LOS PERSONAJES PERTENECEN A LA QUERIDA STEPHENIE MEYER.

LA HISTORIA ORIGINAL PERTENECE A JL&ER. YO SOLO LA ADAPTO PARA DIVERTIRME.


2

Bella POV

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Oh, Dios mío.

No es posible que esté ocurriendo.

No es posible que un ser humano se encuentre tan mal.

Oigo un extraño zumbido que debe de significar que estoy respirando (lo cual es casi un milagro, pues anoche me fumé 4.000 pitillos). No obstante, tengo la desagradable sospecha de que voy a sufrir una hemorragia cerebral si no me levanto.

Pero eso se dice pronto. Las articulaciones se me han vuelto como de gelatina de la noche a la mañana. Consigo tropezar con mis desechadas botas tipo fóllame, golpearme el dedo gordo del pie con el tubo del radiador y, mientras doy saltitos de dolor, perder el equilibrio y atravesar de cabeza la cortina de cuentas de plástico y la puerta plegable, para acabar dándome un porrazo contra la caja de embalaje de té que utilizo como mesa en el salón.

Se produce un instante de silencio. Percibo la brisa de la mañana sobre mi chichón mientras permanezco tendida sobre la alfombra de apelotonado pelo, con la camiseta RELAX subida hasta el cuello a causa de la caída.

Y entonces ocurre.

Se oye un inestable ruido de botella vacía, y la innegable razón de mi actual y diabólica resaca cae rodando desde la caja de té y me golpea la cabeza.

Suelto un gruñido al ver la botella de whisky, y, lenta y espantosamente, los acontecimientos de la víspera empiezan a emerger de nuevo a través de la bruma del dolor.

Voy a vomitar.

Cuando levanto la cabeza para aspirar una bocanada de aire tras haberme inclinado en curva cerrada, evalúo los daños sufridos en el espejo del armario del cuarto de baño. El aspecto dista mucho de ser ideal.

Bella Swan, del Piso D, Pemberton Villas, Shepherd's Bush, ha desaparecido. Vale. Reconócelo. ¿Quién dejó entrar al jabalí verrugoso en el cuarto de baño? ¿Quién fue?

¿Cómo me he transformado tan totalmente de la nena wonderbra impecablemente peinada que ayer salió de casa a las ocho de la tarde en esta viva imagen de muerta viviente? Me sujeto fuertemente la cabeza con las dos manos para calmar la última creación de mi almohada peluquera y saco la lengua. Es de color verde.

Como soy muy optimista, cuento los puntos buenos antes que los malos.

No puedo estar peor (tengo que reconocer que éste suele ser el primero de mi lista de puntos buenos).

Menos mal que Edward no se quedó y yo me libré de la humillación de que él me viera en este estado.

No se me ocurre ningún número tres porque el número dos es el primero de la lista de puntos buenos. Suelto un graznido de desesperación.

Edward no se quedó.

El único tío potable que he conocido en varios meses salió por piernas. Regresó corriendo al País de los Tíos al romper el alba sin darme tan siquiera un beso de buenas noches. Y la verdad es que no se lo reprocho.

Me comporté como una imbécil de campeonato.

La calamidad es demasiado grande para que pueda procesarla yo sola. Llamo a H, mi mejor amiga.

H: (En tono adormilado.) ¿Mmmm?

Yo: (Una pausa para que sepa que soy yo.) ¡Puaaaá! (Infundo en el saludo la mayor cantidad posible de gutural infelicidad pos-vómito de que puedo hacer acopio.)

H: ¿Puá Puá Puá? ¿O simplemente Puá?

Yo: ¡Puaaaaaaaaaaaá!

H: Voy ahora mismo.

Quiero mucho a H. Me comprende.

Veinte minutos después, H empuja su bicicleta hacia el montón de bicicletas del estrecho pasillo de mi comunidad de vecinos. Ofrece una pinta asquerosamente sana tras una TND (Tranquila Noche de Descanso) y, probablemente, cantidades industriales de PAS (Polvos Altamente Satisfactorios) con Gav (su tío más reciente). Me da un beso y me dice que apesto a cervecería y que tengo los dientes de color anaranjado.

Suelto un gruñido, pero estoy satisfecha de mí misma porque he conseguido bajar los tres tramos de escalera que me separan de la puerta principal, lo cual significa que estoy regresando a la raza humana. Para ello he tenido que hacer un considerable esfuerzo.

Hasta ahora, me he tragado tres pastillas de Nurofén-plus, me he bebido dos tazas de café cargado, cada una de ellas con una cucharada de azúcar moreno (terrible, lo sé, pero esto es una crisis) y me he tomado nada menos que cuatro tabletas efervescentes de vitamina C. Eso equivale al cuatrocientos por ciento de la dosis diaria recomendada y, aunque no estoy segura, creo que ahora puedo hablar.

En la cocina, H se sube a la encimera mientras yo pongo la tetera a calentar.

—Deduzco que no has ligado —me dice en tono prosaico—. ¿Qué ocurrió?

Adivino que está decepcionada, pues anoche asumió el papel de señora del guardarropa. Basándome en su promesa infalible de ligue, me dejé convencer y me atreví a ponerme un minivestido negro que más bien parecía un cinturón con un wonderbra y unas botas tipo fóllame (que, por cierto, me compré en plan de broma y no tenía la menor intención de ponerme jamás). Yo soy una chica más de pantalones vaqueros y sólidas zapatillas deportivas, pero H me dijo que de eso ni hablar. Hasta me obligó a pasar por su casa antes de irme, para valorar mis posibilidades. Gav soltó un silbido de admiración y me ofreció un enorme vaso de vodka con tónica mientras H me otorgaba una puntuación de nueve sobre diez (la de diez sobre diez se la reserva para el día de mi boda) y me daba un suave empujoncito hacia la noche para que utilizara mis encantos femeninos con el divino Jasper.

Ya sé que todo esto suena un poco dramático, pero H conoce mi horrible secreto. Un secreto que últimamente se ha convertido en algo así como una crisis. Oh, Dios mío, ni siquiera puedo pensar en él, pero la verdad es que… llevo más de seis meses sin echar un polvo. Creo que eso me convierte técnicamente en una virgen; al fin y al cabo, a estas horas ya se me debe de haber cerrado. Pero, dejando aparte aquello en lo que me haya convertido, eso no es normal en una saludable chica de veinticinco años. Lo cual me lleva a la conclusión de que ALGO ME OCURRE.

H discrepa. Cree que es sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, hasta ella se está empezando a poner nerviosa y trata desesperadamente de que yo encuentre a un chico, pues acaba de superar el importantísimo período de tres meses de gestación de su relación con Gav, utiliza la píldora con regularidad y lo está empezando a llamar su «pareja». Eso nos ha separado de una forma aparentemente insignificante, pero psicológicamente enorme. Como consecuencia de ello, H ha emprendido una cruzada personal para que alguien me joda y, a partir de aquí, se inicie una relación íntima, parecida a la que ella mantiene con Gav.

Lo cual me parece muy bien.

Fue H, no yo, quien se emocionó cuando le comenté que Chloe me había pedido que fuera a la fiesta del cumpleaños de Jasper. Más aún, que Jasper había pedido específicamente mi presencia tras haberme visto en una sola ocasión. (Una ocasión, en la cual me desmayé visiblemente.) Creo que H vio en la invitación un oasis de esperanza en el yermo desierto de mi vida de soltera y yo dejé estúpidamente que ella me contagiara su entusiasmo.

O sea que ahora estamos aquí en el período posmortuorio y me siento obligada a justificar lo que falló. Con toda sinceridad.

Empiezo por suavizar un poco el golpe.

—Ligué un poco —digo mientras ella me pasa sus Marlboro Lights. Sé que hace veinte minutos me hice la solemne promesa de no volver a fumar jamás de los jamases, pero el sacrificio nunca ha sido uno de mis puntos fuertes. A pesar de que mi voz suena dos octavas más baja y de que me siento envenenada hasta la médula, cojo el paquete.

—¿Con quién? ¿Con Jasper? —pregunta H quitándose la chaqueta. Lleva debajo una nueva camiseta de última moda.

—No, no con Jasper, aunque ése está como un tren. No, no le interesé. Creo que se quedó un poco perplejo.

—¿Con quién entonces?

