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Capítulo 3


—Lo siento mucho, Melody, ya te lo he dicho antes: No tengo tiempo para mantener una relación sentimental, necesito centrarme en mis estudios.

No me atraes. No me gustas. No te quiero.

¿Cómo decir aquellas palabras que se le venían a la mente? Melody era, sin lugar a dudas, su prototipo a "chica ideal": educada, responsable, encantadora. Siempre dispuesta a ayudar con una sonrisa. Era, sencillamente, perfecta. Y aún con ello, Nathaniel no conseguía ver a Melody de forma romántica. No había una verdadera razón para aquello, nada lógico, nada justificable; sus emociones eran como eran. Porque sí; sin más.

No me gustas.

Ignoró una vez más el pensamiento mientras trataba de adornar aquel rechazo con excusas y palabras vacías, deseando que la joven desistiera de su segundo intento de ganarse su corazón. ¿Por qué había tomado esa repentina decisión? Nathaniel estaba extrañado de que quisiera volver a declararse, a pesar de que hacía tiempo ya la había rechazado. ¿Por qué otra vez? La imagen de Emilie sentándose a su lado frente a las narices de Melody le dio una ligera idea.

¿Cuestión de celos?

—Pero, Nathaniel, yo... —la adolescente apretó los puños, producto de la frustración.

—Realmente me siento halagado —se permitió apoyar una de sus manos sobre el hombro de la chica, disfrazando su pesadez con una sonrisa apenada—, pero por el momento es imposible para mí, compréndelo, por favor.

Y la chica dejó de hacer fuerza con las manos, bajando la mirada junto a un suspiro en señal de derrota. Otra vez igual. De nuevo había fallado. ¿Acaso había algo malo en ella? Se preguntaba con decepción. Nathaniel y ella eran iguales: dos alumnos modelo centrados en sus estudios que por bastante tiempo habían sido delegados de sus respectivas clases (al menos hasta entonces), serviciales, diligentes, con las ideas claras. Si bien Melody era consciente de que su compañero no siempre había sido así, el pasado de la infancia no era algo que considerara importante.

El antes no tenía relevancia, tan sólo el presente.

Por un futuro con Nathaniel.

Sin embargo, la sensación de los dedos del chico quemando su hombro fue lo único que la acompañó cuando el timbre que daba fin al descanso se hizo escuchar. El delegado ya se había marchado, y ella sólo se dedicó a seguir su figura con la mirada hasta que su amor imposible desapareció por la puerta. Él, por su parte, dio el problema por zanjado, y su hipocresía por ilimitada. Sintió ganas de estampar el puño contra la pared ante la culpabilidad de sentir alivio por librarse de ella dándole falsas esperanzas. No quería herir a Melody, pero era lo único que había conseguido.

—Soy un idiota...

—¡Já! ¿Al fin lo reconoces?

Nathaniel alzó la mirada y su ceño se frunció al encontrarse con el desagradable rostro de Castiel. Genial. ¿Acaso había decidido esperarlo para terminar de joderle el día? Vaya si tenía mala suerte.

—Si me disculpas, Castiel, tengo que ir a clase, como deberías estar haciendo tú —comentó aguantando algún que otro insulto que se le había quedado atascado en la garganta.

Y lo esquivó con prisa para no estar más tiempo cerca de él, pudiendo ocurrir una catástrofe. No tenía ganas de seguir discutiendo con nadie, aunque, a decir verdad, las de partirle la cara no le faltaban. Le entraban cada vez que lo veía.

Pero así no actuaban los alumnos modelo.

Claro que, Nathaniel tampoco tenía ideas propias de uno de ellos.

Él no era como la pobre de Melody, que no tenía maldad ninguna, ni como los pocos alumnos de cada curso que acababan acoplándose por decisión propia a la primera fila. Ellos solían ser agradables, inofensivos. Al contrario que él, que más de una vez había sido quien había buscado una nueva excusa para enzarzarse a golpes con el bastardo de Castiel, y es que aún ardía en rabia al recordar cómo ese intento de hombre había caído en aquel absurdo teatro en su contra que había armado esa mujer fatal de Debrah. La viuda negra que se había ganado el segundo puesto en su lista negra inexistente.

El primero, contra todo pronóstico, no era Castiel.

—La siguiente clase...

Al pasar por el pasillo, escapando de las posibles agresiones verbales de su némesis, Nathaniel fue a dar con Emilie, quien observaba con algo de confusión el plano del instituto que estaba pegado en una de las paredes de cada pasillo con la finalidad de guiar a cada alumno que pudiera perderse.

