La abrazó muy fuerte contra su pecho. Besarla había sido algo impulsivo (como actuaba casi siempre en asuntos que contemplaban a su discípula) pero ya las cartas estaban sobre la mesa, era estúpido intentar decir algo, no hacía falta... Mientras Samantha pudiera escuchar lo acelerado que estaba su corazón, en verdad no hacía falta. Permanecieron de esa manera por varios minutos, en silencio, hasta que el General mencionó que debía irse a descansar. Ella lo retuvo.
—Sé que no puedo exigirle nada, pero me sentiría feliz si se quedara aquí a dormir conmigo —dijo ella.
—Sam, no puedo hacer algo como eso —de pronto el General comenzó a sudar.
— ¿Va a irse... con la Señorita Anita? —se separó de su pecho para poder verlo a la cara y comprobar que no iba a mentirle.
—No seas tonta, no voy a ir con ella —acarició su mejilla.
—Pero parecía que ella...
—Sam... Mira, me quedaré aquí, ¿sí? Pero
dormiré en el sillón —añadió señalándolo.
— ¿De verdad no se va a ir? —volvió a cuestionar con la preocupación en la mirada.
—No hay forma de que haga algo como eso, Sam.
Ella lo miró profundamente al único ojo visible, como si quisiera y pudiera ver hasta el rincón más oscuro del alma de Marian Cross.
—Si descubro que me miente —lo señaló — voy a odiarlo con todo mi ser, ¿me oyó?
Marian sonrió con ternura, acarició sus cabellos.
—No podría vivir si eso pasara.
—Y si usted muriera, haría un contrato con el Conde, lo llamaría en forma de Akuma y lo mataría con mis propias manos.
—Sam, de vez en cuando das miedo, ¿sabías? —rió —. Ahora descansa, tenemos que partir mañana.
— ¿En serio nos iremos en barco?
—Sí, pero sólo si duermes esta noche —acarició su mejilla y la besó —. Que descanses, Sam.
Samantha se cubrió con la manta y Marian apagó el farol que iluminaba la habitación. Se escuchó el peso de su cuerpo aplastándose en el sillón, aún así a la chica le costaba conciliar el sueño.
—Cross-sama...
—Sam, basta de "Cross-sama", puedes llamarme Marian.
El corazón de la joven comenzó a latir rápido.
— ¿Puede darme la mano?
Marian arrastró el sillón hasta quedar a un lado de la cama, se sentó y buscó la mano de Samantha en la oscuridad.
—Duerme, mañana será un largo día.
Por primera vez en muchos años, Marian Cross no durmió con la mano sobre Judgment.
La luz de la mañana comenzó a entrar por la pequeña ventana, Marian seguía en el sillón, con el brazo estirado hacia donde estaba su discípula, sus manos seguían tomadas. Él fue el primero en despertar, al ver su mano unida a la de Samantha supo que lo vivido la noche anterior no había sido un sueño, que había sido real. Era la primera vez que dormía en la misma habitación con una mujer sin hacerle caso a sus hormonas masculinas, y eso le indicaba cuán especial era la chica para él. No tenía nada que ver con el hecho de que Samantha fuese virgen, tampoco le importaba su edad, eso nunca había representado un obstáculo para su pasión... Lo que sucedía era que en verdad la amaba, la respetaba más allá de sí mismo, por ella olvidaba los placeres a los que estaba acostumbrado y al darse cuenta de ello no pudo hacer otra cosa que sonreír con torpeza.
Le resultaba increíble evaluar el avance de su discípula, no sólo soportaba sin quejas el arduo entrenamiento que él le imponía, sino que además había desarrollado al máximo su nivel de expresión. Había sido ella quien primeramente se había declarado ante él, asumiendo sus sentimientos a pesar de no saber si sería correspondida o no, y eso la hacía admirarla más.
Ella despertó de repente y al ver a Marian a su lado no pudo evitar sonreír.
—Se quedó conmigo... —murmuró todavía adormilada.
—Te dije que no iba a irme —respondió él suavemente.
Dejaron el burdel de Anita temprano y embarcaron rumbo a Japón. El puerto se hacía cada vez más pequeño ante los ojos ambarinos de Samantha, quien contemplaba el paisaje apoyada en la baranda del barco.
