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Bella Swan no sólo estaba en las noticias de la noche, ella era la noticia de la noche. La historia de ella entregando el canario muerto al testigo principal del Fiscal era irresistible. Cada canal de televisión tenía fotos de Bella al abandonar el despacho del juez Waldman, peleando para salir del tribunal, acosada por los periodistas y el público.
Bella no podía creer en esa repentina e inoportuna publicidad que llovía sobre ella. La estaban golpeando de todos lados: reporteros de televisión, de radio y de los periódicos, hombres y mujeres. Deseaba desesperadamente alejarse de ellos, pero su orgullo no se lo permitía.
—¿Quién le dio el canario amarillo, señorita Swan?
—¿Es usted amante de los pájaros?
—¿Alguna vez conoció a Felix Moretti?
—¿Sabía usted que Di Silva planeaba usar este caso para llegar al cargo de Gobernador?
—El Fiscal dice que va a hacer que la excluyan del foro. ¿Usted va a pelear?
Ante cada pregunta, Bella tenía la misma poco comunicativa respuesta:
—Sin comentarios.
En las noticias de la noche del canal de televisión CBS la llamaron «Camino equivocado Swan», la chica que había salido en la dirección equivocada. Un reportero del canal ABC se refirió a ella como «Canario amarillo». Y en NBC el comentarista deportivo la comparó con Roy Riegels, el jugador de fútbol que había llevado la pelota en dirección al arco de su propio equipo.
En Tony's Place, el restaurante de Felix Moretti, se realizó la celebración. Se reunieron una docena de hombres que bebían y alborotaban.
Felix Moretti estaba sentado solo en el bar, en un oasis de silencio, mirando a Bella Swan por televisión. Levantó su vaso, la saludó y bebió.
Los medios de información sabían que tenían una historia candente y le sacaron todo el provecho posible. Para cuando los comentaristas de televisión, los periódicos y los servicios de noticias hubieran terminado con ella, Bella Swan sería una broma dentro de su profesión. Sin ninguna ayuda, en cinco minutos, había destruido los tres años de trabajo que el Estado dedicó al caso contra Felix Moretti.
Todos los abogados discutían el caso de Bella Swan. La mitad de ellos creían que la Mafia la había sobornado, y la otra mitad pensaba que había sido una víctima inocente. Pero no importa qué es lo que creyeran, todos coincidían en una cosa: la corta vida de la carrera de Bella Swan como abogada había concluido.
Había durado exactamente cuatro horas.
Bella nació en Korno, Washington, un pequeño pueblo maderero, fundado en 1847 por un escocés nostálgico que le puso ese nombre por su ciudad natal en Escocia.
El padre de Bella era abogado, primero trabajó para las compañías madereras que dominaban la ciudad y más tarde para los trabajadores de los aserraderos. Los primeros recuerdos de Bella eran el haber crecido llena de alegría. El estado de Washington era como un libro de cuentos para niños con montañas espectaculares y glaciares y parques nacionales. Cuando fue mayor pudo esquiar y andar en canoa, subir por el hielo de los glaciares y hacer viajes a lugares con nombres preciosos como: Chanapecosh, Nisqually y lago Cle Elum y Chenius Falls y Horse Heaven y el valle de Yakima. Bella aprendió con su padre a escalar el Mount Rainier y a esquiar en el Tamberline.
Su padre siempre tenía tiempo para estar con ella, mientras que su madre, hermosa e intranquila, siempre estaba misteriosamente ocupada y rara vez permanecía en su casa. Bella adoraba a su padre. Charlie Swan era una mezcla de sangres inglesa, irlandesa y escocesa. Era de estatura mediana, con el pelo negro y ojos marron . Era un hombre compasivo con un sentido de la justicia profundamente arraigado. No le interesaba el dinero. Le interesaba la gente. Podía sentarse a hablar con Bella durante una hora contándole los casos que estaba siguiendo y los problemas de la gente que acudía a su modesta oficina. Pasó mucho tiempo antes de que Bella se diera cuenta de que él le contaba esas cosas porque no tenía nadie más con quien compartirlas.
Después del colegio, Bella iba rápidamente a los tribunales para ver trabajar a su padre. Si no había sesión daba vueltas por su oficina oyéndolo hablar de sus casos.
Jamás se discutió acerca de si ella debía ir a la facultad de Derecho, era algo que simplemente se daba como seguro.