Le devuelvo los cigarrillos y ella toma uno. Le acerco una cerilla encendida.

—Con su compañero de apartamento. —Enciendo mi cigarrillo antes de apretar las bolsitas de té con un tenedor—. Edward.

El solo hecho de mencionar su nombre me lanza a una espiral de vergüenza.

—Detalles, por favor —dice H, reclinándose contra el respaldo de su asiento y rodeando su taza con las dos manos.

Le cuento toda la velada: la reunión en el BarKing, la bebida, el coqueteo, el baile, la salida, el largo paseo a pie hasta mi casa, los interminables cigarrillos, el largo rato sentados juntos en el suelo y, finalmente, LA CHARLA. Para entonces, Edward y yo nos lo habíamos contado aparentemente todo salvo nuestras vidas sexuales entre interminables whiskys, arrellanados cómodamente en el sofá como viejos amigos. Me parecía imposible que nuestra conversación pudiera terminar, pues teníamos un montón de cosas que contarnos. Habíamos vaciado prácticamente la botella cuando se planteó el tema que hasta entonces habíamos evitado, pero en aquel momento yo ya estaba rendida… tanto física como emocionalmente.

—Bueno, pues ¿quién es el afortunado mortal de tu vida en este momento? —preguntó Edward, volviéndome a llenar el vaso de whisky.

Yo estaba jugando con la cera de la vela, pero de pronto, mientras contemplaba la trémula llama, el whisky me subió a toda velocidad. De repente, me sentí muy borracha y me compadecí de mí misma.

—Nadie —contesté en un susurro.

Edward me rozó la mano y me miró a los ojos.

—Vaya. ¿He tocado una fibra sensible?

—No. En realidad, no. Bueno, sí. Es que…

—¿Qué?

—Nada.

La autocompasión se apoderó de mí. Noté que una gruesa lágrima se me escapaba del ojo y me caía sobre el regazo.

Edward me apartó el cabello del rostro.

—Vamos, vamos, tan grave no será, mujer —me dijo en tono tranquilizador.

—Oh, Edward —dije, tragando saliva mientras las lágrimas, los mocos y el rímel me empezaban a bajar por el rostro—. Creo que me ocurre algo.

—¿Qué quieres decir?

—Llevo siglos sin follar. No consigo encontrar chicos. Creo que no les resulto atractiva.

Edward soltó una suave risa y me acarició la nuca.

—No seas ridícula. Eres muy atractiva.

—Jasper no lo cree.

—¡Jasper!

Los dedos de Edward se quedaron paralizados en el nacimiento de mi cabello.

—Es un caso típico. Me invitó a la fiesta y, cuando llegué, no le gusté.

Edward se incorporó con expresión sobresaltada.

—¿A ti te gusta Jasper?

Asentí estúpidamente con la cabeza.

—Pero no hay ninguna posibilidad, ¿verdad? —Me sorbí (inútilmente) los mocos y me soné la nariz con la falda de mi vestido—. Jamás se acostará conmigo. Tengo que reconocerlo. Nadie quiere joder conmigo. Ni siquiera tú, ¿verdad?

Ya no puedo contar nada más. H y yo nos hemos dirigido a la sala de estar y ahora nos estamos mirando la una a la otra desde los dos extremos del sofá. Inclino la cabeza de vergüenza. Ella me apoya una mano en la rodilla en gesto tranquilizador.

—Creo que te lo estás tomando demasiado en serio —me dice, dándome su veredicto—. Bueno, puede que lo asustaras, pero eso no es el fin del mundo. Puede que, de alguna extraña manera, se sintiera halagado.

¿Es que no me ha oído? ¿Es que no alcanza a comprender los recién descubiertos abismos de humillación en los que actualmente me estoy hundiendo sin botella de oxígeno? Eso es peor que la vez que intenté seducir a Boris, el atractivo fotógrafo alemán del colegio universitario. Convencida de la química que se había establecido entre nosotros y muerta de pasión, me presenté bien entrada la noche con ropa interior de encaje negro, frotándome la pantorrilla contra la jamba de la puerta de su habitación. Ya estaba a medio camino de su cama, dedicándole mis morritos más sexys y empujándome el tirante del sujetador hacia abajo, cuando él posó la revista que estaba leyendo y me dijo que era gay.

La situación con Edward es decididamente peor.

—¡H! —gimoteo—. No se sintió halagado.

—A lo mejor temía no poder… ya sabes… hacerlo.

—Estaba dando muchas muestras de que sí antes de que yo le revelara que había ido a la fiesta para seducir a Jasper —replico en tono cortante.

—Pues ¿por qué se lo dijiste? —me pregunta H.

Ha dado en el clavo.

Me levanto y empiezo a pasear… bueno, más bien a arrastrar los pies por los únicos treinta centímetros cuadrados de alfombra que quedan libres bajo la ventana.

—No lo sé. Estaba bebida, me puse sentimental y me salió no sé cómo. —Cruzo los brazos—. El caso es que me gusta —digo en tono meditabundo—. Era el primer chico con quien podía hablar en mucho tiempo. Bailaba muy bien, y es un encanto. Nos reímos mucho hasta…

Me sujeto la cabeza con las manos.

—Dios mío, qué estúpida soy.

H no responde a mi comentario.

—Apuesto a que te va a llamar.

—No puede. Se fue sin llevarse mi número.

—Pero sabe dónde vives. Puede preguntar a Información.

—No lo entiendes.

—Mira, os bebisteis una botella de whisky entre los dos. Y tú le dijiste ciertas cosas. ¿Y qué? Mostrarse un poco vulnerable no tiene nada de malo.

Una cosa es mostrarse vulnerable. Mostrarse vulnerable está muy bien siempre y cuando no rebases las revelaciones inofensivas como, por ejemplo, que de vez en cuando te llevas el osito de peluche a la cama o que Ídolos del aire sigue siendo una de tus películas preferidas. Y otra muy distinta es decirle a alguien a quien acabas de conocer (y que, encima, te gusta en serio) que eres la mujer más desesperada, necesitada y hambrienta de sexo del planeta.

—Estás completamente loca si crees que va a llamar. No llamará. Lo sé —digo en tono malhumorado.

En aquel momento, suena el teléfono.

Ambas lo miramos fijamente y H arquea las cejas como diciendo «¿De veras?».

—¿Qué digo? —pregunto, aterrorizada.

—No lo sé, pero ¡contesta!

No sólo he revelado que, en mi estado de resaca, sospecho que H podría estar en lo cierto y resulta que Dios existe sino que, además, he tardado demasiado. En el preciso momento en que cojo el teléfono, el contestador hace clic. Se oye una quejumbrosa cacofonía de aquel error mecánico antes de que se corte la comunicación. Contemplo el aparato con incredulidad y me golpeo la frente con él.

—Llama al 1471 —dice H con entusiasmo, incorporándose y cruzando las piernas.

Marco.

—Lo siento, no tenemos el número del comunicante. Lo siento, no tenemos…

Cuelgo violentamente el teléfono.

—¡Mierda!

Nos pasamos un rato en silencioso análisis.

—Apuesto a que era él —dice H, abrazando su almohadón.

Sé que se equivoca, pero tengo que cubrir las cosas desde todos los ángulos.

—Muy bien, supongamos por un instante —por un instante, que conste— que hipotéticamente fuera él. ¿Cómo explico que he cometido un error y Jasper no me gusta en absoluto sino que lo quiero a él?

—Volverá a llamar y, cuando lo haga, no le hables de anoche. Muéstrate brillante y jovial. Dile que has sufrido una pérdida de memoria causada por la bebida y no recuerdas cuándo se fue.

—¡Sí, hombre!

—Me importa un bledo lo que digas. Ha llamado, lo cual quiere decir que tiene interés. Prueba evidente de que cinco minutos de comportamiento estúpido no han borrado ocho horas de favorable impresión.

H me hace sentir mejor. Por eso la tengo empleada como mi mejor amiga.

Reconozco con reservas que hay esperanzas. Que Edward está lo bastante interesado para llamar, que yo me merezco su llamada y que, encima, cuando llame (no «si llama»), yo me mostraré más bien fría.

MUY FRÍA.

Cinco minutos después, vuelve a sonar el teléfono. H cruza los índices de ambas manos para desearme suerte y yo pongo los ojos en blanco. Aun así, sé que estoy utilizando mi tono de voz más sexy cuando cojo el teléfono y ronroneo con indiferencia:

—¿Sí?

