Disclaimer: Inazuma Eleven pertenece exclusivamente a Level-5 y esta historia está creada sin ningún fin de lucro.

Disfruten del capítulo~


"Apostando esclavos"

Capítulo 2: Carretera al infierno

La tensión entre ambos era tan densa que podía palparse en el aire casi de manera literal. El profundo negro batallaba contra el azul cobalto, ninguno dispuesto a ceder primero.

— Me niego —fue su tajante respuesta, causando que la exasperación del otro se volviera cada vez mayor.

— No te lo estoy preguntando ni sugiriendo. Te lo estoy informando, Diam.

— Y yo me estoy negando.

Ryuuji se dio un manotazo en la cara, harto de la insistencia de Hiromu. Éste, estoico, se mantenía igual de serio y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. No por nada él había sido el caballero personal del príncipe Reize desde que éste había cumplido sus diez años –aunque en ese momento era sólo un caballero en entrenamiento y realmente en un comienzo se le había encomendado ser una especie de hombre de compañía y no su guardián–, ni quien lo había cuidado celosamente aunque no era más que unos cuatro años mayor que el de cabellos verdes. Había sido reconocido como uno de los mejores caballeros de la guardia real y se había ganado la fama de ser la sombra del príncipe, siempre a la espera de algún enemigo; siempre preparado para defenderlo. E incluso ahora que permanecían como prisioneros en el reino de Epsilon él se consideraba su protector y no pensaba dejarlo hacer la estupidez que pretendía hacer. No solo por lo menos.

Empero, Midorikawa tampoco estaba dispuesto a ceder. Sabía de sobra el porqué de la terquedad del de ojos azules, pero también tenía muy en claro que no podían arriesgarse a desbaratar todo su teatro por un "capricho" del otro. Y le importaba poco lo que Hiromu dijera; él estaba completamente consciente de lo que implicaba el irse a Génesis como prisionero. Él no era estúpido y sabía el riesgo que corría, no sólo de verse descubierto, sino también el de su propia integridad física. Nada le aseguraba que no lo fueran a vender, que no fueran a abusar de él o que no lo fueran a matar. Pero debía correr el riesgo o, mejor dicho, no le quedaba de otra si quería atenerse en un cien por ciento al plan original.

— Diam, por favor, no hagas esto más difícil —le pidió el otro en un tono de cansancio y cierta nota de súplica que el otro se impresionó ligeramente en notar, pese a que exteriormente no parecía haberse inmutado por lo que el otro le dijo—. Sé que esto no debe ser fácil para ti, pero piensa en mí también. ¿Acaso tú realmente crees que yo quiero irme? ¿Ah? Contéstame —le dijo ya en un tono de orden, recibiendo una mirada neutral del otro.

— No. No lo creo —respondió parco, aún sosteniéndole la mirada.

— Entonces deja de actuar como un tonto y piensa en que yo soy el principal afectado y no tú —le reclamó dejando entrever su molestia, sorprendiendo más al otro. Desde que se habían vuelto prisioneros, Ryuuji había dejado de ser impulsivo en cuantos a sus emociones y era difícil verlo siendo dominado por alguna como sucedía ahora—. Ahora prométeme que velarás por Io y Coral mientras yo no esté aquí y que ni tú ni nadie irá a buscarme. Y si eres incapaz de prometerme eso, me veré en la obligación de ordenártelo —culminó adoptando ese tono de mando que le era inherente a su persona, pero que evitaba a toda costa utilizarlo.

