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TOXIC
(Este capítulo contiene escenas sexuales de alguna importancia, no leer sin la supervisión de un adulto responsable.)
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La noche estaba fría, había llovido y las calles estaban mojadas. Sentí su mano abierta posarse segura y sin permiso sobre mi espalda, entonces, un hombre alto y atractivo, vestido con un traje negro, salió del auto. Ellos intercambiaron miradas rápidas y Christian abrió la puerta guiándome al interior. No invirtió ningún esfuerzo, ninguno, con un movimiento tan suave y casi imperceptible como el aire, consiguió que estuviera dentro del auto antes que me diera cuenta.
En un par de segundos lo tuve a mi lado, no lo miré, y sé que tampoco él me miró. El hombre de negro entró también al auto y ocupó el puesto del piloto, sólo entonces Christian volvió a hablar.
—Al apartamento, Taylor.
Por alguna razón, algo dentro de mí se puso rígido y una sensación de alarma recorrió mi columna vertebral. No había preguntado, no había pedido permiso, había hecho justamente lo que había querido, había pasado por encima de mí como si yo fuera una muñeca sin criterio. Y aun así yo seguía allí callada, mirando por la ventana sin decir una sola palabra, perdida en una agitada pelea conmigo misma. Un calor incomodo me crispaba la piel de la nuca, estaba muy enojada, sobre todo con mi falta de carácter, pero no conseguía reaccionar, y sabía que se debía justamente a la desconcertante excitación que sentía al verlo ejercer su voluntad sobre mí.
Era más que la fetichezca fijación de ser dominada, era una infantil emoción llenando mi pecho y deslizándose entre mis muslos, porque su voluntad no significaba más que su deseo. Me quería en su cama, y aunque sé que también se había debatido con el asunto del contrato, no se había detenido, el impecable industrial me deseaba y ni siquiera un multimillonario proyecto tecnológico lo había detenido. Su voluntad me importaba poco, podía jugar al amo conmigo cuanto quisiera, mientras tanto yo no podía dejar de pensar en que Christian Grey me había elegido. Por más patético que ese pensamiento fuera.
Ninguno de los dos dijo una palabra durante los casi veinte minutos que duró el trayecto. Las románticas luces de los faroles que bordeaban el Central Park me distrajeron por unos instantes, y antes que pudiera adivinarlo nos habíamos detenido. El hombre al volante accionó las pequeñas teclas en un tablero electrónico, y unas puertas frente a nosotros se deslizaron despacio haciendo un zumbido. Descendimos por una inclinada rampa y alcanzamos una de las últimas plazas de aparcamiento al fondo del estacionamiento.
Sólo Christian y yo salimos del auto, las puertas del ascensor están tan sólo a unos cuantos pasos de nosotros. El elevador es muy espacioso, el frente está hecho por completo de cristal, de manera que Nueva York se va haciendo pequeña y distante a nuestros pies. Abajo todo son luces titilantes y obscura noche. Nos detenemos en el piso setenta y tres y yo me siento un poco mareada, no sé si fue el rápido ascenso o la media docena de tragos que me tomé en el Dominico. Al caminar fuera del ascensor, un par de pasos me dicen que es el vodka.
El apartamento es enorme y precioso, hay una exquisita selección de arte, tanto en pinturas como en esculturas. En el hall de la entrada identifico un Bastion, lo sé por el manejo del color, las primeras impresiones en sus obras siempre parecen mostrar escenas plácidas y desprevenidas, esta vez es un precioso paisaje de la campiña inglesa, la humedad parece salirse del cuadro y el verde profundo le da de alguna manera un carácter mitológico a toda la escena. Pero abajo, casi imperceptible, entre las raíces de dos de los árboles, una mujer está atada a uno de los troncos mientras su amante de rodillas la saborea bajo sus faldas.
Nadie que desconozca las obras de Jonah Bastion podría verlo tan rápidamente, generalmente les suele tomar semanas y hasta meses a las personas conocer los eróticos secretos de sus pinturas. No sé por qué, pero siento que aquello nos conecta, me hace sentir cercana a él, yo también tengo un Bastion en mi casa y me asombra que justo él también lo conozca, no es un artista reconocido, es uno de esos extraños prodigios que viven en las tinieblas.
Me gusta más de lo que quisiera que tengamos aquello en común, así que no hago ningún comentario y lo sigo en silencio. Al instante, él me pregunta si quiero tomar algo, le pido agua y avanzamos hacia la cocina. Bebo despacio pero sin hacer pausas, el agua me revitaliza maravillosamente pero no alivia mi vacilante borrachera.
