Tema: Confesiones.
Sumario: Por un momento Mista logra que la barrera de Fugo se resquebraje.
Napoles, 2000
Fugo fue un niño adulto. Un niño que nunca vivió la infancia en su paso a ser mayor.
Se ponía una corbata y parecía que tenía veinte años cuando caminaba al lado de Buccellati delegando trabajo al resto de la pandilla, pero por dentro… por dentro era un adolescente de quince que no tuvo suficiente tiempo para jugar o recibir amor.
Mista y él llevaban algunos meses acostándose, en lo que comenzó como reacción involuntaria a sus discusiones. Fugo había comenzado a perder el miedo instintivo a los abrazos, o a acostumbrarse a despertar algunas veces en la semana abrazado a Mista, con sus cuerpos bañados en sudor y recordando las pasiones de horas atrás.
— ¿Has visto mi paquete de cigarrillos?, —preguntó Mista, Fugo estaba estirándose en la cama con pereza, casi como un gato.
—¿Tienes que fumar ahora? ¿No te puedes esperar?,
—No, porque voy a follarte otra vez en cuanto recobres el aliento, —contestó—, Fue una semana larga y llena de mierda,
—Entonces hazlo junto a la ventana, —Se quejó Fugo desenredando las piernas de las sábanas revueltas y poniéndose de pie en lo que era su pequeña habitación.
Mista encontró el paquete y encendió un cigarrillo, expulsando el humo con lentitud mientras Fugo se quejaba de… todo, porque es lo que hacía una vez discutían, se desahogaban follando y recapacitaba, y porque Mista solía rodearlo con sus brazos y eso era algo que nunca le ha gustado. Pero a Mista le importaba una mierda lo que él pensara porque era una costumbre, al fin y al cabo, y hasta Fugo se estaba habituando con el tiempo a ser rodeado con sus brazos, a dejarse tocar por él.
—Si no me hubieras quitado la ropa te habría dicho lo que tenía que decir antes de… esto.
—No parecías tener mucha prisa,
Fugo se reclinó a un lado de la ventana, con la espalda apoyada contra el marco de metal en el que hacía apenas minutos atrás Mista lo embestía. No era la mejor imagen para tener grabada en el cerebro en ese preciso momento.
—Como digas, —contestó, con un suspiro. Y sonó como si ya supiera lo que iba a decir.
—Sí, —Carraspeó un par de veces, frunció el ceño, y volvió a carraspear—, El otro día salí con esta chica con buenas tetas que te hablé. Fuimos al cine.
Fugo sólo asintió con la cabeza, Mista solía hablarle de sus conquistas femeninas que no duraban más allá de un par de salidas. Él por su parte siempre se mostró desinteresado en las mujeres.
—Y luego tomamos café, —continuó—, ¿Nunca te enoja?
— ¿Por qué debería?
—No lo sé,
—Habla de una vez,
Fugo lo miró con la misma expresión apática de siempre.
— ¿A ti te molestaría que yo me acueste con otras personas?
—No –y era verdad-. Pero no es lo mismo. Yo quiero salir con chicas. Llevarlas a cenar y regalarle flores, follarlas y… siento que no lo puedo hacer cuando estoy contigo,
—Algún día iba a pasar —Sonó de sus labios más a un hecho lógico que a conformismo, pero algo cambió en su cara.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que te diga?
—¿Que te importe?
—Me importa, porque somos compatibles en la cama.
—Perfecto, —escupió. Era de esperar.
—Y... lo nuestro nunca ha sido más que sexo, Mista, —se cruzó de brazos y ladeó la mirada hacia la ventana—, Él o ella, quien sea que conozcas a futuro te dará aquello que yo no tengo, y con el que acabarás compartiendo cursilerías de San Valentín de esas que te gustan, —Fugo se rascó la piel del dorso de la mano mientras continuaba. Lo miró.
— Ya lo sé, ¿Quieres que me enfade y te golpee? Porque puedo hacerlo, si te hace feliz.
—Me gustaba más cuando la violencia era patrimonio únicamente mío.
—Todo lo malo se pega,
—Mientras sólo sea eso y no herpes genital… En fin, estoy siendo lógico. Yo… soy realista, —Lo miró—, Si lo que quieres es tener una cena romántica… bueno, eso no va a suceder nunca, Mista.
—Y ahora estás empezando a cabrearme.
—Has sido tú el que ha comenzado con este drama.
