeándole en la espalda.
Isaac cayó al suelo ante el brutal golpe, el que no había esperado. Estaba más preocupado por sacar de allí a aquel niño lloroso, el cual ahora se arrinconaba cerca de unas piedras, enormemente asustado.
- No me gusta que me ignoren, estúpido – anunció el mayor con desprecio, mientras le daba una patada. Al momento llegaron junto a él sus dos amigos. Isaac se puso en pie costosamente. Aquel niño pegaba muy fuerte para su edad. Pero entendía que fuera mejor que él o que cualquiera, ya que llevaba más tiempo en el Santuario. Presumía continuamente que sería un gran caballero y, por supuesto, el alumno de algún caballero de oro. Para Isaac solo era un fanfarrón.
Agarró a Isaac de la ropa, haciéndole tambalearse. Le propinó otro golpe en la mejilla y luego en el estómago. Isaac aun no sabía defenderse, no lo suficiente para impedir que le pegaran de aquella forma. Sus entrenamientos se habían basado en la resistencia o los golpes más que en la defensa. Cayó al suelo de rodillas, agarrándose el estomago. Sentía que vomitaría de un momento a otro.
- Déjalo… – murmuró el niño más pequeño, que sintió un deje de piedad hacía su salvador.
Isaac esperó otro golpe, sin embargo, el mayor se alejó hacia el pequeño que había hablado. Isaac pudo levantar la vista costosamente y vio como ya lo tenían agarrado los otros dos, cada uno de un brazo.
- A mí nadie me dice que tengo que hacer, y menos un llorón como tú. – pronunció antes de golpearle fuertemente varias veces.
Isaac no podía permitir que aquello pasara. Bastante tenía con asumir que su maestro dejara que todos peleasen e hiciesen cualquier cosa, excepto incumplir algunas normas como ir a tales lugares del Santuario, faltar respeto a los superiores, entre otras cosas. Pero nunca había mencionado que estaba prohibido pelear entre ellos y podía asegurar que en más de una ocasión le había visto satisfecho cuando niños se peleaban entre sí. Se levantó a duras penas, pero el pequeño ya estaba siendo severamente golpeado.
El mayor se giró al notarle cerca y decidido, dejó al pequeño y le propinó a Isaac un puñetazo rápido en la cara, haciéndole caer hacia atrás. El fuerte golpe en la nariz le dejó totalmente atontado y solo alcanzó a oír las risas de los tres demonios antes de quedar inconsciente.
Isaac abrió los ojos lentamente, cegándose por la luz que entraba por la ventana. Trató de incorporarse, pero le dolía todo, así que se tumbó de nuevo. Reconoció el lugar donde estaba: era su cama, en la litera de arriba cerca de la ventana, que había escogido él mismo cuando llegó a aquel lugar. Sin embargo, queriendo saber que había pasado, hizo acopio de sus pocas fuerzas y consiguió sentarse. En la habitación no había nadie y podía oír los ruidos del entrenamiento fuera. Pensó en lo que había pasado, en lo último que había oído, pero no podía llegar a una conclusión clara.
Dio un salto y se alejó de la cama, dándose cuenta de lo erróneo de su decisión, ya que se tambaleó y cayó de rodillas al suelo. Se sentía profundamente mareado. Terminó por levantarse cuando oyó como los demás niños entraban en la casa. Dedujo que sería la hora de comer y, con pasos torpes, se dirigió hacia la sala que hacía la vez de comedor y zona de estudio. Cuando abrió la puerta, todas las miradas del lugar se dirigieron a él, algunas sorprendidas, otras de burla, otras en cambio le ignoraron y siguieron su camino. Los niños se sentaron a comer e Isaac vio a su maestro. Decidió acercarse para cuestionar sobre su situación y como es que había llegado a su cama, pero el maestro le ordenó que fuera a comer, evitando siquiera que abriera la boca.
Isaac le hizo caso y aunque no tenía muchas ganas de comer, así lo hizo. Se sentó y comenzó a mover las verduras con el tenedor, cuando se dio cuenta de que la mirada del niño que le había golpeado estaba fija en él. Isaac le devolvió el gesto y pudo ver en el otro una risa demasiado burlona y satisfecha con su logro.
- "Y te sentirás genial por habernos derrotado… " – pensó para sí bastante molesto. Isaac entonces trató de buscar al pequeño al que habían golpeado, esperando que no estuviera demasiado mal, pero no le vio por ningún lado.
Cuando terminaron de recoger todo comenzaron con sus estudios. El maestro les observaba o respondía a dudas al respecto, sin detenerse mucho. Parecía aburrido de andar de un lado para otro de la sala y cuando se sentía realmente cansado, ocupaba un sillón en un rincón y comenzaba a leer. Isaac le vio allí y, preocupado por la situación, finalmente se puso en pie y se acercó.