—Nos toca historia, ¿verdad? —habló llamando la atención de la joven—. Tenemos que ir al aula número 034, aunque aún no tenemos profesor para esa materia, así que probablemente pasemos unos días sin él —explicó—. No está lejos, puedes venir conmigo —se ofreció a guiarla haciendo un ademán de empezar a caminar.

Emilie suspiró.

—¡Me has salvado! —reconoció algo más tranquila— Soy realmente mala con los planos y mapas, y a Ken le toca economía en otra aula... ni siquiera sé quién está en la nuestra...

Nathaniel pensó que era la frase más larga que le había escuchado decir.

—Sí, la verdad es que son algo confusos, aunque los de aquí se entienden algo mejor que los de Geografía —se permitió reír un poco, tratando de sacar los problemas recientes de su mente.

—Ni me lo recuerdes, no sé cómo aprobé esa asignatura —hizo una mueca al recordar, abrazando su material escolar (que consistía a penas en un par de cuadernos y un estuche, pues los libros que había encargado aún no los tenía).

—No debe haber sido tan malo, según tus datos de inscripción tenías una buena nota media de los cursos anteriores —claro que, en su mente se pintó la idea de que perfectamente podía haber sacado esas notas copiando.

—El curso pasado no tenía esa asignatura entre mis materias de modalidad, en el resto fue un poco difícil... —reconoció mientras observaba a los lados para tratar de grabar el pasillo en su memoria y no volver a perderse.

—Espero que este año te vaya mejor, no dudes en pedirme ayuda si tienes problemas —ofreció dibujando una nueva sonrisa de cortesía en su rostro.

Qué pesadez.

No era la primera vez, ni sería la última, que decía tales palabras. Como delegado principal que era, siempre estaría dispuesto a ayudar; incluso si ya tenía encima el triple de trabajo de lo que debería tener. Realmente no le molestaba demasiado cuando el alumno en cuestión prestaba atención a sus explicaciones, pero a veces resultaba tan difícil... Y para colmo, acababa teniendo que llevarse el papeleo a casa. Como si el trabajo de los profesores debiese recaer en él.

—No será necesario —respondió Emilie al ofrecimiento mientras se detenía: Habían llegado a clase—. Gracias de todas formas.

—De nada...

¿Por qué había rechazado su ayuda de forma tan tajante? Por alguna razón, la sensación había sido desagradable.

Como fuera. Ambos entraron en la clase y se sentaron en lo que quedaba de la primera fila (lo que era de esperar, teniendo en cuenta que muchos eran reacios a dejarse ver por los profesores). A Nathaniel no le sorprendió que Castiel no hubiera hecho acto de presencia; era lógico: cuando habían tropezado iba en dirección contraria, por lo que no había que ser un genio para imaginar que debía estar en el patio saltándose las clases. Lo que sí le sorprendió un poco fue darse cuenta de que Melody no estaba allí.

Cuando el profesor de guardia (pues tal como había dicho, no tenían aún uno de la materia) había comenzado a pasar lista, la puerta se abrió dejando pasar a la joven ex-delegada que acababa de aparecer disculpándose por la intromisión. A pesar de llegar tarde, parecía ser la Melody de siempre, con la apariencia de siempre. Pero al fijarse mejor, Nathaniel pudo notar que sus ojos estaban algo enrojecidos.

¿Había estado llorando?

La pregunta lo golpeó generándole un nudo en el estómago: una vez más, la culpabilidad trataba de atormentarlo. Respiró hondo, tratando de serenarse tras volver la vista al frente. Y suspiró.

Melody no le había dirigido la mirada al llegar.

El hombre frente a la pizarra comenzó a hablar sobre la importancia de la asignatura para la cultura general del alumnado y, entonces, gran parte de los estudiantes decidió desconectar del mundo real de modo automático para empezar a interesarse por las sublimes enseñanzas sobre biología aérea que les mostraba cualquier mosca (real o ficticia) que se les cruzara por el camino. Nathaniel tampoco fue capaz de seguir atendiendo por mucho tiempo, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Intentando dejar la mente en blanco, se permitió recorrer de reojo los asientos de los otros alumnos, descubriendo quienes se hallaban en la misma clase. Eso de no tener aún las listas definitivas podía llegar a ser un verdadero martirio. ¡Quién sabía si no iban a decidir mandarlo a otra a mitad de mes!

