Los personajes no me pertenecen, tan solo la trama es mía.

Aviso por contenido para adultos.


Capítulo beteado por Pulpi Mortensen, Beta de Élite Fanfiction.

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Estúpido hombre, no entiendo qué se le pasa por la cabeza para siempre acabar besándome. El muy idiota besa tan bien, todavía siento ese increíble cosquilleo en todo mi cuerpo. Cada poro de mi piel ruega por más caricias y besos que me transporten y me hagan olvidar todo. Lo que soy.

Sacudí mi cabeza a la vez que me regañaba por ser tan ilusa y creer que algo entre él y yo podría pasar. Ese chico sólo era un prepotente al que le divertía verme molesta.

Bajé el portal rápidamente sabiendo al instante dónde me encontraba. Muy cerca de donde lo dejé el otro día. Caminé a buen paso hacia la dirección que me indicó. A simple vista no pude percibir mi auto puesto que la calle se encontraba atestada de coches a ambos lados de la calzada. Comencé a recorrer la calle en busca de mi Opel corsa pero maldición no lo encontraba, ya estaba al borde del colapso imaginándome lo peor. Y si me lo robó o me lo quemó. Pero poco después lo visualicé en medio de dos todoterrenos al final de la calle. Jodido idiota, todo lo hizo adrede para desquiciarme los nervios. Con rabia abrí el coche y salí de allí queriendo olvidar todo lo vivido en el día de hoy.

Llegué a casa muerta de cansancio. Me dolía todo el cuerpo… Tantos golpes que había recibido. Con cuidado me las ingenié para que nadie percibiera las heridas ocasionadas por mi estupidez.

No podía evitar estar en la cama lamentando la insensatez que estuve a punto de cometer. ¿Cómo había sido capaz de llegar a ese extremo? Podría haber muerto. ¡Dios! ¿Acaso me había vuelto loca? Había perdido el norte. Si el chico no me hubiese alcanzado ahora mismo estaría en el más allá y aunque en ocasiones lo vea todo oscuro y negro. Incluso para desear no seguir viviendo. Pero mis padres no se merecen nada de eso, no puedo ser tan egoísta después de todo lo que han pasado. No sería de ninguna manera justo para ellos que realizara un acto tan cobarde cuando han aguantado todo aquello.

Sé que soy una carga para ellos, un dolor en el trasero. Pequeñas lágrimas se deslizaban por mi cara externalizando todo el dolor que mi alma cargaba. Lo menos que quería en este mundo era hacerles sufrir, pero no importaba cómo siempre acababa haciéndole daño.

Era una buena para nada. Frágil y tonta que lo único que conseguía era lastimar todo aquello que tocaba. Yo no quería, lo juro. Sólo deseaba ser como los otros chicos de mi edad. Salir y pasarla bien pero estaba condenada a esta armadura invisible. A esta jodida burbuja que me ahogaba. Que me retenía en contra de mi voluntad.

Más lágrimas cayeron, parecía que ellas me acompañarían toda la vida. Que serían el reflejo de mi eterno sufrimiento… ése que cada día cargaría con más dolor y amargura.

Morfeo como siempre me atrapa entre este mar de lágrimas alejándome de este enorme pesar. Evadiendo una realidad latente que parece una condena más que una vida… Pero la pena era demasiado intensa para evitar que el agua salada de mis lágrimas dejara de ser derramada.

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La luz de la mañana me despertó, parpadeé lentamente mientras comenzaba a notar el dolor de las heridas y mis mejillas pegajosas por la llantina de anoche. Pasé mis manos por mi cara intentando borrar la sensación pero fue en vano.

Caminando a duras penas llegué hasta el cuarto de baño… Necesitaba una ducha con urgencia… Sentía los músculos engarrotados. El agua caliente enseguida me provocó que suspirara de alivio. Me dolía absolutamente todo… incluso el alma… Sentía un gran peso en mi interior y para eso dudaba que hubiera un bálsamo que me aliviara.

Idiota, mil veces idiota.

Joder, me había salvado la vida y yo ni siquiera le agradecí. Es la segunda vez que me salva el pellejo. Cerré los ojos con fuerza. Ese idiota. Sonreí tontamente al pensar en él, estaba buenísimo pero era un cabrón. Lo llevaba escrito en cada poro de su piel. Todo en su cuerpo gritaba peligro… Te anunciaba que te mantuvieras alejado de él pero parece que el destino está empellado en que nos juntemos de algún modo. ¿La razón? Ni idea, ese hombre era un pecado… Sólo tenerlo delante me provocaba que ningún pensamiento muy inteligente surcara mi mente sino fuera porque me ofuscaba hasta el límite.