El barco se sacudió en reacción al choque con una ola, la castaña apenas perdió el equilibrio, pero sintió que las manos de su maestro la sujetaban desde los codos y luego rodeaban su cintura, abrazándola desde la espalda.
—Ten cuidado, Sam, no quisiera que cayeras al mar —habló junto a su oído.
Aquella voz tan masculina la seducía, mucho más sentirla tan cerca. Cerró los ojos, Marian apoyó su barbilla en el hueco que unía el cuello y el hombro de la joven.
—Tengo algo para ti, algo que he guardado hace tiempo —anunció.
— ¿En serio? —sonrió.
Marian buscó en su bolsillo y sacó una pequeña cajita, la puso entre las manos de la joven.
— ¿Puedo abrirla ahora? —preguntó, el General asintió.
Al destapar la cajita, se encontró con una liga para el cabello con un adorno de flor. Samantha se emocionó, sus ojos ambarinos brillaron.
—Es preciosa... —expresó tomándola en sus manos.
—Sé que tu color preferido es el rojo, quería darte algo que realmente te gustara y que a la vez simbolizara lo especial que eres para mí —Marian se sentía algo raro, nunca había hecho algo así por una mujer —. La camelia es una flor realmente hermosa, justo como tú.
El rostro de Samantha estaba tan rojo como su nuevo regalo, parpadeó múltiples veces, sin poder dominar su emoción, mientras él se deshacía del lazo que sujetaba las trenzas para sujetarlas con la liga obsequiada. Volteó y se aferró con fuerza al General Cross.
—Es hermosa, Cross-sama...
—Sam, puedes tutearme.
—No podría hacer eso...
—Yo te di un regalo, deberías darme el tuyo.
— ¿Eh? Pero no tengo un regalo...
—Me gustaría que me llamaras por mi nombre, ése sería un bonito regalo, lo deseo mucho.
Samantha se sonrojó un poco más, bajó el rostro y apretó sus labios, nerviosa.
—M-Ma... ¡No puedo hacerlo! —su corazón latía rápido.
—Puedes hacerlo, Sam —la alentó.
—En serio que no... No puedo.
—Si lo haces, te doy un beso como premio —sonrió, despreocupado.
Si acaso podían, las mejillas de la ojiambarina se encendieron todavía más. Marian tomó el rostro de su discípula entre sus manos e inclinó el rostro.
—Estoy esperando muy ansioso, Sam, no me hagas sufrir —dijo todavía sonriendo.
Samantha temblaba. ¿Qué le pasaba? En su mente, el nombre del General se repetía una y otra vez, pero no podía decirlo. Se concentró, estiró su mano para acariciar el lado izquierdo del rostro del pelirrojo. Tomó aire.
—Marian...
Y tal como había prometido, sus labios se unieron en un apasionado beso.
Días después de haber llegado a Edo, Marian estaba sentado en un sillón, evaluando sus próximos pasos. Se había estado preguntando si debía continuar llevando consigo a su discípula, la situación estaba volviéndose peligrosa, no sólo por los numerosos Akumas que rondaban la zona, ni por los tiempos que se avecinaban, sino por él mismo. Él mismo se consideraba un peligro.
«La noche anterior Samantha había tenido una pesadilla, el pelirrojo acudió a su habitación y la despertó de su mal sueño.
—Sam… Sam —repetía su nombre con la intención de despertarla.
— ¿Eh…? ¿Marian…? —fue despertando, algo confundida.
—Estabas teniendo una pesadilla —explicó pacientemente —, lamento haberte despertado, sigue durmiendo —besó su frente.
—Marian —lo llamó, tomándolo de la manga de la camisa —, quédate aquí.
—No, Sam, bajo ninguna circunstancia —se negó.
—Sólo un momento, ¿sí?
Marian no pudo sostener su negación, se sentó a su lado, la chica se acurrucóapoyando su cabeza contra el abdomen del pelirrojo.
—Espero que siempre recuerdes lo complaciente que he sido contigo.
—Lo haré~ —se abrazó más a él —, si me das un beso.
— ¿Y eso por qué? —rió.
—Porque quiero un beso.