—¿Eres tú, cariño? Gracias a Dios que has desconectado este maldito contestador automático.

Es mi madre. Estalla mi frágil balón de vanas esperanzas.

H alarga la mano y me comprime comprensivamente el brazo mientras yo sacudo la cabeza. Aparto el teléfono de mi oído para que ella pueda escuchar el conocido parloteo maternal. Me encuentro sumida en un estado tan profundo de desengaño que no me doy cuenta hasta que ya es demasiado tarde de que he accedido a salir de compras con mi madre. Cuelgo y me froto las sienes.

—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunto.

H me mira.

—No saldré de compras con tu madre, si es a eso a lo que te refieres.

Junto las manos en humilde actitud de plegaria.

—¿Por favor? ¿Un por favor muy grande? No puedo ir yo sola.

—No tendrás mas remedio. Y en cualquier caso, te servirá para distraerte de ciertas cosas.

No me sirve para distraerme de ciertas cosas. Todo el mundo se ha convertido en un recordatorio de Edward. Barking es el lugar desde el que mi madre se está acercando velozmente a mí en aquel momento. Barking… BarKing… el lugar donde nos conocimos. Y en Notting Hill Gate hay un póster de Leonard Cullen. Cullen… Cullen. No me puedo escapar.

Entre Shepherd's Bush y Lancaster Gate tengo que reconocer que no todo está perdido con Edward. Entre Lancaster Gate y Marble Arch me convenzo de que Edward tiene corazón y no es posible que olvide lo bien que lo pasamos antes de que yo mencionara a Jasper. Entre Marble Arch y Bond Street, comprendo con toda claridad que estamos hechos el uno para el otro. Entre Bond Street y Oxford Street, reconozco que la razón de todo ello es que muy bien podría ser Edward mi hombre perfecto.

Porque no hay más que echar un vistazo a los datos estadísticos esenciales. Buena estatura (sobre el metro ochenta), grandes ojos como charcos de leche derretida, buen sentido del humor, una graciosa cicatriz en la ceja, donde Jasper le disparó con la pistola de aire comprimido (pobrecito mío). Prendas de vestir caras… una indiscutible camiseta Paul Smith, luego evidentemente rico. Vive en un bar reformado como vivienda, ¿a que es fabuloso? (Y con un jardín lo bastante grande para organizar apacibles barbacoas estivales.) ¿Y lo mejor de todo? Es un artista. Una verdadera y auténtica historia de éxito creador.

CARAY.

Soy vagamente consciente de que paseo sin rumbo por el andén del metro como una vaca melancólica, pero tengo el cerebro ocupado en otras cosas y estoy empezando a hablar en voz alta. Edward y yo lo tenemos todo en común. Es cierto que le mentí acerca de mi trabajo (pero es que ser una empleada eventual no resulta muy impresionante que digamos), pero es verdad que hice nivel A de Historia del Arte, por lo que teóricamente habría podido trabajar en Sotheby. Pero dejando eso aparte, a ambos nos gusta la comida india para llevar y ambos hemos vivido relaciones que han durado más de dos años. O sea que encajamos a la perfección.

Él me habló de Zoe, su ex, pero yo no le dije gran cosa de Andy, mi último novio. Le hablé de las cosas buenas… que Andy era mayor que yo (treinta años), que era un riquísimo agente de mercados monetarios y que habíamos vivido juntos durante algún tiempo en un ático de Islington. Como es natural, olvidé decir que Andy era el más dominante, pasivo-agresivo y tacaño hijo de puta de la página cuarenta y nueve de la guía telefónica y que nuestra relación fue un desastre total. Y eso fue porque Andy y yo sólo teníamos una cosa en común: ambos estábamos enamorados de él.

Un modelo de conducta, le he jurado a H, que jamás volveré a repetir. Y no lo repetiré con Edward porque Edward es Distinto. Mientras subo las escaleras de dos en dos y salgo a Oxford Street, el corazón me late alegremente. ¿Y si eso ya fuera la primera vibración del amor?

Mamá me está esperando en la cafetería Dickens & Jones (es una tradición). Ya me ha comprado una tarta de Bath con grosellas y azúcar glas y una lata de té, y yo no puedo disimular mi decepción. En las fantasías de mi resaca soñaba con cinco litros de Coca-Cola y un bocadillo de tocino. Creo que tendré que conformarme con eso.

—Bueno, ¿ya te has organizado el piso? —me pregunta mientras yo me derrito en el asiento de plástico.

—Mmm, bueno, casi.

Es mentira. Me mudé hace cuatro semanas y aún tengo que deshacer debidamente las maletas.

Mamá rebusca en su bolsa y saca un cuaderno de notas encuadernado con espiral.

—Te he hecho una lista de las cosas que necesitas. He pensado que podríamos comprar algunas cosillas.

Es un ofrecimiento muy amable, pero no estoy muy de humor para eso. En la lista de cosillas para mejorar el apartamento de mamá habrá cosas como una funda de color de rosa para el asiento de la taza del excusado y una alfombrilla circular para la taza.

—Tengo de todo. En serio —digo alegremente—. Todo está en perfecto orden y me ha quedado muy acogedor.

Me mira decepcionada y deja el cuaderno de notas sobre la mesa de formica.

—Bueno, pues vamos a comprarte algo bonito para vestir. No vas a atraer a nadie que merezca la pena si insistes en andar por ahí con esta ropa.

¡Vaya, tiene gracia la cosa! Cualquiera diría que ella es el no va más de la moda. Lleva una de esas camisetas todoterreno de triple uso que igual sirve de bolsa de playa que de chaquetilla de noche y tocado, según cómo se doble. Me regaló una por Navidad el año pasado y se ofende cuando le digo que la perdí durante la mudanza.

Tres horas y veinte minutos más tarde hemos llegado a Marks y Sparks y los estados de ánimo ya están un poco irritados. Yo me estoy metamorfoseando rápidamente en la malhumorada niña de catorce años de antaño.

—No, no quiero un body verde con efecto de raso, yo llevo camiseta para ir al trabajo. No, no, mamá, mamá, cuelga esta bata de terciopelo, estamos en verano y hace demasiado calor.

Al final, accede a entrar en Warehouse y hace una mueca al oír la música a todo volumen. Me pruebo un vestido tipo túnica y salgo del probador para hacer una pirueta.

—Casi no tiene forma, querida —me dice.

—Está hecho así a propósito —contesto con voz sibilante.

Mamá toma la etiqueta del precio y efectúa una brusca inspiración de aire.

—¡Pero si no son más que dos trozos de tela!

—¡No tienes el menor gusto! ¡Además, a mí me encanta! —grito y regreso hecha una furia al pequeño probador, corriendo simultáneamente la cortina.

Cuando salgo tras haberme vuelto a vestir, me está esperando en la calle.

—Yo sólo quería echar una mano —dice en tono desdeñoso—. No hay ningún motivo para que seas tan grosera.

—Perdona —digo, lanzando un suspiro y tomándola del brazo—. Vamos a tomar algo.

En el bar hay demasiado humo para su gusto. A mí me encanta. Estoy deseando fumarme un pitillo, pero sería fatal que ahora encendiera uno e incurriera en su cólera. Creo que ya sabe que fumo, pero soy una criatura tan patética que todavía no quiero confesarlo.

En el rincón, abro la ventana y la invito a una reconfortante ginebra con tónica hasta que finalmente suelta lo que lleva dentro.

—Cariño, es que estoy muy preocupada por ti. No tienes ningún trabajo en perspectiva y no me parece muy normal que vivas sola aquí arriba. ¿No te gustaría tener una profesión como Dios manda? Podrías volver y prepararte para contable o algo así. A la hija de Barbara Tyson, la que vive unas puertas más arriba, le va muy bien, está ganando un buen sueldo y…

Desconecto. Lo he oído cientos de veces. No me interesa una maldita profesión y antes prefiero trabajar en un matadero que poner los pies en una empresa de contabilidad. Me molesta que piense que he fracasado porque no hago algo de lo que ella pueda presumir delante de las vecinas.

