02
—Ok, McCarthy. Sí, está todo en perfecto orden —aseguró con lo que creía era su voz más cordial y servicial—. La reunión de hoy ya quedó reprogramada. Tu jefe y el mío se reunirán mañana a la hora del almuerzo, ¿Está bien?
—Perfecto. ¿Eso es todo? —quiso saber su colega del otro lado del teléfono.
«No. Tírate a un pozo y ahí sí estaría todo» soltó mentalmente. Pero como siempre, guardó sus pensamientos para ella y respondió de forma completamente diferente:
—Sí, eso es todo. Buenos días, McCarthy.
—Buenos días, Fabray.
Colgó el teléfono y anotó en su libreta la cita pautada. La hora en su reloj pulsera marcaba casi las doce del mediodía, lo que indicaba que la hora del almuerzo estaba por dar comienzo. Por ende, la reunión con la camarera bajita de flequillo recto y su amiga, también. Debía confesar que, más allá de que haya sido la morena quien le brindó esa solución, realmente quería que esa reunión llegara a buen puerto. Necesitaba con ansias un nuevo hogar. Los encuentros sexuales de su compañera de piso habían cesado un poco pero la sensación de querer abandonar el departamento ya estaba instalado en su interior.
Quería cambiar de sitio ya.
Se colocó correctamente sus zapatos altos y encaró hacia la oficina de su jefe. Ese día corría con suerte, su superior no tenía «reunión» con ninguna de sus modelos, por lo que solamente tuvo que esperar unos segundos tras la puerta antes de escuchar un «adelante» frío y ronco. Tenía que admitir que, a pesar de ser un maldito adúltero, el idiota de su jefe tenía muy buen gusto a la hora de decorar su oficina. Todo muy minimalista, sí, pero los detalles en blanco y negro parecían ser suficiente para darle un toque elegante al lugar.
—Señorita —murmuró su jefe sin levantar la vista de los dossiers en su escritorio—. ¿Necesita algo?
—Sí, venía anunciarle que su agenda ya está reprogramada y también que es hora del almuerzo, señor.
— ¿Por fin aceptarás almorzar conmigo? —preguntó su jefe mirándola con una sonrisa coqueta que logró asquearla por completo.
—Lo dudo, mi chica y yo iremos a ver departamentos —respondió girándose sobre sus talones directo a la salida. —Y es su esposa con quien tiene que almorzar, no conmigo, señor.
Comenzaba a cansarse de la actitud lasciva de su jefe. La única razón por la cual seguía trabajando de secretaria para ese viejo asqueroso era porque necesitaba el dinero, de otra forma ya hubiese renunciado hacía tiempo. Llevaba tres años detrás de ese escritorio viendo entrar a modelos perfectamente arregladas y salir con el pelo revuelto, el labial corrido y limpiándose la comisura de los labios. Una imagen completamente deplorable. Para colmo, cuando el viejo se encerraba con esas modelitos de quinta, era ella quien tenía que decirle a la pobre y cornuda esposa de su jefe «Él no puede atenderla en este momento. Está en una importante reunión».
Sí, y qué reunión.
No podía evitar pensar en su padre cuando eso sucedía. Él también le había sido infiel a su madre, también le había mentido diciéndole miles de veces que tenía reuniones importantes, por eso o no llegaba a almorzar, o llegaba tarde a casa. Incluso a veces decía tener que pasar fines de semana fuera de su hogar por «temas laborales». La ilusa y estúpida Judy le creía como la buena esposa y madre demandante que era. Una razón más para querer salir de su casa lo más pronto posible. No entendía como Frannie podía ver todo eso, ver a su madre sufrir, a su padre jugar de esa manera, y ni siquiera inmutarse por eso.
Tampoco entendía porque una persona que dice amar a otra, la engaña y traiciona de esa manera tan atroz. Siempre llegaba a la conclusión que el ser humano es demasiado egoísta y arrogante como para pensar en los demás. Sobre todo un ser humano que se apellida Fabray.
—Hora del almuerzo, rubia —canturreó un joven asiático parándose frente a ella. Sacudió la cabeza saliendo de sus pensamientos—. ¿Almuerzas conmigo?
—No puedo, Mike. Tengo una reunión con una agente inmobiliaria y…
Fue en ese entonces que reparó en lo que había dicho en la oficina de su jefe. Contra todo pronóstico, sonrió de manera sarcástica. Solamente a ella se le ocurría pensar en soltar algo como eso para librarse de ese viejo libidinoso. ¿Ella y la camarera? Por favor, como se notaba que nadie en ese lugar la conocía realmente. De lo contrario habían reparado en dos cosas: la primera, no era gay. La segunda, en caso de que lo fuera, sus gustos estarían muy por encima de Rachel y su amiga a la que todavía no conocía.
— ¿Y? —apremió su amigo.
—Estoy buscando un nuevo departamento y la cita para ver algunos es hoy —terminó diciendo volviendo a su escritorio. Se colocó su americana blanca y luego tomó su bolso. Tras dejar todo su habitáculo en perfecto orden, se acercó a su amigo y le dejó una caricia leve en el hombro—. Pero volveré después del almuerzo. ¿Estarás en el laboratorio?
—Sí, hoy toca revelado. ¿Pasaras por allí al regresar?
—Sí.
—Perfecto, te veo allí o en el piso de exteriores, ¿Ok? —Asintió mientras caminaba alejándose del fotógrafo—. Ok, nos vemos luego. Cuídate, Quinn.
—Cuídate tú también, Mike —correspondió apretando el botón del ascensor—. Disfruta de tu almuerzo.
No supo si el fotógrafo agregó o no algo más a sus palabras porque el ascensor comenzó su descenso justo en ese preciso instante. Mientras esperaba que el viaje llegara a su final, rebuscó en su bolso asegurándose de que todo estuviera en perfecto orden. Una vez fuera de la agencia se colocó los auriculares y comenzó a caminar a paso lento. En momentos como esos deseaba tener automóvil, pero luego recordaba que no sabía manejar y se le pasaba.