Cuando Bella cumplió quince años, empezó a trabajar con su padre durante el verano. A una edad en que las chicas tienen citas con los muchachos y salen entre ellos, Bella estaba absorbida por pleitos, y casos de accidentes y daños y ejecuciones.
Los muchachos se interesaban en ella, pero rara vez les correspondía. Cuando su padre le preguntaba por qué hacía eso, le contestaba: «Son tan jóvenes, papá». Ella sabía que algún día se casaría con un abogado como su padre.
Cuando Bella cumplió dieciséis años su madre se fue del pueblo con un muchacho de dieciocho, hijo de un vecino, y el padre de Bella silenciosamente murió. Su corazón tardó siete años en dejar de latir, pero desde el momento que él supo lo de su mujer se consideró muerto. Todo el pueblo lo supo y le demostró su simpatía, lo que por supuesto resultó peor. Charlie Swan era un hombre orgulloso.
Entonces fue cuando empezó a beber. Bella hizo lo imposible para consolarlo pero no consiguió nada y las cosas nunca más fueron iguales.
Al año próximo cuando fue la época de que volviera al colegio, Bella deseó quedarse en casa pero su padre no quiso ni oír hablar de ello.
—Vamos a ser socios Bella —le dijo—. Apúrate y consigue el título de abogada.
Después que terminó el secundario, se anotó en la Universidad de Washington, en Seattle para estudiar derecho. Durante el primer año de facultad mientras los compañeros de Bella andaban enloquecidos de un lado al otro, sumergidos en un pantano de contratos, indemnizaciones, propiedad, procedimiento civil y penal, Bella se sentía como en su casa. Se ubicó en los dormitorios para estudiantes y consiguió un trabajo en la biblioteca de derecho. Le gustaba mucho Seattle.
Los domingos, ella y un estudiante de la India llamado Ammini Williams y una chica irlandesa grandota y huesuda, Maggie Collins, remaban en el lago Green en el centro de la ciudad o concurrían a las carreras de Gold Cup en el lago Washington y miraban los hidroplanos de brillantes colores que cruzaban como relámpagos.
En Seattle tenían muy buenos clubes de jazz y el preferido por Bella era Peter's Poop Deck que tenía canastos con planchas de madera encima en lugar de mesas. Por las noches, Bella, Ammini y Maggie se encontraban en The Hasty Tasty, que era el lugar de reunión preferido con las papas fritas caseras mejores del mundo.
Bella tenía dos pretendientes: un joven y atractivo estudiante de medicina llamado Mike Newton y un estudiante de derecho, Jacob Black.
Cada tanto, Bella salía con ellos, pero estaba demasiado ocupada como para pensar en un noviazgo en serio.
Las estaciones estaban netamente divididas en lluviosas y ventosas. Parecía que llovía todo el tiempo. Bella usaba una chaqueta de leñador a cuadros verdes y azules que recibía las gotas de lluvia en su gruesa lana y hacía brillar sus ojos . Caminaba bajo la lluvia perdida en sus pensamientos secretos, sin saber que todos aquellos con los que se cruzaba conservarían su recuerdo.
Con la primavera, las muchachas florecían en sus vestidos de brillante algodón y se las veía preciosas. En el camino a la universidad había seis fraternidades y sus miembros se reunían en el césped para ver pasar a las chicas, pero había algo en Bella que los hacía sentir inexplicablemente tímidos. Era una característica especial en ella que les resultaba difícil de definir, la sensación de que había conseguido lo que ellos todavía estaban buscando.
Bella volvía a casa cada verano para visitar a su padre. Éste había cambiado mucho. Nunca estaba borracho, pero tampoco estaba sobrio. Se había refugiado en una fortaleza en donde nada lo podía tocar.
Murió cuando Bella estaba cursando su último año en la facultad de Derecho.
El pueblo lo recordaba y a su funeral asistieron más de cien personas, eran aquellas a las que Charlie Swan había ayudado y aconsejado y dado su amistad durante tanto tiempo. Bella se lamentó en privado. Había perdido algo más que a un padre. Bella había perdido a su mejor amigo.
Después del funeral, Bella volvió a Seattle para terminar la facultad. Su padre le dejó menos de mil dólares. Bella tenía que decidir qué es lo que iba a hacer de su vida. Sabía que no podía volver a Kelso para ejercer la abogacía. Allí, siempre sería la muchachita a la que su madre abandonó para irse con un adolescente.