Con él todo era tan distinto podía ser yo de algún modo, no me cohibía ni sentía menos… podría hablar sin temer que me fueran a tachar de loca o callar mis palabras. No entendía qué tenía él. ¿Acaso podría haber algo de diferente? Sólo era un ser humano más aunque no parecía de mi edad a pesar de que vestía ropas juveniles. Debía pasar los veinte cinco lo más seguro. Sus ojos era tan cautos en ocasiones y el modo en que me decía "niña" ocasionaba que pensara que él no era todo lo que aparentaba, que había mucho más escondido. Odiaba sentir esta curiosidad por él.

No debía sentir absolutamente nada por él. Desdén. Pero como sentir tal cosa cuando me besa de ese modo, tan ardiente que me vuelve loca o me mira con esa autoridad que, lejos de temerle, sólo deseo complacerle.

Mierda, Isabella, se puede saber de qué coño hablas. No sabes nada de ese tipo, más que tiene una navaja con la que suele salir y la dirección de su casa. Eres una tonta si ves más en lo que hay nada. El chico sólo me ha ayudado en un par de ocasiones y para mi suerte hoy estoy con vida gracias a ello.

Salí de la bañera con el propósito de sacar de mi mente a ese hombre. No tenía caso pensar en imposibles. Sequé con mucho cuidado mi cuerpo y curé con delicadeza mis heridas. Las malditas dolían de lo lindo. Al verme en el espejo me di cuenta de que el chichón de mi cabeza no estaba muy hinchado, todo a mérito de…

Para Isabella, ya fue.

Peiné mi cabello de modo que no se viera el golpe, al acabar unos fuertes golpes sobre la puerta me hicieron temblar. Me apresuré a colocar bien mi cabello y a recoger el baño pues ya me temía quién era el idiota que había tocado de ese modo. Y ya me preparaba para su palabrerío. Al fin y al cabo siempre tenía algo que decir.

Un suspiro de pesar se me escapó justo antes de abrir la puerta.

─Hasta poco tardaste para lavar tu culo gordo ─se regodeó él en insultos que ya muy bien me conocía. Creo que hasta los podría decir de memoria. Pasando de él caminé en albornoz hacia mi dormitorio para cambiarme para salir a dar una vuelta con el pequeño Sam. Busqué ropa que me quedara suelta y no me provocara daño en las zonas lastimadas. Cuando estuve lista comí algo rápido y cogí la correa del perro para ir a darle una vuelta cerca de casa.

Me encantaba pasar tiempo con Sam, era lo único positivo que tenía en mi vida por ahora. Era hermoso salir y ver la cara de emoción que ponía al verme. No sé, era mágico que todo en él cambiara al verme… Al menos sabía que al perro si que le importaba. Verlo correr de arriba para abajo como un terremoto de energía me hacía sonreír. Me gustaba otorgarle su dosis de libertad… No sé, era algo digno de admirar verlo desenvolverse sin ningún tipo de cadenas.

Pronto se hizo tarde siendo hora de volver, la verdad es que no me apetecía regresar a mi deprimente casa… Cualquier cosa era mejor que eso… más si así me evitaba al idiota de mi hermano que sólo conseguía amargarme la existencia. A veces sólo quería que se mantuviera callado para siempre, de ese modo al menos dejaría de incordiarme tanto. En muchas ocasiones me pregunto qué carajo le hice para que se comporte de esa manera conmigo.

Un suspiro cansado se me escapó cuando llegamos a casa pero, para mi tormento, mi hermano y mi padre estaban hablando en la entrada de casa. Ignorándole un poco caminé hacia el corral de Sam para ponerle de comer y encerrarlo por hoy. Cuando hube acabado me giré para buscarlo pero lo que vi me dejó blanca de golpe, mi perrito salía por los aires de la patada que le dio Alex. Mis ojos se aguaron al escuchar como se quejaba, desesperada cogí a mi perrito en brazos comprobando que se encontrara bien. Dos lágrimas se me escaparon de mis ojos pero Sam pronto las lamió indicándome que se encontraba bien. No pensándolo mucho dejé al perrito en su lugar y fui a enfrentarlo. Era un idiota y me cansaba la jodida situación.

─Eres un imbécil ─aseveré dándole un ligero empujón que ni siquiera lo tambaleó, pero no pude hacer nada antes de sentir sus uñas enterrarse en la piel de mis brazos y empujarme con rabia al suelo. Mis muslos se rasparon contra la dura superficie mientras estúpidas lágrimas de impotencia caían por mis ojos.

Como te odio, te odio mil veces con toda mi alma.

