―Mamá, ¿por qué papá no vive con nosotros? ―preguntaba Seth, mientras él y su madre veían por el televisor "Buscando a Nemo" ―. ¿Por qué el papá de Nemo lo va buscar y el mío no viene? Mamá, ¿cómo es papá?

Era sábado por la noche, el único día de la semana que Seth tenía permitido dormir hasta pasadas las 8 p.m viendo películas de dibujos animados de acorde a su edad. Y, para la mala suerte de su madre, había escogido por millonésima vez la película del pez; la película favorita del niño, pero era lapelícula que Mikasa más odiaba; como si fuera una de esas películas de terror a la que le daban tanta publicidad, pero que al final terminaban dando risa y, en esos momentos, pensabas que mal gastabas tu dinero y tiempo viendo estupideces que, más bien, atrofiaban el cerebro. En opinión de Mikasa, la película del pez era conmovedora, pero no le hacia ninguna gracia cuando su hijo comenzaba a hacer preguntas acerca de su padre.

A Mikasa le hubiese gustado decir la verdad a su hijo, que salió huyendo para proteger a su padre de un exmarido dolido, ardido y posiblemente capaz de todo. Pero nopodía decirle eso. ¿Por qué era difícil explicar a un niño de cuatro años las razones por la cual su padre no figuraba en su vida? ¿Por qué era tan complicado? Y no es que su hijo fuera estúpido, es más, era demasiado inteligente y perpicaz. Pero es que, en el léxico que ella manejaba, no habían palabras para explicar eso sin que la respuesta rompiera el corazón de su ángel; lo que llevó a pensar a Mikasa que, seguramente, era mas fácil hacer una cirugía a corazón abierto para un principiante que estar en sus zapatos.

―Tu padre es un hombre guapo como tú, mi niño. Es tan guapo y apuesto como tú cuando te ríes mientras te hago cosquillas ―y el niño chilló de emoción cuando su madre se abalanzo sobre él para hacerle las dichosas cosquillas.

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Cuando bajó del avión y puso sus pies en tierra firme y desconocida, su corazón latía a mil por hora, ella misma no sabía qué era lo que estaba haciendo, nada más sabia que lo hacía por el "bien" de su pequeño bebé. Según la lógica que se dictaba en su cabeza, sus pensamientos coherentes habían sido nublados por el miedo a la reacción de su exesposo. La verdad era que los pensamientos la abandonaron cuando no contestó la primera llamada que le marcó Levi esa tarde en casa de su hermano, pero eso era algo que ella no iba a aceptar.

Tomó la única maleta que la acompañaba, aparte del bolso de mano, la cual iba pasando frente a ella en la banda corrediza. No había quien la esperara en ese lugar; estaba completamente sola. Entonces se volvió a preguntar "¿Qué estoy haciendo?". Sus emociones y raciocinio estaban divididos en dos. La primera le decía que regresara, que Levi la protegería a toda costa. Y la segunda le decía que hacía lo correcto, que alejarse era lo mejor. Lo único coherente en su cabeza era proteger a su hijo, eso ni ella misma se lo debatía.

Salió del aeropuerto del concurrido Londres y abordo un taxi, el cual la llevó al hotel donde se alojaría, mientras buscaba una casa o un departamento donde quedarse permanente. Tenía el suficiente dinero para sobrevivir dos años sin trabajar, había vendido cada joya que su exesposo le había dejado como acuerdo en el divorcio, el carro, sumado a sus ahorros personales y unas cuantas pertenencias que no le servirían en los próximos meses hasta que naciera su hijo.

Ambassadors Hotel, aparte de estar ubicado en el centro de Londres, se encontraba cerca de algunos destinos turísticos de los cuales estaba interesada visitar. El lugar era acogedor y muy elegante, pero ella no le tomó mucha importancia a eso, nada más iba a hospedarse un mes. Su objetivo era tener dónde vivir fijo para ese plazo cumplido, pero el objetivo principal de Mikasa en Londres era inscribirse en las clases del prestigioso Instituto de Arte de Stheby. Ahora que era libre iba a dar un paso a su verdadero sueño, Mikasa Jeager además de ser arquitecta iba a ser artista del lienzo.

