Ayer hubiera querido escribir este capítulo, y sin embargo, surgió otra cosa. Hoy coordiné las manos con los pensamientos y surgió esto que tengo el gusto de presentar. Casualmente alguien me pidió que escribiera sobre Ted Remus Lupin, que era justo lo que tenía pensado hacer. Ojalá sea de tu agrado, lobitablack.
Y, Sowelu, ojalá tambien lo sea del tuyo. ¿Tienes pensado seguir con "Tiempo al tiempo"? Me he quedado con ganas de mas...


-¡Qué gran apetito! –bromeó otro, de ojos sorprendentemente verdes tras sus gafas redondas y el cabello negro azabache desordenado, riendo algo socarrón. –No has cambiado nada, amigo mío.

-¿Y qué esperabas? Es la cena de navidad, hay que aprovecharla al máximo. –replicó el colorado con sorna. Sus respectivas esposas cruzaban miradas divertidas mientras juntaban los platos del postre y los dirigían a la cocina con movimientos de la varita. Estaban sentados alrededor de la mesa más amplia de Grimmauld Place, y acababan de dar fin a la esplendorosa cena de navidad. Ahora sólo estaban los adultos, conversando y riendo con auténtica alegría, mientras los hijos de ambas parejas jugaban Gobstones en el salón. Eran cerca de las doce de la noche y todo estaba muy tranquilo en el hogar; de hecho, hacía más de quince años que todo estaba bien allí. Mientras Ron, Ginny, Harry y Hermione bebían una copa de sobremesa, la chimenea a su lado ardió con llamas verdes y dio lugar a la aparición de un joven de dieciséis años, rostro anguloso y facciones lupinas que salió girando como un trompo y los miró a todos con una sonrisa en el rostro. Llevaba una túnica negra en perfecto estado y el cabello corto y en todas direcciones de un color azul eléctrico.

-¡Feliz navidad a todos! –saludó con su voz enérgica.

-Feliz navidad para ti también, Teddy. –fue su padrino el primero que se puso de pie para estrecharlo en un abrazo. -¿Por qué Andrómeda no ha venido contigo?

-La abuela se ha quedado en la casa mientras yo salía a hacer la ronda de los regalos. Y ésta es mi última parada. –sonrió el joven, soltándose de su abrazo para besar a Ginny y a Hermione en las mejillas y luego darle un apretón de manos a Ron.

-¿Has estado en casa de mi madre? –preguntó éste último con una ceja alzada en una curiosa expresión de sorpresa.

-Sí, y allí estaban George y Percy, pero tuve que ir a casa de Bill y Fleur, que la pasaban solos este año. –aclaró Ted Remus Lupin y continuó, como quien no quiere la cosa: -Y tu madre está enfadada porque no festejaran navidad con ellos, todos ustedes.

-No me sorprende. –señaló Ginny, dirigiéndole a su hermano una sonrisa cómplice, que le devolvió el gesto. –Siéntate Ted, ¿gustas una taza de té?

-Bueno, gracias Ginny. Pero espera, antes de ir a prepararla, les traje regalos. –se apresuró a decir Teddy antes de que ella pudiera adelantarse hasta la cocina, haciéndola retroceder. Tenía las mejillas levemente coloradas y las puntas de sus cabellos se metamorfosearon de un color cobrizo parecido al rojo del cabello de los Weasley, pero pareció no notarlo. Abrió su amplia túnica y extrajo cuatro paquetes.

-¡No tendrías que haberte molestado! –exclamó Hermione, tomando el suyo y volviendo a besar al joven, que le caía muy bien. -¡Muchas gracias, Teddy! –siguió, al ver los pendientes que el joven le había comprado.

Harry abrió su regalo, y observó perplejo un reloj de plata como el que le habían regalado los Weasley en su cumpleaños número diecisiete, pero completamente nuevo. Sonrió a su ahijado, en un mudo gesto de agradecimiento, sinceramente conmovido. El joven asintió con la cabeza y salió en busca de los pequeños para darles una bolsa grande de golosinas que había comprado para ellos en Honeydukes. No advirtió que su padrino había salido tras él hasta que lo vio recostado en el marco de la puerta, observando la escena mientras él le daba un coscorrón cariñoso al mayor de los Potter, James Sirius. Irguió la cabeza y pestañeó. Harry le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera, de modo que Ted se lanzó al pasillo casi hasta las escaleras. El adulto se apoyó en la barandilla de madera y alzó la caja del reloj frente a sus ojos.