Nickelback le hizo compañía durante todo el viaje, muchas veces con su Lullaby sonando más veces y más fuerte que las demás. Vio a varios transeúntes ir de un lado al otro a toda prisa, algunos adolescentes con una cámara filmadora en la mano haciendo tonterías y pensó «malditos vlogeros». El único momento en el que se sintió «contenta» fue cuando notó que un idiota, que parecía ser hijo de Michael Schumacher por la velocidad que llevaba, quiso rebasarla apresurando el paso. Obviamente no se lo permitió porque ante todo era una perra odiosa. Así que levantó su mentón y apuró el paso ella también dejando al tipo detrás. Lo escuchó gruñir y eso fue como recibir el regalo más espectacular del planeta. Cuando dobló la esquina miró hacia atrás y le sonrió al tipo de manera arrogante.
A medida que iba acercándose al Spotlight, iba mirando su reflejo en las vidrieras de las tiendas que adornaban la cuadra. Su falda tubo en color negro y su camisa blanca estaba en perfecto estado, sin una arruga. ¿Estaría mal si rajaba la falda en uno de los laterales, desataba algunos botones de su camisa y se soltaba el pelo? Eso último era otro punto aparte. Se tomó un mechón rubio, absurdamente largo, y lo miró durante largos segundos jugueteando con él. No era su primera opción, o la más sensata, pero pensaba que un corte de pelo no le vendría mal. Sacudió la cabeza alejando ese pensamiento y volvió a encaminarse al café-bar donde la camarera y su amiga estaban esperándola.
«Oh, por Dios» soltó mentalmente mirando hacia el Spotlight desde la vereda de enfrente. «Al Austin State se le escaparon dos pacientes»
Del otro lado de la calle, la morena y su amiga, una rubia bajita como la camarera —por cierto, ¿Todas las amigas de la joven iban a ser de esa altura?— estaban con un teléfono en la mano y haciendo caras hacia la pantalla. Caras que, se suponía, debían ser graciosas pero a ella no le arrancó ni siquiera el amago de una sonrisa. Con el pensamiento de «Se están sacando una estúpida selfie» cruzó la calle y carraspeó para hacerse notar.
— ¿Y a ésta que le pasa? —preguntó la rubia que acompañaba a Rachel. Le sostuvo la mirada el tiempo suficiente como para saber que la chica frente a ella tenía ojos verdes—. Tiene toda la vereda para cruzar.
La camarera se paró delante de su amiga cuando ésta avanzó un amenazante paso hacia Quinn. Debía admitir que la altura no era lo intimidante, lo que intimidaba era su cara de psicópata. El pensamiento de que esas dos chicas se habían escapado de un psiquiátrico volvió a surgir con mucho más énfasis en su cabeza. La pregunta era, ¿Debía llamar a Texas para que la gente del Austin State viniera en busca de sus dos pacientes pérdidas o dejaba las cosas como estaban? Optó por la última opción mientras se cruzaba de brazos y guardaba silencio sin responder a la provocación de la amiga de la morena.
—Ella es la chica sin… Quieta ahí, Kitty —ordenó la camarera forcejeando con su amiga hasta que ésta se quedó quieta—. Es la chica sin nombre, a quien acompañaremos a ver departamentos, ¿Recuerdas? —la rubia bajita asintió y la camarera se giró hacia ella—. Hola, chica sin nombre. Me disculpo en nombre de mi amiga, ella…
—No te disculpes por mí —interrumpió la otra desde atrás.
—Cállate, antisocial —replicó la morena poniendo los ojos en blanco—. Me disculpo por…
—Que no te disculpes por mí.
—No me disculpo por ti, sino por tu actitud.
—Es lo mismo que estar disculpándote por mí, duh.
Esta vez fue ella quien puso los ojos en blanco. No estaba para presenciar una «pelea de niñas», así que dejó que las otras dos discutieran afuera y ella entró al Spotlight a esperarlas. En el interior del lugar no estaba Dani para saludarla. En su lugar había un chico flaco, pálido, de mirada inquieta. La miró primero a ella y luego hacia afuera. A ella y luego afuera. A ella, afuera; a ella, afuera; a ella, afuera. Finalmente terminó sonriendo y bajando la mirada antes de dirigirse a uno de los clientes que llamó su atención. ¿Qué les pasaba a los camareros de ese café que sonreían todo el tiempo? ¿Les daban drogas antes de entrar a trabajar y por eso parecían asquerosamente felices? Eso explicaría por qué la camarera bajita no dejaba de sonreír en ningún momento.
—Hey, nos dejaste solas afuera.
Y hablando de Roma…
—Creo que son lo bastante grandecitas como para cuidarse por sí solas.
—Tenías razón —comentó la rubia amiga de Rachel mirando a la morena.
—Te lo dije.
Quiso saber qué era de lo que hablaban entre ellas pero tenía la leve sospecha de que ella sería el centro de esa charla. Frunció el entrecejo con molestia. No le gustaba que las personas hablaran a sus espaldas, sobre todo si iban a hacer chistes internos en su propia cara. Tampoco le gustaba que Rachel hablara de ella con los demás. ¿Quién era esa morena tamaño bolsillo para hablar de ella con sus amistades? No era nadie. Ella no iba por ahí hablando de la camarera con sus amigos, ¿O sí? ¡No, claro que no! Básicamente porque no tenía amigos con los cuales hablar respecto a la morena.
Notó la mirada de la amiga de Rachel sobre ella de manera inquisitiva y critica. Como si estuviera buscando algún defecto con el que pudiera burlarse de ella o hacerle sentir inferior. Conocía bastante bien esa mirada. La había sufrido durante toda su vida por parte de su familia. Sobre todo por parte de Frannie y de su padre. Judy era un poco más sutil a la hora de mirarla de esa forma y, aunque pareciera algo ilógico o absurdo, estaba agradecida de que así fuera. De repente, la mirada de la amiga de la camarera cambió. En su lugar apareció una media sonrisa y un guiño de ojos dirigidos hacia ella.