— ¿Y qué me vas a dar tú?
—Pues… Otro beso —rió.
—Eso es trampa.
—Y tú eres un interesado.
— ¿Y tú no lo eres? —sonrió, negando con la cabeza.
— ¿Y mi beso?
—No tienes remedio…
Entonces la había besado, y poco a poco su, hasta el momento, dominado autocontrol fue perdiéndose, de la misma manera en la que se perdían sus largos dedos entre aquella cabellera castaña que tanto le gustaba. Él estaba ubicado sobre el cuerpo de ella, aunque no era la primera vez que la besaba en aquella posición. No podía abandonar los rojizos labios de Samantha, no pudo controlar sus manos, las que comenzaron a acariciar más allá de las zonas respetables. Su mano derecha subía lentamente por uno de los pálidos muslos de la muchacha, por debajo de la falda del camisón. La boca del General Cross abandonó los labios contrarios y descendió hasta su cuello para continuar besando esa zona, provocando que la chica lanzara un suspiro. Al oírlo, todos sus adormecidos sentidos de la cordura reaccionaron.
—Ya… suficiente.»
Por poco y habría llevado a cabo un acto del que se hubiera arrepentido toda su vida. No era como si no lo deseara, de hecho, no había día en el que no pensara en ello, pero no podía hacerle eso a Samantha y temía que, en futuras ocasiones, el ambiente empeorara y no pudiera contenerse.
—Sam, ven aquí —dijo el General Cross.
— ¿Pasa... algo malo? —preguntó la castaña con preocupación, su maestro estaba sentado con semblante tranquilo y con una copa en su mano.
—Nada de eso, nada de qué preocuparse —respondió con lentitud.
— ¿Entonces...?
—Sam.
— ¿Sí...?
—Ya puedes usar el título de exorcista. Pero para eso, debemos ir a la Orden y presentarte —las mismas palabras que había utilizado con Allen, pero aunque no quisiera reconocerlo, decírselas a Samantha le dolían un poco más. Pronunciarlas significaba un desligue entre los dos.
— ¿Eso significa que... nuestros caminos se van a separar?
Ella era demasiado inteligente, Marian sonrió.
—Las cosas en el Cuartel tal vez se pongan difíciles de ahora en adelante, te pido que seas prudente.
— ¿Debo olvidar lo que siento? —lo miró con tristeza.
—No —tomó su mano —. Pero por tu propia seguridad, ante los ojos de los demás, debo volver a ser tu superior. Hay enemigos ocultos que te usarían para hacerme daño, y lo más importante para mí, ahora, es ponerte a salvo, ¿lo entiendes?
Samantha asintió.
—Jamás sería una carga, si debo hacer eso para evitarte problemas, lo haré —dijo ella con determinación.
Marian la abrazó.
—Odio ese lugar. Y lo odiaré más si estás allí y no puedo amarte en libertad.
—No conozco la Orden y ya me cae mal —dijo la castaña, haciéndolo reír.
—Preparé éste gólem para ti —sacó un pequeño gólem plateado de su bolsillo, enseñándoselo en la palma de su mano.
Samantha parpadeó.
—Aww, es tan lindo —exclamó al verlo revolotear de un lado para otro.
—Me harás poner celoso.
—Eso no es posible... —dijo con las mejillas sonrojadas.
—No querrás averiguarlo —sonrió.
Los ojos de Samantha seguían el vuelo del gólem.
—Usted mencionó que antes tenía uno...
—Ah, sí, te refieres a Timcanpy.
—Pero nunca lo vi, ¿qué pasó con él?
—Se lo di a Allen para que encontrara la Orden.
— ¿Y por qué... me da este gólem a mí...?
Ella sintió que el General no estaba siendo claro. Marian sujetó el rostro de la chica y besó sus labios profundamente. Sabía que no la vería en mucho tiempo. Se separó de su dulce boca y volvió a hablar.
—Él te guiará a donde tienes que ir. Voy a enviar una carta. Cuando despiertes, deberás ir a la Orden, aunque seguramente estaré allí para cuando llegues.
Samantha retrocedió con una expresión llena de horror en el rostro.
—Ma-Marian... —dio un paso hacia atrás.
— ¿Sí~? —avanzó hacia la chica.