Su subconsciente le reprochaba. ¿Libre?¿En qué sentido? Se burlaba una voz en su cabeza. Estaba atada, o mejor dicho, estaba encadenadaa un pasado y a un hombre que, con su simple recuerdo o con evocar su presencia en su mente, Mikasa ya estaba perdida. Sin embargoeso ella no lo aceptaría nunca, era más fácil creer que era libre y que la criatura que crecía en su vientre era solo de ella."Mortal egoísta" se volvía a burlar esa voz en su cabeza.

Los días fueron pasando y con ellos vino un departamento en el que podía vivir cómodamente, un lugar acogedor con todo lo justo y necesario para vivir bien, un lugar perfecto para una madre soltera con su hijo. El departamento no era ni muy grande ni muy pequeño, gozaba con una sala de estar amplia e iluminada con el espacio perfecto para crear un área de juegos, el comedor y la cocina ocupaban espacio justo e igual de iluminado que la sala, contaba con tres habitaciones y dos baños, y una pequeña área verde en la parte trasera de todo el lugar, era simple y sencillamente perfecto.

El paso de los días trajo cosas nuevas como, por ejemplo, todo lo que aprendía en sus clases en el instituto de arte; se había inscrito en un corto curso mientras el bebé viviera en su vientre, y cada trazo era una experiencia nueva, un paso a coronar su sueño, una aventura de la que nunca se arrepentiría.

También consiguió amigos: un chico rubio muy amable que iba con ella a clases. Se habían vuelto inseparables como si se conocieran de toda la vida. Mikasa pensaba que era su ángel, seguramente en otra vida él había sido su alma gemela. Armin Arlet era un hombre como de otra época, algún caballero de la corte de la reina Isabel. Se habían vuelto tan amigos que Armin se mudó a su nuevo hogar a vivir permanente para cuidar de ella y al bebé que venía en camino. Y, en cierta parte, Mikasa se lo agradecía de corazón. No había pensado que una mujer embarazada no podía estar sola y más aún después del nacimiento del bebé que necesitaba cuidados. Ella tenía tanta confianza en Armin, una confianza que se forjó en tan poco tiempo que parecía de cuentos, una confianza que nacía del hecho de que a Armin Arlet no le gustaban las mujeres y eso a ella la aliviaba, no volvería a confiar en un hombre después del golpe que recibió de su ex esposo, golpe que aún le dolía en el alma. En ese momento se había sentido traicionada por una persona que creyó incapaz de hacer tal cosa.

Le permitió a ese rubio hombre de corazón puro entrar en su vida y le mostró sus sentimientos, sus temores y sus razones de estar en Londres. Armin nada más la escuchaba y apoyaba en los momentos emocionales donde se echaba a llorar por sus malas decisiones, pero nunca le reprochó nada, ni la juzgo; él pensaba que ella sola iba a tomar las decisiones cuando tuviera la fortaleza de enfrentar sus miedos.

En ocasiones, por las noches en la soledad de su habitación, cuando Armin dormía plácidamente, Mikasa lloraba contemplando el espacio vacío de esa gran cama, el espacio vacío a su derecha donde debería dormir su amor, pero para su amargura su amor estaba lejos, muy lejos de ella, sus decisiones lo habían dejado atrás con la promesa silenciosa de protegerlo de eventos desafortunados.

Con el pasar de los días, su vientre fue creciendo y con él crecía el peso de su soledad, camuflado un poco por la alegría que le regalaba Armin y por la felicidad de las patadas de vida que daba su bebé en las paredes de su carne. Día a día se engañaba con que todo estaba bien, que podía manejar todo sola. No obstante, el día en que el ultrasonido mostró el sexo del bebé, lloró a llanto vivo por felicidad y por tristeza.

