QUE ONDAAAAAAAAAAAAAAAA...!
Pues Aquí de Regreso con Esta Historia, Que por cierto ya se está poniendo buena... ¡YA CASI APARECE NUESTRO TENEBROSO EMPERADOR! ja ja ja ja ja ja ja Pero en fin, también aparecerá pronto Theodore Nott y déjenme añadir que ahí tendrá algo que ver con Hermione y Pansy este Hombre... No les diré por qué prefiero que lo descubran ustedes mismas (os) Pero en fin, no les sigo molestando y les dejo Leer, que tengan un buen Fin de Semana...
TERCERA
HERMIONE
No se presentó a la cita con mi ama en los Jardines de Lúculo. Pansy se paseó durante un rato, soltando risitas. Su sugerente camisón ondulaba movido por la brisa. Era un día perfecto para una cita, pero no oí nada. Mi señora regresó a casa hecha una furia, negando a los porteadores de la litera su propina y tirándose sobre su solitaria cama, como si nada hubiera pasado. Draco es mío, no tuyo. Mío, y no solo durante una hora en un frío portal.
En la casa, todo el mundo dormía. Me escabullí por los pasillos oscuros, con el corazón acelerado como un tambor, y me detuve ante la puerta de los baños. Solté mi trenza y me cubrí el rostro con las manos durante un instante. Tenía que controlarme, no podía demostrar tanta felicidad.
Entré y, antes de que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, supe que estaba allí; antes de que mis oídos captaran un débil movimiento, supe que se había levantado del rincón en que nos vimos por primera vez; antes de que mis dedos tocaran su cuerpo, supe que sus brazos estaban extendidos hacia mí.
—¿Hermione?
—¿Sí?
—Nada —dijo, y envolvió mis manos con las suyas—. Hermione, Hermione…
Se agachó, me levantó del suelo y extendí mi pelo alrededor de su rostro, formando una cueva privada para los dos.
Un santuario, pensé. A continuación, dejé de pensar.
-O-
—Vaya, vaya —comentó Blaise, y arqueó sus cejas depiladas mientras acariciaba el brazo de uno de sus jóvenes esclavos—. Este invierno estás de buen humor. No tiras sillas, ni revientas jarras, ni arrancas orejas a mis luchadores… Además, mi bodega está casi intacta. De hecho, creo que llevas por lo menos un mes sin lanzarle un cuchillo a ningún tabernero.
—Vete al infierno —dijo Draco, pero con tono amistoso.
Fue un invierno ajetreado. Se acabaron los anfiteatros de mala muerte y las peleas en los callejones. El Coliseo volvió a abrir sus puertas. El emperador había regresado a Roma solo el tiempo necesario para reconciliarse con su esposa antes de regresar, muy enfadado, a Germania. Sin embargo, la ciudad estaba llena de hispanos —fanáticos de los juegos—con ganas de divertirse. Se amontonaban en las gradas con sus pieles extrañas, temblando de frío ante los gélidos vientos de Roma, y Draco combatía para ellos. Luchó contra Crabbe, el gladiador del tridente que llevaba serpientes vivas en el casco; contra Lupin, un germano envuelto en pieles de lobo; contra un hispano traído de Lusitania para defender el honor de su público. Todos encontraron su final en el Coliseo, entre apasionados gritos de entusiasmo.
—Por Dios, ¿no van a herirte alguna vez? —Protestaba Hermione—. Así por lo menos pasarás un par de meses en la cama sin que intenten quitarte la vida con objetos puntiagudos, e igual consigo descansar un poco.
—No, no descansarás —respondió Draco. La levantó entre sus brazos y la apretó tan fuerte que hizo crujir sus huesos—. Te pasarás todo el día a mi lado en la cama.
—Bueno —dijo ella, besando la cicatriz que cortaba su ceja y viendo cómo se le erizaba el vello—, me gusta cómo suena eso.
—Hermione, no vengas a ver mis combates —le pidió Draco, tomando su barbilla entre sus manos.
—Pansy me obliga.
—No quiero que estés presente cuando…
No terminó la frase, pero era fácil adivinar el final: «… cuando me maten».
Enterró el rostro en su pelo mientras ella rodeaba su cuello con los brazos. Una semana más tarde, peleando contra un galo, un tridente le atravesó el hombro. La espada de Draco entró por la boca del galo.
—Al final he ganado —le dijo Draco a un enfadado Blaise mientras el médico de los barracones limpiaba y vendaba la triple herida.
—Sí —contestó crispado el lanista—, y dado que puedes pelear con la derecha igual que con la izquierda, no pienso cancelar tu combate del próximo mes. Tienes unos compromisos, muchacho, así que no creas que vas a librarte de ellos porque te pinchen con un tridente.
—¡Bastardo! —Masculló Hermione aquella noche—. Voy a tener que aprender a hacer conjuros solo para mandarle uno a ese Blaise.
Draco soltó una carcajada.
—No te rías, no es divertido. Bueno, igual sí, pero… Ahora retiro eso de que quería que te hirieran.
Estoy más preocupada que nunca, tienes que volver a combatir en un par de semanas. ¿Te duele?
—Este brazo todavía puede llevarte a la cama —contestó Draco, levantándola para demostrárselo.
—También puedes dejar que vaya andando yo sólita hasta la cama —dijo Hermione, apoyando la cabeza en su hombro.
—Nosotros, los bárbaros, siempre llevamos a las mujeres como si fueran sacos de trigo.
—Cuando podéis —dijo ella, y tocó su hombro vendado.
—¿Qué insinúas?, ¿que no soy capaz?
La lanzó sobre la cama y se puso a hacerle cosquillas hasta que tembló de la risa.
—¡Vale! ¡Vale! Lo retiro. Para, que me muero.
—Así me gusta —gruñó y la besó en la boca.
No tenían muchas dificultades para pasar tiempo juntos. Casi todos los días, Hermione conseguía sacar una hora de los recados en el foro y se escabullía a la calle de Marte.
Cuando las noches fueron haciéndose más largas y oscuras, comenzó a escaparse de casa y cruzar la puerta del jardín para encontrarse con él.