— ¿P-para qué es ese... martillo...? —comenzó a preguntar.
—Tengo que ir a un lugar muy peligroso y no puedo llevarte conmigo... Lo siento.
El golpe fue tan rápido y certero que Samantha de inmediato lo vio todo oscuro.
Samantha llegó a la destruida Orden luego del incidente con las pociones de Komui Lee. El guardián le comunicó al Supervisor sobre el nuevo ingreso y se repitió una escena parecida a la situación de Allen porque el oriental (como era de esperarse) no había revisado las cartas que llegaban y se amontonaban en su escritorio. Luego del inconveniente, la castaña pudo entrar y encontró a decenas de personas corriendo de un lado a otro, la Orden no era para nada a como se lo había imaginado.
Distinguió, a la distancia, una cabellera rojiza y corrió a velocidad hacia él.
— ¡Tú...! —un aura oscura la rodeaba.
El General Cross giró el rostro.
—Oh, Samantha, has llegado —exclamó Marian como si nada.
La ojiambarina lo tomó del cuello de la camisa.
—Eres un... —comenzó a decir en italiano (siempre hablaba en italiano cuando estaba enojada), hasta que notó que era la primera vez que veía a Marian de traje, sus mejillas se sonrosaron, olvidó todo el odio que había contenido durante su viaje.
—Sam, la gente nos mira —susurró —, es mejor que me sueltes o deberé castigarte como lo hago con Allen, no puedo permitir que mi imagen de malnacido se ensucie.
La joven miró a su alrededor notando todas las miradas curiosas que estaban puestas en ambos, lo soltó y suspiró.
—Vaya, es más difícil de lo que imaginé —hizo una reverencia a su maestro.
—Te guiaré con Komui, yo debo irme —declaró.
Samantha agrandó los ojos de sorpresa.
—Sé que no esperabas esto, pero ha surgido una reunión de superiores y debo estar ahí de inmediato. Lo siento.
Samantha lo siguió hasta la puerta de la oficina de Komui, en donde se detuvieron.
—Me alegra haber llegado a tiempo para verte, Marian —susurró la castaña.
—Te echaré de menos, Sam.
En ese instante la puerta de la oficina de Komui se abrió, dejando aparecer al oriental.
—Él es Komui Lee —los presentó.
—Oh, tú debes ser Samantha —dijo Komui sonriendo.
—S-sí, mucho gusto —hizo una reverencia.
—Pasa, pasa, y siéntate, estaré de inmediato contigo, voy a despedir al General Cross antes de que decida escapar otra vez~ —rió.
Samantha se quedó en el umbral viendo cómo se marchaban los hombres, Marian sólo volteó una vez para verla, sonriendo con tranquilidad.
De camino al encuentro con Leverrier, Komui hizo comentarios acerca de la discípula de Cross.
—Ella es linda.
Marian mantuvo el silencio y contuvo su ira.
—En serio es linda, ¿tiene novio?
Cross lo tomó del cuello, Komui agitaba las manos en el aire diciendo que era una broma.
— ¿"Te echaré de menos, Sam"? Esas no son palabras que el Cross que conocía hubiera dicho —susurró codeándolo a tiempo que esbozaba una sonrisa cómplice.
Marian apenas se sonrojó, agrandó el ojo, totalmente sorprendido, y aflojó las manos que habían sujetado al oriental del cuello.
—Así que estabas escuchando detrás de la puerta... ¿Cuándo te vas a poner a trabajar seriamente?
—Nunca~
—Lo mencionas otra vez, o lo divulgas, y te mato.
Reever se unió a la caminata de ambos, Timcanpy también apareció y se posó en el dedo índice del pelirrojo.
—Eh, Tim, tú también has venido, ¿eh?
—Me gustaría asegurarme de que no tiene ningún descuido por ahí, General Cross —mencionó Komui, como si nada.
— ¿Qué eres tú? ¿Mi madre? —rió.
— ¿Seguro que estará bien? En otro momento, habría ido con usted, pero...
Marian lo interrumpió.
—Sólo voy a tener una pequeña charla —le puso una mano al hombro. Y, ¿desde cuándo te preocupas tanto por mí, Komui?