Además, ¿quién se ha creído que es? No cambiaría mi vida por la suya ni loca. Toda esta vida en las afueras con viajes a B&Q y a Slimmers World y un empleo apañado en el ayuntamiento del lugar. Para mí eso no es el éxito y tampoco lo es romperte el trasero machacando números a todas horas del día y de la noche.

Pero sé que el motivo de mi irritación es que ella tiene razón en parte. No he conseguido que marchen las cosas y me escandaliza ver lo cínica que me he vuelto en los últimos tres años. Cuando terminé los estudios, todo era distinto. Yo era distinta. Rebosaba de entusiasmo y estaba esperando iniciar mi brillante carrera. Quería trabajar en la industria de la moda. Me daba igual cómo empezara, yo necesitaba que me ofrecieran una oportunidad. Pero la oportunidad no se presentó y, tras pasarme seis meses repartiendo mi currículo por ahí y pidiendo prácticamente de rodillas un trabajo, me di por vencida. Y ahora hago trabajos temporales. De nueve a cinco, sin romperme demasiado la cabeza, hasta que decida lo que quiero hacer.

—Los trabajos temporales me van bien —le digo socarronamente, interrumpiéndola con mi trillada palabrería de siempre—. Los empleos son interesantes y es una estupenda manera de ver lo que hay por aquí. Si me gusta algún sitio, siempre hay la posibilidad de que tenga un empleo permanente… si quisiera —añado—. En este momento tengo montones de posibilidades.

Procuro que la cosa suene convincente e incluso emocionante y ella asiente con la cabeza, satisfecha. La odio por tragárselo. Todo el mundo, pero lo que se dice todo, sabe que el trabajo temporal no lleva a ninguna parte. Tengo más probabilidades de convertirme en la primera astronauta que ponga los pies en Marte que de aterrizar en una profesión mínimamente interesante como consecuencia de un empleo temporal. Sin embargo, es mi camino y resulta muy cómodo, gracias.

—Y otra cosa —dice tímidamente mamá, jugueteando con el posavasos de su cerveza.

Ya estamos. La verdadera razón de su visita.

—Es que yo a tu edad ya estaba casada y pensaba en tener una familia. Y bueno, me estaba preguntando…

—¿Si-í?

—Bueno, yo ya sé que eres muy amiga de Helen y que, si hubiera algo que quisieras decirme acerca de vosotras dos… bueno…, yo intentaría comprenderlo.

¡No puedo creerlo! Mi madre piensa que soy lesbiana.

Estupendo.

Interrumpo sus retorcidos pensamientos antes de que siga dañando mi reputación.

—Mamá, no tienes por qué preocuparte. —Respiro hondo y cruzo los dedos, confiando en que ello borre mi tentador destino—. He conocido a alguien. Un hombre —añado con intención.

Casi me parece oír el coro de aleluyas que suena en el interior de la cabeza de mi madre.

—Estamos sólo al principio —musito, nerviosa por la radiante alegría que ha iluminado su rostro—. Por consiguiente, no quiero hablar demasiado en estos momentos.

—Oh, cariño —dice con la voz entrecortada por la emoción—. Bueno, me parece maravilloso, qué alivio. Estaba empezando a pensar…

—Ya sé lo que estabas empezando a pensar —digo, rechinando los dientes.

Al final, capta mi tono de advertencia.

—Comprendo que seas tan susceptible. Es tan emocionante estar enamorada.

Apuro mi ginebra con tónica y cambio de tema. Sé que lo voy a pagar.

Odio los domingos. Los aborrezco y los detesto. No hay nada que hacer, como no sea ver la serie de los Walton y el comodín de los EastEnders. Y si estás soltera, aburrirte.

Todo el mundo sabe que, si tienes un amante, los domingos son lo más distinto que puede haber. Las parejas reservan los domingos para la gozosa intimidad. Las odio a todas.

Apuesto a que ahora mismo están en el Café Fio, tomadas de la mano bajo los periódicos, resplandecientes de felicidad después de su pausado polvo matinal. O están paseando por ahí en sus automóviles descapotables, riéndose juntos con expresión relajada. O, peor todavía, están en el campo, pegándose una buena juerga con otra pareja de amigos, o están tumbados en el sofá viendo unos vídeos juntos. Y apuesto a que todos ellos dan todas estas cosas por descontadas. Hijos de puta.

Estoy de muy mal humor. Edward no ha llamado y es la una y media de la tarde. Toda la mañana he estado soñando despierta con la posibilidad de que él me llamara para invitarme a almorzar y después quizá diéramos un paseo por el parque y nos fuéramos al cine. Lo he previsto con tal detalle que hasta he empezado a creer que ocurriría. Pero no va a ocurrir. Tengo el teléfono en mi campo visual y está mudo. Ya he comprobado que esté correctamente enchufado y hasta acabo de llamar a la compañía para asegurarme de que no hay ningún fallo en la línea.

Estoy tumbada en el sofá con la mejilla apoyada en el almohadón, contemplando la mancha de la alfombra. No puedo llamar a nadie por si acaso llama él y no puedo comer nada por si me invita a salir. Ya me he pegado tres orgasmos de campeonato de puro aburrimiento, pero sigo rebosante de frustrada lujuria. Incluso he tratado de transmitirle ondas telepáticas. Todo ha sido inútil. El día es precioso y yo estoy encerrada aquí dentro. Prisionera de mi propia esperanza.

Cuando llama H, casi me salgo de la piel.

—¿Ninguna noticia entonces?

—Nada.

—Nosotros bajamos al bar. ¿Te vienes?

—No. No sé. Tengo cosas que hacer —contesto, dando largas.

—¿Como qué? ¡Es domingo!

—Cosas —digo, a la defensiva.

H lanza un suspiro.

—Estás esperando a que él te llame, ¿verdad? Eso no te va a servir de nada, ¿sabes? Llamará cuando tenga que llamar. Es absurdo que te pases el rato contemplando el teléfono, te vas a volver loca.

Me molesta que H me conozca tan bien.

—Lo sé. Estoy ocupada. Voy a bajar al gimnasio —digo, echándome un farol.

—¿Cómo?

—El gimnasio, mujer… para hacer ejercicio.

—Ah, bueno, allá tú. Ya sabes dónde estamos.

—Gracias.

—Bicho raro —murmura.

Le saco la lengua al teléfono. No tengo la menor intención de ir al gimnasio. Creo que saldré a dar un paseo.

El paseo es agradable. Shepherd's Bush no es un lugar especialmente atractivo, pero por lo menos está relativamente libre de parejas y no observo la presencia de borrachines ni de drogatas mientras me dedico a echarme a mí misma un buen sermón. Para cuando ya he rodeado tres veces el perímetro del prado, estoy con un colocón de monóxido de carbono y he conseguido elaborar una estrategia.

Es bastante enrevesado, pero en esencia consiste en lo siguiente. Edward debe de saber que me gusta. Dejando aparte el último bip de nuestro encuentro, las cosas no hubieran podido ir mejor, lo cual significa que debe de saber que me apetece verle. Sin embargo, Edward es un tipo muy frío y tiene cosas que hacer. Es un artista. Probablemente está ocupado. Lo cual no significa que no esté pensando en mí, sino simplemente que yo no figuraba en su programa del domingo. Y en cualquier caso, siendo un tipo tan frío, lo más seguro es que no me llame hasta mañana. O el martes lo más tardar. Además, probablemente Jasper necesita un poco de atención. Su mejor amigo no le hizo demasiado caso durante la fiesta de su cumpleaños por culpa mía. Por consiguiente, lo que tengo que hacer no es esperar y desanimarme sino prepararme.

La preparación es poder.

Decido no ir al bar porque eso no sería más que una distracción. En su lugar, me acerco dando un paseo al Boots de Notting Hill y me entrego a una pequeña terapia de compras. Es algo extremadamente agradable. Me encanta Boots. Es mi establecimiento preferido, exceptuando tal vez Hamleys. Compro juguetes de chica: artículos de baño de la marca Badedas, un caro champú y acondicionador con aceite capilar gratis, un enorme paquete de limas de uñas, tres lacas de uñas, unas pinzas, una esponja vegetal, un paquete de arcilla, una nueva barra de labios, una caja de pañuelos de celulosa de color (conviene tenerlos siempre a mano junto a la cama), Oil of Ulay, cera depilatoria para la línea del bikini, crema autobronceadora y un paquete de veinticuatro preservativos ultrasensibles.