- Maestro – murmuró esperando no ser oído por los demás. El hombre que tenía la vista fija en el libro, la levantó y dejó el dedo índice por donde estaba leyendo antes de cerrar el ejemplar.
- ¿Tienes alguna duda? – preguntó. Isaac asintió.
- ¿Qué me ocurrió? – el maestro frunció el ceño, molesto por la pregunta. Parecía querer responder solo lo referente al estudio.
- Te desmayaste y te llevé a tu dormitorio. Tienes la nariz rota. – anunció sin mucho interés. Isaac entonces comprendió porque le dolía tanto la cabeza. No quiso entrar en detalles sobre cómo se había hecho aquello, y el maestro no parecía interesado en saberlo, sin embargo, algo no le dejaba tranquilo.
- ¿Y el niño que estaba conmigo? – preguntó, recordando que ni siquiera le había preguntado al pequeño su nombre.
- Ha muerto – dijo con tono indiferente, intentando volver a la lectura.
- ¡¿Qué? – casi gritó Isaac haciendo al maestro sorprenderse, provocando también que los niños miraran hacia el lugar, dejando su labor.
- Primero, no grites – anunció muy molesto y autoritario – Segundo, vuelve a tus estudios.
- Pero… ¿Cómo es que ha muerto? – insistió Isaac obviando las ordenes del maestro, que le miraba demasiado enojado.
- ¿No has oído lo que te he dicho? – continuó más enérgico. Isaac asintió y, dando por perdido todo, volvió a su sitio.
Intentó concentrarse en los estudios pero no podía. Venían a su mente una y otra vez imágenes relacionadas con aquel pequeño. Se enojaba consigo mismo por no haberle preguntado su nombre y sobre todo, por no haber podido ayudarle. Miró con odio al chico que les hubiera golpeado. Él le había matado, de eso no había duda. Pero no entendía porque el maestro no lo había evitado, ni tampoco porque no lo había castigado. Allí seguía tan tranquilo, como si fuera un ángel que jamás hubiera cometido un pecado.
- Ps – oyó a su lado como un niño le llamaba. Era casi de su misma edad, con el pelo rojizo y ojos muy pequeños. Isaac le miró asombrado y vio como el otro le extendía un papel. El niño lo tomó y fue a decirle algo pero vio como el otro seguía con sus estudios. El maestro era demasiado estricto y si les cazaba hablando, les castigaría haciendo ejercicios toda la noche.
Isaac puso el papel entre su libro, de forma que no se viera y lo desplegó. Se asombró al ver lo que había en él. No tenía letras solo un par de dibujos muy mal hechos. Aparecía un monigote de un niño desangrado por todos lados y unas lágrimas gruesas le rodeaban casi como si fueran lluvia. Isaac comprendió que ejemplificaba a aquel niño muerto, al que los demás llamaban "llorón". Al lado de él había otro dibujo de otro monigote dormido, que supuso que era él mismo. Arrugó el papel con desgana y se lo guardó en el bolsillo. Luego miró hacia el grandote peleón que reía abiertamente desde su sitio, con una sonrisa demasiado boba, que compartían sus amigos.
Aquella noche, Isaac no podía conciliar el sueño, no solo por el horrible dolor de cabeza que aun seguía teniendo debido a su nariz, sino también por las continuas imágenes sobre aquel niño muerto. Se preguntaba miles de cosas, se imaginaba miles de formas en que hubiera muerto, y aquello solo le provocaba una sensación de mareo extraña, desvelándole aun más.
Tampoco comprendía la pasividad de su maestro, ni porque no castigaba a aquellos chicos. Quizás el maestro no sabía que habían sido ellos, o tal vez disfrutara de cosas como esas. Sintió un escalofrío. Pero de repente, en su mente se iluminó algo. Como si todo lo hubiera visto de forma clara, cada pieza de ese puzzle empezó a encajar perfectamente. Comprendió todo. Porque su maestro no se implicaba con ellos, porque cada uno iba a lo suyo intentando sobrevivir, porque primaba la ley del más fuerte… Era obvio… cualquiera podría morir en un momento, igual que había ocurrido con ese niño al que todos habían olvidado. En la posición que estaban era lo más probable: un entrenamiento duro, amigos que eran rivales, luchas a muerte por aprender a ser el mejor… Aquella era la cruda realidad del Santuario de Atenea y él estaba empezando a vivirla…
Casi sin darse cuenta, ya habían pasado algunos meses, en los que Isaac continuaba aprendiendo como aspirante. En ese tiempo, había visto como habían llegado niños nuevos, también como algunos se habían marchado con maestros, otros muchos habían muerto, y aquello se estaba convirtiendo casi en una rutina. Se sorprendía a sí mismo por no sentir nada al respecto, por esa especie de indiferencia que se había auto impuesto. Pero sabía que era lo único que le quedaba si quería sobrevivir. No se relacionaba con nadie, no se implicaba con nadie… y aquello lo había aprendido a fuerza de convencerse de que era lo mejor. Tenía que optar por hacer lo mismo que veía en todos, incluido su maestro. Entendía un poco mejor porque era tan apático, porque no trataba de ocultar su pasividad. Si tuviera que lidiar con los sentimientos que cada aspirante le provocaran y con las muertes de tantos, él también habría hecho lo mismo… para no volverse loco. Debía ser duro ser maestro…
Isaac suspiró levemente. Siempre se ponía en lugar de otros, como bien le había dicho su padre al que recordó fugazmente mencionando dichas palabras. También recordó como le había dicho que seguramente eso le traerías problemas en el futuro.
