Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el Reto #21: Conmemorando los 300,000 del foro Hogwarts a través de los años.


2 de Marzo de 1970. 18h.

Al final se había almorzado el sándwich que se llevó junto con media taza del zumo de frutas, así que el apetito no fue ningún problema para Eugenia.

La oficina donde estaba tenía una silla que rechinaba cada vez que la movía y tenía que hacerle un encantamiento para que el respaldo de la misma no dañara su columna. El escritorio solía tener los documentos que leía, firmaba y sellaba acomodados durante la mayor parte de este; dejando un pequeño espacio para poner la tinta y la pluma sin que estos estropearan el trabajo que hacía. Ni la comida ni la bebida tenían cabida en él. En caso de que no pudiera aguantarse el hambre, se levantaba y comía a la par de la ventana y disfrutaba de la vista que había desde el primer piso.

Ella se encontraba de pie, recostada contra la pared que mantenía un reloj que daba un suave tic tac. Aquel insistente sonido no ayudó a que el estrés se fuera mientras que los squib marcharon para intentar que validaran los derechos que propusieron; recordando eso, murmuró: «prohibiciones y aptitudes apropiadas a tener en una marcha pacífica y por qué no maldecir a quién se atravesara en el camino», la pluma vuelapluma lo anotó en el primer pergamino que estuvo a la vista.

Tal vez no fuera importante en este momento sin embargo no podía dejar pasar el comportamiento inapropiado de los sangrepuras que se opusieron a la marcha de los squib; antes de que el artículo se publicara en el diario El Profeta, Eugenia debía asegurarse de redactarlo de un modo que los opositores no se sintieran aludidos o ultrajados.

La propuesta que le dio el asistente junior seguía resonando en la mente de Eugenia a pesar de que la reunión acabó una hora atrás, donde Sky le dio una serie de hipotéticos que demostró una vez más por qué lo eligió. Ladeó la cabeza hacia un costado y se llevó una mano al mentón, volvió los labios en una fina línea en el momento que una serpiente serpenteó hasta quedar en frente de ella.

Eugenia se apartó de la pared. Uno de sus pies se fue atrás y otro hacia adelante. La varita voló hasta caer en la mano izquierda de la bruja, apuntándola en dirección del animal distintivo de su anterior Casa en Hogwarts.

—La necesitamos viva, Nagini.

Se giró sobre los talones; delante de ella se veía a un mago de unos cuarenta y tantos años de edad, sin varita que pudiera ver. La sonrisa de ese hombre era ladina y tenía un brillo en los ojos —que eran de una extraña combinación de marrón oscuro y un rojo— que le recordó a aquella bruja que no vaciló en lanzar aquel maleficio que causó el desprendimiento del techo y obstaculizó el paso. Para fortuna de ella, no ocasionó que hubiera muertos y solo fue castigada con servicio comunitario además de una indemnización que pagó al Ministerio. No dejó que las emociones se exteriorizaran en su rostro; inhaló y exhaló, lo miró a los ojos y bajó la mano sin guardar la varita. Subió el mentón y la serpiente siseó sin embargo no se movió.

—Di tus intenciones —ordenó.

—Soy lord Voldemort. Los sangresucia morirán.

Eugenia corrigió su postura: las manos las colocó en la cintura y la varita señaló el pecho del otro. La serpiente se desplazó en dirección del mago, subió por una de sus piernas y no se detuvo hasta que se acomodó alrededor del cuello de él.

—No dejaré que desates el caos y di tu verdadero nombre.

—Te he dicho lo único que necesitas saber, muchacha. —Voldemort acarició la cabeza de la serpiente.

—No darás un paso fuera de mi oficina —dijo, carraspeó los dientes. Era evidente que quería desatar una guerra para obtener el poder que la mayoría de la gente como él quería para sí mismo. No importaba si era construir un imperio a aislar a quien considerara inferior, el efecto colateral era el mismo y Eugenia no permitiría que gente inocente sufriera sin razón—. ¿Qué pretendes conseguir con esto?

—La soberanía de los sangrepura. Nosotros merecemos la magia, no nadie más.

—Gellert Grindelwald tuvo una meta similar a la tuya y fracasó. —Eugenia rechinó los dientes y entrecerró los ojos cuando Voldemort solo asintió dirigiéndole la vista a su compañera, sin tomar importancia de qué le estaba diciendo—. Tú no serás diferente. Los aurores te detendrán…

—Soy lord Voldemort, muchacha —interrumpió él, haciendo un gesto de desdén con la mano y encogiéndose de hombros—. No me compares con un impuro.

Eugenia soltó un bufido y cruzó sus brazos encima de sus pechos. Era inadmisible que él pusiera más atención en las acciones de la serpiente que en las palabras que ella, la Ministra de Magia, le decía. Eugenia mantuvo la serenidad y sopesó la posibilidad de que la marca de la calavera y la serpiente se relacionaran con este mago

—La marca que causó gran conmoción hace menos de veinticuatro horas la creaste tú. El caos se sembró en la población porque no sabían qué significaba… Explícamelo.

Al intercambiar una mirada con Voldemort, una repentina sensación se apoderó de ella. Pasó un par de segundos antes que se diera cuenta que él se metió dentro de su cabeza para buscar un memoria en específica. No permitiendo que descubriera más, se las ingenió para bloquear su mente. Tuvo la impresión de que no lo bloqueó sino que él se fue. En cualquier caso, al menos su privacidad ya no sería invadida.

—Así se identifican mis fieles seguidores. Los mortífagos. La sociedad mágica de Gran Bretaña recordará este día como el inicio de mi ascenso al poder.

Una nube de humo negra lo rodeó, cubriéndole el cuerpo completo; al instante, desapareció llevándose al mago oscuro al igual que a la serpiente.

—La guerra comienza. Prepárate para afrontar las repercusiones de tus actos.

Eugenia supo que una nueva época de matanza se acercaba y no se equivocó.