Cuánto hubiera dado por que el padre de su hijo estuviera a su lado, sosteniendo su mano. En su mente divagaba alguna teoría de tener algún tipo de deuda con el universo, el karma, Dios o alguna deidad. ¿Por qué simplemente no podían ser las cosas más fáciles para ella? Mikasa estaba completamente decidida de vender uno de sus riñones al mercado negro para pagar esa deuda que no la dejaba ser feliz, pero cada día, cada noche, la realidad la golpeaba con dureza, recordándole que ese hombre a quien amaba estaba a kilómetros lejos de ella.

De vez en cuando, se sentía la persona más egoísta de la faz de la tierra; había negado la posibilidad de ser padre a un hombre, al cual le juró amor sincero aunque fueran amantes. Porque esa era la realidad: lo amaba y no había vuelta de hoja. De sólo recordar las tardes apasionadas que vivió con él; de sólo recordar las tardes tranquilas cuando se sentaban en el sofá frente al ventanal de vidrio del penthouse de él a ver el atardecer; de recordar su voz, su calor... De sólo recordarlo a él se sentía estúpida, pues nunca supo si él aceptaría a su hijo, nunca le dio la oportunidad.

Y egoísta en todos los sentidos, no solo por Levi, sino por toda su familia. El día que comunicó a sus padres del embarazo, Karla pegó el grito al cielo de indignación; no se podía creer cómo su pequeña les diera semejante noticia por una simple y burda video llamada. Grisha igual estaba enfadado, pero no opinó, pues eran las decisiones de una adulta y no iba a reprenderla como si fuera una adolecente con un embarazo no deseado. A la pareja les tranquilizó el hecho de que Mikasa era feliz con el bebé que crecía en ella.

Y sus padres no fueron los únicos indignados, ya que sus hermanos no podían creer que les hubiera ocultado semejante cosa. La noticia fue lanzada en una video llamada familiar cuando Mikasa tenía alrededor de dieciocho semanas de embarazo y, como era de esperase, Eren insinuó matar a Jean por no hacerse cargo de su hermana, pero todos quedaron blancos como el papel cuando Mikasa aclaró que el embarazo no era de Jean, sino de otro hombre. Nadie la reprochó ni la juzgo pero, sin poder evitarlo, la pregunta del millón fue lanzada directo en la cara de Mikasa.

―.¿Quién es el padre del bebé, Mikasa?

Pregunta que no fue contestada en ese momento y ninguno de los presentes en la video llamada la presionó en contestar. Tal vez, algún día Mikasa lo dijera, tal vez, pero ese día no.

Carla, como buena madre que era, estuvo de visita un par de veces en Londres para cerciorarse de que todo estaba bien con su hija, que se alimentaba bien y cuidara de su salud. Al igual Zeke, quien estuvo con ella un mes antes del parto; había ido por una conferencia que le interesaba y no dudó en visitar a su hermana y compartir con ella tiempo de calidad.

A pesar de todo, Mikasa Jeager era feliz en el mundo que ella misma había creado para sí en Londres.

El paso de los días trajo cosas nuevas, como su hijo. El día que su hijo nació fue toda una revolución en sus emociones, igual que lo había sido su padre. Ese 18 de agosto, en una tarde calurosa de verano, puso hasta a Armin con los pelos de punta.

Estaban en el departamento, disfrutando de un helado de limón que Armin había preparado, cuando de repente rompió fuente. El joven hombre no sabía qué hacer y, aunque hubiera ido con ella a esas clases de preparación para el parto y había hecho yoga para embarazadas con ella en casa,hizo lo que su única neurona cuerda de dictó en esos momentos. Estaba invadido por el pánico e hizo un esfuerzo sobrehumano para ser el pilar de su amiga y brindarle toda la ayuda; la acompañó en la sala de parto, tratando de ser fuerte y no desmayarse en el proceso.