—¿Comenzar qué? No es como si esto significa una mierda para ti, ¿eh?
—Ya lo hiciste, y ya puedes marcharte,
—Fugo.
—Terminamos de follar y ya has dicho lo que querías decir, así que no sé qué haces aún aquí,
—Ya no es gracioso.
— ¡Porque no estoy bromeando!
¿Porque no le daba una buena patada en el culo? En el fondo puede que Mista sintiera que no era eso lo que Fugo quería decir, porque le conocía lo suficiente para saber que él también echaría de menos esto, que había momentos en los que su embrollo o lo que sea que tenían parecía una relación real.
Cuando terminaban juntos los días que podían hacerlo por la tarde y se le iluminaban los ojos. Cuando terminaban de pelear y se besaban muy lentamente. Aunque no era amor, aunque era sólo lujuria o follamigos estables o lo que sea, Mista sentía que merecía la pena.
—Así siempre fue entre los dos, cuando hablamos nos desesperamos, cuando follamos es genial, así que no voy a negarme la próxima vez que vuelvas.
—¿Y si no sucede?
Mista lo observó, ahí sentado al lado opuesto de la cama, cubierto por la luz que se colaba de la ventana y las sombras de las nubes grises, sin el mínimo brillo de esperanza en sus ojos púrpuras.
— ¿Tú ya no crees en el amor, eh?
Fugo se tensó.
No, él no creía. Sus padres no lo amaron, y todos a quienes les profesó ese sentimiento sentía que lo traicionaron, con la excepción de Narancia. Amar era dañino, y Fugo había idealizado a su héroe, un profesor universitario al que quería como a un padre y creyó que él lo quiso como a un hijo. Fugo tenía apenas recién cumplido los 13 años cuando aquel profesor traicionó su confianza y se aprovechó del cariño que le tenía. Destruyó su inocencia y ensució su alma.
Fugo hizo lo que creyó correcto y lo mató en defensa propia, pero ello inevitablemente le dejó con una sensación a suciedad y rechazo hacia cualquier intento de idealización. Parte de Fugo se sentía con culpa, como un monstruo.
En las calles terminó de aplastar su corazón y emplear al máximo su inteligencia. Fue en ese entonces cuando conoció a Bruno Buccellati.
—Lo dices como si creí alguna vez en ello, —Replicó en su susurro.
—¿Te has enamorado alguna vez, Fugo? ¿Te has dejado amar?
La mirada de Fugo ahora centelleó irritada, como un animal feroz y herido.
—Por cosas como estas me disgusta hablar contigo, Mista.
—Yo creo que no, —Se puso de pie y caminó hacia Fugo, sin sentirse intimidado por la expresión iracunda del otro. Se detuvo y se inclinó ante Fugo con un brazo contra la pared—, No puedes haberte enamorado y no creer en el amor. En algún momento lo harás de verdad y me darás la razón.
—Ya te avisaré cuando eso pase, —contestó, escéptico, pero desvió la mirada de esos ojos que parecían descubrir todo lo que ocultaba—, Mientras tanto, ve y esfuérzate por enamorarte suficiente por los dos, el amor no me interesa,
—Porque el sexo te hace olvidar todo, y el cariño te vuelve vulnerable, —contestó en su oreja, con el tono seguro que Fugo tanto odiaba—, Da mucho miedo, pero vale la pena.
—Tienes apenas 17 años, deja de hablar como si conocieras el amor, —soltó entre dientes, pero su cuerpo comenzaba a temblar.
—Yo he estado enamorado,
— ¿Sí? ¿A los dieciséis?, —Elevó la mirada hacia él—, Eso no es amor, Mista, es sólo una fantasía, una tontería de niños. Sabes del amor tan poco como yo, pero tú eres un tonto idealista, lo idealizas. Así que sal y enamorate.
— ¿Me estás echando?,
—No. Está lloviendo,
Había gente que se ponía agresiva cuando hablaba sobre sentimientos. Otros se ponían afectuosos. Fugo se ponía defensivo. Mista consiguió rodearlo con los brazos.
—Meses atrás vimos un maratón de películas de Eastwood.
—….
—Y nos besamos por mucho tiempo. Mucho tiempo. Y lento.
—…
—Y ya no te gusta. Te comportas como un puto viejo de 70 años, Fugo —la manera en la que lo dijo sonó ofensivo.