Me levanté como pude sintiendo pinchazos en los muslos, me giré encontrándome con la mirada vidriosa del cachorro. Le sonreí como pude antes de entrar a la casa.

Una vez en mi cuarto me quité toda la ropa dejándome caer en ropa interior sobre la cama. Cerré los ojos fuertemente queriendo olvidar lo desgraciada que era por culpa de mi hermano. Pero no derramaría una lágrima más hoy, al menos no por él. De pronto unos ojos verdes acudieron a mi mente… tan claros y transparentes que podrían llegar a parecer azules en ocasiones. Estos me miraban serios pero no disgustados con una dosis de comprensión que me era ajena y sin prestar atención a todo aquello que gritaba peligro en mi mente comencé a fijarme en cada mínimo detalle… Cada pincelada bella que conformaban esos orbes hasta que el cansancio hizo mella en mí enviándome al mundo de Morfeo.

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Dos días después.

No aguantaba más el encierro, me era imposible permanecer más tiempo alli. Sabía que podía ser un error el regresar a esa playa donde él me salvó la vida por primera vez pero no sabía a dónde dirigirme. Necesitaba alejarme de mi hermano, últimamente las cosas estaban muy sensibles. Discutimos por cada estupidez que ocurre y hemos estado a punto de llegar a los puños. No soy para nada violenta pero todo esto me está hartando, tan solo quisiera alejarme un tiempo de esta casa que tanto daño me hace. Sólo quisiera poder dejar de verle y tener algo de paz. Tranquilidad.

Estacioné cerca del parque infantil que allí se encontraba. Caminé por la avenida de la playa queriendo que la brisa del mar se llevara todos mis problemas. No entendía la clase de odio y rencor que sentía Alex hacia mí. Era incomprensible, nunca le había hecho nada para que me humillara de ese modo tan vil. Me senté en un banco queriendo calmar la angustia tan grande que me consumía y no me dejaba respirar. Suspiré pesadamente mientras observaba todavía mis piernas todas rasguñadas, aunque lo peor eran los muslos que se encontraban totalmente amoratados a pesar del paso de los días. Y a causa de ellos me era imposible ponerme unos pantalones no soportaba ni siquiera el roce de las sábanas durante la noche. Me daba pena ir así, pero que más podía hacer... Ya mi casa sólo era el recordatorio del infierno que estaba viviendo.

Sólo quería desaparecer por un momento y dejar de sentir esta pena en mi interior. Dejar de ser tan infeliz pero sé que nada vendrá del aire. Que sólo yo puedo hacer algo para que cambie, pero, en cambio, no hago nada, estoy aquí sentada... más perdida que un extraterrestre. No sabiendo ni por dónde comenzar.

Estiré las piernas y fijé la mirada en mis pies. Son la única parte de mi cuerpo que me gusta... o por lo menos me agrada. Pero acaso alguien se fijaría en algún momento en eso. No, claro que no. Suspiré nuevamente antes de fijarme en la gente que caminaba por la zona hasta que mi mirada se detuvo en un chico que se encontraba en medio de dos rubias. Ambas tenían buena figura, no siendo ni muy delgadas ni muy rellenas. Aunque compartían una buena delantera, no entendía qué fue lo que me llamó la atención de ese cuadro. No sé si eran los intentos fallidos y exagerados por llamar la atencion del chico, que se me hacía muy conocido, pero la distancia no me permitía reconocerle. De pronto, él chico soltó una carcajada y de inmediato una imagen mental sobre quién podría ser provocó que saltara como resorte buscando alejarme de allí. Pero al mismo instante un nudo se instaló en mi estómago. Me molestaba que estuviera con esas y lo peor es que no debía hacerlo. No podía sentir nada por ese, tenía que serme totalmente indiferente lo que hiciera o no con esas chicas.

Caminé mucho más lejos por esa avenida, no quería encontrármelo de ninguna forma posible. No quería tropezar con esa sonrisa burlona que se reía abiertamente de mí aunque no me molestara tanto y me mirara con esos ojos que parecían leer mi mente... Casi podría asegurar que preveía lo que yo diría o cómo actuaría. Me sentía desnuda en su presencia y temía enormemente que un extraño me hiciera sentir de ese modo. Agarrándome con fuerza a la barandilla no dejaba de repertirme mentalmente por no entender qué carajo estaba sucediendo en mi interior. Parecía que todo en mí se quería revelar contra esta situacion. No aguantaba a mi hermano y no parecía estar dispuesta a aguantarlo por mucho más tiempo.