Como tenía un promedio muy alto en su carrera, Bella tuvo entrevistas con una docena de importantísimos estudios de abogados en distintos lugares del país y muchos le hicieron ofertas.
Sr. Molina, su profesor en derecho penal le dijo:
—Jovencita, esto es un verdadero homenaje. Es muy difícil para una mujer el poder entrar a un buen estudio de abogados.
El dilema de Bella era que ya no tenía casa ni raíces. Y no estaba segura en dónde le gustaría vivir.
Un poco antes de la graduación, el problema de Bella se resolvió. El Sr. Molina le pidió que lo viera después de clase.
—He recibido una carta del Fiscal del distrito de Manhattan en la que me pide que+ le recomiende a mi alumno más brillante para integrar su equipo. ¿Le interesaría Nueva York?
—Sí, señor. — Bella estaba tan asombrada que la respuesta le salió sola.
Voló a Nueva York para examinarse con el cuerpo de abogados y volvió a Kelso para cerrar el despacho de su padre. Fue una experiencia agridulce, llena de recuerdos del pasado. A Bella le parecía que había crecido en ese despacho.
Consiguió un trabajo como ayudante en el departamento de Derecho en la universidad mientras esperaba el resultado de su examen con el cuerpo de abogados de Nueva York.
—Es uno de los más difíciles del país — le había prevenido el Sr. Molina.
Pero Bella sabía.
Recibió la noticia de que había aprobado el mismo día en que le llegaba la oferta para trabajar con el Fiscal del distrito de Nueva York. Una semana más tarde, Bella estaba en camino hacia el Este.
Encontró un departamento minúsculo (Espec. Chimenea, buena ubicación, pequeño alquiler por semana, decía el aviso) en lo más barato de la Tercera Avenida, con una chimenea simulada en un cuarto piso sin ascensor. El ejercicio me hará bien, se dijo Bella. No había montañas para escalar en Manhattan, ni rápidos para remar. De todos modos, no viviré aquí demasiado tiempo. Esto es sólo un escalón mientras me pruebo a mí misma como abogada.
Ese había sido su sueño. La realidad era que había estado en Nueva York menos de setenta y dos horas: expulsada como asistente del Fiscal del Distrito, tenía que afrontar que la excluyeran del foro. Esa era su pesadilla.
Bella se sentía como si un gigantesco proyector se hubiera vuelto hacia ella.
Dejó de leer los periódicos y las revistas y no miraba televisión porque en todos lados se encontraba con ella misma. La gente la detenía en las calles, en los ómnibus y en los negocios. Terminó por ocultarse en su pequeño departamento, negándose a atender el teléfono o a abrir la puerta. Pensó en hacer sus valijas y marcharse a Washington. Pensó en la posibilidad de buscar un trabajo en otra actividad. Meditó en la posibilidad de suicidarse. Ocupó muchas horas escribiendo cartas para el fiscal Marco Di Silva, la mitad de ellas eran severas acusaciones por su insensibilidad y falta de comprensión. La otra mitad eran súplicas despreciables, pidiéndole que le diera otra oportunidad. Ninguna de esas cartas fue enviada jamás.
Por primera vez en su vida, Bella estaba abrumada por el sentimiento de la desesperación. No tenía amigos en Nueva York, nadie con quien poder hablar.
Permanecía encerrada en su departamento todo el día, y muy tarde en la noche, se escabullía para caminar por las calles desiertas de la ciudad. Los vagabundos que pueblan la noche nunca le faltaron al respeto. Seguramente veían su propia soledad y desesperación reflejada en los ojos de Bella.
Una y otra vez, mientras caminaba, Bella volvía a representarse en su mente la escena en la sala del Tribunal, cambiando siempre el final.
Un hombre se apartaba del grupo que rodeaba a Di Silva y se acercaba a ella.
Llevaba un sobre de papel Manila.
¿La señorita Swan?
Sí.
El Jefe quiere que usted le entregue esto a Stela.
Bella lo miraba con frialdad. Déjeme ver su identificación por favor.
El hombre se asustaba y huía.
Un hombre se apartaba del grupo que rodeaba a Di Silva y se acercaba a ella.
Llevaba un Swan?
Sí.
El Jefe quiere que usted le entregue esto a Stela. Le alcanzaba el sobre.
Bella abría el sobre y veía el canario muerto. Está usted arrestado.