- "Hijo, no hagas el dolor de otros tu propio dolor" – le había aconsejado un día en que se preocupó por los problemas de unos vecinos, aun con su corta edad. – "Eso se volverá en tu contra algún día"
Aquellas palabras parecían muy lejanas ya, igual que el tiempo vivido en Finlandia y luego en Atenas, como si hubiera sido algo ajeno a él. Casi no recordaba a su madre si no era por una hermosa fotografía que aun guardaba en el fondo de su mochila, y la cual ni siquiera sacaba si no era muy de vez en cuando y asegurándose que nadie le viera. No sabía si les echaba de menos, lo único que sentía era que estaba demasiado solo.
Detuvo sus cavilaciones al ver al chico de pelo oscuro que seguía siendo el mayor, al cual sorprendentemente aun no se había llevado ningún maestro, a pesar de que Isaac deseaba que ocurriera más que nada en el mundo. Su grupo se había agrandado al nivel de ser seis chicos en vez de tres.
- "Demoneista*" – aseguraba el niño para sí cada vez que los veía, recordando alguna historia sobre esos seres que le hubiera contado su madre, haciéndole tener alguna pesadilla después.
Pero ya no había pesadillas, ya ni siquiera pensaba en lo ocurrido meses atrás cuando le golpearon, ni cuando mataron a aquel niño. Sin embargo, estaba totalmente seguro, que el "jefe" estaba esperando el momento adecuado para acabar con él de igual modo, lo cual no pudo hacer meses atrás, quien sabe por qué. El maestro sentía una especie de admiración por aquel chico, no en vano era el que llevaba más tiempo, hacía todo correctamente y nunca, nunca, se quejaba. Tal vez era el único que le hacía sentir algo al maestro…
Isaac había aprovechado esos meses para hacerse más fuerte, para aprender todo lo necesario con respecto al Santuario y los caballeros, así como algunas otras materias como astronomía. Pero en todos sus momentos de trabajo, siempre había descubierto la mirada de aquel niño sobre él, con un odio profundo, lo cual ocurría también en sus amigos. Sabía que deseaba golpearle en cualquier momento, pero Isaac se las había arreglado demasiado bien para evitar cruzarse con él o quedarse a solas, a pesar de que se habían dado varios encuentros bastante desagradables. Pero estaba claro que aun no era el momento…
Aquel día, Isaac volvió del entrenamiento algo cansado. Entró en la casa con aire despreocupado cuando se topó con aquel grandullón y sus amigos. Definitivamente había bautizado a aquel tipo como "Demonin", que significaba demonio en su idioma natal, y así le llamaba para sí mismo. Intentó ignorar las sonrisas maliciosas que desprendían y finalmente entró al dormitorio, al ver como se habían detenido a molestar a un par de niños que intentaban estudiar. Eso era lo que hacían siempre: cuando no estaba el maestro presente, golpeaban y molestaban a todo el que pudieran.
Caminó hacia el fondo del dormitorio, donde estaba su litera, cerca de la ventana. Miró por el cristal con aire despreocupado y cansado, cuando su vista se fijó en algo que no había captado su atención hasta entonces. Su mochila estaba revuelta y parte de sus cosas estaban esparcidas por el suelo. Sintió rabia al pensar en lo que habían hecho aquellos tipos. Habían estado registrando sus cosas y las habían dejado por ahí tiradas. Comenzó a recoger muy enfadado cuando sus ojos se detuvieron en algo que no había visto hasta ese momento: la fotografía de su madre estaba rota en mil pedazos, dispersos por el suelo.
Isaac sintió una punzada horrible en el corazón. Se agachó al suelo e intentó recuperar todos los trozos. Luego los unió, con dedos casi temblorosos, para recomponer la foto, pero estaba tan destrozada que aquello era imposible por más que lo intentaba. Con furia casi irracional, evitando llorar, a pesar de que sus ojos estaban rasados de lágrimas, juntó todos los trozos y los guardó en su bolsillo para acto seguido salir del dormitorio.