-Esto debe haberte costado toda tu mesada de años. –espetó, entre la seriedad y la sonrisa. Esta vez el cabello de su ahijado se coloreó completamente de rojo por un instante, y él rió divertido. Ted lo notó e hizo un esfuerzo por volver a pintarlo de azul, aunque últimamente eso le estaba costando. Finalmente lo consiguió, y entonces volvió a sacar la voz.

-No quiero que estés preocupándote por eso, Harry. Lo he hecho porque lo he sentido. Tu familia me ha dado mucho durante todos estos años. Creo que se lo merecen. –dijo simplemente, tratando de esbozar su mejor sonrisa.

-Estás hablando de mi familia como si fuera distinta de la tuya. Y tú eres parte de mi familia, Teddy. –observó el pelinegro en un susurro.

-Con más razón. Yo hubiera podido tener mi propia familia, pero no la tengo. Y tú has sido como mi padre. –contestó el joven con voz trémula, tratando de controlar ese sentimiento que lo embargaba cada vez que hacía una mención, aunque fuera indirecta, de sus padres muertos. Harry guardó silencio por unos instantes y luego extendió los brazos para recibirlo una vez más. Adoraba a ese crío tanto como a sus hijos, lo quería como si fuera uno más de ellos. Y lo comprendía como nadie: él también había perdido a sus padres.

-Nunca olvides que tus padres murieron para hacer…

-…para hacer el mundo en el que vivo un sitio más feliz. –terminó la frase el adolescente, conociendo de memoria esa perorata. Lo sabía, lo había escuchado muchas veces. Lo que no notó fue que Harry cambiaba rápidamente la expresión conmovida por una de concentración, mientras reflexionaba. –Ya lo sé, no lo olvido. Sólo pienso que tal vez hubiera sido más feliz si pudiera verlos, oírlos. Y escuchar esa misma frase que tantas veces tú repetiste, de la boca de alguno de ellos.

Y eso bastó para hacerle comprender a Harry que había llegado el momento de desenterrar un viejo secreto. Palmeó a su ahijado en el hombro con ternura contenida y sonrió.

-Yo también tengo un regalo de navidad para ti, además del que te envié esta mañana. –dijo finalmente, antes de que pudiera irse. El joven se paró en medio de su caminata y se lo quedó mirando con sorpresa. –Pero no puedo mostrártelo porque no está aquí. Esta misma noche te llevaré a verlo. –agregó, con una sonrisa que ocultaba muchas cosas. -Estoy seguro de que te encantará.

El muchacho asintió una vez, imitando su sonrisa, aunque sin tener idea de qué hablaba su padrino.

Horas después, el joven y el adulto se reunieron en la cocina de Grimmauld Place en completa oscuridad. Hermione y Ron ya se habían ido hacía unas horas, los tres pequeños Potter dormían plácidamente en sus camas, y Ginny, cómplice de lo que harían, se había quedado en su cuarto esperando el momento oportuno para salir a depositar los regalos de navidad bajo el árbol del salón, después de que ellos partieran. Teddy había convencido a su abuela de quedarse a dormir esa noche allí para hacer las cosas más fáciles, aunque no sabía de qué se trataba aquello que su padrino le quería mostrar. Cuando lo vio aparecer, sigiloso como un gato, en el interior de la cocina, sonrió en la oscuridad.

-¿Estás listo? –le preguntó Harry en un susurro cuando sus ojos se acostumbraron a las sombras y pudo distinguir sus contornos en la noche. El joven asintió enérgicamente con la cabeza para darse a entender porque no se creía capaz de hablar en aquel momento. Harry lo tomó por un brazo y dio un giro sobre sí mismo. Entonces Teddy sintió que se mareaba y que un gancho invisible tiraba de él a la altura de su ombligo y hacia abajo, a un vacío imposible, hacia un abismo interminable. No podía respirar. Estaban haciendo una desaparición conjunta y era la primera vez que lo hacían. Cuando por fin el aire se liberó de su pecho oprimido, respiró una bocanada de viento fresco antes de abrir los ojos. Y entonces comprobó que estaba en un sitio que reconocía, al menos en parte.

-El bosque prohibido… -susurró, sorprendido, con los ojos muy abiertos. -¡Caray, Harry, no lo hubiera imaginado! ¿Qué hacemos aquí?

-Espera y verás. –fue la respuesta que recibió de su padrino, que encendió la punta de su varita y comenzó a andar, iluminando con ella el sendero a su paso. Ted lo siguió con verdadera intriga.