Luego de un momento, no sé qué es lo que me hace sentir lo suficientemente osada como para usar su cocina, pero lo hago. Mientras exploro el refrigerador, pienso en cuánto me molestaría que uno de mis sumisos quisiera invadir mi cocina, probablemente lo sacaría de inmediato de mi casa. Christian Grey por el contrario parece lucir complacido, y yo misma hallo deleite en su mirada al verme moverme por su cocina. Cuando destapo la pequeña refractaria de porcelana con la mantequilla, él se inclina curioso, rodeado de un encantador aura infantil, se me escapa una sonrisa y él me regala una de vuelta.
Es obvio que ni siquiera sabe prepararse un café, y en cinco minutos yo conozco su cocina mejor que él mismo. Me sorprende que esté tan bien equipada, el globo de batir es tan nuevo que brilla tanto que el mango plateado refleja mi rostro. Bato los huevos y me atraganto una sonrisa malévola al ver como sus ojos brillan perversamente interesados. Él me sonríe encantador cuando se termina la ridícula baguette llena de omelet que le he servido, yo empiezo a sentirme mejor, me tomo otro vaso de agua y decido confrontarlo.
—¿Por qué estoy aquí?
De inmediato sus ojos se encienden, antes que me dé cuenta ha estrellado mi cuerpo contra el refrigerador y me besa violentamente. Cada milímetro de mi piel palpita conmocionado, y mi mente está perdida en las miles de sensaciones que descubrir sus labios representa. Su boca sabe deliciosa, se siente deliciosa, y dulce Dios, besa exquisitamente, mejor que cualquier sueño. Entierro mis dedos en su cabello y me arqueo contra su cuerpo, él sube sus manos con fuerza por mis costados y encierra mis senos en una caricia salvaje haciéndome gemir estrepitosamente. Toma mis manos y las sube sobre mi cabeza encerrando mis muñecas en el fuerte agarre de sus dedos, jadea pesadamente y siento su riquísima erección apretarse contra mi ombligo, inmediatamente lo imagino desnudo y se me hace agua la boca.
Estoy demasiado desesperada para mi propio bien.
—No tienes permitido tocar ningún otro lugar en mi cuerpo que no sea mi cabello. —Me susurra jadeante. Yo sonrío con sus palabras, jamás había cedido el poder a nadie.
Con la mano libre desliza hacia arriba la falda de mi vestido hasta dejarla trabada por encima de mis caderas, gruñe cuando me acaricia las piernas, y entonces suelta mis manos y amasa mis muslos antes de levantarme, yo me impulso en un salto y me aferro a él rodeándolo con mis piernas.
Nunca antes un hombre me había hecho esto, ninguno me había levantado, y lo encuentro enloquecedoramente excitante. Sus besos me nublan el pensamiento, y su deseo de someterme lo orbita todo alrededor, entonces una alarma se enciende en mi mente cuando soy por fin consciente de cuán complacida estoy con ello. Me toca como se le antoja, en el momento en que lo desea, no pide ninguna clase de consentimiento, y yo deseo con todas mis fuerzas complacerlo, jamás había sido para mí de esta manera.
Su aliento es dulce y cálido, y hay algo estremecedoramente íntimo en escuchar su respiración agitada tan cerca de mí, es como si esta vez me hablara en un idioma distinto, este es su lenguaje, y yo quiero escucharlo siempre. Casi sin que me diera cuenta, empezó a moverse, caminando conmigo aferrada a su cuerpo. No soy una mujer liviana, y él no parecía siquiera molestarse con el asunto. Hay una deliciosa sensación exquisitamente masculina, que calienta el cuerpo entero, en disfrutar de ser rodeada y sostenida por los brazos de un hombre pecaminosamente fuerte.
Unos instantes después estamos tendidos en una cama, sentí su peso sobre mí y sólo eso bastó para marearme de placer. Me había quitado el vestido con tanta delicadeza, que no pude evitar quedarme embelesada en cómo sus ojos se deslizaban por mi piel, era como si estuviera adorándome con sus miradas, y saberlo me calentaba el pecho y el estómago.
Abrí los ojos mientras contemplaba ociosamente el techo sin verlo en realidad, su rostro estaba clavado en mi cuello y sus lamidas parecían ordenarle a mi boca que se abriera desesperada incapaz de contener lo que le hacía a mí cuerpo. Se incorporó lo suficiente para mirarme a los ojos con aquella mirada exigente e intimidante, y sin advertencias empezó a danzar sobre mi cuerpo con tanta proeza que abrumó por completo mi mente.
