N/A: No tenía muy claro cómo continuar la historia, pues en estos momentos me encuentro de bajón, pero fue ponerme a leer poemas victorianos y me iluminó la inspiración... O las musas decidieron apiadarse al fin de mí. Aquí está el tercer capítulo...

Capítulo III – Esa lady, Nostálgica

A la partida de Monsieur
(On Monsieur's Departure)

Sufro sin enseñar mi descontento,
Y amo, aunque deba aparentar odio.
No me atrevo a expresar mis sentimientos,
Parezco muda, aunque por dentro hablo.
Soy y no soy, en llamas me congelo,
Pues he dejado de ser yo, no soy más mía.

Este dolor es como mi sombra,
Me sigue al vuelo y vuela si la sigo,
Me acompaña y hace lo que hago,
Y me aflige su pena, que comparto.
No hay manera de alejarla de mi pecho
Hasta que el fin de las cosas la destierre.

Insúflame una pasión más tierna
Pues blanda soy, nieve derretida,
O sé cruel, amor, y así sé amable:
Deja que flote o permite que me hunda.
Hazme vivir con un dulce deleite,
O déjame morir para que olvide que he amado.

(Elizabeth I de Inglaterra)

Tristes eran los pensamientos de la joven condesa Phantomhive.

Solo podía pensar en poemas que, en cierta medida, reflejaban parte de su dolor.

Pasaba el tiempo como podía, entre su hijo y su esposo, o ocupada entre libros de su adorado Nietzsche, prefiriendo mantenerse alejada de todo cuanto pudiese recordarle la fría actitud que Sebastian había tomado hacia ella, como si estuviese reprochándole el haber mantenido alejada de su persona.

No la había vuelto a tocar, gracias a dios, pero el caso era que ahora parecía invisible.

Ni siquiera la miraba, y cuando por algún extraño motivo se veía en la obligación de hacerlo, era como si fuese una completa extraña.

La desgarradora necesidad de tenerle cerca había desaparecido tras el nacimiento de Erik, pero aún así dolía horrores que la tratase con tal indiferencia.

Su único contacto seguía siendo por el brebaje, que parecía ir volviéndose cada vez más fundamental en su dieta, y del cual no podría, ni queriendo, dejar de tomarlo.

Sabía que el agua -o lo que habría jurado que era agua- era uno de los ingredientes más básicos, pero por su vida no se hubiese atrevido jamás a indagar más al respecto.

Aunque su color rojo sangre siempre le recordaba al serafín mordiendo la granada, y las plumas verde jade y doradas cayendo como lluvia a su alrededor...

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Estaba en Grecia.

No sabía de dónde venía la seguridad, pues yo jamás había estado en ese país, pero sabía que allí me encontraba.

En el cabo de Sunion.

Ante el magnífico templo de Poseidón.

El serafín -Michael, me decía, pese ha haberlo conocido como un demonio llamado Sebastian-, estaba ante el templo, ataviado con vestiduras antiguas.

Para ser exactos, con un chitón púrpura imperial, atado a su cintura por un hermoso cinturón negro obsidiana, complementándose con un clámide del mismo negro inescrutable y una fíbula plateada.

Tal vez por sus cabellos, que eran de un rubio tan sumamente claro como los primeros rayos de luz lunar, sus desconcertantes ojos azul purpúreo o por la extraña y magnífica tonalidad marmórea viva de su piel, la gente a su alrededor parecía respetarle.

Como si, pese a ser un meteco imberbe (aunque su porte indicaba que ya tenía la edad popularmente adulta), se hubiese vuelto digno de sus más sinceros respetos.

Me pregunté sinceramente cuán relacionada estaría esa actitud con el púrpura en sus ropas, y sus perfectas sandalias.

Pero él ignoró a la gente, acercándose al templo de Poseidón con una espada en las manos, como ofreciéndola.

La dejó a la entrada del templo, murmuró algo ininteligible a mis oídos y en el acto el agua pareció surgir de la nada, rodeando la espada, y brillando antes de evaporarse.

En la hoja, en griego, podía leerse: "Anaklusmos", esto es, "Contracorriente".

El respeto aumentó aún más, pero Michael volvió a ignorarles, tomó la espada y se marchó.

Llevaba una hermosa sonrisa en los labios, como si acabase de saludar a un gran amigo, pero algo en su mirada me dió a entender que estaba preocupado.

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Fue hasta una costa, donde una luz dolorosamente blanca acabó tomando la forma de un ser tan poderoso que su mera presencia me aturdía.

Michael solo siguió sonriendo, como si tales situaciones fuesen normales para él.

Como si no le afectase el poder del ser ante sus ojos.

-Lucifer, portador de luz, hijo de Hémera -dijo como saludo-. ¿Por qué has abandonado el firmamento? Metatron ha empezado a preguntar por ti. Teme que la Enfermedad te afecte. Sabes que debemos permanecer unidos en estos difíciles tiempos.