Ese día, Armin sudó frío al ver en vivo y en directo el milagro de la vida. Maravilloso, había dicho, dándole ánimos a su amiga. Mikasa no podía estar más en deuda con Armin. Dios sabía que nunca podría pagar todo lo que él había hecho por ella desde que se conocieron, no solo era su amigo, era parte de ella, parte de su familia.

Después de todo el ajetreo de la preparación y del "puje cuando le indique" del doctor de turno, el llanto del recién nacido se escuchó por toda la sala de parto y Mikasa lloró, lloró de felicidad .

―.¿Ese es mi hijo, Armin? ―preguntó en medio de lágrimas. Y, más que una pregunta fue una afirmación.

―Sí, Mikasa, es tu hijo ―le contestó Armin con una gran sonrisa que no le alcanzaba en el rostro, una sonrisa que iluminaba y daba esperanzas a Mikasa, esa sonrisa que le decía que todo iba a estar bien.

Cuando el bebé estuvo limpio, vestido y libre de las revisiones exhaustivas del equipo de pediatría, una de las enfermeras lo llevó a los brazos de su madre. Mikasa lo recibió feliz con los brazos abiertos y lista de enfrentar un mundo nuevo con su pequeño.

―Felicidades, señora, fue un excelente parto y su bebé está en excelentes condiciones, sano y fuerte ―la había felicitado la enfermera, al tiempo que entregaba al niño en los brazos de su madre―. Descúbrase el pecho para que alimente un poco a su bebé. ¿Me podría brindar el nombre de la creatura para llenar el formulario?

―Seth, su nombre es Seth Jeager ― contestó Mikasa, mientras contemplaba a su hijo envuelto en una manta blanca.

―Gracias, señora, ahora alimente al pequeño Seth.

Mikasa hizo lo que la enfermera le ordenó: se descubrió el pecho izquierdo sin pudor delante de Armin, mientras este miraba con amor a Seth.

Mikasa contemplaba a su hijo, a ese pequeño ser ten indefenso y frágil que iba a depender de ella, al ser que amaba el cuádruple ahora que lo tenía en sus brazos.

―Eres perfecto, eres producto de mi amor y por eso te amo más ―le había dicho a su hijo, mientras lo contemplaba succionar con vigor su pecho y pasaba su dedo en una suave caricia por su diminuta nariz.

Y es que no podía ser más perfecto, pues el parecido con su padre era increíble. Tenía esa nariz respingona y altanera y la piel tan pálida que podría pasar por una escultura hecha de mármol por el mismo Miguel Ángel. Una última lágrima rodó por la mejilla de Mikasa cuando Seth abrió sus pequeños ojitos y observó el azul que miraba en sus sueños, un azul profundo como el mismo océano de aguas pacificas en un tranquilo día de verano como ese 18 de agosto.

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El pequeño Seth crecía como cualquier otro niño, lleno de amor y mimos de parte de Mikasa y Armin, siendo este último el más alcahuete de los dos. Sin mencionar a sus abuelos, que llegaban de visita cada vez que podían, llevando regalos con ellos.

Pronto el departamento se hizo pequeño cuando Seth empezó a caminar al año de haber nacido, razón por la cual se mudaron a un lugar más grande, una casa en las afueras de Londres en zona residencial familiar y segura.

Mikasa y Armin tenían tantos planes que iban viento en popa, entre los dos compraron un local grande que, al poco tiempo, se convirtió en una zona de eventos para exposiciones de arte. El lugar consistía en un restaurante y un amplio salón donde se exponían piezas y pinturas.

Todo iba de acuerdo a sus planes, las cosas no podrían estar mejor de lo que ya estaban. Para festejar la inauguración del lugar, se hizo una exposición con pinturas dibujadas por las manos de Armin. Todo había sido un éxito y se había vendido cada pintura de él que había en el lugar, sin duda alguna Armin era un artista innato del lienzo.