—Que nadie nos vea —le prevenía, con la piel de sus brazos desnudos erizada por el frío—. Si Pansy nos descubre…
—Entonces no deberías venir, no es seguro…
Draco la envolvió con su capa para darle calor y la abrazó con fuerza mientras un torbellino de palabras de amor circulaba por su mente. Hubiera deseado ser más inteligente para poder expresar con claridad sus sentimientos.
—¿Qué pasa? —le preguntó Hermione, al leer su mente.
—Nada.
La atrajo de nuevo hacia él. No sabía cómo decirle que sus rodillas temblaban cada noche cuando ella cruzaba la puerta de su celda para aterrizar, entre risas y sin aliento, en sus brazos. No tenía palabras, lo único que podía hacer era demostrárselo.
—Draco —decía Hermione cuando la abrazaba—. No me dejas respirar.
Nunca antes había estado con una mujer, pero no era ese el motivo por el que se derretía cuando la tenía entre sus brazos. Se debía a que Hermione era especial.
—Estás flojeando —le reprochó Blaise—. Sí, sí, ya sé que sigues matándolos, pero te conozco, muchacho. Te has vuelto precavido, sí señor. Y la precaución no da puntos en el Coliseo. —Suspiró—. Es por la esclava de Perkinson, ¿verdad? No pongas esa cara, muchacho. Sé que estos días viene para algo más que para traerte cartas. Bueno, mejor con ella que con su dueña, pero aun así… Si estás perdiendo forma por su culpa, me encargaré de mandarla a…
Antes de que Blaise pudiera terminar la frase, tenía las manos de Draco alrededor de su cuello.
—Ni se te ocurra —le dijo el gladiador—, o te estrangulo.
—¡Así me gusta! —balbució Blaise, con el rostro morado y dando unas palmaditas en el hombro de Draco—. Así tienes que salir a la arena, por favor. Y ahora, ¿podrías soltarme, muchacho?
Odiaba reconocer que Blaise tenía razón, pero Hermione no le estaba haciendo bien. No pensaba contárselo a ella, pero estaba perdiendo facultades. Sin embargo, gracias a la suerte, seguía ganando.
Cada vez que los empleados del anfiteatro se llevaban a rastras el cadáver de un contrincante por la Puerta de la Muerte, se decía: unas semanas más con Hermione.
—Seguro que le dices a todas lo mismo —bromeó una noche ella cuando se lo contó—. Unas semanas más con Milicent, unas semanas más con Kate, unas semanas más con Pansy…
Sintió un escalofrío cuando la tumbó sobre la cama, inmovilizándola con los brazos como un ratoncito debajo de un gato.
—No hubo ninguna antes que tú —le susurró al oído—, ni habrá ninguna después.
—¿Ninguna antes? —preguntó Hermione, torciendo la cabeza con sincero interés.
Draco se encogió de hombros. No tenía por qué hablarle del demonio ni de las cosas que le decía sobre cómo debía tratar un hombre a las mujeres. Hermione y el demonio nunca coincidían en la misma estancia. Pasó la mano con suavidad por su rostro y no volvió a tener miedo de hacerle daño.
Algunas noches, Hermione cantaba para él mientras descansaba la cabeza en su regazo. Ella le acariciaba el pelo y entonaba melodías de Grecia, Judea o Brigantia. Su rica voz de contralto resonaba en la boca de su estómago, recorría su espinazo y llegaba a todos sus músculos hasta que se quedaba dormido envuelto en la música de sus manos y su voz.
—Eres una bruja —le decía—, tu voz es una varita mágica.
A veces se quedaban tumbados, con las manos entrelazadas sobre la almohada, silenciosos como los círculos de menhires que marcaban los lugares sagrados de Brigantia, y sus ojos lo devoraban.
—¿En qué piensas? —preguntaba Draco, mientras memorizaba con la mano su mejilla, su cuello, el nacimiento de su pelo…
Hermione siempre respondía meneando la cabeza y abrazándolo con fuerza, sin dejar espacio entre ambos, y se dormían enredados como las raíces de un árbol. Cuando se despertaba, ella ya tenía los ojos abiertos y su boca formaba una sonrisa que le hacía estremecerse de placer.
A veces, Hermione recorría el mapa de las cicatrices de su cuerpo, la complicada maraña de latigazos de su espalda, las rugosas marcas de piedras y desgarros de sus pies, las afiladas líneas de espadas y tridentes en los hombros.
—¿Y esta? —le preguntaba.
—Un capataz me rompió el codo con un palo.
—¿Y esta?
—De un navajazo en una pelea en Subura.
—¿Y esto?
—El tatuaje de los gladiadores de Blaise. Se supone que son unas espadas cruzadas.
Hermione lo miró atentamente y comentó:
—Pues parecen dos zanahorias cruzadas.
Recorría las cicatrices y el tatuaje con los dedos, rozándolos para que se sintiera limpio, joven y no tan amargado como para ser infeliz.
—Qué quieres que te diga, a mí no me gusta mucho —le comentó un tracio a Draco cuando vio a Hermione salir a la calle—. No tiene caderas. Su señora, esa tal Perkinson, sí que está para comérsela.
Draco estampó la cabeza del tracio en la pared, pero no con la furia de antaño. El demonio se desenroscó, pero parecía estar muy distante.
HERMIONE
—Tienes un amante, ¿verdad? —me preguntó una tarde Pansy mientras la peinaba.
Se me aceleró el pulso, pero no dejé de mover el peine de plata.
—¿Disculpe, señora?
—Un amante, Hermione. Un hombre. ¿Sabes lo que es un hombre? —Estaba de un humor de perros aquel invierno—. ¿Quién es?
—¿Quién?
—Oh, no pongas esa cara de tonta. Sabes perfectamente de qué estoy hablando. —Vi sus ojos verdes entrecerrarse en el espejo—. No hay secretos entre un ama y su doncella. Dime.
Tienes que contarle algo, lo que sea.
—¿Cómo lo ha descubierto? —pregunté en voz baja.
—Es más que obvio. Vas toda feliz a los recados, te tomas la sopa con una sonrisa boba… Hoy mismo has tardado más de la cuenta en hacer la compra. Dime, ¿quién es?
—Pues, es… —Malditos sean sus ojos de lince. Pasé el peine por su cabello largo y negro, deseando poder arrancárselo todo de un tirón—. Tiene una taberna, en Subura.