Estupendo.

De vuelta en el apartamento, ordeno un poco la casa y el resultado me satisface. No he hecho nada de tanto alcance como arrancar algún trozo del papel en relieve de la pared o rellenar con masilla la grieta de la pared de la cocina, pero arreglo los libros en las problemáticas estanterías y enderezo la fotografía enmarcada de uno de mis viajes a Tailandia con H.

Por aquel entonces ambas éramos unas chicas solteras que íbamos de gira por ahí, pues teníamos todo el tiempo del mundo. En la fotografía estamos delgadas y morenas y aparecemos sentadas espalda contra espalda, riéndonos como locas. Fueron las vacaciones en que nos pasamos tres semanas saltando de isla en isla hasta que nos quedamos atascadas en una playa. H echó dos polvos y se dio numerosos lotes, y yo me enamoré de tres tíos al mismo tiempo. ¡Genial!

Clasifico el contenido de la negra bolsa llena de calcetines desparejados y jerséis que lleva siglos junto a la puerta principal y me sorprendo de lo rápido que pasa el tiempo. Me gusta ser una mujer con una misión que cumplir.

Me preparo un buen baño y me examino el cuerpo en el espejo del recibidor. Desnuda no estoy tan mal si soy simplemente yo la que mira. Cuando tengo buen día, soy una curvilínea talla cuarenta.

Pero ¿cómo seré vista a través de los ojos de Edward? Digamos que, si hiciera strip-tease en público, la gente pediría que le devolvieran el dinero.

Ya es hora de que haga régimen.

En cuanto lo decido, una punzada de hambre me traspasa el estómago como un relámpago, y el cerebro se me llena de imágenes de todas las exquisiteces que tanto engordan y que ahora mismo me apetecería comer. Tengo que bañarme y no pensar en ellas. Me tiendo en medio del vapor cubierta de arcilla y pienso en lo distinta que pareceré dentro de una semana.

Me paso la tarde mordisqueando virtuosamente galletas Ryvitas y leyendo un libro titulado Mujeres con poder que alguien me regaló en mi último cumpleaños. Es muy interesante.

El lunes por la mañana me levanto antes de que suene el despertador, lo cual es una prioridad. Las mañanas son muy relajantes cuando te levantas a las siete. Los pájaros cantan y yo escucho Radio 4 para variar como parte de mi nueva intención de estar al tanto de lo que ocurre en el mundo. Me parece importante estar al día.

Después de mi segunda taza de té, saco de debajo de la cama Mujeres con poder y me sitúo delante del espejo del cuarto de baño. Ha llegado el momento de hacer algunas afirmaciones positivas.

—«Soy una persona singular, compasiva y cariñosa» —leo en voz alta.

Contemplo mi imagen reflejada en el espejo para ver si lo he asimilado.

—«Soy una Mujer con poder. Puedo cambiar el mundo en el que vivo.»

Vuelvo a mirar.

—«Tengo un aspecto estupendo y me siento estupendamente bien. Me amo.»… Y hoy me llamará Edward —añado para redondear la cosa, antes de cerrar el libro y de cepillarme los dientes.

Saco la báscula de baño y me peso. Peso quinientos gramos más que la víspera. ¿Cómo es posible? Llevo doce horas privándome de comer; a esta hora, tendría que haber adelgazado seis kilos.

Me vuelvo a mirar al espejo.

—Tengo un aspecto estupendo. Me siento estupendamente bien. Me amo —repito en tono amenazador.

Elaine, la de la empresa de trabajo temporal Top Temps, me ha conseguido un trabajo en Boothroyd, Carter y May, una firma de aburridos consultores de administración empresarial de Portland Square. Janet, su recepcionista, está de vacaciones y yo la voy a sustituir. Qué suerte tengo.

En el ascensor experimento una vaga sensación de desaliento. No puedo creer que esté trabajando en otro empleo temporal. ¿Cuándo voy a ejercer una profesión?, me pregunto. Envidio a la gente que tiene muy claros sus objetivos profesionales. A la gente que dice: «Voy a ser médico». Y lo consigue. Lo único que yo puedo decir es: «¿Voy a ser una…?».

Una aburrida recepcionista durante una semana, eso es lo que voy a ser.

Me he propuesto cinco objetivos para el primer día en mi nuevo trabajo:

Buscar mi número de línea directa y llamar a H con él.

Localizar juegos de ordenador en el PC y averiguar dónde están el váter y la cocina.

Averiguar quién es el responsable de firmar mi hoja de horas trabajadas y prepararle una taza de café durante la primera hora.

Averiguar el nombre y el aspecto del gran jefe para evitar situaciones embarazosas.

No quedarme jamás después de las 5.30 y hacer siempre una pausa para el almuerzo.

La persona responsable de mis hojas de horas trabajadas es la señora Audrey Payne. A primera vista, la bautizo con el nombre de Tetas Avinagradas. Me parece que no le gusto demasiado, pero creo que no le debe de gustar nadie porque el humor es algo que todavía no ha descubierto en la vida. Le preparo un café y, cada vez que pasa, pulso rápidamente las teclas del PC y pongo cara de persona eficiente.

A las 11.30 llama Elaine.

—Me dicen que lo estás haciendo muy bien.

Los he vuelto a engañar. Saco el Hola y la lima de uñas. Sé que es un tópico leer el Hola, pero es un rasgo distintivo de las trabajadoras eventuales. Estoy segura de que la revista se llama Hola porque sirve para romper el hielo. No hay ninguna persona que yo haya conocido en un despacho que no experimente el culpable deseo de hojear un ejemplar de esta revista cuando lo ve. En mi calidad de trabajadora eventual, puedo asegurar que, si les permites entregarse a su (en mi opinión saludable) necesidad de evasión, te has ganado un amigo para toda la vida. El Hola no falla jamás.

Paso la hora del almuerzo sentada sin hacer nada en Portland Square, contemplando las palomas. Me digo que, aunque me haya zampado un bocadillo de pollo Tesco Metro bajo en calorías en menos de un minuto, éste ha sido satisfactorio y seguro que no tengo hambre. Veo a una mujer del despacho acercándose a mi banco y tengo que empezar a rebuscar frenéticamente en mi bolso para evitar el contacto. No me apetece hablar con ella y tener que contestar a todas las preguntas acerca del Por Qué Soy una Trabajadora Eventual. En cuanto te apartas sesenta centímetros del mostrador de recepción, creo que siempre conviene mantener las distancias con esa gente. El compromiso siempre provoca infelicidad y he descubierto que la actitud distante siempre me da resultado. Significa que nunca tengo que firmar tarjetas de despedida para personas a quienes no conozco, chismorrear acerca de mezquinos asuntos de despacho o irme al bar después del trabajo con un grupo de personas que se ponen a discutir sobre cuestiones de administración.

A las 2.15 el estómago se me empieza a comer el hígado en señal de protesta. Busco una bolsita de palomitas de maíz en la cocina y me como desesperadamente cinco puñados antes de regarlos con cuatro litros de té.

Entre las 2.15 y las 4.14, me entretengo con un juego de Solitarios del ordenador, me paso media hora charlando con H acerca de mi condición de Mujer Poderosa mientras recojo las palomitas de maíz que se han quedado adheridas a mi jersey, jugueteo con los sujetapapeles de mi escritorio, le escribo una etiqueta a Tetas Avinagradas, franqueo la correspondencia y, sin darme cuenta, ya ha llegado la hora de irme a casa. En conjunto, una jornada sin demasiadas tensiones.

Eso hasta que llego a casa y descubro que no hay ningún mensaje en el contestador. Musito afirmaciones positivas en la ducha y después miro Brookside en la televisión.

Sigue sin ocurrir nada. A medianoche me siento un poco insegura. Eso de ser una Mujer Poderosa y controlar mi propia vida está muy bien, pero resulta increíblemente aburrido.

Estamos a martes y sigo tranquila. Demacrada, pero tranquila. Me paso buena parte del día acariciando la idea de ir al gimnasio. Pero, como es natural, en cuanto la probabilidad de que yo haga ejercicio sube por la escala de lo remoto a lo posible, mi cuerpo se contrae en un espasmo. A media tarde he enfermado de artritis prematura y experimento una sensación de neumonía de bajo nivel. Pero yo conozco mi cuerpo y los trucos que éste utiliza. Está olvidando que soy una Mujer Poderosa.

