3. Amaxofobia

Otra de las cosas que amaban hacer en la casa de los Scamander era volar cometas. Ese soleado domingo, Albus trataba de hacerse con el control de una de ellas, mientras Rolf le instruía a su lado. Albus amaba pasar el rato con la familia, se sentía más acogido que en la suya propia. Es cierto que tanto Luna como Lorcan eran muy particulares, ambos con curiosidad por los bichos, la naturaleza y el bosque. A Harry le encantaba también que su hijo pasara ratos con los Scamander, siempre eran bienvenidos, una de las familias mágicas más queridas por muchos miembros del Ministerio, si bien no tan populares como los Potter.

—Recibir lechuzas de los Malfoy se está convirtiendo en un hábito —comentó Harry a su esposa justo en el preciso momento en el que entraba Albus.

—Papá…

—Hola, hijo. ¿Cómo ha ido con los Scamander? ¿Qué tal está Luna?

—Todo muy bien, papá —asintió Albus aún con su bolsa a la espalda—. Voy a dejar esto, quiero hablar contigo de las clases de coche.

Ginny le dio una mirada veloz, mientras Harry puso los ojos en blanco.

—No quiero nada peligroso —estableció ella, secándose las manos en un paño suave.

—¿Dónde os llevó Ron? Nunca me lo contaste —preguntó Harry una vez ambos hubieron subido a la habitación de Albus y James.

—Solo estuvimos en una sala con ordenadores, hay lecciones virtuales muy bien hechas. A Scorpius le impresionó.

—Siéntate, Albus —El joven dejó a un lado la bolsa con sus enseres y se sentó sobre la cama—. ¿Sigues pensando en aprender a conducir?

Frunció el ceño, extrañado.

—Claro, papá.

—Esta… chica a la que quieres impresionar… ¿le gustan las cosas muggles?

—S… supongo, claro. Bueno, al menos por su forma de ser.

—Me encantaría conocerla —sonrojo inmediato de Albus y una tos aislada.

—Eso no será posible, papá, deja de agobiar.

—Vale. Había que intentarlo. Entonces, hablemos de las clases. Ron nos prestará su coche para las prácticas, pero vamos a hacerlo de otra forma —a continuación sacó un mapa donde se había pintado una serie de carreteras y un aparcamiento aislado—. Aquí iremos.

Al parecer, era todo un campo de prácticas para novatos, una escuela de conducción. Albus no pudo disimular su sorpresa.

—No preguntes, es cosa de Hermione. Pero haremos varias cosas ilegales, como confundir al dueño para poder reservarlo para nosotros solos.

—Suenas emocionado —rio el chico.

—Me encanta saltarme las reglas, aunque eso ha ido mermando un poco con el tiempo. Naturalmente, esto no lo aprobará Malfoy, pero ya he hablado con Astoria. Es muy flexible y me consta que quiere ayudar a su hijo. Scorpius tiene suerte de tener una mamá como ella.

Albus miró al suelo, pensando en la buena suerte del primogénito Malfoy… todo se le daba bien y además era agradable. Albus comenzaba a tener sentimientos encontrados.


—El próximo lunes. Estoy muy nervioso —confesó Scorpius cuando Albus le notificó el día en el que comenzarían a conducir un auto.

—Mi padre dice que tenemos que ir con ropa muggle, ¿tienes algo así? —Scorpius giró la cabeza, aún preocupado—. Creo que tenemos la misma talla, puedo prestarte algo mío.

—Yo soy más alto —comentó Scorpius, medio riendo, y el otro le dio un puñetazo amistoso.

—Yo también estoy nervioso. Además, mi padre no me da ninguna confianza —y le contó a Scorpius cómo se había aparecido dentro del coche cuando vio que corría peligro.

—No le diré nada a mis padres, o me puedo despedir de todo esto.

Albus pestañeó y, tras una silenciosa pausa, preguntó:

—¿Tú estás seguro de lo que vas a hacer?

Scorpius se giró, curioso.

—Eso fue lo que me preguntó mi padre. Si realmente nuestra conquista merecía la pena.

Los ojos grises de Scorpius se clavaron en los suyos.

—La mía, sí. ¿Y la tuya?

Albus asintió.

—Pensé lo mismo. Creo que quieren asegurarse de que no son caprichos de un adolescente.

—No pueden pensar eso si han movido cielo y tierra para permitirnos conducir. Ellos están más involucrados que nosotros.

—Eso… también me preocupa desde hace un tiempo. Mi padre trató de sonsacarme, pero ¿tal vez sepan algo?

Scorpius puso las manos en las caderas, divertido.