—¿Un tabernero de los bajos fondos? ¡Menudo triunfo, Hermione! Y ¿qué más me cuentas?
—Tiene… el pelo negro. Es de Brundisium, y tiene una cicatriz en los nudillos, de una vez que un borracho sacó un cuchillo.
Pansy se echó a reír.
—¿Y quiere casarse contigo? Espera, déjame adivinar: ¡ya está casado!
Decidí seguirle el juego, y murmuré:
—Bueno, su mujer casi nunca está en la ciudad. No se llevan bien.
—Seguro que no… Ay, Hermione, un gladiador, un tabernero… Siempre te he dicho que tienes un gusto pésimo… De hecho —añadió, y se giró para mirarme—, a ver, apártate el pelo del cuello… ¿Y eso? ¿Y esas marcas? ¿De la pasión?
—Me hace el amor a lo bruto —murmuré en griego, conteniendo una sonrisa de infantil felicidad, pero Pansy la captó y su rostro se tornó serio.
—Pues vuelve a los bajos fondos, ¡vamos! —masculló, y se dio la vuelta para mirarse en el espejo.
Demasiado cerca, pensé mientras guardaba el peine.
Sin embargo, aquella noche me reí al contárselo a Draco.
—No te preocupes, la he despistado. Igual es buena idea que se haya dado cuenta. Ahora, cuando me escape para verte, pensará que estoy con el tabernero.
—¿Y quién ese tabernero? —Me preguntó, mordiéndome el lóbulo—. ¿Puedo matarlo?
Había peleado en el Coliseo un par de semanas atrás contra un enorme trinovante. Fue un combate duro y agotador. Se pasaron veinte minutos intercambiando estocadas en la arena. Yo no podía mover ni un músculo, pero Pansy estaba demasiado entretenida protestando y no se fijó en mi tensión.
—La verdad, no sé por qué la gente arma tanto revuelo —comentaba mi ama—. No es más que ungigantón bárbaro y feo.
—El público lo adora —dijo su padre—. Hay que reconocer que es bueno, tiene al trinovante de rodillas.
Pero a pesar del desdén de Draco cuando marchaba por la Puerta de la Vida, se lo veía Ensangrentado y sin aliento. Una voz en mi cabeza me susurró: ¿Cuándo lo matarán?
Recé en todos los templos de Roma. Visité a brujas, astrólogos y adivinos. Me gasté los ases que ganaba cantando en un montón de amuletos. Doblé las rodillas rezando a todos los dioses y diosas conocidos, e incluso a algunos de los que nunca había oído hablar. A Draco le hacían mucha gracia mis esfuerzos, o eso parecía.
—Pero si solo crees en un Dios —me comentó una noche.
—Sí, pero mi Dios es el Dios de los judíos —dije, acurrucada junto a él bajo una manta que raspaba—. Me protege porque pertenezco al pueblo elegido, pero no se preocupa por ti.
—Ni yo por Él, Estamos iguales —bromeó Draco, pasando su mano por mi espalda y dejando un rastro de cosquilleos y escalofríos.
—¿Qué dioses tienes? Igual puedo rezarles a ellos.
Se apoyó en un codo y me miró con una extraña sonrisa infantil que de vez en cuando borraba su expresión habitual, dura como una roca.
—Pues está Epona, la diosa de los caballos.
—¿De qué nos sirve en el Coliseo?
—Entonces, Artio.
—Y esa, ¿quién es?
—La diosa de los bosques, y de los osos —añadió con tono grave.
—Te lo estoy pidiendo en serio.
—También está Sataida, la señora del sufrimiento.
—Eso está mejor. Le pediré que no venga a hacerme una visita y que no te maten.
—¿Sufrirías? —Su sonrisa se borró de repente.
Me moriría. No lo dije en voz alta, pues sería ofender a Dios, a quien no le gusta ocupar un segundo lugar en el corazón de las personas. Pero la mano endurecida por la espada de Draco recorrió mi pelo como si pudiera sentir mis pensamientos con sus dedos, y luego me abrazó con tanta fuerza que ya no pude pensar más.
—¿Draco? —susurré en la oscuridad.
No recibí respuesta. Sentí su respiración en mi hombro desnudo.
Con cuidado de no despertarlo, hundí mi rostro en su fuerte pecho, cerré los ojos y comencé a hablar, en voz baja y ceremoniosa, en el hebreo de mi infancia:
—Draco, Draco, Draco, Draco, te amo. Te amo. Me encanta cómo te arrascas la cicatriz de la mano cuando estás nervioso. Me encanta cómo haces de la espada una parte más de tu cuerpo. Me encanta cómo se encienden tus ojos al verme, como si fuera la primera vez. Me encanta ese lado oscuro tuyo que quiere matar a todo el mundo, y ese otro más amable que luego se arrepiente. Me encanta cómo te ríes, sorprendido de ser capaz. Me encanta cómo me quitas el aliento al besarme. Me encanta cómo respiras, hablas y sonríes. Me encanta cuando me dejas sin aliento al abrazarme. Me gusta cómo bailas con la muerte. Me encanta la sorpresa que veo en tus ojos cuando te das cuenta de que estás contento. Me gusta cada músculo y cada hueso de tu cuerpo, cada giro y cada pliegue de tu alma. Te amo tanto que no puedo decirlo a la luz del día. Te amo, te amo, te amo.
Aspiré el olor de su cabello, la textura exacta de su piel. Quería llevármelo dentro de mí.
Finalmente, recité una oración.
—Que Dios te guarde.
Y me dormí.
HERMIONE
—¡Seis contra uno! —Exclamó Pansy, y se abanicó con la mano—. ¡No puedo esperar más! Por los dioses, ¿cuándo acabarán con esas cebras para que empiece la diversión?
Me temblaba la mano al servirle el vino. De fondo se escuchaba el rugido de la multitud, los chasquidos del látigo en la arena, los relinchos de los animales. Eran las fiestas de la Agonalia, en honor de Jano, el dios de las dos caras que marcaba el principio del año. Abajo, en la era, tenía lugar una cacería salvaje. Hombres armados con lanzas perseguían a las cebras. Pero aquello no era más que el preludio del gran espectáculo: Draco el Bárbaro se enfrentaría a seis hispanos.
Seis contra uno, me repetía. ¡Seis contra uno!