-Ahh, querido Michael, me temo que la luz del conocimiento es más necesaria entre los humanos. La Enfermedad hace que algunos de nuestros semejantes se desvanezcan... Se avecinan grandes cambios.

Michael arqueó una perfecta ceja.

-¿Te refieres a los hijos de Troya?

Lucifer asintió, el orgullo visible en su pose.

Michael se limitó a reír quedamente.

-Oh, amigo, me temo que esos no son nuestros asuntos. Nosotros, los serafines, debemos limitarnos a mantener el equilibrio entre los dioses, nada más.

-Sí, lo sé... Ah, la carga de los cercanos al primer Origen... Eternamente limitados a vigilar a los de Orígenes inferiores. ¿Habrá alguna vez en la que dejemos al fin de ejercer de niñeras?

-Tal vez en un lejano futuro...

Michael y Lucifer rieron juntos, como solo dos mejores amigos pueden hacerlo, y la calidez de la escena me dejó vulnerable al repentino y brusco cambio en el recuerdo.

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Estábamos en el siglo XVII de nuestra era.

Sebastian, es decir, Michael, ya se parecía un poco más al demonio que conocía.

Sus cabellos se habían vuelto negros como la más oscura noche, y sus ojos habían adquirido el rojo de la sangre recién derramada.

No podía ver sus alas, pero habría jurado que conjuntaban con la oscuridad de sus cabellos.

Cortejaba a una joven dama de alta alcurnia, en la alcoba de ésta, antes de desvanecerse a la aparente nada cuando el hermano de la joven entró en la mansión.

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Lucifer le esperaba a pocos metros de la mansión, sus ojos verde esmeralda brillando poderosos en la oscuridad.

-Lo confieso. Jamás creí que te vería saciar tus más bajos apetitos, Michael, pero he de admitir que tienes buen gusto al hacerlo.

-Solo lo mejor, querido amigo, solo lo mejor. No me sirven las almas de poca monta.

Lucifer le miró divertido durante varios minutos. Su impecable traje le hacía indistinguible de cualquier otro aristócrata, como a Sebastian/Michael.

-Entonces eso que escuché de ti influyendo en la estúpida decisión de Charles I de enfrentarse al parlamento y en la muerte del duque de Buckingham... ¿Fueron rumores?

Sebastian sonrió como el lobo que atrapa a su presa tras una emocionante cacería.

-Buckingham ya está muerto. Y al rey Charles... poco tiempo le queda. No me he dedicado a influir en ellos, Lucifer. Me temo que hicieron lo que hicieron sin mi ayuda. Yo me he dedicado a disfrutar del espectáculo... Y de las hermosas flores londinenses.

Michael se relamió levemente, mirando sin disimulo hacia la mansión, y Lucifer no pudo contenerse más.

-Te digo hoy, Michael, que algún día, una de esas "flores londinenses" te encandilará. Te aficionarás a ella, y solo entonces, entre sus brazos, conocerás lo que es realmente el placer de unir el alma con su compañera.

Michael se limitó a poner los ojos en blanco.

Ya había escuchado ese discurso.

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Era el verano de 1888, y casi me da algo al verme a mí misma, en la habitación de invitados de la mansión Phantomhive.

Me estaba cambiando sola, porque había vuelto a escaparme para ver a mi primo y prometido (y siendo recibida con la misma frialdad que de costumbre), por lo que no me acompañaba ninguna dama de compañía que pudiese ayudarme, de modo que me veía en la obligación de realizar extrañas acrobacias en mi intento de quitarme el corsé.

No caí en por qué habría tendido relevancia ese día, hasta que mi yo del recuerdo se frustró, y con una pequeña daga cortó las cuerdas del corsé, que cayó dejándome indefensa ante la repentina entrada del mayordomo.

Al parecer había estado tocando, pero en mi distracción no le había prestado atención alguna.

-¿Lady Eli...?

Se quedó con la palabra en la boca, y yo en mi vergüenza me tapé con las manos, aunque no fui lo bastante rápida como para impedir que me viese.

Mis mejillas estaban inflamadas, y quería que me tragase la tierra. Había cerrado los ojos, cayendo de rodillas e intentando ocultarme tras la tela de mi corsé, por lo que mi yo del recuerdo no vio lo que yo vi en ese instante: Sebastian me devoró con la mirada durante exactamente diez segundos, se relamió sutilmente y acto seguido cerró la puerta tras de sí, acercándose a mi yo del recuerdo y dejándole una larga bata blanca al alcance de las manos.

Volvió junto a la puerta, y sin mirar a la yo del recuerdo (tal vez para que no fuese capaz de ver sus ojos refulgiendo rojos), murmuró cortésmente:

-Milady, si necesitáis ayuda, podré a vuestra entera disposición a Maylene. Le recomendaría que no tardase en vestirse, podría ser... peligroso. Mucho me temo que ha crecido de formas... inusualmente provocadoras para los hombres.