Fue al exterior buscando a los niños, que esperándole. Sabían que vendría a reclamar lo ocurrido y se habían alejado bastante de la casa, cerca de unas rocas altas y varias columnas derruidas, donde solían estar. Vieron llegar a Isaac, que intentaba controlar sus emociones, pero no parecía lograrlo. Tenía los puños cerrados y el ceño fruncido, y sentía una cólera inexplicable.
- Demonin – gruñó Isaac sorprendiendo al mayor por no entender como le había llamado.
- ¿Qué quieres, rarito? – preguntó indiferente mientras los amigos de él sonreían.
- No tenías derecho a tocar mis cosas – continuó acercándose, con los puños cerrados de pura rabia.
- Claro que sí. Yo aquí tengo derecho a todo… ¿No me dirás que estás así por la foto de esa mujer horrorosa? – añadió con sorna. Luego rió abiertamente y se le unieron sus amigos. Isaac sintió una cólera inexplicable. No podía creer que se burlaran así de su difunta madre y muchos menos que hubieran roto el único recuerdo que tenía de ella.
Intentó controlarse, pero no pudo. Se abalanzó sobre el chico para darle un puñetazo. Pero el otro, al ver lo que pretendía, le esquivó, logrando que Isaac solo pegara en la roca. El impacto contra la piedra le provocó un horrible dolor, pero aun así, se giró. El Demonin estaba frente a él dispuesto a pelear y a su alrededor, los amigos habían hecho una especie de corro para cercarlo. Isaac sabía que había llegado el momento: debía enfrentarse a aquel chico.
- Deberías agradecerme romper esa foto… es más, como veo que tienes empuje, quizás quieras unirte a mi grupo – añadió el Demonin. Isaac seguía enojado.
- Nunca formaré parte de Demoneista como vosotros. ¡Sois un asco! – gritó. Aquello enfureció al mayor que se lanzó contra él con todo su ímpetu.
Isaac esperó; puso sus manos delante para impedir el impacto, pero fue empujado hacia atrás, cayendo al suelo. Aquello enfadó mas al Demonin que volvió a golpearle, esta vez atinando en su blanco. Isaac no quiso quedarse sin hacer nada y le golpeó con todas sus fuerzas, pero con la mano izquierda, provocando solo que el otro riera.
- Eres un débil… Retiro lo dicho sobre unirte a mi grupo – comenzó a reír burlonamente, provocando que Isaac le mirara con odio. Le dolía mucho la mano derecha, la cual imaginaba que estaba rota tras el golpe a la roca, pero aun así, debía continuar.
Isaac no supo cuanto rato estuvieron peleando, intentando golpearse el uno al otro, defendiéndose como podían, pero sabía que ya había recibido demasiados golpes en su pequeño cuerpo. Sentía la sangre caerle por todos lados y también que iba a vomitar de un momento a otro, pero se contuvo. A duras penas se puso en pie tras el último puñetazo de aquel niño que seguía sonriendo con satisfacción.
Entonces Isaac pensó en su madre, en la foto que le habían roto. Ya nunca más volvería a verla, ni siquiera en papel. Solo tenía las imágenes de su mente y aun así, no eran demasiado nítidas. Sintió un profundo calor apoderarse de él. Tenía unas ganas horribles de acabar con aquel tipo, para que no le hiciera daño a él ni a nadie. Debía acabar con aquel mal que reinaba en la humilde casa que ocupaban aquellos pobres niños…
Se dispuso a golpearle de nuevo, aunque tuviera la mano rota, aunque eso le costara la vida… su corta vida que había sido demasiado tormentosa. Sintió una energía dentro de él, cerca de su corazón; era como si el universo se expandiera en su interior… era algo mágico que no podía controlar, pero que sabía que estaba allí. Sus ojos reflejaba en un brillo la sensación de victoria y seguridad que hicieron dudar al Demonin, dando varios pasos atrás. Dudó antes de lanzarse contra Isaac, que detuvo su puño con la mano rota. El Demonin sintió como la mano de Isaac le quemaba la piel y casi gritó, ante la sorpresa de sus amigos.
- ¡Ya basta! – gritó el maestro separándoles bruscamente. Isaac salió como de un pequeño trance y miró primero a su maestro y luego al Demonin, que se agarraba la mano impactado. – Retiraos – ordenó.
Isaac solo les miró sin saber qué es lo que había pasado realmente. Luego salió corriendo alejándose de allí, mientras las lágrimas, hasta ahora retenidas, escapaban de sus ojos.
Notas:
* Demonin: demonio, en finés
* Demoneista: demonios, en finés