Hiromu tuvo que morderse la lengua para no protestar. ¿Cómo quería él que le prometiera algo así? ¡Iba contra toda su moral y su honor caballeresco! Desde que había comenzado a prepararse para ser caballero de Gemini Storm a su tierna edad de siete años se le había repetido constantemente que desde aquel momento ellos estaban a servicio del reino y nada podía anteponerse a su deber; ni siquiera sus vidas. En el disco duro de su mente estaba marcado a fuego aquella promesa y juramento y él estaba dispuesto a dar su vida por la seguridad de su príncipe, pero ahora se veía en la disyuntiva de que era precisamente él quien le decía que se hiciera a un lado e ignorara todo lo que había aprendido. ¿A quién debía hacer caso? ¿Al príncipe o a su deber? No podía ignorar a ninguno, pero tampoco podía obedecer a ambos. Se sentía desesperado y por primera vez eso se reflejaba en su rostro impávido, que ahora poseía un marcado ceño fruncido. Empero, eso no hizo que Midorikawa retrocediera y al ver la seriedad en el rostro de él, Hiromu terminó soltando un tenue suspiro.

— Como usted desee, su alteza —respondió haciendo una reverencia y dándole la espalda rápidamente, intentando controlar su enojo—. Si me disculpa, estaré en la cocina —le anunció, yéndose a paso rápido para no dejarse dominar por sus emociones. Eso no era propio de los caballeros.

Al verlo marcharse, una expresión triste dominó en las facciones del moreno. No le gustaba tener que ordenar nada a Hiromu ni a nadie, él era alguien pro igualdad y lo había demostrado desde muy pequeño, pero también tenía muy clara la situación y sabía que debía tragarse todas sus creencias para no arruinar nada. No. Ese era el precio por la salvación de su pueblo, no podía dejarse amedrentar por una discusión como esta. Ni siquiera por el rostro resignado y enfadado de quien él consideraba como su mejor amigo. No podía ser tan débil.

Las campanadas que indicaban el medio día resonaron en todo el castillo, captando la atención del de cabellos verdes. Vigilando que nadie lo viera, esperando algunos minutos para evitar que algún otro sirviente ingresara inesperadamente, activó el mecanismo secreto del castillo para descubrir el pasaje escondido e ingresó por él. Lo cerró cuán rápido pudo y comenzó a caminar nuevamente por aquellos largos túneles subterráneos en busca de reunirse nuevamente con su majestad, el rey Dezarm. Repitiendo la ceremonia del día anterior, al llegar a la bifurcación del pasillo donde habían acordado –incluso en aquel complicado laberinto, ambos podían manejarse casi con los ojos cerrados– esperó en completo silencio la llegada del mayor y cuando escuchó sus silenciosos pasos apenas causando ruido, sacó de su bolsillo medio descocido una improvisada arma; sólo por si acaso. Al reconocer la alta figura del gobernante, simplemente se asintieron con la mirada y dejaron pasar aproximadamente diez minutos en completo silencio, esperando algún ataque. Nada ocurrió.

— ¿Cuándo arribarán Io y Coral? —fue la primera pregunta del de cabellos verdes.

— Hoy al atardecer. Estipularon una visita más breve de lo normal, por lo que sólo se quedarán hasta mañana a medio día —anunció el pelinegro, viendo con obvia (para Ryuuji) preocupación al menor—. ¿Estás seguro de esto?

— Completamente —mentía y sabía que Dezarm se había dado cuenta. No tenía ya seguridad en nada, pero no podía hacer gran cosa para cambiar la situación. Necesitaba ser un camaleón y adaptarse a todas las situaciones, incluyendo a una tan fatídica como esta—, pero necesito que me hagas un favor —Dezarm alzó una ceja y observó con curiosidad los movimientos del otro. Lo vio descubrir el arma que llevaba escondida consigo, una especie de cuchillo hecho con un trozo de cristal poco afilado y atado con una simple cuerda a un pedazo de madera, y extendérselo ceremoniosamente. Al segundo captó sus intenciones y observó aquella bella cabellera verde, que ahora lucía hasta pasados los hombros—. Déjalo lo más corto que puedas.