Un hombre se apartaba del grupo que rodeaba a Di Silva y se acercaba a ella.
Llevaba un sobre de papel Manila. Pasaba a su lado y le entregaba el sobre a otro hombre. El Jefe quiere que le entregue esto a Stela.
Podía reescribir la escena tantas veces cuantas quisiera, pero nada cambiaría. Un estúpido error la había destruido. Y sin embargo… ¿quién dijo que estaba terminada? ¿La prensa? ¿Di Silva? Todavía no había oído una palabra de la Asociación del Cuerpo de Abogados de Nueva York, y mientras eso no sucediera, seguía siendo una abogada. He sido una idiota, pensó Bella. Hay otros abogados que me han ofrecido trabajo.
Llena de excitación, Bella tomó la lista de los estudios jurídicos con los que se había comunicado y empezó a hacer una serie de llamados telefónicos. Ninguno de los abogados con los que quiso hablar estaba y ninguno de ellos la volvió a llamar. Tardó cuatro días en darse cuenta de que ella era una paria dentro de la profesión. El entusiasmo sobre el caso ya había terminado, pero todos lo recordaban.
Bella siguió llamando a presuntos empleadores, pasando de la desesperación a la indignación, a la frustración para caer otra vez en la desesperación. Se preguntaba qué iba a hacer con su vida y cada vez llegaba a la misma conclusión: la única cosa que quería hacer, la única cosa que realmente le importaba era la práctica del derecho.
Era una abogada y por Dios, y hasta que la detuvieran ella iba a encontrar la forma de practicar su profesión.
Bella empezó a hacer su recorrido por todos los estudios de abogados de Manhattan. Iba sin anunciarse, daba su nombre a la recepcionista y pedía por el jefe de personal. Alguna vez llegaba a tener una entrevista, pero cuando la obtenía,
Bella tenía la sensación de que era por curiosidad. Ella era una cosa rara y querían ver cómo era en persona. La mayoría de las veces le informaban simplemente que no había vacantes. No nos llame, señorita Swan, nosotros la llamaremos.
Al finalizar la sexta semana, Bella estaba sin dinero. Se hubiera querido mudar a un departamento más barato, pero no había departamentos baratos. Empezó a saltearse el desayuno y el almuerzo y a comer en uno de los pequeños lugares donde la comida era mala pero los precios eran buenos. Descubrió el Steak-and-Brew y el Roast-and-Brew, en los que por poco dinero podía obtener un plato principal, toda la ensalada que pudiese comer y toda la cerveza que quisiese tomar. Bella odiaba la cerveza, pero llenaba el estómago.
Cuando Bella terminó con la lista de estudios importantes, se hizo una lista de abogados menos conocidos y empezó a llamarlos, pero su reputación le precedía a donde fuera. Recibió un montón de proposiciones de hombres, pero ninguna oferta de trabajo. Empezaba a desesperarse. Muy bien, se dijo desafiante, si nadie me quiere, abriré mi propio estudio de abogada. La dificultad es que para eso se necesita plata.
Por lo menos quince mil dólares. Necesitaba lo suficiente para el alquiler, el teléfono, una secretaria, papelería, libros de derecho, un escritorio, sillas… ni siquiera podía pagar las estampillas.
Bella contaba con su sueldo en la oficina del Fiscal, pero eso por supuesto se había ido para siempre. No debía pensar en la indemnización. No la habían despedido; la habían decapitado. No, no había modo de que ella pudiera abrir su estudio de abogada, no importaba lo chico que fuera. La respuesta era buscar a alguien con quien compartir una oficina.
Bella compró el New York Times y empezó a buscar en los avisos. No fue hasta que estaba cerca del final de la lista cuando vio un pequeño aviso que decía:
Buscado: Profes. hombre compart. peq. of. con 2prof. Bajo alq. Lo que más le gustó fueron las dos últimas palabras. Ella no era un profesional, pero el sexo no podía tener importancia. Arrancó el aviso y tomó el subterráneo para dirigirse a la dirección del aviso.
Era un edificio viejo y ruinoso en el bajo Broadway. La oficina estaba en el décimo piso y el descascarado letrero de la puerta decía:
JASPER WHITLOCK
INVESTIGAC ONES
seguido de:
ROCKEFELLER AGENCIA DE COBRANZAS
Bella tomó aliento, abrió la puerta y entró en la oficina. No había recepción.