Cada apretado roce me hace gemir de una forma que se acerca muchísimo a un lamento, a una súplica. Hacía muchísimo tiempo que no tenía sexo, me había vuelto muy cuidadosa desde que el cretino de Josh Donovan amenazara con demandarme, y luego me había concentrado tanto en mi carrera que me dije a mí misma que sólo lo haría sí todas las condiciones eran ideales. El Dominico había sido en muchos sentidos el lugar y momento ideal, sin embargo, Christian Grey resultaba ser la condición perfecta.
Estaba casi desnuda, mi cuerpo estaba hambriento y sumamente desesperado por él, era como la fantasía más increíble e insospechada materializándose frente a mis ojos. Olía divinamente, igual que el día en que lo conocí, y ahora su fragancia se dispersaba y se pegaba a mi piel, mientras él volvía a besarme con aquella mezcla de violenta exigencia y delicada adoración, sin dejar ni un solo segundo de mecerse contra mis caderas que bailaban obedientes siguiendo su ritmo.
Quiero tenerlo dentro de mí ahora mismo, a costa de lo que sea, nunca antes había deseado algo con tanta desesperación. Impotente, frente a las demandas de mi propio cuerpo, bajo mis manos hasta su trasero y lo aprieto contra mí, está tan duro que aplasta casi dolorosamente la piel delicada entre mis muslos, y eso me encanta. Arqueo el cuello cuando un gemido brota escandaloso de mi interior, él se detiene por un momento y me raspa la piel de la garganta con sus uñas, al principio se siente indudablemente como un alivio, reenfoca mis sensaciones y me hace gemir de nuevo, enseguida, el escozor se difumina hacia mi pecho y me eriza la piel haciéndome jadear con un placer que nunca antes había experimentado en mi vida.
—Dios, estoy tan sensible. —Me lamento entre quejidos y jadeos. —Llevo casi dos años sin tener sexo, y en lo único en lo que puedo pensar es en tenerte dentro de mí hasta que me duela.
Christian gruñe con fuerza, y aquel sonido reverbera despiadado entre mis piernas. Sin decir nada se levanta y abandona la habitación, dejándome sola y alterada. En breves segundos mi cuerpo se enfría sin su presencia, y no es mi piel sino mi alma la que se queja. ¿Qué demonios acabo de decirle? ¿Cómo es que pude ser tan patética en sólo dos frases?
Parpadeó un par de veces y los monótonos tonos de la habitación sin mucha decoración me desconciertan, no necesito de ningún doctorado para saber que esta no es su habitación. Nunca he sido el consuelo pasajero de nadie, y aquella certera contradicción hiere tontamente mi amor propio, él quiere sexo, es todo, lo sé, y es también lo que yo quiero, pero nunca antes un hombre se ha esforzado menos en hacerme sentir especial. Desde luego, no es como si yo le hubiera exigido lo contrario, le mostré justo el camino que ahora estamos recorriendo.
Esa idea me perturba, y pensar que después estaré allí acumulada junto a las demás memorias de las viejas amantes que no se esfuerza en recordar, me hace sentir humillada. Me siento estúpida tan sólo al perder mi tiempo pensando en tantas idioteces sin importancia. Pero por sobre todas las cosas, me niego a ser simplemente un recuerdo acumulable para Christian Grey, no puedo permitirme simplemente pasar por su vida como una sumisa más.
Es domingo en la mañana y sigue lloviendo, una de esas lloviznas suaves y constantes que hacen que el ambiente se enfríe lentamente hasta que por alguna razón se vuelve muy agradable. Extrañamente, el clima parece imitar mi humor siguiendo todos los pasos del más cliché de los fines de semana femeninos. Estoy envuelta en el pequeño cobertor de lana que siempre viaja conmigo, sentada frente a la preciosa chimenea de la suite, viendo a través de la ventana de la sala como cae la lluvia y como Nueva York parece estar cubierta de una suave niebla que me pone nostálgica.
Y claro, estoy pensando en él. Intento alejar de mí el recuerdo de sus besos y sus caricias, pero no consigo deshacerme de la profunda sensación de vergüenza y ridiculez, en el fondo sigo siendo la misma ratoncita de biblioteca que pierde el control de su lengua luego de un par de tragos. Una caja de trufas ya casi vacía, me acompaña mientras decido enfrentar la verdad. Aún estoy segura que hubo un poco de vanidad anoche en mí huida del apartamento de Grey, es cierto que no quiero ser simplemente un borrón en su pasado, sin embargo, lo inquietante es ¿por qué?, ¿por qué me importa tanto, por qué quiero tan desesperadamente que me recuerde? Y claro, ahí está mi respuesta crepitando entre las suaves llamas y los trozos de madera, no quiero ser un pedazo de su pasado porque quiero conservarlo.