Al toparse nuevamente con la imagen de Melody, no pudo evitar asustarse ante el creciente deseo de que en uno de esos cambios de última hora les tocara en clases diferentes. ¿Cómo podía estar pensando algo así? ¿Acaso no era él mismo quien hacía tan solo unas horas se había alegrado de tenerla consigo? Ya no estaría solo, tendría quien se sentara a su lado por decisión propia y no se dedicara a tirar bolas de papel o a mandar mensajes con el teléfono móvil cuando el profesor de turno se diese la vuelta. En definitiva, había sido todo un alivio...

Pero no había contado con la presencia de Emilie.

En ese sentido, la alumna nueva había tomado el papel de Melody inconscientemente. Y aunque Nathaniel no podía estar al cien por cien seguro de que no se volvería problemática, por el momento no parecía estar interesada en seguir el comportamiento infantil de otros de sus compañeros: como niños de primaria en una clase de bachillerato. O al menos, no mientras no entrase una avispa por la ventana. Ciertamente, al delegado aún le sorprendía la facilidad que tenía uno de esos pequeños insectos para revolucionar a más de veinte personas. Aquella aula, esa mañana, había sido un completo caos, un mundo de locos. Lo más irónico era que justamente un loco había solucionado la situación; seguramente Castiel podría haber sido el mejor remedio anti-plagas si se lo hubiera propuesto. Aunque eso era otra historia.

Por su parte, Emilie permanecía en silencio en su sitio, investigando sin demasiada emoción la normativa que se extendía escrita en las páginas de su agenda escolar; esa que (como a todos) le habían dado a primera hora. Al lado contrario, habían un par de mesas donde unos chicos parecían discutir algo con expresión descontenta; por detrás de ellos, una chica se había quedado dormida. Y siguiendo la fila de sillas, pronto Nathaniel pudo ver al amigo de Castiel, Lysandro, buscando quién sabría qué con algo menos de calma de la que solía mostrar. El resto de la clase no parecía diferenciarse mucho de lo que veía, así que desistió de seguir observando con la idea de fingir de nuevo que escuchaba al profesor.

Tres minutos.

Fue todo lo que pudo durar antes de que un escalofrío le recorriera la espalda. Se atrevió a virar un poco el rostro y fue entonces cuando se encontró con los ojos azules de Melody clavados en él, como en la primera hora. Sólo que, a diferencia, esa vez la chica desvió la mirada a cualquier otro punto de la sala; en silencio, sin una expresión definida. ¿Qué estaría pensando? ¿Habría forma de que lo perdonara? ¿O quizás Melody decidiría pasar página y dejarlo tranquilo después del segundo rechazo?

¿Seguiría ayudándole?

Con todas las preguntas sin respuesta, Nathaniel sólo pudo comprobar una vez más lo que ya tenía asumido acerca de su relación: en ningún momento se había preocupado por los sentimientos de la joven. Tan sólo seguía buscando el camino fácil, intentando no salir herido al buscar una solución neutra entre el blanco y el negro de sus problemas. Se había limitado a decir "No puedo" en lugar de "No quiero", disfrazando hipócritamente la realidad una y otra vez bajo el falso apoyo seguido de una sonrisa.

¿Cómo había llegado a ser así?

Aún pudiendo intuir las razones que lo había llevado a convertirse en lo que era, no estaba seguro de en qué momento había cambiado. No sabía cuándo había dejado que esa apariencia de alumno modélico lo rodeara y moldeara hacia una persona cordial que omitía gran parte de sus pensamientos reales hacia alguien, esa persona que ocultaba al antiguo Nathaniel y hería de forma sutil con su amabilidad: causando heridas que, aunque eran menores que las que podía causar la realidad, nunca terminaban de cerrarse.

Esas eran las heridas de Melody.

Y así, el velo de las falsas esperanzas quedaba como evidencia de lo que había detrás del guión preestablecido. Escondida al otro lado del telón, la imagen de ese niño problemático que había sido el delegado principal hacía años atrás aún perduraba.

Nathaniel y Melody eran alumnos modelos.

Tal para cual. El ideal de cada uno. Almas gemelas.

Pero Nathaniel era consciente de que aquello no era más que una simple falacia llena de expectativas sin sentido. Porque a pesar de comportarse como tal, él nunca había sido, ni sería, la persona que Melody esperaba.

Sólo fingía serlo.