—No se te permite coquetear con clientes, Kitty —comentó la morena de manera seria.
— ¿Esa norma se aplica también para ti? —Replicó la rubia quitándole la mirada, por fin, de encima para dirigirla hacia su amiga.
—Yo no coquetee con ell… con quien tú sabes —aclaró la morena removiéndose extrañamente incomoda. O al menos eso le pareció a ella—. ¿Podemos volver a lo realmente importante? No podemos tener a la chica sin nombre esperando todo el tiempo.
¡Por fin aquella morena bajita dijo algo con sensatez! Aunque decidió pasar por alto ese «Además, tengo hambre» que soltó la joven al final de su frase. No entraba en sus planes almorzar con esas dos chicas. Ni en ese momento, ni nunca. Y casi que agradeció cuando la rubia amiga de la camarera exteriorizó sus mismos pensamientos con un simple «Comerás más tarde. Ahora no hay tiempo que perder».
Tendría que haber sospechado que la cosa no se quedaría ahí.
—Muero de hambre —se quejó la morena por enésima vez.
Todo el camino fue quejándose, desde que salieron del Spotlight. La galleta que la rubia psicópata había tomado con la promesa de «Rachel lo pagara luego» de la barra parecía no haber sido suficiente para el estómago de la morena. Todo el camino canturreó que tenía hambre. Era como salir con un niño al que le prometen un helado y todavía no se lo dieron. Ni siquiera Alex se comportaba de esa manera. Para colmo, la búsqueda de vivienda no estaba dando buenos resultados y eso la exasperaba muchísimo más.
— ¿Piensas quejarte mucho tiempo o tu berrinche de nena malcriada se terminará pronto? —escupió completamente molesta cinco pasos más adelante de la camarera. Se giró sobre sus talones, con la mirada fría y los labios fruncidos y, tras haber rebuscado en su bolso, le ofreció a la morena lo que había sacado de su interior—. Toma, espero que esto sea suficiente para entretener tu quejoso estómago.
— ¿Una barra de cereal? ¿Me estas ofreciendo una maldita barra de cereal?
—Ilumíname, rubia —pidió ignorando a la morena y mirando hacia la amiga de ésta, la rubia bajita de sonrisa psicópata—. ¿Cómo es que la soportas? —No esperaba respuesta por parte de la joven, así que agregó—: ¿Qué lugares nos quedan?
—Hmm… Bushwick y Ridgewood, ¿A cuál quieres ir primero?
—A cualquiera que me libre de tu amiga y su estómago.
—Eh, rubia, bájale a la mala onda, ¿Quieres? —intervino la camarera con el entrecejo fruncido y una expresión dolida en su mirada. O a lo mejor fue su imaginación, porque tras haber parpadeado, esos ojos marrones volvieron a tener ese poder de hacerle sentir incomoda—. Si no me quieres cerca de ti solo tienes que decirlo.
La camarera pasó por enfrente de ella y estampó la barra de cereal en su pecho con una fuerza que no sabía que poseía. Esta vez fue la joven quien caminó varios pasos más adelante sin girarse a mirarla en ningún momento. Algo que le pareció raro. Y también, aunque le costara admitirlo, le hizo sentir culpable. La morena estaba ayudándola y, ¿Ella no podía soportar escuchar decir a la chica que tenía hambre? Estaba en todo su derecho de expresarse, aunque eso la sacara de quicio. La morena no tenía la culpa de su odiosa personalidad. Así que, dejando a su orgullo a solo unos dos pasos al costado, se acercó a la joven y la tomó de la mano.
—Aliméntate, no quiero tener que cargar contigo desmayada durante lo que queda de viaje —soltó colocando la barra de cereal nuevamente en la mano de la morena.
Ahora fue su turno de ir varios pasos por delante de la camarera, seguida de la amiga de ésta última. Su orgullo Fabray no le permitía pedirle a la morena que se quedara pero esperaba que entendiera el mensaje detrás de la barra de cereal. La razón por la que quería que la joven siguiera el recorrido con ella era porque no le apetecía compartir demasiado tiempo a solas con su amiga rubia de rostro psicópata.
— ¿Quién puede vivir en este cuchitril? —se burló cuando llegaron a un desvencijado edificio en Bushwick.
—Nosotras, Burro de Shrek —respondió Rachel tomando a su amiga del brazo antes de entrar al lugar.
Eran pocas las veces en las que metía la pata y pedía que la tierra se la tragara por completo. Esta fue una de esas veces. Pero como no era una persona de pedir disculpas, no lo haría. Simplemente, de ahora en adelante, se guardaría sus comentarios despectivos para sí misma, y listo. Ese incomodo momento no volvería a ocurrir.
Lo destartalado de afuera, se reflejaba también en el interior pero solo por partes. Sobre todo en el primer piso. Ya en el segundo y el tercero las cosas iban mejorando. Por un comentario de parte de la rubia psicópata, supo que la joven vivía en el tercero. Por ende, y recordando detalles de una de las pocas conversaciones nocturnas en el Spotlight, la morena también vivía allí. El departamento que iban a ver estaba en el cuarto piso.
En cuanto puso un pie en el interior, completamente vacío, supo que ese iba a ser su nuevo hogar. No sabría explicar por qué, simplemente así lo sintió. Supo que la amiga de la camarera le hablaba de vaya uno a saber qué pero no estaba prestándole demasiada atención. Estaba más concentrada en imaginarse donde iría cada mueble, qué habitación se convertiría en su dormitorio, en cambiar esas horripilantes cortinas purpuras que colgaban de las ventanas, en donde pondría su mini biblioteca personal, y un sinfín de cosas más.
Sí, esa iba a ser su nueva casa.
El problema estaba en que compartiría edificio con la morena.
Se había acostumbrado a no hablar con nadie más allá de los dos o tres allegados que formaban parte de su rutinaria vida. Y con dos o tres se refería a Mike, su amigo fotógrafo, y a Mandy, su compañera de piso. Pocas veces su ex novio había sido el número tres de esa corta lista, siempre y cuando no hablara de su chalina. Así que no le apetecía mucho la idea de saludar a la morena o a su amiga cuando se las cruzara por los pasillos del edificio. Si eso sucedía, su lista de contacto con personas pasaría de ser de dos a ser de cuatro. O cinco, si se tomaba en cuenta su ex novio hípster.