Estaba parada en medio de una oficina reducida y sin ventanas. Había tres gastados escritorios y sillas apiñadas en el cuarto; dos de los escritorios estaban ocupados.
En uno de los escritorios estaba un hombre de mediana edad, calvo, miserablemente vestido, trabajando en sus papeles. Contra la pared opuesta, en otro escritorio trabajaba un joven de unos treinta años. Tenía el pelo rubio y brillantes ojos azules. Pálido y lleno de pecas. Llevaba jeans muy apretados y una remera y zapatos blancos de lona sin medias. Estaba hablando por teléfono.
—No se preocupe señora Desser, tengo a dos de mis mejores hombres trabajando en su caso. En cualquier momento tendremos noticias de su marido. Me temo que tendré que pedirle algo más de dinero para gastos… No, no se moleste en enviarlo por correo. El correo es terrible. Esta tarde tengo que ir cerca de su casa. Yo pasaré por allí a buscarlo.
Dejó el tubo en su lugar y vio a Bella.
Se puso de pie y le extendió una mano fuerte y firme.
—Yo soy Jasper Whitlock. ¿Qué puedo hacer por usted esta mañana?
Bella miró a su alrededor en la pequeña y poco ventilada oficina y dijo vacilante:
—Yo… yo vine por el aviso.
—Oh. —Había sorpresa en sus ojos azules.
El hombre calvo miraba fijamente a Bella.
Jasper Whitlock lo presentó.
—Éste es Emmet McCarty. Él es la agencia Rockefeller de cobranzas.
Bella inclinó la cabeza.
—Hola. —Se volvió hacia Jasper Whitlock. — ¿Y usted es Investigaciones?
—Así es. ¿Y cuál es su trampa?
—¿Mi…? —se dio cuenta y continuó—. Soy abogada.
Jasper Whitlock la estudió con escepticismo.
—¿Y usted quiere abrir su estudio aquí?
Bella volvió a mirar la deprimente oficina y se vio a sí misma en el escritorio vacío entre los dos hombres.
—Quizá buscaría algo un poco más amplio —dijo—. No estoy segura…
—Su alquiler sería sólo de noventa dólares por mes.
—Con noventa dólares por mes puedo comprar este edificio —contestó Bella y se dio vuelta para irse.
—Eh, espere un momento.
Bella esperó.
Jasper Whitlock se pasó la mano por su descolorida barbilla.
—Voy a hacer un arreglo por usted. Sesenta. Cuando sus negocios empiecen a funcionar entonces hablaremos de un aumento.
Era una ganga. Bella sabía que no iba a encontrar nada por ese precio. Por otro lado no había manera de que pudiera atraer clientes en ese horrible lugar. También tenía que considerar otra cosa. No tenía sesenta dólares.
—De acuerdo, me quedo.
—No se va a arrepentir —le prometió Jasper Whitlock—. ¿Cuándo quiere traer sus cosas?
—Están aquí.
Jasper Whitlock pintó él mismo el letrero en la puerta. Decía:
BELLA SWAN
ABOGADA
Bella contemplaba el letrero con una mezcla de sentimientos. En lo peor de su depresión nunca se le había ocurrido que su nombre podría estar entre el de un investigador privado y un cobrador de cuentas. Sin embargo, cuando miraba el letrero levemente torcido no podía dejar de sentir orgullo. Ella era una abogada. El letrero en la puerta lo probaba.
Ahora Bella tenía una oficina, su próximo paso era conseguir clientes.
Bella ya no podía pagarse las comidas en Steak-and-Brew. Se preparaba un desayuno de tostadas y café en un calentador que había colocado en el radiador de su diminuto cuarto de baño. El baño tenía una ventana, pero alguien alguna vez la había pintado de negro y estaba clausurada. Bella no almorzaba y ahora comía en Chock Full O'Nuts o en Zum-Zum, donde servían grandes salchichas, rebanadas gruesas de pan y ensalada de papas calientes.
Bella llegaba a su escritorio a las nueve de la mañana pero no tenía nada que hacer, salvo escuchar a Jasper Whitlock o a Emmet McCarty hablar por teléfono.
Los casos de Jasper Whitlock consistían en su mayoría en la búsqueda de cónyuges y animales domésticos perdidos, y Bella estaba convencida de que era un estafador que prometía cosas imposibles y cobraba sustanciosos adelantos. Pero Bella pronto se dio cuenta de que Jasper Whitlock trabajaba mucho y a menudo encontraba lo que buscaba. Era honesto y capaz.