Para celebrar su éxito y celebrar el cumpleaños número dos de Seth, los tres hicieron un viaje a Francia, específicamente a Paris. Además de que, según Armin, se merecían unas vacaciones por todo el arduo trabajo de casi un año para ver coronado un proyecto tan importante como lo era su nuevo local. Mikasa no se negó a las vacaciones, para ella había sido todo un reto cuidar a su bebé y estar pendiente de los arreglos, reparaciones y decoración del lugar porque por supuesto no iba a dejar a Armin con todo el trabajo, ella quería ser parte de todo y lo logro.

Sin duda alguna, Paris era el lugar maravilloso, "la ciudad de las mil caras" había leído Mikasa en la revista que Armin le había pasado la noche que estaban decidiendo a dónde ir. Y lo era; era una ciudad multifacética. Se hallaba detodo: las tiendas más chic y también vanguardistas, restaurantes de comida exquisita que eran una explosión de sabores para el paladar, variada oferta cultural y, sobre todo, centros históricos plagados de romanticismo en todos sus rincones.

En ese viaje; Mikasa descubrió dos cosas. La primera: Paris era mucho más que la Torre Eiffel o la catedral Notre Dame. La segunda: que el dicho "el mundo es pequeño" es la pura verdad.

Mikasa estaba sentada en una linda silla de cobre, mientras le daba a Seth su biberón y Armin disfrutaba de un café con aroma embriagante que le llegaba a Mikasa gracias al soplo del viento. Estaba decidida a pedir uno de esos después de atender a su pequeño hijo de dos años; y por qué no acompañarlo con algún postre o algo dulce. Los dos adultos hablaban animadamente de las maravillas del museo de Louvre cuando Armin cambió el tema.

―Mira, Mikasa, tomé este panfleto del mostrador, es la publicidad de una tienda de antigüedades, dice que se llama Artea Vieux ―terminó de decir con dificultad que caso se le hace un nudo en la lengua.

―Tienes que mejorar ese francés, Armin ―contestó Mikasa entre risas.

―No te burles, Mikasa. Tengo mucho con los franceses que se burlan de mi cuando pido indicaciones y eso porque tú nunca quieres dar la cara a sabiendas que eres mejor que yo con el idioma.

―Está bien, tienes razón, lo siento ―pero la risa burlona de sus labios no desaparecía. Armin ignoró eso y siguió con el tema de la tienda de antigüedades.

―¿Qué dices? Vamos a ver qué podemos comprar para la casa o el restaurante.

―¡Vamos! Me gustan mucho las antigüedades y también podré comprarle algo a mi madre, Annie y Peick, pero antes déjame beber una de esas tazas de café.

Los dos satisfechos y con el pequeño Seth dormido en la carreola, se encaminaron a la dirección que estaba impresa en el panfleto.

Para Mikasa fue divertido ver, por millonésima vez, a Armin pidiendo indicaciones, pero lo más divertido eran las caras de los buenos samaritanos que los ayudaban, todo un poema. Al llegar a la tienda, la primera impresión que daba era de un lugar sumamente elegante con las letras en cursiva del rotulo con el nombre del establecimiento. Al entrar, la primera impresión se iba dejando palpable que, la persona que había decorado e ideado ese lugar, se trataba de una persona refinada y de buen gusto. Las paredes blancas con decoraciones en dorado daban al lugar un toque vintage que combinaba perfectamente con las piezas que estaban a la venta.

― ¡Sean bienvenidos! ―los recibió una joven de unos treinta años aproximadamente―. Yo soy Caroline y los atenderé hoy. Si pasan por este lado están las colecciones nuevas, cualquier consulta no duden en preguntar.

―Gracias ―contestaron al mismo tiempo Mikasa y Armin, comenzando a observar lo que ahí se vendía.

Mikasa no se dio cuenta en el momento que se separó de Armin y se acercó al mostrador embelesada por las piezas, su mirada paseaba en unos adornos de china dispuestos en los estantes, se percató que habían dos mujeres conversando, una detrás del mostrador y la otra apoyada en la pieza, estaba demasiado cerca de ellas y no pudo evitar la conversación de las dos mujeres que no había visto y supuso eran empleadas del lugar. No es que ella fuera una chismosa, pero era humana y una humana con estudios de francés.