Christian Grey es la clase de hombre que quieres ver más de una vez. Maldita mentira, es la clase de hombre que quieres ver más de diez, y aun así no estarías satisfecha, quiero conservar su atención tanto como me sea posible. Ha pasado casi un mes desde que llegué a Nueva York, eso es prácticamente nada, pero la vocecilla en aquel rincón que suelo ignorar, murmura fastidiosamente que en realidad quiero cautivarlo, que en realidad quiero enamorarlo.
¿Pero cómo se supone que puede una hacer tal cosa, sobre todo cuando se trata de un hombre como él? Pues no hay manera y lo sé, y no es como si tuviera las condiciones ideales para intentar algo, lo que sea, pues anoche su mayor muestra de interés fue ordenarme que me fuera en su auto, Taylor, su hombre de confianza, me trajo de regreso al hotel. Es casi medio día y no he tenido ninguna señal de él, y sé con amarga certeza que no la tendré.
Al día siguiente en la oficina no le veo, el martes apenas sí nos cruzamos rápidamente en la sala de juntas, y el miércoles Ros me citó a una reunión adelantando la hora en la que supuestamente me encontraría con Grey. En la mesa me entero, mientras ella le comenta a uno de los desarrolladores, que Christian ha regresado a Seattle, al parecer sus asuntos en Nueva York han terminado por el momento.
Siento un amargo regusto en la boca, aprieto mis puños y me enfoco en el trabajo. Esta ha sido una horrible patada a mi ego. No esperaba que me llamara, pero sí esperaba que estuviera dispuesto a ser abordado por mí. En medio de todo el absurdo lío emocional en el que me encuentro, acepto a regañadientes que parece que me he quedado sin el pan y sin el que queso.
La semana siguiente estoy segura de haber terminado la primera etapa de mi trabajo con el proyecto para Grey Enterpraises, las siguientes fases podré llevarlas a cabo fácilmente desde California. Me engañó a mí misma diciéndome que no encontraré nada interesante en el Dominico, e intento ignorar que en realidad él parece haberse llevado mi libido con él a Washington. Es jueves y sigue lloviendo perezosamente, me concentro en arreglar mi maleta y entonces tocan a mi puerta.
El botones ha traído una invitación para mí, es un sobre con bordes metálicos, más sellado que un documento espía. Lo abro y descubro que mañana habrá una fiesta mascarada en el Dominico, me siento despacio en la cama y contemplo mis posibilidades, realmente quería disfrutar del club, hice hasta lo imposible para ingresar, y ahora mi tonta obsesión de adolescente tardía me pone de un humor estúpido. Decido que no tengo por qué comportarme de aquella manera, así que me pongo mi abrigo y en un arranque de autoreproche, me voy de compras.
Encuentro un precioso antifaz de encaje negro, y un seductor pero discreto vestido rojo. Por puro capricho compro unos Louis Vuitton negros alucinantemente altos, con la suela tan roja como mi vestido. Al día siguiente, a tenor de mi dramático estado de ánimo, me maquillo mucho los ojos entre tonos ahumados y me pinto de rojo los labios, la maldita lluvia sigue cayendo cuando salgo rumbo al Dominico.
Elek Kornélk, un importante banquero Húngaro me mira insistentemente desde que llego, varios minutos después me aborda, y su pesado acento me entusiasma rápidamente. Le invito a un vodka y asiente con una sonrisa sorpresivamente dulce, me sigue hasta la barra y yo le señalo una de las sillas al fondo, toma asiento y luego lo hago yo. Cuando nos traen el vodka, tiene el magnífico de detalle de no beber hasta que yo lo he hecho, tiene unos ojos azules preciosos y el cabello casi platino, por alguna razón lo encuentro como la representación de un agente de la KGB, sonrío para mis adentros por mi tonto pensamiento pero me deleito en imaginar cómo se someterá a mí.
Luego de varios minutos, estoy sonriendo encantada, Elek me gusta y me hace pensar que definitivamente valió la pena haber venido esta noche. Entonces, Christian Grey aparece al otro lado del salón, vestido completamente de negro y con aire despreocupado, está sentado en una de las mesas y charla con dos mujeres de mediana edad, está mirándome fijamente, y en un segundo, todo mi interés en Elek ha desaparecido.