—Tú...,
Cuando Fugo ladeó la cabeza enojado lo pilló desprevenido y le robó un beso. Fue corto y acertó en los labios de pura suerte, pero fue el beso más triste que sintió nunca.
—No me dejes solo,
No respondió. Mista lo estaba besando de esa manera. A esto se refería cuando decía que se estuvieron besando muy lento. Era lo que hacían cuando estaban demasiado cansados para ser salvajes y destrozarse los labios el uno al otro. Cuando ya lo habían hecho tantas veces en un solo fin de semana que no se creían capaces de volver a moverse. Era el beso cuando terminaban de discutir tras una misión de Polpo que casi les cuesta la vida. Era mucho más labios que lengua, era un beso que no nacía de la lujuria, sino en el pecho.
Mista entonces lo miró. De ese modo que lograba hacer sentir a Fugo vulnerable. Como si viera en él algo especial, se sentía como si tuviera algo especial. Fugo sintió arder sus mejillas.
—Mista…, —Fugo sólo suspiró y le volvió a besar antes de que pudiera seguir, porque su cabeza no quería oír lo que el corazón quería tenía expresar.
Fugo lo odió porque no se sentía preparado para recibir este tipo de cariño, porque Mista siempre lo pillaba en sus momentos más débiles. Porque Mista siempre lo deshacía por dentro.
Pero el caso es que estaban besándose, abrazados. Y Fugo hizo lo único que sabía hacer con Mista. Dejó la mano navegar más allá de su abdomen, pero él lo paró. Y no fue brusco ni precipitado; sólo lo tomó de la muñeca y colocó la mano en su cuello, sin dejar de besarlo, y pudo sentir cómo sonreía, pero Fugo no comprendía el por qué lo hacía.
Se besaron en lo que pareció una eternidad, y cuando se dio cuenta estaba de nuevo en la cama. Era un raro don que Mista tenía, lo dominaba de tal manera que Fugo no se daba cuenta de cómo lo hacía, pero sólo tuvo que tirar de él y se sentó sobre sus piernas.
Y la expresión que Mista vio en los ojos de Fugo en ese momento fue tan nueva, tan distinta, tan inocente. Así era Fugo desde el interior de la gruesa coraza que se había creado. Era el mismo Fugo sabelotodo, violento e hijo de puta que conocía, porque tenía los mismos ojos y el mismo olor y los mismos labios, pero era nuevo e inexplorado. Era un Fugo que estaba lo suficiente resquebrajado en ese momento como para sonreír de verdad, como si le diera vergüenza.
Y era tan íntimo.
Para entonces ya habían follado muchas veces, de muchas formas y muchas maneras. Pero nunca nada fue como esa primera vez que le miró a los ojos. Fugo lo odió porque parecía mentira que Mista pudiera hacer algo que le hiciera sentir tan vulnerable, tan desnudo, tan cercano a él. Y Mista marcó el ritmo de las caderas con las manos. Ya habían hecho todo eso cientos de veces, ya le había mirado antes a los ojos, pero nunca unos mismos ojos fueron tan distintos.
Lo hicieron lento, como si quisieran recordar cada movimiento, cada vez que intentó reprimir su nombre y falló, cada vez que Mista susurró el suyo en su oreja de forma tan familiar.
Cada vez que Fugo respiró entrecortado y Mista suspiró grave y profundo. Cada vez que sus labios se abrieron para que las lenguas se rozaran. Cada vez que él mordió su cuello.
Terminaron tumbados en la cama, desnudos y agotados. Fugo con la cabeza sobre su hombro. Mista fumándose un cigarrillo. Esta vez nadie se quejó.
—¿Crees que podríamos ir a algún sitio cuando termine de llover?
Y cuando habló Fugo volvió a recordar la realidad donde estaban, su coraza se cerró de nuevo.
—¿A dónde?
—No lo sé, Mista. ¿A comer?
—¿Quieres una cita conmigo?
—No como una cita, idiota. Sólo salir.
—Supongo que sí.
—Pero no intentes abrazarme, —añadió, tras pensarlo bien un par de segundos.
Mista rió brillante y despreocupado.
—Ya sé que no te abrazaré, estúpido, —Su expresión cambió a una más cariñosa—, Pero ¿y si quiero besarte?
—Odio los besos fuera del sexo, Mista,
—¿Quién ha dicho que esto sea afecto, eh? Es sólo un bocadillo de lo que te voy a hacer después.
—Oh, entonces... hazlo,