Fue Pansy quien, con su voz melosa, convenció a su padre: «Ya sé que va contra las reglas, pero será un gran combate. ¡A las masas les encantan las situaciones desesperadas!»
La víspera, tomé el rostro de Draco entre mis manos y, alzando la voz contra mi voluntad, le supliqué: «¡Aplástalos! ¡Prométeme que sobrevivirás! ¡Prométemelo!». Me abrazó fuerte y me hizo el amor con brío, pero no me lo prometió. Es demasiado inteligente para hacerlo. Después de tres meses con él, ya debería saber que no servía de nada pedirle esas cosas.
—¡Hermione! Ponme más vino.
Serví la copa a mi señora con los dedos helados. En la arena ya habían retirado los cuerpos de los animales muertos y las ejecuciones de mediodía se desarrollaban con presteza, en espera de la aparición de Draco y los hispanos. Metí la mano bajo mi túnica y palpé la descolorida cinta que llevaba atada al cuello con una docena de talismanes y medallones. Amuletos para evitar una muerte violenta que encargué a viejas hechiceras, astrólogos, brujas y adivinos, para comprar la vida a mi amante.
La voz del presentador de los juegos me llegó entrecortada por los gritos de júbilo del público:
—Les traemos… campeones de Lusitania… ¡… salvajes hispanos!
Entre un mar de aplausos, hicieron su aparición seis guerreros elegantes y sanguinarios tocados con plumas de color púrpura. Sus espadas reflejaban el brillo del sol mientras saludaban y jaleaban al público. Su aliento provocaba nubes de vaho en el aire frío.
Eran muchos, ay Dios, eran muchos.
—Y ahora… salvajes de Brigantia… campeón combatido… ¡Draco el Bárbaro!
Le ofrecieron una pequeña plataforma sobre la que luchar, algo para igualar un poco las posibilidades, y se aupó con la ayuda de su escudo. Estaba muy tranquilo, indiferente a los gritos salvajes que llovían sobre su cabeza, indiferente al frío. Pero parecía muy pequeño ante esa temible horda de hispanos. Terriblemente mortal.
Pensé en Scorpius, el Invencible; aunque no debió de serlo tanto, ya que al final murió en la arena como un animal.
Resonó la trompeta que marcaba el comienzo de la batalla. Los hispanos se arremolinaron a los lados de la plataforma. La multitud en las gradas se puso en pie lanzando gritos de ánimo. Mi corazón cayó al estómago como una piedra.
Draco se deshizo de los dos primeros mientras subían las escaleras de la plataforma, pero otros dos consiguieron auparse por el otro lado y los hierros de sus espadas chocaron.
El Coliseo entero estaba en pie, temblando, y yo, también. Antes habría sentido compasión por los hispanos, que deseaban salir vivos tanto como Draco, pero el amor me había hecho sanguinaria y solo deseaba verlos muertos. Draco cortó el brazo de uno de sus rivales a la altura del codo, y en medio del pánico que tenía a que le pasara algo, sentí un ataque de orgullo por su habilidad.
Draco se revolvía y atacaba, incapaz de dar tres pasos seguidos en aquel pequeño cuadrilátero, pero reduciendo a sus enemigos. La multitud regresó a sus asientos para hacer apuestas. Justo cuando volvía a respirar aliviada, sucedió lo inesperado.
Fue una tontería. Draco esquivó una embestida de una espada curvada y por un instante perdió el equilibrio, se tambaleó y cayó.
Aterrizó en el suelo con su espalda, dándose un fuerte golpe. No estaba muy alto, pero por un instante perdió el aliento. Intentó recuperar la respiración, alzando la espada, pero ya tenía a los tres hispanos encima, saboreando su victoria, con las armas levantadas. Aún así, tuvo tiempo de alcanzar a uno en la rodilla antes de desaparecer de mi vista, oculto por los cuerpos de sus rivales.
Escuché cómo Pansy se calló de repente, Eliseum Perkinson posó su copa y todos los espectadores del Coliseo contuvieron la respiración.
Dejé caer la jarra que llevaba, derramando el vino a mis pies, y me eché hacia delante,
apoyándome en la barandilla de mármol y reuniendo toda la fuerza de mis pulmones.
—¡Mitte! —grité, y todos los romanos que había en cien metros a la redonda giraron sus cabezas—. ¡Mitte! ¡Mitte! ¡Mitte!
Salvad su vida. Por Dios, que lo dejen vivir.
Como hacía una tarde espléndida, los juegos habían sido divertidos y el Bárbaro se había defendido muy bien, otras voces se unieron a la mía:
—¡Mitte! ¡Mitte! ¡Mitte!
Cuando vi a un Draco magullado y ensangrentado ponerse en pie a duras penas, me fallaron las piernas y caí de rodillas. El estruendo llenó mis oídos y algo frío como el granito se abrió paso en mi interior, fundiéndose como nieve bajo la lluvia.
—¡Hermione! ¿Qué demonios te sucede?
Alcé la vista, mareada. El rostro de mi ama era un círculo borroso, pálido e irritado.
—Lo siento, señora.
—¡Cómo se te ocurre gritar en público! Un esclavo no habla a menos que se le ordene —me regañó, y me dio una patada en el costado—. ¡Levanta!
Me incorporé, apoyándome en la barandilla. El corazón me latía tan acelerado que cuando Pansy me tiró de la cinta que llevaba al cuello, me costó mirarla.
—Vaya, vaya, ¿qué es esto? ¿Amuletos, Hermione? Y un buen montón… ¿Para qué?
Dio la vuelta a un medallón de cobre que tenía tallada la siguiente inscripción en latín: «Contra la mordedura de espadas y armas». «Marte, protégeme de una muerte violenta.»
—¡Vaya! Pero si no te pego tan fuerte.
—Es por mi tabernero —murmuré después de recuperar el sentido—, se lo llevan a las legiones…
Quiero que vuelva sano y salvo.
Me apartó de un empujón y se reclinó en los cojines de su asiento, mientras Draco se marchaba cojeando, apoyándose en una lanza, y los hispanos saludaban al público. Pansy refunfuñó mientras los empleados del anfiteatro limpiaban la arena, revolviéndose inquieta y dando pataditas en el suelo.