Ryuuji pudo contemplar una pequeña duda que nacía en los ojos anaranjados del otro, pero vislumbró inmediatamente la resignación en ellos y un asentimiento le fue otorgado al tiempo en que se acercaba a él para ponerse a sus espaldas. Antes de hacer nada, el rey se permitió acariciar los cabellos del otro con toda la delicadeza del mundo. La familia real Reize no era conocida por su curioso color de cabello, puesto que en Gemini Storm había una parte de la población bastante importante que tenía aquella extraña coloración verde en sus cabelleras, sino por la forma en que absolutamente todos los miembros de ella lo llevaban. Fueran hombres o mujeres, niños o adultos, todos siempre poseían una larga y sedosa cabellera que pocas veces ataban; era un símbolo de realeza el cabello largo. De hecho, no estaba prohibido para sus los habitantes del reino el llevarlo de igual manera, pero ellos sentían un respeto y una admiración por la familia real tan grande, que nadie que tuviera más de quince años lo llevaba largo si había tenido la suerte de nacer con el color verde. Nadie le impedía a los niños de cabello verde llevarlo largo, puesto que ellos solían llevarlo así "para ser como Reize-sama", príncipe del reino; mas ya de grandes, solían cortarlo puesto que "es un símbolo de la familia real y es nuestro deber y honor respetarlo".

Como todos los de su familia, hasta sus trece años Ryuuji siempre llevó el cabello largo hasta media espalda o, en cierto momento, incluso hasta la cadera. Cuando pequeño lo dejaba libre, dándole cierto aire femenino por sus delicadas facciones, pero cuando comenzó su entrenamiento para ser un sacerdote del templo de la Diosa Gaia, por un tema de comodidad poco a poco comenzó a atarlo, hasta que acostumbró a amarrarlo en una cola alta, dejando ciertos mechones libres. No obstante, tras la caída de la familia real y la captura de su reino, incluso aquello cambió para el pequeño príncipe. Ya en tierras de Epsilon, antes de dejarse ver como un esclavo de guerra ante los otros prisioneros, Dezarm le tomó la cola de caballo y la cortó en la base. En un comienzo, Ryuuji no podía soportar verse en un espejo y parte de su depresión tenía que ver con su cabello, mas pronto su cerebro asimiló todo y decidió nunca más dejarlo largo. Alguien podría fácilmente reconocerlo, incluso ahora tres años después, y no podía correr ningún tipo de riesgo.

Tras deslizar sus dedos entre las finas hebras de cabello de Midorikawa, Dezarm blandió el cuchillo de cristal y con un solo corte dejó el cabello del otro corto hasta la nuca, quedándose con el resto en la mano. Realmente el otro no lo sabía, pero para Dezarm era un suplicio el tener que cortarle el cabello. Era como ir cortando al mismísimo Ryuuji, ayudándolo a sumirse en la oscuridad de la guerra y eso lo mataba. Quería al viejo Ryuuji, al pequeño Reize, alegre y tierno, siempre riendo y corriendo por ahí para luego irle a abrazar cuando él llegara imprevistamente de visita a Gemini Storm.

— Gracias —dijo el menor pasándose la mano por la cabeza, quitándose los restos de cabello cortado—. Bueno, ahora d… —el sonido del cuchillo cayendo al piso y trisando el cristal opacó su voz, la cual pronto dejó de sonar. No pudo continuar hablando, ya que inesperadamente el rey lo abrazó. Era un abrazo desesperado y algo brusco, causándole un pequeño dolor que no quiso verbalizar, puesto que sentía aquel grito de ayuda de parte del mayor. Rodeó al mayor con sus brazos y le acarició la espalda con cierta duda— ¿Su majestad?

— Ryuuji… si pudiera hacer algo, lo que sea, por evitar todo esto —le susurraba el otro con una desesperación en su voz que sorprendió al otro. No recordaba haber visto a Dezarm vulnerable en toda su vida—, si pudiera retroceder el tiempo y evitar que todo esto ocurra… si tan sólo pudiera, yo… —pero así como no encontraba palabras para continuar, sintió al contrario negar con la cabeza y alzar sus manos para acariciarle el cabello en busca de reconfortarlo.