―Sin duda alguna, la señora Kuchel tiene buen gusto al elegir las piezas que vende ―cuando escuchó ese nombre, le trajo recuerdos de cierta persona, pero no le tomó importancia, muchas mujeres en el mundo se podían llamar Kuchel.

―Ni que lo digas, es muy exigente con los proveedores.

―Por cierto, ¿viste a su hijo el día de la inauguración? ―con este dato, Mikasa supo de inmediato que la tienda era nueva, y eso le gustó.

―Lo vi. Qué hombre tan endemoniadamente guapo y atractivo. Y su novia qué mujer más simpática y refinada.

―Te diré una cosa. A la señora Kuchel no le cae muy bien esa joven, dice que es muy pretenciosa, pero que en los gustos de su hijo ella no se mete.

―¿Como es que se llama ese dios? ―las dos mujeres se echaron a reír, Mikasa sonrió, no sabía cómo habían mujeres que clasificaran a los hombres por el físico.

―Levi, ese es su nombre. Lo que me gusta a mí es el color de sus ojos; la señora Kuchel dice que es el rasgo de todos los Ackerman.

Después de escuchar eso, Mikasa se puso blanca como una hoja de papel o tan blanca como las paredes del temperatura bajó unos grados bajo cero y sus oídos dejaron de escuchar lo que las mujeres decían por el simple hecho del nerviosismo que le causó escuchar todos esos datos.

Levi estaba en Paris y, peor aún, con su novia. A Mikasa se le estrujó el corazón y se sintió estúpida y celosa al mismo tiempo, pero sobre todo se sentía una completa cobarde.

En el instante que su mente trataba de procesar la información, escuchó el eco de unos tacones acercándose donde ella estaba. Viró el rostro a su derecha y miró a una mujer de unos cincuenta años, tal vez unos pocos años más, que se acercaba con una caja en las manos, haciendo malabares con un celular en sus hombros. La mujer le sonrió en medio de su llamada y pasó directo al mostrador, dejando la caja y luego dirigiéndose a una puerta contigua que, Mikasa dedujo, era su oficina.

La mujer era bellísima: la piel pálida como él y como su pequeño Seth, su cabello negro y brillante como el de él y sus ojos azul naval. Sin duda era la madre de Levi y Mikasa se alarmó; no podía estar en ese lugar. ¿Y si se encontraba con Levi y su novia?

¡NO!

Eso no podía pasar, rápidamente buscó a Armin con lo que la carreola donde el pequeño Seth dormía plácidamente se lo permitió. Cuando lo encontró, lo tomó del brazo y jaló hasta la salida sin dejar que este pudiera decir algo o siquiera despedirse de las empleadas.

Una vez fuera y muy, muy, muy lejos de la tienda, le explicó todo lo que había escuchado. Armin no hizo ningún comentario al respecto y, como siempre, la apoyó cuando miró en sus ojos la tristeza de decir que Levi tenía una novia.

Estupida se decía. ¿Cómo podía pensar que Levi iba a aguardar? Ella lo había dejado y era obvio que él iba a seguir con su vida.

Esa noche, en la habitación del hotel, lloró mientras abrazaba protectoramente a su pequeño bebé y para Mikasa los días siguientes de ese evento no fueron lo mismo.

Una semana después de ese día, los tres estuvieron de regreso en Londres.

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Dos años habían pasado desde que habían visitado Paris y cuatro años desde el nacimiento del pequeño años de alegrías, tristezas, risas, llanto, aprendizajes y berrinches. Cada día era un descubrimiento nuevo, un aprendizaje que Mikasa anotaba en su memoria. Seth había revolucionado su mundo, ya no era sólo Mikasa, ahora era Mikasa y Seth y junto con Armin habían sobrellevado los días felices y no tan felices. Armin era su roca, se había convertido en tío Armin y cada día era una aventura nueva en sus vidas.