Dejó que las dos amigas hablaran entre si y ella se dirigió a una de las ventanas. Tomó un pañuelo descartable de su bolso y lo utilizó para correr la prenda a un lado. El edificio no estaba ubicado en la mejor zona de la ciudad, eso era obvio, pero presentaba una vista bastante agradable. No era como mirar hacia Central Park o alguno sitio similar, pero era eso era lo de menos. Después de todo, jamás fue demasiado amante de ese tipo de lugares concurridos por abundancia personas. Prefería la vista de los dos o tres transeúntes que pasaban en ese momento por la vereda de enfrente.
—Desde mi piso se ve casi lo mismo —comentó la camarera parándose a su lado. Se giró para mirarla pero la joven no estaba mirándola a ella, sino que había perdido su mirada en la ventana.
Era la primera vez que la tenía tan cerca, a pocos centímetros, lo que le permitió observarla mucho mejor de lo que había hecho hasta ese momento. Sus pómulos estaban ligeramente marcados, con pequeño rubor rosa adornándolos, su nariz seguía siendo particularmente excepcional y sus labios estaban curvados ligeramente hacia arriba. Pero definitivamente lo que llamó su atención fueron los lunares casi imperceptibles en la mejilla izquierda de la camarera, el perfil que estaba viendo. Eran dos, uno más grande que el otro pero aun así seguían siendo…
— ¿Y? ¿Qué opinas de este? —preguntó la amiga de la morena sacándola de sus pensamientos e interrumpiendo su calificativo respecto a los lunares de la joven.
Sacudió la cabeza alejando la imagen de la morena de su mente y se enfocó en lo que la rubia psicópata frente a ella estaba preguntándole. Su opinión más sincera hubiera sido decirle que el lugar estaba hecho un asco, sobre todo con esas cortinas purpuras, pero se conocía a sí misma y sabía que en cuanto ella pusiera un pie dentro del mismo, días después y con la certeza de que ya era suyo, todo eso cambiaría. Se imaginó a si misma sacando fotografías del lugar comparando un antes y un después, y ni siquiera el hecho de saber que compartiría edificio con la morena pudo borrar la sonrisa que apareció en sus labios tras esos pensamientos. Antes de contestar a la pregunta, le regaló una última mirada a todo el departamento deteniéndose, vaya uno a saber por qué, en el rostro de la morena que la miraba expectante.
—Quiero este —sentenció sin quitar la vista de los dos océanos marrones frente a ella que tenían como dueña a una morena bajita—. Este departamento será mi nuevo hogar.
—La cena está lista, Quinn —gritó su compañera de piso desde la cocina.
— ¡Ya voy! —respondió.
Pero no era su intención unirse a la chica rápidamente. Volvió a su refugio bajo el chorro frío de agua con intenciones de retomar lo que estaba pensando antes de que su roommate la llamara. Un resoplido se le escapó de sus labios al no poder recuperar el hilo de sus pensamientos, por lo que terminó abandonando la ducha completamente fastidiosa.
En el comedor se encontró con Mandy poniendo la mesa mientras tarareaba en voz baja alguna canción de esas modernas con buen ritmo pero con letras de mierda. Antes de que el amago de sonrisa que quiso aparecer en sus labios se concretara, dejó de mirar a la chica y se enfocó en otras cosas. Ayudar a poner la mesa, por ejemplo.
Debía admitir que, sacando su lado ninfómano casi enfermizo por el sexo, la castaña de ojos verdes parecía ser la roommate que toda persona desearía tener. Se levantaba más temprano que cualquiera, preparaba el desayuno, era buena anfitriona, se encargaba del almuerzo y la cena, de la limpieza del departamento y también del resto de quehaceres que a ella no le gustaba realizar. No era de extrañar a las personas —porque eso significaba ser emocional, y ella no era emocional— pero definitivamente iba a notar la ausencia de la chica cuando ya no viviera con ella.
— ¿Tinto o blanco? —preguntó Mandy con una botella de vino en cada mano.
Pudo haber respondió que agua estaría bien para ella, como había hecho las veces anteriores, pero la sonrisa de su roommate y el pensamiento de que no le quedaba muchos días a su lado le hicieron ceder un poco en su postura. Así que se encogió de hombros y se sentó a la mesa a la espera de que Mandy se le uniera.
—Entonces, ¿Cuándo te mudas? —preguntó la castaña como si nada, pero incluso ella pudo notar el tono lastimero en la voz de la joven.
Por alguna extraña razón no había sido fácil decirle a Mandy que se mudaba de departamento. En cuanto se lo dijo a la chica, soltando un «Voy a irme de aquí» —el día anterior tras haber pensado decenas de formas de darle la noticia—, supo que la poca relación que mantenía con su compañera de piso se había roto. Y de la peor manera. Notó el brillo de molestia en los ojos de su roommate y estuvo segura que la joven se mordió la lengua para no gritarle un irónico «Gracias por dejarme sola». Mandy no iba a entender que era preferible la soledad a su compañía hasta que experimentara tal cosa. En ese momento la joven podía estar molesta, o lo que fuera que estuviera sintiendo, pero al final terminaría agradeciéndoselo. Estaba sacándole un peso de encima al dejarla viviendo sola.
—La semana que viene —respondió llevándose un bocado de lasaña a la boca.
El silencio que reinó después de ese comentario fue demasiado incómodo, incluso para alguien como ella que adoraba los silencios. Bebió un trago de vino tinto y clavó su mirada en Mandy que parecía querer mirar a cualquier lado menos hacia donde ella estaba. No supo por qué pero sintió pena por la chica.