— No hay nada que hubieras podido hacer, Osamu. No te lamentes por ello, por favor —le pidió, intentando mantener la compostura y no largarse a llorar en sus brazos. Lo separó lentamente de él y lo tomó por las mejillas en una actitud ciertamente maternal, cosa que le había contagiado su madre cuando él era un niño—. No pongas esa cara. Saldremos de esta, ¿está bien? Confía en mí —le pidió, sintiéndose en lo profundo de él un poco dichoso al ser él el único de ver aquella faceta de Osamu. Realmente lo amaba como el hermano mayor que nunca tuvo.

Osamu asintió y luego, quitando con cuidado las manos morenas de su rostro, se reclinó para rozar su coronilla con sus labios, depositando un beso en ella. Luego observó al menor, quien estaba algo abochornado por la muestra de cariño del mayor, y le sonrió discretamente como él solía hacer; no era realmente una persona muy expresiva.

— Entonces tú también confía en mí, Ryuuji —no entendió por qué, pero tras escuchar aquellas palabras y leer su expresión, Ryuuji se rompió. Se sintió pequeño, vulnerable, roto. Sus ojos se aguaron y aquella expresión seria y casi molesta a la que se había acostumbrado a recurrir se cayó, dejando ver a un muchacho triste y asustado. Dezarm simplemente abrió sus brazos y Midorikawa se tiró hacia él, abrazándolo fuertemente y llorando con fuerza escondido en su pecho.

Dezarm lo conocía más de lo que él creía. Y sabía que el menor necesitaba desahogarse, por lo que se limitó a cobijarlo en sus brazos, acariciarle el cabello –ahora corto– y dejarle llorar y patalear todo lo que él quisiera. Era lo mínimo que podía hacer.


La alegría del reencuentro fue breve, pero intensa. Cuando los carros que transportaban a los prisioneros arribaron a las tierras de Epsilon y las trompetas anunciaron su llegada oficial al castillo, todos los que alguna vez pertenecieron al reino de Gemini Storm se sintieron emocionados. Cuando ambos prisioneros bajaron, aún encadenados, una especie de alivio se reflejó en sus movimientos, incluso llevando sobre sus cuerpos claros signos de deshidratación y desnutrición. Los grilletes no fueron removidos hasta que no estuvieron en sus nuevas celdas, a dos de las Rimu y Reo, y por orden explícita del rey fueron dejados a cargo de los sirvientes, quienes les proporcionarían comida y ropas limpias.

Una vez estuvieron solos, ambos prisioneros, profundamente agradecidos, iban a reverenciarse ante su príncipe en símbolo de respeto y gratitud. No obstante, éste fue más rápido y antes que sus rostros tocaran el suelo por una exagerada reverencia, el de cabellos verdes ya los había atrapado en un fuerte abrazo que ciertamente descolocó a ambos recién llegados. Habían oído historias de ciertos otros prisioneros sobre los cambios que su querido príncipe había sufrido desde que había comenzado su vida como exiliado y esperaban ver a una persona estoica, seria y sin vida frente a ellos. En cambio, tenían a su príncipe abrazándolos y regalándoles una mirada de tranquilidad que se notaba a leguas que había sido reemplazada por una de ansiedad. Pese a ello, de todos modos les fue impactante ver a los ojos a su alteza real: no sólo llevaba el cabello corto, sino que sus ojos ya no reflejaban la vida de antes. Ahora eran un par de piedras negras opacas y sin fondo, casi abismales y que producían una tristeza e impotencia inimaginables.

Para su desgracia, no pudieron hablar nada. Sería altamente sospechoso que su tiempo juntos se prolongara, especialmente con la comitiva de los otros reyes dando vueltas por el palacio y siendo tan metiches como siempre, por lo que Hiromu y Midorikawa cumplieron su labor y se despidieron silenciosamente de sus compañeros. Midorikawa podía sentir la intensa mirada azulada de su guardián sobre su espalda, casi oyendo el regaño mental que el otro le dirigía. No les dijiste, reclamaba. Pero él no podía ni quería decirles nada. Él no era de causar dolor a nadie.