Seth era un niño increíble, Mikasa no dejaba de sorprenderse con el parecido a su padre; no sólo físico, sino también en su personalidad. Aparte de que era sumamente inteligente y perspicaz. Era mimado por su madre y por sus abuelos al ser su segundo nieto.

Las visitas en navidad no faltaron, sus abuelos llegaban con una cantidad exagerada de regalos. Seth era un niño sumamente afortunado, toda la familia Jeager lo conocía tanto por video llamada o por visitas de viajes a Londres. Pero esa felicidad, para Mikasa, era a medias pues el día menos esperado se vino todo su perfecto mundo abajo cuando su hijo lloró de tristeza por no conocer a su padre.

Ese día, el cielo pintaba de un gris oscuro, casi negro, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer una a una hasta descontrolarse en un aguacero que parecía que no tendría final. Era invierno y la gente corría por las calles buscando refugio o simplemente los precavidos abrían su paraguas para evitar mojarse de pies a cabeza y cuidar sus sistema de un posible resfrío.

En el interior del carro, los vidrios comenzaron a empañarse a causa de la baja temperatura, a lo que Mikasa inmediatamente encendió el sistema de aire. Iba conduciendo a casa después de hacer compras en el mercado, ahorrando dinero al usar su nueva habilidad con los cupones y los descuentos de la semana. Era un súper poder que creía que venía con el hecho de ser madre y su sistema de ahorro.

Después del mercado, pasó buscando a su pequeño bebé en la salida del kínder. Era notorio para ella y para cualquiera que conociera a ciencia cierta a su pequeño hijo que este iba de muy mal humor desde el momento en que salió del centro educativo.

Seth era un niño difícil de descifrar; era más fácil comenzar a leer cartas para saber de la fortuna que identificar el cambio de emociones en el niño. Igual que su padre, cada día, cada vivencia, cada desarrollo desde que Seth vino al mundole decían que el niño tenía la esencia de su Levi. Ees que el universo no podía castigarla más aun, recordándole lo amargo de estar separada de su amor.

No obstante, era terca; ya habían pasado más de cuatro años donde, seguramente, las aguas se habían calmado y una voz en su cabeza le pedía regresar a su país natal, pero también pareciera que era masoquista porque ahí está aún en la soledad.

Las gotas de lluvia golpeaban el parabrisas y los limpia vidrio hacían su trabajo en el vaivén automático, ayudando así a la conductora a tener mejor visión de la calle. Sin embargo, sus ojos inquietos de vez en cuando se concentraban en mirar a su hijo por el retrovisor, hasta que llegaron a un semáforo en rojo y Mikasa pisó el freno, aventurándose a preguntar a su hijo qué le pasaba.

―Unos niños tontos me molestan porque dicen que no tengo papá ―había contestado, y para Mikasa fue como si una olla de vapor dentro de ella comenzaba a hervir.

¿Cómo era posible que los padres de esos niños no les enseñaran modales?Pero eso pasaba a segundo plano; luego iba a hablar con la maestra del incidente, pues a Mikasa, como siempre, se le había un nudo en la garganta cuando su pequeño ángel mencionaba a su padre.

―No hagas caso a lo que te digan otros niños. Tienes una familia en New York que te ama, una madre que te ama y a tío Armin, todos te amamos y yo más.

El niño no contestó inmediatamente, se quedó mirando la tempestad que desataba la lluvia a través del vidrio en la ventana del vehículo, envuelto en sus inquietudes infantiles, mientras el semáforo daba verde y el carro avanzaba por la calle.

―Mamá, ¿insinúas que no tengo papá porque no me quiere?

Y Mikasa casi frena de golpe, olvidando que atrás de ella venían más carros avanzando.