—Tú no tienes nada que ver en mi decisión —soltó llamando la atención de su compañera. No estaba bien que le mintiera, pero no le apetecía cargar también con la mirada de tristeza de la joven al decirle que se cansó de encontrarla teniendo sexo por toda la casa—. Es solo que tengo veintisiete años, y tú tienes veintitrés. Mis gustos y mis espacios no son los mismos que los tuyos. Tú necesitas convivir con alguien que tenga un ritmo de vida similar al que tú tienes…
—Ya lo sé —murmuró Mandy sin despegar los ojos de su plato—. Pero me gusta vivir contigo.
Sintió algo parecido a la ternura en cuanto la chica dijo eso. Jamás nadie había expresado que disfrutaba de su compañía aunque no hiciera nada más que guardar silencio y ocupar espacio. Sintió una punzada de culpabilidad en su pecho pero como no se caracterizaba por dar marcha atrás en sus decisiones, simplemente frunció el entrecejo y carraspeó antes de continuar. Aunque no sabía muy bien qué decir.
Mandy parecía ser una joven fuerte, independiente, segura de sí misma —sobre todo de su cuerpo si lo exponía así como así—, pero nadie iba a borrar, ni podría, el día que la descubrió llorando por vaya uno a saber qué. De ese recuerdo ya hacía año y medio. Ni siquiera preguntó las razones, y como no era —ni sigue siendo— buena en eso de tratar de consolar a las personas, simplemente quiso huir de allí. Antes de que pudiera hacerlo, Mandy estaba abrazándola por la cintura pidiéndole que no la dejara. Se veía tan pequeña, tan vulnerable, tan rota, que hizo lo que no había hecho en mucho tiempo: abrazar a una persona.
Dejar a Mandy sola en ese departamento podía significa que la chica no tuviera a quien abrazar si otro episodio de llanto volvía a ocurrir, pero ese ya no era asunto suyo. No tenía por qué preocuparse por los demás. La castaña sabría cuidarse sola. Y si no, podría pedirle a alguno de sus amantes de turno que lo hiciera.
—Mi prima se mudará a la ciudad y necesitará departamento. Quizás pueda ofrecerle el lugar que tú dejas, ¿No? —Escuchó decir a Mandy que ésta vez sí la miró a los ojos, como si buscara algo en su mirada—. Ya sabes, ella necesita un sitio donde vivir y yo necesito una nueva compañera de piso. No será lo mismo que tú pero…
—Suena a buen plan —comentó con una sonrisa que, aunque ni ella lo creyera posible, era completamente sincera.
Que Mandy planeara pedirle a alguien que viviera con ella, de cierto modo la dejaba un poco más tranquila. No es que le preocupase, pero por lo menos la chica tendría un hombro donde llorar si eso volvía a pasar, y ella no se sentiría absurdamente culpable por «abandonarla a su suerte». Todos salían ganando con ese nuevo cambio.
Terminaron el resto de la cena en completo silencio, algo que definitivamente no extrañaría cuando se fuera de allí. Ayudó a Mandy a lavar los platos y a ordenar el comedor pero en cuanto la joven le invitó a tomar un trago fuera del departamento, lo rechazó. «Hasta ahí llega el límite de amabilidad» señaló una voz en su cabeza y ella le hizo caso. Salir con su roommate le daría pie a ésta de pensar que podían iniciar una amistad. Nada más lejos de la realidad. Una cena, un par de palabras entre ella estaba bien. Un trago en algún bar de la ciudad, estaba mal. Completamente mal.
—Creo que no deberías llevarte el auto si vas a beber —comentó desde el sofá viendo cómo, casi una hora después de la cena, Mandy se preparaba para salir. Aun sin despegar la vista del televisor pudo notar la mirada de la castaña sobre ella—. A menos que haya un conductor designado dentro del grupo.
—Hmm… No, no lo hay.
—Entonces no deberías salir con el auto. Solo por si acaso. Si quieres te doy dinero para el taxi.
—Tengo dinero, gracias —rechazó su roommate antes de abrir la puerta—. Pero tienes razón. Tomaré un taxi, solo por si acaso.
—Solo por si acaso —repitió aparentando indiferencia tras haber escuchado como las llaves del auto caían en la pequeña bandeja metálica que estaba en entrada.
Mandy se despidió con un «Te veo luego» pero quince segundos más tarde volvió a entrar, se tiró a su lado en el sofá y, sin darle tiempo de reacción, la abrazó por la cintura. No era alguien de recibir abrazos, mucho menos de darlos. Así que se quedó un momento en shock antes de corresponder, con gruñido interno de por medio, torpemente el gesto.
—No sé quién me cuidará cuando te vayas —comentó Mandy en voz baja aferrándose más fuerte a su cintura.
—Tendrás que aprender a cuidarte sola, Mandy —soltó separando a la joven de ella—. El mundo es una mierda, sobre todo si tienes que depender de alguien para que te cuide. Ni hablar de que eso es completamente egoísta. Además, ¿Quién va a cuidarte mejor que tú misma?
—Cuando vuelvas a creer en la vida y en sus cosas buenas, búscame. Me gustaría tomar un trago con esa Quinn positiva y alegre —indicó la castaña con una sonrisa en los labios. Se acercó nuevamente a ella y, ésta vez, le dejó un beso en la cabeza—. No me quejo de cómo eres ahora, pero realmente me hubiera gustado conocerte antes de que odiaras al mundo.
Y sin más se fue. Mandy soltó así como así esa «bomba» y desapareció de su vista antes de que todo explotara. Seguramente porque sabía las consecuencias de ese comentario. Si se quedaba la asesinaría con la mirada y le soltaría su frío y característico «Tú no sabes nada». Porque era cierto, su roommate no sabía nada acerca de ella. Por ende ni siquiera sospechaba que jamás de los jamases hubo una Quinn que no odiara al mundo.
Que el mundo era un completo asco lo tuvo en claro desde mucho antes de entrar en su adolescencia. Cuando comenzó a notar la falsedad que se escondía detrás de ese matrimonio perfecto que fingían ser sus padres, o la inverosímil amabilidad que Frannie depositaba en ella. Mandy no conocía nada de eso, ni lo conocería tampoco. Así que la joven se cansaría de esperar ese trago.