Vuelvo mi mirada a mi acompañante que se ha dado perfecta cuenta de a dónde se ha dirigido me atención, Elek me mira incomodo y por un momento mueve sus cejas con cierta insolencia que me enoja. En un parpadeo la sumisión en él parece difuminarse, y su actitud hostil se dirige al otro lado de la sala, Christian sonríe y se levanta, pero parece ignorarme flagrantemente.
Me quito el antifaz y busco su mirada, en cuanto pone sus ojos en mí, puedo sentir como el aire se electrifica. Su presencia es poderosa, lo abarca todo con fuerza y furia encubierta, desde la distancia siento como algo en él me atrae con hipnotismo, es un amo nato, y he decidido que seré suya esta misma noche. He descubierto que es un mito viviente aquí en el Dominico, y es tan inalcanzable como los rumores sostienen. Acechante y peligroso se mueve entre las mesas sin dejar de mirarme un solo segundo, le temo, jamás lo negaría, pero es eso mismo lo que lo hace tan atrayente. Esta noche saldré del club con él, con el irresistible Christian Grey.
Elek se levanta, el sumiso en él se ha ido, deja un billete de veinte euros en la mesa y se va justo antes que Christian llegue a la barra.
—¿Nos vamos? —Me dice mientras observa el billete violáceo.
Yo me giro, pago los dos tragos con mi tarjeta y le entrego el billete al bartender, el chico me mira asombrado y yo le sonrío mientras me levanto. Christian me da una mirada significativa y camina en dirección a la salida, yo camino a su lado, pero me es imposible ignorar que en realidad le estoy siguiendo, tal como Elek lo hizo conmigo apenas hace unos minutos atrás.
Taylor está de pie junto al auto y abre la puerta para nosotros, Christian toma su lugar y me ayuda a entrar, segundos después vamos rumbo a su apartamento. —No esperaba verte esta noche. —Le digo sin apartar mi mirada de la ventana, no tengo el valor suficiente para encararlo.
—Pude notarlo. —Me responde tranquilo.
Me paso nerviosa la lengua por los labios y me resisto a mirarlo.
—Nunca comparto. —Me dice categórico. —¿Tienes algún problema con eso?
Aprieto el antifaz que aún llevo en mis manos, y un calor patéticamente excitante me recorre el cuerpo entero al ser presa de su posesión, no sé en qué condenado siglo me he metido. —No. —respondo sin vacilar.
—Muy bien. —murmura al tiempo que se desabrocha los botones de los puños de la camisa, rápidamente se remanga hasta los codos y abre otro par de botones dejando un tercio de su pecho expuesto. A mí empieza a faltarme el aire. —No cedo el control Mónica, quiero estar seguro que podrás ser mi sumisa.
Levanto una de mis cejas y por fin decido mirarlo. —No puedo asegurarte tal cosa hasta intentarlo, nunca lo he hecho Christian. —Me detengo, es la primera vez que lo llamo por su nombre de pila. —Pero sé todo lo básico, y creo saber qué es lo que un amo espera.
Christian se reacomoda en su silla y asiente en silencio, yo dejo que mis ojos vaguen descarados por su cuerpo, deteniéndome en el suave vello que apenas sí se asoma por la abertura de su camisa, una de las comisuras de su boca se eleva, y yo sonrío abiertamente, como me gusta este hombre.
En el ascensor lo espío por el rabillo del ojo y lo veo recostarse contra la pared opuesta, parece estresado, rota el cuello un par de veces, y cuando menos me lo espero me hala por la cintura y me pega a su pecho, le estoy dando la espalda pero lo siento más presente que nunca, siento su erección apretarse contra mi región lumbar, mi respiración se agita y arrugo por completo el antifaz en mi puño.
Él mueve mi cabello hacia un lado y me besa la piel del cuello. —Me encanta como hueles. —susurra muy despacio. —Vas a ser para mí esta noche Mónica, sólo para mí. —yo asiento obediente y llevo mis manos hacia atrás apretando sus piernas.
—No. —Me dice rotundo pero con suavidad y sin dejar de besarme. —No tienes permitido tocarme, ¿entendido?
—Entendido. —murmuro acalorada.
—En cuanto entremos al apartamento quiero que vayas a la habitación en la que estuvimos la última vez, vas a quitarte el vestido. —Se detiene respirando casi sobre la piel de mi garganta. —Sólo el vestido… Y vas a esperarme, ¿está claro?
—Sí.
Aprieta con fuerza mi cintura entre sus manos. —¿Sí qué?
—Sí, señor. —rectifico gimiendo.