—Creo que no. Las nuevas generaciones de magos van cambiando, y ellos a veces no siguen esa línea…

—Dirás lo que quieras, pero creo que tu madre se huele algo —Albus miró el perfil de su amigo cuidadosamente para luego dirigirlo hacia los edificios próximos a su casa. Ambos caminaban por las calles próximas a Grimmauld Place después de haber tomado un té en una cafetería. En alguna ocasión, tanto Albus como Scorpius se habían quedado en grupo en la sala común para relajarse o tomar algo, pero últimamente estaban pasando mucho tiempo juntos a solas, lo que les estaba permitiendo conocerse un poco más. Scorpius siempre había admirado a la familia Potter y Weasley por su sentido de la unidad, algo que en su familia no ocurría: siempre eran tres, pasara lo que pasara. De vez en cuando se añadían sus abuelos, sí, pero en ningún caso existía esa unidad que veía en las dos familias de Albus, quien, por su parte, se sentía influenciado por demasiadas personas, dudando en ocasiones de saber cuáles eran sus propios valores y decisiones, estigmatizado además por llevar el apellido Potter.

Y fue así como, la última semana del mes de Julio, dos magos ataviados con prendas muggles llegaron al centro de prácticas del sur de Gales, Swansea, algo mareados tras soltar el traslador.

Cuando Harry quiso asegurarse con el dueño de la autoescuela de que iban a mirar su pista de prácticas, varita en mano, tuvo que parar su hechizo al escuchar el nombre de Hermione. Al parecer, ese hombre la conocía y les prestaba durante cuarenta minutos la pista. Albus bromeó con su padre: parecía decepcionado por no haber podido saltarse las reglas, muy propio de él.

Harry introdujo el coche de Ron en la pista mientras les iba explicando a los chicos las diferentes partes del automóvil. Scorpius resultó ser un excelente memorizador; inclusive sabía dónde localizar la batería y el agua. Sin embargo, a la hora de practicar, podía sentir sus manos sudadas, temblando.

—Tranquilo. Si ocurre algo, solo tengo que levantar esta palanca —dijo Harry tratando de tranquilizar al chico.

—¿Puede hacerlo Albus primero?

Cuando Albus se puso al volante y dio sus primeros movimientos, Scorpius lanzó un grito.

—¡Mira, mira, estás andando!

Albus trató de no asustarse aún más fijando la vista en la carretera. Trató de hacer correctamente uno de los giros mientras escuchaba las instrucciones de su padre, pero el coche se caló.

—Pisaste el freno sin desembragar.

—Eh… eso parece —dijo Albus tratando de nuevo de ponerlo en marcha.

Volvieron a arrancar, esta vez con mucho más tacto Albus prestó atención a las marchas, pero le era imposible memorizar las marchas a la vez que presionaba los pedales.

—Es muy complicado, papá —suspiró, desanimado.

—Lo estás haciendo genial, Albus —dijo una voz detrás de él. Se asomó y vio a Scorpius con ojos brillantes. Ni siquiera había podido llegar al otro lado de la pista y sin embargo, su amigo lucía emocionado.

—Dos vueltas más y te toca, Scorpius —avisó Harry, ordenando a Albus arrancar una vez más.

Pareció que esta vez Albus pudo frenar correctamente. Cuando intercambiaron sitios, Scorpius sentía las piernas como gelatina.

—Señor Potter… —empezó, sabiendo lo complicado que le parecía.

—A ver, chicos —se volvió el aludido, mirándolos—, la primera vez que monté en un coche con Ron estaba tan asustado que tuve pesadillas durante unos días. Pero yo ni siquiera sabía ese montón de teoría que os habéis empollado. Y sí, es complicado al principio, pero todos estos movimientos que ahora os cuestan se harán automáticos, y es más fácil que aparecerse, creedme.

Con Scorpius, el peligro fue algo más palpable: presionaba los pedales demasiado, ya fuera en acelerador o freno, y para la mitad de su clase Albus tenía ganas de vomitar. Al término de sus cuarenta minutos y cuando Harry lo despidió dejándolo en su casa, Scorpius bajó a la lechucería de su jardín. Helios y Selene estaban allí, pero el joven cogió a su propio búho, Warrior. Mientras ataba el pergamino a su pata, recordó a su padre diciendo que el nombre escogido era demasiado Gryffindor. Quien no tenía ni pizca de esa casa era él, porque ahora mismo estaba escribiendo al señor Potter para pedirle disculpas y decirle que deseaba cancelar las clases. Tal vez había recapitulado y su conquista no merecía tanto esfuerzo, o bien se había dado cuenta de que las cosas muggles no eran para él.