Finalmente, anunció que tenía jaqueca y que hacía demasiado frío para seguir en la calle, así que tenía que volver a casa al instante. Ni me di cuenta de sus gruñidos porque solo podía pensar en Draco.
Caminé tras ella hasta casa, cambié su vestido por un camisón, la abaniqué, le di un masaje en el cuero cabelludo, le traje una copa de agua de cebada y esperé ansiosa hasta que me ordenó retirarme.
Entonces salí corriendo hacia la calle de Marte.
—Draco —dije jadeando al hermoso esclavo que me abrió la puerta—. Draco.
Era la única palabra que me quedaba en la mente.
—Lo siento, ahora no puede… ¡Espera! ¿Adónde vas?
Draco estaba sentado, con los hombros caídos y la cabeza agachada, en mitad de la enfermería, cubierto de polvo y sangrando por media docena de sitios. Se sujetaba un montón de vendas contra una fuerte herida en la nuca, mientras el médico se afanaba con él y Blaise, con cara de enfado, contemplaba una tablilla de escribir. Una docena de luchadores se reunía a su alrededor, observando con una mezcla de curiosidad y satisfacción cómo curaban al Bárbaro.
Debí de hacer algún ruido, porque alzó la mirada. Vi el montón de cortes y hematomas que los hispanos habían dejado en su cara, toda mi precaria calma se derrumbó. Crucé la estancia a trompicones y hundí mi rostro en su hombro herido mientras las lágrimas colindaban mis ojos.
Escuché cómo mandaba salir a los médicos, le gritaba una obscenidad a Blaise y tiraba el montón de vendas a los gladiadores que se burlaron. No pudo cogerme en brazos (el dolor se escapó entre los dientes cuando lo intentó), pero me alzó hasta ponerme en pie y nos retiramos a su oscura celda. Allí me abrazó y me acunó con ternura en la fría oscuridad, mientras me aferraba a él y sollozaba con la histeria que había jurado no mostrarle nunca.
—¿Estás bien? —murmuré, finalmente, en su regazo.
—Solo son unas heridas.
—Mentiroso.
Tomé su mano y besé dos dedos entablillados. Acaricié los motones de sus brazos y hombros, y sentí cómo se encogía de dolor al rozar su costado, donde tenía rotas las costillas.
—¿Qué va a hacer Blaise ahora?
—Lanzarme de nuevo al ruedo, para demostrar que no he perdido forma.
—La has perdido por mi culpa. Te he hecho débil.
—Ssssshh.
—¡Combates! —Protesté, y sentí un nuevo ataque de histeria en mi interior—. Combates, combates y más combates… ¡Sin fin!
Mi voz se rasgó y no pude continuar. Draco me besó con desesperación durante largo rato, y me apoyé en él en la oscuridad. Me encantaba la dureza de su cráneo bajo el pelo, el fuerte arco de su cuello, la firmeza de sus brazos.
—Hoy has perdido —le susurré—, y volverás a perder, no importa lo bueno que seas.
—Déjalo, Hermione.
Un grito ahogado brotó en mi garganta:
—Voy a perderte, y ¿me pides que lo deje?
—No —respondió. Me abrazó con fuerza y llevó mi cabeza a su hombro—. Viviré, conseguiré un rudius.
—Hace muchos años que el emperador no concede un rudius.
—A mí me lo dará. Le ofreceré una pelea que lo dejará maravillado. Entonces podremos marcharnos, salir de aquí…
—Soy una esclava, no puedo irme contigo.
—Te compraré —me susurró al oído—. Los premios que he ganado son suficientes para comprarte tres veces. Luego, cuando abandone las arenas…
—Nunca lo conseguirás, morirás antes.
—¡No! —Se opuso, acariciándome el pelo—. Hermione, te lo prometo. Viviré, escaparemos de Roma.
Nos iremos a las montañas de Britania.
¿Cuánto tiempo pasó hablándome de la casa que construiríamos, los hijos que tendríamos, el aire fresco que respiraríamos durante los próximos cincuenta años? No lo sé. Pero nunca antes le había oído hablar tanto. Oculto tras el tono ronco de su voz, identifiqué por primera vez los extraños ritmos de su idioma materno. Deseé que aquel sueño se hiciera realidad: los verdes valles, media docena de niños rubios, el dulce aire de Brigantia que nadie en Roma conocía. Deseé a Draco, de mayor, con pelo canoso y sin cicatrices.
—Abrázame —le pedí, y sus brazos se aferraron a mi cintura.
Nuestros cuerpos permanecieron unidos hasta el amanecer.
—No te entretengas, Hermione. Tenemos mil recados que hacer —me ordenó Pansy, y luego se dirigió con firmeza a los porteadores de su litera—: ¡Al Foro romano!
Los porteadores, seis galos de cabellos rubios, alzaron la litera sobre sus hombros y avanzaron entre la multitud de la mañana. Yo apretaba el paso a su lado, con la respiración acelerada. El viento de invierno era afilado y frío, y llevaba los gritos de los vendedores de una calle a otra. Ahora que mi señora se encontraba a una distancia segura, dejé asomar la sonrisa que llevaba toda la mañana conteniendo.
Draco va a comprarme, seré libre. La última cicatriz que me quedaba en la muñeca se estaba convirtiendo en unas imperceptibles líneas rosadas. Era feliz. No me di cuenta de que estaba cantando hasta que Pansy asomó la cabeza de la litera y me gritó:
—¡Deja de trinar, Hermione!
Dio unos toques en la litera para que los porteadores la bajaran al suelo. Envuelta en su palla verde esmeralda, recorrió a la multitud con sus ojos azules.
—¿Dónde estará?
—¿Espera a alguien, señora?
¿Algún edil jovencito y guapo, algún hermoso tribuno? Estaba claro que iba a encontrarse con un hombre en medio del foro a plena luz del día, cuando apenas quedaban unas semanas para su boda con Severus Snape.
Me mandó a comprar una bolsita de frutas confitadas de un vendedor frente al templo de Júpiter.
Me pregunté si Draco estaría en ese mismo momento discutiendo con Blaise, intentando convencerlo para que me comprara. Seguramente el lanista se opondría, pero también querría mantener contento a su gladiador estrella.
