Capítulo 3.
Mientras tanto, en otro mundo, Enjeru se encontraba sentado entre unas cajas. La gente pasaba al lado sin hacerle caso. Llegó un perro marrón y se puso a lamerle. Enjeru parpadeó un par de veces, se levantó y se dijo:
- ¿Dónde estoy?
El perro salió corriendo y Enjeru decidió saber más de la ciudad donde estaba. En la mano del chico aún seguía el arma. Enjeru exploró la ciudad. Era de noche y había muchas casas y varias tiendas. Había gente andando y gente parada y criaturas de color blanco con un pompón saliéndoles de la cabeza.
Enjeru entró en una tienda donde el dependiente era un hombre encorvado de pelo marrón con ropa azul y blanca. En unos sillones había tres personas. Una de las personas era un chico con el pelo castaño y los ojos azules, que tenía una camiseta azul con un bolsillo central rolo, una chaqueta blanca y negra, unos pantalones piratas con bolsillos exteriores rojos y unas zapatillas amarillas y azules. Tenía en las manos unos guantes sin dedos negros y colgado al cuello un colgante en forma de corona de tres puntas. El que estaba sentado a su lado era un pato que tenía un sombrero con cremalleras y una camiseta con el mismo estilo. Enfrente del chico y del pato había un perro que se mantenía de pie. Tenía un gorro amarillo, unas gafas de aviador rojas, un jersey de cuello vuelto verde y un chaleco negro, llevaba otros pantalones piratas amarillos y unas zapatillas marrones. Estaban probándose los accesorios que habían comprado y el chico tenía un arma igual a la de Enjeru en las manos.
Enjeru se acercó al dependiente y dijo:
- Buenas, soy nuevo aquí, me gustaría saber dónde estoy.
- Estás en Ciudad de Paso - dijo el dependiente -. Un mundo para los que han perdido el suyo.
El chico castaño miró a Enjeru y se fijó en el arma que llevaba en las manos.
- ¿Otra llave espada? - preguntó el pato.
- Ya he perdido la cuenta de cuántas van - dijo el chico, mirando su llave -. Pero me parece que la historia se va a repetir.
Enjeru se giró y miró al trío de amigos.
- ¿De qué hablais? - preguntó.
- Cosas sin importancia - dijo el chico.
- Por cierto, no habréis visto a una chica que es igual que yo, ¿no?
- No, no la hemos visto.
- Vale.
Enjeru salió de la tienda y el chico castaño fue detrás, guardando con un destello su llave.
- Oye, si quieres podemos ayudarte a buscarla - le dijo el chico a Enjeru.
- No, gracias. Ya me las apañaré solo - dijo Enjeru.
- De verdad que nos necesitas.
- ¡Que no!
Enjeru atacó al chico, éste sacó rápidamente su llave y bloqueó el ataque.
- ¡Te he dicho que no necesito ayuda! - le gritó Enjeru.
- Como quieras - dijo el chico -. Entonces pelearemos.
El chico lanzó un hechizo que era una bola de fuego. Enjeru la esquivó y fue a atacarle. Las llaves chocaron y saltaron chispas. Salieron los amigos del chico castaño de la tienda y éste les dijo:
- No hace falta que me ayudeis. Me las apaño solo.
Los dos muchachos saltaron hacia atrás y volvieron a atacarse. Enjeru falló y el chico le dió con la llave en el estómago. Enjeru se quedó un rato sin respiración, lo que aprovechó el chico para noquearle dándole en la cabeza. Enjeru cayó al suelo, desmayado.
- Efectivamente - dijo el chico, guardando su llave -, la historia vuelve a repetirse.
Mientras tanto, Ana estaba jugando con Ridax y con Albert a las cartas. Era un salón con un mueble lleno de libros y con una televisión. En un rincón había una mesita con un casette. Donde estaban sentados era una mesa que tenía alrededor dos sillones y un sofá. En un cajón del mueble, que estaba abierto, había una Playstation y dos PSP. Albert no paraba de dar codazos a Ridax. Éste se disculpó y salió de la habitación.
Albert y Ana le esperaron. Al cabo de un rato, Ridax llamó a Ana. Ésta fue con él y se encontró en una habitación que tenía una estantería con forma rara, que estaba atestada de libros y cajas. Un perchero donde había un abrigo y una bandolera negra. En un rincón una minicadena que tenía una estrella. En otro una televisión con el mismo adorno. La mesilla era azul y tenía una lámpara con peces dibujados. Las paredes y el suelo eran de color caqui, al igual que las sabanas de la cama donde estaba sentado Ridax. Había un escritorio con su respectiva silla. Ridax dijo:
- Ésta es la habitación de Albert. Desde aquí - señalando a la ventana - se ve toda Villa Crepúsculo - Ridax hizo una pausa -. Esto... no sé muy bien como decírtelo pero.. me gustas - Ana se sonrojó.
- Tú también... me gustas a mí - dijo, colorada como un tomate.
- ¿Quieres... salir conmigo? - Ridax temía que Ana le rechazase.
- Claro que quiero.
Los dos se dieron un beso y volvieron donde estaba Albert, agarrados de la mano.
- Oye - dijo Albert, cuando llegaron -. ¿Por qué no le enseñamos a Ana la ciudad?
- Vale - dijo Ridax -. Así podremos dar una vuelta.