Emmet McCarty era un enigma. Su teléfono sonaba constantemente. Lo atendía, murmuraba unas pocas palabras, escribía algo en una hoja de papel y desaparecía por unas pocas horas.
—Emmet se dedica a recuperar —le explicó un día Jasper a Bella.
—¿Recuperar?
—Sí. Las compañías de cobranzas lo utilizan para que recupere automóviles, aparatos de TV, máquinas de lavar, todo lo que se le ocurra. —Miró a Bella con curiosidad. — ¿Consiguió algún cliente?
—Tengo algunas cosas en camino —contestó evasivamente Bella
Jasper inclinó la cabeza.
—No se deje aplastar. Todos podemos cometer errores.
Bella sintió que se ruborizaba. Entonces él sabía quién era ella.
Jasper desenvolvió un gran sandwich de roast beef.
—¿Quiere un poco?
Parecía delicioso.
—No muchas gracias —contestó con firmeza Bella—. Nunca almuerzo.
—Bueno.
Bella lo miró mientras mordía el suculento sandwich.
—¿Seguro que no…? —dijo mirándola.
—No muchas gracias. Tengo… tengo un compromiso.
Jasper la miró salir de la oficina y se quedó pensativo. Se enorgullecía de su facilidad para captar a la gente, pero Bella Swan lo desconcertaba. De acuerdo a las informaciones de la TV y los periódicos había tenido la seguridad de que le habían pagado para que destruyera el caso contra Felix Moretti. Después de conocerla, Jasper ya no estaba tan seguro. Había estado casado una vez pasando por un infierno y tenía poca estima por las mujeres. Pero algo le decía que ésta era diferente. Era muy hermosa, brillante y sumamente orgullosa. ¡Dios!, se dijo a sí mismo. ¡No seas idiota!
Una muerte en tu conciencia ya es suficiente.
Emma Lazarus es una idiota sentimental, pensó Bella. «Denme sus cansadas, sus pobres, sus confundidas masas que anhelan respirar en libertad… Envíenme a los que no tienen hogar, a los que arrojan las tempestades»
¡De veras! Ninguna bienvenida fabricada en Nueva York servía para nada. En Nueva York a nadie le importa si uno está vivo o muerto. ¡Deja de compadecerte!, se dijo Bella. Pero era difícil. Sus fondos se habían reducido a dieciocho dólares, el alquiler de su departamento estaba vencido, y su parte en el alquiler de la oficina vencido en dos días. No tenía suficiente dinero como para seguir por mucho más tiempo en Nueva York y no tenía lo suficiente para irse.
Bella recorrió las páginas amarillas de la guía, llamando a los estudios jurídicos por orden alfabético para tratar de conseguir trabajo. Hacía los llamados desde teléfonos públicos porque le resultaba muy incómodo que Jasper Whitlock y Emmet McCarty oyeran sus conversaciones. El resultado era siempre el mismo. Nadie estaba interesado en emplearla. Estaba terminada. Debería volver a Kelso y conseguir el puesto de asistente jurídica o secretaria de alguno de los amigos de su padre.
¡Cómo le hubiera disgustado eso a su padre! Era una amarga derrota, pero no le quedaba otra opción. Regresaría a casa como una fracasada. El problema inmediato era cómo llegar. Buscó en la edición de la tarde del New York Post y encontró un aviso donde buscaban a alguien para compartir los gastos del viaje en auto hasta Seattle. Era bastante cerca. Bella llamó al teléfono que estaba en el aviso. No contestaron.
Decidió volver a intentar a la mañana siguiente.
Al otro día, Bella fue a su oficina por última vez. Emmet McCarty no estaba, en cambio Jasper estaba allí, hablando por teléfono como de costumbre. Usaba unos blue jeans y un suéter de escote en V de cashmere.
—Encontré a su mujer —decía—. El único problema es que ella no quiere volver con usted, mi amigo… lo sé. ¿Quién puede entender a las mujeres?… Muy bien. Le voy a decir dónde está y usted puede tratar de convencerla —le dio una dirección de un hotel en plena ciudad—. A sus órdenes. —Colgó y dio la vuelta para enfrentar a Bella. —Llega tarde esta mañana abogada.