Como bien había supuesto, mi dueña se encontraba conversando con un hombre. No era un joven edil ni un apuesto tribuno, sino un hombre de mediana edad, calvo y con una toga de tejido grueso. Así pues, no eran asuntos de placer, sino de negocios. Me guardé la sonrisa para luego e hice una reverencia mientras le entregaba las frutas confitadas.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el hombre calvo me cogió de la cadera y preguntó a Pansy con un tono rudo y vulgar:
—¿Esta es? ¡No es nada guapa!
—Vale, pero tiene una espalda fuerte y buena. ¿Acaso eso no es más importante en tu campo?
Dirigí una mirada a Pansy y le pregunté sorprendida:
—¿Señora?
Mi ama cogió unas frutas de la bolsa y siguió diciendo al hombre:
—Además, es culta. Habla griego y latín.
—No piense que por eso voy a pagar más, domina. Los idiomas no le sirven de mucho a una prostituta. ¿Qué edad tiene?
—Diecisiete, pero tiene experiencia, te lo aseguro.
—¡No! —Exclamé desesperada—. Mi señora… La he servido bien. Si he hecho algo malo, le prometo que no volverá a ocurrir. ¿Qué he hecho?
Sin hacerme caso, Pansy siguió diciendo con voz fría al hombre:
—Cuando no podía conseguir clientes, se ofrecía gratis a los gladiadores. ¿Comprendes por qué quiero deshacerme de ella?
—Lo entiendo, domina —dijo el calvo, y me lanzó una mirada perspicaz—. Pero usted no puede venderla. Esta mujer pertenece a su padre.
—Mi padre nunca se opone a mis designios. Además, te la ofrezco por un buen precio. ¿Dos mil sestercios?
—Hecho.
El hombre depositó un saquito en la dulce palma de mi señora. Solté un grito y eché a correr, pero choqué contra uno de los porteadores de Pansy, que me rodeó con sus enormes brazos y me tumbó en el suelo.
—¡No! ¡No! ¡No!
—Ten cuidado con ella —le dijo Pansy. Le alcanzó la bolsita que había comprado mi vida—. Es una zalamera. A la menor oportunidad intenta escaparse.
—Llevo años tratando con este tipo de chicas —dijo el hombre, y me abofeteó con su enorme palma—. Tranquilita, muchacha, o te hago azotar, ¿entendido?
Draco, Draco, ¿dónde estás?
Apenas a unas manzanas de distancia, en su cuarto de la calle de Marte, soñando con nuestras montañas.
—No la irás a vender aquí en la ciudad, ¿verdad? —Me pareció escuchar a Pansy entre mareos—.No la quiero tener en Roma, molestándome.
No, no puede ser. Draco vendrá y los matará a todos… Me lo prometió…
—Yo trabajo en el sur. En Ostia, Brundisium… ciudades portuarias. Los burdeles de los puertos pagan bien por las putas romanas.
—De acuerdo —dijo Pansy, y por primera vez se dirigió a mí—. Bueno, Hermione, te dije que no pensaba tolerarlo. ¡Mira que escaparte de casa para acostarte con gladiadores!
—Me ha estado siguiendo —dije, con voz quebrada.
—No ha sido necesario. Solo he mirado por la ventana un par de noches, de madrugada, para ver si volvías de tus misteriosos recados nocturnos, y te pillé. ¡Qué despedidas tan apasionadas! Ya tenía mis sospechas, por supuesto. Sobre todo tras aquella demostración de cariño en el Coliseo, y cuando vi todos tus amuletos… No has sido muy inteligente, cariño.
El galo que me sujetaba por los codos soltó una mano para rascarse la mejilla.
Aproveché para liberar un brazo y lancé una violenta bofetada en el rostro de mi exdueña, justo antes de que el hombre calvo me agarrara del pelo y tirara con tanta fuerza que las lágrimas asomaron a mis ojos.
—No me dijo que fuera tan salvaje, domina —protestó el hombre.
—Da igual —contestó Pansy, subiendo a su litera con la marca de mis dedos en la mejilla y mirándose con frialdad en su espejo de mano dorado—. Ahora es tu responsabilidad.
Cerró las cortinas de seda, desapareciendo de mi vista.
—Arriba, muchacha —gritó el hombre calvo—. ¿Me entiendes? Ostia, Brundisium… ciudades portuarias, burdeles, hombres sucios… Apenas seis horas atrás estaba en brazos de Draco, soñando que nada volvería a hacerme daño.
Hice otro intento desesperado de correr hacia la calle de Marte, pero me tiraron al suelo. Tomé aire para suplicar ayuda, pero me llevé una bocanada de polvo. A mi alrededor, veía las sandalias de los paseantes: tribunos riéndose, matronas recogiendo sus faldas, esclavos que apartaban la vista para que no les contagiara mi mala suerte…
Mi nuevo dueño me estudió atentamente.
—Mejor ponerle cadenas —le dijo al enorme criado que lo acompañaba.
Cerraron los grilletes alrededor de mis muñecas. Aparté el rostro y aullé como un animal agonizando.
—¿Comprarla? —Dijo Blaise, que dejó de escribir y apartó el estilo de su pizarra de cuentas—. Muchacho, no hace falta que la compres. Ya tienes lo que quieres sin necesidad de gastar dinero, ¿no es así? ¿Para qué comprar una vaca cuando puedes beber…?
—Con el dinero de mis premios se puede pagar tres veces su valor.
—¿El dinero de tus premios? Muchacho, ¿quién lleva las cuentas aquí? ¿Quién organiza y planifica todo? ¿Quién se encarga de la publicidad?
—¿Quién se juega la vida?
—Vale, pero todavía no la has perdido, ¿no? —Blaise tamborileó los dedos sobre su morena mejilla—. Bueno, la verdad es que te has portado bastante bien últimamente. Supongo que te mereces un premio. Tú gana el próximo combate, y ya veremos qué se puede hacer.
—Hecho.
Draco esperó en el jardín aquella noche, pero Hermione no se presentó. Supuso que no había podido escapar de ese hurón que tenía por dueña. La cama le resultó vacía sin ella. Echaba de menos el calor de su cuerpo acurrucado junto a él, sus dedos entrelazados con los suyos, su pelo suelto rozando sus brazos. Sonrió, y ya no le resultó extraño reírse.
Entrenó al día siguiente y luego se sentó a contemplar los combates de los principiantes.