—Yo no... Para ser honestos, me preocupa más que se arrepienta a mitad de camino —se acomodó los lentes.
Marian rió con ganas.
—Por favor, cuídese.
—Sí.
—Ya es hora, General —intervino Leverrier.
—Nos vemos —agregó Marian dejando a Timcanpy en manos del chino.
— ¿Eh? ¿No te vas a llevar a Tim contigo?
Marian volteó, dándole la espalda, levantó su mano.
—Dice que no quiere venir. Que tenga suerte haciéndome el equipaje.
Y se marchó.
Cuando Komui regresó a su oficina, Samantha estaba sentada con la mirada hacia abajo. El chino entró con los ánimos
arriba, tratando de contagiarle el positivismo.
—Sam, Sam~ —dijo el mayor de los Lee buscando algo en su poblado escritorio —, ¡ah, aquí está! —tomó un legajo y lo alzó en alto como si se tratara de un trofeo.
Le dio una ojeada rápida.
—Así que, Sam, según los reportes del General Cross, eres poseedora de dos Inocencias, ¿eh?
Samantha parpadeó.
—Ehh, sí, Marian dijo que… Quiero decir, el General Cross dijo que aquí en la Orden le darían una forma definitiva a la Inocencia que se encuentra en el rosario, y que además deben evaluar el estado de la segunda Inocencia.
—Qué peculiar, son contados los exorcistas que tienen la capacidad de manejar más de una Inocencia, el General Cross ha tenido mucha suerte de encontrarte antes de que lo hicieran los Noé —sonrió —. En estos momentos estamos planeando una mudanza, ya que el edificio, como verás, ha sufrido su casi total destrucción y peligra su derrumbe, por lo que en la brevedad tendremos un nuevo hogar.
—Entiendo —dijo la ojiambarina asintiendo.
Komui leyó la preocupación en los ojos de la chica.
—Él huye de aquí todo el tiempo, es normal que haga eso, odia este lugar. Pero no te desanimes, él estará bien —prometió Komui.
Samantha lo miró, sorprendida. En ese momento, Allen entró.
—Komui, ya está todo listo para…
Los ojos grises del peliblanco se cruzaron con los ambarinos de la discípula de Cross.
—Hey, hey, ¿por qué no llamas a la puerta? Podría estar concentrado trabajando…
—Pero si eso no es posible ni en un millón de años —Allen rió.
—Bueno, ya que estás aquí, déjame presentarlos. Ella es la discípula del General Cross…
—Tú eres Allen, Allen Walker, ¿cierto? —dijo Samantha poniéndose de pie para hacer una pequeña reverencia.
—Ah, sí… —respondió el ojigris, sorprendido.
—El Maestro me ha hablado mucho sobre ti.
— ¿En serio…? —él simplemente no podía creerlo — Me gustaría saber qué fue lo que dijo exactamente… —agregó rascándose la mejilla con media sonrisa.
—Mi nombre es Samantha, es un placer haberte conocido al fin —sonrió.
La mudanza había finalizado, los exorcistas ya estaban en su nuevo hogar, habiéndose encontrado con un panorama extraño, ya que los miembros de la División Central habían ocupado el nuevo edificio en secreto.
Samantha escuchó murmullos sobre que Allen sería llevado a una reunión con el General Cross, y dicha reunión parecía ser muy importante. No pudo saber más nada de Marian ya que la retuvieron para estudiar sus Inocencias y otros asuntos similares. Al caer la tarde, unos guardias la llevaron hasta la habitación en donde el General era custodiado. La situación le parecía de lo más extraña, pero no le importó, lo único que deseaba era verlo.
Entró en el cuarto, las escoltas los dejaron a solas. Marian estaba sentado en el ventanal, mirando hacia afuera.
—Sam —sonrió —, ¿podrías servirme una copa?
La chica parpadeó, miró con detalle la habitación, sobre una mesa redonda había varias bebidas, sobre una silla estaba tendido el nuevo sobretodo del General. Caminó y tomó la botella para servir lo pedido.
—Tu uniforme se ve bien, te ves muy linda en él —dijo él, provocando que ella casi derramara el vino fuera de la copa.
—Marian, tú no cambias —dijo levemente sonrojada.