Antes de comenzar a rabiar, gruñir y molestarse más decidió que lo mejor era ver alguna película de acción donde hubiera sangre, muerte, drama y gritos por doquier. 300 y 300: Rise of an Empire tenían todos esos ingredientes, además de tener a Eva Green y Lena Headey, por supuesto. No sintió nada de culpa cuando pasó casi cuatro horas comiendo palomitas de maíz disfrutando de las sangrientas películas, pero el dolor de estómago comenzaba a sentirse. «Demasiada azúcar», pensó. Así que, antes de que la última película llegara a su fin apagó el DVD y decidió salir a tomar un poco de aire.
Jared Leto, junto con su 30 Seconds To Mars, le hizo compañía durante todo el camino hasta la puerta del Spotlight. Le tomó por sorpresa encontrarse allí porque cuando pensó en tomar aire no se refería a que quería terminar yendo a aquel sitio. Rachel estaría allí y extrañamente tenía la sensación de que la morena no sabía el significado de las palabras «dar espacio». Lo menos que necesitaba en ese momento era que la joven penetrara con su desquiciante y desbordante alegría en su burbuja personal.
Al llegar no entró directamente, sino que se ocultó en uno de los laterales y observo a través de la ventana. Dani estaba en la barra como siempre, por como movía la boca y la cabeza rítmicamente supo que dentro del lugar había música. No había muchos clientes, seis o siete tal vez, pero ninguno de ellos estaba siendo atendido. Quizás porque ya lo habían sido con anterioridad. Bajó la mirada a su reloj pulsera y comprobó que eran casi las dos de la madrugada. Rachel ya debería estar allí. Entonces, ¿Dónde estaba que no la veía?
Avanzó unos pocos pasos —ocultándose siempre en los pilares que había entre ventana y ventana—, hasta que pudo ver a través de los cristales la mesa donde ella se sentaba habitualmente. Por alguna extraña y estúpida razón, tragó saliva al ver que no estaba vacía, sino que estaba siendo ocupada por nada más y nada menos que la morena. Tampoco supo por qué la chica tenía la mirada perdida hacia la calle, como si buscara algo. Luego se mordía el labio, suspiraba y lanzaba a la nada una mirada que ella la asoció con la decepción. Como si estuviera esperando algo y ese algo jamás llegara. La secuencia se repitió varias veces.
Dicen que cada persona es un mundo y ella llegó a conocer varios mundos a lo largo de su vida, pocas veces por iniciativa propia y otras muchas veces porque no le quedaba opción. Por ende Rachel —se sorprendió a si misma al notar que podía decir el nombre de la joven sin balbucear o tartamudear— representaba un mundo. La pregunta estaba en si conocería a ese mundo por iniciativa propia o porque no le quedaba otra. Ni siquiera se cuestionó el si quería conocerlo porque en cuanto su cuerpo abandonó su escondite y sus pies comenzaron a deslizarse hacia el Spotlight supo que esa pregunta ya tenía respuesta.
La estúpida campanilla que colgaba en la entrada del café-bar la delató. Le hubiera gustado entrar y sorprender a la morena en su mesa, ponerla nerviosa, incomodarla como le incomodaba a ella esos dos mares chocolates cada vez que la miraban. Aun así, a pesar de no haber podido hacer eso, ocultó una sonrisa complaciente cuando notó de soslayo como la joven se ponía rápidamente de pie y simulaba limpiar la mesa que segundos antes había ocupado. A diferencia de otras noches, no fue directamente a la barra. Sus pies la guiaron hacia uno de los laterales.
— ¿Puedo saber qué hacías sentada en mi mesa? —preguntó completamente seria y con una ceja en alto. Nuevamente reprimió una sonrisa al ver a Rachel moviendo la boca sin que ni una palabra saliera de ella.
—No sé cómo… —la morena carraspeó antes de continuar—: No sé cómo sea en tu mundo, pero aquí se saluda cuando se llega a un lugar. Buenas noches, chica sin nombre.
—Tus buenos modales no te salvaran de responder mi pregunta.
—Tus tendencias posesivas no se aplican en este lugar —replicó la camarera avanzando un paso hacia ella—. Por si no lo sabías, y sin ánimo de querer romperte el corazón, tu lugar no es solo tu lugar. Por las mañana viene un profesor de Historia a tomar su desayuno antes de irse a clase y se sienta aquí —señaló, sin quitarle los ojos marrones de encima, el lugar donde se sentaba ella habitualmente—. Así que, técnicamente compartes el lugar con decenas de personas. No es solo tuyo, chica sin nombre. Ahora sí, buenas noches de nuevo, ¿Quieres algo de beber?
—Hmm… sí —respondió bastante perdida en la forma en que la morena le replicó—. Un…
—Dark Roast, ¿Cierto? —asintió más perdida aun. Seguramente se reflejó en su rostro porque la camarera se explicó mejor—: Oh, no. Yo no presto atención a esos detalles. Es Dani quien tiene mejor memoria recordando lo que toma cada cliente por las noches. Sobre todo una rubia que viene todos los días desde hace poco menos de un mes. Veintidós días, para ser exactos.
— ¿Llevas la cuenta de las noches que llevo viniendo aquí? —preguntó y no supo por qué sintió ganas de sonreír.
—No, yo no. Dani es quien lleva la cuenta.
Adiós a las ganas de sonreír.
— ¿Y por qué Dani lleva la cuenta? ¿Acaso le intereso? —indagó sentándose en su mesa antes de lanzar una mirada hacia donde estaba la camarera rubia.
—Puede ser, pero no te sientas especial. Dani es así con todo el mundo, incluso con los perros abandonados en la calle —comentó la morena sacando el bloc de notas del bolsillo delantero del delantal.
— ¿Y tú? ¿Cómo eres con los perros de la calle?