—¡No muevas tanto los pies! —le gritó a un muchacho oriental que llevaba un tridente—. Mira, te voy a enseñar.
Se puso a dar lecciones a los novatos, igual que en el pasado hicieron sus hermanos con él, igual que algún día haría con los hijos que le diera Hermione.
—¡Bárbaro! —le llamó uno de los esclavos de Blaise desde las sombras—. Una mujer quiere verte.
Draco clavó la espada de prácticas en la arena y salió corriendo del patio. Abrió la puerta de su celda y sonrió al verla junto al ventanuco, de espaldas y con la capucha puesta.
—¡Hermione! ¿Estás…?
De repente, se quedó helado.
—Lo siento—dijo Pansy Parkinson, mientras se giraba y se quitaba la capucha para descubrir su mata de pelo negro—. Hermione no ha podido venir.
Draco se apartó instintivamente, como si se hubiera cruzado con una serpiente.
—¿Así recibes a una amiga? —se burló Pansy. Se quitó la capa con elegancia y reveló un vestido color verde jade y un collar de perlas en el cuello—. Antes éramos buenos amigos, Draco. Recuerdo un banquete en casa de mi padre en el que estuviste muy atento conmigo.
—¿Dónde está Hermione? —gruñó Draco, y las palabras retumbaron en sus oídos.
—Bueno, digamos que se ha marchado —contestó Pansy, apoyándose en el borde de la cama y ladeando la cabeza como un pájaro curioso—. Bastante lejos, querido Draco.
Algo se desató en la boca de su estómago.
—¿Qué quieres decir?
—Mi padre la ha vendido. Un comerciante de esclavos se la llevó, ayer por la mañana, me parece.
¡Un comerciante de esclavos!
—¿Adonde?
—¿Y cómo voy yo a saberlo? —dijo Pansy, observando sus uñas pintadas de color dorado—. No me interesan mucho las cosas de los esclavos.
La estancia comenzó a girar y a volverse blanca. Era la misma sensación que tenía cuando un escudo se estrellaba en su cabeza.
—Sé que te gustaba —añadió Pansy—, pero no merecía la pena. En serio. Se acostaba con todos los hombres de la casa.
¡Hermione! Hermione, con sus ojos entrecerrados mientras cantaba. Hermione riendo por las noches, Hermione besándolo en el portal oscuro, y enseñándolo a ser tierno.
¡Hermione!
—La verdad es que me molestó bastante que la eligieras a ella —dijo Pansy, acariciándole el brazo con sus manos suaves—. Pero creo que podré olvidarlo. ¿Me ayudas a olvidarlo, Draco?
¡Hermione! ¡Hermione! ¡Hermione!
Draco se acercó a ella y tomó su rostro entre las manos. Pansy pestañeó y mordisqueó lasciva su pulgar.
—¡Maldita zorra!
Draco la agarró del pelo y la lanzó contra la pared. Pansy rebotó y se tambaleó. Antes de que pudiera incorporarse, Draco cogió el cuchillo que tenía en la mesa y la lanzó sobre la cama. Poniendo el filo en su blanco cuello, le preguntó:
—¿Dónde está Hermione? ¿Dónde?
Pansy tomó aire para gritar, pero Draco le tapó la boca con su enorme mano. Ella lo mordió con sus dientecillos afilados, pero el demonio corría por sus venas y no sentía el dolor.
—Te rajaré como a un filete. ¿Dónde está?
Pansy se revolvía bajo su peso sin éxito, lanzando amenazas ahogadas por la mano de Draco, que pasó el cuchillo por su espeso cabello y cortó un mechón negro. Mostrándoselo, le dijo:
—Te afeitaré la cabeza como a una leprosa si no me dices dónde está.
Los ojos verdes escupían veneno en su mano.
Draco arrancó otro puñado de pelo.
—¿Dónde está?
—¡En un prostíbulo, ahí es donde está! —gritó Pansy cuando Draco aflojó su mano—. En cualquier lupanar del Imperio romano en el que los salvajes paguen por acostarse con putas.
Otro mechón de cabello sedoso cayó al suelo.
—¿Dónde?
—¿Cómo voy a saberlo? ¿Te crees que me importa? Está lejos, muy lejos, acostándose con cualquier bruto en Ostia o Brundisium, y no volverás a verla.
De nuevo, una explosión de blanco lo cegó, y Pansy Parkinson gritó y gritó mientras él le arrancaba el pelo. Se rompió su collar y las perlas repicaron como la lluvia sobre un escudo. Hicieron falta cinco esbirros de Blaise para despegar las manos de Draco del cuello de la muchacha.
—¡Señora Pansy! —exclamaba Blaise—. Cuánto lo siento… Este bruto recibirá un severo correctivo…
Pansy lo apartó de un empujón. Tenía un aspecto horrible, pensó Draco, con la cara roja de rabia y un palmo de cuero cabelludo asomando, con el pelo arrancado. Draco vio que abría la boca escupiendo virulentas maldiciones, pero nada llegó a sus oídos.
Incluso cuando la sacaron de la estancia, gritando que se vengaría, y Blaise arremetió contra él, Draco no podía oír nada.
El mes siguiente Draco luchó contra tres mauritanos en el Coliseo, en un combate que nadie olvidaría. Atravesó con su espada la oreja del primero, luego partió el cráneo del segundo con un golpe de su escudo y cuando el tercero arrojó su espada y alzó una mano pidiendo clemencia, se lanzó sobre él y lo degolló con las manos. La multitud lo llevó a hombros por las calles aquella noche, rompiendo ventanas, jarras de vino, cabezas… Draco, en primera fila, rugía y peleaba como un salvaje. Alzó un barril entero de vino por encima de su cabeza para beber de él, rompió la mandíbula de un borracho que lo pisó, y cuando una prostituta se lanzó a su cuello y lo besó, Draco le devolvió el beso hasta hacerla sangrar. El amanecer de invierno, frío y gris, sorprendió a Draco regresando a la calle de Marte, con pinchazos de dolor en la sien y la túnica manchada de sangre.
—Vaya, por fin vuelves —le saludó Blaise con frialdad—. Debería pegarte en la cabeza como a un perro rabioso.
Draco se tambaleó ante él, indiferente.