Llego al gimnasio sobre las siete de la tarde. Está lleno a rebosar y me siento una especie de pieza de recambio. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Decididamente, éste no es mi hábitat natural.

Llevo unos leotardos manchados de pintura, mis zapatillas deportivas de la escuela de aproximadamente el año 1984 que yo esperaba que parecieran retro y sofisticadas (pero no), una camiseta que se me ha vuelto gris en la lavadora y unos calcetines desparejados. Cindy Crawford vete al carajo.

Paso por delante de los tíos super-en-forma que se están trabajando el cuerpo en el aparato de musculación para dirigirme al armario del rincón, rebusco en su interior y saco mi tabla de iniciación gimnástica. Le sacudo el polvo y empiezo a pedalear en la bicicleta estática.

Tardo apenas un par de minutos en convertirme en una sudorosa remolacha. Lo dejo y pruebo suerte en la Máquina de Maratón. La chica de al lado está conectada con unos alambres a una especie de disc jockey y corre vestida con un precioso equipo Reebok. No parece que esté sudando y deduzco de ello que la cosa debe de ser fácil.

Sin desanimarme ante la extraña mirada que me dirige, aumento la velocidad y trato de darle alcance, pero mis piernas no van lo suficientemente rápido y me caigo. No presto la menor atención a su risita de desprecio cuando vuelvo a subir, empiezo a brincar sobre el revestimiento de plástico y reduzco la velocidad del aparato a ritmo de paseo.

Pasear es bueno. Pasear no tiene nada de malo.

Me concentro con todas mis fuerzas en el cuentacalorías que parece que no se mueve. Al cabo de veinte minutos, he quemado exactamente cuarenta y dos calorías. Aproximadamente unas tres palomitas de maíz.

Estoy seriamente preocupada por el nivel de mi estado físico. Para cuando subo a la máquina de los escalones, el corazón me dice que ya es hora de liar el petate. Tomo la firme decisión de ir al gimnasio todos los días a partir de ahora. Y si lo hago, de tomármelo con calma y no esforzarme demasiado al principio para poder mejorar mi buena forma de una manera sensata. Ahora no hay ninguna razón para quemarme prematuramente, ¿verdad?

Consulto mi tabla de iniciación y le doy un poco al aparato de los abdominales, pero creo que está roto. Yo, por lo menos, no consigo que se mueva. Agotada, me dejo caer en una estera para hacer unos cuantos abdominales tendida boca arriba. Sólo consigo hacer cinco, pero me consuelo pensando que, en realidad, no quiero tener un vientre liso. Los vientres lisos son muy de los años ochenta.

A las 7.35 ya estoy en el vestuario con el sudoroso cabello pegado a la cara. No tengo demasiado buen aspecto y no me encuentro muy bien. Haciendo un considerable esfuerzo, me inclino para desatarme las zapatillas deportivas.

—¿Bella?

Me incorporo lentamente. Mis ojos suben por los emparejados calcetines caídos, las tonificadas y bronceadas piernas, los perfectos calzones cortos de ciclismo, el diafragma desnudo y los pechos pulcramente recogidos en un top marca Elle hasta detenerse en la ortodóntica sonrisa de anuncio.

Es la peor de tus pesadillas.

Es Chloe.

—¿Te ocurre algo? —pregunta.

—No, estoy bien —contesto, apartándome del rostro el cabello empapado de sudor—. ¿Y tú qué tal?

—Divinamente. ¿Te lo pasaste bien la otra noche en la fiesta de Jasper?

Empiezo a sentir un ligero acceso de pánico. Se habrá enterado de lo mío con Edward. Asiento en silencio con la cabeza. ¿Hola? ¿Dónde está mi personalidad?

—Te fuiste con Edward, ¿verdad?

—No ocurrió nada —se me escapa sin querer.

—Eso no es lo que me han contado.

Me dedica un guiño burlón.

Carraspeo.

—¿Qué ha dicho?

Menos mal que ya estoy colorada y ella no puede ver que me ruborizo.

—Muy poco. Estaba bastante cocido cuando regresó a casa de Jasper. No le hagas demasiado caso. Si quieres que te diga la verdad, es un poco sinvergonzón.

—¿De veras?

—¡Es tremendo! El otro día se tiró a mi vecina Cathy y la echó a la calle sin invitarla ni siquiera a una taza de café. Y se le van los ojos detrás de todas las modelos desnudas que pinta. Le tomamos constantemente el pelo, pero ya sabes lo que son los tíos como él…

—Sí, ya me lo suponía.

Reprimo el impulso de estrangularla, pero creo que algo en mi tono de voz le hace comprender que no todo marcha bien.

—Como es natural, yo no te reprocharía que quisieras… ya sabes. Es un encanto —añade, ladeando la cabeza en dirección a mí.

—Por lo visto, lo conoces muy bien —musito.

—Le conozco desde hace años. Fuimos al colegio juntos.

—Ah, sí, ya me lo dijo. Lo había olvidado.

Soy una embustera. Podría repetir todas y cada una de sus palabras al dedillo.

—En realidad, es un buen compañero. Siempre está dispuesto a divertirse. Tendrías que salir con nosotros más a menudo.

Chloe me mira con expresión radiante.

Experimento un arrebato de odio.

—Me encantaría. Me lo pasé muy bien. En realidad, quería llamar a Jasper para darle las gracias, pero no tengo su número.

Inspiración, muchacha. A eso se le llama inspiración.

Chloe abre la cremallera de su bolsa y saca una gruesa agenda personal. Me la quedo mirando boquiabierta de asombro mientras arranca una crujiente hoja de color lavanda y garabatea en ella el número con su llamativa, pero visiblemente cara, pluma estilográfica. Me entrega la hoja.

—Gracias —digo, fingiendo desconcierto mientras la doblo cuidadosamente.

Me mira con una sonrisa, se inclina hacia delante y me besa la sudorosa mejilla.

—Estupendo. Hasta pronto entonces.

Ya casi ha alcanzado la puerta cuando se vuelve.

—Ah, por cierto, le di tu número a Edward. Espero que no te importe.

Necesito engullir una bolsa de patatas fritas y tres botellas de cerveza Stella con H para digerir la información. Buscamos todos los posibles significados. Yo creo que Chloe pretende avisarme porque me aprecia y no quiere que me hagan daño y que trata de que Edward resulte más atractivo de lo que es, describiéndolo como un bribón. H no lo cree, pero es que ella no le tiene demasiada simpatía a Chloe. Dice que Chloe está enturbiando deliberadamente las aguas porque no quiere que alteren su íntimo y acogedor círculo de amistades y que muy bien pudiera ser que le gustara Edward.

Chloe salió una vez con un amigo del hermano de H y, al parecer, era bastante bruja. La conocí en una fiesta hace aproximadamente un año justo cuando la relación estaba terminando y ella se emborrachó y lloró contra mi hombro. Después me la volví a encontrar en la boda del hermano de H y desde entonces nos hemos mantenido más o menos en contacto. Me gusta, pero estoy de acuerdo con H en que no es una chica de chica sino una chica de chico. Son cosas completamente distintas.

—Ya —digo—, pero, en este caso, ¿por qué me pidió que saliera con ellos y por qué me dio el número de Edward?

H se encoge de hombros y sacude la cabeza.

—No lo sé, pero no me fío de ella. En cualquier caso, ahora ya no hay ningún problema, porque tienes su número de teléfono.

—Sí, y él hace varios días que tiene el mío, pero no ha llamado, ¿verdad?

H toma un sorbo de cerveza con aire pensativo.

—¿Estás segura de que te interesa? No parece demasiado de fiar.

—No ha encontrado a la chica adecuada, eso es todo —digo con una sonrisa en los labios, antes de que me venga a la mente un inquietante pensamiento—. ¿Y si Chloe le dice a Edward que me ha visto y que yo estaba horrenda?

—¡Por el amor de Dios!

—Pero, a lo mejor, cuando le dije a Edward que me gustaba Jasper, me creyó y me descartó y ya no le intereso.

Me lanzo a un monólogo de dudas y de nuevas razones que puedan explicar el silencio de Edward antes de que H me obligue a callar. Se levanta con el vaso vacío en la mano.

—Todo eso me está empezando a atacar los nervios —me advierte.