—Señor Whitlock, lo siento… creo que voy a tener que irme. Le voy a enviar lo que le debo del alquiler lo más pronto que pueda.
Jasper se recostó en la silla y la observó. Su mirada hizo que Bella se sintiera incómoda.
—¿Le parece bien?
—¿Regresa a Washington?
Bella asintió.
—¿Antes de irse, me podría hacer un favor? —dijo Jasper—. Tengo un amigo abogado que me ha pedido que entregue unas citaciones y no he tenido tiempo. Paga doce dólares con quince por cada citación más los gastos de transporte. ¿Me haría el favor de hacerlo?
Una hora más tarde, Bella Swan se encontraba en el elegante despacho de la firma jurídica Peabody & Peabody. Era la clase de lugar donde ella se había imaginado trabajando algún día, un buen socio con un lindísimo despacho a la calle. En cambio la llevaron a una oficinita interna donde una preocupada secretaria le alcanzó un montón de citaciones.
—Aquí tiene. No se olvide de anotar sus viáticos. ¿Tiene auto, no es cierto?
—No, lo siento pero…
—Bueno, si toma subterráneo, guarde los pasajes.
—De acuerdo.
Bella pasó el resto del día entregando citaciones en el Bronx, Brooklyn y Queens bajo un constante aguacero. A las ocho de la noche llevaba ganados cincuenta dólares. Volvió a su pequeño departamento helada y muerta de cansancio. Pero, por fin ganaba dinero, el primero desde su llegada a Nueva York. Y la secretaria le había dicho que tenía muchísimas citaciones para darle. Era un trabajo duro, dando vueltas por toda la ciudad y también era humillante. Le cerraban la puerta en las narices, la insultaban, la amenazaban y dos veces le hicieron proposiciones deshonestas. La perspectiva de enfrentar otro día como éste era descorazonador; por otro lado cuanto más tiempo pudiera permanecer en Nueva York, no importa a costa de qué, le daba esperanzas.
Bella preparó un baño caliente y se deslizó en la bañera, sintiendo la agradable sensación del agua que cubría su cuerpo. No se había dado cuenta de lo cansada que estaba. Parecía que cada músculo le dolía. Decidió que necesitaba una buena comida para reanimarse. Quería hacer un gasto extravagante. Me voy a llegar a un verdadero restaurante con mantel y servilleta, pensó Bella. A lo mejor incluso un lugar con música suave y tomaré un vaso de vino blanco y…
Los pensamientos de Bella se vieron interrumpidos por el timbre de la puerta de calle. Fue un sonido extraño. No había tenido un solo visitante desde que se mudó.
Únicamente podía ser la portera reclamándole el pago del alquiler. Bella no se movió esperando que la mujer se fuera.
El timbre sonó otra vez. De mala gana Bella salió de la bañera de agua caliente.
Se puso una salida de baño de toalla y se dirigió a la puerta.
—¿Quién es?
Del otro lado de la puerta una voz de hombre le contestó:
—¿La señorita Bella Swan?
—Sí.
—Mi nombre es Edward Cullen. Soy abogado.
Desconcertada, puso la cadena en la puerta y abrió un poco para ver quién era. El hombre que tenía delante parecía de unos treinta y cinco años, alto, ancho de espaldas, con ojos de un verde esmeralda , que la miraban con curiosidad detrás de unos anteojos oscuros de carey. El traje que llevaba era hecho a medida y debía costar una fortuna.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
Los asaltantes no usaban trajes hechos a medida, zapatos de Gucci y corbatas de seda. Tampoco tenían manos largas y sensibles con uñas cuidadosamente arregladas.
—Muy bien.
Bella sacó la cadena y abrió la puerta. Cuando Edward Cullen entró, Bella echó una mirada a su departamento de un ambiente, viéndolo a través de los ojos de él y se sobresaltó. Parecía un hombre acostumbrado a cosas mejores.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Cullen?
De golpe supo por qué estaba allí y se llenó de excitación. Era por uno de los trabajos a los que se había ofrecido. Hubiera deseado estar con un lindo vestido azul oscuro, el pelo bien arreglado, con…
Edward Cullen dijo:
—Soy miembro del Comité de Disciplina del Cuerpo de Abogados de Nueva York, señorita Swan. El fiscal Marco Di Silva y el juez Lawrence Waldman han presentado una demanda ante el Tribunal de Apelación para que se inicie el proceso en su contra pidiendo que se la excluya del foro.
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