—Pero podemos considerarnos afortunados, muchacho, por dos motivos: en primer lugar, parece que Pansy Perkinson no le ha contado a su padre tu vergonzoso comportamiento. De lo contrario, sus guardias ya habrían llamado a la puerta para pedir tu cabeza. Y, en segundo lugar, el gobernador de Hispania ha enviado esto como premio por tu excelente combate.
Le enseñó un pesado saco de monedas.
—Tú haz que sigan llegando cosas como estas y te protegeré. ¿Me escuchas, muchacho?
Un repentino estallido de gruñidos y rugidos de animales atrajo la atención de Draco.
—Gatos —dijo, y se apartó de su lanista—. Están matando a algún bicho.
—Aún no he terminado, muchacho, vuelve aquí.
Con pasos tambaleantes, Draco cruzó la calle y se acercó a la masa de Gatos. Los gruñidos se transformaron en chillidos cuando los apartó a patadas. Los animales se alejaron entre llantos. Todos, menos al que estaban atacando, una Gatita de pelo rojizo sedoso cubierta de mordiscos y con una pata tronzada. Draco se arrodilló a su lado y tomó una piedra para reventar su cabeza.
Pero la Gata tenía unos ojos enormes que lo miraron fijamente. Unos ojos oscuros y tristes.
Arrojó la piedra al suelo y cogió al animal, con cuidado de no tocar la pata quebrada.
—¡No quiero bichos en los barracones! —Exclamó Blaise, recogiéndose los faldones de la túnica cuando Draco pasó a su lado—. Seguro que tiene enfermedades.
Draco cerró de un portazo y lo dejó con la palabra en la boca. Posó a la Gatita en su cama y la contempló por un instante.
—No llegarás a mañana.
Le sorprendió ver que el animalito mordisqueaba su dedo. ¡Qué bicho más tonto! Lo mejor sería retorcerle el cuello, pero en lugar de eso, cogió unas sobras de la cocina y se las dio para comer.
—Hermione —dijo al animal, y el eco de su voz resonó en la silenciosa estancia—, ¿puedo llamarte así?
La Gatita se asustó al escuchar su voz. Su piel sedosa tembló de frío.
—No, eres demasiado miedosa para llamarte Hermione. Ella nunca le temía a nada.
Solo había visto el miedo en Hermione aquella tarde en que, tras perder por primera vez un combate, se presentó en los barracones con los ojos como pozos encendidos en medio de su rostro, derrumbándose en sus brazos y confesando que no soportaría perderle.
—No necesitas un nombre… No creo que llegues a mañana.
La Gata sin nombre mordisqueó una esquina de su almohada, y Draco cubrió su rostro con las sábanas y lloró.
CONTINUARA...
:) ¿Y QUE TAL QUEDÓ?
Espero que no se me haya pasado ningún error esta vez como el Capitulo pasado, sino pues discúlpenme, Por cierto, el 17 de este mes es mi cumpleaños, Estoy escribiendo un Fic un Tanto extraño, NO APTO PARA MENORES DE EDAD debido a su contenido, esta Historia es...BASTANTE DIFERENTE a todo lo que eh escrito ¿Recuerdan el accidente que tuve y que me dejó secuelas mentales? Bien, pues cuando todo volvió a la normalidad, revisando mis Archivos... Lo encontré, medio me espanté pero aún así me llamó la atención y le seguí escribiendo, Posiblemente para el 17 de Julio esté subiendo lo que sería el Primer Capitulo, les dejaré el Resumen para ver que OPINAN.
Gracias a las siguientes personas por sus Comentarios, en VERDAD que es agradable leer sus Opiniones y sus criticas, me encanta Leerlas (os) de verdad muchísimas Gracias.
EliEli.- ¿Verdad que si? Yo me enamoré de Arius el Bárbaro (Draco) casi inmediatamente, pero el papel de Thea (Hermione) es también un personaje emblemático y maravilloso, me encanta como la escritora va profundamente dentro de la época, es como si realmente estuviera ahí, Si quieres te puedo pasar el Libro en PDF envíame un correo a Bloody Mari . 66 hotmail . com (Recuerda todo junto) también puedes buscarme por Face ( y te lo puedo mandar por ahí, Mary Anne (BoodyMary) Para poder pasarte la Novela) :) Saludos y gracias por comentar.
TTaticarri.- Hola...! Que gusto leerte y que bueno que te gusten mis Historias, creeme que me es muy grato saberlo y respecto a los Romanos, es cierto, pero era por qué esa era las costumbres en esa época y no solo los Romanos, distintas civilizaciones también sometían y esclavizaban a otros para el puro placer...
HojaDePapel.- Fijate que eso precisamente fue una de las cosas que más me gustó de la Novela además de que claramente la escritora no tiene dificultades para enviarnos por el tiempo hasta la Roma antigua, Saludos y gracias por el comentario.
Susan-Black7.- ¡GRACIAS! espero que la continuación también te haya gustado, espero seguir leyéndote... saludos.-
Bego-Bura-XD.- ¡Lo sé! Pero aún así el Papel de Pansy (Lépida Pollia en original) es simplemente una Villana que desde el principio ODIAS con todo tu ser, pero también causa Gracia, es una Villana que simplemente resulta interesante... :) Saludos y Gracias por el aviso, espero esta vez haber hecho bien las correcciones :p
Person P.- Thanks for your comment, I hope the translator I serve something and do your job well, do not write in English but I get half a Greetings and look forward to reading you ...
P.D.- Respecto a la Historia que les comentaba que iba a subir como un Regalo por mi Cumpleaños, su nombre es "CORPUS TENEBRIS" y eh aquí su Resumen.
"...por qué la Muerte NO puede Engendrar vida, pero vamos ¡Riddle no está ni Vivo ni Muerto! ¿Entonces como explicar que Hermione Granger lleve su semilla Oscura dentro de su vientre?
- Es un engendro...
- Pero es mi hijo...
- Y el de un Monstruo...
- Es mi hijo y es más que suficiente..
- Un hijo, Granger... que nacerá sin un alma... por qué Riddle puede que esté entre la vida y la Muerte.. pero él no podrá darle un espíritu a tú mocoso...
- ¿Es que no lo has entendido Malfoy? Riddle no quiere un Heredero... quiere un Cuerpo en el cual renacer... "