Al instante estamos en el hall del recibidor, él desliza su mano desde mi nuca hasta mis nalgas, con una caricia suave y electrificante, contengo el impulso de chillar de anticipación, y sin mirarlo me voy directamente a la habitación. Todo luce exactamente igual, excepto que esta vez las sábanas son grises y no blancas. De inmediato, me inquieta la idea que alguien haya estado aquí antes que yo, sacudo mi cabeza e intento no pensar en ello.
Siento su presencia en cuanto cruza la puerta, cierro mis ojos y me bebo su olor. —Mírame. —Me ordena con suavidad.
Me giro de inmediato y el corazón se me dispara al verlo, se ha quitado la camisa y va descalzo, tan sólo tiene el pantalón negro sin correa, desabotonado y colgando exquisitamente de sus caderas. En una mano lleva un juego de esposas negras muy brillantes y una pequeña caja negra también, y en la otra un látigo de cuero negro con tantas tiras que no puedo contarlas, el mango es plateado, con un elaborado grabado y una base redonda que sobresale tras el puño de Christian.
Las palmas de las manos empiezan a sudarme y se me seca la boca, no sé si estoy ansiosa por probar lo que va a hacerme, o tengo miedo de no poder soportarlo, porque estúpida obstinación, no quiero más que complacerlo. Descarga todo en la cama y me llama moviendo seductoramente su dedo índice, voy hasta donde él está, me acaricia las manos y empieza a ascender por mis brazos con suaves toques que erizan toda mi piel. Se detiene en mis hombros y los masajea con círculos perezosos y provocadores, mete sus dedos entre las tiras de mi brasier, se aferra a mis brazos una vez más y me pega a su cuerpo.
—He estado deseando besarte todos estos malditos días. —susurra muy cerca de mis labios.
Yo intento con todas mis fuerzas no olvidar que ahora es mi amo y mantengo mi mirada baja, apenas espiándolo por debajo de mis pestañas muy de vez en cuando. Me pone los dedos bajo el mentón y pega su boca a la mía, y dulce Dios, es tan perfecto, tan increíble como lo recordaba, sus besos son algo sencillamente indescriptible. Enreda entre sus dedos las tiras de mi brasier y empieza a bajarlo hasta dejarlo colgando alrededor de mi torso, justo bajo mi esternón, mis senos quedan descubiertos y por alguna razón adoloridos, tal vez estoy demasiado sensible. Corta el beso y exhala sobre mi boca mientras baja sus manos y abarca cada uno de mis pechos, su respiración se hace más pesada y alcanzó a ver como abre la boca para tomar aire.
—Hermosa. —masculla al tiempo que se inclina y riega besos sobre la piel de mi pecho, un gemido escandaloso se escapa de mi garganta y él se inclina aún más, rodea con besos uno de mis pezones y un lamento estrangulado abre mis labios e inunda la habitación, enseguida me rodea la cintura con sus brazos y encierra mi pezón endurecido en su boca. Mi grito es inevitable.
Succiona una y otra vez, torturándome, intoxicándome con la delicia de sus caricias. —Shhh… —Me ordena indolente y yo lloriqueo desesperada, aprieto mis labios y esta vez él me muerde haciendo que el dolor navegue por todo mi cuerpo, haciéndome sentir tanto placer como nunca antes en mi vida.
Despacio, se aleja y por un instante parece contemplar embelesado mis senos. —Adopta la posición de sumisión sobre la cama. —Me dice y toma en las manos las cosas que había traído abriéndome espacio.
—¿Puedo quitarme los zapatos, señor?
Él parece pensárselo detenidamente, pero asiente al final.
Lo hago, también me quito el brasier y no me tomo la molestia de contar con su permiso, me mira con severa desaprobación pero no dice nada, me subo en la cama y me arrodillo, me siento sobre mis talones y abro mis piernas tanto como puedo. Pongo mis manos vueltas hacia arriba sobre mis muslos y clavo mi mirada en las sábanas.
—Preciosa. —susurra, y yo me siento la mujer más hermosa del mundo. —Mírame. —vuelve a ordenarme, lo hago y Christian respira hondo dejándome sostenida en una sola de sus miradas. —¿A qué estás dispuesta, Mónica? —me pregunta con voz grave.
Yo sostengo su mirada y me bebo su belleza. —A todo.
Él sonríe complacido pero no comenta nada al respecto. —He traído esto para ti. —dice, y con un dedo en mi barbilla hace que ponga mis ojos en la cajita negra y la abre, dentro está recubierta con una satinada tela lila, sobre una cama acolchada del mismo color hay una esfera negra tan grande como su puño, es brillante en los polos y en el centro parece ligeramente más rugosa, tiene alguna clase de grabado que no identifico. Él la saca y la desliza desde mi cuello hasta mi hombro, repitiendo el proceso a cada lado de mi cuerpo.