Caminaron por un buen rato y el joven comenzaba a impacientarse. Tenía la sensación de que caminaban en círculos, y ninguno de los dos hablaba. Harry estaba muy concentrado, escudriñando el suelo a sus pies en la medida en que avanzaba, y él tenía miedo de despertar a alguna bestia del bosque si se ponía a gritar como un enajenado, que era lo que tenía verdaderas ganas de hacer. Pero se contuvo por un rato, hasta que ya no pudo aguantar más y espetó, en un susurro algo molesto:

-¿Por qué me traes aquí, Harry?

Pero en ese momento su padrino se detuvo de pronto, murmurando algo así como ¡ahí está! Corrió unos metros hasta lo que parecía el límite de un claro y se puso a gatas, revolviendo en el pasto. Teddy lo miraba desde su puesto, perplejo. ¿Es que acaso se había vuelto loco? Unos minutos después Harry se puso de pie y se acercó con una amplia sonrisa, tomándole la mano y depositando en ella lo que parecía una pequeña roca negra y amorfa con una rajadura justo en el centro.

-Te voy a dar un minuto a solas. Pero luego tendrás que venir a buscarme. –fue todo lo que le dijo el pelinegro, mirándolo con emoción, y sonrió entretenido por la cara que su ahijado estaba poniendo ante aquella situación tan extraña.

-¿Vas a explicarme qué es lo que estamos haciendo? –inquirió pesadamente el joven, pero Harry negó con la cabeza dos veces y echó a andar fuera del claro. El joven se quedó un momento de pie, sin saber que hacer, con la roca entre los dedos. La examinó de cerca, tratando de verla a la luz de la luna, pero es que en verdad no había mucho para ver. La superficie del objeto era negra y sorprendentemente brillante, y ahora podía ver que además del profundo tajo en forma vertical en su centro la componía un extraño dibujo de un círculo y un triángulo unidos. Qué extraño, pensó, girándola entre los dedos para observarla del otro lado. Y mientras lo hacía, sintió un ruido a su alrededor, como un susurro, o unos pasos que se acercaban. Se paralizó de miedo, apretando la roca con fuerza en su puño, demasiado inconsciente como para llamar a gritos a su padrino, hasta que al fin una figura incorpórea salió de entre los árboles más cercanos y lo miró con nostalgia. Detrás de ésta, otra figura igualmente incorpórea y un tanto más pequeña que la primera, lo siguió con paso tambaleante y se acercó a él con aprehensión, observándolo. Tenía los ojos abiertos de par en par y lloraba abiertamente, permitiendo a las lágrimas correr por las mejillas sin corromper su inmaculada sonrisa. Teddy no podía creer lo que estaba viendo. Pero entonces comprendió todo.

Harry le había contado esa historia muchas veces. ¿Cómo pudo ser tan tonto de no recordarlo en ese momento? Seguramente creyó que sería importante para él. Seguramente se le había ocurrido mientras hablaban de ellos en el descansillo inferior de la escalera junto a la sala de estar de la casa de Grimmauld Place.

Es que Ted Remus Lupin era un joven intuitivo y sumamente inteligente, a pesar de ser tan sólo un adolescente de dieciséis años. Era un joven de carácter fuerte que sabía imponerse cuando lo sentía necesario. Pero sobre todo era un muchacho amable y sensible, que se había criado con una abuela sola y llena de recuerdos, con ayuda de un padrino que cargaba en sus hombros una importante historia, y rodeado de una familia a la que no pertenecía, pero que lo hacía sentir como si realmente fuera parte de ella. A veces podía ser algo huraño o malhumorado, pero eso era tan sólo una máscara para ocultar su timidez, sus verdaderos sentimientos. Y pocas personas tenían acceso a ellos. Entre ellos estaba su padrino Harry, por supuesto, quien había sabido reconocer en sus ojos y en su forma de hablar que había llegado el momento de darle un regalo especial por navidad. Y nunca se sentiría tan agradecido como lo estaba ahora, mientras las lágrimas de emoción le saltaban sin poder contenerlas, y un espasmo le recorría el cuerpo entero con una dulce mezcla entre la alegría y la tristeza. Remus Lupin y Nymphadora Tonks habían muerto por él y por salvar el mundo mágico de las garras de un destino infame. Sus padres habían dado la vida por hacer de aquel mundo, un sitio más feliz para él y los demás, como tantos otros. En todos sus años de vida no había tenido oportunidad de verlos más que en fotos, no había sabido de ellos más que en viejas historias y anécdotas de los pocos amigos que quedaban con vida.

Y ahora estaban frente a sus ojos, observándolo complacidos.

Cómo iba a abrazar a su padrino después de esto.