Sin decir nada más, salió raudo de la habitación, dejando a mi yo del recuerdo aún más avergonzada... y tal vez halagada.

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En sus manos tenía un poema de la reina Elizabeth I de Inglaterra, que parecía describir a la perfección su situación.

¿Qué habría hecho Elizabeth I ante la ignorancia voluntaria de su amor prohibido?

… Como si sus pensamientos lo hubiesen convocado, Sebastian entró puntualmente con una bandeja plateada, y el rojizo brebaje, que destacaba sobre ella como la sangre sobre la nieve.

Dejó la bandeja sobre el tocador, pero cuando se volvía para marcharse, Elizabeth no pudo contenerse, y le cogió del brazo.

Fue como romper una presa, y quedar atrapada bajo las furiosas aguas contenidas.

Sebastian se giró y por un segundo ella creyó que la mataría, pero entonces la besó, y todo pareció desvanecerse.

Él era lo único que existía.

Lo único importante.

Y tal vez aquellas palabras suyas de hace semanas ocultaban cierta verdad en ellas, porque en sus brazos se sentía... completa, en cierto modo.

Culminaron su amor en el lecho que solía compartir con su esposo, y cuando él le mordió el cuello, en el punto álgido del acto, se sintió más libre que nunca.

{_x-x_}

Regresaba a casa.

La misión había sido particularmente dura, pero aún me había dado tiempo de conseguir una dedicatoria del propio Charles Lutwidge Dogson, aka Lewis Carroll, en una primera edición de los dos libros de las aventuras de su "Alicia" en el País de la Maravillas" y "Alicia a través del espejo", y obtener una buena recopilación de las obras de Friedrich Nietzsche, al cual por extraños motivos que no llegaba aún a comprender, Elizabeth parecía profesarle cierta devoción.

Ambos regalos iban en vistas del próximo cumpleaños de mi querida esposa -dieciocho magníficas primaveras-, pero cuando entré en nuestra mansión, y dejé los regalos sobre la mesa con intención de subir y darle una bonita sorpresa, un hombre me detuvo en el acto.

Sentí que mis rodillas cedían, y mi asma empezaba a darme problemas.

Porque, contra todo pronóstico, el hombre al que había visto arder en aquella maldita noche se encontraba ante mí, imperturbable, como si acabase de volver de algún corto viaje.

Vincent Phantomhive me miró, sonriendo levemente, y sus ojos brillaron con un leve tono verde -que yo no recordaba haberle visto jamás- esmeralda.

Llevaba a Erik en brazos.

Mi padre le sonrió al bebé, le acarició una mejilla y acto seguido volvió a centrarse en mí.

-¿Supongo que debo felicitarte?

{_X-X_}

-Despierta. Despierta, Elizabeth.

La voz que tanto había escuchado en sueños logró su objetivo, sacándome de la feliz omnubilación sexual en la que Sebastian y yo habíamos caído.

Me levanté de golpe, sabiendo sin lugar a dudas que Ciel estaba en casa.

Sebastian pareció deducir lo mismo, y hizo gala de su excelente rapidez cambiando sábanas y ropas, aunque perdió cierto tiempo besándome, y el olor de nuestro amor inundaba la habitación. Me tapó la marca de su mordisco -que asombrosamente estaba casi curada- con el pelo, antes de besarme por última vez.

-Mía -dijo, sonriendo de forma misteriosa-, toda mía.

Salió por la ventana, por cautela, dado que no sabíamos exactamente dónde se encontraba Ciel, y yo me dediqué a intentar ventilar la habitación, expurgar el aroma del demonio y el de mi propio placer, sirviéndome de abanicos, perfumes e incienso.

Finalmente, me rendí, abrí la puerta y la dejé abierta para favorecer el paso del aire nuevo, antes de bajar las escaleras hasta el salón.

Cuál no fue mi sorpresa al ver a mi tío Vincent al pie de las escaleras, con un atónito Ciel aún próximo a la entrada principal.

-¿T-Tío Vincent? ¿Eres tú?

Él se giró, y al instante sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Erik, desde sus brazos, me miraba con sus brillantes ojos rojo sangre, y al alzar la vista me encontré con un par de ojos verde esmeralda que ya empezaba a reconocer.

Los mismos ojos verde esmeralda que habían seguido la caída de Michael al tártaro...

¡Lucifer!

Todo para mí se volvió negro, y lo último que vi fueron unos conocidos guantes blancos yendo a socorrerme de los implacables escalones.

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N/A: Y hasta aquí el tercer capítulo. Mis más sinceras disculpas por el retraso (sigo indefinidamente ausente, aunque no tengo la menor intención de abandonar estas historias), y los errores que podáis encontrar.

-Meteco: persona a la que se le permitía vivir en Atenas, sin ser un ciudadano ni haber nacido allí.

-El púrpura: era un color muy caro y difícil de conseguir, por ello fue muy apreciado en la antigüedad.

-La Enfermedad: lo explicaré posteriormente.