La esfera está fría y es mucho más pesada de lo que esperaba, me mueve con suavidad la cabeza y pasa la esfera por mi nuca, se inclina y la desliza por mi espalda, cuando vuelve a subir la esfera ha empezado a vibrar enervando cada centímetro de mi piel.
—Acuéstate. —ordena con voz muy pausada mientras se sube en la cama. Yo me acuesto y cierro los ojos, y él desliza mis pantaletas por mis piernas, me las quita y me abre las piernas un par de pulgadas. No es mucho, pero estoy completamente expuesta para él.
De inmediato abro los ojos y estudio su rostro. Está completamente concentrado, con la mirada fija entre mis piernas y frunce el ceño como si un fuerte debate se llevara a cabo en su mente. Descarga la esfera a un lado de mi cadera y toma las esposas.
—Las manos por encima de tu cabeza.
Obedezco y las descargo sobre las mullidas almohadas, a horcajadas sobre mí, Christian se estira y me pone las esposas, la fragancia de su cuerpo me invade, su pecho está sobre mi cabeza, quiero morderlo, besarlo, pero maldita sea, no puedo hacer nada de lo que se me antoje. Cierro los ojos de nuevo y aspiro profundamente.
De inmediato vuelve a bajar, escucho el zumbido de la esfera al encenderse y luego la siento vibrar sobre la piel de mi abdomen. Christian la deja rodar hasta que oscila suavemente en mi pubis, pone su palma abierta sobre la esfera y la aprieta con suavidad contra mi piel, la ligera presión y la vibración empiezan a enloquecerme, me muerdo los labios y evito con todas mis fuerzas no ordenarle que baje el maldito vibrador y lo ponga justo donde lo necesito.
—¿Pasa algo, Mónica?
—No, señor.
—No me mientas.
Mi cuerpo se tensa y no sé qué diablos hacer. —Es sólo que… siento en todas partes.
—Eso espero. —susurra y sin dejar de presionar la esfera, vuelve a besar y a chupar mis senos. Esta vez no puedo contenerme y gimo ruidosamente.
—¿No es el lugar indicado, verdad?
—¿Cuál es el lugar indicado, señor?
Siento como sus dientes arman una sonrisa sobre uno de mis pechos. —Buena chica. —Me dice y desliza apretadamente la esfera justo hasta detenerse sobre mi clítoris.
Gimo un par de palabras inteligibles y aprieto las fundas de las almohadas entre mis dedos. La combinación de la presión y la vibración es alucinante, mis caderas empiezan a moverse desesperadas y los jadeos se escapan voraces de mi boca, siento como mis senos se hinchan y como el calor se extiende a lo largo de mi cuerpo. Quiero apretar los muslos pero Christian no me lo permite, mueve el talón de su mano y la esfera amasa mi piel sensible, es demasiado, siento que voy a explotar en cualquier momento, y de repente tengo la necesidad de contenerlo todo, es excesivo y no sé cómo responder ante ello.
—No lo hagas Mónica. —habla con voz severa. —Suéltate, vamos, hazlo.
Las sensaciones son abrumadoras, y entonces siento como el orgasmo toma forma en mi interior, como si empezara a subir por mis muslos, tensando cada uno de mis músculos, estirándome los dedos de los pies y aumentando el ritmo de los retorcidos movimientos de mis caderas.
—Eso es, dámelo, dámelo Mónica. —Me exige Christian con un gruñido sin detener un instante la presión de la esfera.
Un segundo después estallo maravillosamente, mi abdomen convulsiona y el orgasmo se difumina desde mi vientre en todas direcciones, palpitando en mis piernas, en mis senos, en mis labios, en todos lados. Christian se abalanza sobre mí y me cubre con el maravilloso peso de su cuerpo.
—Me encanta tu boca. —Me dice mientras me muerde los labios.
Yo no consigo hablar, ni siquiera consigo abrir los ojos, el orgasmo se ha ido y ha dejado mi cuerpo laxo y relajado, de repente ni siquiera quiero moverme. Christian roza su nariz en mi cuello, y antes que pueda advertirlo sumerge dos de sus dedos en mi interior.
—Magnífico. —masculla con la voz tensa y mueve despacio los dedos dentro de mí.