La noche pasó y la mañana se hizo demasiado rápida para el gusto del príncipe. Pronto, las sirvientas lo llevaron hasta el cuarto que todos compartían y los guardias de palacio le ataron las cadenas correspondientes. Grilletes en pies y manos más una cadena que se ataba al cuello. Imposible escapar.

— Bueno, su majestad, fue un gusto estar en Epsilón aunque fuera por tan breve tiempo —oía la gélida voz del gobernante de Diamond Dust, sintiéndola vacía y monótona. Estaba claro que no sentía aquel "gusto" y que sólo lo decía por mera etiqueta.

— La siguiente asamblea será dentro de dos meses en mi reino. Espero puntualidad —escuchó la voz más anciana y un escalofrío ascendió por su espalda al tiempo en que sentía que tiraban de las cadenas para obligarlo a caminar. Era la voz del rey Gran—. Y no se preocupe, su majestad. Cuidaré muy bien de mi nuevo prisionero —sintió el pánico escalar por su garganta al reconocer una nota lasciva en la voz del viejo rey. Cerró los ojos con fuerza y respiró hondo, queriendo espantar cualquier pensamiento fatalista de su mente. Tenía que ser fuerte.

Guiado por los guardias que tiraban de las cadenas –de una manera no muy delicada, si se puede agregar–, Midorikawa pronto se vio tras la última caravana que abandonaba el gran castillo de Epsilón. Los primeros en abandonar el lugar fue la comitiva del rey de Prominence, seguida de cerca por la del rey de Diamond Dust. La última era la del rey de Génesis y él, alejado de toda la nobleza por su indigno rango de esclavo, sentía que daba los primeros pasos hacia una sentencia de muerte. Los grilletes no tardaron en causar el suficiente roce como para hacer arder sus muñecas y talones, pero aguantó cualquier queja al momento en que lo subían al carro de los prisioneros, la cual iba completamente vacía. Lo tiraron bruscamente, haciéndolo caer de bruces, y cerraron de un portazo las puertas que lo aprisionaban, echando candado para encerrarlo completamente. El chirrido del metal mal cuidado le taladró los oídos y Ryuuji, ya en la oscuridad del transporte y sólo sobre unos fardos de paja sin forma, no encontró más consuelo que hacerse ovillo sobre sí mismo y esperar lo que viniera. Los movimientos del carro eran violentos y lo golpeaban constantemente, por lo que prácticamente obligó a su mente a abandonar su cuerpo y rápidamente se quedó dormido, esperando encontrar algún tipo de alivio en el mundo de los sueños.


— Eh, despierta ya.

Algo duro le estaba golpeando no demasiado fuerte en el rostro, pero él simplemente gruñó. Según él, recién hacía dos minutos había logrado conciliar el sueño y era de esos que te permiten descansar, al no soñar con nada y relajar el cuerpo al máximo. Pero había alguien suficientemente inhumano como para privarle de algo tan delicioso como es el dormir y Midorikawa no estaba de humor como para permitirle a alguien quitarle eso.

Mala idea.

Casi pudo sentir la molestia de aquella otra persona y repentinamente el dolor de cuello vino junto con el levantarse de manera completamente involuntaria. Al abrir los ojos, notó que quien estaba con él era un guardia (que no reconoció en lo absoluto) y que estaba tomándolo por la cadena que tenía atada al cuello y lo alzaba de manera brusca, en vista de que él no cooperó. Se notaba a leguas que estaba enojado y pronto comenzó a arrastrarlo hacia quién sabe dónde, haciéndole daño en el cuerpo y causándole varios traspiés. Por supuesto, el guardia el ignoró completamente.