—Me gustan, no para dominarlos sino para curarlos y dejarlos que luego decidan ellos, una vez curados, si se quedan a mi lado o no. Ahora mismo estoy algo intrigada con uno de pelaje sedoso y brillante, cascarrabias todo el tiempo, bastante gruñón y solitario. Parece a punto de atacarte todo el tiempo…
—Quizás no le gusta que le molesten —interrumpió encogiéndose de hombros. Ella si fuera un animal, de cualquier tipo, no le gustaría que le molestaran. Así de simple.
—O quizás lo lastimaron y por eso ahora no confía en nadie —observó la morena con un halo de tristeza rodeándola. Suspiró antes de agregar—: Entonces, te sirvo el Dark Roast, ¿Sí o no?
—Sí, por favor.
Se perdió en sus pensamientos mientras veía a la camarera alejarse de ella. Tenía que admitir que esa expresión de tristeza en el rostro de la joven llamó por completo su atención. Por lo general era la que más sonreía de todos los que estaban allí, pero esa noche esa sonrisa no estaba. Había una, sí —porque esos camareros del Spotlight parecían demasiados drogados como para dejar de sonreír—, pero no era la misma que irradiaba calidez todo el tiempo. No es que le haya prestado atención a la joven, sino que... era una persona observadora.
Recordando retazos de la conversación con la camarera, buscó a Dani con la mirada. Se la encontró durmiendo en una de las mesas del piso de arriba. Seguramente estaba demasiado cansada como para encargarse del lugar y confiaba en que Rachel lo hiciera mientras ella reponía energía. No le quitó la mirada de encima a la joven dormida en ningún momento mientras su mente no dejaba de pensar. No, Dani no estaba interesada en ella. Podía sentirlo. Quizás era una perra sin corazón que no creía en el amor ni en las buenas intenciones de las personas pero podía notar cuando alguien se interesaba por ella, y Dani no lo estaba.
La que si estaba interesaba era la morena, pero estaba interesada en ese perro que había mencionado. Los animales, sobre todos los caninos, son demasiados fieles como para volver una y otra vez con la persona que los rechazó y los lastimó, hasta que llega un momento en que su amor propio hace aparición y ya no regresan. Quizás el perro que tan intrigada tenía a la morena fue y volvió tantas veces que se cansó de ser maltratado y por eso ahora prefería a la soledad como compañía.
Si el perro la conociera, seguramente se sentiría reflejado en ella, y viceversa.
—Tu café, chica sin nombre —indicó la morena apareciendo de la nada e interrumpiendo sus pensamientos. Alrededor de ellas solamente había dos o tres clientes—. Como veras no hay muchas personas, así que… ¿Puedo sentarme contigo?
«No» respondió mentalmente antes de lanzarle una mirada a todo el lugar menos a la morena frente a ella.
No le apetecía tener compañía esa noche. Lo que dijo su compañera de piso seguía muy presente en su mente aun. Se conocía a si misma lo suficiente como para saber que desataría su bronca con cualquier persona que se pusiera ante ella. Como la vez que discutió con su padre —el último año antes de que se descubriera su infidelidad— y terminó descargando su bronca con Frannie. Aun desviaba la mirada cada vez que veía la pequeña cicatriz en el pómulo izquierdo de su hermana mayor.
Además, no era buena compartiendo espacio con las personas porque siempre caía en un incómodo silencio por falta de iniciativa a la hora de iniciar una conversación. Nunca sabía qué decir para comenzar a hablar, ni siquiera algún tema que le interesara. Básicamente porque la otra persona no le interesaba lo suficiente como para querer averiguar detalles de su vida. Así que no, no le apetecía conversar con las personas.
Por otro lado, pensó que quizás esa vez sería diferente por el simple hecho de ser la morena con quien compartiría espacio. Si algo comenzaba a aprender, o a notar, era que la joven no parecía ser ese tipo de personas que se quedaba quieta en el lugar tras ser rechazada, sino más bien parecía ser del tipo «insistente». Y no quería tener a la camarera detrás de ella insistiéndole. Así que simplemente asintió junto con un movimiento de su mano y un irónico «Adelante, toma asiento. Eres completamente bienvenida».
La morena se sentó frente a ella soltando un sonriente «Buenas noches, Jeff. Ten cuidado al manejar» dirigido a uno de los clientes que se despidió. El hombre con gorra visera y camisa de leñador correspondió con una sonrisa también. Luego de eso, la brisa de afuera se coló en el interior y el cliente se perdió de vista.
—Es camionero, viaja todo el tiempo a lo largo del país —indicó la morena. ¿En serio? ¿Qué le importaba a ella la vida de ese tipo?—. Son muy pocas las veces que está por la ciudad, mayormente cuando anda por aquí viene a visitarnos a Dani y a mí. Siempre nos trae algún recuerdo de sus viajes. Y antes de que pienses mal… no, ninguna de las dos se acuesta con él. Es más bien como un tío lejano. Ese al que ves de vez en cuando en los casamientos o en los funerales pero al que, por alguna extraña razón, siempre echas de menos.
No hizo comentario alguno respecto a eso. No lograba recordar tener un tío que cumpla con esas características. Su padre y el tío Ben habían dejado de tener contacto mucho antes de que ella cumpliera los diez años. De no haber sido por el resto de la fotografía quemada que encontró entre las cenizas que había en la chimenea, jamás hubiera sabido siquiera que existía un «tío Ben». Sacudió la cabeza antes de prestarle atención a la morena frente a ella. Extrañamente la joven no había vuelto a hablar, sino que clavó sus ojos marrones en ella.
Apretó la mandíbula y correspondió, a duras penas, la mirada chocolate de la camarera frente a ella. Tenía que admitir que hacía tiempo que no miraba a alguien a los ojos durante tanto tiempo. La última vez que lo había hecho fue cuando… ¿Cuándo fue la última vez? No, definitivamente no lo recordaba. Cuando volvió a su concentración en los ojos de la morena, ésta había dejado de mirarla fijamente. En su lugar, comenzó a pasear la mirada por todo su rostro. Como si buscara algo.
— ¿Qué? ¿Tengo algo en mi bella cara? —Preguntó con una ceja en alto—. ¿O se te perdió algo?