Él sonrió. Judgment y el cinturón que la sujetaba descansaban cerca. Estiró la mano para recibir lo pedido.
—Gracias. De verdad necesitaba un trago.
Ella negó con la cabeza mientras sonreía.
—Siempre será así.
Pero era verdad, no era una excusa, necesitaba ese trago para decirle lo que tenía que decir. Le dio un largo sorbo.
—Sam… Debo confesarte que a veces deseo jamás haberte conocido.
Ella lo miró, con los ojos enormes. No podía creer lo que estaba escuchando de los labios de su maestro, de su amor, de su todo.
—Lo digo porque creo que te hice un mal, más que un bien, al haberme metido en tu camino. Pero otras veces… me siento muy feliz, ya que gracias a ti pude conocer el lado maravilloso de la vida, y estoy más que agradecido contigo por permitirme enamorarme de ti y también por dejarme amarte.
—No entiendo porqué estás diciendo…
—Lamento no poder entregártelo todo, lo lamento porque me gustaría poder amarte como te lo mereces, porque, Sam, mereces ser amada, realmente lo mereces. Te mereces ser feliz con alguien que pueda hacerte feliz.
Las piernas de la castaña comenzaron a temblar, no estaba segura de poder seguir resistiendo semejante declaración en pie.
— ¿A qué vienen… estas palabras, Marian…?
—Sam… Tal vez no volvamos a vernos —dijo al fin.
— ¿Eh...? ¿A qué... te refieres?
—Y aunque eso suceda quiero que seas enormemente feliz, porque... no importa en dónde esté —Marian dejó la copa de vino a un lado y extendió la mano para acariciar su mejilla — siempre voy a amarte. ¿Lo entiendes?
Se puso de pie y la estrechó entre sus brazos con fuerza.
—Marian...
—Shhh... No hagas preguntas, Sam.
—P-pero...
—Sé que es doloroso lo que te estoy diciendo, pero deseo tu felicidad con todo mi corazón.
— ¡Marian, no...!
Y la besó con profundidad. Sus labios eran tan suaves y amorosos que consideraba que no los merecía. Pero la amaba. Maldita sea, la amaba con locura, y besarla de aquella manera era lo menos que podía permitirse. Sabía que se arrepentiría por siempre de dejarla libre, pero ella debía ser feliz... Tal vez, en otra vida volverían a coincidir, pero en el presente, en este momento, no podía permitirse causarle más sufrimiento.
Se separó de sus labios, las lágrimas de Samantha habían empapado su cara.
—Ya no llores, Sam. O van a aumentar mi fama de mal maestro diciendo que te hice llorar —comentó, secando las lágrimas y haciéndola sonreír.
Llamaron a la puerta.
—General, su tiempo ha terminado —dijo la voz del guardia al otro lado de la puerta.
Samantha se aferró al pelirrojo, respiró muy fuerte su aroma.
—Voy a estar esperándote, estúpido maestro —se separó de él y corrió hacia el umbral.
La puerta se abrió y se cerró tras Samantha, Marian se quedó mirando hacia esa dirección.
—No has entendido nada, estúpida discípula...
Esa noche la joven se quedó mirando el techo de su nueva habitación, pensando en todas las palabras que él le había dedicado. No entendía bien qué había querido decir con todo eso, sentía que la cabeza y el corazón iban a estallarle en cualquier momento. Se durmió sin darse cuenta, y despertó más tarde al oír un estruendo. De inmediato tuvo un mal presentimiento. Miró por la ventana, a través de las cortinas, la lluvia seguía cayendo con fuerza… tal vez había sido un trueno.
—Marian...
Su corazón comenzó a latir despacio, muy despacio. Su respiración se detuvo. El resto de la noche ya no pudo dormir.
Al otro día, en medio de un gran escándalo, supo que alguien había entrado en la habitación donde el General permanecía… Supo que los guardias habían visto su cadáver entre un charco enorme de sangre y que, el mismo, luego había desaparecido como por arte de magia, dejando a Judgment, dejando su máscara, dejando el ventanal roto, dejándola a ella.
Era irónico... Samantha y Marian Cross se conocieron y separaron un día de tormenta.
La culpa es de Hoshino-sama (?