El cambio me daba miedo, pero, al mismo tiempo, lo anhelaba con todas mis fuerzas. Y hoy por hoy no podría decir qué sentimiento era más fuerte. Todo se veía intenso, y de lo único que estaba segura era de que estaba cansada de la autocompasión. El sol despidiendose en el ocaso me despertó de mi letargo de pensamientos... Ahí caí en la cuenta de que se me había hecho muy tarde, debían ser como las ocho y media de la noche. Apresurada, no queriéndome encontrar con ninguna sorpresa, caminé a buen paso por todo el paseo marítimo, pero vaya sorpresa me llevé al ver a unos tipos que fumaban alrededor de mi coche, mas bien apoyados en él. ¿Y ahora qué?

Me dejé caer en un banco para luego sisear de dolor. Qué idiota soy. Como boba me quedé mirando para los chicos que aunque no tenían cara de violadores me daba mucha pena ir ahí. Los "y si..." no dejaban de atormentar mi mente, odiaba razonar tanto, pensarlo todo una y otra vez. Acaso nunca podría hacer algo loco sin tener que cuestionarme las consecuencias de mis actos.

Gruñí frustrada conmigo misma.

—Pero mira quién está aquí, pero si es la damisela en apuros —comentó divertido una voz a mis espaldas, me giré aunque ya sabía de quién se trataba y me encontré con su sonrisa presumida del que todo se lo sabe.

Sin prestarle atencion alguna me giré a lo mío, olvidándome de su presencia o al menos intentándolo. Pero al parecer, ese feo gesto le dio igual pues se sentó a mi lado. Con su dedo índice comenzó a recorrer mi brazo provocando que la piel se erizara ante el contacto. Me alejé de su cuerpo mandándole la indirecta de que me dejara en paz.

—No es un poco tarde para que estés aquí, no te puedo estar salvando la vida todos los días —comentó irónico pareciéndole graciosas sus palabras.

—Nadie te lo ha pedido —respondí mordazmente a lo que me estaba echando en cara.

—A veces puedes ser muy borde. ¿Sabes, niña?, no está mal divertirse de vez en cuando —comentó un tanto serio pero tan solo ignoré sus palabras, esas que tanto dolor producían debido a la verdad que encerraban. Miré nuevamente hacia mi coche deseando no encontrar a esos muchachos allí, pero la realidad era otra muy diferente. Estaban muy bien acomodados y no parecía que tuvieran la intencion de irse de allí.

—No te van hacer nada... Sólo tienes que ir y se moverán a otro lado —murmuró muy cerca de mi oído ocasionando que saltara del susto y que al mismo tiempo gimiera de dolor.

—No te aburres, ¿qué es lo que tanto buscas? —pregunté un tanto molesta por su persistencia.

—Sólo quiero ayudarte —aseveró con una sonrisa pintada en su rostro. No aguantaba el tener que oírle, odiaba la lástima y casi podía oírlo en su tono de voz aunque lo disimulaba muy bien. Me levanté rápido de allí caminando hacia mi miedo atroz me acorralaba pero por alguna razón inentendible seguía caminando. Quizá quería demostrarle que sí podía con ello, que no quería su pena, ya con la mía propia era suficiente. Pero antes de llegar al coche sentí su presencia a mis espaldas y justo al instante los muchachos desaparecieron con rapidez. Intensifiqué mis pasos hacia el coche temblando por meter la llave en la cerradura del auto. Sólo quería irme de allí, parecía que nada iría bien. Pero pronto me paralicé del miedo al sentir sus dedos trazando el moratón de mis muslos. Mis ojos se empañaron, no quería que viera eso. Estaba horrible.

Pronto su mano fuerte me volteó, su gesto se encontraba realmente miedo y yo no era capaz de mirarle a los ojos. Me sentía tan avergonzada que sólo podía luchar en sus brazos para que me dejara ir de una vez.

—¿Quién te hizo eso? —casi gruñó, se veía tan enfadado pero yo no era capaz de pensar en nada más que en irme y escapar. Sólo no quería estar aquí.

—No te importa, suéltame —afirmé muy molesta intentado deshacerme de su agarre.

—Dímelo —exigía instalándose un fuego en esa mirada que parecía ser capaz de incendiar cualquier cosa, pero me encontraba muy lejos de esa advertencia. No me sometí, no hice caso a toda las senales.

—Suéltame, hijo de puta... déjame en paz —dije con histeria dándome cuenta de mi error cuando ya lo dije. Yo nunca insultaba... sí que lo hacía mentalmente, al instante temí la reacción de él.