No tuvieron que caminar demasiado, pero lo que logró captar con su cerebro recién activo era que iban en descenso por unas largas y frías escaleras. Debían estar yendo hacia algún tipo de calabozo o mazmorras, probablemente a encerrarlo a las celdas de los prisioneros. El príncipe sintió su cuerpo estremecerse ante el frío del lugar y pronto perdió la vista por la falta de luz había allí. Pese a que estaba acostumbrado a no depender de su sentido de la vista gracias al entrenamiento al cual estuvo sometido, que le permitía sentir su entorno completamente con todos sus sentidos, el miedo lo invadió a tal punto que logró bloquear su mente y, por tanto, eliminar todo lo que había aprendido en un suspiro. Sentía nuevamente el pánico y la desesperación corroerlo, pero no podía hacer nada para remediarlo. Allí no estaba Hiromu o Dezarm para ayudarlo y el aferrarse al recuerdo de sus difuntos padres y de su difunto maestro no le estaba sirviendo para nada.

Estaba solo por primera vez en mucho tiempo. Nunca creyó que eso le traería tanta desesperación.

— Métete ahí y no hagas escándalo. No estoy de ánimos para tus estúpidos berrinches —la gruesa voz del guardia le hizo sobresaltarse y tras ser despojado rápidamente de sus cadenas, fue empujado hacia el interior de una fría celda de piedra por una patada en su trasero. A sus espaldas escuchó el sonido de la puerta de barrotes metálicos cerrarse y el sonido de unas llaves girando para asegurar la puerta. Pronto, el sonido de las pesadas pisadas del hombre en armadura fue el único sonido que oyó, hasta que el mismo se perdió en el espacio y terminó en un horripilante silencio.

De una manera casi desesperada, Ryuuji se arrastró hacia la pared, apoyando su espalda en la fría piedra y abrazando sus rodillas para refugiarse entre ellas. El latido de su propio corazón, desembocado y latiendo a gran velocidad, retumbaba en sus oídos casi dolorosamente y podía notar como su respiración se alteraba, pero sin poder evitarlo muy a su pesar. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios hasta dejarlos como una fina línea, intentando hallar paz y fuerza interior por medio de la meditación. Se le hizo imposible. Ahora que estaba ya en Génesis, atrapado en aquella celda, sentía que todo lo que había estado forjando durante tres años se iba por la borda y el pequeño Reize de quince años hacía aparición nuevamente, volviéndolo frágil, temeroso y débil. Una presa fácil.

— ¿…Quién está ahí? —escuchó una débil voz, casi con temor. Era una voz delgada y aguda, algo rasposa quizás por la falta de uso, pero aún así algo melódica. Ryuuji se sobresaltó al oírla, pero no por lo repentina que sonó, sino por lo familiar que era.

— ¿Pandora? —preguntó, pero no hubo respuesta. Casi podía sentir la duda de la chica. Se abalanzó a ciegas hacia los barrotes, queriendo acercarse a la muchacha lo más posible—. Pandora, soy yo, Midorikawa, Midorikawa Ryuuji. Ambos éramos miembros de la corte de Gemini Storm, ¿me recuerdas? —dijo haciendo cierto énfasis en el nombre, como queriendo darle un mensaje secreto a la chica que sólo ella pudiera descifrar. No tardó en escucharse un gritito ahogado de ella y el de cabello verde casi podía verla cubriéndose la boca con las manos de sorpresa.

— ¿Es usted? ¿Realmente es usted? —cuando era príncipe, realmente nunca había asistido demasiadas veces a la corte y, por tanto, no recordaba bien a las personas que la conformaban, incluso a quienes eran cercanos a él por edad, pero si algo recordaba de Nozomi era su timbre de voz y escuchar aquella nota alterada le sorprendió muchísimo. Podía reconocer un cúmulo de sentimientos encontrados en su voz, pero no podía identificarlos a todos, pero definitivamente era algo impropio de ella. ¿Qué habrían hecho con ella?—. Por la Diosa Gaia… s-su… s-su a—!