Mientras toma la siguiente cerveza, H me da un consejo práctico. Dice que ella en mi lugar llamaría a Edward y aclararía la situación. Pero no está en mi lugar. Ella es mucho más valiente. Le digo que si Edward quiere realmente ponerse en contacto conmigo, lo hará. Tendré simplemente que esperar. H dice que soy una derrotista, pero para ella es fácil decirlo porque tiene a Gav.

Cuando llego a casa, estoy borracha y me compadezco de mí. Edward sigue sin llamar a pesar de que, a estas horas, Chloe ya le debe de haber dicho algo. No pienso llamarlo. Él ha tenido mi número primero y le corresponde a él. No estaría bien que lo llamara yo, por mucho que diga H.

Me acuesto con Mujeres Poderosas y me quedo inmediatamente dormida.

El miércoles cuando me despierto no puedo moverme. Todos los músculos de mi cuerpo se encuentran en estado de choque. Al principio, creo que he sufrido un grave accidente automovilístico, pero después recuerdo el gimnasio. Aún no he abierto los ojos y ya tengo un mal presentimiento sobre la jornada.

En teoría, mi rutina matinal tendría que desarrollarse de la manera siguiente:

7.00: Suena el despertador. Aprieto el botón para desconectarlo.

7.20: Vuelve a sonar el despertador. Comprimo nuevamente el botón.

7.40: Al tercer timbrazo del despertador, me levanto. Me lavo la cara y pongo la tetera a calentar. Abro el grifo de la bañera.

7.45: Me tomo el té. Hago afirmaciones positivas. Me meto en la bañera.

8.10: Salgo del baño con el cabello lavado y acondicionado.

8.15: Me seco e intento peinarme el cabello (siempre un desastre).

8.25: Abro el armario. Elijo y me pongo el atuendo elegido. (Planchado opcional.)

8.30: Me tomo un cuenco de cereales o una tostada (depende de la disponibilidad de leche).

8.35: Vuelvo a comprobar si voy adecuadamente vestida. Me cepillo los dientes. Preparo un conjunto de posibles tareas, por ejemplo, limpieza en seco, arreglo de zapatos, etc. Me maquillo.

8.40: Compruebo y vuelvo a comprobar el contenido del bolso. Localizo las llaves.

8.45: Salgo de casa.

Hoy me despierto a las 8.45. No es un buen comienzo.

¿Por qué, cuando me quedo dormida, siempre me despierto exactamente a la hora en que tendría que salir de casa? Misterio.

Tetas Avinagradas me echa un sermón sobre la puntualidad y yo decido envenenarla. Paso las llamadas a las personas que no debo y meto la pata prácticamente a lo largo de todo el día. Me consuelo a la hora del almuerzo con un bocadillo de tocino, lechuga y tomate con ración extra de mahonesa. Creo que ahora ya no tengo ningún motivo para estar delgada.

Dedico la tarde a imaginarme conversaciones con Edward.

Yo: ¿Diga?

Edward: Hola, Bella, soy Edward.

Yo: (Desconcertada.) ¿Quién?

Edward: Ya sabes, el de la otra noche. Lo pasé divinamente. Fuiste asombrosa. En serio, jamás he conocido a una chica tan inteligente, atractiva…

No, borra eso. Jamás ocurrirá.

Yo: ¿Diga?

Edward: Hola, nena, soy Edward.

Yo: (Superfría.) ¿Quién?

Edward: Me siento solo sin ti…

¡Qué asco! Me dan ganas de vomitar.

La cosa sigue y sigue. Ya lo he ensayado todo, menos las conversaciones en que le cuelgo el teléfono. Sin embargo, al final de la tarde, me he acostumbrado tanto a hablar con él que estoy segura de que llamará. No es posible que un ser humano piense tanto en otro sin que se produzca algún tipo de vibración entre ambos, ¿verdad?

Sólo hay un mensaje en el contestador cuando regreso a casa. Es de H, diciéndome que la llame cuando haya llamado a Edward.

No puedo librarme de la situación. Procuro animarme hojeando unas cuantas páginas de Mujeres Poderosas… «Las mujeres que consiguen lo que quieren son siempre proactivas… etcétera.»

Contemplo la página de filofax en la que figura escrito el número de Edward. Hazlo. Hazlo. Hazlo. Vamos, coge el teléfono.

El teléfono de Edward suena cuatro veces. Me pego el teléfono al oído. Se me quedan los nudillos blancos. Me siento tan desprotegida. ¡Estoy llamando al interior de su casa!

De pronto, se pone en marcha el contestador. Es la voz de Jasper.

«Hola, Jasper y Edward no están en casa en este momento. Por favor, deje su mensaje después de oír la señal y nos pondremos en contacto con usted. Bip.»

Después ocurre una cosa muy rara. Como llovida del cielo, una ardilla se me aloja en el esófago.

—Hola, soy… —empiezo. Me quedo sin habla. Me aterra el sonido que está brotando de mi boca. Lo intento otra vez—. Soy Bella. Mmm.

Más silencio, y después el bip.

Yo sólita sin la ayuda de nadie he dejado el peor mensaje que jamás se haya dejado en un contestador. Jamás. En toda la historia del mundo. Y no puedo arreglarlo. Cuelgo el teléfono como si me hubiera dado una descarga eléctrica y empiezo a agitar las manos. Estoy ardiendo.

Desenchufo el teléfono, desconecto el contestador, abro la ventana y arrojo Mujeres Poderosas al jardín de la casa de al lado.

Jueves: me derrito.

Estoy en estado catatónico en el trabajo. He comprendido que mi problema es mucho mayor que el incidente del contestador de Edward. Se ha extendido hasta abarcar toda mi vida. Involuntariamente, Geoff entra en esta crisis personal.

Geoff es uno de los consultores de Boothroyd, Carter y May y se ha pasado toda la semana rondando el área de recepción. Ello se debe a que es el típico solitario. Sólo se le puede describir como un calamar mojado. No hay nada remotamente atractivo en él.

Lleva unas gafas rectangulares, es calvo y tiene un problema de olor corporal.

Tan desesperado es mi estado mental que, cuando Geoff me invita a almorzar con él, le digo que sí. ¡Voy a salir con Geoff!

Me lleva a un restaurante italiano y pide unos espaguetis que se echa por encima de toda la corbata. Está muy nervioso y se muestra servilmente halagado por el hecho de que yo haya accedido a salir con él. Pero yo no conecto realmente con lo que está ocurriendo porque tengo uno de esos días en que estoy fuera de mi cuerpo. La conversación es un poco afectada y yo empiezo a hurgar mi lasaña con el tenedor.

—No pareces muy contenta —observa Geoff.

Sobresaliente y matrícula de honor para nuestro Einstein.

Me encojo de hombros.

—Estoy bien.

—¿En qué piensas? —me pregunta (estúpidamente).

Y se lo digo.

Y dejo que le haga daño.

Le digo que estoy pensando que las personas sólo atraen a las personas que pueden atraer. Por ejemplo, Elizabeth Taylor atraía a Richard Burton porque ambos poseían más o menos el mismo atractivo. Y yo he atraído a Geoff. Lo cual debe de querer decir que mi nivel de atracción es más o menos del mismo tipo que el de Geoff. Y eso, francamente, me hace sentir deseos de ahorcarme.

No sé qué me ocurrió. Jamás le había dicho una grosería semejante a nadie que fuera prácticamente un desconocido. Nos miramos un rato y después yo esbozo una nerviosa sonrisa, pero Geoff parece auténticamente disgustado. Nos damos un apretón de manos, él se saca un poco de dinero del billetero, lo deposita sobre la mesa y se retira precipitadamente.

Por suerte, como nadie habla con Geoff, éste no tiene a nadie con quien despotricar y, por consiguiente, no se produce ningún enfrentamiento en el despacho. Sin embargo, yo me paso toda la tarde sumida en un profundo remordimiento.

Cuando vuelvo a casa, hago acopio de valor y vuelvo a enchufar el teléfono.

Inmediatamente llama mamá para una de sus «charlas».

—Cariño, ¿cómo es este encantador nuevo hombre tuyo? Estoy deseando conocer…

—¡No es encantador y no es mío! —grito. Estoy sufriendo una especie de derrumbamiento de la personalidad.