—Nunca en tu vida te atrevas a hablar así de mi madre, niña boba —afirmó con un odio tan profundo hacia mí a la vez que apretaba su agarre lastimándome. En ese momento sólo sentía sus palabras y, por muy tonto que pareciera, se sentía como latigazos. Un enorme dolor comenzó a recorrerme. Lo único que pude hacer fue soltarme de él para subir al coche con la misma y desaparecer de allí. Las lágrimas caían en cascada por mi rostro, se deslizaban con tanta rapidez y fuerza que era difícil no sentir esta enorme opresión hasta llegar al punto de que me estaba ahogando entre sollozos. Siendo un imposible conducir en este estado detuve el coche. No sabía bien en dónde me encontraba pero tampoco me importaba, salí del coche y comencé a andar encontrandome con lo que parecía un área recreativa totalmente desierta, la noche estaba cayendo. Tenía la imperiosa necesidad de esconderme del mundo, de olvidar todo lo que me pasaba. Un "¿por qué a mí me ocurre todo?" se instaló en mi mente, tal vez estaba maldita... Quizá la vida ya me había advertido que lo mejor que me podía pasar era morir.

NO. NO PODÍA SER. MIS PADRES NO LO MERECÍAN.

Me dejé caer allí, bajo una mesa, llorando y sacando mis penas. Llevé las piernas a mi pecho intentando sobrellevar todo esto que sentía aunque dudaba que eso ayudara. No entendía cómo pude ser tan ilusa e idiota.

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Tiempo después, la verdad no sabía cuánto, escuché el sonido de una moto, no le presté mucha atención hasta que escuché como se detenía. Oí pasos apresurados acercándose hasta mi presencia, no sabía si me había visto quien quiera que fuera. Por alguna extrana razón no sentía ningún miedo, simplemente me encontraba allí en una especie de trance. Giré un poco la cabeza con intención de saber quién podría ser el recién llegado pero me encontré con ese par de ojos que tan bien conocía y recreaba en mi mente, estos me miraban con una ansiedad que no podía explicar pero tan solo pude encogerme ante su presencia. No entendía qué era lo que hacía aquí. Él se coló también debajo de la mesa sentándose a mi lado. No dijo nada, sólo se quedó allí a mi lado en silencio. Y yo no podía evitar mirarlo con recelo, sólo quería estar sola, tener mi momento de intimidad mental.

—¿Qué haces aquí? —pregunté con la voz algo ronca debido a la llantina.

—Yo… lo lamento, nunca quise hacerte daño. Sólo quiero ayudarte —afirmó lentamente mientras pasaba sus manos varoniles por mis mejillas llevándose el rastro de mis lágrimas. Me quedé mirando al frente valorando sus palabras y la verdad es que no sabía qué sacar de todo esto. Sabía que estaba perdida, pero acaso eso significaba que debía confiar en él para tener mi dosis de felicidad. De plenitud. Para tirar las cadenas. Sentí su dedo recorriendo mi cuello lo que provocó que sonriera tímidamente, estaba claro que me encantaba lo provocativo que era pero también sabía que era un peligro para mi corazón.

—¿Por qué? —le cuestioné repentinamente, no quería ser el acto de caridad de nadie.

—Digamos que me recuerdas a alguien —contestó serio y era la primera vez que escuchaba ese tono de voz.

—No quiero la pena de nadie —afirmé dejándoselo bien claro.

—Niña, lo menos que siento por ti es pena. Ahora ven aquí —aseveró antes de cogerme con cuidado y ponerme en su regazo. Un beso abrazador y caliente fue todo el recibimiento que tuve. Su lengua se internaba en mi interior de una forma tan apabullante que me dejaba desconcertaba sobre lo que se esperaba de mí. Sólo continué su ritmo enrollando mis brazos alrededor sintiendo como sus manos abarcaban m cuerpo y lo recorrían con ambición, con deseo de poseerlo. Ese desconocido calor hizo acto de presencia recorriendo mis venas a una velocidad impresionante, a la vez que sentía mis pechos diferentes, más tensos y duros bajando hasta mi femineidad. Cuando sus labios dejaron mi boca, sólo pude jadear y ansiar por sentir esa intensidad de nuevo.

—¿Ha quedado claro que ninguna pena me une a ti? —regañó dejándome impresionada y sin palabras. Simplemente asentí, no creía que pudiera encontrar mi voz.

—Ahora otra cosa, niña, ¿estás dispuesta a dejar ese mundo aburrido y abrirte a ese ardor que llevas en la sangre y a una buena dosis de diversión? —cuestionó dejándome asombrada por tal pregunta… Mi gran debate personal se había manifestado. ¿Qué es lo que debía hacer ahora?


No es por nada pero ¿que le responderá ella? Digo es todo una tentación sin ninguna duda. Nos leemos en el siguiente capitulo.

Besitos.