El "su alteza" murió en sus labios al interrumpirle él, sabiendo lo que iba a decir—. Pandora, ¿estás bien? ¿No te han hecho nada? —la chica, en un comienzo sorprendida por la repentina interrupción de él, se quedó en silencio por un momento, pero rápidamente captó la indirecta. No obstante, la pregunta que había hecho era ciertamente delicada y la amargura y el dolor invadieron sus facciones antes que su voz, luchando por no sonar quebrada, lograra traspasar el nudo de su garganta para poder responderle. Menos mal no podía verla con esta oscuridad.

— Eso no importa, Midorikawa-san —incluso sin verla, él pudo percibir aquellas notas agrias en su voz y sintió el arrepentimiento devorarle al pensar en quizás qué cosas le habían hecho a la pobre muchacha—. Lo importante es que estamos vivos —completó.

Inevitablemente, los labios de él se torcieron en una sonrisa irónica. ¿Lo importante es que estamos vivos? ¡Ja! El consuelo del perdedor. El consuelo más patético que podría escuchar en ese momento, pero lamentablemente era el único consuelo que tenían. Los recuerdos se agolparon en su mente y su sonrisa irónica se transformó en una sardónica mientras sus manos apretaban con más fuerza los barrotes, dejándose los nudillos blancos, y permitiéndose resbalar hasta quedar arrodillado y con la cabeza gacha, sintiendo el peso del pasado sobre sus hombros.

— Sí… vivos —repitió de manera floja y completamente forzada.

¿Por qué, oka-san(1)? ¿Por qué me obligaste a escapar? ¿Por qué me obligaste a vivir, cuando esto no es vida, sino algo peor que la muerte?

Como le gustaría haber muerto con ellos ese día. No había nada que deseara más.

Continuará~


(1) En el capítulo pasado, Midorikawa llamaba en su mente a su madre simplemente como "madre" por una cuestión de respeto. Ahora dice "oka-san" en lugar de "madre", porque se está dejando llevar por el sentimiento y no por la educación.


Si leíste hasta aquí, muchas gracias~

N/A: Uff- mucho tiempo. Disculpen ^^U Pocas excusas que no valen la pena mencionar, sólo espero que les haya gustado el capítulo. Fue más corto que el anterior, porque no encontré cómo alargar esto sin volverlo demasiado trágico. Mi idea de poner a un Midorikawa más débil que en el capítulo anterior era mostrar esos miedos que, pese a que se intentan esconder, siguen presentes y que, quizás, por el hecho de esconderlos cobran más fuerza ante situaciones como la que él está viviendo. Pero no se esperen al chico alegre de siempre por este momento de debilidad, seguirá siendo más o menos como era en el capítulo anterior, pero todo tiene su explicación. Tooodo a su tiempo~

Como pequeño punto aparte, lamento el OoC en algunos personajes, pero bueno... la guerra nos cambia. Intento mantenerlos fieles a sus personalidades, pero hay algunos (como Midorikawa) que necesito ponerlos algo distintos para que sean reacciones LÓGICAS a ciertas cosas (aún sin revelar) que han vivido. So... please don't kill me ;w;

Muchas gracias por sus comentarios a MidorikawaxRyuuji, Roxi-chan3, Mikael Mudou, La Dama Azul de Konoha, Soy_UnaOveja, Starbell_Cat y Yuki-chan :) Muchas gracias por su apoyo, sus opiniones y sus halagos. Realmente me animó mucho leer sus comentarios para poder retomar este capítulo (que sí, se me había cortado la inspiración, pero releer lo que llevaba más sus comentarios me ayudó), así que espero no decepcionarlos en ningún sentido ówò No os preocupéis, quien quieren que salga ya va a salir... pero tengan paciencia :3

Sin más que agregar, nos vemos en el próximo capítulo. Cuídense~