Su cerebro reaccionó instantáneamente a evitar un accidente y siguió con la carrea del carro, pero dentro de ella pudo escuchar como su corazón se resquebrajaba con lo que su hijo había dicho. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas cuando, con una ojeada al retrovisor, vio como su hijo limpiaba con el dorso de su manito infantil una lagrimita. Se recompuso en un segundo, tragándose todo el sentimiento que tenía atravesado en su garganta.

―Seth, tu padre te ama ―no pudo decir más, no podía decir más y siguió con su labor de conducir para llegar a casa.

Por la noche, la casa estaba en completo silencio. Seth dormía plácidamente en su habitación y Armin daba los últimos toques de limpieza en la cocina. Mikasa estaba en su habitación, recostada en su cama y abrazando los almohadones blancos mojados por las lágrimas. El televisor se hallaba encendido con un volumen alto para callar los sollozos que no podía controlar.

Para Armin no era novedad que Mikasa estuviera encerrada en su habitación. Era una manía de mal gusto que, para él,ella había adoptado desde hace mucho tiempo. Así que terminó de acomodar los platos recién lavados usados en la cena y se dirigió a la habitación de Mikasa y, sin llamar a la puerta, entró.

―¿Qué pasa ahora, Mikasa? ¿Por qué lloras? ―dijo mientras se acercaba la cama. Al hacerlo, levantó las sábanas blancas y se recostó en el lado vacío junto a Mikasa, acomodanso su brazo debajo de su cabeza para estar cara a cara con su amiga.

―No es nada Armin, vete a dormir ―pero Armin no se la creía. Ya la conocía más que ella misma y sabía que esas lágrimas tenían nombre y apellido.

―Seth me contó lo que pasó en el kínder hoy. Dime, Mikasa, ¿hasta cuándo.

―¿Hasta cuándo qué, Armin?

―No te hagas, sabes de lo que estoy hablando. ¿Cuándo vas a dejar esa terquedad tuya y vas a ir a buscarlo?

―No es tan fácil como lo dices. Sabes que me va a odiar cuando le diga de Seth, seguramente ya me odia. ¿Y si nos rechaza? Además tiene novia.

―Mi niña ingenua, no sabes que existen atuendos y miradas que arreglan las discordias y mandas a las sobras a otra parte – Armin sonrio complice y coqueto, lo que hizo reir a Mikasa también.

―¡Armin! – Mikasa hizo un puchero muy infantil – tengo miedo – confeso muy triste.

―No seas tonta, Mikasa. El amor todo lo perdona. Seth tendrá la alegría de conocer a su padre y, si Levi no lo quiere, él lo pierde. Vamos, Mikasa. ¿Dónde está la mujer fuerte que conozco? Se feliz, haz feliz a tu hijo. ¿Nos vamos?

―¿Tú irías? ―preguntó, Mikasa al mismo tiempo que se limpiaba las lagrimas del rostro y un brillo en sus ojos aparecía, un brillo de esperanza que sólo Armin podía darle.

―¡Claro que voy! ¿Qué piensas? ¿Que te dejare sola en esa aventura? Estás loca ―la sonrisa de Armin le dio valentía a Mikasa de esa noche tomar una decisión arriesgada y definitiva. Mikasa, como agradecimiento, se incorporó y abrazó a Armin con todas sus fuerzas.

Y un mes después, Armin, Seth y Mikasa abordaban un avión rumbo a New York. Mikasa estaba nerviosa y ansiosa por regresar.

Además, ¿que podía pasar? Encontrarse con Levi, según las estadísticas eran una en un millón.


Hola! estoy contenta por publicar este cap, disculpen la demora, hubieron unos cuantos problemas técnicos ademas que mi vida se puso algo patas arriba en cuestión de segundos, agradezco de corazón a mi bella beta Akane que edito este cap y si nunca voy a dejar de agradecerle por su ayuda, ella le da sentido a toda la locura que sale de mi cabeza. Me despido, espero que les guste el cap y también espero no demorar mucho con el próximo por que ya se esta cocinando.

besos... Grethell :X