—A ti sí se te perdió algo: la modestia —respondió la camarera sin dejar de mirarla. La sonrisa que bailó en los labios de la chica llamó su atención—. Y no, no tienes nada en tu, repito palabras textuales, «bella cara». Simplemente estaba haciéndome preguntas mentales. Eso es todo.
— ¿Qué tipo de preguntas?
—Ninguna que se pueda compartir. No aun —murmuró la camarera mirando a la mesa antes de volver a clavar sus ojos marrones en ella—. ¿Cuándo te mudas?
Esa era la pregunta de la noche, ¿O qué? ¿Desde cuándo al mundo le interesaba saber el momento exacto en el que iba a cambiar de hábitat? ¿Cuándo había sacado la cabeza del suelo y se había hecho notar? ¿Quién le había dado permiso a la morena de preguntar algo así? Que Mandy lo preguntara estaba bien porque era su compañera de piso, pero… ¿La morena? La joven no era nadie en su vida como para necesitar ese tipo de información.
— ¿Tu amiga no te lo dijo? —cuestionó tomando un trago de su café. Casi lo escupió al darse cuenta lo frío que ya estaba.
—No —respondió la morena poniendo los ojos en blanco—. Dice que es confidencial o algo así. Política de la inmobiliaria. Al igual que tampoco quiso decirme tu nombre, pero creo que eso lo hace para molestarme.
—Tu amiga comienza a caerme bien —comentó con una media sonrisa. La morena frente a ella la miró con los ojos entrecerrados antes de gruñir por lo bajo—. ¿No tienes clientes que atender? —La joven frente a ella miró alrededor antes de negar con la cabeza—. ¿No deberías despertar a tu amiga?
—Eso sí debo hacer —señaló la morena con una sonrisa amigable—. Pero lo hare dentro de unos minutos. Ahora quiero saber si ya tienes quien te ayude a empacar tus cosas antes de la mudanza.
Esas palabras la tomaron por sorpresa. Hasta el momento no había pensado en eso. Dio por hecho que lo haría sola, solo que no sabía que día comenzaría. Tenía previsto un viaje a Lima para el fin de semana, así que cuando volviera tendría que ponerse directamente a empacar sus cosas. A Mandy no iba a pedirle ayuda porque estaba segura que la chica sacaría el contenido de las cajas a medida que ella iba llenándolas.
—Lo hare sola —escupió sin saber por qué respondía honestamente a la pregunta de la joven.
— ¿Sola? ¿No tienes algún amigo o amiga que te ayude?
— ¿Crees que soy el tipo de personas que tiene amigos? —preguntó frunciendo los labios y una ceja en alto. La morena frente a ella abrió los ojos como platos y tomó asiento nuevamente.
— ¿No hay amigos? ¿Nadie? —insistió la morena. Ella ni siquiera se molestó en responder —. ¿Ni siquiera un Michael?
Le tomó un par de segundos entender de quien hablaba la camarera. Cuando lo supo, sonrió para sus adentros. No era algo que le pasara habitualmente pero le gustaba cuando las personas hablaban haciendo referencias literarias, o mencionaban alguna frase de algún libro que ella ya había leído con anterioridad.
—No, no hay ni siquiera un Michael —respondió con un resoplido de por medio—. Pero hubo un tiempo una Santana.
— ¿Qué pasó? ¿Se suicidó?
Ahí estaba el otro dato literario que extrañamente estaba esperando. Como también estaba la facilidad con la que soltó la lengua al mencionar aquel nombre frente a una joven a la cual no conocía, con quien prácticamente no tenía relación alguna más allá de ser camarera-cliente. Y no planeaba tener alguna que excediera ese título. Al menos no conscientemente.
—No, no se suicidó —murmuró sintiendo como todo su interior se oprimía. Bajó la mirada y jugueteó con sus dedos en la mesa antes de agregar—: Pero se casó, ¿Acaso no es lo mismo?
Era la primera vez que hablaba de ese tema con alguien que no fuera ella misma y cuando sintió que los ojos comenzaban a picarle y una mano invisible le apretaba el estómago sin compasión alguna, supo que era un tema que aún no estaba superado. Y quizás jamás lo estaría.
—Esa chica… Santana, es importante, ¿No es así? —indagó la morena.
Seguramente la joven preguntó por mera y genuina curiosidad, sin ningún tipo de maldad, pero la tristeza, la molestia y el dolor ya se habían colado dentro de ella y no había nada que pudiera revertirlos. Apretó los puños con fuerzas y se puso de pie rápidamente. Comenzó a caminar hacia la salida sin detenerse a despedirse de la morena que, pudo sentir en su nuca, no le había quitado la mirada de encima. Ni siquiera fue consciente de que se había ido sin pagar el café hasta muchas horas más tarde, cuando ya había llegado a su departamento y se había encerrado en su habitación a llorar, como cada vez que los recuerdos la invadían.
Dicen que llorar alivia el alma. Ella, abrazada con fuerzas a su almohada y sollozando entrecortadamente, se preguntaba cuántas veces más debía llorar para que la suya por fin se sintiera libre. Santana estaba muy lejos de su vida y, a pesar de necesitarla a veces, la joven ya no iba a volver. Ni siquiera para ayudarla a empacar sus cosas.
Hola!
Gracias, muchísimas gracias, a todos por el buen recibimiento que le dieron a la historia. Por las lecturas, los favs, los followers y por sobre todas las cosas, por los comentarios!
Aviso: TODA la historia (o lo que llevo escribiendo hasta ahora) es contado desde la perspectiva de Quinn. La perspectiva de Rachel está siendo escrita pero aun no me decido si será incluida en mitad de la historia, sobre el final o si directamente será publicada en un apartado de pocos capítulos. Es algo que debe ser consultado. Eso no significa que no conozcamos a Rachel, a quienes la rodean, cómo es, etc., ¿Se entiende?
Ya saben, cualquier cosa que quieran decirle lo hace en un comentario, en la pagina de Fb o en Twitter.
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Hasta el próximo martes!
