Las rosas estaban como las recordaba, pensó Candy, sintiendo cómo el singular aroma del portal la rodeaba como si estuviera abrazándola para darle la bienvenida.

Desde aquel día que escapara de los Leegan y encontrara a Anthony en el portal, sonriendo de esa forma tan hermosa, había sentido la especial bienvenida de las rosas. Parecía como si ellas le llamaran; comunicándole su alegría por tenerla de regreso.

Y en verdad podía decir que se encontraba verdaderamente feliz por estar ahí otra vez: nuevamente entre las rosas, pero, sobre todo, de nuevo junto a Albert; aunque fuera por poquitos días, que tampoco era cosa de abusar de su generosidad.

Una rosa particularmente hermosa, por su tamaño y lozanía capturó su atención. Presurosa, avanzó hasta el pilar junto al cual se localizaba. Intentó acercarse a ella; pero se descubrió imposibilitada para hacerlo ya que, en ese instante, sintió como un fuerte brazo aferraba su cintura y se vio envuelta en el exquisito aroma a maderas que se había acostumbrado a asociar al caballero Ardley. Cierto que hacía más de cuatro meses que no le tenía cerca; pero eso no importaba, porque su memoria era demasiado buena en lo que a él se refería.

─Dígame, señorita White ¿Por casualidad pensaba robar esa preciosidad de capullo?

─Yo... ─por primera vez desde que se conocían, Candy se encontró sin poder responder; la razón de su impotencia era tan sorprendente como lógica: la dulce voz de Albert junto a su oído había hecho estragos en su mente y también había conseguido que su corazón latiera de prisa. Justo como cuando llegaba al cima del Padre Árbol después de dejar atrás a los traviesos chicos del orfanato.

Su propia reacción la sorprendió, puesto que estaba acostumbrada a la cercanía de Albert y a su embriagador aroma; se dijo que, sin duda, se debía a su furtiva llegada y a la larga espera. Habían sido demasiados meses sin él, sin su voz, sin sus brazos. Ese viaje a Europa le había tomado demasiado tiempo, y a ella le había mantenido al pie del crucifijo de su habitación, cada noche desde su partida, suplicando por verle regresar sano y salvo.

Ahora, el objeto de sus oraciones estaba junto a ella, tras ella, y las rosas los rodeaban, sumergiéndolos en el embrujo de la falsa soledad, creando para ellos un mundo en el que sólo existían los dos, nadie más; ninguno alrededor que pudiera dar fe del extraño sortilegio que los envolvía, transportándolos al principio de todo, a aquel momento único de su historia compartida donde llanto y risa se mezclaron de forma perfecta.

"Caracoles arrastrándose", pensó él, y una sonrisa regocijada se dibujó en sus labios mientras en su pecho aparecía la familiar calidez, signo claro de que su corazón se había partido en mil fragmentos para luego volver a unirse, más grande y tan sensible como nunca. No podía creerse aún, que tal bendición permaneciera en él. La sentía junto a sí; tan cerca de su corazón como era posible tenerla, dadas las barreras físicas. Percibía su agitada respiración, igualando el ritmo de la suya y se atrevió a soñar en un "tal vez", sólo un "tal vez" era suficiente para él, que llevaba mil y cientos de días sumergido en la tragedia de lo imposible, del "eso jamás pasará".

"Eres más linda cuando ríes, que cuando lloras", recordó ella, el sonido de su dulce voz vivo en su memoria desde los seis años. Su corazón latió aún más aprisa, contagiado por el sublime recuerdo de aquel encuentro mágico. El momento no había pasado en ella y volvía a vivirlo cada vez que se encontraban. Aún no podía creer que verdaderamente había encontrado a su Príncipe; que, en realidad, él jamás de había ido. Sus brazos rodeándola se sentían bien, tan bien como ningunos otros; su pecho contra su espalda le revelaba que el corazón del hombre hacía eco al suyo. Por primera vez se atrevió a pensar en el "¿Y si...?", su mente girando a mil por hora al comprender, repentinamente, que su búsqueda personal, esa de la cual ni siquiera se había percatado que existiera, había concluido.

Dos frases haciendo eco en dos corazones. Una sola verdad agazapada bajo el sol, oculta entre los matojos de níveas rosas. La revelación última del destino, escapó volando más allá del inacabable cielo azul de Illinois, hasta la morada celestial.

Abajo, en el mundo, el tiempo se detuvo mientras dos personas con el oro en sus cabellos saboreaban la delicia de descubrir su verdadero hogar.

Y las rosas guardaron silencio, mudos testigos del milagro del amor.