Scorpius no contó con un enfadado Albus presentándose en su casa dos días después. Había llegado en escoba, sin permiso de sus padres, y se veía decepcionado y atribulado a partes iguales.

—No entiendo por qué te enfadas —dijo Scorpius con calma—. Simplemente, he visto que esto no es para mí.

—Por Merlín, Scorpius, TODOS los muggles conducen. Es como caminar o hablar, no puedes dejar esto a un lado.

Scorpius se volvió, enfadado.

—Bueno, DISCULPA que no sea tan valiente como tú. En todas mis clases de apariciones jamás he sentido ese tembleque en las piernas. Es mi verano, no quiero pasarlo mal.

—¿Te da miedo el coche? ¿Es eso?

El joven volvió a retirar la mirada, suspiró pesadamente.

—De todos modos, ¿a qué has venido? Ya sé que tú lo haces por una tercera persona. Tendrás a tu padre para ti, podrás lograrlo antes de tiempo.

Albus le cogió del brazo, tal vez demasiado impulsivamente. Algo extraño cruzó entre la mirada de ambos. Albus reculó.

—Perdona. Solo quería… las clases sin ti no van a ser igual.

—No importa, ya te acostumbrarás.

—¿Necesitas que hable con tus padres, tal vez?

—No. NO, Albus Severus, no voy a repetirlo, es una decisión mía, no de ellos. Que, de paso, estarán contentos de saberlo.

Albus pestañeó, dolido por alguna razón al ver a su amigo con ojos enrojecidos ante un miedo aparentemente ilógico, pero que era más común entre los muggles de lo que él creía.


—Amaxofobia —enunció Albus tras entregar varios folios muggles a Scorpius—. Lo saqué de internet.

Scorpius leyó lentamente el contenido de una fobia prácticamente desconocida pero existente, para después posarlos en el banco junto al que estaba sentado.

—¿Es para hacerme sentir mejor? No voy a volver, Albus.

—Tu miedo es ilógico y no eres el único que lo padece.

—Lo he leído —lo miró, con ese gesto de "¿crees que soy tonto?"

—Quería pedirte perdón. No es cierto que todos los muggles conduzcan. Tampoco es cierto que sea fácil para ellos. Al parecer es una de las principales causas de estrés. No tienen forma de escapar, como nosotros. No tienen otro medio de transporte, salvo que los lleven.

Tras un silencio, Scorpius se giró:

—Gracias, Albus. De verdad, sé que tienes buenas intenciones. Pero me alegro de ser mago.

—¿Lo dices por no tener que enfrentarte a tus miedos?

—Siempre hay miedos, seamos muggles o no. Mira nuestros padres, vivieron una difícil etapa en su juventud. Mi padre estuvo especialmente traumatizado, aunque no lo diga.

—El mío perdió a mucha gente querida para él.

Scorpius rio.

—¿Recuerdas lo que dijeron cuando se reunieron?

—¿El qué?

—Que teníamos que preocuparnos por enamorarnos, por hacer cosas de nuestra edad. Incluso ahí, Albus, habrá miedos.

—¿Y no… no sería estupendo enfrentarlos?

—Tú no lo entiendes, eres un Potter…

Ahí sí se levantó Albus, henchido de coraje.

—¡Soy el Potter más cobarde de la familia, para tu información! Cuando Lily hizo un hechizo erróneo, salí corriendo a esconderme a casa del tío Ron. Oh, ¿recuerdas aquella vez en que no podíamos entrar en la sala común de Slytherin porque el cuadro no nos dejaba pasar? Yo lo había encantado porque había visto cómo le gritaba a un Hufflepuff que era un idiota en mi ronda de prefecto.

Scorpius, con ambas piernas cruzadas, sonreía.

—Qué interesante.

—Llevo un apellido que no merezco.

—Creo que el apellido nos hace mucho daño —Albus volvió a sentarse, más calmado—. Pero nosotros, como personas, tenemos la capacidad de alzarnos y decir "¡eh! Soy una persona. Tengo miedos y responsabilidades, tengo derecho a decir no".

Albus agitó sus piernas, comprendiendo por fin la razón por la que Scorpius quería dejar de conducir: no era porque su conquista no mereciera la pena, sino por no hacerse un daño innecesario. Él no veía el enfrentarse al miedo como algo positivo, lo veía como algo dañino. Al no ser algo necesario para su supervivencia, al poder desterrarlo tras haberlo probado, se reiteraba en su decisión. Le pareció increíblemente maduro. Tras aquella conversación, dejó de insistir, centrándose en sus clases con Harry, concentrándose en lo que él quería conseguir.