Edward sigue sin llamar. H se deja caer por casa y me echa una bronca cuando yo me niego a permitir que me saque de mi negro estado de ánimo. Me dice que da pena verme y que no es necesario que se lo haga pagar a los demás. Tiene razón, pero yo no me doy cuenta.

—No lo entiendes —le digo en tono despectivo—. Tú no sabes lo que es que te abandonen antes incluso de la primera cita.

H adopta una línea dura.

—Eso no tiene nada que ver con Edward —dice con exasperante calma—. Lo que pasa es que finalmente te has venido abajo y de eso tienen la culpa los trabajos temporales. Ya sabía yo que iba a ocurrir.

—¿Y qué si mi trabajo es una mierda y mi vida también es una mierda? Es mi destino. No puedo hacer otra cosa —replico—. Soy un caso perdido en todo.

Se niega a aceptarlo.

—Eso es una bobada. Ni siquiera lo intentas. Parece como si ya te hubieras dado por vencida. Sabes que te interesa el sector de la moda y quieres hacer cosas, pero tienes miedo.

—¡Cállate, por favor! Eso es historia pasada. Y en cualquier caso, ya es demasiado tarde.

—No es demasiado tarde, lo que ocurre es que eres muy cabezota.

—Ya, ¿y qué sabes tú de eso? Tú, con tu exclusivo trabajo en la televisión y con tu Gav cuando vuelves a casa. ¿Qué sabes tú lo que significa estar en un callejón sin salida? —digo, pero me vengo abajo y me empieza a temblar la voz.

—El hecho de tener novio no resolverá todos tus problemas, Bella.

—Muchas gracias, Claire Rayner —digo con voz entrecortada—. Puede que eso no sea la respuesta, pero sería un comienzo fabuloso porque no tienes ni idea de lo mucho que aborrezco vivir sola. Tener que enfrentarme con toda esta… mierda —digo en tono despectivo, rompiendo a llorar con desconsuelo—. Por si no te has dado cuenta, no consigo ligar con nadie. Ni siquiera con Geoff porque hasta él ha comprendido la verdad… que yo soy una persona horrible y mi vida no va a ninguna parte… y… y… moriré vi-ir-ir-ir-ir-ir-gen.

H me abraza con fuerza, abre la caja de los pañuelos de celulosa de color, me prepara una taza de té de hierbas y me lleva a la cama. Me dice en tono tranquilizador que por la mañana todo se habrá arreglado.

Ya. ¡Que se vayan todos a la mierda! Ya no quiero seguir gimoteando por eso. Ya estoy hasta el coco. He desperdiciado demasiada energía esperando la llamada de este cabrón. Una miserable llamadita de nada habría sido suficiente, pero no, eso ni hablar, ¡es un egoísta hijoputa como la copa de un pino! Bueno, ya me he cansado de perder el tiempo con él. Ya no me hará sufrir más. Esta semana he ganado y perdido tres kilos y medio y he discutido con todo el mundo, incluida H, ¿y para qué? ¿Me puedes responder a esta pregunta? Dulce Fanny Adams.

O sea que se acabó. Edward Cullen está fuera de mi vida para siempre. Pero ¿es que no sabe quién soy? Tendría que estar aquí, pidiéndome de rodillas una cita, haciendo fundirse los cables de mi teléfono, convirtiendo mi piso en una maldita floristería. Pues bueno, ¿sabes que te digo? Que se vaya a la puta mierda. Que tome sus condenadas putitas, su ropa de marca y todas sus bobadas artísticas y se largue de una puñetera vez.

Esta mañana tengo ganas de guerra, chico. Soy Tarzán; ¿a quién le interesa ser una frágil Jane? A fin de cuentas, soy una Mujer Poderosa.

No necesito a los hombres para nada. Los hombres, con sus pestilentes órganos genitales, sus repugnantes uñas de los dedos de los pies y su refinado esnobismo. ¿Alguien los quiere? Yo, no. Ni regalados.

Permanezco en la puerta y aspiro una vigorizante bocanada de aire. ¡Ningún imbécil me la volverá a pegar! Hoy es el último día de mi trabajo temporal y EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE MI VIDA.

Por desgracia, resbalo en los peldaños de la entrada y me rompo las medias.

Sin embargo, me niego a enfadarme y creo que se me nota la nueva actitud. La gente se aparta de mi camino en el metro y, en el despacho, a la gente se le marchitan los saludos en los labios. Surco el día con brutal eficiencia. Incluso ordeno el armario del papel y los sobres de cartas, cosa que impresiona en gran manera a Tetas Avinagradas.

A las 5.30 en punto le entrego mi hoja de horas trabajadas. Es la parte del trabajo temporal que más suelo aborrecer. La gente arma mucho alboroto en el momento de firmar la hoja, discute sobre las horas y te hace experimentar la sensación de que eres una especie de reclusa en libertad condicional. Pero hoy eso no ocurre. Tetas Avinagradas me mira de arriba abajo mientras yo permanezco en posición de firme junto a su escritorio.

—Gracias, Anna, por todo el duro trabajo que has hecho —dice—. Debo decir que hoy has estado… mmm… de lo más diligente.

—En realidad, me llamo Bella. Está usted en su casa.

—Bueno, pues la semana que viene ya no te vamos a necesitar. Janet ha vuelto de sus vacaciones, pero me pondré en contacto contigo en caso de que haya algo.

No habla en serio, pero me da igual. Me largo de aquí.

Me dirijo con paso decidido a la empresa de trabajo temporal Top Temps. Elaine ha organizado el viernes por la noche una fiesta para todos los trabajadores eventuales, que no puedes esquivar cuando dejas tu hoja de horas trabajadas. El propósito es que nos sintamos una gran y feliz familia y no el azote del planeta que nos considera todo el mundo. En realidad, estas fiestas nos resultan bastante violentas. Los trabajadores eventuales no se tienen demasiado respeto a sí mismos y no digamos a los demás. En los despachos hace un calor tropical. En el mostrador de recepción hay una bandeja de bocadillos que ya están empezando a abarquillarse, un par de botellas de gaseosa y una caja de botellas de vino Blue Nun. Elaine ya va por la mitad, se le ha corrido el lápiz de ojos y las tiznaduras le dan aspecto de oso panda.

—Vamos, quédate a tomar una copa —me dice con voz pastosa, poniendo mi hoja de horas trabajadas en la bandeja de entradas.

Declino la invitación y le digo que me largo. Me dice que me llamará para otro trabajo la semana que viene.

Utilizo el teléfono del despacho para dejar un mensaje en el móvil de H. Le digo que no se podrá escapar, vamos a pintar la ciudad de rojo.

Rojo sangre.

Canturreo mientras subo la escalera de mi casa, emocionada ante la perspectiva de mi salida nocturna. Me voy a encurdar. Más que encurdar. Lo merezco. Puede que hasta me dé el gustazo de chutarme si se tercia. No hay nada que me lo pueda impedir. Domino la situación.

Inserto la llave en la cerradura de la puerta. Ni siquiera me molestaré en echar un vistazo al contestador. No quiero darle al aparato la satisfacción de saber que me importa. Porque, con toda franqueza, me importa un bledo. Aunque hubiera diez mensajes de Edward-Cabronazo-Cullen, los borraría todos. Y si volviera a llamar, le diría que se fuera al carajo.

Suena el teléfono en el momento en que abro la puerta. Estupendo, debe de ser H, preparada para hacer planes.

Me abalanzo sobre el teléfono.

—¿Diga? —gorjeo con voz cantarina.

Una breve pausa.

—Hola, Bella, soy Edward. Me estaba preguntando qué vas a hacer esta noche.

Sé que eso es grave. Tremendamente grave. Que en dos segundos deshago la obra de dos décadas de Movimiento de Liberación Femenina. Pero es que me alegro inmensamente de oír su voz. Estoy tan miserablemente agradecida de que al final haya llamado que oigo mi voz, diciendo con más entusiasmo del que quisiera:

—Nada. ¿Por qué?


Aquí el segundo capítulo, gracias a todas las personitas que apoyan esta locura.

Ya son 12 reviews, y eso es super valorable para mi.

Prometo responder en breve todos sus comentarios, estoy trabajando mucho pero trataré de acomodar mejor mis horarios.

Nos leemos el viernes 09.

๑۩۞۩๑

#Andre!#