Mi cuerpo vuelve a estar famélico, lo quiero a él, lo necesito. —Ponte de espaldas y luego sobre tus rodillas. —Me ordena. Abro los ojos y medio atolondrada me doy la vuelta y hago lo que me pide.
—Pon tus manos sobre la almohada… muy bien, ahora descarga tu frente sobre tus manos… perfecto, así, justo así, eleva tu fabuloso trasero y deja que me dé un festín contigo.
Un ligero aguijonazo de miedo me atraviesa el pecho, pero sigo sus órdenes, estoy más curiosa que temerosa. Me acaricia la piel de las nalgas muy despacio, una y otra vez, durante tanto tiempo que vuelvo a relajarme, luego puedo sentir como se va deslizando entre mis piernas, y vuelve a meter sus dedos dentro de mí, entra y sale con suavidad, despacio pero sin detenerse. Se siente como una caricia, como un mimo erótico que me excita casi imperceptiblemente, es delicioso lo que está haciéndome.
Entonces el estallido del cuero contra mi piel me ataca por sorpresa y me hace gritar.
—Silencio. —exige muy calmado, pero sé que hay tensión en su voz, sé que se ha enloquecido de excitación.
No alcanzo a reponerme cuando siento el segundo latigazo, el escozor y el ardor se dispersan por mi piel y cada milímetro empieza a vibrar y luego a palpitar mientras todo alrededor de mis nalgas se enrojece y se pone más caliente, y Christian no detiene el pausado movimiento de sus dedos dentro de mí. El dolor es sustituido rápidamente por una extrema sensibilidad que hace que todas las siguientes estimulaciones sean placenteras. Me acaricia despacio y con suavidad después de cada latigazo, y la sensación es semejante al subidón repentino que experimento en el momento mismo en que empiezo a masturbarme, es como empezar cientos de veces en cada uno de los lugares en que el cuero ha hecho contacto con mi piel.
Los siguientes latigazos son una experiencia alucinante, y de pronto empiezo a experimentar la urgencia de ser penetrada por él, sus dedos no son suficientes, quiero que me embista con fuerza, quiero calmar esta horrible necesidad de tenerlo cerca de mí. Se detiene en el décimo azote, está mucho más agitado que yo, siento como se baja de la cama, escucho el susurro de ropas y supongo que ahora está desnudo, me muero por verlo.
—Date la vuelta. —yo agradezco a los cielos por su orden.
Me giro y vuelvo a estar acostada sobre mi espalda, el trasero me escoce pero me agrada esa sensación. Y entonces lo veo en toda su magnífica gloria. Sé que tengo la boca abierta y no puedo evitarlo, este hombre es precioso, es perfecto. Es casi una redundancia reflexionar acerca de la perfección de su pene, se mueve como un felino, sabe lo que tiene y le encanta gustar, se ve tan cómodo en su piel que esa misma actitud parece incrementar su atractivo, se sube en la cama y me acaricia, se arrodilla y hace que le rodee la cintura con mis piernas.
Mi trasero ha dejado de hacer contacto con la cama, él se toma el pene en las manos, y sin perder el contacto visual conmigo un solo momento, se desliza lentamente en mi interior, yo arqueo el cuello y gimo una y otra vez. Me siento deliciosamente llena, se siente increíblemente maravilloso después de tanto tiempo, se siente increíblemente maravilloso que sea él.
Christian aferra sus manos a mi cintura y empieza a moverse, despacio, aún sin desprender sus ojos de mí, clava sus dedos en mi piel y me embiste con fuerza, y una vez más, y otra, y otra más, y entonces toma un ritmo frenético, entrando y saliendo de mí mientras rota la pelvis cada vez que nuestros cuerpos se estrellan, yo gimo palabras que no logro comprender y él sigue con los ojos clavados en mi rostro. Quiero bajar los brazos y tocarlo, pero sé que eso nos arruinaría la noche, me aferró a las sabanas y me rindo al placer indescriptible que él está dándome.
Mis ojos están cerrados, y ahora soy sólo sensaciones, la increíble dicha de su cuerpo dentro del mío y los húmedos chasquidos del sexo más maravilloso que he experimentado en mi vida. No quiero que se acabe nunca, no quiero dejar de sentirlo tan cerca, pero un nuevo orgasmo empieza a crecer en mí, mi corazón se acelera y todo en mis caderas se tensa, aprieto mis piernas entorno a él y lo pego tanto como puedo contra mi cuerpo. Christian gruñe mi nombre y explota en mi interior, las contracciones de su pene al eyacular sacuden mis nervios y mi orgasmo se precipita haciéndome gritar. Un segundo después, todo es silencio.
Continuará...
